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Auschwitz y el universo sin sentido

Por Juan Fernando Carpio

La historia es la filosofía enseñándonos mediante ejemplos.
Dionisio de Halicarnaso

Ante el reciente aniversario (60 años) de la tragedia de Auschwitz, ha habido una serie de pronunciamientos de personalidades e intelectuales al respecto, tratando de darle sentido histórico y simbólico. Elie Wiesel, sobreviviente, dice: “No creo en la culpa colectiva, pero los culpables deben ser recordados por su culpa. ¿Cómo puedes marcharte con el conocimiento que adquiriste aquí y seguir siendo la misma persona? Si eres el mismo luego de esto, estamos perdidos”. Desde luego. Auschwitz es sin duda un punto bajísimo en la historia de la humanidad, pero no el único ni -según como van las cosas- el último. ¿Dónde radica la capacidad humana para el mal? Evidentemente lo más fácil sería culpar al Nazismo qua movimiento racista y belicoso por la brutalidad de los campos de concentración y dejar ahí el asunto. De todos modos, si dejamos atrás un momento histórico horrible seguramente no se repetirá, ¿cierto? Falso. 60 años después la clave de lo inhumano sigue estando lejos del debate y las memorias de lo ocurrido.

Por amor a la verdad y para evitarnos acontecimientos similares en el futuro, es necesario hallar esa clave, identificarla plenamente y recién entonces sabremos cómo generar un antídoto.

 
Los Nazis 

El movimiento de socialismo nacionalista encabezado por un Führer (Adolf Hitler) no es uno de aparición espontánea en la historia alemana. Tan brutal y guerrerista como fue éste, tiene un claro y poco conocido sustento en al menos cien años de ideas germinales en la nación germana. El nacionalismo llevaba un tiempo ya en ascenso[1], alentado por la unificación política que suplantó a la sana fragmentación de los siglos XVI y XVII. La ética kantiana (Immanuel Kant) del heroísmo como sacrificio del ‘yo’ y del bien como autonegación en general, iba tomándose los centros intelectuales y el imaginario de la población. La epistemología kantiana negaba la mente como herramienta de conocimiento, negandose éste en última instancia. La metafísica de Hegel, con el ‘nosotros’ como elemento decisivo, la nación o raza como vehículo de la personalidad histórica, se iba abriendo paso. Todo esto iba en clarísimo contraste con los valores espirituales y políticos de la Ilustración: la búsqueda de la felicidad como valor personal, el respeto al derecho ajeno como precondición para la comunidad humana, y como consecuencia práctica de esa filosofía, el liberalismo clásico: gobierno limitado, propiedad privada y una vida productiva-cultural independiente del poder.

El Nacionalismo alemán hizo su parte en negar estos valores, puesto que se los relacionaba con Occidente (i.e. Francia e Inglaterra, lo cosmopolita), y no con el germanismo. Sin embargo, tal disyuntiva (individualismo vs. Alemania) hubiera sido imposible sin la base provista por los intelectuales más dominantes. Entonces, un círculo vicioso se fue cerrando cada vez más vertiginosamente: Alemania no era individualista, y por ende no era Occidental, por lo tanto había que reivindicar primariamente los valores anti-occidentales y pro-germanos. No al liberalismo, sí al colectivismo. Claramente las horas de la República de Weimar estaban contadas para cuando esas ideas habían madurado y había un clima de revueltas y conflictos violentos generalizado. Era la hora del Estado y su Führer.

En ese contexto el Nazismo respondía a ciertas premisas aún más fundamentales que los intelectuales, académicos y políticos habían venido trasmitiendo y alimentando por algunas generaciones. La sensación de impotencia o evasión ante la realidad, la primacía de los ‘instintos’ y el sentimiento por encima de la razón y del ‘nosotros’ por encima del ‘yo’ preparan el terreno para que otros ejerzan ese atributo humano –la razón– por nosotros[2]. Adolf Hitler sencillamente vino a cosechar lo que otros habían ya insistentemente sembrado.

Sin embargo los seguidores[3] de Kant y Hegel sumados a la primacia de la nación (das Volk) sobre el individuo no eran suficientes para generar un socialismo nacionalista. Las ideas de Karl Marx, del empresario como explotador y del capitalismo como sistema degenerativo completaron el cuadro. Como dijo Hitler en su momento: “No soy el superador del marxismo, sino su verdadero realizador”. Los Nazis fueron simplemente la corriente más brutal y coherente dentro del conjunto de ideas del momento. Es por eso que lograron juntar o anular (a veces literalmente) a distintas corrientes en la política alemana, y sobre todo –cosa que no se comprende a cabalidad- crearse un tremendo apoyo popular en Alemania. La nación entera veia con una mezcla de asombro y simpatía ese movimiento, aunque una buena parte no gustara totalmente de sus métodos. No debería pensarse que la propaganda Nazi (die Volksverdummung) logró más que un efecto marginal o final sobre ese cuerpo de ideas ya para entonces vivo en la nación.

Dicho de otro modo lo que resultaba desagradable en el mejor de los casos para los alemanes de esa era, eran ciertos elementos puntuales y no la filosofía del socialismo nacionalista. Y eso es lo que debe ser subrayado. No se puede atribuir el auge del Nazismo a ninguna condición histórica en particular (depresión, reparaciones de guerra, crisis institucional) si no a la raíz filosófica del fenómeno[4]. Otros paises han sufrido depresiones, han pagado reparaciones de guerra y han tenido profundas crisis institucionales: casi ninguno se volvió totalitario.
 

Auschwitz como laboratorio de la anti-humanidad

Si bien todo campo de concentración es por definición un espacio de negación de la justicia y otros valores humanos, fue precisamente bajo el Nazismo que se llevó al máximo esa definición. Primero bajo la tutela de las SA (camisas pardas) y luego de las SS (camisas negras), una serie de principios básicos de humanidad fueron demolidos uno a uno. Uno de los postulados básicos del individualismo es que la persona sea responsable de las consecuencias de sus actos. Pero bajo los nazis el prisionero pagaba culpas ajenas, y cualquier acción individual era fuertemente castigada... sobre el pellejo del grupo. Por lo tanto, el prisionero tenía todos los incentivos para fusionarse con el colectivo y tratar de volver invisible su presencia en el lugar. Ningún gesto, mirada o necesidad individual podía ser expresada sin un castigo[5] o censura por parte de los guardias o los propios compañeros de encarcelamiento. La única forma de escapar –temporalmente- a la dureza del trato, era volverse cómplice de los captores y administrar los castigos y torturas. Pero esa excepción era temporal. No era permisible que el prisionero tome forma y expresión individuales. De haber sido así, sencillamente no se explicaría que aunque débiles y malnutridos, decenas de miles de prisioneros que superaban en 200 a 1 a los guardias, se hayan doblegado ante el terror y colaborado pasivamente con su inminente exterminio.

Auschwitz y otros campos de concentración fueron para los nazis laboratorios humanos. En ellos se demostró hasta qué grado el ser humano era capaz de volverse inhumano. Hasta que grado puede negarse la propia individualidad, hasta que punto uno puede ejecutar acciones malévolas (pasar de victima a victimador) y hasta que nivel se puede atentar contra la dignidad de la persona. Si hay algo terrible que no se ha señalado, es que los nazis siguieron una estructura extremadamente precisa –y perversa– en su plan de destrucción del prisionero. Eran frecuentes las órdenes y contraórdenes así como los castigos y señales confusas, con el objeto de divorciar en la mente de la víctima la causa con el efecto. Es precisamente ese elemento el más perturbador de todos. Si el ser humano no es capaz de comprender por qué ocurren cosas así, parece todo una burla metafísica del destino, donde los inocentes pagan por los culpables, donde el propio mérito no determina los resultados en la vida y donde la virtud y el vicio se confunden para negar todo concepto del bien y el mal. Para que el hombre sea hombre, debe poder relacionarse sanamente con la realidad a través de la razón. Debe percibirla, identificarla y entender las consecuencias directas de las acciones propias y ajenas. De lo contrario, estará viviendo en un universo sin sentido, sin justicia. Y eso es filosóficamente lo más propicio para cualquier tiranía totalitaria: desarmar al ser humano ante la realidad.

Lo que sucedió en Alemania a escala general, se dió en Auschwitz en particular. La negación del individualismo (justicia, responsabilidad, dignidad, búsqueda de la propia felicidad) a favor del colectivismo no puede si no llevar al desastre.

 
Conclusión

El holocausto de la Segunda Guerra Mundial es la consecuencia directamente observable de la aplicación de cierta variante de ideas: las ideas anti-occidentales. Si el ser humano quiere que la justicia -y el respeto a la vida que de ella deriva- prime en sociedad, debe entender que la razón es el atributo que permite concebir y aplicar la justicia. Sin el uso activo de la razón el ser humano degenera en brutalidad primitiva, y cualquier conflicto intersubjetivo se resuelve finalmente por la fuerza, a favor del más fuerte. El Nazismo no es una excepción histórica pintoresca y destestable solamente: es el llevar a un grado coherente las ideas que mucha gente ha aceptado desde hace algunas generaciones. Difícilmente somos inmunes a nuevos problemas similares si conservamos las raíces que los permiten.
 
Negar la razón como atributo individual, negar la realidad y nuestra capacidad de percibirla, negar el principio de causa y efecto en nuestra comprensión del universo y la sociedad sólo puede tener resultados como esos[6]. La mansedumbre y lo que ella permite son imposibles cuando los individuos están conscientes de sus atributos individuales de razón y existencia individuales. El antídoto para las ideas totalitarias, es el ideario de la libertad, es decir de la justicia, la razón, los derechos individuales y la búsqueda de la propia felicidad. Si algo debemos aprender sobre el fenómeno Nazi y sobre Auschwitz en particular, es que las ideas tienen consecuencias. Y las ideas colectivistas tienen consecuencias nefastas para la vida humana.


[1] Dietrich Orlow, A History of Modern Germany, 1871 to the Present, (Prentice Hall 2001)

[2] En palabras de la filósofa Ayn Rand: “La forma más vil de auto-degradación y auto-destrucción es la subordinación de tu mente a la mente de otro, la aceptación de sus palabras como hechos, su discurso como verdad, sus dictados como intermediario entre tu conciencia y tu propia existencia”

[3] “La generación actual tiene miedo a la existencia pues ha sido olvidada por Dios; sólo en grandes grupos se atreven a vivir, y se juntan en masa para sentir que tienen alguna importancia” - Søren Kirkegaard

[4] Ver The Ominous Parallels, por Leonard Peikoff, Ph.D. http://www.aynrand.org

[5] "Bebí agua de un charco sucio, y para castigarme, un soldado de las SS saltó sobre mi brazo y lo rompió y saltó sobre mi pecho y me rompió dos costillas” - Franciszek Jozefiak, ex prisionero de Auschwitz

[6] “Los Nazis predicaron una cierta filosofía –y la ejercieron en la práctica.  Predicaron la autoridad por encima de los derechos, el grupo por encima del individuo, el sacrificio por encima de la felicidad, el nihilismo por encima de la moralidad, los sentimientos por sobre los hechos, la flexibilidad por sobre los absolutos, la obediencia por sobre la lógica, el Führer por encima del ‘yo’- y la aplicaron.” – Leonard Peikoff

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