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Las falacias ecologistas al descubierto

Por Gorka Etxebarría

Cortesía de La Revista de Libertad Digital.

Es frecuente escuchar que nos estamos quedando sin recursos o que el calentamiento de La Tierra es fruto de la emisión masiva de CO2. Además, se habla de que los recursos no renovables se están agotando o de que la deforestación es un hecho palpable. ¿Qué hay de verdad en esto?

Muchos de los mensajes apocalípticos de los grupos ecologistas se han convertido en la verdad oficial, pero muy pocas veces son realistas, y en la mayoría de los casos responden a las presiones de lobbies poderosos como Greenpeace. Aparte de ello, la filosofía que subyace en muchos miembros del movimiento ecologista es claramente primitivista: preferir un árbol a una persona (por ejemplo, Al Gore) o alabar al cocodrilo que devora una pierna humana.

Hay pocos libros en nuestro idioma que expliquen cómo nuestro mundo no va a la deriva. Quizá el más importante sea El último recurso. Su autor, Julian Simon, demuestra que los recursos naturales son más abundantes que nunca porque el hombre consigue, mediante la tecnología y las señales que le ofrecen los precios, explotarlos con mayor eficacia. Simon, además, fue un ardiente anti-malthusiano y creía que una mayor población suponía, de hecho, un estímulo al progreso económico.

Además del libro de Simon, merece la pena destacar el apasionante trabajo de Terry Anderson y Neal que viene a demostrar que los recursos públicos, al ser bienes de nadie, porque nadie obtiene beneficios de su cuidado y renovación, conducen a muchos problemas medio-ambientales. El pescado escasea quizá porque los mares no son privados. Basta con poner el ejemplo de los viveros y las piscifactorías.. El alambre de espino o la privatización de los rinocerontes en ciertas partes de África son excelentes ejemplos que los autores traen a colación para explicar que si los recursos fueran privados, el medio-ambiente sería más limpio y ecológico.

Para hacerse una idea de cómo nos "venden la moto" del fin de los tiempos y de cómo poder enseñar a los niños ecología científica, Sanera y Shaw dedican un libro divulgativo titulado Conocer los hechos, evitar la alarma. Desde el error de prohibir el DDT o los CFCs, hasta las predicciones pseudo científicas del calentamiento de la tierra todo queda expuesto con claridad. Los autores refutan el pesimismo ecológico con evidencias. Sencillamente esencial en cualquier biblioteca.

Acerca de la perniciosa filosofía de quienes quieren retrotraer a la Humanidad a la Edad de Piedra por conservar intacta la naturaleza y dejar morir por ello a millones de seres humanos, no hay mejor ensayo que The Toxicity of Enviromentalism de George Reisman, quien acierta al comprender el peligro de los ecologistas que libran una cruzada contra el hombre. El autor explica cómo los objetos adquieren la categoría de bienes económicos cuando se descubre su utilidad, y cómo la Naturaleza no tiene un valor en sí misma hasta que el hombre lo descubre.

Hemos hablado antes del calentamiento de La Tierra, pero no es posible hablar con conocimiento de causa del tema sin haber leído previamente la imprescindible obra de Patrick Michaels, Satanic Gases.. Michaels, quien tuvo la ocasión de exponer sus ideas ante el Congreso Americano convenciendo a Bush de que no debía ratificar el protocolo de Kyoto, considera que los modelos informáticos utilizados por Hansen en la década de los 70, y que vienen siendo utilizados desde entonces por el International Panel on Climate Change no toman el pulso con rigor al estado climático de nuestro planeta. El calentamiento es mucho menor del predicho y los factores que lo determinan tantos y tan difíciles de detectar, que considerar al CO2 como el culpable del incremento de las temperaturas es acientífico.

Y para acabar, no podemos dejar de citar el reciente libro del sueco, Bjorn Lomborg. Lomborg era un activista de Greenpeace que vivía de la estadística. Cuando visitó USA para dar una conferencia acerca de su especialidad, se topó con una revista donde el mencionado Julian Simon aseveraba que el mundo estaba mejor que hace un siglo. Se compró unos cuantos de sus libros y en su clase pidió la colaboración de sus alumnos para desmontar los datos que Simon utilizaba en apoyo de sus ideas. Tras su detallado estudio, concluyó que Simon tenía razón y durante un tiempo expuso sus conclusiones en diarios de su país. Luego juntó aquellos artículos y empezó a elaborar un polémico libro The Skeptical Enviromentalist, una obra dedicada a exponer las falacias ecologistas por parte de uno de su ex miembros, ya curado de espanto. Aparte de accesible, esta obra es minuciosa y probablemente una de las mejores formas de entender que el hombre no es enemigo de la naturaleza. Mientras esperamos a que lo traduzcan a nuestro idioma, podemos acercarnos a la inquina que ha provocado en revistas científicas donde el resentimiento y el odio han querido apagar la verdad. El deplorable ejemplo de biólogos como Erlich o científicos como Schneider han mostrado que, como dijo este último, para alentar el apoyo a la causa hasta la exageración y la mentira debían de utilizarse. Lomborg y el resto de los autores que hemos citado no se dejan camelar por la sirena del sectarismo ecológico.

Eco-Scam o Earth Report 2000 son otras de las obras imprescindibles sobre el tema.

Les animamos a que lean a estos autores y a que visiten webs como sepp.org o cei.org donde podrán aprender muchísimo. Que Dios nos libre de los ecologistas que quieren poner al hombre al servicio del diablo de Tasmania o de las cucarachas.

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