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Las intenciones del Tío Sam: Una revisiónPor Benjamin Kerstein
Si Mr. Savage y otros imaginan que alguien puede “vencer” al ejército alemán tumbándose a esperar, dejemos que siga imaginándolo, pero hagamos que consideren si no es una mera ilusión debida a la seguridad, a tener demasiado dinero y a ignorar sencillamente cómo funcionan las cosas… A lo que me opongo es a la cobardía intelectual de la gente que son objetiva y en cierto modo emocionalmente pro-fascistas, pero a las que se esconden bajo el argumento y no les importa decir “Yo soy tan antifascista como el que más, pero…”. El resultado de la llamada propaganda de paz es tan indecente y desagradable intelectualmente como la propaganda de guerra. Al igual que la propaganda de guerra, se concentra en presentar un “caso”, ocultando el punto de vista del oponente y evitando las cuestiones desagradables. George Orwell. En un mundo más sensato, sus infatigables esfuerzos por promover la justicia hace tiempo que le hubieran concedido el Premio Nobel de la Paz. Portada de los editores a Las intenciones del Tío Sam. Es muy raro que uno llegue a leer una obra política que sea un auténtico compendio de vileza, una obra en la que los velos de una retórica al uso y una implicación cautelosa se dejan de lado de forma que las crudas opiniones del autor aparezcan en un lenguaje claro y evidente en toda su horrible banalidad. Ciertamente, Mi lucha es la quintaesencia de este tipo de obra y el Manifiesto comunista está plagado de esta retórica sedienta de sangre, pero la política es, ante todo y sobre todo, un arte de ocultación y el tipo de descarnada brutalidad intelectual que evidencian estas obras es, como mínimo, un producto escaso. Sin embargo, puede afirmarse sin temor a equivocarse demasiado que Las intenciones del Tío Sam de Noam Chomsky es un documento de este tipo. Como todos los libros de Chomsky, es una amalgama editada apresuradamente de entrevistas, discursos y artículos, lo que no es en absoluto digno de mención. Sin embargo, sí es notable en dos aspectos: en primer lugar, es lo más parecido que tenemos a un manifiesto chomskista, puesto que, tomado globalmente, constituye un intento de formular una crítica moral detallada de la política exterior estadounidense posterior a la Segunda Guerra Mundial. Aunque fracasa de la forma más estrepitosa, es mucho más ambicioso en su ámbito que la mayoría de los demás panfletos glorificados de Chomsky. En segundo lugar, y mucho más importante, está lo directo de su lenguaje. La mayor parte de los demás escritos de Chomsky son exhibiciones de decir y no decir algo simultáneamente, intentos que Pierre Vidal-Naquet llamó el “doble discurso” de Chomsky al cual éste dedica considerables esfuerzos y prosa para ser tan poco claro como sea posible, mientras satisface a la vez los dobles sentimientos de su también doble audiencia: los radicales que se le aproximan por su descarado extremismo y sus lectores izquierdistas moderados a los que cree que puede asustar precisamente por eso. Sin embargo, Las intenciones del Tío Sam no ofrece nada de esto. Es, en mi opinión, la única obra de Chomsky en la que éste se siente libre para explicar, en general, qué significa lo que dice, y lo que realmente significa es, sin duda, absolutamente terrible. Me parece que no exagero, y no hablo a la ligera, si digo que es un manifiesto a favor de la traición, que es el enfurecido vilipendio de un hombre que no desea nada más que la pura y simple aniquilación de su propia sociedad, que es una llamada a la venganza feroz de un Dios riguroso sobre una república del pecado. Pero también es mucho más que eso: es una masiva apología de las forma de tiranía más asesinas que la humanidad haya inventado, es un engrandecimiento antidemocrático del totalitarismo, es una rabieta infantil repleta de palabrería irresponsable a un nivel cósmico y que calumnia despiadadamente a mucha gente buena y decente, en un blanqueo del genocidio de clase y una negación de los asesinatos en masa y la opresión política, es una inversión de la moralidad que el propio Orwell hubiera encontrado difícil superar la maraña de su abuso malicioso de ideas y el lenguaje con que éstas se expresan y, por fin, y considerando lo poco que me gusta el psicoanálisis, es el lamento demencial de alguien que resulta claramente una ruina intelectual y moral, así como un ser humano profundamente afectado emocionalmente. La América de Hitler Lo crucial de este libro, su principal factor catalizador, no es algo raro ni sin precedentes, es la antigua línea de propaganda estalinista, posteriormente adoptada en un contexto más anarquista por la Nueva Izquierda europea, que proclama que el nazismo no resultó derrotado en la Segunda Guerra Mundial, sino que en realidad triunfó y ha llegado a dominar el mundo a través de su nueva manifestación: los Estados Unidos de América. En 1949, el espionaje de EEUU en el Este de Europa fue confiado a una red liderada por Reinhard Gehlen, quien había encabezado la inteligencia militar nazi en el Frente Este. Esta red era parte de la alianza nazi-estadounidense que rápidamente incluyó a muchos de sus peores criminales, extendiendo sus operaciones a Latinoamérica y otros lugares. Uno debe agradecerle a Chomsky que por fin se muestre como es y diga lo que ha venido insinuando y sugiriendo durante la mayor parte de su carrera: que Estados Unidos es la Alemania nazi. Seamos ahora lo más claros posible: Chomsky no está diciendo que Estados Unidos actúe como la Alemania nazi, o que le recuerde a la Alemania nazi, o que tengan aspectos similares a los nazis (lo que ya estaría bastante mal). Lo que dice sin ambages es que Estados Unidos es la Alemania nazi en su sentido más literal: un monstruo hitleriano que ha desplegado lentamente sus tentáculos (aparentemente, a pesar de los heroicos esfuerzos de la Unión Soviética como resistencia “antifascista”) por todo el mundo, que ahora domina como un Cuarto Reich en la sombra. Éste, a todos los efectos, es el resumen de la visión del mundo de Chomsky tal y como se expresa en este libro. Es un error dejar esto de lado. La idea de que EEUU es igual que la Alemania nazi ha hecho considerables progresos en círculos de la izquierda, e incluso en la no izquierda, europea y en todo el mundo y leyendo este libro no es difícil ver cómo la comparación del presidente Bush con Hitler no sólo ha llegado a ser admisible, sino a ser completamente obvia para todo el movimiento contra la guerra: ha sido parte integrante de la ideología de su gurú favorito durante décadas. Además de satisfacer la tendencia de la izquierda a creer en conspiraciones, es obvio a qué propósitos sirve el invocar este tipo de identificación: es una justificación moral, una concesión intelectual de indulgencia para embarcarse en las peores forma de antinomianismo[1]. Dicho en forma simple, una vez que se acepta esta idea, los grilletes morales desaparecen y uno no sólo está justificado, sino casi obligado a realizar actos que de otra forma serían de más terrible naturaleza posible. Porque si uno se enfrenta a la Alemania nazi, si eres ciudadano de un estado tan afectado por una maldad general, entonces no tienes otra alternativa que destruir la sociedad por cualquier medio que tengas a tu alcance. Incluso lo que se consideraría una traición a los valores propios se convierte en aceptable bajo la perspectiva de una confrontación apocalíptica de este tipo. Así, a través de la mentira original, se crea una nueva verdad, una verdad por la cual, de la forma más orwelliana imaginable, la ley se convierte en un crimen, la verdad en mentira, el amor en odio, la paz en guerra, la guerra en paz y la traición, que normalmente es el más odioso de los delitos contra el país o la comunidad de uno, se convierte en el más elevado de los actos morales. Tan pronto como uno acepta la mentira de que de alguna manera Hitler sigue vivo y su espíritu se extiende por toda la estructura de su propia sociedad, uno ya no está traicionando a sus amigos, vecinos y conciudadanos, sino salvándolos, incluso liberándolos, de una maldad que sólo tú tienes el privilegio de reconocer y combatir. Esta mentira no es más que el eje sobre el que gira toda la carrera de Chomsky, es lo que justifica todo lo demás: las negaciones de genocidio, la apología del totalitarismo, la propaganda antiamericana, la despreocupada desestimación de las más horrendas formas de sufrimiento humano, las mentiras sobre mentiras sobre mentiras. Todo ello puede justificarse como parte de esa gloriosa cruzada antifascista que existe únicamente en la imaginación de Chomsky. Es tentador calificar simplemente su visión del mundo como un dislate, pero es un error. Chomsky no trabaja bajo una psicosis, trabaja bajo una falsedad existencial, sin ella dejaría de existir. Todo su concepto del mundo, y con ella el glorioso edificio de la reputación chomskysta, esa inefable sensación de veneración, de ser un gurú para los elegantes desafectos, se ve amenazada por una refutación de la mentira inicial y por tanto la mentira debe mantenerse, sin que pueda considerarse un dislate, ni siquiera una actitud desesperada; porque sin ella, el emperador sólo puede aparecer como desnudo, pero también como villano, y las atrocidades intelectuales acumuladas durante toda su vida podrían, al final, tener que ser aclaradas, una posibilidad que sin duda Chomsky intenta evitar a toda costa, lo que es comprensible, considerando la diversidad y variedad de estas atrocidades y el terrible coste humano que han ocasionado. La economía política de la bancarrota moral La mayor parte de este libro se refiere a la Guerra Fría y la historiografía de Chomsky, o la ausencia de ésta, aunque difícilmente puede calificarse de original, constituye sin embargo una visión fascinante de las contorsiones a las que los ideólogos pueden someterse con el fin de evitar afrontar el doloroso pero sin duda decisivo veredicto de la historia. La reescritura de la Guerra Fría de Chomsky es un recauchutado clásico de las distintas ficciones fabricadas a principios de los 60 por los llamados historiadores “revisionistas” de la Guerra Fría, de los que entre los más prominentes se encuentra Gabriel Kolko (que es una de las pocas fuentes que no sea él mismo que cita Chomsky en sus notas finales) y, lo que resulta irónico, al converso a la derecha David Horowitz, cuyo Free World Colossus (que el autor ha repudiado repetidas veces) fue una obra seminal de la Nueva Izquierda y a menudo una fuente de ideas para muchos otros escritores menores, entre ellos el propio Chomsky. De acuerdo con esta historiografía, la Guerra Fría no fue el resultado de la negativa de Stalin a retirar sus tropas de Europa del Este y permitir elecciones libres, sino por el contrario de las siniestras maquinaciones imperialistas de los Estados Unidos, decididos a mantener su recién fundada dominación mundial.
Este complot de planificadores americanos (por supuesto, influenciado por los eternos y benditamente amorfos villanos conocidos como “grandes empresas”) diseñó el conflicto con la Unión Soviética (por supuesto, ayudados y jaleados por sus nuevos aliados nazis) y lo mantuvo durante los siguientes cincuenta años, contra una amenaza soviética que, en realidad, no existía:
Esta novedosa teoría, y debemos agradecerle a Noam Chomsky su audacia en exponerla de una vez tal cual es, dice que la Guerra Fría no existió. Ahora bien, esta teoría no es en absoluto una sorpresa, puesto que a Chomsky de alguna manera la encanta negar la existencia de las cosas: en años recientes ha proclamado que la guerra terrorista y el antisemitismo no existen y ha flirteado con la posibilidad de que la inexistencia del Holocausto sea un concepto que cualquier tipo de “apolítico progresista” pueda defender legítimamente. Su negación de la Guerra Fría, por el contrario, es nada menos que total y absoluta.
Por tanto, no sólo no hubo Guerra Fría, sino que de hecho hubo un “acuerdo tácito” entre EEUU y la URSS (aparentemente, los aliados nazis de EEUU estaban deseando pasar por alto su antibolchevismo por oportunismo político), una especie de alianza, que Chomsky afirma condenar en términos de igualdad. Pero no lo hace. Mientras que la Unión Soviética puede ser “malvado… un imperio… brutal”, sin embargo solamente intenta proteger sus fronteras frente a la posibilidad de otro ataque en su territorio por las hordas del Oeste. EEUU, por otro lado, es un imperio que pretende dominar la Tierra y cuya “represión y violencia” se extiende por todo el mundo. Ahora, este punto de vista no deja de tener precedentes, tiene un pedigrí largo pero en modo alguno para enorgullecerse. Sus padres espirituales auténticos fueron los seguidores de A. J. Muste, un pacifista cristiano de la época de la Segunda Guerra Mundial y durante cierto tiempo héroe de la Nueva Izquierda, que fue objeto de un hagiográfico artículo en la primera colección importante de escritos políticos de Chomsky, American Power and the New Mandarins. Muste y sus compañeros de viaje hicieron la misma afirmación que muchos izquierdistas habían hecho tras la Primera Guerra Mundial: que ambos bandos eran moralmente idénticos, o bastante moralmente idénticos en lo despreciable y que la guerra era un resultado nada más que de la competencia de ambiciones imperiales, que no hacía que ninguno de los bandos fuera digno de apoyo o fidelidad. Bajo este punto de vista, la Alemania nazi era sin duda brutal y opresora, pero sin embargo no más brutal y opresora que el Imperio Británico, y Hitler, después de todo, sólo estaba tratando de obtener su parte de la tarta imperial que era infinitamente más pequeña que la vastedad de los dominios bajo el yugo británico. El Imperio Japonés podía ser terriblemente violento a veces, pero sus tácticas no resultaban ser en modo alguno peores que las de sus predecesores europeos, y después de todo, uno difícilmente podía echarles en cara que quisieran asegurar Asia para los asiáticos, a la vista de siglos de expansionismo europeo a su costa. En lo que se refiere a las diferencias entre Hitler y Churchill, no las había: ambos eran imperialistas traficantes de guerras que intentaban obtener tanta parte del mundo como pudieran a través de métodos igualmente gangsteriles. Por tanto, la única conclusión que podía sacarse del conflicto global era que los combatientes eran por igual lamentables y reprensibles moralmente. Roosevelt, Churchill y Hitler eran, en efecto, igualmente representantes de idéntica maldad. Aunque esta teoría pueda parecer ofensiva a los americanos –especialmente a los judíos, quienes conocen sus consecuencias con lúgubre intimidad– ha obtenido un seguimiento considerable en Alemania, Francia y otros países que colaboraron con los nazis, por razones bastante obvias de necesidad psicológica, así como entre aquellos nacionalistas del Tercer Mundo que se pusieron del lado de la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial con la miope esperanza de derrotar al Imperio Británico y obtener la independencia de un Hitler triunfador. Sin embargo, sus terribles consecuencias deberían ser evidentes, puesto que es, simplemente, una posición ideológica de una asombrosa quiebra moral. Porque si Roosevelt es Hitler, si Hitler es igual que todos, entonces nadie es Hitler y al mismo tiempo que se demoniza la democracia, se normaliza el nazismo y se consuma un horrendo crimen contra la decencia y la verdad humanas básicas. Es un terrible posibilidad que Orwell reconoció y atacó bajo la fórmula de “la cobardía intelectual de la gente que son objetiva y en cierto modo emocionalmente pro-fascistas, pero a las que no les importa decir y se esconden bajo el argumento ‘Yo soy tan antifascista como el que más, pero…’”. Aplicado a la Guerra Fría, este razonamiento no es menos preocupante, y para analizarlo es necesario ver lo que era la Unión Soviética y cómo se diferencia de lo que Noam Chomsky dice que era. En el momento en que empieza la Guerra Fría, la Unión Soviética era una nación gobernada por un partido político único, que regulaba despóticamente cada aspecto de la vida. Este partido había alcanzado el poder por la fuerza en un golpe de estado ilegítimo; había asesinado, encarcelado y obligado a exiliarse a sus oponentes políticos; había arruinado la economía de su país en un falso intento de imponer un sistema económico colectivista totalitario que pretendía, ente otras cosas, la eliminación del uso del dinero; había ocasionado una hambruna que mató a millones de sus ciudadanos mediante sus políticas agrarias colectivistas (que Vietnam del Norte intentó posteriormente emular, con idénticos resultados); había vuelto a someter a los antiguos dominios imperiales del zar fuera de Rusia; había reprimido brutalmente sus minorías étnicas y religiosas; había asesinado a sangre fría a la anterior casa real, que incluía, entre otros, a un adolescente hemofílico; había enviado a millones de personas al paredón o a campos de prisioneros de extraordinario sadismo y violencia; había derogado completamente todos los derechos democráticos, incluyendo el derecho a organizar sindicatos; había formalizado una alianza estratégica con la Alemania nazi; había encaminado el país a un desastre militar por culpa de su incompetencia en este campo; y finalmente había rehusado cumplir los acuerdos que había alcanzado con sus aliados sobre el estatus de los países del Este de Europa que ocupó al final de la Segunda Guerra Mundial, prefiriendo en su lugar dedicarse a crear un imperio expansionista y, merece advertirse, extremadamente despiadado y brutal. Por el contrario, Estados Unidos acabó la Segunda Guerra Mundial con una desmovilización masiva y una ingenua confianza de sus élites en que la era de políticas de poder había acabado y que los conflictos internacionales pronto serían responsabilidad únicamente de Naciones Unidas. La causa de la Guerra Fría fue en realidad, no la agresividad o las ambiciones imperialistas de los Estados Unidos, sino el fracaso de la élite política de EEUU, especialmente en lo que se refiere a asuntos exteriores, en aprender las lecciones de Munich, que deberían haberles quedado claras después de tanta carnicería. Cegados por su era de progresismo del New Deal, no podían concebir el hecho de que Stalin estuviera interesado en mantener y proteger sus ganancias territoriales, de que las declaraciones éticas o de principios no significaban nada para él y de que sería imposible cambiarlo sin el uso, o al menos la amenaza, de la fuerza militar. En mi opinión, si se hubiera usado esa fuerza en las primeras etapas después de la guerra, antes de que la ocupación se estabilizara políticamente y antes de que la URSS poseyera la bomba atómica, Stalin probablemente hubiera cedido y se hubiera evitado toda la Guerra Fría. Para Chomsky, por supuesto, hay una estupenda respuesta inmediata a estos hechos: no existen. Tampoco la afirmación de Chomsky de que Rusia no intervino a una escala global ajustada a su estatus de superpotencia se encuentra más cerca de la verdad. De hecho, la verdadera naturaleza de la ideología comunista de la Unión Soviética implicaba actuar agresivamente más allá de sus fronteras. Incluso en los primeros días del régimen bolchevique, actuó activamente bajo una agenda abiertamente internacionalista y expansionista. Como dice el historiador Richard Pipes:
Después de su victoria en la Segunda Guerra Mundial, este expansionismo se convirtió en global. Fomentó la futura revolución en Grecia; bloqueó Berlín, violando sus acuerdos con Occidente; autorizó la invasión de Corea del Sur, armada y asesorada por el Ejército Rojo, en la errónea creencia de que Occidente no intervendría (como no lo había hecho en Europa del Este); proveyó de armas, soldados, asesores y de la cobertura protectora de su disuasión nuclear a Vietnam del Norte, Cuba, Siria y el Egipto de Nasser, entre otros; apoderó ejércitos en África y Asia; y suministró dinero, ayuda y cobertura diplomática a movimientos comunistas por todo el Tercer Mundo y también en Europa para organizar en Occidente la oposición política a medidas anticomunistas. En lo que se refiere a las “repetidas intervenciones en el Este de Europa” que Chomsky tan ligeramente resume como si fuera una tos para aclarar la garganta, es importante recordar cómo fueron esas intervenciones: imposiciones imperialistas y brutales de un sistema totalitario sobre poblaciones que no lo deseaban y la continuación de la política de la Alemania nazi de suprimir las ambiciones de libertad e independencia largamente ambicionadas y frustradas de esas naciones. La ocupación del Este de Europa fue sencillamente uno de los crímenes más largos y obscenos cometidos contra la humanidad del último y no añorado siglo. Al menos Noam Chomsky admite que existieron. Quizá eso sea lo más que podemos esperar de él. Sin embargo, es menos generoso en relación con el final de la ocupación:
Aparentemente, tenemos que creer que la Unión Soviética fue el más humano imperio que haya existido en la historia del mundo y, tan pronto como sus habitantes empezaron a expresar pequeños desacuerdos con la situación política, alentaron con alegría su independencia y después les permitieron irse sin problemas, como muchachos que por fin dan sus primeros y torpes pasos para alejarse de sus padres. Esto tendría que clasificarse como una de las más obscenas e inmorales distorsiones de la historia que yo haya leído. Es un feroz y despreciable insulto a los cientos de miles de valientes –disidentes reales, no tábanos satisfechos como Chomsky– que se arriesgaron a ser ejecutados o sufrir prisión, persecución, miseria o mil otras pequeñas humillaciones y represiones a manos de los dirigentes soviéticos y sus gobiernos títeres, que intentaban suprimir, y no alentar, sus movimientos. Gente como Vaclav Havel, a quien Chomsky ha insultado, que sufrió años de prisión por sus escritos, gente como aquellos que murieron simplemente tratando de cruzar el muro que los rusos habían tenido que construir para mantener a la gente bajo su bota en Berlín Este y fueron tiroteados por crear problemas y millares de otros cuyos nombres son desconocidos o nunca se conocerán, porque desaparecieron en medio de la noche o fueron enviados a prisión para no volver nunca. Contrariamente a las continuas alabanzas de Chomsky a la tiranía izquierdista, el Imperio Soviético no ayudó a que llegara esa bella noche, cayó porque estaba agotado por la denodada resistencia de las democracias occidentales bajo el liderazgo de Estados Unidos, una resistencia que fue llamada Guerra Fría. Pero no es sorprendente que Chomsky no pueda entender la caída del Imperio Soviético, puesto que tal resistencia le aterroriza de tal forma que lo único que puede hacer es pretender que nunca existió. Por tanto, nos corresponde hacer algún tipo de juicio sobre esta ecuación que Chomsky nos presenta con esta claridad sin precedentes. Decir que está en bancarrota quizá sea obvio. Decir que es una ilusión es quedarse sin entenderlo del todo. Decir que no es ingenuo es sólo rascar en la superficie de qué se está tratando en esta fascinante casita de argumentos intelectuales. Lo que estamos viendo, en realidad, es una nivelación de todo, una mejora en la maldad mediante una rebaja en la bondad, una rebaja en la verdad mediante un ascenso en las mentiras. Transformar un imperio totalitario brutalmente opresivo en una víctima agraviada y relativamente inocente y a su oponente democrático en señor de un imperio tiránico de apetito rapaz y sediento de sangre es, en definitiva, ser más que “objetivamente pro-fascista”, es convertirse, por acuñar una frase, en una especie de mandarín, en un compañero de viaje cómodamente asentado, de poco coraje, pero de mucha presteza. Porque a pesar de sus alegaciones de objetividad, la verdadera realidad de esa objetividad nos dice que Chomsky se dedica a elogiar la tiranía y no a enterrarla, a violentar la realidad y a apoyar mentiras y, en definitiva, a asegurarse de que, donde esta polémica vuelva a surgir (como ha sucedido ahora), aquéllos que le sigan estarán preparados no para enfrentarse a la maldad política cuando la vean, sino a verla con ecuanimidad, con escasa preocupación e incluso tal vez con simpatía. La apología totalitaria Chomsky se hizo famoso en la era postestalinista de la izquierda radical, en un momento es que el foco principal de las ambiciones izquierdistas ya no era la Unión Soviética, cuyas atrocidades se habían convertido en imposibles de ignorar y que por tanto se iba haciendo más y más difícil apoyar explícitamente –al menos en la sociedades democráticas– sin aparecer cada vez más como un chalado, sino en su lugar las naciones emergentes del Tercer Mundo, que generalmente evolucionaban en dirección al bloque comunista y mostraban cada vez más tendencias autoritarias colectivistas y antiamericanas. Como se ha dicho a veces: el Tercer Mundo estaba convirtiéndose en el nuevo proletariado. En efecto, la izquierda radical finalmente abandonó la posibilidad de una revolución de la clase obrera en casa y, en su lugar, depositó su fe en la venidera revolución global que estaban seguros era inevitable (si podía frustrarse la alianza EUU-nazis). Todos los sueños utópicos y desenfrenados –y, por supuesto, las ilusiones– que una vez se dedicaron a la posibilidad de una revolución doméstica se transfirieron entonces a la aún más embriagadora posibilidad de una revolución global. En muchos aspectos, las ambiciones de esta nueva era fueron aún más grandiosas y fantásticas que las de sus predecesoras, puesto que no sólo realizaban su propósito la redención mesiánica de una sola nación o clase, sino casi literalmente el mundo entero. Sin embargo, es importante advertir que mientras esta Nueva Izquierda, como desde entonces se le ha llamado, proclamó una ruptura con las tradiciones autoritarias del pasado y con sus defectos (por decirlo suavemente), esta ruptura, en su mayor parte, existió sólo en la mente de sus partidarios. Con una casi increíble precisión, esta Nueva Izquierda reprodujo los fallos, los abusos y las atrocidades de su predecesora. Es esta discordancia, esta terrible realidad de la distancia entre la concepción de sí misma de la Nueva Izquierda y la sangrienta realidad de su historia, la que impulsa este libro y también toda la carrera de Chomsky. Porque buena parte de este libro es, en sus justos términos, poco más que una apología masiva de algunos de los regímenes más brutales y opresivos del último medio siglo. En primer lugar y por encima de todos ellos, por supuesto, está el amado Vietnam del Norte de Chomsky, del cual ha sostenido la antorcha durante casi cuatro décadas. Y en este caso, también hay muchas cosas que no existen.
Entre estas cosas que no existen está el hecho de que el Viet Minh estaba formado por comunistas totalitarios estalinistas apoyados, en distintos momentos, por la China maoísta y la Unión Soviética; el hecho de que sólo fueran una parte de la resistencia antifrancesa, que también incluía a trotskistas y otros disidentes socialistas, así como grupos nacionalistas no socialistas, todos ellos purgados, exiliados o eliminados por el gobierno de Ho Chi Minh; el hecho de que el Norte realizó matanzas masivas durante su consolidación en el poder y causó un inmenso sufrimiento humano en el curso de de sus reformas agrícolas al estilo estalinista; el hecho de que las elecciones se cancelaron a solicitud del gobierno sudvietnamita, principalmente por dos factores: el hecho obvio de que el Norte comunista no tenía intención de permitir unas elecciones libres y limpias en las áreas bajo su control y el todavía más evidente de que la creciente violencia comunista en el Sur, siguiendo instrucciones del Norte, hubiera hecho imposible un resultado legítimo; el hecho de que fue el bloque soviético, y no los Estados Unidos, el que violó la neutralidad de Laos; el hecho de que el Norte consolidó su insurgencia en el Sur a través del asesinato de oficiales no comunistas, terrorismo y otras formas familiares de violencia totalitaria; el hecho de que más de un millón de vietnamitas huyeron del Norte al Sur no comunista durante la guerra; el hecho de que el gobierno de Diem fue considerado un modelo de régimen reformista, incluso por los periodistas e historiadores antiguerra hasta que la subversión apoyada por el Norte les hizo actuar contundentemente sobre el grueso de la población (poniéndoles así en manos de los comunistas); y, sobre todo, el hecho de que la definitiva victoria comunista, debidamente celebrada por Chomsky y sus compañeros, ocasionó matanzas masivas, exilios y una repugnante campaña de limpieza étnica, algo que cualquier estudioso de los regímenes comunistas previos que no se engañara a sí mismo, habría previsto, y en realidad vio, como el resultado obvio esa victoria. Por supuesto, el reconocimiento de uno solo de estos hechos echaría abajo el edificio cuidadosamente construido de la acusación de Chomsky a la resistencia anticomunista, ya sea de parte de Estados Unidos o de las fuerzas vietnamitas indígenas. La acusación moral de Chomsky se basa en una estudiada amoralidad: la negación de cualquier crimen cometido por aquellos a los que proclama fidelidad ideológica. Quizás sea más seguro llamarlo anti-moralidad, puesto que en su léxico, resistir a las matanzas que conlleva el totalitarismo es nada menos que el peor de los pecados, y la sumisión a la opresión el principal de sus mandamientos. Naturalmente, el sagrado Vietnam de Chomsky no puede soportar la menor restricción, todos sus defectos se deben a maquinaciones de la potencia hegemónica:
En realidad, fue Chomsky quien apoyó a los Jemeres Rojos, al menos mientras tuvieron algún poder político real, y los hizo, irónicamente, justo en el momento en que mostraban ciertas tendencias de estilo nazi (que, por supuesto, rechazó como invenciones de la alianza EEUU-nazis). A los camboyanos se les hizo pagar con su sangre por los Jemeres Rojos y después por la invasión y ocupación vietnamitas (ambas apoyadas por Chomsky y no mencionadas aquí, aunque puede que no existan) todo al servicio de la por entonces última visión imperialista de Ho Chi Minh de un gran imperio indochino dominado por un Vietnam comunista. Y aunque Vietnam puede ser una cesta vacía, no necesitó ninguna ayuda del imperio americano para serlo: como cualquier otra nación comunista que haya existido, fue la tiranía colectivista impuesta por el partido en el poder la que, a pesar de las masivas inyecciones de dinero y materiales de la Unión Soviética, destruyó la economía de Vietnam y convirtió a su gente en esclavos impotentes de una oligarquía osificada y corrupta. Esta opinión no es nada más que un rediseño de la Nueva Izquierda de las mismas ideas expresadas por los intelectual procomunistas desde la Revolución Rusa, con unas pocas cosas cambiadas o quitadas: que el experimento sólo falló porque nunca se llevó a cabo o por sabotaje de malvadas fuerzas externas. Es fascinante ver invocar idénticas mentiras para justificar idénticas atrocidades por gente que, según todas las trazas, incluida la suya, deberían conocerlas mejor. Uno tiene que pensar que, puesto que Chomsky puede protestar indignadamente ante la perspectiva de que Estados Unidos rechace hacer negocios con ese tipo de régimen, si se le obligara a vivir en él o ser testigo del coste humano que subyace a su palabrería, podría cambiar de opinión. Por otro lado, leyendo toda su airada denuncia y apocalíptica retórica, al servicio de matanzas masivas, tiranía y opresión, uno se ve obligado a concluir, contrariamente a la afirmación de Chomsky de que “No hay grado de crueldad demasiado alto para los sádicos de Washington”, que es más adecuado decir que ningún nivel de crueldad puede conmocionar las convicciones demagógicas de ciertos fanáticos numerarios. Por supuesto, esto no acaba en modo alguno con la guerra de Vietnam. Eso sería impropio de una hegemonía como todo lo que acompaña a una alianza EEUU-nazis.
De nuevo somos testigos del extraordinario poder la no existencia de las cosas. Puesto que el Imperio Soviético no existe y la amenaza de hegemonía comunista tampoco, la única explicación para la resistencia de EEUU a los movimientos comunistas en el Tercer Mundo (que, según parece, no existen, o al menos no existían como movimientos comunistas) es su naturaleza nazi. Esto hace más comprensible por qué, a pesar del sádico placer que evidentemente produce a Chomsky describir actos de tortura y asesinato cuando los comete la gente correcta, no se puede encontrar aquí una sola palabra acerca de las prisiones de Castro, del terrorismo de izquierdas, de la naturaleza totalitaria del régimen sandinista, incluidos sus intentos de implantar una reforma agraria de estilo cubano a costa de los campesinos que luego formaron la “Contra”, o el hecho de que la “aplacible revolución social” en Granada era en realidad un golpe de Estado marxista. Tampoco hay mención alguna al apoyo soviético a estos movimientos y regímenes, ni a la inmensa oportunidad geopolítica para los soviéticos que supondría tener gobiernos de su cuerda tan cerca geográficamente de los Estados Unidos y el deseo perfectamente lógico (pero desafortunadamente lejos de ser nazi) de los Estados Unidos de resistir a la implantación de dichos movimientos y regímenes. Tampoco Chomsky tiene mucha suerte con sus raídos hombres de paja, puesto que, contrariamente a las mentiras de numerosos intelectuales de izquierdas, el temor al ilegal y dictatorial régimen sandinista no era que pudiera invadir Texas, sino que podrían afectar al equilibrio geoestratégico en Centroamérica en favor del bloque soviético (como, de hecho, lo hizo durante un tiempo; igual que lo hizo la pérdida de Vietnam en el Sudeste Asiático). Sin embargo, para aclarar esta teoría haría falta un poquito de conocimiento acerca de trabajos de estrategia geopolítica y militar, dos aspectos sobre los que Chomsky tiene una comprensión lamentablemente limitada. Por eso es por lo que puede hacer una afirmación tan ridícula como la siguiente:
Al menos Chomsky no intenta repetir como un loro la frase de propaganda de que la CIA derrocó a Allende, ni la ridícula afirmación de que Allende era un socialista demócrata, pero esto puede ser simple ignorancia, ya que, si supiera todo acerca del asunto, sabría que Allende proclamó públicamente que su intención no era hacer a Chile “independiente” –lo que, en todo caso, ya era– sino construir su sociedad en la línea de Cuba y llevarlo a la esfera de influencia soviética, dando así a los soviéticos una base de operaciones imperial en Sudamérica para complementar a su estado cliente de Cuba, una eventualidad que cualquier Secretario de Estado competente (e igualmente cualquier analista de política exterior) podría encontrar ligeramente preocupante. Naturalmente, también aquí la hipocresía tiene su lugar:
Aparentemente, es Chomsky el que no puede atenerse a unas elecciones democráticas cuando los resultados no pueden controlarse. Merece la pena preguntarse si se considera a sí mismo “algún tipo de nazi o de estalinista no renegado” por lamentarse por las elecciones abortadas en Vietnam.
En realidad es el glorioso futuro de un gobierno colectivista totalitario lo que se abortó con éxito, y esperemos que para siempre, pero en buena medida, parece, para disgusto de Noam Chomsky. Profetizando en la cámara del eco Hay por supuesto un método en toda esta chaladura. Es ante todo crear un entorno ideológico herméticamente cerrado, de forma que el fanatismo no pueda prosperar en otros alrededores. La intención de Chomsky se dirige descaradamente a controlar el pensamiento de su lector, a explotar su ignorancia en su favor y a exhortarles a pensar por sí mismos mientras se les niega la posibilidad de que hagan precisamente eso, no sea que se desvíen hacia lo que la Vieja Izquierda habría llamado “desviacionismo ideológico”. Tal como el propio Orwell aclaró en 1984, esto exige control tanto del lenguaje como de la historia. Ya hemos visto cómo Chomsky trata de controlar la conceptualización de la historia de su lector mediante la ocultación, la omisión y la distorsión absoluta, pero Las intenciones del Tío Sam es asimismo una obra maestra de la perversión de la lengua inglesa con fines ideológicos. Chomsky está desesperado hasta la excentricidad por controlar la batalla intelectual. De ahí afirmaciones tan inintencionadamente hilarantes como ésta:
Por supuesto, “la idea de que el gobierno tiene una responsabilidad directa en el bienestar de la gente” podría fácilmente describir al gobierno laborista británico de la posguerra, el estado de bienestar israelí o incluso el New Deal de Roosevelt, ninguno de los cuales tiene nada que ver con las fuerzas a las que se enfrentaron los Estados Unidos en la (¿inexistente?) Guerra Fría. Aparte del hecho de que durante la mayor parte de los 70 y los 80 era imposible etiquetar nada como comunista (incluso a miembros del Partido Comunista como Angela Davis, a los que se aludía sistemáticamente como “liberales”), tanto éxito tuvo el asalto de la Nueva Izquierda al léxico político, era perfectamente claro a quién se consideraba un comunista y a quién no durante la Guerra Fría. Los regímenes y movimientos comunistas eran aquéllos que se alineaban ideológicamente con la ideología comunista y político-militarmente con la Unión Soviética. Por tanto Castro era un comunista y Nasser no lo era, a pesar de que Nasser estuvo durante un tiempo tan cerca de los soviéticos como lo estuvo Castro y se alineó con una rama del socialismo nacionalista árabe. Chomsky debería comprobar los libros de historia que, es evidente, nunca consulta antes de hacer esas afirmaciones. Tampoco es el asunto del comunismo el único al que Chomsky dispensa una ignorancia notablemente excéntrica y tozuda:
De nuevo aparece la muy endeble excusa de los hombres de paja. En realidad, el socialismo es una ideología robusta y acompasada que incluye muchas propuestas y revisiones. Generalmente, todas abogan por una sociedad colectivista, gobernada centralizadamente, con una política mayor o menor abolición de la privacidad y que la mayor parte de los recursos y servicios básicos sean propiedad y sean dispensados por el estado o, como mínimo, no estén en manos privadas. Los bolcheviques eran muchas cosas, por supuesto, pero si eran algo, incuestionablemente eran socialistas, doctrinal, política y organizativamente. Se identificaban y otros (en realidad, todos excepto Noam Chomsky) les identificaban como tales. Suscribían sin reservas los tres principios que acabo de mencionar, así como la tradición revolucionaria e intelectual del socialismo, y especialmente del marxismo. Los métodos por los que buscaban rehacer la sociedad rusa y los objetivos finales que proclamaron y por los cuales mataron a tantos, eran los de la utopía socialista, tal y como fueron expresados por Marx y otros, guiaron los “altos designios” –como dijo Lenin– de la sociedad rusa desde el día de la Revolución hasta el del colapso de la URSS. Esta realidad tan simple, obvia y conocida por toda persona que piense, debe ser negada por Chomsky por una sencilla razón: le obligaría a responder de la acusación terrible sobre el ideal socialista que es la historia de la Unión Soviética y, una vez que la acusación se complete y resulte irrefutable, reclamaría que considerara la justicia del esfuerzo de Estados Unidos por oponerse y contener esa fuerza cuyo horrendo aspecto Chomsky no sería capaz de expurgar de la historia. La negación de Chomsky de realidades esenciales no es locura, sino necesidad ideológica: es lisa y llanamente otro ladrillo en su cámara del eco.
En realidad, democracia quiere decir sencillamente “poder del pueblo”, esto es, un sistema en el que el poder no se encuentra en un monarca, un dictador o una oligarquía que no sean responsables políticos de ninguna manera. En la era moderna, generalmente se ha calificado así a un sistema de gobierno representativo. La mayor parte de los países han optado por una versión parlamentarista de este sistema, los Estados Unidos tienen una república constitucional. Para mantenerse dentro de la tradición anarquista a la que de vez en cuando proclama su adhesión, tradición que siempre denuncia la democracia representativa como una conspiración burguesa, Chomsky se mofa de todo ello calificándolo de farsa, si bien está obligado a hacerlo, porque si admitiera la realidad de la democracia americana, tendría admitir que el pueblo de América ha rechazado abrumadoramente cualquier cosa que se parezca a su propia ideología desde que intentó implantarse en el Partido Demócrata en 1972. Todavía es más terrible, desde este punto de vista, que tendría que admitir que el gobierno y la sociedad que ha venido denunciando tan ferozmente, de hecho han sido elegidos legítimamente y él mismo se habría transformado de su propia idílica visión como un santo portavoz del pueblo en un tribuno de una élite fanática dedicada a mandar necesariamente sobre un populacho, que no les quiere o no les votaría, una perspectiva que, irónicamente, suena notablemente parecida a su definición de lo que no es socialismo. Quizá Chomsky después de todo no sea un socialista, aunque sólo sea por su propia definición.
La libre empresa, de acuerdo con Chomsky, aparentemente lleva al Liberalismo de las Grandes Sociedades. Es difícil comentar sobre los escritos de alguien tan claramente ignorante de las leyes básicas de economía, pero el hecho de que libre empresa signifique propiedad privada y crecimiento económico parece habérsele escapado, como también que la gente debería tener libertad de elegir en lo que se refiere a sus decisiones económicas, es decir qué quieren comprar y a quién, o que la perspectiva de ser rico ha demostrado ser notablemente eficaz para motivar el progreso económico y tecnológico, como en los casos de la luz eléctrica, el automóvil o incluso el ordenador en el que estoy escribiendo esto y, seguramente, la compañía que publica a Chomsky sus libros, que estoy inclinado a pensar que no trabaja a pérdida y no publicaría el trabajo de Mr. Chomsky si no fueran a obtener beneficio alguno. A lo que se dedica aquí Chomsky es a poco más que a la afirmación desesperada de que acostumbramos a oír a los partidarios de la economía controlada, esto es, que todas las economías están controladas, así que para qué discutir sobre ello. Por supuesto, ésta es fundamentalmente una manera estúpida de razonar, puesto que de lo que se trata no es de si una economía es absolutamente libre en un sentido platónico, que es algo que sólo puede tener relevancia para un intelectual numerario, sino de si es lo suficientemente libre para generar el dinamismo requerido para proveer prosperidad y libertad económica, algo que ninguna economía controlada ha sido capaz de ofrecer. Libre empresa es simplemente la situación en la que la idea de una economía dinámica y sin trabas está presente en los altos niveles del sistema económico. No es difícil de comprender, pero, según parece, sí lo es para el buen profesor.
Aparentemente, no hay límite para las apologías realizadas en favor del totalitarismo y, aparentemente, cuanto más sanguinario, mejor. Ya he señalado la naturaleza de la insurgencia en Vietnam del Sur, algo aceptado por todos los historiadores de prestigio del conflicto, incluso por aquéllos que los desaprobaban políticamente. No voy a comentar nada más; las ardorosas apologías de Chomsky a las matanzas en masa de aquéllos con los que discrepa políticamente son asunto suyo y de su conciencia, aunque no tengo grandes esperanzas en las capacidades de ésta última. Sólo diré que lo que ya he dicho antes una o dos veces: que si Noam Chomsky no existiera, George Orwell podría haberlo creado.
Por supuesto, las mentiras absolutas son siempre útiles cuando no hay nada más disponible. Aparentemente podemos añadir el ataque sorpresa de Egipto y Siria y la subsiguiente guerra del Yom Kippur de 1973 a nuestra lista de cosas que no existen; así como la Conferencia de Jartum y los “tres noes”, incluyendo el no reconocimiento de Israel o de paz con ellos; el terrorismo palestino, incluyendo las masacres de los Juegos Olímpicos y Ma’alot y el ataque a Entebbe; y la negación del derecho de Israel a existir (que podría parecer impedir el “mutuo reconocimiento”) establecido por la Asamblea de la OLP. De todas formas, existe la comprensión sofisticada de que ninguna oferta de paz basada en la retirada total de Israel de todos los territorios antes de que empiecen las negociaciones es una oferta seria; de que una conferencia internacional estaría inevitablemente dominada por los países árabes y por tanto alineada contra Israel; y de que las Naciones Unidas –cuya élite corrupta, que de alguna manera no consigue ofender la sensibilidad ostensiblemente populista de Chomsky, puede difícilmente ser llamada un “consenso internacional casi universal”– , que mantienen a Israel en un aislamiento de cualquier grupo regional similar a un “apartheid”, son una organización tan descaradamente parcial e inmoral como para ser incapaces de desempeñar cualquier papel serio en las negociaciones más allá de repetir como loros la propaganda de los estados árabes. El proceso de paz se llama así porque es precisamente eso, el proceso mediante el cual las partes en conflicto negocian una salida a dicho conflicto entre ellas. Por supuesto también merece mencionarse lo que más claramente deja de mencionar Chomsky, su propia perspectiva de lo que constituye un “acuerdo diplomático pacífico”: la desmantelación del Estado de Israel. Basta de sofisticación, parece.
¿Qué puede uno decir acerca de un académico de ochenta años de edad que no puede admitir que el pueblo de su país rechaza sus valores e ideas y, aún peor, si siquiera considera que deba escucharlas? Aparentemente, es innecesario decir nada, puesto que tenemos detrás de nosotros un castillo de naipes, una sala de espejos; el elaborado esquema intelectual mediante el que uno puede convencerse de que, en realidad, eres el auténtico portavoz del pueblo, el auténtico abogado de las víctimas de la invisible “guerra de clases” (dicho con retórica marxista vulgar), que sólo tú dices la verdad a esos terrible poderes mediáticos y políticos que nunca, nunca acusan al Partido Republicano de estar demasiado cerca de las grandes empresas o de dejar de lado los intereses especiales, que nunca dan en ese asunto una tregua a las mujeres o a los pobres granjeros o a izquierdistas numerarios y que nunca, sencillamente nunca, se les encontraría mostrando algún prejuicio antiguerra o antirrepublicano. Debe ser un lugar agradable para vivir, esta cámara del eco, plácida, sin molestias y sin requerir ninguna capacidad de autocrítica en absoluto.
En realidad, “partidarios de un estado poderoso, que interfiere masivamente en la economía y en la vida social. Son partidarios de grandes gastos estatales y de medidas proteccionistas, especialmente en la posguerra, que les defiendan del libre mercado, limitando las libertades individuales a través de la legislación y la jurisprudencia, protegiendo al Sagrado Estado de inspecciones indeseadas por parte de la irrelevante ciudadanía” es una descripción bastante buena de la mayor parte del progresismo, o de lo que éste ha sido desde finales de los 60. Mientras que tiene poco o nada que ver con el conservadurismo y, de hecho, describe prácticamente todo aquello a lo que se opondrían gentes como William F. Buckley, Friedrich Hayek o Edmund Burke, por ejemplo, es una descripción bastante oportuna de la visión del mundo de la Izquierda de la Costa Este del Partido Demócrata (de la cual, en los asuntos básicos, Chomsky es esencialmente indistinguible). Por supuesto, podemos perdonarle en este asunto, puesto que las ideas de libre empresa, democracia, defensa frente a la agresión y demás conceptos diversos cuya realidad Chomsky no se atreve a reconocer, como patriotismo, verdad y decencia humana elemental, han pasado casi sin lugar a dudas a manos del movimiento conservador, y no en pequeña medida gracias a la influencia de Chomsky y sus seguidores. Podemos, por fin, estar seguros –si teníamos alguna duda– de que los Padres Fundadores también están entre aquéllos que desaprueba Chomsky. No es sólo en el ámbito del lenguaje donde Las intenciones del Tío Sam se parece a una cámara del eco trabajadamente blindada. La documentación del libro es, como mínimo, fascinantemente única, ya que consiste, casi completamente, en referencias a trabajos de Noam Chomsky, haciendo así a Chomsky posiblemente el primer autor en la historia que se refiere a sí mismo como principal autoridad en una materia sobre la que no tiene credencial alguna. Estos retorcimientos son sorprendentes, o jocosamente sorprendentes, dependiendo del punto de vista. Y no es sólo en sus referencias a sí mismo donde podemos ver su sala de espejos. También aparece una referencia a “Estudios más amplios del economista Edward Herman [quien] revela una correlación en todo el mundo entre torturas y ayuda de los EEUU”, en el que por alguna razón evita informarnos de que Edward Herman es un frecuente colaborador de Chomsky (incluida su negación del genocidio de Camboya y su histérico tratado sobre conspiración mediática Manufacturing Consent) y quizá el único economista del mundo del que es imposible imaginar que pueda descubrir cualquier cosa excepto un correlación. Junto con el archichomskista Herman está el antes mencionado Kolko, de quien no es necesario decir que se hizo famoso con las teorías sobre la Guerra Fría que Chomsky copia servilmente en estas páginas. Por supuesto, está claro a qué se debe todo esto, y es a lo que ya me he referido, al control. Como describió Pierre Vidal-Naquet la notable generosidad de Chomsky con Robert Faurisson, Chomsky “no busca detrás de la verdad, sino detrás de las mentiras”, y por tanto no hay posibilidad alguna de que cualquier fuente, cualquier autor, cualquier hecho, cualquier opinión que pueda proyectar duda alguna sobre el catecismo establecido tenga posibilidades de penetrar el delicado trenzado de las no verdades. Con el fin de controlar las mentes, con el fin de protegerse frente al temible desviacionismo ideológico, también es necesario controlar la historia y controlar el lenguaje. Este método tiene un largo, pero poco distinguido, pedigrí y Chomsky hace aquí buen uso del mismo. Igual que las desventuradas víctimas de las purgas que se iban evaporando de las fotografías de Stalin hasta que no aparecía nadie excepto el pavoroso líder, una vez que todas las víctimas han sido expurgadas, toda la sangre limpiada, todas las atrocidades negadas y todas las matanzas blanqueadas, finalmente no nos queda nada excepto los resentimientos, presunciones, vanidades y neurosis acumuladas de un solo hombre; y nos quedamos reflexionando sobre la oscuridad que debe existir en su solitaria ferocidad, dirigiéndose sin fin hacia el sonido de su propio eco. La sociedad libre y su enemigo Sin embargo, el auténtico debate no es acerca de derechos humanos o métodos de tortura o competencia entre sistemas económicos o historia de la Guerra Fría, es, en su lugar, acerca de la naturaleza de la sociedad americana y la de las sociedades afines en estructura e inclinaciones políticas. Es, en realidad, acerca de la existencia de la propia libertad. Examinando las afirmaciones de Chomsky a este respecto, no es poco advertir que los países a los que distingue con elogios incalificables: Cuba, Vietnam del Norte, la Nicaragua sandinista, son todos fundamentalmente sociedades sin libertad, tampoco nos parece apropiado ignorar la violencia de los apocalipsis pseudoproféticos con los que Chomsky flagela a las instituciones más básicas de su propia sociedad y la forma en que expone esas predicciones. Sobre los medios de comunicación, por ejemplo:
Esto, por supuesto, es conspiracionismo marxista elemental (y vulgar). Uno puede estar de acuerdo o en desacuerdo con ello y, de hecho, es un punto de vista a menudo utilizado por críticos conservadores de los medios de comunicación y del “establishment” progresista (quitando los “intereses de clase”: por supuesto, la mayor parte de los conservadores, con la excepción, quizá, de Irving Kristol, no son tan marxistas) y uno debe dar la razón a Chomsky: puede no ser original, pero al menos no discrimina en sus plagios. Sin embargo, para aceptar su formulación íntegramente, haría falta aceptar la afirmación de Chomsky de que hay una sincera colaboración entre los medios de comunicación y los sectores gubernamentales y económicos de la sociedad americana, en lugar de una relación entre adversarios que muchas veces genera una violencia significativa, una situación que sería imposible aceptar, incluso por un marxista vulgar. Pero nuestro decididamente semimarxista no vulgar está dispuesto a ir más allá, hasta una condena no simplemente de la élite de los medios de comunicación, los negocios o el gobierno, sino a una completa y total declaración de desaprobación de la plebe vasta y manipulada:
Y ahora podemos ver que, a pesar de las ardorosas declaraciones de populismo y amor a la democracia que podamos escuchar del buen profesor, él es, en primer y último lugar, un profesor, que viene a enseñarnos, o al menos al desgraciado ochenta por ciento que se encuentra en la oscuridad, cegado por los tabloides, las comedias, la innombrable maldad de la Super Bowl (detecto ecos de resentimiento escolar), nosotros, el rebaño desconcertado, para el que Chomsky es el padre benévolo, que viene a educar, a iluminar y finalmente a liberar. Es realmente una fantasía de la Caverna propia de Chomsky, en la que somos los prisioneros encadenados de Platón, hipnotizados por la danza de las sombras, y él es el bendecido que ha visto el sol, pero elige no quedarse extasiado por sus rayos, sino, lleno de pura generosidad de espíritu, retorna para liberarnos de nuestros grilletes y llevarnos, impuros, sumisos y desconcertados como somos, hacia la luz. Esta ensoñación es muchas cosas: es egomanía a una escala épica, es grotescamente insultante para la inteligencia de una persona normal, es elitista hasta llegar a la payasada, pero también es más que eso. Es, ante todo, una declaración sin ambages del hecho de que Noam Chomsky ha fracasado, resueltamente y, quizá, con premeditada maldad, en aprender la más existencial de las lecciones del siglo veinte: la siniestra amenaza y el terrible coste de la tiranía de la virtud. Porque aquí vemos de nuevos puestos en pie todos los viejos imperativos: la gente está manipulada, es decadente e ignorante, las fuerzas del mal controlan todas las maquinaciones de la sociedad, los auténticos cimientos de nuestro mundo están al servicio de fuerzas satánicas invisibles, nosotros debemos enseñarles, nosotros debemos liberarles, nosotros debemos gobernar –yo debo gobernar. Es la misma arenga de cientos de prototiranos, de los marxistas a los radicales islamistas: la sociedad libre es una ilusión, no existe; libertad es esclavitud, guerra es paz; sólo hay una vía a la liberación, es la mía; sólo hay una vía para salir de esta corrupción, es la vía de la virtud, es absoluta, es la mía. La idea de elegir, de que la gente, quizás incluso la mayor parte de la gente, elija libremente no seguir los dictados de estos infantiles profetas es algo imposible para el hombre que cree que ha descubierto la clave de la liberación de la humanidad; esta imposibilidad lleva a la conclusión de que la elección también es imposible, o mejor, que sólo es posible para los elegidos, que eligen descender a los impuros para llevarlos al mundo feliz. Es en esta lógica, en la confrontación entre la sociedad libre y la tiranía de la virtud, donde Chomsky se encuentra implacable, resuelta e imperdonablemente del lado de los tiranos, los asesinos, los ejecutores y los sepultureros. Antes de que nos volvamos demasiado sanguinolentos, debemos advertir que Chomsky, de forma bastante siniestra, no es en absoluto pesimista sobre las posibilidades del momento presente o del futuro.
Por supuesto, no tiene sentido apuntar que la única campaña terrorista en Cuba es la que se dirige por parte del gobierno cubano contra su gente, o que el único terrorismo de estado en Vietnam del Sur fue el llevado a cabo por Vietnam del Norte a partir de su ilegal y no provocada invasión y apropiación de sus homólogos del sur. Tampoco que la administración Reagan se vio limitada en la intervención directa en Centroamérica, no por las protestas públicas, sino por la oposición del Partido Demócrata, que controlaba el Congreso y estaba dominada por personalidades como Ted Kennedy y el actual candidato a la presidencia John Kerry, cuyas perspectivas respecto de la Guerra Fría eran esencialmente idénticas a la de Chomsky. El predominio en un partido político de una ideología aprobada por Chomsky –algo que, según Chomsky, es imposible– impidió la intervención directa contra la tiranía de izquierdas de Centroamérica y, por la misma razón, de cualquier otro sitio. Y tenemos que afrontar a la vez otra notable imposibilidad: el hecho de que, contrariamente a la afirmación de Chomsky, fueron los “gestores culturales” los que lideraron el ataque al descubrimiento (nadie, hasta donde yo sé, ha hablado nunca de “liberación”) de Colón del continente americano. La “histeria”, por supuesto, ha sido siempre patrimonio de Chomsky, y no de sus críticos. No tiene sentido apuntar estas cosas porque la suma total de las afirmaciones del buen profesor muestra una mente compulsivamente ignorante de la terrible realidad de la vida en las sociedades no libres, un ignorancia tan completa que no puede reconocer una sociedad de ese tipo cuando la ve. Está dolorosamente claro que Chomsky cree que América es totalitaria porque no tiene ninguna experiencia real de vivir bajo un gobierno totalitario. Para él, la pequeña incomodidad de ser relativamente anónimo e ignorado en su propio país es suficiente para convertirle en un disidente oprimido por una tiranía brutal. La terrible indignidad de no ser citado regularmente por medios de comunicación de masas de debe a una conspiración gubernamental contra él, esa persona que siempre ha sido para Chomsky su principal preocupación. Chomsky es de hecho la auténtica quintaesencia de esa víctima orwelliana de la seguridad, con demasiada prosperidad y una ignorancia básica de cómo funciona el mundo. Y así sólo nos queda esta bendita conclusión final:
Por descontado, ya sabemos que la libertad no existe –si libertad significa el derecho del populacho a elegir por sí mismo qué pensar, qué comprar y quién les debe gobernar– si la elección que hagan resulta que contradice las proclamas de Noam Chomsky. Tampoco nos hacemos muchas ilusiones acerca de lo que constituye una “autoridad ilegítima”: es aquella autoridad que no goce de la aprobación entusiasta de Noam Chomsky, algo que aparentemente limita a Vietnam del Norte, Cuba y la Nicaragua sandinista como las únicas autoridades legítimas de las últimas cuatro décadas. Pero sobre todo no nos hacemos ilusiones acerca de lo que Chomsky quiere decir con la siniestra expresión “alteración interna”: quiere decir todos aquellos actos bien conocidos que alteran, atacan y buscan deslegitimar ese proceso de democracia representativa que Chomsky considera una farsa y el cual, mediante el rechazo por los impuros manipulados de Chomsky de ser testigos de sus indudables y proféticas verdades, constituye la mayor amenaza global y directa a la ideología de las ilusiones a la que Chomsky ha dedicado una vida entera a construir. Pero aún hay más, el Chomsky que hallamos en este pasaje final es un hombre en guerra con todo el mundo moderno, que pretende devolvernos a esa inocencia sagrada personificada en las “multitudes de salvajes completamente desnudos” de Rousseau, para convertirnos siguiendo el modelo de esa fantasía racista del Tercer Mundo como una colección de nobles bárbaros. Así Chomsky resulta ser poco más que un eurocéntrico fetichista de lo exótico, que se crea una fantasía de gente completamente ajena a él y que no comprende en absoluto, todo con la esperanza de curar su propia y terrible incapacidad de conformarse con su puesto en el mundo moderno. Pero hay un riesgo bajo su fantasía, porque Chomsky desea arrastrarnos a todos con él dentro del caldero y es esta situación de autoaborrecimiento, que ya le ha motivado a él y a muchos otros autoproclamados partidarios de la libertad humana ver en creencias de esclavitud y opresión como el socialismo autoritario y el Islam radical en el peor caso la divina justicia y en el mejor la última y mejor esperanza para la humanidad, la que realmente nos llevaría al desastre a todos. El texto completo de Las intenciones del Tío Sam puede encontrarse en Internet en inglés y español. Este artículo proviene de la interesante bitácora Diary of an Anti-Chomskyte. [1] Doctrina teológica que proclama que por la fe y la gracia de Dios, el cristiano no está sujeto a ninguna ley, incluyendo los estándares morales de la cultura. |
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