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La Jihad contra América de Noam Chomsky

Por David Horowitz y Ronald Radosh
Traducido por Ángel Vaca Quintanilla

Cortesía de FrontPage Magazine.

Nota: Uno de nuestros lectores nos ha informado de un error en el artículo "La Jihad contra América de Noam Chomsky", lo bastante importante como para merecer una explicación. En su discurso en el MIT, Chomsky hizo referencia a un artículo publicado el 16 de Septiembre en el New York Times, acerca de las reservas de alimentos en Afganistán. A causa de un error del investigador, utilizamos para redactar nuestra refutación un artículo publicado en el NY Times el 16 de Octubre, lo que nos llevó a acusar a Chomsky de haber inventado su cita. Lo cierto es que Chomsky había citado el artículo adecuado. Lamentamos el error. Un error, por otra parte, que no echa por tierra nuestra crítica al argumento de Chomsky (que sí conseguimos refutar), que aseguraba que los Estados Unidos estaba planeando dejar morir de hambre, deliberadamente, a entre 3 y 4 millones de civiles afganos. Como señalamos en esta versión corregida, el mencionado artículo publicado en el NY Times el 16 de Octubre, en el que se habla de los esfuerzos del Gobierno estadounidense por distribuir alimentos entre los afganos, estaba a disposición de Chomsky, cuando aseguró, de forma falsa y malintencionada, que la política de los Estados Unidos estaba provocando un "genocidio silencioso".

--David Horowitz y Ron Radosh

Nota de liberalismo.org: Efectivamente, Chomsky insistió, tiempo después de la publicación de este artículo y las noticias a las que hace referencia, en sus tesis del genocidio silencioso. En una entrevista concedida al diario El Mundo y publicada el 24 de febrero de 2002 dice que "por otra parte, tenemos el riesgo de un genocidio silencioso: a estas alturas, seguimos sin saber el número de víctimas civiles, y tal vez tardemos años en saberlo". Sin embargo, en un diálogo con lectores de The Independent, el 4 de diciembre de 2003, llegó a negar que hubiese predicho tal cosa.

Sólo se considerará traición a los Estados Unidos hacerles la guerra, o unirse a sus enemigos y proporcionarles ayuda y comodidades.
Constitución de los EEUU. Artículo III. Sección 3.

Sólo se considerará traición a los Estados Unidos hacerles la guerra, o unirse a sus enemigos y proporcionarles ayuda y comodidades.
Constitución de los EEUU. Artículo III. Sección 3.

El 18 de octubre, once días después de que el ejército de los Estados Unidos comenzara la respuesta de Norteamérica a los monstruosos ataques del 11 de Septiembre contra el World Trade Center, Noam Chomsky explicó el desarrollo de los acontecimientos ante una audiencia de 2.000 personas que asistían a una prestigiosa serie de conferencias en el MIT. Su discurso se titulaba "La Nueva Guerra contra el Terror", y ha aparecido en Internet, ha sido retransmitido por la cadena C-Span y en general, se ha publicado como su último desvarío. Unas semanas más tarde, cuando los combates en Afganistán alcanzaban su apogeo, Chomsky viajó a Islamabad para compartir sus puntos de vista con la población musulmana de Pakistán, una potencia nuclear más bien inestable.

Su discurso, justo un mes después de los ataques, y una semana después del comienzo de la respuesta de los Estados Unidos, dejó bien claro el proceso analítico de Chomsky, su manipulación de las pruebas, y la manera en que la guerra ha monopolizado la agenda que lleva siguiendo toda su vida, en su cruzada contra su propio país.

Chomsky propone guiar sus argumentos mediante cinco preguntas, la primera de las cuales, asegura, desbanca en importancia a todas las demás: "Una pregunta, y además, la más importante con diferencia, es ¿qué está pasando ahora mismo? Ésta lleva, a su vez, otra implícita: ¿qué podemos hacer al respecto?"

En el siguiente texto se enumeran las respuestas a estas preguntas de acuerdo con la transcripción del discurso de Chomsky, según aparece en la página web zmag.org.

1. ¿Qué está pasando ahora mismo? Que de 3 a 4 millones de personas están muriendo de hambre.
Bien, comencemos ya. Voy a hablarles de la situación en Afganistán. Citaré sólo fuentes incontrovertibles, como el New York Times (carcajadas del público). Según el New York Times, en Afganistán hay de 7 a 8 millones de personas al borde de la muerte por inanición. Eso ya era un hecho antes del 11 de Septiembre. Sobrevivían gracias a la ayuda internacional. El 16 de Septiembre, el Times dijo, y cito textualmente, que los Estados Unidos habían exigido a Pakistán la retirada de los camiones que suministran alimentos y ayuda a la población civil afgana. Hasta donde he podido constatar, no hubo ningún tipo de reacción ante esta noticia, ni en los Estados Unidos, ni en Europa.
En resumen: desde el punto de vista de Chomsky, los Estados Unidos han comenzado -de forma calculada- a matar de hambre a millones de civiles indefensos en Afganistán. Y lo que es peor, a Occidente no le importa. Esto es "lo que está pasando ahora mismo", y nos debe proporcionar la actitud moral ante esos hechos manipulados.

Para que a nadie se le escape la gravedad del asunto, Chomsky vuelve a citar el texto en el siguiente párrafo, que el mencionado sitio web subtitula con las palabras:

Genocidio silencioso.
Parece que lo que está pasando es una especie de genocidio silencioso. Es algo que, además, dice mucho de la cultura de la élite, la cultura de la que formamos parte. Parece que, aunque no sabemos qué va a ocurrir, se están haciendo planes y se están desarrollando programas, que se asume que pueden llevar a la muerte de millones de personas en los próximos meses, curiosamente sin que nadie haga ningún comentario al respecto, y sin que nadie dé ninguna opinión; lo cual es lo más corriente, tanto aquí como en buena parte de Europa.
Es el estilo clásico de Chomsky. Parece que lo que está pasando es una especie de genocidio silencioso. Lo dice como de pasada, con la precaución que mueve a un profesor a guardarse de meter la pata, con el objetivo de desarmar a su audiencia y hacerles tragar una acusación que, la verdad, es espeluznante y demencial y choca de frente con las actitudes más normales de los Estados Unidos y de Europa, y con la que estaban mostrando el 18 de Octubre, como respuesta a los ataques sin provocación previa, por parte de Al Qaeda, o sea, nada de acorralar a los musulmanes; nada de pelotones de fusilamiento; nada de rociar con proyectiles a la población civil del sur de Asia. Pero el profesor está más enterado: causar deliberadamente la muerte por inanición de millones de inocentes, es "lo más corriente" entre nosotros.

La respuesta que da Chomsky a la pregunta "¿qué está pasando ahora mismo?" lleva a que su audiencia saque una conclusión acerca de los Estados Unidos y sus aliados occidentales: somos unos monstruos amorales; estamos planeando fríamente el asesinato, no ya de miles de inocentes, como hicieron los que derribaron el World Trade Center -y a quienes estamos a punto de castigar-, sino de millones. Aún peor: incluso si la hambruna no llega a producirse, es indiscutible que al menos existe la intención de desencadenarla. El Gobierno de los Estados Unidos ha trazado planes "asumiendo que pueden llevar a la muerte de millones de personas en los próximos meses, curiosamente sin que nadie haga ningún comentario al respecto y sin que nadie dé su opinión..." el país pendía de un hilo, y nosotros lo hemos cortado.

Por descontado, todo esto no es sino un puñado de mentiras fríamente calculadas. De hecho, son precisamente las calumnias maliciosas de este tipo, tan características de los escritos políticos de Chomsky, las que han conseguido ponerlos justo al lado de otras obras del género de las conspiraciones paranoides, como Turner Diaries o Protocols of the Elder of Zion. Quienes no están acostumbrados a la burda mendacidad de Chomsky, pueden estar tentados de concederle el beneficio de la duda. Quizás haya quien piense que a lo mejor Chomsky no iba en serio, que seguramente no pretendía poner a la democracia norteamericana al mismo nivel de los regímenes de Stalin, Hitler, Pol-Pot y otros apóstoles de la aniquilación en masa de millones de inocentes. Si hay quien piensa así, está equivocado, y Chomsky es el primero en despejar todas las dudas:

- Muy bien - continúa - ahora centrémonos en una pregunta algo más abstracta, olvidando por un momento que estamos en medio de un intento de asesinato de 3 ó 4 millones de personas; no de los Talibanes, por supuesto, sino de sus víctimas.

¡No es de extrañar que quieran atacarnos! No es de extrañar que Al Qaeda recurra al "terror" - una palabra, que como Chomsky explica, es en realidad una construcción verbal cínica que los mismos monstruos han impuesto al lenguaje, dado que lo cierto es que el "terror" debe ser entendido como la venganza de las auténticas víctimas.

Chomsky entreteje toda esa maraña de fantasías con la habilidad del Mago Mario, de Thomas Mann - un célebre prototipo de fascista que conseguía encandilar a su audiencia, hasta que dejaban de distinguir entre lo verdadero y lo falso, entre el Bien y el Mal. El poder hipnótico de Chomsky emana de la impresión de que su grotesco discurso bebe de fuentes como el New York Times, como si la realidad que inventa fuera accesible, bajo la superficie, para los observadores con el ingenio suficiente.

Recordemos cómo Chomsky crea la historia de un plan de Washington para matar de hambre a entre 3 y 4 millones de civiles afganos inocentes: " El 16 de Septiembre, el Times dijo, y cito textualmente, que los Estados Unidos habían exigido a Pakistán la retirada de los camiones que suministran alimentos y ayuda a la población civil afgana". Eso fue el 16 de Septiembre. Un mes más tarde, el 16 de Octubre, dos días antes del discurso de Chomsky, se publicó un artículo escrito por Elizabeth Busmiller y Elizabeth Becker. Empezaba así: "Hoy, en una visita a la central de la Cruz Roja Americana, el presidente Bush ha aprobado sus fondos de ayuda humanitaria para los niños afganos...". En otras palabras: la Administración Bush estaba trabajando para evitar la inanición de los civiles afganos.

Ese mismo artículo continuaba de este modo: "El Pentágono y el Ministerio de Defensa Británico han acordado coordinar los bombardeos, para que no destruyan ningún convoy de ayuda humanitaria". Está claro que las caravanas de camiones continuaron transportando la ayuda. Para llegar a la misma conclusión que Chomsky, en primer lugar habría que negar la realidad de las ayudas humanitarias del Gobierno estadounidense; y después, habría que convertir las quejas de ciertas organizaciones humanitarias privadas (algunas de las cuales, como OXFAM, se han distinguido siempre por su hostilidad hacia la política exterior de los Estados Unidos), en hechos irrefutables. Además, habría que negar el papel que han desempeñado los Talibanes en la crisis del suministro de alimentos. El propio artículo del Times dice (y Chomsky lo ignora), que los Talibanes estaban robando la comida de las caravanas a las que el profesor se refiere, para abastecer a sus propias tropas:
Los Talibanes, además, han empezado a cobrar un impuesto de entre 8 y 37 dólares por cada tonelada de trigo que entra en el país. Mark Bartolini, del International Rescue Committee, dijo que "una caravana que transportaba 1000 toneladas de trigo estuvo retenida durante cinco días, intentando negociar el pago del impuesto". Desde que comenzaron los bombardeos, se han producido saqueos en varios almacenes, cuyos empleados acabaron apaleados.
Por descontado, la situación bélica por la que atraviesa Afganistán, y que dificulta el suministro de alimentos, es la consecuencia de una agresión terrorista apoyada por el régimen Talibán. A nadie se le ocurriría culpar a Churchill o a Franklin D. Roosevelt, en vez de a Hitler, de las penalidades que pasó Alemania durante la Segunda Guerra Mundial.

El 16 de Noviembre, (casi un mes después del discurso de Chomsky), se publicó otro artículo, este en primera página en el New York Times, con el título: "Ahora, la batalla para alimentar a la Nación Afgana". El autor, Tim Wiener, escribía que el ejército estadounidense estaba utilizando todos sus recursos para "distribuir ayuda a millones de afganos hambrientos, ateridos, enfermos y desolados por la guerra". Más aún: "los aliados de la OTAN", asumiendo el papel de "socios" de las organizaciones humanitarias, "enviarán alimentos, ropas, tiendas de campaña y medicamentos a los países limítrofes con Afganistán, para que las organizaciones dependientes de Naciones Unidas, los grupos privados de ayuda y los intrépidos camioneros afganos, los lleven a ciudades destruidas y aldeas devastadas".

En otras palabras: los hechos sugieren una historia que es todo lo contrario a lo que Chomsky afirma maliciosamente. La actuación de las tropas lideradas por los Estados Unidos han salvado vidas afganas, han logrado que se restablezcan las ayudas y han disminuido el riesgo de que se produzca la hambruna masiva a la que se podría haber llegado si el régimen Talibán hubiera continuado en el poder. Gracias a la actuación de los Estados Unidos, millones de afganos que podrían haber muerto de hambre, ahora tienen esperanza. Aunque la ayuda humanitaria es internacional, los Estados Unidos están "detrás de gran parte del bien que la coalición está haciendo en Afganistán". En palabras de Mark Bartolini, videpresidente del International Rescue Committee al Times, "si esta guerra no hubiera ocurrido, no habríamos tenido la facilidad de acceso que estamos teniendo; la mayor de la última década". Hasta la fecha, la Administración Bush ha destinado 320 millones de dólares a ayuda humanitaria, con lo que se ha conseguido "resolver, de momento", el problema de la distribución de alimentos a la gente.

El artículo del Times fue ratificado por otro, escrito por Laura Rozen, en la revista digital Salon.com, y que se publicó al día siguiente. "Los expertos aseguran que las protestas reiteradas de las organizaciones humanitarias contra el impacto que está teniendo la campaña militar de los Estados Unidos contra los Talibanes, ignoran el hecho de que, desde que comenzaron los bombardeos, están llegando más alimentos a Afganistán; muchos más". Rozen cita a John Fawcett, una de las personas que trabajan distribuyendo la ayuda humanitaria, que dijo claramente "en el último mes, está llegando más ayuda a Afganistán que durante todo el año pasado. Muchas organizaciones han estado chillando sin sentido. Dijeron que los bombardeos iban a impedirnos seguir distribuyendo la ayuda, y que crearían 1 millón y medio de refugiados. Pues bien, lo cierto es que el resultado de los bombardeos es que se han generado 150.000 refugiados, la décima parte de lo que dijeron, y la ayuda humanitaria se ha multiplicado por diez."

Rozen sugirió uno de los posibles motivos de la preocupación exagerada de las organizaciones de ayuda: "resulta difícil no pensar en que la oposición a los bombardeos por parte de los grupos de ayuda humanitaria, se debe fundamentalmente al rechazo de este tipo de organizaciones a cualquier campaña violenta". Está claro que la violencia de la guerra afecta al flujo de la ayuda humanitaria, y así, a finales de Noviembre, cuando la campaña bélica alcanzaba su apogeo, hubo un descenso temporal en los envíos de ayuda (aún así, se mantuvieron a un nivel que doblaba al que había antes del 11 de Septiembre). En vista de la situación, cabría concluir que la Administración Bush estaba haciendo todo lo humanamente posible para distribuir la ayuda humanitaria entre los afganos. ¡Vaya con el "genocidio silencioso" de Chomsky!

La derrota de los Talibanes a manos de los estadounidenses, de hecho, ha mejorado las perspectivas de futuro del pueblo Afgano. Según le comentó a Rozen uno de los expertos asesores del International Crisis Group, John Norris, "el abandono de posiciones estratégicas por parte de los Talibanes, podría propiciar un incremento significativo en la distribución de ayuda", tanto alimentaria, como material. "El grifo de la ayuda", dijo Norris, "se va a abrir ahora en Afganistán, más que nunca... la intervención militar es ayuda humanitaria. ¿Quiere usted llevar la ayuda a los campos de concentración, o quiere que desaparezcan esos campos de concentración?".

El 30 de Noviembre, el New York Times informó que la falta de un corredor entre el norte de Afganistán y Uzbekistán, cortaría "una de las mejores vías de acceso para la ayuda". De nuevo, los Estados Unidos se pusieron en marcha para solucionar el problema. El 8 de Diciembre, una semana después, la agencia France Press informó que Colin Powell había viajado a Uzbekistán "apuntándose un éxito diplomático, tras convencer a las autoridades para que abrieran un puente entre el país centroasiático y Afganistán". El puente, que se abrió pocos días después, fue descrito como "una vía de acceso vital para llevar la ayuda humanitaria al norte de Afganistán". En resumen, la política de los Estados Unidos había propiciado nuevamente una situación que favorecía el aumento de la ayuda humanitaria. El puente había estado cerrado durante "los cuatro años que han pasado desde que los Talibanes se hicieron con el control del noreste de Afganistán", por temor de las autoridades uzbecas a que los soldados Talibanes invadieran su país si se mantenía abierto. La derrota militar que los Estados Unidos infligieron a los Talibanes, había cambiado las tornas. Se estimó que la reapertura del puente supondría la entrada del 40% de la ayuda que necesitaba el pueblo afgano.

Chomsky formula dos acusaciones: el pretendido genocidio, y el supuesto silencio que lo acompaña: "se están haciendo planes y se están desarrollando programas, que se asume que pueden llevar a la muerte de millones de personas en los próximos meses, curiosamente sin que nadie haga ningún comentario al respecto". La primera de las acusaciones, como hemos demostrado fácilmente, es obviamente falsa. La segunda se basa en una tesis que les será familiar a quienes hayan leído el libro de Chomsky Manufacturing Consent, un panfleto marxista en el que asegura que los medios de comunicación estadounidenses funcionan como un organismo de propaganda al servicio del Gobierno y las clases dirigentes. En su discurso en el MIT, Chomsky afirmó que "el enviado especial de la ONU sobre el problema de los alimentos, suplicó a los Estados Unidos que detuvieran los bombardeos, para que pudieran intentar salvar millones de vidas. Hasta donde yo sé, esto no se ha publicado" (lo que no dice Chomsky es cómo lo sabe, si no se ha publicado). "Esto ocurrió el lunes. Ayer, las principales organizaciones humanitarias, la OXFAM, Ayuda Cristiana, y otras, se sumaron a esa súplica. No verán ustedes ninguna noticia en el New York Times. En el Boston Globe sí había una línea, escondida en una historia acerca de otro tema: Cachemira".

En realidad, la noticia del Boston Globe se titulaba "Fighting terror tensions in South Asia", una región que incluye a Afganistán, y contenía tres párrafos completos acerca de las peticiones de las organizaciones humanitarias para que se detuvieran los bombardeos. Es más, el asunto se reflejó en otros medios, incluyendo el editorial del Times del 16 de Octubre. También se habló de él en los telediarios nocturnos. Es razonable suponer que si el tema no recibió una cobertura más amplia, fue porque no se basaba en hechos, sino en los miedos exagerados de las organizaciones de ayuda humanitaria, como podría comprobar cualquier periodista responsable. Dicho de otro modo, el motivo por el que el genocidio en Afganistán no ha sido una gran noticia, es porque no ha habido ninguna noticia, sino sólo un producto de la retorcida imaginación de Chomsky. Como no había ningún genocidio planeado, tampoco hubo silencio en torno a él. Chomsky ha construido su caso y sus pruebas sobre un entramado de manipulaciones. Y es precisamente de ese entramado de manipulaciones, de donde emana su poder para ser objeto de culto.

2. ¿Por qué ha sido un suceso histórico?

La segunda pregunta que Chomsky analiza, en relación a los ataques del 11 de Septiembre, es "¿Por qué ha sido un suceso histórico?". Su respuesta es que los Estados Unidos, que durante siglos han estado atacando al resto del Mundo (y especialmente al Tercer Mundo), son quienes han sufrido ahora un ataque, lo cual es un motivo de alegría para los progresistas.
El cambio ha sucedido en la dirección hacia la que apuntan las armas. Eso es algo nuevo. Radicalmente nuevo. Fíjense en la historia de los Estados Unidos... durante 200 años, nosotros, los Estados Unidos, expulsamos o, principalmente, exterminamos a la población indígena, millones de personas, conquistamos la mitad de México, cometimos atrocidades por toda la zona, el Caribe y América Central... pero siempre matábamos a otros. Los combates eran en otro sitio. Eran otros los que acababan asesinados. No pasaba aquí. No pasaba en nuestro territorio nacional.
Dejando a un lado las maliciosas manipulaciones que hace Chomsky sobre el pasado de América, su tesis lleva a la siguiente conclusión: el ataque contra Estados Unidos hacía tiempo que se veía venir, y ha sido historicamente justo.

Chomsky parece creer que Estados Unidos y Europa viven aún en una época de expansión colonial, una afirmación retórica que le impide darse cuenta de que ni los Estados Unidos ni sus aliados quieren anexionarse Afganistán, o cualquier otro país del Tercer Mundo, y de hecho, se involucran en ellos de mala gana (su bienintencionado abandono de Aghanistán después del fracaso de la invasión soviética, con frecuencia se considera un factor más en la creación de los Talibanes y la red de Al Qaeda). Chomsky también ignora los asesinatos en masa y las brutales guerras tribales a cargo de los pueblos indígenas, desde el fin del colonialismo. En las cuentas de Chomsky, los Estados Unidos y Europa, siempre dan números negativos. Por esta razón, Chomsky incluso denunció los recientes esfuerzos de la OTAN para tratar de rescatar a los depauperados musulmanes que se enfrentaban a la limpieza étnica de los serbios, como un ejemplo de "imperialismo". ¡Pues vaya con la preocupación de Chomsky por los oprimidos!

3. ¿Qué es el terrorismo?

Llegamos a la tercera pregunta de Chomsky, que es: "¿En qué consiste la guerra contra el terrorismo?". Esta pregunta, como Chomsky viene a decir, plantea otra, a saber: "¿Qué es el terrorismo?". En realidad, no es una cuestión secundaria, sino un truco retórico. Es la respuesta de Chomsky a su primera pregunta. Según él, la guerra contra el terrorismo es el auténtico terrorismo. Desde la óptica de Chomsky, la guerra de Estados Unidos contra los Talibanes, no sólo es un acto de terrorismo por sí misma, sino el único acto de terrorismo del que en realidad puede hablarse. La intervención bélica estadounidense en Afganistán es "una plaga, un cáncer extendido por bárbaros, por depravados 'enemigos de la civilización'". Así es como Chomsky ve a su propio país y al resto de las Democracias Occidentales.

La definición del terrorismo como "un cáncer extendido por depravados enemigos de la civilización" se origina -tendremos que tomar al pie de la letra las palabras de Chomsky- durante la presidencia de Ronald Reagan. De acuerdo con lo que dice, la frase viene de una declaración presidencial durante la Administración Reagan en el sentido de que (según la paráfrasis de Chomsky), "la guerra internacional contra el terrorismo debe ser el núcleo de nuestra política exterior". Y según Chomsky interpreta esta política, "la Administración Reagan respondió (a la amenaza que percibía) creando una extraordinaria red terrorista internacional, a una escala sin precedentes, que cometió atrocidades en masa por todo el Mundo...".

Esta es una afirmación tremenda, pero Chomsky se conforma con basarla en un solo caso:
Mencionaré un solo caso, que es totalmente incontrovertible, de modo que tampoco vamos a discutirlo. Es totalmente incontrovertible, pero de ningún modo se trata del caso más extremo... al menos, entre personas con una mínima preocupación por las leyes internacionales, los Derechos Humanos, la justicia y otras cosas parecidas.
El caso al que se refería Chomsky, es "la guerra entre Estados Unidos y Nicaragua, que causó decenas de miles de muertos y arruinó al país, quizás sin remisión". Desde la óptica de Chomsky, los Estados Unidos lanzaron, sin provocación previa, una guerra de terror contra Nicaragua durante los 80, utilizando un "ejército mercenario" (léase, la Contra). Cuando el Gobierno Nicaragüense presentó una protesta ante el Tribunal Mundial, contra el uso de la Contra por parte de los Estados Unidos, éstos rechazaron la jurisdicción de dicho Tribunal y, por tanto -en palabras de Chomsky- la legalidad internacional.

Chomsky no cita las fuentes en las que se basa, porque no las hay. No hay ningún auténtico tribunal internacional, ni ninguna ley internacional - sólo existen las leyes a las que los estados soberanos se acogen cuando les conviene. Es más: no hubo ninguna guerra entre Estados Unidos y Nicaragua, y mucho menos una guerra de terror. Los Estados Unidos apoyaron a un ejército de campesinos que resistían contra la dictadura nicaragüense que, a su vez, contaba con el apoyo político, económico y militar del Imperio Soviético. Los dictadores sandinistas habían usurpado el poder que legítimamente correspondía a una coalición democrática, desposeyeron a los ciudadanos de Nicaragua de sus derechos políticos, y -en el momento en el que se produjo el conflicto-, gobernaban por la fuerza. Fueron los sandinistas los que destruyeron la economía nicaragüense y provocaron la revuelta campesina de la Contra al tratar de adoptar el modelo soviético de colectivización: la confiscación de las tierras de los agricultores, y su conversión en granjas socialistas colectivas. Cuando la presión de esta revuelta y de los Estados Unidos obligaron al dictador a celebrar unos comicios democráticos el 25 de Febrero de 1990, la gente de Nicaragua echó a los sandinistas del poder, por un margen considerable. Los anti-sandinistas ganaron con el 55% de los votos, frente al 41% de sus rivales.

Se instauró entonces una democracia -incluyendo elecciones libres-, y la exclusión del Partido Sandinista del poder continúa hasta el día de hoy. Mientras tanto, la salida de los líderes sandinistas dejó bien clara que eran ellos los que merecerían el apelativo de "mercenarios", es decir, matones políticos que anteponían los intereses propios a los de los demás. Antes de entregar el poder, y en lo que los nicaragüenses llamaron "la piñata", los ex-gobernantes sandinistas esquilmaron las pocas riquezas que le quedaban al país, transfirieron los fondos a cuentas secretas en bancos suizos, y se apropiaron de hoteles, industrias y restaurantes - además de mantener las mansiones en las que vivían.

Chomsky conoce esos hechos, pero los ignora. Además, varios antiguos miembros de la dictadura sandinista han reconocido las mentiras que propagaron cuando estuvieron en el poder, y que Chomsky sigue repitiendo. En 1999, Sergio Ramírez, un líder Sandinista que llegó a ser vicepresidente del régimen, escribió: "Que conste que muchos campesinos sin tierras se unieron a la Contra o, decididos a no dejarse acorralar por las cooperativas agrícolas, se convirtieron en el apoyo social de ésta. Las filas de la Contra siguieron aumentando, y para entonces, muchos de sus líderes tendían a ejercer de pequeños agricultores sin ninguna relación con el Somoczismo; de hecho, en muchos casos sustituyeron a los antiguos comandantes de la Guardia Nacional, quienes habían sido los líderes originales del movimiento". La sinceridad atrasada de Ramírez tuvo el respaldo del antiguo Ministro de Agricultura y comandante sandinista, Jaime Wheelock, y el de Alejandro Bendana, el portavoz principal del régimen, autor de un libro de memorias titulado "A peasant tragedy: testimonies of the resistance" ("La tragedia de los campesinos: testimonios de la resistencia"). Bendana reconoció que "el ejército de la Contra creció más de lo esperado, no como el resultado de sofisticadas campañas de reclutamiento en las zonas rurales, sino principalmente a causa del impacto que las políticas, limitaciones y errores de los sandinistas tuvieron sobre los pequeños agricultores".

Chomsky ignora esta realidad en su manipulación del conflicto entre Nicaragua y los Estados Unidos, según la cual, los norteamericanos son los terroristas y los sandinistas las víctimas indefensas. Para construir su engaño, Chomsky hace, tendenciosamente, una montaña del granito de arena de las protestas nicaragüenses ante el Tribunal Mundial, y el fallo del mismo en contra de los Estados Unidos. "El Tribunal Mundial admitió el caso de Nicaragua, falló a su favor... condenó lo que denominó 'uso ilegítimo de la fuerza', que es otra de las expresiones referidas al terrorismo estadounidense". Bueno, fuera del círculo de adoradores de Chomsky, "uso ilegítimo de la fuerza" no es una definición de terrorismo.

Cuando menciona el caso del Tribunal Mundial, Chomsky pasa por alto el contexto de Guerra Fría que envolvía a los hechos: la proyección de la influencia de la Unión Soviética en el Hemisferio Occidental en general, y en Nicaragua en particular. Mucho antes de que usurparan el poder, los dictadores sandinistas fueron adiestrados como revolucionarios, en Moscú y en La Habana. La meta que perseguían los soviéticos al apoyarlos, según explica el analista político Alvin Z. Rubinstein en su libro Moscow's Third World Strategy (La Estrategia de Moscú para el Tercer Mundo) editado por Princeton University Press en 1988, era crear una nación comunista con el ejército más grande de la región. El hecho de que los sandinistas estuvieran apoyando y enviando suministros a las guerrillas de El Salvador y Guatemala en aquel entonces, fue uno de los factores que determinaron la política estadounidense.

Chomsky cierra los ojos ante el hecho de que el Tribunal Mundial es una invención de varios gobiernos que, en consecuencia, no tiene autoridad alguna a no ser que las partes implicadas en un litigio acuerden concedérsela. Jeannee Kirckpatrick, que era embajadora de Estados Unidos ante la ONU cuando Nicaragua elevó su protesta, definió al Tribunal como "un organismo semilegal, semijurídico y semipolítico, que las naciones acatan unas veces, y otras no". Incluso el propio Tribunal reconoce esta realidad, ya que sus estatutos permiten expresamente a los estados rechazar su jurisdicción. Cuando tuvo lugar la acusación sandinista, el Tribunal no tenía jurisdicción sobre ninguno de los estados policiales del Bloque Soviético, aunque esos mismos regímenes -en los que el Estado de Derecho brillaba por su ausencia- le enviaban jueces. La política exterior soviética de entonces funcionaba según las doctrinas de Breznev, que daban derecho al uso de la fuerza para mantener a un país dentro de la órbita comunista. Y aún así, el Bloque Soviético calificaba las respuestas defensivas de los Estados Unidos ante su expansionismo de "agresiones". Si los Estados Unidos hubieran acatado las decisiones del Tribunal Mundial, estarían atados a las mismas, y por tanto, habrían sido incapaces de responder a las acciones hostiles del Bloque Soviético.

En lo que respecta a la denuncia de Nicaragua, según comentó uno de los jueces que no estaban de acuerdo con ella (un japonés): "Nicaragua no ha acudido al Tribunal con las manos limpias. Al contrario: es un estado agresor, indirecta pero definitivamente responsable de un gran número de muertes y de la destrucción generalizada en El Salvador, aparentemente mucho peor que la que ellos mismos han sufrido; sus manos están repugnantemente sucias. Nicaragua ha agravado sus pecados al tratar de manipularlos ante el Tribunal". Al final, la cuestión se reducía a si los Estados Unidos tenían o no que rendir su propio interés nacional ante un Tribunal que no sólo estaba compuesto por personas de países que les eran hostiles, sino que se oponían al propio Estado de Derecho (entre los que se contaban China, Polonia y Nigeria). Los Estados Unidos, simplemente rehusaron aceptar la jurisdicción de un Tribunal formado por intereses nacionales hostiles. Al ignorar estos detalles, Chomsky puede presentar la decisión de una institución enormemente politizada e irrelevante como "el veredicto de las más altas autoridades internacionales" - así que, por lo tanto, los Estados Unidos son una nación delincuente (y de ahí que, según el chiflado montaje intelectual del profesor, también sean un estado "terrorista").

De esta manera, el apoyo de los Estados Unidos a los rebeldes de la Contra, que de hecho, consiguió que se llegara a restablecer la democracia en Nicaragua, según el análisis de Chomsky es la "primera guerra terrorista". Y sin embargo, terroristas de verdad, como los de Al-Qaeda, son en realidad luchadores por la libertad que se resisten a la opresión nazi.

Malinterpretamos el terror, dice Chomsky, como "el arma de los débiles"; de hecho, todos los que reciben el calificativo de terroristas no son sino luchadores por la libertad, que resisten las agresiones de los fuertes. Como demuestra el caso de Nicaragua, "el terror es el arma de los fuertes" y, en particular, es el arma de los agresores imperialistas con la que pretenden suprimir a todos los que se les oponen. Para detallar este "análisis", Chomsky está invocando la imagen que más le gusta cuando habla acerca de la maldad estadounidense. Como suele ser costumbre en él, también intenta disfrazar el papel que juega esa imagen en su visión del mundo, haciendo como si se tratara de una reflexión improvisada, en lugar de lo que es: una expresión de los cimientos de su pensamiento:
El terror se considera el arma de los débiles, porque los fuertes también controlan toda doctrina moral, de modo que el terror que ellos practican, no se llama terror. Es algo casi universal; no se me ocurre ninguna excepción. Hasta los peores genocidas veían el Mundo de esa forma. Pongamos por caso a los Nazis. No sembraban el terror en la Europa ocupada, sino que estaban protegiendo a la población local del terror de los partisanos. Y como ocurre con cualquier otro movimiento de resistencia, ahí sí que había terrorismo. Lo que hacían los Nazis era, en realidad, antiterrorismo. Y los Estados Unidos, en esencia, coinciden con ellos.
"Pongamos por caso a los Nazis". Como si fuera a poner por caso a cualquier otro:
Después de la guerra, los Estados Unidos llevaron a cabo estudios detallados de las acciones antiterroristas de los Nazis en Europa. Debería decir que los Estados Unidos las adoptaron y empezaron a aplicarlas ellos mismos, y con frecuencia, contra los mismos objetivos: la antigua resistencia. Pero el ejército también estudió los métodos de los Nazis, y ha publicado informes muy interesantes... esos métodos, con el consejo de oficiales de la Wehrmacth que se trajeron aquí, se convirtieron en el manual de la anti-revolución, el anti-terrorismo, el conflicto de baja intensidad... y son los procedimientos que se están empleando. Así que no sólo lo hicieron los Nazis, sino que los líderes de la Civilización Occidental, es decir, la nuestra, consideraron que era lo correcto, y comenzaron a aplicarlo ellos mismos.
Resumiendo: en la guerra de norteamerica contra Nicaragua, o más importante aún, en la que nos enfrenta a las fuerzas de Al-Qaeda en Afganistán, que son los que nos han atacado, según Chomsky, nosotros somos unos Nazis: empleamos sus mismos métodos y consultamos sus mismos manuales. No hay ninguna evidencia que respalde estas afirmaciones, pero no importa, entre las filas de los seguidores de Chomsky, la propia calumnia es prueba suficiente.

La Wehrmacht, de cuyos oficiales habla Chomsky, no era una organización del Partido Nazi. Sus miembros incluso intentaron derrocar a Hitler. Pero la referencia a los métodos Nazis y sus doctrinas evocan con mucha efectividad las imágenes de la raza superior, la Gestapo, los campos de concentración y el Holocausto.

Mediante una serie de alusiones astutas, lógica inversa, confusas afirmaciones fuera de contexto y manipulaciones malintencionadas de la propia Historia, Chomsky consigue colar su mensaje:
En Sudáfrica había una organización terrorista. Se llamaba el Congreso Nacional Africano. Era, oficialmente, una organización terrorista. Sin embargo, Sudáfrica era nuestro aliado, así que no podíamos apoyar la lucha de un grupo terrorista contra un régimen racista. Imposible.
Lo cierto es que los Estados Unidos condenaron el Apartheid racista, impusieron sanciones económicas al régimen de Sudáfrica, y contribuyeron a que terminara cediendo el poder ante el CNA, y se produjera una transición pacífica hacia un estado multirracial y democrático. Cada ejemplo que pone Chomsky, cae de lleno en la manipulación más burda de los hechos históricos.

No contento con manipular los hechos, Chomsky también manipula las conclusiones que pueden derivarse de algunos de estos hechos, como hace en su intento de formular una "ley de los acontecimientos históricos":
Nicaragua se ha convertido ahora en el segundo país más pobre del Hemisferio. ¿Y cuál es el más pobre? Pues, por supuesto, Haití que, además, da la casualidad de que es la mayor víctima del intervencionismo estadounidense del siglo XX, y con mucha diferencia... Nicaragua es la segunda en la clasificación del grado de intervencionismo de los Estados Unidos en el siglo XX. Es la segunda más pobre. En realidad, en ese puesto rivaliza con Guatemala. De hecho, también rivalizan por ver quién es el objetivo principal del intervencionismo norteamericano. Y se supone que tenemos que pensar que esto sólo ocurre por accidente. Que no tiene nada que ver con lo que ha pasado a lo largo de la Historia. Quizás.
El antiamericanismo febril de Chomsky es tan intenso que a veces ni se preocupa por si lo que dice tiene sentido. En este párrafo, describe Haití como el país más sometido al intervencionismo estadounidense y (por lo tanto) también el más pobre. Después, dice que Nicaragua y Guatemala compiten por ver quién es el más pobre, y eso implica ver "quién es el objetivo principal del intervencionismo norteamericano". Sin embargo, ya ha asegurado que ese puesto le corresponde a Haití, y "con mucha diferencia". Obviamente, no pueden ocuparlo todos. ¿Quién sabe en qué estaría pensando Chomsky, si es que Chomsky piensa?

El hecho es que la última intervención de los Estados Unidos en Haití se produjo durante la Administración Clinton, y fue la respuesta a una petición de ayuda de los haitianos, que luchaban por mantener su frágil democracia, instaurada después del largo reino de terror bajo el régimen del dictador conocido como "Papa Doc".

En Septiembre de 1994, Clinton envió a Haití al ex-presidente Jimmy Carter, junto con el general Collin Powell y el senador Sam Nunn, para que dialogaran con los líderes militares del país, quienes habían derrocado al gobierno de Arístide, elegido democráticamente unos años antes. Ante la amenaza de una invasión estadounidense, el ejército haitiano devolvió el poder a Arístide... un marxista confeso (he aquí una pregunta muy interesante para los chomskistas: ¿por qué querrían los imperialistas cambiar el gobierno militar de una de sus colonias, por uno liderado por un marxista?). A mediados de Septiembre de 1994, un contingente de 20.000 soldados de los Estados Unidos desembarcó en el país con el objetivo de garantizar la transición de la dictadura militar a la democracia. Arístide volvió de su exilio a mediados de Octubre. Hoy día, los haitianos siguen disfrutando del derecho a voto, aunque su democracia no es fuerte. Los hechos demuestran que ellos son responsables tanto la pobreza como de esta endeblez democrática. A los Estados Unidos sólo se les puede acusar de tener buenas intenciones.

Hay un país extremadamente pobre que era inevitable que Chomsky omitiera de su lista: Cuba, donde fracasó un intento de intervención estadounidense en 1961, con el objetivo de derrocar a la dictadura socialista instaurada por Fidel Castro. Ese fracaso resultó ser nefasto para el pueblo cubano. Durante la Revolución Mexicana, Cuba tenía la quinta renta per cápita de América Latina (por delante de México) y ocupaban la cuarta plaza en alfabetización. Cuarenta años más tarde, gracias a Castro, Cuba es uno de los cuatro países más pobres del Hemisferio. Según la Organización para la Alimentación y la Agricultura de la ONU, Cuba está, junto con Haití en el último puesto en lo que se refiere a consumo de calorías por día y por persona. El consumo medio anual de arroz (un alimento básico en la dieta cubana, especialmente de la de los más pobres) era de 53'5 kilos en 1956, pero cayó a 36'8 kilos en 1997. En otras palabras: el resultado de la política económica socialista de Castro, respaldada por un despiadado estado policial, Cuba se ha convertido en una isla-prisión, y económicamente, está mucho peor de lo que estaba durante el anterior régimen de Batista.

Como contraste, hace treinta años, los Estados Unidos ayudaron a derrocar al gobierno pro-castrista y marxista de Salvador Allende, en Chile. Allende tenía intención de establecer un régimen a semejanza el gulag cubano de Castro. Afortunadamente, los norteamericanos apoyaron a la oposición. Tras un golpe de estado, el nuevo dictador, Augusto Pinochet, promovió políticas de libre mercado y, con el tiempo (aunque a regañadientes) transformó a Chile en una democracia multipartidista. Desde 1975, Chile disfruta del mayor crecimiento económico de América Latina, y es una nación libre gobernada por socialdemócratas. La ley de Chomsky sobre el intervencionismo norteamericano es, evidentemente, de doble filo.

4 ¿Cuáles son los orígenes del crimen del 11 de Septiembre?

Al formular su cuarta pregunta, Chomsky evita calificar los atentados de Al Qaeda (la voladura de dos embajadas, el ataque al navío de guerra Cole, la destrucción de dos rascacielos de 100 plantas y el ataque al cuartel general del ejército estadounidense, en Washington) como actos de guerra. Desde su punto de vista, no son más que los actos de un grupo de rebeldes que están hasta la coronilla. Así, puede presentar esos crímenes como una aberración del grito de los que claman por la justicia social y resisten desesperadamente la opresión americana.

Consigue transmitir esa falsa impresión recurriendo a la típica casuística: "Tenemos que distinguir entre dos categorías que no deberían mezclarse. En una están los que cometen el crimen, y en la otra, una 'bolsa de apoyo', la simpatía que se les profesa, cuando menos, y en ocasiones, incluso por aquellos que generalmente se oponen tanto a los criminales como a sus actos. Y esas son cosas diferentes". ¿Lo son? Semejante distinción representa una especie de Trotskismo remodelado: Stalin era un criminal, pero el Comunismo estaba bastante bien. Algunos de los denominados grupos terroristas (palestinos, por ejemplo), cometen crímenes horribles contra mujeres y niños, pero como están luchando contra "una ocupación militar", quedan justificados. Son luchadores de la "resistencia", un término que Chomsky suele aplicar a los miembros de Hezbollah, uno de los grupos terroristas más sanguinarios de Oriente Medio. La verdad es que la denominada "ocupación", no es sino el resultado de una agresión árabe contra Israel, y del hecho de que los palestinos se niegan a aceptar la existencia de este país (con lo que también rechazan cualquier posibilidad viable de paz).

Chomsky incluso se esfuerza por sacar a Osama Ben Laden del atolladero, ignorando la auténtica montaña de hechos que implican al saudí en los ataques y afirmando que "no hay evidencias" ni de su implicación, ni de la de su organización, Al Qaeda. Evidentemente, en Chomskilandia, incluso aunque los terroristas sean culpables, a quien hay que acusar de verdad es a la auténtica entidad terrorista: los Estados Unidos. Según dice Chomsky, los americanos son responsables del ataque, por haber apoyado la resistencia afgana contra la invasión soviética, en 1979, y fue precisamente en esas circunstancias, y bajo los auspicios de la CIA, cuando Al Qaeda se creó.

Es cierto que los Estados Unidos se opusieron a la invasión soviética de Afganistán, y por tanto, apoyaron a muchos grupos muyahidines entre los que se contaban individuos que, posteriormente, se unirían a Al Qaeda. Pero los norteamericanos se limitaron a darles las armas para una batalla, y no las intenciones para las que habrían de venir después. La ayuda estadounidense hizo posible la derrota de un invasor brutal, que llegó a causar la muerte de un millón de civiles afganos bombardeando ciudades deliberadamente. El apoyo a los muyahidines fue un "precio que mereció la pena pagar", como dijo Robert Kaplan, experto en política internacional; y añadió "... porque condujo a la caída del Muro de Berlín y a la liberación de Europa Oriental. Decir que apoyar a los afganos contra los soviéticos no mereció la pena, es como decir que luchar en la Segunda Guerra Mundial no mereció la pena, porque llevó a 44 años de Guerra Fría".

Adelantándose a argumentos semejantes, Chomsky llega a insinuar que los Estados Unidos no son sólo responsable de armar a los muyahidines, sino de provocar la invasión soviética, aludiendo (aunque sin citarlos explícitamente) una serie de comentarios que atribuye a Zbigniew Brzezinski, quien era asesor para la Seguridad Nacional durante la presidencia de Jimmy Carter. Según Chomsky, Brzezinski comentó en cierta ocasión que los Estados Unidos estaban suministrando armamento a los afganos para conducir a la Unión Soviética a una trampa. En conclusión, no hay maldad relacionada con el 11 de Septiembre, en la que no estén implicados los Estados Unidos.

Chomsky formula entonces una pregunta que, tanto para él como para sus acólitos, es en realidad superflua: "¿por qué se volvieron los terroristas contra los Estados Unidos?". Fíjense en la contestación: "Bueno, eso tuvo que ver con lo que ellos consideraban como la invasión de Arabia Saudí por parte de Estados Unidos. En 1990, se establecieron bases militares norteamericanas permanentes en el país árabe, lo que, desde su punto de vista, es comparable a la invasión soviética de Afganistán, salvo por el hecho de que Arabia Saudí es mucho más importante, ya que alberga los lugares más sagrados del Islam".

¿Está Chomsky de acuerdo con semejante despropósito? Voluntariamente, no da ninguna pista al respecto. En realidad, no hay comparación posible entre la "invasión estadounidense de Arabia Saudí" y la soviética de Afganistán, porque Estados Unidos nunca invadió el país saudita. Fueron los propios árabes los que invitaron a los norteamericanos a que entraran en su territorio, para protegerlos de los ejércitos iraquíes que acababan de devorar al indefenso estado de Kuwait. Las bases norteamericanas permanecerán tanto tiempo como duren las amenazas a Arabia Saudí.

Pero en el discurso de Chomsky no hay ni una sola palabra que deje ver lo absurdo de la manipulación de los hechos que hacen los terroristas. En resumen, aunque Chomsky no respalda explícitamente las calumnias contra Estados Unidos de los terroristas, tampoco las refuta, sino que deja que los miembros más ignorantes e ingenuos de sus audiencias saquen sus propias conclusiones. Todo un despliegue de responsabilidad intelectual.

¿Y qué hay de esa "bolsa de apoyo" que tiene Al Qaeda en su ataque contra los Estados Unidos? La respuesta es: "Están furiosos contra Estados Unidos por su respaldo a regímenes autoritarios y brutales, por sus intervenciones en pos de bloquear cualquier búsqueda de la democracia y para detener el desarrollo económico, por su política de devastación de la población civil iraquí al tiempo que fortalecen a Sadam Hussein...". Además de las mentiras descaradas que contiene esta relación (y que son pura invención de Chomsky), es decir, que los Estados Unidos interviene en los países árabes para detener su desarrollo económico y para bloquear cualquier paso hacia la democracia (¿algún ejemplo? ¿alguna fecha?) y que la guerra contra Sadam Hussein estaba planeada para fortalecerle, el argumento principal es incomprensible. Si el odio antiamericano de los fundamentalistas islámicos está motivado por la existencia de regímenes autoritarios y brutales en el mundo musulmán... ¿por qué no dirigen su terror hacia ellos? ¿Por qué apoyan a los Talibanes, el régimen más autoritario, brutal y económicamente retrógrado de todos?

5. ¿Qué opciones políticas hay?

Finalmente, llegamos a la última pregunta de Chomsky: ¿qué tenemos que hacer? Su respuesta es: ya que somos terroristas, la solución más obvia es que dejemos de serlo. Así no se nos atacará. "Queremos evidentemente reducir el nivel de terror, no aumentarlo. Hay una forma muy sencilla de conseguirlo y, por tanto, nunca discutida, a saber: que dejemos de participar en él".

Obviamente, Noam Chomsky sabe que los Estados Unidos no van a dejar de ser los Estados Unidos en un futuro inmediato. De modo que, después de soltar sus comentarios en el MIT, y mientras la guerra en Afganistán se aproximaba a su apogeo, Chomsky hizo un viaje de dos semanas al Subcontinente Indio, junto a la zona en conflicto, y en especial a Islamabad, la capital de Pakistán, una potencia nuclear que es además el más volátil de los aliados estadounidenses en la campaña para derrotar a los Talibanes, y que podría decantarse por el otro bando. El objetivo del viaje de Chomsky era la consecución de la que el cree que es la verdadera solución: ayudar y reconfortar a los enemigos terroristas de Estados Unidos, con la esperanza de que ellos acaben ganando la guerra contra nosotros.

Durante su viaje, Chomsky repitió sus mentiras sobre las intenciones norteamericanas de matar de hambre a millones de civiles afganos, y perpetrar un "genocidio silencioso" (de lo que se hicieron eco tanto la prensa india como la edición del 6 de Noviembre del periódico musulmán iraní The Teheran Times). Delante de decenas de miles, quizás incluso de millones de musulmanes e hindúes, Chomsky acusó a los Estados Unidos de ser "el mayor estado terrorista del Mundo", y calificó la guerra en Afganistán como "un terrorismo de peor clase" que el perpetrado recientemente contra ellos. Obviamente, se trataba de un intento de incitar a hindúes, pakistaníes e iraníes a odiar aún más al país norteamericano. A hacer que las armas apunten en sentido opuesto. Y esa es, claramente, la solución con la que Chomsky sueña.

David Horowitz es editor jefe de FrontPageMagazine.com y director del Centro de Estudios de la Cultura Popular.

Ronald Radosh es el autor del libro Commies: A Journey Through the Old Left, the New Left and the Leftover Left,(Encounter Books, 2001) y es columnista habitual de FrontPageMagazine.com.

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