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Recursos naturales y medio ambiente

Por George Reisman
Traducido por Mariano Bas Uribe

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Parte B. El asalto ecologista al progreso económico

2. Las afirmaciones del movimiento ecologista y su patología del miedo y el odio

Por qué la actividad económica tiende necesariamente a mejorar el entorno*

Es importante advertir que cuando los medioambientalistas hablan acerca de la destrucción del “entorno” como consecuencia de la actividad económica, sus afirmaciones se ven impregnadas por la doctrina de valor intrínseco. Así, en buena medida lo que realmente quieren significar es simplemente la destrucción de los supuestos valores intrínsecos de la naturaleza como selvas, desiertos, formaciones rocosas y especies animales que son de nulo valor para el hombre u hostiles a él. Ése es su concepto de “entorno”. Si, contrariamente a los ecologistas, nos referimos al “entorno” como lo que rodea al hombre—las condiciones materiales externas de la vida humana—entonces queda claro que todas las actividades productivas del hombre de hecho tienen la tendencia inherente a mejorar su entorno, ya que ése es su propósito esencial.

Esto resulta evidente cuando se recuerda que el mundo entero no consiste físicamente en otra cosa que en elementos químicos. Estos elementos no se destruyen nunca. Simplemente, reaparecen en diferentes combinaciones, en diferentes proporciones, en diferentes lugares. Aparte de lo que se ha perdido en unos pocos cohetes espaciales, la cantidad de cada elemento químico en el mundo hoy día es la misma que había antes de la Revolución Industrial. La única diferencia es que, a causa de la Revolución Industrial, en lugar de mantenerse en letargo, fuera del control de hombre, se han utilizado como nunca antes de forma que favorezcan la vida y el bienestar humanos. Por ejemplo, parte del hierro y cobre del mundo ha sido extraído del interior de la tierra, donde era inútil, para ahora conformar edificios, puentes, automóviles y mil y un objetos que benefician la vida humana. Parte del carbono, oxígeno e hidrógeno del mundo se han separado de ciertos componentes y recombinado con otros, en un proceso que genera energía para calentar y alumbrar hogares, mover maquinaria industrial, automóviles, aviones, barcos y ferrocarriles e incontables otras formas de servir a la vida humana. De ello se deduce que al estar el entorno humano compuesto de elementos químicos como hierro, cobre, carbono, oxígeno e hidrógeno y al hacerlos útiles mediante su actividad productiva en distintas formas, dicho entorno mejora a su vez.

Todas las actividades productivas humanas consisten fundamentalmente en la redisposición de los elementos químicos que nos ofrece la naturaleza con el fin de hacer que los mismos se encuentren en una relación más útil con el ser humano—es decir, con el fin de mejorar su entorno.

Consideremos más ejemplos. Para vivir, el hombre necesita ser capaz de mover su persona y bienes de un sitio a otro. Si un bosque salvaje aparece en su camino, ese movimiento resulta difícil o imposible. Por tanto, representa una mejora en su entorno cuando el hombre aparta los elementos químicos que constituyen algunos de los árboles a otro lugar y echa los elementos químicos, que trae de otro sitio, para construir una carretera. Es una mejora en el entorno cuando el hombre construye puentes, cava canales, excava minas, despeja terrenos, construye fábricas y casas o hace cualquier otra cosa que represente una mejora en las condiciones materiales externas de su vida. Todas esas cosas representan una mejora en lo que rodea materialmente al hombre—su entorno. Todo ello representa la redisposición de los elementos de la naturaleza en forma que les haga encontrarse en una relación más útil para la vida y el bienestar humanos.

Por tanto, toda la actividad económica tiene como único fin la mejora del entorno—se dirige exclusivamente a la mejora de las condiciones materiales externas de la vida humana. La producción y la actividad económica son precisamente los medios con los que el hombre adapta su entorno y por tanto lo mejora.

Suficiente acerca de las afirmaciones acerca de la destrucción del entorno por el hombre. Sólo desde la perspectiva del supuesto valor intrínseco de la naturaleza y de la nula valoración del hombre, puede la mejora humana de su entorno ser calificada como destrucción del entorno.

Las afirmaciones ecologistas acerca de la inminente destrucción del “planeta” son totalmente resultado de la influencia de la doctrina del valor intrínseco: a lo que los ecologistas tienen miedo en realidad no es a que el planeta o su capacidad para albergar vida humana puedan ser destruidos, sino a que la extensión de su capacidad para albergar vida humana destruya las todavía grandes extensiones existentes de “zonas salvajes”. No pueden tolerar la idea de que la tierra llegue a ser completamente controlada por el hombre, con sus selvas y desiertos reemplazados por granjas, praderas y bosques plantados por el hombre, como desea el mismo hombre. No pueden tolerar la idea de que la tierra se convierta en el jardín del hombre. En palabras de McKibben, “El problema es que la naturaleza, la fuerza independiente que nos ha rodeado desde nuestros primeros días, no puede coexistir con nuestro número de gente y nuestros hábitos. Podemos ser capaces de crear un mundo que albergue nuestro número de gente y nuestros hábitos, pero sería un mundo artificial…”[1]

La influencia de la doctrina del valor intrínseco y su odio implícito a la humanidad está presente en la utilización de la misma palabra contaminación. Cada vez más se usa “contaminación” en el sentido de cualquier cambio en el estado de la naturaleza causado por el hombre. Sólo desde esta perspectiva puede calificarse como “contaminación” cosas como posibles cambios en la composición química de la atmósfera terrestre que puedan producirse como subproducto de la actividad productiva del hombre. Pensemos un poco. El hecho de que haya más dióxido de carbono en la atmósfera o menos ozono en la estratosfera (suponiendo que estas cosas sean en realidad consecuencia de la actividad productiva del hombre) no significa que la atmósfera esté sucia. Simplemente la hacen algo diferente, por lo que se requiere una respuesta algo diferente por parte de los seres humanos para adaptarse más eficazmente a su entorno. Esto es completamente distinto de lo que es contaminación en el sentido estricto de, por ejemplo, la mezcla de restos fecales humanos con el agua potable. Al subsumirlo bajo el concepto de “contaminación” se aprovecha para utilizarlo para atacar la actividad productiva.

Muy relacionado con el mal empleo de la palabra contaminación se encuentra la práctica de calificar las emisiones químicas a la atmósfera que conlleva la producción industrial, como utilizar la atmósfera como un “vertedero de basuras”. El significado de la palabra “basura”, de acuerdo con el American Heritage Dictionary es “1. residuo de materia animal y vegetal de un cocina. 2. cualquier residuo nauseabundo; materia vil o inútil.” Utilizar el término para describir emisiones químicas es una extensión injustificada del término que no tiene otro propósito que atacar la actividad productiva y la vida del hombre. Curiosamente, basura es precisamente ese material “biodegradable” supuestamente bueno que tanto gusta a los ecologistas. Más curioso aún es que, cuando precisamente el ser humano elimina la basura quemándola y reduciéndola así a cenizas y gases, se le denuncia por verter basuras—a la atmósfera.

Igual que el uso de la palabra concupiscencia en otros tiempos se usaba para describir el deseo sexual, el uso de la palabra contaminación para describir aspectos esenciales de las actividades productivas de una sociedad industrial representan un intento de difamar una capacidad humana completamente apropiada mediante el uso de un nombre para ella que suene a maldad.



* N. del T.: La palabra inglesa “environment” empleada en el original tiene dos traducciones en castellano, “entorno” y “medio ambiente”. Se usa aquí la primera acepción por ser más apropiada para la argumentación del autor.

[1] McKibben, The End of Nature, páginas 170. Las itálicas son mías.

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