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Los inventos del "absolutismo asambleario" durante la Revolución francesa

Por Francisco Moreno

La tendencia del intervencionismo del Estado es un rasgo que caracteriza la historia de Europa desde la Revolución francesa.

Julián Marías

En ocasiones leo o escucho tildar incomprensiblemente a la Revolución francesa de liberal. Lo que habitualmente descubro finalmente es que tal adjetivación es debida a la desesperante polisemia que acompaña siempre a la palabra liberal. Espero poder aportar un poco de luz a este asunto.

No hay nada peor que los clichés históricos al indagar e intentar comprender la historia. No nos dejan ver. Uno de ellos es que el Antiguo Régimen fue oprobioso y nefando y que, gracias a la Revolución francesa, se superó aquella oscura fase histórica. El Ancien Régime tuvo sus luces y sus sombras pero qué duda cabe que el siglo XVIII francés es mucho más interesante de lo que comúnmente se suele creer. Con respecto a la Revolución "liberadora" por excelencia, no es oro todo lo que reluce.

El hecho más relevante fue que cambió el orden social existente hasta entonces. No sólo cambió la forma del poder (Monarquía por República, aunque luego salió Imperio) sino la forma entera de entender la sociedad, implantando el control político sobre todas las esferas de actuación de la sociedad civil y la extensión de unos nuevos valores entre las gentes. La política empezaría a ocupar, desde entonces, todo el espectro social.

La Revolución francesa fue un proceso histórico violento que, pese a sus diversas etapas [Estado Generales, Monarquía controlada por Asamblea Constituyente (jun.1789-sept.1791), Monarquía controlada por Asamblea Legislativa (sept.1791-sept.1792), decapitación real (21 enero 1793), Convención (sept. 1792-oct.1795), Directorio (oct.1795-nov.1799) y Consulado (1799-1804)] forma parte de un todo ininterrumpido -no todos los excesos se cometieron en tiempos de la Convención- que se fue sucediendo inexorablemente una vez que se volaron por los aires todas las normas (buenas y malas), costumbres, usos, derechos y tradiciones del Antiguo Régimen para formar una sociedad nueva desde sus raíces. El parlamentario whig británico-irlandés Edmund Burke contempló con verdadero horror aquella cascada de sucesos que se iban produciendo en el país vecino. Le bastaron apenas dos años de observar lo que allí se implantaba para analizar y preconizar con inusitada precisión lo que iba a devenir todo aquello en su obra Reflexiones sobre la Revolución francesa.

Los historiadores no van muy desencaminados al marcar con la Revolución francesa el comienzo de la Edad Contemporánea. Fue, sin duda, el Acontecimiento. De alguna manera somos hijos en buena parte de todo lo acaecido a partir de 1789 en suelo francés.

Desmontando mitos del Antiguo Régimen francés. El crucial siglo XVIII

En el Antiguo Régimen reinaba más libertad que en nuestros días.

Alexis de Tocqueville

Antes de su Revolución por antonomasia, Francia existía como una nación portentosa; con sus aciertos y genialidades así como con sus abusos y privilegios. A lo largo de centurias, durante las dinastías de los capetos, valois y los borbones, se fue creando una nación que despuntó de las demás por méritos propios (a pesar del incipiente centralismo instaurado por Richelieu y del proteccionismo heredado de Colbert y demás ideólogos del mercantilismo). En las escuelas francesas y en las conmemoraciones del 14 de julio pareciera que la moderna nación francesa surgió con la Revolución francesa. Esto es cierto en parte, pero omite otros hechos indiscutiblemente importantes y minusvalora la realidad histórica del país vecino.

En Francia la Iglesia era durante el Antiguo Régimen omnipresente en toda la sociedad. Durante siglos de historia había forjado todo un entramado social que la hacía insustituible. Su acción llegaba a la educación de la población, la asistencia de enfermos en hospitales, de huérfanos en orfanatos y al socorro de los más necesitados de la sociedad.

Francia era durante los siglos XVII y XVIII una de las naciones más prosperas de Europa (si no la más). Su poderío militar y esplendor económico eran envidiados por todo el mundo. Su corte versallesca se intentaba emular por todo gran señor o monarca europeo. No en vano sus fronteras sustentaban la sociedad más populosa de aquellos momentos –28 millones de personas– imposible de mantener en aquellos tiempos de no haber existido una estructura productiva pujante y un cierto desarrollo comercial. Su prosperidad era indiscutible. No obstante, había situaciones injustas como los privilegios fiscales o la pervivencia de ciertas servidumbres (i.e. trabajos forzados como la corvée); hechos que, por lo demás, no diferían demasiado de lo que sucedía en otros países de su entrono por entonces. Eso sí, Inglaterra empezaba a despuntar (a pesar de contar con un tercio de la población de Francia) como verdadero rival y posible vencedora en el terreno internacional.

Por otra parte, los monarcas franceses nunca tuvieron un poder omnímodo sobre sus súbditos. En teoría su poder era "absoluto", pero en la práctica sus competencias no interferían en un gran número de asuntos que hoy consideraríamos de interés público. Siempre habían respetado, desde el mismo momento de las respectivas coronaciones, las propiedades, fueros, corporaciones municipales, los parlamentos regionales, las asociaciones de todo tipo, los gremios profesionales, los derechos locales, las diversas jurisdicciones, la variedad de lenguas, los usos y costumbres de su abigarrado y muy plural reino francés. Esto se acabó con el rasero igualitario y unificador de la Revolución.

Las estadísticas de los títulos de propiedad y los documentos testamentarios nos indican que la propiedad privada no dejó de aumentar continuamente a lo largo del siglo XVIII. Se estima que alrededor del 70% de la superficie de Francia estaba en manos privadas de burgueses, hombres de negocios y campesinado (sí han leído bien; el campesino francés siempre mostró una tendencia acusada a poseer, si podía, su terruño aunque fuese pequeño). El resto (30%) estaba en manos de aristocracia, clero o eran posesiones reales.

Pese a todo ello, a finales del siglo XVIII el Estado francés estaba próximo a la bancarrota debido a los elevados y crecientes gastos militares. La costosa guerra de los Siete Años y, muy especialmente, su posterior intervención y apoyo en la guerra de Independencia americana, habían producido un alarmante déficit estatal. Ante esto, nada se hacía más intolerable que la situación de la nobleza y el clero que disfrutaban del privilegio de no pagar los impuestos que el resto de mortales sí apoquinaba. Había un fuerte sentimiento generalizado de las clases no privilegiadas para que dichos estamentos también contribuyeran a esos pagos.

Luis XVI quiso desde el inicio de su reinado poner orden a las cuentas públicas. Mediante sus diversos ministros intentó revertir esta situación pero sin éxito. Turgot fue nombrado responsable máximo de las finanzas del Estado el mismo año (1774) en que fue coronado Luis XVI. De todos sus ministros, fue el más capaz; era mucho más que un mero fisiócrata. Propuso una igualdad sin excepciones en el pago de los impuestos, la contención del endeudamiento estatal, la reducción de los gastos públicos y, por ende, de las cargas innecesarias al resto de la población, la liberación del comercio y de la industria en un marco de libre competencia, la devolución al súbdito de gran parte de la iniciativa económica, el derecho (natural) de cualquier hombre a trabajar sin imposiciones o trabas gremiales, el otorgamiento de mayor independencia a los parlamentos regionales y la limitación del Estado a sus funciones esenciales de garante del orden establecido.

Pero sobre todas las cosas, Turgot recomendó a Luis XVI que no interviniese en la guerra de Independencia americana en ciernes pues ello agravaría aún más las menguadas arcas estatales, no traería beneficios reales a Francia y colapsaría irremediablemente las cuentas públicas. Era, sin duda, lo más juicioso pero –por desgracia– se le hizo caso omiso.

Turgot pisó demasiados callos; fue lo que determinó su caída (1776). Craso error del monarca Luis XVI el dejarse ganar dicha batalla de reformas necesarias. De haberse llevado a cabo, tal vez la Revolución francesa no se hubiera producido. Ningún monarca del Antiguo Régimen tuvo jamás un consejero tan preclaro.

Francia hacía poco que había perdido gran parte de su imperio colonial en beneficio de Inglaterra con motivo de la guerra de los Siete Años y ahora se le presentaba la ocasión de desquitarse con su rival en sus posesiones de América. La tentación para reparar el orgullo patrio y los grandes negocios relacionados con ultramar era demasiado fuerte para no caer en ella. Se enviaron, pues, numerosas tropas y durante años se mantuvo un costoso ejército de apoyo a los insurgentes americanos. La bancarrota del Estado francés sobrevino irremediablemente al final de los años 80. Nada pudieron hacer los ministros de finanzas que sucedieron a Turgot (Necker, Calonne, Brienne, Necker de nuevo) sino intentar extender el impuesto a todos los estamentos y renegociar la deuda imposible de amortizar con los banqueros internacionales de París, Amsterdam, Génova o Hamburgo.

El siglo XVIII fue una centuria de vital importancia para Occidente. En ella se produjo un verdadero auge agrícola debido a las mejoras de sus técnicas, un avance en la mecánica y en las ciencias aplicadas, en la medicina clínica y en otros oficios técnicos que llevó aparejado una mejora de la productividad, una expansión del comercio internacional y un aumento progresivo de la población. Estas invenciones y mejoras no fueron más que un tímido avance de lo que sería la Revolución industrial y el posterior maquinismo del siglo XIX. Esto llevó a un desajuste progresivo con aquellos mercados cerrados y gremios que trabajaban con toscas herramientas y técnicas ancestrales. La tensión social estaba servida. Durante el siglo XVIII se produjeron innumerables motines por doquier. Recordemos unos pocos ejemplos: los motines de Madrid (durante Carlos III), los de Viena (de José II), las revueltas de los cosacos capitaneadas por Pugachev, el motín del Té (precursor de la Independencia americana), las "guerra de la harina" en la propia Francia... En aquellas regiones del planeta donde iban penetrando dichos progresos se iba haciendo más insoportable las caducas estructuras del Antiguo Régimen. La Revolución francesa fue la revuelta social más importante por su alcance y sus consecuencias.

Inventos de la Revolución francesa heredados por las democracias modernas

Todo malhechor que ataca el derecho social... se convierte en traidor a la patria.

J.J. Rousseau

La Revolución francesa ha despertado (y sigue despertando) grandes simpatías tanto en pensadores de izquierda como en partidarios de la democracia. Es lógico, pues terminó con el denostado Antiguo Régimen, impuso la igualdad ante los impuestos, se estableció la asamblea representativa como forma de gobierno, se suprimieron las fronteras interiores al comercio, se uniformizaron los pesos y las medidas y se acabó con los privilegios de clase y los trabajos forzados como la corvée. Supuso un hito para el asentamiento posterior de regímenes democráticos. El problema es que si se escarba un poco en dicho suceso histórico comprobamos que no todas las herencias recibidas de aquella Revolución fueron ni mucho menos favorables a la libertad. Veamos:

Asamblea nacional: Aunque no fue una innovación de la Revolución francesa, fue el símbolo del poder político del nuevo régimen que encarnaba la nación, si bien pronto aparecieron diferentes facciones dentro de la misma (hubo entre los diputados verdaderas luchas a muerte, en su sentido literal, por controlar dicha cámara). Sucesora de los Estados Generales a los que ninguneó al autoproclamarse representante del pueblo, en un principio su estructura era sólo unicameral, luego devino bicameral para poner un poco de freno a los excesos producidos. Según el artículo 3º de la Declaración de los Derechos del hombre y del ciudadano,"la nación es esencialmente la fuente de toda soberanía; ningún individuo ni ninguna corporación pueden ser revestidos de autoridad alguna que no emane directamente de ella". Esta soberanía nacional pronto se convertiría en soberanía popular, en virtud de la cual la Asamblea no encontraría límites para gobernar pues era la "voz del pueblo", al que no era legítimo poner cortapisas. La libertad de todas las minorías quedaría desde entonces amenazada.

Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano: Mientras turbas enfurecidas del pueblo llano saqueaban castillos y abadías, prendían fuego a las casas y tomaban las calles de las ciudades con picas adornadas con cabezas humanas debido al "gran miedo", la Asamblea Constituyente redactó una declaración solemne de derechos naturales e inalienables del hombre de alcance universal que fue aprobada el 26 de agosto de 1789. Debería ser el embrión de todo Estado constitucional que se preciara. No obstante, los líderes de la Revolución francesa (especialmente los jacobinos), en su búsqueda de la virtud republicana y la igualdad social, no tuvieron reparo alguno en violar sistemáticamente dichos derechos humanos.

Además, se olvida que dicha Declaración consistía en leyes o enunciados dirigidos exclusivamente a los hombres, es decir, los machos. La consideración de la mujer en la época de nuestros impetuosos revolucionarios franceses de finales del siglo XVIII dejaba mucho que desear: a pesar de la parte activa que tomaron algunas mujeres en las revueltas populares o en las calles de las ciudades, no tenían derecho pleno de propiedad, de trabajar libremente en lo que desearan o de votar, y su papel no era otro que cuidar del hombre y formar una familia al modo ejemplar de las matronas romanas.

La declaración de manera extraoficial de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana vino de la mano de la francesa Olimpia de Gouges, en 1791. Seguramente fue una de las iniciativas más interesantes que produjo la Revolución; lástima que la tal Olimpia fuera más tarde guillotinada por girondina. Desengañémonos, los derechos de las mujeres no empezarían a tomarse verdaderamente en serio hasta bien entrado el siglo XIX con la aparición de las sufragistas británicas gracias al nivel de vida alcanzado en su país mediante el capitalismo.

Pese a que la declaración francesa no fue del todo original, pues se inspiró en la Declaración de independencia americana de 1776, sirvió de referencia ineludible para la redacción posterior de otros derechos del hombre. Más tarde, el Estado de bienestar alemán completó ese elenco de derechos con la idea de "justicia social" y el New Deal de Roosevelt diluyó esos mismos derechos individuales y sagrados en difusos derechos económicos y sociales de nueva generación legitimando, por tanto, el empleo de la fuerza estatal contra individuos pacíficos si era por el bien común, es decir, para lograr los objetivos señalados por el legislador social (echando, pues, por la borda los derechos individuales de las declaraciones del siglo de la luces y de la tradición liberal clásica). Actualmente los derechos individuales están condicionados a los planes circunstanciales que desarrolle cada Gobierno y pueden ser violados si el interés general fijado por el Gobierno de turno así lo exige. Podemos decir que los derechos naturales del hombre han quedado ensombrecidos por la profusión del "derechos humanos" otorgados desde el Poder.

Departamentos, centralización administrativa y revueltas federalistas: El diseño de la organización territorial de Francia por parte de la Revolución francesa dio como resultado un Estado unitario y centralizado que se asentaba sobre un complejo sistema jerarquizado de administración en varios niveles. Los ochenta y tres departamentos fueron creados en 1790 de forma bastante artificial por decisión de la Asamblea con el fin de que toda persona pudiera dirigirse en una jornada de caballo como máximo a sus representantes. Se suprimió de un plumazo la tradicional división provincial de Francia. Con el nuevo sistema administrativo se crearon estas nuevas unidades que ejercerían un férreo control sobre los diferentes territorios. Cada departamento tendría luego, por deseo de Napoleón en febrero de 1800, una prefectura, dependiente del Ministerio del interior.

En septiembre de 1792, meses antes de guillotinar a Luis XVI, la Convención declaró formalmente "la abolición de la realeza". De este modo, y sin más ceremonias, la I República hacía su entrada en la historia de Francia. Hubo menos unanimidad a la hora de determinar si debía tener un carácter centralista o bien federal.

Los girondinos sentían una fuerte hostilidad contra el centralismo ejercido desde París y la influencia de su Comuna. La mayoría de los diputados girondinos procedían de las grandes ciudades portuarias de Francia (Nantes, Burdeos o Marsella), escenarios de prosperidad comercial. Eran partidarios de la federación de los departamentos. Por el contrario, los diputados montañeses (es decir, los jacobinos) y los agitadores sans-culottes eran fuertes en París y sus alrededores. Estaban alejados de los negocios internacionales y de las finanzas y se identificaban más con la pequeña burguesía de las ciudades y las clases populares urbanas (artesanos y pequeños comerciantes). Eran partidarios, por tanto del centralismo y el proteccionismo. Mostraron, por ende, un odio feroz contra todo lo que implicase descentralizar el poder o tomar las medidas liberalizadoras solicitadas por los fisiócratas.

Ante el centralismo indisimulado de París surgió una fuerte resistencia por parte de ciertas provincias. Aconteció lo que dio a llamarse el levantamiento federalista contra el centralismo del Gobierno. Se extendió con rapidez por Bretaña, Normandía, en el Mediodía y en el Franco-Condado. Muchas autoridades departamentales se unieron a los federalistas. Fue una guerra civil en toda regla. Las plazas que más se resistieron fueron Lyon, Marsella, Caen y Burdeos. La represión oficial fue contundente. Al final, los gobernantes jacobinos se impusieron con su ejército.

Los últimos restos del federalismo girondino (que nunca constituyó un peligro real) fueron definitivamente laminados tras la caída de la municipalidad de Burdeos (18 septiembre de 1793) y la toma de Lyon (9 de octubre de1793). Desde entonces, el "peligro federalista" no fue sino un recurso propagandístico para concentrar poder.

La Convención, pues, se decantó enseguida por un modelo centralizado: "La República Francesa es una e indivisible", rezaba el art. 1º de la Constitución de 1793. Para que no hubiera duda se estableció la pena de muerte contra cualquiera que intentara romper la unidad de la República o defendiera la autonomía de las provincias o departamentos. Desde entonces todos los gobiernos franceses han tenido, casi sin excepción, un fuerte carácter centralista y, por tanto, antiliberal.

Los clubes (proto-partidos políticos): Siguiendo la tradición británica se crearon durante el siglo XVIII una serie de clubes o sociedades de pensamiento en las ciudades más importantes. Cuando la Revolución estalla serán sus motores aquellos en que se discutía periódicamente de política, se redactaban propuestas y programas políticos y se daban las directrices pertinentes a los diputados que pertenecían a los mismos para que los presentaran a la Asamblea. Sobresalieron el club de los fuldenses, el de los girondinos, el de los jacobinos (radicales) y el de los cordeliers, más extremistas aún que los jacobinos. Más adelante se organizó el neo-jacobino club del Panteón.

El club de los jacobinos se convirtió pronto en el paradigma de todos ellos. Se transformó en una perfecta maquinaria de poder; un entramado que, en palabras de uno de sus dirigentes, Desmoulins, "abarcaba en su correspondencia con sus sociedades filiales todos los rincones y recovecos de los ochenta y tres departamentos franceses". Esa estructura, perfectamente coordinada bajo la dirección de la matriz parisina, dispuso desde el principio de una capacidad operativa muy superior a la de cualquier otra organización de su tiempo. De hecho, y aunque no adoptara ese nombre, se trataba del primer partido político de la era moderna. La capilaridad del club jacobino era impresionante: llegó a contar con una red de tres mil sociedades y alrededor de cuarenta mil comités repartidos a todo lo ancho del país. Muchos de sus miembros medraron a expensas de la Revolución con negocios adosados al poder, acumulando patrióticamente y en poco tiempo riquezas enormes.

Desde entonces, las propuestas de los partidos políticos y las consecuencias de llevarlas a cabo han conseguido tener una omnipresencia en la sociedad civil impensable en tiempos del Antiguo Régimen. Digamos que dada la influencia de los partidos políticos en todo el quehacer humano, el progreso espontáneo de las sociedades ha desaparecido casi por completo desde la aparición de aquéllos en la Edad Contemporánea.

Laicidad y descristianización: Pese a que durante el siglo XVIII hubo expulsiones de jesuitas de las instituciones educativas en diversos países, nada fue comparable con la planificación de descristianización de la sociedad llevada a cabo por la Revolución. El 11 de agosto de 1789 se suprime el diezmo que permitía a la Iglesia costear su extensa misión social en escuelas, hospitales, orfanatos y casas de acogida a menesterosos y que, al mismo tiempo, le permitía mantener una independencia con respecto al Estado. Todo esto se acaba con la Revolución. El 2 de noviembre de 1789 se nacionalizan todos los bienes del clero para su posterior venta en beneficio del Estado. A partir de entonces, la asistencia social y la educación pasa a manos del Estado por verse la Iglesia impedida a realizar dichas labores al no tener recursos materiales para desarrollarlos. En febrero de 1790 se impone a todo el clero del primer juramento de obediencia (hubo otros más) al nuevo régimen, pretendiendo así "nacionalizar" las voluntades de los religiosos y ponerlos a las órdenes del Estado. Ese mismo mes se suprimieron todas las órdenes religiosas (así, por las bravas), se exclaustra a todos los monjes y monjas (se incautan y queman conventos). También fueron objeto de violencia y acoso los templos y las personas religiosas de las minorías protestante y judía.

El 12 de julio de 1790 se aprueba por la Asamblea la constitución civil del clero que sirve para organizar la iglesia conforme a los nuevos departamentos administrativos, lo que implicó la desaparición de 53 diócesis y más de cuatro mil parroquias al no coincidir con la nueva planificación administrativa del territorio francés. También supone el nombramiento de obispos con el plácet político. Se lleva a cabo la reorganización completa de la Iglesia francesa por el Estado sin contar con Roma.

Todas estas medidas (mientras aún existe la Monarquía teledirigida por la Asamblea de diputados) consiguen que la manutención de la Iglesia dependa del Estado. Su función ahora se nacionaliza y los miembros de la Iglesia pasan ahora a cobrar del Estado como cualquier otro funcionario público.

Más de dos tercios del clero es contrario (refractario) al juramento que se le impone de fidelidad a los nuevos idearios de la Revolución y se resiste a romper con Roma. Asimismo, de los ciento treinta obispos hubo sólo cuatro que se mostraran dóciles a los dictados del Estado; entre ellos, sobresaldría en la carrera política y diplomática Talleyrand, obispo de Autun. Esto originó la existencia de dos Iglesias en Francia: una clandestina, sostenida por donaciones voluntarias, y otra oficial, protegida y financiada por el Estado.

A todos los refractarios se les pone bajo vigilancia y en mayo de 1792 se vota incluso un decreto por el que se deportará a todo eclesiástico al que veinte ciudadanos denuncien como no juramentado. En agosto de 1792 un decreto permitió las deportaciones (mayormente al penal de Guayana) de todos los enemigos de la revolución (incluidos, cómo no, los religiosos refractarios). Por fin llega lo inevitable: en marzo de 1793 se declaran condenados a muerte todos aquellos eclesiásticos que no hayan formalizado su juramento oficial de fidelidad al Estado. Más de 40.000 religiosos abandonan Francia, pero muchos no consiguen huir y son ejecutados.

"Nadie debe ser hostigado por sus opiniones, aún religiosas, siempre que su manifestación no perturbe el orden público establecido por la ley". Así rezaba el art. 10 la Declaración de los Derechos del Hombre de 1789. Los libros de texto resaltan que, a instancias del incorruptible Robespierre, se aprobó el decreto de diciembre de 1793 por el que se establece la tolerancia religiosa (sic) en Francia. A esas alturas, todo ello era papel mojado. Los enemigos de la libertad religiosa y de conciencia se impusieron sin reservas.

Como broche final de esta descristianización impuesta, al año siguiente de que Napoleón invadiera Italia (1798) su ejército entró en Roma. Apresaron al papa Pío VI y lo deportaron a Francia. En el ínterin del viaje se les murió el pontífice (en Valence).

Con estos mimbres surge así el primer Estado laico de la modernidad. Francia dejó de ser la "hija primogénita de la Iglesia" para convertirse en el estandarte del laicismo moderno.

Ley Le Chapelier y supresión de cuerpos intermedios: Promulgada el 17 de junio de 1791, esta ley suprimió durante casi un siglo toda corporación o asociación de profesionales –obreros, tenderos, profesionales libres, trabajadores o empresarios, etc.– como grupos intermedios (tan estimados por Montesquieu) entre individuos, por una parte, y el Estado, por otra. Los sujetos estarían ligados, por tanto, sólo al abstracto interés general, expresado mediante la voluntad general de la que hablara Rousseau, sin verse desvirtuada por intereses espurios.

Asimismo esta ley establecía como nulo por inconstitucional todo acuerdo entre empresarios o profesionales dirigido a fijar precios en el mercado. Esto supone un claro precedente de toda la perjudicial legislación antimonopolio defensora de una irreal competencia perfecta y estática (existente únicamente en las mentes de los políticos) que actualmente padecemos.

Por su parte, otras muchas asociaciones no profesionales serán gradualmente erradicadas de la sociedad civil (como el fin de las congregaciones religiosas de seculares por ley en agosto de 1791). Excepto lo relacionado con los clubes políticos (y no todos), la Revolución francesa supuso un ataque directo contra la libertad de asociación del individuo para perseguir más eficazmente sus propios fines. No era necesaria según los revolucionarios, pues el poder político era el que velaba por los intereses de todos y determinaba los objetivos comunes de la sociedad. Esto es el antiliberalismo por excelencia.

Años después Tocqueville, durante su viaje a América, le llamaría la atención la cantidad tan grande de asociaciones civiles –que perseguían todo tipo de fines– existentes en América en comparación con Europa y, muy especialmente, con su país. La Revolución francesa sencillamente las había eliminado. El individuo se encontraría dependiente del Estado que acudiría en su ayuda. La frase de Mussolini: "Nada fuera del Estado, nada contra el Estado, nada sobre el Estado" es la culminación de aquel proceso tendente a dejar desamparado al individuo frente al Estado.

Los asignados o emisión incontrolada de billetes contra bienes confiscados: El colapso de las cuentas del Estado fue, con mucho, la peor herencia que la monarquía dejó a los revolucionarios en el poder. Éstos tuvieron que hacerse cargo de ella a regañadientes (una cosa era enemistarse con las monarquías de Europa y otra muy distinta era hacerlo con los banqueros internacionales a los que, sin duda, tendrían que recurrir para financiar sus gastos futuros).

No era posible acceder a nuevos empréstitos (no se presta dinero al que está en bancarrota) y la creación de nuevos impuestos tampoco podía ser la solución (¿no se había iniciado la revolución debido a un asunto de impuestos?). Les quedaba un recurso fácil, a saber, los bienes de la Iglesia. Dicho y hecho. En noviembre de 1789 la Asamblea nacional expropió todos los bienes de la Iglesia. Con la confiscación y venta de los bienes de la Iglesia se lograban varios objetivos al mismo tiempo: se daría conformidad a sus deudores nacionales e internacionales, destruiría el poder económico de la Iglesia en Francia, su único rival serio de asistencia social, y crearía una nueva clase de propietarios leales a la Revolución que se enriquecieron con dicho expolio.

La venta de dichos bienes no dio los resultados esperados: muchos bienes quedaron sin vender. La emisión posterior de unos billetes garantizados contra los bienes no vendidos supuso el "último remedio" para la insolvencia fiscal del Estado. En marzo de 1790, por tanto, se emitieron numerosos billetes inconvertibles de curso forzoso contra dichos bienes. A estos papelillos se les denominó asignados (assignats). Se emitieron ni más ni menos que 400 millones de libras en papel de asignados. Los pocos economistas sensatos que quedaban recordaron a los diputados revolucionarios las desastrosas consecuencias que conllevaría dicha medida recordando la experiencia de la burbuja de John Law a principios de ese mismo siglo: depreciación de la moneda, subida de precios, especulación rampante, sensación de escasez de dinero, postración del comercio y la industria, caída del ahorro... Los revolucionarios contestaron que las leyes económicas no les afectarían. Además, en última instancia estaba todo el extenso territorio de la Francia para hacerse cargo de ello. J. B. Say recordaría con amargura cómo cada vez que en la Asamblea nacional se tocaban temas relacionados con el comercio o las finanzas acababan maldiciendo a los economistas.

La segunda emisión vino en verano de ese mismo año de 1790: 800 millones de libras de nada. Los políticos prometieron que, esta vez, iba a ser la última. Luego, por supuesto, vinieron más emisiones de asignados: junio 1791 (600 millones), dic. 1791 (300 milloncetes), abril 1792 (otros 600 millones, esta vez contra los bienes confiscados de los que habían huido de Francia para salvar sus cabezas). Burke señalaría con disgusto que se había cometido un robo a una parte de la sociedad (expropiación de los bienes de la Iglesia) para, a continuación, cometer un fraude a toda la sociedad (dinero-papel fiat de curso forzoso).

Entre tanto, la Revolución declaró la guerra a Europa (abril 1792) y, lógicamente, vinieron más emisiones posteriores: en 1793 se emiten 1.200 millones, en 1794 3.000 millones y en 1795, la orgía, 33.000 millones de libras en billetes asignados (dinero fiat). Se consiguió lo que sólo los políticos alcanzan: de la paridad inicial con el franco/oro se pasa a que 600 asignados se acabarían cambiando por 1 franco/oro (eso sí que es magia). Las consecuencias del derrumbamiento general del poder adquisitivo de dicho envilecimiento de la moneda se repartirían con criterios de igualdad y fraternidad entre todos los miembros de la sociedad francesa. El tercer principio según el lema revolucionario, la libertad, hacía tiempo que se había enterrado. Por supuesto entre medias también se decretaron (en vano) las diversas leyes de Máximum de control estatal de precios (ver abajo) y la prohibición de comerciar con monedas.

Durante el Gobierno del corrupto Directorio se quiso mejorar la caótica situación con un nuevo dinero fiduciario, los billetes denominados mandatos (mandats). Se fijó el cambio oficial de 30 assignats por 1 mandat. No arregló nada pues se hicieron diversas emisiones de mandats. Llegó lo inevitable: una inflación galopante y el repudio generalizado de ambos billetes "revolucionarios".

Sólo con la llegada de Napoleón, como primer Cónsul, se pudo introducir racionalidad al asunto al volver a la moneda respaldada (y disciplinada) con el patrón oro. Sin embargo, fue también el corso el que fundó el Banco central de Francia en 1800 (al tiempo que establecía su residencia en las Tullerías) que sería el instrumento de futuras emisiones monopolistas de dinero fiat de curso forzoso cuando se abandonase definitivamente el patrón oro.

La escuela republicana: La educación se hace pública y laica. Deja de estar en manos de la Iglesia para pasar a otras manos, esta vez las del Estado. Durante la Convención se debaten diversos proyectos educativos de la escuela primaria. De entre ellos, sobresale el proyecto de Lepeletier (defendido por Robespierre) que no pudo llevarse a cabo por falta de medios (habría sido necesario elevar los impuestos y no era cuestión, por el momento; además había que hacer frente a otras partidas más perentorias en materia de gastos militares). El proyecto Lepeletier intentó crear por toda Francia centros educativos (de niños y niñas, separados, de cinco a doce años) diseminados por ciudades y cantones para aleccionar a los infantes en las virtudes republicanas y su odio a todo lo que desde el poder se decretase como enemigo de la Revolución (clero, monarquía, federalistas, girondinos...). Dichos centros educativos serían en régimen de internado para que el adoctrinamiento de los pequeños se hiciese fuera de su entorno familiar o social a modo espartano y favoreciese, así, el desarrollo físico y el fortalecimiento el espíritu republicano. A falta de presupuesto para llevar a cabo esta progresista iniciativa de internados se tuvieron que contentar los diseñadores políticos con emplear las antiguas escuelas de la Iglesia o casas de curas (que para eso habían sido expropiadas) como escuelas del nuevo régimen. La enseñanza primaria fue obligatoria a partir de los cinco años. Como libro de texto utilizaron el conocido catecismo republicano en el que se explicaban a modo de breviario laico –con preguntas y respuestas– las virtudes y los principios de la revolución y de la patria.

En los estudios secundarios existía un afán eminentemente práctico por lo que las clases, además del maestro público, contaban con la asistencia de albañiles, canteros, carpinteros, artesanos y otros profesionales para impartir clases. Asimismo se obligaba a maestro y alumnos a participar en todo tipo de actos públicos y asistir estos últimos a los debates políticos en que participaran sus padres para imbuirse de "espíritu ciudadano". Las escuelas eran frecuentemente inspeccionadas por jacobinos para cerciorarse que todo esto era así.

En cuanto a la enseñanza superior, se procedió a crear la Escuela Politécnica de París, que fue la joya de la corona de la Revolución francesa en materia educativa. Su nivel científico fue sobresaliente y admirado en todo el mundo. Lástima que sus teóricos sociales aplicaran también el método científico a su ámbito de estudio dando origen a los planificadores sociales, a los positivistas, saintsimonianos y demás diseñadores de la sociedad que tanta influencia ejercerían en el resto de colegas de otros países. Asimismo destacaron las llamadas escuelas normales (de entre las cuales despuntaría la Escuela Normal de París creada en 1794) en las que se preparaban los futuros docentes. Una vez terminados sus estudios, tenían obligación de abrir una escuela en su distrito en la que poder transmitir –a modo de replicantes– el amor por la enseñanza pública y los principios de la revolución, así como los métodos didácticos aprendidos.

Al producir conciencia ciudadana a través de la educación y sus" valores orientadores" era inevitable un adoctrinamiento.La educación republicana convierte al Estado en una mater nutriente de las conciencias de los infantes de la patria. Hoy en día, ídem.

Politización de las masas y agitadores populares de la calle (sans-culottes): La hegemonía de la facción jacobina en los centros de poder institucional iba acompañada de una estrategia política extraordinariamente eficaz, basada en granjearse el apoyo de las masas a través del radicalismo populista, un papel hábilmente interpretado por demagogos de la talla de Danton (que era cordelier), Saint-Just o Robespierre.

El 14 de julio de 1789, la gente de París tomó la prisión real conocida como la Bastilla, con lo que se dio por iniciado el movimiento revolucionario y un comité de ciudadanos se hizo cargo del gobierno de dicha ciudad (la Comuna). Sabemos que los días 5 y 6 de octubre de 1789 la muchedumbre se desplaza a Versalles , asesinan a todos los guardias reales y llevan al rey y a su familia a las Tullerías de París. Años más tarde, el 10 de agosto de 1792, asaltan las Tullerías y encierran a la familia real al completo en la torre-calabozo del Temple de París.

Una vez decapitado el monarca, la Asamblea se vio permanentemente presionada por este nuevo "poder" que había aparecido el 14 de julio. Los diputados se vieron así intimidados desde las calles (especialmente las de París, donde se encontraba ubicada la Asamblea, y en cuya urbe el Gobierno revolucionario y municipal de la Comuna se hizo verdaderamente poderoso) dejando en demasiadas ocasiones el camino libre a los políticos más osados. Recordemos que fue constante este acoso: una muchedumbre armada de agitadores asaltó la Asamblea en mayo de 1795 y decapitó al diputado Feraud mostrando su cabeza a la Asamblea pidiendo "pan y Constitución de 1793" (una peculiar forma de hablar del pueblo).

En definitiva, durante toda la Revolución francesa los callejeros sans-culottes y similares (organizados en secciones o asambleas de barrio) fueron los protagonistas de la escena política revolucionaria. Asistían a los debates de las diversas Asambleas y allí alentaban a los representantes radicales que con mayor ardor defendían la fijación de un precio máximo para los productos de primera necesidad o, finalmente cuando esto no daba los resultados esperados, proponían duros castigos para los acaparadores de alimentos. Cuando ciertos anhelos populares se traducen fácilmente en leyes de aplicación general, se producen consecuencias indeseadas muy perjudiciales para la sociedad en su conjunto.

Una vez los jacobinos llegaron al poder, sojuzgaron pronto a aquellos agitadores que no coincidían con sus objetivos políticos, no dudando en ejercer toda la coacción necesaria para acallarlos. No obstante, la bestia había engordado lo bastante como para acallarla del todo. Las masas, mucho antes de que las analizara agudamente Ortega y Gasset, habían hecho su irrupción en la vida política con la Revolución francesa.

Control de precios y legislación contra la especulación: A pesar de que el control de precios había sido empleado por los gobernantes, por lo menos, desde los tiempos de Diocleciano, no se aplicó con verdadero fanatismo hasta la llegada de la Revolución francesa. En todos los casos tuvo siempre idénticos resultados negativos. Debido a las presiones de los sans-culottes y demás agitadores de las calles de las ciudades francesas se aprobaron las leyes de control de precios del grano (loi du Maximum de 4 de mayo de 1793) que acarreó más escasez y consecuencias perjudiciales indeseadas, pero inevitables, según las leyes económicas (y a pesar de sus negadores de siempre).

Los políticos de la Convención creyeron que con mano dura se arreglaría el asunto: se aprobó la Ley contra los especuladores (llamados "acaparadores") de 26 de julio de 1793 que obligaba a los comerciantes a poner en venta todas sus reservas de alimentos según los precios fijados por las autoridades y condenaba a muerte a todos aquellos especuladores de productos alimenticios que mantuvieran stocks clandestinos. Asimismo, extendieron la guillotina por todas las poblaciones. Se decapitó a marchas forzadas. La mayoría de las cabezas sesgadas durante la Revolución fueron de campesinos y comerciantes (y no tanto de aristócratas y religiosos, como comúnmente se cree).

La economía nos enseña que, una vez se comienzan a controlar los precios de ciertos productos, viene la escasez y no se tarda mucho en extender dicho control a todos los demás bienes y servicios. En efecto, por presiones de los agitadores profesionales (y al tiempo que los girondinos eran encarcelados y veinte de ellos ejecutados) la Loi du Maximum général de 29 de septiembre de 1793 decretó el control de precios generalizado sobre productos alimentarios y materias primas y otra ley de 22 de febrero de 1794 ponía topes a los precios de transporte y a los beneficios de los comerciantes mayoristas y minoristas. Como es lógico tuvo consecuencias indeseadas: los agricultores producían y los comerciantes intercambiaban lo justo para subsistir y la escasez se hizo aún más aguda.

El ciudadano virtuoso era patriota, servía en el ejército, usaba los asignados como signo monetario y se sometía a la Ley del Máximum y demás ocurrencias de la Asamblea. La mejor demostración de todo ello era su pobreza. Todo esto llevó a la economía francesa a un dirigismo económico suicida que bien podría ser considerado como un claro precedente de la economía de compulsión que sufrieron los alemanes durante el nazismo.

Idolatría de la Naturaleza: Rousseau fue su profeta con su anhelada "vuelta a la naturaleza". En verano de 1793 Robespierre instaura por decreto el culto a la Diosa Razón (ver abajo) y a la diosa Naturaleza. Ésta estaría por encima incluso de la civilización del hombre que le debería sumisión. Los actuales ecologistas son hijos directos de dicho culto.

Prensa controlada a favor de la causa: Durante la Revolución hubo una verdadera eclosión de la prensa francesa. Se publicaron más de quinientos periódicos y miles de panfletos. La libertad de expresión no tuvo, por fortuna, serias restricciones durante los primeros años. Parecía que el art. 11º de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano iba en serio. La figura del periodista moderno se perfila en la Francia revolucionaria.

Sin embargo, pronto se producen represiones contra los que mostraran opiniones favorables a los monárquicos o a los federalistas. Las primeras ejecuciones son de periodistas realistas. Por último, se implanta la censura por motivos de seguridad pública. Hubo periodos intermitentes de libertad de expresión pero fue Napoleón el que acabó finalmente con ella: sólo autorizó la publicación de trece periódicos y estableció la censura previa.

Asistencia social: La Constitución de 1793 es, de todas las constituciones de la Revolución, la preferida por los progresistas, socialdemócratas antiliberales y gente de izquierdas debido a que reconocía el derecho al trabajo, a la asistencia social y a la enseñanza "gratuita" para todos. Otra cosa es que la Convención no pudiera hacer realidad tan excelsos deseos por falta de recursos y por otros problemas que entonces le acuciaban. Como quiera que la Constitución de 1795 derogara la de 1793, quedó esta última como hito imborrable y referencia constitucional para la posteridad socialdemócrata.

Canciones y teatros populares a favor de la revolución: El espectáculo de distracción por excelencia era el teatro y, por lo tanto, pronto se politizó (no existía aún el cine). Algunos personajes encarnaron a los monárquicos, religiosos o federalistas que les tocaba desempeñar, lógicamente, el papel de malos. Una de las obras teatrales que más éxito tuvo fue el Juicio final de los Reyes. En ella se hace desfilar encadenados a todos los monarcas europeos y al Papa bajo la guardia atenta de los sans-culottes. Se les hace trabajar con su esfuerzo físico y se acaban peleando por un mendrugo de pan. El Papa intenta incluso reproducir sin éxito el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces. Al final un volcán los devora a todos sin excepción. Fin de la historia. El Gobierno subvencionaba a los autores de obras que defendían este tipo de argumentos (se valoró mucho el que resaltaran también las virtudes republicanas; i.e. el alistamiento en el ejército).

Por su parte, las canciones fueron un vehículo idóneo para la difusión de las ideas revolucionarias. Se cantaban por doquier (tuvieron resonancia nacional canciones como Ça ira, Le chant du départ, La Carmagnole y La Marsellesa). El Gobierno comprendió pronto la importancia de controlar los autores de dichas canciones y los agasajó (recuérdese la letra de la célebre Ça ira: todo se solucionará con la labor del legislador, el catecismo (cívico) verdadero nos iluminará y se mandará a los aristócratas a las farolas). Se pagaron fuertes sumas de dinero público a autores, cantantes y coros con orquestas. Nada nuevo bajo el sol.

Servicio militar obligatorio (conscripción): El 20 de abril de 1792 la Asamblea legislativa francesa declara la guerra al recién llegado al trono Francisco I, rey de Bohemia y Hungría (y posteriormente emperador de Austria). Todos los diputados revolucionarios (fuesen, girondinos, fuldenses, jacobinos o los del valle), pese a sus múltiples diferencias, estaban de acuerdo en una cosa: en atacar alguna monarquía extranjera no muy poderosa para presionar a Luis XVI a tomar partido por la revolución. Se iniciaron, por tanto, las hostilidades bélicas por motivos meramente internos que servirían, además, de propaganda de la causa (la exportación de la revolución para liberar a los pueblos). El 28 de abril las tropas francesas de Rochambeau invadían Bélgica. Si los dirigentes de la Revolución pensaron que sería una intervención corta, se equivocaron. Con dicha agresión, Francia entraría en un conflicto con el resto de Europa de forma casi ininterrumpida durante veintitrés años que sólo cesó con la derrota de Waterloo y la posterior ocupación del país.

Debido a la extensión y prolongación de estas guerras, los dirigentes de la Convención republicana acabaron por declarar que la patria estaba en peligro y reclamaron poderes extraordinarios concentrados en el Comité de Salvación pública. Se decretaron, entre otras muchas medidas coercitivas, una serie de levas masivas (mediante sorteo) en repetidas ocasiones (febrero y agosto de 1793) para dotar de carne fresca a los ejércitos revolucionarios. La población no siempre respondió a estos llamamientos con el ardor patriótico que cabía esperar, pues hubo muchos desertores, desaparecidos, automutilados e, incluso, rebeldes que se sublevaron frente a tales medidas (en Pitou, Bretaña y Normandía, pero fue especialmente resistente en la zona de La Vendée). Además, como buena parte de los afectados eran campesinos, los fisiócratas vieron en ello un modo perverso de empobrecer la economía del país.

Habiendo sido abandonado el recurso a las milicias, propias del Antiguo Régimen, las levas supusieron el medio más eficaz para dotar de nuevos reemplazos al ejército republicano, pero fueron un verdadero dolor de cabeza para las autoridades político-militares. Durante el Directorio, el general y diputado Jean-Baptiste Jourdan propondría a la cámara legislativa un modelo de reclutamiento totalmente novedoso hasta entonces: el servicio militar obligatorio y universal (sistema de conscripción) para todos los varones entre los 20 y 25 años por un período de cinco años.

Finalmente se aprobó dicha propuesta con el nombre de Ley Jourdan-Delbrel el 5 de septiembre de 1798. Su artículo primero establecía que "todo francés es un soldado y se debe a la defensa de la patria". Con ello se acabó con el angustioso azar de los sorteos, con el escaqueo mediante pago y con los mercenarios. Se cumplía así el sueño de Maquiavelo y de Rousseau, que detestaban los ejércitos profesionales y veían en los ejércitos compuestos sólo de ciudadanos la forma moralmente más elevada de defender una sociedad.

Con este invento de la Revolución francesa se democratizaron las obligaciones militares y se cimentaron las bases de la Grande Armée de la que Napoleón supo aprovecharse sobradamente. Con su "nación en armas" puesta en marcha organizó el mayor ejército jamás visto antes en Europa e infligió notables derrotas a los sorprendidos ejércitos de los antiguos regímenes. Durante el Imperio del corso más de dos millones y medio de franceses fueron reclutados. Las guerras napoleónicas produjeron enormes daños y se llevaron por delante alrededor de un millón de almas en todos los campos de batalla; más de la mitad eran ciudadanos "libres" franceses.

Las guerras limitadas de los ejércitos relativamente pequeños del Antiguo Régimen dieron paso -con la conscripción y el posterior nacionalismo interventor del Estado moderno- a las guerras ilimitadas que, en lo sucesivo, se desplegarían con toda su crudeza. Se despejaba el camino para la aparición posterior de la guerra total en la historia en que todos y cada uno de los recursos de la nación se pondrían sin discusión al servicio de la contienda (circunstancia impensable para los "déspotas" del Antiguo Régimen). El arte de la guerra devino un asunto de la nación entera.

Nueva fiscalidad progresiva: Como ya se ha dicho, la Revolución francesa terminó con los privilegios de la nobleza y el clero e implantó la igualdad ante los impuestos del Estado; bueno, no del todo... Pese a los fuertes gastos que la Asamblea nacional tuvo que hacer frente, tales como obras públicas, subsidios al pan y, sobre todo, la amortización de la deuda nacional heredada de la monarquía, la gente en general no estaba por la labor de pagar nuevos impuestos y, mucho menos, pagar más. Ciertamente algunos de ellos habían creído –cándidamente- que con la Revolución iban a cesar los impuestos y el opresivo aparato recaudatorio del Estado desaparecería. Inicialmente los dirigentes revolucionarios expropiaron todos los bienes de la Iglesia y emitieron contra éstos los famosos assignats de los que hemos hablado anteriormente.

Con todo y con ellos los gastos del Estado no cesaban de crecer, por el desarrollo de las guerras revolucionarias. Entre las medidas de urgencia tomadas por el Comité de Salvación pública, se encuentra el decreto de 20 de mayo de 1793 por el que impuso a los ricos préstamos forzosos y se establece un impuesto progresivo sobre todas las rentas (un tramo mínimo quedaba exento a partir del cual se empezaba con el tipo del 10% hasta alcanzar el 50%) para sufragar los gastos de la guerra. En repetidas ocasiones a lo largo de la Revolución (23 sep. 1793, dic. 1795 y junio 1799) se echó mano a dicha financiación coactiva, en la que cada vez se rebajaba más el tramo exento para que más ciudadanos "libres" contribuyeran al mismo. La progresividad será a partir de entonces un hito que no olvidarán los inmorales progresistas de todos los partidos.

Ideología igualitaria: La ideología igualitarista (la defendida por los igualitarios, hebertistas, enragés, Babeuf y demás hierbas parejas) les parecía poca cosa la igualdad formal ante la ley (postulado básico del liberalismo). Querían que los individuos fuesen igualados en otros aspectos (materiales) que implicaba una creciente desigualdad en el trato legal hacia los individuos (contribución a las arcas del Estado mediante la progresividad, por ejemplo). La igualdad impuesta por el Estado siempre incrementa la sumisión y dependencia al mismo. Más aún, cuando no hay restricciones para el contenido de la ley, la ideología igualitaria ha extendido la coacción y los abusos por doquier.

Marat, Robespierre y Saint-Just fueron los apóstoles de la igualdad mediante una redistribución forzosa de la riqueza que liberaría a los pobres de su esclavitud (la guillotina fue a menudo el destino final de aquellos que no aceptaban sus diseños redistributivos). Esta doctrina no tardaría en dar la vuelta al mundo como parte de los ideales de la Revolución. Todavía hoy subsiste e impregna casi toda la doctrina político-social dominante en forma de pensamiento único. Es un postulado indiscutible el de que uno de los objetivos de la tarea del Estado democrático es la redistribución de la riqueza, sin cuestionarse si esto acarrea o no otras injusticias o grandes costes de oportunidad.

Endiosamiento del Estado: El Estado lo podrá todo; se encargará, por tanto, de todo. En los regímenes teocráticos se piensa que Dios y sus representantes en la tierra están legitimados para mantener el orden establecido y los dictados que imponga la religión dominante. Con la Revolución francesa, habiendo desterrado todo signo de religión tradicional se produjo, empero, un sucedáneo bastardo de teocracia: la estatolatría o el endiosamiento del Estado, firmemente presente en buena parte de las conciencias actuales.

La consecuencia de ello es la creencia en el poder omnímodo entregado a los representantes del Estado y la generación de los "estado-adictos". Cuanto más intervenga el Estado para producir bienes públicos o proporcionar asistencia, tanto más indispensable parecerá. La intervención estatal ahogará los esfuerzos voluntarios o de beneficencia privados y la iniciativa de las empresas privadas para colmar las necesidades de la gente. Los individuos, a su vez, se acostumbrarán a contar con la asistencia del Estado y planificarán sus asuntos de acuerdo con esas expectativas de derechos y de ayuda.

Inventos de la Revolución francesa heredados por los totalitarismos modernos

No se trata tanto de castigarlos como de aniquilarlos.

Diputado Georges Couthon

Los totalitarismos modernos hicieron suyas todas y cada una de los inventos sociales relatadas en el apartado anterior. Pero es que, además, tomaron otros muchos no heredadas por nuestros actuales regímenes políticos.

Este apartado trata de las innovaciones de la Revolución francesa que, por salirse de madre, no se han incorporado a las socialdemocracias de la actualidad. Esto no quiere decir que no se tomaran en consideración en otros momentos históricos -como sucedió con la Revolución bolchevique, con el fascismo mussoliniano o con el nazismo- que se inspiraron o replicaron fielmente algunas experiencias políticas extremas vividas durante la Revolución francesa. Recordemos algunas de ellas:

Ley de Sospechosos: Cuando una revolución destroza buena parte de los puntos de referencia de una población (tanto los abusivos e injustos como los que cohesionan la sociedad) es lógico que algunos de sus miembros se resistan a aceptarlo y ofrezcan resistencia. Es entonces cuando la figura denominada "contrarrevolucionario" o "traidor al pueblo" entra en juego. Los revolucionarios sienten como verdadero peligro a aquellos que no se domestican o que cuestionan, si bien sea levemente, los dogmas o ideas que sustentan su revolución. No conocen de acuerdos o componendas. La Comuna de París tuvo el dudoso honor de inaugurar el primer Terror de la Revolución en agosto de 1792 con la creación del Tribunal revolucionario y el acoso violento a diputados moderados y miembros del clero. Las matanzas perpetradas por bandos revolucionarios incontrolados contra más de mil presos indefensos en septiembre de 1792 no fueron sino consecuencia del ambiente de odio y desconfianza que se respiraba.

Dedican, por ello, todas sus fuerzas y recursos a perseguirlos para finalmente eliminarlos. Se produce lo que se denomina limpieza ideológica. El 17 de septiembre 1793 se aprueba, por fin, la famosa ley de Sospechosos en la que se declara como apestados a colectivos enteros por considerarse enemigos de la revolución (clero refractario, monárquicos, federalistas, especuladores, etc.). Es más, Saint-Just llegó a proclamar que se debería perseguir a todo aquél que fuera tibio con la Revolución y no mostrara una adhesión activa e inquebrantable a la misma. No se había visto nada parecido hasta entonces, ni siquiera en los peores tiempos de las guerras de Religión de Francia. La moda de llevar puesto el gorro frigio o la escarapela tricolor empezó a difundirse "espontáneamente" entre los franceses.

Éstos eran sus procedimientos: se redactaba una lista de sospechosos por parte de los comités de vigilancia de cada municipio (ver abajo), se les interrogaba en el tribunal revolucionario correspondiente, se les encarcelaba o se les manda guillotinar (pocos quedaban exculpados). El sentimiento de inseguridad se extendió entre la población. Según Robespierre, gran admirador de Rousseau, sólo los republicanos serían considerados ciudadanos, todo el resto sería tratado como mero extranjero o, mejor, enemigo del pueblo.

Nueva religión: Robespierre fue el inventor de una religión civil disfrazada de un vago deísmo, pero que no era más que un medio para adoctrinar en los valores producidos por la propia república cívica. En verano de 1793 se instaura por decreto el culto a la Diosa Razón y a la diosa Naturaleza, transmutados posteriormente en un roussoniano Ser Superior. Se consagran templos (incluida la catedral de Notre Dame) y se organizan fiestas cívicas en su honor. El Estado contaba, por fin, con su religión nacional. Sin duda los jacobinos habían tenido en cuenta las palabras de Voltaire en su Diccionario filosófico: "Si tenéis una aldea que gobernar le hace falta una religión con la intención de mantener el orden social". Los ingenieros sociales cuando se ponen a diseñar inventos para aplicar en sociedad son únicos.

El campesino observó estas invenciones con perplejidad. Pese a los afanes de su Gobierno, en el medio rural se continuó descansando los domingos (no el décadi) y se celebraron las fiestas patronales como Dios mandaba y habían hecho sus ancestros desde hacía siglos.

Nuevo calendario: Entró en vigor el 24 de octubre de 1793, diseñado por matemáticos y astrónomos. Los nombres de sus días y meses fueron ideados por el poeta Fabre d’Églantine. Sustituye las semanas por décadas y el día festivo será el décadi, ya no el domingo. Tres décadas formarían un mes (enseguida que se echen las cuentas salen tres días de descanso por mes revolucionario; el trabajador republicano se debía a la nación y no a la molicie). Los meses serán rebautizados con nombres conforme a características meteorológicas propias de dicho mes (vendimia/vendimiario, escarcha/frimario, bruma/brumario, calor/termidor, fruta/fructidor, etc.). Por su parte, el recuento de los años comienza con el nacimiento de la República (septiembre de 1792).

Esta nueva cronología no persigue sino borrar la antigua división del tiempo instituido por el cristianismo. Lo malo era que no resolvía tan agudamente el problema del exceso de horas por año juliano que magistralmente resolvió el calendario gregoriano en el siglo XVI mediante el ajuste de los años bisiestos. Además, este nuevo cómputo revolucionario del tiempo, necesitaba comenzar el año en cada equinoccio otoñal (que es cambiante) lo cual suponía un verdadero lío y chocaba, además, con los ritmos seculares de ferias y mercados agrícolas. En enero de 1806 fue abolido por Napoleón que era revolucionario, pero no tanto. Algunos nostálgicos siguieron usando ocasionalmente dicha cronología (Marx entre ellos).

Comités municipales de vigilancia: Creados por la Convención, se les dio potestad absoluta para vigilar a los extranjeros y sospechosos. Bajo el control del Comité de Salvación Pública y del Comité de Seguridad General colaboraron activamente en la política del terror mediante la presentación de cargos a los tribunales revolucionarios. Expedían certificados de civismo republicano. La no tenencia del mismo implicaba la exclusión de los censos electorales o la imposibilidad de acceder a cargos públicos. Habrá unos veinte mil por todo el país. Llegaron a todos los rincones de Francia.

El Terrorismo de Estado y la guillotina: Tras diversas maniobras políticas, el 10 de octubre de 1793 el joven jacobino Saint-Just emitió un informe a la Convención en el que se diseñaban las pautas de un deseado Gobierno totalitario y criminal. La Asamblea, lejos de desecharlo por bárbaro, lo adoptó mediante el Decreto del 14 Frimario (4 Diciembre 1793). Con ello se consagró definitivamente la dictadura despótica del Terror a raíz del cual quedaron suspendidas la Constitución, la división de poderes y los derechos individuales, lo que, sumado a la creación de un Tribunal Revolucionario sumarísimo, dio paso al primer ensayo totalitario de la era moderna.

Los pretextos esgrimidos eran los peligros internos y externos, pero la finalidad buscada era no poner límite en el ejercicio absoluto del poder. El terror sistemático organizado desde el Estado fue otro invento de la Revolución francesa. La Ley de 22 Prairial del año siguiente (ver abajo) dejaría traslucir a las claras cuán sanguinarias eran las intenciones del Gobierno revolucionario. Por vez primera se llevaba a cabo desde el poder la disparatada (por infantil) y criminal idea de que para alcanzar la seguridad y bienestar en una sociedad era necesario extirpar una buena parte de la misma como si fuese un cáncer maligno (los bolcheviques y los nazis fueron hijos directos de estas alucinadas ideas).

A través de los dos organismos que asumieron los poderes excepcionales, el Comité de Salvación Pública (máximo órgano ejecutivo desde abril de 1793) y el Comité de Seguridad General, la burguesía jacobina pudo instaurar un régimen de dominio cuya naturaleza difería cualitativamente de todo lo conocido hasta entonces. De hecho se trataba de una forma de Poder que tanto por sus resortes ideológicos como por sus procedimientos rebasaba ampliamente los viejos esquemas del absolutismo del Antiguo Régimen. Ningún monarca francés oprimió jamás de modo semejante y de forma tan masiva a sus súbditos.

Se pasa a controlar centralmente todo el quehacer de la sociedad civil, desde el dirigismo de toda la economía del país o el señalamiento de los objetivos sociales que se debían conseguir hasta regular los aspectos más nimios (por ejemplo, el 8 de noviembre de 1793 se decreta el uso obligatorio del tuteo en el idioma francés, con independencia de la categoría del interlocutor).

La guillotina, por lo demás, devino el estandarte por excelencia de la Revolución francesa. El médico y diputado Joseph Ignace Guillotin, muy influido por las ideas de la Ilustración, propuso dicho mecanismo (no inventado por él) para que la ejecución fuese más "humana". La pena por decapitación (décollation), normalmente con espada, había sido reservada desde antiguo a la nobleza como signo distintivo. Al populacho generalmente se le ejecutaba mediante diversos métodos de tortura, ahorcamiento, asfixia o quema. Gracias a la Revolución, pues, se democratizaría igualitariamente y se pondría dicho privilegio al alcance de cualquier mortal. Por cierto, al reo se le rasuraba la nuca para que todo fuese más higiénico (era el progreso). Llegó a formar parte de la vida rutinaria de aquellos años y se extendió tanto su uso que se acabaron fabricando numerosos platos, tazas, jarrones, juguetes y otros enseres con dicho símbolo macabro.

No olvidemos que en sus diarios el médico Marat, el "amigo del pueblo", para asegurar la tranquilidad pública primero pidió 10.000 cabezas, luego 40.000 y, por último 270.000 sacrificios en dicho altar de la justicia revolucionaria. Cuando denunciaba en los periódicos a alguien por traidor no olvidaba nunca poner su nombre completo y su dirección (tal fue el caso de su rival científico, el famoso químico Lavoisier) Fue Marat un verdadero "patriota".

Un mito potente de la célebre Revolución francesa es que mató a muchos nobles y curas. Siendo cierto, no es el dibujo completo de la realidad. Se estima que cerca de treinta mil cabezas rodaron durante la Revolución francesa. Sin embargo, cuando se hace balance de las clases afectadas, el resultado es sorprendente: 5% fueron políticos, intelectuales y profesionales varios, 7% miembros del clero, 9% aristócratas, 20% comerciantes y/o especuladores, 28% campesinos y 31% obreros o artesanos. Como siempre sucede en toda revolución o guerra, las capas más humildes de la sociedad se llevaron la peor parte. Esto sin contar con las numerosas matanzas debidas a las represiones contra todo tipo de sublevaciones acaecidas por todo el país.

Ley del 22 Prairial o suspensión de los derechos de defensa del acusado: Durante los diez meses que duró la dictadura de Robespierre (el Gran Terror), fueron encarceladas medio millón de personas de forma preventiva y trescientas mil fueron confinadas en sus domicilios a la espera de ser juzgados o ejecutados. Era evidente que se estaba produciendo un cuello de botella en la justicia revolucionaria y había que resolver pronto el asunto so pena de colapso general.

Por esta razón el diputado de la Convención Georges Couthon promovió la ley de 22 Prairial (10 de junio de 1794), la cual establecía que en caso de comparecer ante un tribunal revolucionario (que con dicha ley duplicaba sus efectivos), el acusado sería privado de recursos tales como la asistencia de abogado, la presentación de testigos o el derecho de apelación con el pretexto de abreviar lo máximo posible el proceso. La Revolución debía ser, ante todo, eficiente. Resuenan aún las palabras de este íntegro y de buen corazón Couthon a propósito de los enemigos de la Revolución: "No se trata tanto de castigarlos como de aniquilarlos". Su compañero de revolución, Robespierre, lo diría más eufemísticamente: "El terror no es más que la justicia rápida, severa, inflexible."

Genocidio de La Vendée: Reconozco que este es un tema espeluznante y que, tras la decisiva publicación en 1986 del libro de Reynald Secher Le génocide franco-français: La Vendée vengée, empieza a entreverse una de las masacres más desconocidas de la historia contemporánea. Dicha obra levantó mucha polémica en Francia, y sigue haciéndolo. No es para menos.

La Vandée es una zona rural al oeste de Francia, próxima al Atlántico. Al desencadenarse la Revolución francesa muchos de sus habitantes, dicho sea de paso, se decantaron en los primeros momentos por el nuevo régimen revolucionario. No obstante, encajaron mal el regicidio, las políticas contrarias al antiguo orden establecido y a sus tradiciones, así como las abusivas medidas por controlar a los curas no juramentados (que eran especialmente valorados en sus parroquias). La población, alejada de la capital y de las grandes ciudades, observó con creciente desconfianza a los "intelectuales" que apoyaban la revolución y al poder político centralizado en París.

Pero la gota que colmó el vaso e hizo estallar violentas revueltas en aquella zona fue la leva masiva (por sorteo) decretada por la Convención el 24 febrero de 1793 que pretendió movilizar 300.000 jóvenes con el fin de reforzar las tropas republicanas en las guerras de la Convención contra media Europa.

Ya tenía bemoles que los políticos de París quisieran controlar los resortes de todo el poder y las conciencias de sus ciudadanos, pero que quisieran también hacerlo con sus cuerpos para llevarlos a unas guerras no defensivas era sencillamente inaceptable. El sentimiento profundo del campesino (propietario o en arrendamiento), apegado a sus costumbres e intereses locales, rechazaba una solidaridad nacional impuesta de esa manera.

En marzo de 1793 el odio contra el poder tiránico se desató no sólo en la Vendée, sino también en otras zonas campesinas francesas del norte de Pitou, Bretaña y Normandía. Pero fue en la zona de la Vendée (más concretamente en el cuadrante aproximado entre las poblaciones de Nantes, Angers, Poitiers y Lucon) donde la resistencia fue más prolongada y tenaz. Empezaba la sangrienta guerra de Vendée, que duraría tres largos años.

La sevicia y la saña del ejército republicano por sojuzgar aquellos campesinos rebeldes iba en aumento a medida que veían cómo éstos lograban defenderse con sus precarios medios (y pese a los errores tácticos de bulto que cometían, como regresar a sus tierras después de combates victoriosos dejando libre el territorio ganado al ejército oficial), tomaban la cruz sobre el sagrado corazón como su propia insignia, se veían secundados por algunos nobles y curas modestos (los obispos de los cuatro departamentos rebeldes, por el contrario, emigrarían) y aumentaban sus fuerzas al unírseles soldados profesionales que desertaban del ejército republicano, aportando su experiencia.

Había llegado el momento de eliminarlos como fuera. Desde la Convención republicana se programaron con brutal eficacia matanzas indiscriminadas, quema de edificios, requisa de alimentos, cultivos, pastos y ganado de aquella "maldita región". Son tristemente célebres las "columnas infernales" organizadas por el general Turreau. Se conserva la carta que el general republicano Westerman dirigió desde la Vandée al Comité de Salvación Pública. Dejarían hoy helado al más bregado en asuntos militares. En un territorio de unos 10.000 kilómetros cuadrados, desaparecieron unas ciento veinte mil personas. Alrededor de diez mil casas fueron derruidas o quemadas. Durante años, la densidad de la población en la región de la Vendée no alcanzaría, ni de lejos, la que había habido antes de la Revolución.

El afán de los dirigentes políticos del momento no fue ya derrotar al oponente, sino de exterminarlo. Buena prueba de ello es que la represión y las matanzas se prolongaron bastante tiempo después de que el grueso de la rebelión hubiese sido aplastada. Los ahogamientos en masa perpetrados en Nantes en diciembre de 1793, con la situación totalmente controlada por el poder republicano desde varios meses antes, son uno de los varios ejemplos que podrían citarse a este respecto. Esto sin contar con el envenenamiento de las aguas que diezmaron la población.

Este es uno de los hechos más macabros de una política que se imponía (qué vergüenza) en nombre de la Razón, La Humanidad y la Tolerancia.

Se hizo, entre otras razones, por odio hacia una fe campesina y católica de resistencia frente a otros dogmas, esta vez, republicanos. Fue el vendeano un verdadero genocidio, pese a que los docentes universitarios y otros mandarines intelectuales (Souboul, Aulard, Mathiez, Lefebvre, Vovelle, Gallo) suelan referirse a lo acontecido en La Vendée como una mera guerra civil.

A pesar de que se destruyeron muchas evidencias de dicho exterminio por los vencedores de aquel enfrentamiento desigual, hay documentos y referencias suficientes para considerarlo tal y como hoy hacen algunos historiadores (Gérard, Secher, Furet, Laffont, Gueniffey, Richet) como el primer genocidio sistemático por motivos ideológicos de la era contemporánea (Lenin lo estudiaría con inusitado interés).

Ley de rehenes: Al fin, después de tanta brutalidad y exceso incontrolado (incluido el "terror blanco" de los termidorianos), se aprobó una Ley "auto-protectora" del final del Directorio del 24 de messidor del 1799, conocida como ley de rehenes (Loi d’otages) por la que los poderes públicos podían arrestar como rehenes a los familiares de los presuntos culpables o enemigos de la revolución a fin de responder civilmente ante las eventuales represalias que esos enemigos del pueblo cometiesen contra los responsables políticos o agentes de autoridad. Otra aberración jurídica más de la errática, masiva y liberticida legislación de la Asamblea revolucionaria.

Conclusión

Las herencias recibidas de la Revolución francesa han marcado a fuego nuestra Edad Contemporánea, a saber: la asamblea legislativa con poderes omnímodos, control de precios (leyes de Máximum) y posterior legislación contra especuladores, la descristianización y laicidad impuesta a golpe de bayoneta, una peculiar forma de emisión descontrolada de dinero fiat de curso forzoso contra bienes confiscados (los assignats), la politización de la sociedad civil mediante la labor capilar de unos proto-partidos políticos (clubes), la intensa centralización administrativa, la implantación de la conscripción, la educación pública y laica mediante catecismos de las virtudes republicanas, la ideología igualitaria, la progresividad en materia fiscal, el control de la prensa, la prohibición de asociaciones profesionales y otros cuerpos intermedios entre el individuo y el Estado, la idolatría a la naturaleza y, en fin, el endiosamiento del Estado.

Los totalitarismos contemporáneos tampoco quedaron huérfanos de lecciones que sacar de la Revolución francesa: un comité central llegaría a asumir todos los poderes, se crearon tribunales revolucionarios políticos, se instauró un control absoluto sobre la población mediante unos comités municipales de vigilancia asistidos por guardias de secciones repartidos por todo el país, se suspendieron todo tipo de garantías procesales, se cometieron crímenes de Estado, se aprobó una ley de sospechosos para perseguir a los ideológicamente contrarios a la revolución que permitió asesinar legalmente a millares de personas con la "igualitaria" guillotina, llevar a cabo encarcelamientos preventivos masivos y deportaciones a ultramar. Se perpetró también un genocidio ("populicidio" lo llamarían entonces) en la región de La Vendée aún negado hoy por muchos historiadores.

Ante todos estos inventos de la Revolución francesa, se pueden apreciar ahora mucho mejor las diferencias con respecto a las dos revoluciones liberales clásicas por excelencia: la Revolución Gloriosa de 1688 en Inglaterra, que puso freno exitosamente al poder arbitrario del rey para que respetara los contrapesos constitucionales y las tradicionales garantías del Rule of law, por una parte, y la Revolución (de Independencia) americana de tan sólo unos pocos años antes, por otra. Los padres fundadores de la nación americana siempre recelaron del poder e intentaron desde el principio limitarlo. Su Constitución no persigue otra cosa (pese a que el actual Gobierno federal traspase muchos de sus límites).

La Revolución francesa cambió el régimen de gobierno pero no lo limitó; fue cualquier cosa menos una revolución liberal.

Lecturas recomendadas

  • Reynald Secher: Le génocide franco-français: La Vendée vengée, PUF, 1986
  • Jean Tulard, Jean-François Fayard & Alfredo Fierro: Histoire et dictionnaire de la Révolution française, Robert Laffont, 1987
  • Jean Dumont: Pourquoi nous ne célébrerons pas 1789, A.R.G.É., 1987
  • Simon Schama: Citizens: A Chronicle of the French Revolution, Vintage Books, 1989
  • Patrice Gueniffey: La politique de la Terreur, Gallimard, 2003

Película recomendada: La inglesa y el duque. Guión y Dirección de Eric Rohmer (2001). Guión basado en las memorias Journal de ma vie durant la Révolution française de Grace Elliot.

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