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Guía para una globalización alternativa: otro mundo es posible Reseña
Guía para una globalización alternativa: otro mundo es posible

Francisco Fernández Buey
Ediciones B, Barcelona, 2005
360 páginas

La antiglobalización como camelo

Por David J. Santos

Uno, que no puede evitar ser curioso, siempre se había preguntado por el trasfondo intelectual o ideológico del movimiento que, declaradamente opuesto a la globalización, regularmente toma las calles de los lugares en los que se reúnen los representantes de los países más desarrollados o tienen sus reuniones organismos como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. Me preguntaba, en definitiva, si tras la destrucción de McDonald's y entidades bancarias, y la quema de numeroso mobiliario urbano latía una depurada formulación teórica capaz de deslumbrarme. El libro del Profesor Fernández Buey (Catedrático de Filosofía del Derecho, Moral y Política en la Universidad Pompeu Fabra) parecía poder responder a mis inquietudes. Si hay "otro mundo posible", como explica su subtítulo, quizás aquí se diga en qué consiste, conjeturaba yo.
 
Conviene aclarar de partida que el libro que se comenta, pese a su título, no es una guía. El libro puede considerarse más bien una panorámica del "movimiento de movimientos" (orígenes, contenidos básicos y propuestas de acción) junto con algunas indicaciones bibliográficas al final de cada capítulo que, éstas sí, podrían servir de guía para quien desee indagar en algunas de las cuestiones suscitadas en el texto.

 
La globalización
 
Para tratarse de un libro cuyo objetivo es proponer una "globalización alternativa" (desde la reunión del Fondo Social Mundial de 2003 se prefiere denominar a este "movimiento de movimientos", la antiglobalización, mediante el término positivo "alterglobalización"), sorprende que no se defina la "globalización" propiamente dicha. A lo más que se llega es a esto (p. 29): "La gran mayoría de las personas hoy activas en el movimiento de movimientos percibe el mundo como un mercado único y critica este mercado único por traer al mundo una gran perturbación que empeora la situación de los de abajo". Como base sobre la que sustentar, por oposición, un "movimiento de movimientos", la afirmación parece algo endeble. Añade, además, nuestro autor que "el mundo es ahora un mercado único" (p. 32) y que "la mercantilización, en su forma capitalista, se ha hecho universal" (p. 33).
 
Quizás uno de los mayores expertos a nivel mundial en desarrollo y crecimiento económico sea el profesor Xavier Sala i Martín (Catedrático de Economía en la Universidad de Columbia, Nueva York). En su obra "Economía liberal para no economistas y no liberales" (DeBols!llo, Barcelona, 2005) el profesor Sala i Martín, además de proponer una definición precisa de la globalización ("la situación en que existe el libre movimiento internacional del capital, del trabajo, de las tecnologías, del comercio y de la información"), desmonta las afirmaciones del profesor Fernández Buey que acabamos de reproducir. Según los estudios del profesor Sala i Martín: (1) El mundo, en especial el Tercer Mundo, no está globalizado, lamentablemente; y (2) la globalización es una fuente de riqueza que no "empeora la situación de los de abajo", sino que la mejora significativamente (véase su capítulo 8, "Globalización y globofobia").
 
Si la globalización resulta que no sólo no es mala sino que es deseable para el desarrollo económico de los países menos desarrollados, ¿qué es lo que combate con tanta fiereza el "movimiento de movimientos"?

 
El responsable de todos los males: el neoliberalismo
 
El gran enemigo del movimiento antigloblalización es el denominado neoliberalismo, neologismo innecesario que viene a sintetizar los conceptos de capitalismo y libre mercado. En palabras del profesor Fernández Buey: "La ideología neoliberal no es la continuación del viejo liberalismo europeo, es conservadurismo energuménico [sic]" (p. 41). "Lo que hoy navega en nuestras sociedades con el nombre de neoliberalismo ni siquiera es la continuación directa del liberalismo histórico sino, hablando con propiedad, autoritarismo populista o populismo autoritario" (p. 268).
 
En este sentido, sorprende esta afirmación de nuestro autor: "Una de las características centrales de la ideología neoliberal, lo que diferencia el capitalismo de hoy del capitalismo de ayer, ha sido considerar natural una tasa relativamente alta de desempleados en los países ricos y simultáneamente acoquinar a poblaciones enteras con la infamia de que no sirven ni para ser explotadas socialmente" (p. 41). Y digo que sorprende porque, como es sabido, las menores tasas de desempleo se dan en los países más desarrollados que, a su vez, suelen ser los que disfrutan de una mayor libertad económica (son los más "globalizados").
 
Pero es que resulta que esto del neoliberalismo es, para nuestro autor, mucho más que una nefanda ideología, es un Imperio (con mayúscula): "El Imperio realmente existente hoy en día no es, como se suele decir, el imperio norteamericano. El Imperio no está en los EE.UU.; es simplemente el imperio capitalista. [...] El Imperio realmente existente es el orden creado por el capital colectivo que adquiere una estructura multinacional" (p. 79). "Este Imperio es más totalitario que cualquier otro imperio anterior conocido debido a su cualidad biopolítica [sic]: Tiene poder para invadir la vida en sus articulaciones intelectuales y afectivas, desarrolla dispositivos de control que invaden todos los aspectos de la vida, lo que equivale a la manipulación totalitaria de las actividades humanas" (p. 80). Por un momento uno duda de si la descripción que se hace de este Imperio no será la del Imperio Soviético o del de Mao.
 
Al menos este "Imperio conceptual" permite a nuestro autor aclararnos que "el movimiento antiglobalización constituye la forma de expresión más potente del malestar cultural que ha producido la posmodernidad capitalista en la época del Imperio único" (p. 137).

 
Características del "movimiento de movimientos"
 
Las dos señas de identidad del movimiento antiglobalización son "priorizar lo social frente a lo político" y "construir una democracia participativa frente a la actual democracia representativa".
 
La "priorización" de "lo social" se traduce en:

1. Controlar el poder de las multinacionales mediante proteccionismo económico desde el Estado (destrucción del libre mercado).

2. Condonar la deuda externa a los países empobrecidos.

3. Propugnar la filosofía de la sostenibilidad: "El desarrollo al que hay que aspirar no es un desarrollo cualquiera, sino un desarrollo en equilibrio dinámico, autocentrado, racionalmente planificado y, en la medida de lo posible, basado en la biomímesis, es decir, en la imitación de la economía natural de los ecosistemas" (p. 171).

4. Aplicar la tasa Tobin a los intercambios comerciales.

5. Eliminar el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.
 
Por lo que respecta a la "construcción de una democracia participativa", ésta se concreta en el desarrollo de "una estrategia política marcadamente antiliberal y decididamente anticapitalista basada en la desobediencia civil" (p. 242). Esta desobediencia civil "es una reformulación del derecho a la resistencia acuñado por las tradiciones social-comunista y anarquista pasados por el tamiz de la heterodoxia cristiana" (p. 236) que se propone "transformar en legal lo que actualmente es ilegal por la vía de los hechos, y disputar a los poderosos el consenso que actualmente tiene el Estado, pero manteniendo siempre el control de la situación para que la desobediencia no quede al albur de las pulsiones individuales" (p. 242). Esto se traduce en "emplear una violencia de intensidad más baja a la habitualmente ejercida por los Estados (la llamada violencia estructural)" (p. 230). Ejemplos: la insumisión, el sabotaje a determinadas instalaciones, el boicot, la huelga, así como otras formas de resistencia masiva.
 
En honor a la verdad he de decir que, además de toda esta catarata de disparates que delatan el carácter liberticida y violento de este "movimiento", se proponen en la obra que se comenta otras ideas que "profundizan la democracia representativa en un sentido participativo". Estas ideas no son nuevas (el autor cita a Hans Kelsen y su "Esencia y valor de la democracia", Ediciones Guadarrama, Madrid, 1977), y, de hecho, algunas de ellas han sido incorporadas en la legislación de algunos países occidentales (incluido el nuestro), por lo que no responden al "riesgo intelectual" que cabría esperar de un movimiento que se considera revolucionario:

1. El establecimiento de un referéndum constitucional y de un referéndum legislativo.

2. La posibilidad de iniciativas populares legales: Un mínimo de ciudadanos puede presentar proyectos de ley que el parlamento tendría que tomar en consideración obligatoriamente.

3. Supresión o restricción de la inmunidad parlamentaria, cuyo privilegio distancia y separa definitivamente a los representantes de los representados.

4. Establecimiento de listas abiertas.

5. Limitación de los mandatos de los representantes.

6. Rotación en los cargos representativos.
 
En fin, el libro del profesor Fernández Buey muestra a las claras que detrás de la antiglobalización hay muy poco nuevo, por no decir nada. El "movimiento de movimientos" resulta ser un entramado de grupos que comparten un odio irracional y analfabeto por el capitalismo, y que ideológicamente se alimentan de los restos del derrumbe del terrible experimento socialista del pasado siglo. Las referencias al proletariado de entonces se sustituyen ahora, tras la práctica extinción de éste, por un indigenismo tercermundista bastante ramplón. El resto es una nebulosa conceptual totalmente infumable a la que sirve la deficiente prosa expositiva del profesor Fernández Buey.

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