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Todo un hombre de Estado: Julio 2004

31 de Julio de 2004

Marx y su plusvalía

La teoría de la explotación marxista ha sido una de las campañas de marketing más éxitas de la historia de la humanidad. Marx recogió la caduca teoría del valor-trabajo ricardiana y, retocando la teoría de costes smithiana, concluyó que el capitalista obligaba a trabajar al proletario más horas de las que necesitaba para reproducir los medios que permitieran su subsistencia, un rebufo de la teoría malthusiana de la ley de bronce de los salarios, quedándose aquél con la diferencia o plusvalía.

Esta teoría tiene enormes y múltiples deficiencias. La primera de ellas es creer que el valor es objetivo, una sustancia, una materia. El problema de Marx es que no vivió el auge del subjetivismo y del marginalismo, sino que se encerró en la más funesta decadencia de la Escuela Clásica. No es necesario entrar aquí a discutir su insoluble armonía entre su teoría del valor y su teoría de los precios (que tan bien señala Bohm-Bawerk en La conclusión del sistema marxiano) baste apuntar que no son los costes los determinantes de los precios, sino a la inversa. Es la valoración de los bienes de orden inferior, de su escasez y apetencias relativas, lo que determina el valor de los bienes de orden superior. El ser humano valora, en primer lugar, aquellos bienes que están más cercanos a la satisfacción de sus necesidades; los medios necesarios para conseguir éstos sólo serán valorados en función del valor que se les otorgue.

La teoría salarial de Marx también es harto incorrecta. Primero porque es incapaz de distinguir salario, beneficio e interés, como la más vanguardista doctrina austriaca ya ha hecho. Es incorrecto pensar que esa supuesta plusvalía equivale al beneficio del capitalista, praxeológicamente es un error. El interés es la diferencia existente entre fines y medios (el bien de consumo final no será igualmente valorado a todos los bienes superiores necesarios para su obtención, su valor estára esparcido y, por tanto, será descontado), mientras que el beneficio procede, única y exclusivamente, de corregir los errores previos de la acción humana, de corregir las discrepancias entre los precios del bien de consumo final y el de sus factores productivos.

Pero, aparte, como bien señala George Reisman, es el capitalista quien genera, en un principio, el beneficio puro, beneficio del que brotan los salarios. El esfuerzo humano se convierte en trabajo cuando se dirige conscientemente hacia la obtención de medios con los que satisfacer fines; el espíritu empresarial es quien conduce este proceso y, quien por tanto, transforma el esfuerzo en trabajo y quien comparte una porción de su beneficio con quien le ha ayudado a llevar a cabo su proyecto.

Tampoco fue capaz de describir Marx cuáles eran los medios necesarios para la subsistencia del proletario, que dependían, en todo caso, de las circunstancias históricas. Se cubrió bien las espaldas de esta manera, ya que podía tildar cualquier remuneración salarial de no estar nunca por encima de ese mínimo existencial, pues ello dependía del estadio histórico. Semejantes consideraciones brotan nuevamente de ignorar la naturaleza subjetiva del valor; es cada individuo quien define cuáles cree que son los medios necesarios para su "subsistencia" física y psíquica. Pero no podíamos pedirle a un clasicote como Marx que comprendiera todo esto. La losa de un siglo de doctrina falseada pesa demasiado.

¿Y cuál es el motivo de todo este rollo? Básicamente, esta noticia de Libertad Digital. ¡Pobres proletarios explotados!

29 de Julio de 2004

La resistencia impositiva tiene buena salud

Posiblemente uno de los mayores méritos del PP durante sus 8 años de gobierno haya sido la regeneración moral, basada en principios liberales, que llevó a cabo. Es cierto que fue una regeneración timorata e insuficiente, pero hay, al menos, dos principios que ni PP ni PSOE se atreven hoy a cuestionar seriamente, el santo temor al déficit y la cautela en incrementar los impuestos. No voy a negar que han habido iniciativas de todo tipo para vulnerar ambos principios; así, el equilibrio presupuestario sólo se persigue en el gobierno de ZP a lo largo del ciclo (¿de qué ciclo?).

Por otro lado, ayer conocimos una propuesta del gobierno para crear un nuevo impuesto que financie nuestra magnífica TV pública. No voy a insistir demasiado en la estupidez e inmoralidad de la propuesta. Al menos en esta página se descalifica por sí misma. Pero sí quiero dejar constancia de un hecho que me produce enorme satisfacción. La encuesta de El Mundo sobre este tema -con todos los merecidos sambenitos que quieran colocarle a la veracidad de una encuesta de este tipo- arroja unos resultados poco proclives al impuesto. Esperemos que esta sensación se generalice a TODOS los impuestos.
Michael Moore y la libertad

Hace unos días José Carlos Rodríguez publicaba tanto en Libertad Digital como en esta web un artículo desmontando las mentiras de la última película de Michael Moore.

Como es suficientemente sabido, la figura izquierdosa de Moore despierta algunas pasiones entre los libertarians yankees debido a su oposición a Bush, al warfare state y a la guerra de Irak.

Sin embargo, no pocas voces críticas se han alzado, dentro del libertarian movement, frente a esta postura. Así, por ejemplo, J. H. Huebert asegura que debemos ser cuidadosos en alabar demasiado a Moore en cualquier tema, y Thomas Dilorenzo ridiculizó sus conocimientos económicos.

Hoy el Mises Institute publica un muy buen artículo, Michael Moore and Freedom, donde, por fin, se fija definitivamente una postura sensata. Erich Mattei explica, en primer lugar, el éxito comercial de la película en que Moore estira una cuerda que se encuentra en la conciencia de la gente de todas las culturas, clases e ideologías: el temor al poder y el amor a la libertad. Dada la significativa merma de libertades que ha tenido lugar en EEUU, la película de Moore se ha convertido en un recurrente asidero.

Ahora bien, estos innegables puntos fuertes de la película son también sus mayores debilidades, pues Moore se concentra en criticar la administración neocon de Bush en lugar de atacar el núcleo del problema: la institución gubernamental en sí misma. (...) Uno podría preguntarse con razón si la finalidad de la película hunde sus raíces en la libertad o simplemente en el revanchismo.

El autor no perdona a la izquierda su doble moral, su crítica al Warfare State, por un lado, y su idolatría del mellizo Welfare State, por otro: la izquierda y la derecha son incapaces de darse cuenta de que el Warfare-Welfare State son, históricamente, una monstruo con dos cabezas. El autor menciona, en este sentido, el magnífico trabajo realizado por Robbert Higgs en su Crisis & Leviathan, donde se muestra que el crecimiento radical de las regulaciones gubernamentales, los programas y la política pública ocurre en sinergia con el tiempo de guerra.

Mattei, pues, pone el dedo en la llaga utópica de Moore; su pacifismo está descafeinado en tanto en cuanto odia el libre mercado, único ámbito donde la paz perpetua puede conseguirse. Una aplicación coherente de la postura de Moore nos conduciría necesariamente a una guerra si el Estado totalitario quisiera evitar su propio colapso. Así, es vano señalar que Fahrenheit 9/11 lucha por la libertad en EEUU, pues la única libertad que persigue Moore is la libertad del gobierno para imponer impuestos, regular y crecer tanto como para manejar toda la vida económica, social y cultural.

El autor propone una acertada metáfora para ilustrar por qué los libertarios se equivocan al ensalzar a Moore. Consideremos la siguiente anología histórica: un alemán neo-marxista de la década de los 30 hace una película en la que muestra los terrores del gobierno nazi. La película mostraría lo evidente, e incluso tendría consecuencias positivas, pero los motivos y fines buscados por la misma serían casi tan malos o incluso peores.

Ciertamente, no debemos olvidar que como apuntó Joseph Sobran "la guerra tiene todas las características del socialismo: Poder centralizado, planificación estatal, falsa racionalización, restricción de libertades, alocado optimismo sobre los resultados esperados, y ceguera para ver los efectos secundarios inesperados". Ningún socialista como Moore puede oponerse sinceramente a ninguna guerra, siempre y cuando, claro está, esa oposición no sea el velo que oculte objetivos de mucho mayor calado.

25 de Julio de 2004

La izquierda y el liberalismo, según Fernández Ordóñez

MAFO, Fernández Ordóñez, habló después de Huerta de Soto. No es necesario que señale el clarísimo contraste, tanto en ideas, exposición, entusiasmo y coherencia, que había entre los dos ponentes.

El objetivo de MAFO fue introducir una variante socialista al liberalismo. MAFO quiso demostrar que los del PSOE también eran liberales. En este sentido, debo hacer una aclaración preeliminar. No creo en el liberalismo de izquierdas ni en el liberalismo de derechas (o liberalismo conservador). Esas etiquetas han sido nuevamente diseñadas por la izquierda, por el estatalismo, para descalificar a los liberales. Sí creo, en cambio, en un socialismo más liberal que el de antaño, incluso considero que la izquierda puede hacer políticas liberales. De la misma manera, también creo que la derecha (entendida como moralizadores coactivos) puede realizar políticas liberales. Pero tanto izquierda como derecha son hijos del más puro estatalismo.

El liberalismo se opone, pues, a cualquier forma de estatalismo (entendiendo Estado tal y como lo define Jörg Guido Hülsmann, esto es, una persona o conjunto de personas que permanentemente violan los derechos de propiedad de otra gente, con el apoyo de la mayoría de la población); cada opinión de una persona puede ser enjuiciada mediante semejante criterio. El liberal tendrá opiniones mayormente liberales, y aquellas cuestiones que resuelva a favor del Estado, será muy a su pesar; no porque la intervención del Estado sea deseable, sino porque es, o la cree, inevitable.

Pues bien, Fernández Ordóñez criticó el maniqueísmo entre derecha e izquierda, creyendo que las definiciones unidimensionales son insuficientes. Así, MAFO expuso un sistema cartersiano (bastante similar al test de Nolan, todo sea dicho de paso): en los extremos del eje de ordenadas se encontraba la izquierda y la derecha, y en los del eje de abcisas los conservadores y los liberales. Así, en el primer cuadrante (superior derecho) aparecían los liberales de izquierda, en el segundo cuadrante (superior izquierda) los comunistas (o conservadores de izquierda), en el tercer cuadrante (inferior izquierdo), estaban los fascistas (o conservadores de derecha) y en el cuarto cuadrante (inferior derecho) los liberales de derechas.

El planteamiento es ya demagógico desde un primer momento. MAFO no pudo resistir la tentación de señalar que lo más opuesto al fascismo es el liberalismo de izquierdas (él por ejemplo) En otras palabras, siguen señalando ciertas connivencias entre los liberales de derechas (Thatcher, por ejemplo) y el fascismo. Aparte de que, como los medianamente versados en estadística saben, el primer cuadrante (el de los liberales de izquierda) es aquél que contiene los valores positivos de ambos ejes. El PSOE, por tanto, recogería el progreso que le confiere ser de izquierdas y ser liberal, mientras que el liberalismo de derechas (que como veremos ahora mismo es el verdadero liberalismo) sólo tiene un aspecto positivo.

Ahora bien, ¿qué implicaciones concretas tiene cada eje y, por ende, cada cuadrante? El eje horizontal (conservador-liberal) se mantiene constante. Un conservador es alguien que no cree ni en la libertad económica ni en la libertad política, un liberal todo lo contrario. Distinto es el caso del eje vertical, cuyo significado varía en cada caso concreto.

Así, la izquierda es favorable a la redistribución, la derecha no. Eso significa que los liberales de izquierda defienden la libertad político-económica y la redistribución, los liberales de derecha sólo la libertad político-económica, los comunistas no defienden la libertad pero sí la represión, y los fascistas nada. Pero este planteamiento también es falaz. No se puede defender al mismo tiempo la libertad económica y la redistribución, pues ésta ataque aquélla. El truco de MAFO fue desvincular una de la otra para, de esa manera, seguir calificándose de liberal.

En cuanto al ecologismo, la izquierda esta a favor de la defensa estatal del medioambiente, la derecha no. Así, encontramos los ecologistas liberales (primer cuadrante), el ecologismo conservador de IU (segundo cuadrante), el fascismo y el comunismo clásico (en el tercer cuadrante) y los liberales de derecha. Al menos, MAFO reconoció el desastre ecológico que supuso la URSS; pero su reflexión sobre el mercado y el medio ambiente fue absolutamente errónea. Afirmó que el mercado es incapaz de proteger el medio ambiente y, por tanto, "uno tiene que decidir qué cantidad de polución debe emitirse"(sic) La cuestión es doble: ¿quién es ese uno? y ¿por qué el mercado no puede decidirlo, y sí ese uno? MAFO topa con sus insuficiencias teóricas en el campo de la imposibilidad del socialismo. Pretender haber recopilado semejante información como para controlar tal extremo es un signo de fatal arrogancia.

El análisis cartesiano puede extenderse a multitud de temas, entre ellos la libertad sexual(o intervencionismo estatal en cuestiones sexuales) o la descentralización. Pero, para resumir, podemos confeccionar una tabla ideológica:


Libertad económica Redistribución Libertad familiar Medio ambiente Descentralización
Socialdemocracia moderna SISISISISI
ComunismoNOSISINONO
Liberales de derechasSINOSISI/NOSI
FascistasNONONONONO
Nacionalistas de derechasNONONONOSI


El primer error, sigue siendo, la separación entre libertad económica y redistribución. Si el Estado se apodera del 100% de la renta para redistribuirla, ¿qué libertad económica existe? Por otro lado, es mentira que el comunismo esté a favor de la libertad sexual, ¡qué se lo pregunten sino a los homosexuales cubanos! Tampoco es cierto que el fascismo estuviera en contra de la redistribució; obervemos sólo cinco puntos del programa político nazi:

7. Exigimos que el Estado contemple como su primer y principal deber el promover el progreso de la industria y velar por la subsistencia de los ciudadanos del Estado.

14. Exigimos que las utilidades del comercio al por mayor sean compartidas por la Nación

15. Exigimos que se ponga en práctica un plan gradual de asistencia social a la vejez

17. Exigimos la reforma de la propiedad rural para que sirva nuestros intereses nacionales; la sanción de una ley ordenando la confiscación sin compensación de la tierra con propósitos comunales; la abolición del interés de los préstamos sobre las tierras y la prohibición de especular con las mismas.

20. Con el fin de proporcionar a todo alemán competente e industrioso la posibilidad de una mejor educación y promover así el progreso, el Estado abordará la reconstrucción total de nuestro sistema nacional de educación.


Y por último, el tema de los nacionalistas de derechas está tratado de una manera demasiado superficial. Muchos de ellos no apoyan la descentralización, sino la centralización en una unidad política menor. Tampoco puede tildárseles de antiliberales con semejante gratuidad.

En conclusión, se trató de un discurso netamente propagandístico con la clara finalidad de apropiarse, poco a poco, del término liberal (como ya ha ocurrido en EEUU). La principal estratagema para ello resulta errónea; no existe distinción entre redistribución y libertad económica, o ésta o aquélla.

Semejante discurso mitinero sólo pudo concluir con la afirmación de que el principal vector político es el de la dosis, la templanza, la moderación y el tempo. En otras palabras, el talante del muy liberal Rodríguez Zapatero. Bravo.
Cuestión de estrategias

Muchos consideraron inadecuado que Rothbard se aliara con los trotskistas en su oposición a la guerra de Vietnam. Más recientemente, el liberalismo europeo se ha horrorizado al contemplar como Lew Rockwell se apoyaba en elementos izquierdosos y totalitarios, como el mismísimo Noam Chomsky, para criticar a Bush y su política belicista.

A los liberales españoles, ahora, se nos plantea una disyuntiva similar. El gobierno de ZP ya ha anunciado que el referendum sobre la Constitución Europea se celebrará en febrero. En principio, los liberales, en cuanto a liberales, tenemos escasas posibilidades para tumbar este texto socialista, sin embargo una serie de elementos, una extraña conjunción de factores, pueden jugar en nuestro favor.

En primer lugar, resulta más que previsible una elevadísima abstención, en especial, entre los votantes del SI. No existe una percepción social contraria a la Constitución y, en principio, su aprobación está casi asegurada; ello desmovilizará notablemente a los electores. En cambio, los que votarán NO suelen tener motivos asentados para oponerse, con lo que parece dudoso que se queden en casa. A esto hay que añadir el escaso interés que despierta Europa entre los españoles, que se visualizó en una participación inferior al 50% en las anteriores europeas. Mas, ese porcentaje no resulta del todo representativo ya que, muchos ciudadanos acudieron a votar para revalidar o criticar al gobierno, en forma de segunda vuelta electoral.

Los votantes del NO seremos un grupo muy heterogéneo, y es en este punto donde cada uno debe decidir si quiere compartir cama con elementos tan variopintos. En un mismo frente nos encontraremos la mayoría de los liberales (no sólo por los pobres elementos liberales de la Constitución, sino también, en determinados casos, por oponerse a la UE en sí misma), los comunistas (por los "pocos" derechos sociales que contiene), los nacionalistas (por no mencionar a las "nacionalidades históricas"), los ultraconservadores (por no mencionar el origen cristiano de Europa), y un buen sector del aznarismo (por las críticas de Aznar a la Constitución franco-alemana). En otras palabras, el PSOE y la mayoría del PP contra el resto del arco parlamentario.

Visto desde esta perspectiva, la aprobación del texto constitucional no resultará tan sencillo; no digamos si esta situación se reproduce, con sus particularidades nacionales, en los 25 países de la Unión Europea. Casi con total seguridad, alguno de ellos caerá del lado negativo.

Eso sí, los liberales no hemos de perder de vista que una Constitución Europea, a largo plazo, resulta inevitable. La voluntad política por construir un leviatán titánico no se extinguirá. Si esta Constitución es derribada vendrán otras, que se someterán a su vez a reiterados referendums hasta que, finalmente, logra su aprobación. La cuestión preocupante es que, si esta Constitución no sale aprobada, es muy posible que otra posterior redacción sea incluso más restrictiva con las libertades.

Los políticos, sin dudarlo, cederán a las presiones de los grupos más izquierdistas, todavía mayoritarios, y mejor organizados, que los liberales. Si esta Constitución cae, no esperemos otra Constitución más liberal, sino todavía más socialista.

Sin embargo, personalmente, me niego a aceptar un texto que considero totalizador y socializante. Me niego a continuar con la política del mal menor, porque, en este caso, el mal no es nada menor. Votaré sin pensarlo un clarísimo NO y así lo defenderé desde todos los lugares donde tenga ocasión.

Ahora bien, tenemos que ser conscientes de que nos estamos aliando con la extrema izquierda y que, a la larga, si el bando del NO gana el referendum es muy posible que hayamos desempeñado el papel de tontos útiles de la izquierda más reaccionaria. Siempre y cuando, claro está, no consigamos que ellos sean nuestros tontos útiles, deberemos jugar bien nuestras cartas en esta cercana estrategia conjunta.

24 de Julio de 2004

Pujol, el fascista

Pilar Rahola le reprochaba en una entrevista a Aleix Vidal-Quadras que hubiera llamado fascista a Jordi Pujol. Vidal-Quadras se defendió diciendo que él nunca había utilizado tal calificativo para con el president. Pues bien, yo sí voy a hacerlo; y sin ningún tipo de miramiento ni matiz. Y no ya por su política lingüística, excluyente y uniformizadora, sino por sus ideas sobre el Estado y los políticos.

En una conferencia ofrecida en el Forrum, Pujol departió sobre "La riqueza ética de las naciones". Según el ex president, la sociedad civil persigue intereses parciales, a diferencia de los políticos, que buscan el bienestar de todos. Se trata, en definitiva, de criticar nuevamente la imagen de la mano invisible, de los vicios privados y las virtudes públicas de Mandeville.

He de decir que no me gusta en absoluto la imagen de la mano invisible; aún cuando se utiliza para describir el capitalismo salvaje, la mano invisible no puede ocultar su naturaleza puramente intervencionista, una mano que dirige a cada individuo para alcanzar el bienestar público. Incluso con ese símbolo los liberales cargamos con el fardo del control y providencia, en este casos invisibles. Sin embargo, la idea que trata de transmitir, esto es, que no existe conflicto de intereses entre los actores económicos, resulta plenamente válida. Se trata de una evidencia praxeológica, que surge de combinar la teoría del bienestar pareto-rothbardiana con el concepto de empresarialdad.

Rothbard, matizando a Pareto, concluye que el libre mercado constituye un caso de pareto-eficiencia ya que: a) nadie es perjudicado con la apropiación original, b) nadie es perjudicado con la transformación de los bienes apropiados, c) nadie se perjudica con el libre intercambio de bienes. En cambio, si tales actos son realizados por los individuos, podemos constatar que, por preferencia demostrada, obtienen un beneficio de los mismos.

Ahora bien, alguien podría concluir que, aún sin perjudicar a nadie, esta teoría del bienestar no impide que se persigan intereses parciales, como afirma Pujol. Hemos visto que nadie se perjudica, pero podría suceder que sólo unos pocos se beneficiaran, sin tener en cuenta a los demás.

Ahora bien, la construcción teórica de la empresarialidad, inaugurada por Kirzner y continuada de manera genial por el profesor Huerta de Soto, sirve para refutar semejantes asertos. En las sociedades desarrolladas, caracterizadas por la división social del conocimiento, los medios que el ser humano puede obtener para satisfacer sus fines sólo pueden ser obtenidos recurriendo a los demás. Así, el actor praxeológico debe averiguar empresarialmente cómo satisfacer a los demás para celebrar un intercambio, mútuamente beneficioso, de manera que éste satisfaga su fin, y aquél obtenga el medio que encaje en la satisfacción del suyo. El empresario que quiere obtener dinero para comprarse un Mercedes, necesita ofrecer a los consumidores aquellos productos que necesiten; el interés parcial del empresario lleva a una suerte de altruismo social. En el sistema capitalista, aquél que quiere satisfacer sus fines necesita, con anterioridad, tener en cuenta las aspiraciones de los demás.

Ésta es la demostración praxeológica de la mano invisible de Adam Smith. No existe ningún misterio semidivino, ningún resultado social inexplicable. Se trata de la libertad y de la cooperación humana que, cuando no se intenta dominar y controlar por el Estado, tiende a medrar sobre otras el pillaje y la guerra.

Pero Pujol no se ha quedado ahí. Después de lamentarse de la mala prensa de los polìticos, a excepción de en los Países Escandinavos, asegura que Lo que tiene que tener claro la sociedad civil es que no habría país sin políticos. Eso es Mussolini, señor Pujol. Todo por el Estado, todo para el Estado, nada contra el Estado. Usted ha completado el trinomio diciendo "Nada sin el Estado". Quizá sea su principal aportación al pensamiento totalitario contemporáneo; pese a no tratarse de una aportación original -eso sí, pocos se habían atrevido a proclamarlo tan alto. Sólo recoge toda la basura antiliberal que con tanto ahínco se viene cultivando en nuestra sociedad y, paradigmáticamente, en esa tomadura de pelo llamada el Fórum de las Culturas. Pujol se cree Dios, sin él ni estaríamos. Ni papá, ni mamá; el gobernante es nuestro procreador, a quien debemos máxima fidelidad. Por cierto, ¿no es ésa la misma fidelidad que exigía el PCUS a los púberes rusos para que denunciaran a sus padres contrarrevolucionarios? Si es que, al final, todo confluye.

22 de Julio de 2004

La educación es gratuita, lo dice el PP

A pesar de que voy a seguir posteando los resúmenes de las ponencias sobre el cursillo, no me resisto a publicar, de cuando en vez, comentarios acerca de otros sucesos, cuanto menos, pintorescos.

Leyendo El Semanal Digital, me entero de que se rumorea que el PSOE quiere implantar el copago en la enseñanza. El objetivo de fondo en este tipo de iniciativas es, aparte de aliviar el dispendio público del gobierno (y especialmente de este gobierno que ya ha echado mano del déficit), es concienciar a la población de que los servicios estatalizados no son gratis. La genta aprende a racionalizar su uso y a actuar con cierta responsabilidad.

En el fondo, si ello no redunda en una rebaja fiscal (y dudo mucho que lo haga) sigue resultando tan inmoral como la financiación exclusiva a través de los impuestos. Los ciudadanos seguirán siendo tratados como infantes, despojados de toda libertad para distribuir su riqueza como más felices les haga. Ahora bien, el copago, en cierto sentido, puede prender la mecha a una futura privatización de la educación, al crear pautas de comportamiento sobre las cuales se podrán edificar futuros desmantelamientos del Estado de Bienestar.

Ésta es, a mi juicio, una razonable reflexión liberal. Admito que caben muchas otras, pero el trasfondo está claro. Pues bien, ¿cuál ha sido la respuesta del partido de masas liberal (sí, me refiero al PP)? ¿Habrá juzgado la medida insuficiente? ¿La habrá atacado arguyendo que se trata de un amago para ocultar la crisis del Estado? ¿La habrá apoyado como primer paso en su supuesta estrategia gradualista? No. Estaban González Pons, conseller de Educación del Gobierno de la Generalitat Valenciana (sí, ese mismo gobierno que ha conformado el eje de la prosperidad con la muy liberal Esperanza Aguirre) considera que, en caso de adoptarse la medida no se podría garantizar la libertad de elección de los padres de centro educativo mediante una oferta pública.

Yo creía que la libertad de educación consistía en que el gobierno no interfiriera en la elección del centro educativo, no que lo avalara mediante la rapiña. ¿De qué libertad habla González Pons? ¿De la libertad de poseer unos bienes que nos son expropiados para pagar el sueldo de políticos tan inútiles como usted?

Y si faltara poco, el Semanal Digital, en su habitual línea proPP, señala que Aquella vieja amenaza socialista de que el PP quería acabar con la enseñanza pública no sólo se vio que era falsa y demagógica, sino que ahora se empieza a comprobar, por las intenciones de San Segundo, que es el propio PSOE quien le quiere poner un precio a la educación de todos los españoles. ¡Liberalizar la educación es una amenaza! Menos mal que el bueno del PP, ese partido tan liberal, nos protegió de una amenaza que ahora el malvado socialdemocrata PSOE se osará consumar.

Lo peor de todo es que se lo creen. ¡El PSOE quiere poner precio a la educación! Claro, ahora es gratis. Ni los profesores cobran, ni los constructores pasan sus facturas, las editoriales regalan los libros y el servicio de limpieza friega con mochos altruistas. ¿Cómo esperamos un giro liberal del PP si le está pasando por la izquierda al PSOE? Eso sí, con palmas y vítores de toda la comparsa mediática acrítica.

20 de Julio de 2004

Honradez y excelencia intelectual

Huerta de Soto fue, propiamente, el primer economista en hablar. Obviando la protocolaria apertura de Solbes, el primer discurso académico fue el del catedrático austriaco; el objeto de su charla fue pergeñar una génesis del liberalismo que estructuró sobre tres grandes preguntas: ¿qué es el liberalismo?, ¿cuál ha sido su evolución? y ¿cuáles son las principales líneas de investigación actuales?

A la primera cuestión, Huerta respondió con una sucinta exposición de diez principios básicos para todo liberal: la economía de mercado, el librecambismo, una moneda fuerte, el Estado de derecho, la minimización del poder del gobierno, la limitación del gasto público, una estricta separación de poderes, el derecho a la autodeterminación, la democracia y la paz mundial.

Sin duda, entre muchos liberales no existe un consenso sobre la aceptación de tales diez principios y, en especial, cómo alcanzarlos. Es posible que, ciertos liberales, crean que una moneda fuerte se alcance mediante un Banco Central fuerte e independiente, algo que, si bien es cierto comparado con un Banco Central dependiente, no lo es al lado del dinero privado.

Desde luego, también estará sujeto a polémica el derecho de autodeterminación. Hay que matizar, antes que nada, de que se trata de un derecho que recae sobre los individuos y sus agrupaciones, no sobre entidades vernáculas curtidas por la historia. Quizá los liberales, más que de un derecho de autodeterminación, deberíamos hablar de un derecho de libre organización política. En cualquier caso, todo grupo de individuos debe tener derecho a desvincularse políticamente de otro, en caso contrario estaríamos ejerciendo una injustificable represión.

Eso no significa que los individuos que se secesionen puedan imponer su organización a otros individuos sin su previa aquiescencia. Nadie habla de que Euskadi tenga que separarse en bloque de España (también entendida como bloque) sino que los vascos nacionalistas tienen el indudable derecho a desvincularse políticamente del Estado español, sin que ello implique el derecho a vincular políticamente a otros vascos. En este sentido, Huerta, tras una interpelación mía, matizó, como ya lo hizo tiempo atrás Hoppe, que el derecho de autodeterminación quedaba, obviamente, supeditado a su ulterior reconocimiento por los secesionados. Este punto lo ilustró con su ya célebre anécdota sobre Jordi Pujol, quien, en cierta ocasión, fue a felicitarle por sus teorías secesionistas. Huerta, empero, le replicó que sus teorías significaban que también Valencia, Baleares o Gerona podían separarse de Cataluña, a lo que Pujol dijo: Oiga, esto ya no puedo aceptarlo.

Por último, aunque Huerta no lo hizo, resulta conveniente matizar cinco de sus principios liberales fundamentales, en concreto aquellos que denotan una organización política estatalista. Que el liberal defienda el Estado de derecho, no significa, en mi opinión, que el Estado deba monopolizar el derecho, sino que debe existir un derecho universalmente aplicado bajo una misma jurisdicción. Gobierno mínimo puede entenderse como gobierno nulo, y limitación del gasto público, como eliminación. De la misma manera, la separación de poderes y la democracia sólo serán principios liberales cuando exista un Estado. Mas, el Estado no es un dogma liberal y, por tanto, estos son principios liberales condicionados.

En segundo lugar, Huerta trazó una evolución histórica del liberalismo. Data su nacimiento en la Atenas de Pericles (donde, según Tucídides: "La libertad que disfrutamos en nuestro gobierno se extiende también a la vida ordinaria, donde lejos de ejecer éste una celosa vigilancia sobre todos y cada uno, no sentimos cólera porque nuestro vecino haga lo que desee") y en el desarrollo fundamental del derecho a la propiedad por el pueblo romano; derecho que derivaba su grandeza de no haber sido planificado por ningún hombre en exclusiva, sino a través de una serie de siglos y generaciones (como señalaba Catón).

Posteriormente, en la Edad Media, el tomismo descubrió unos derechos naturales, anteriores y superiores al gobierno. Esta tradición fue proseguida por la Escuela de Salamanca que, al deliberar en los confesionarios sobre la moralidad de las acciones de los feligreses, anticipó los principales descubrimientos de la Escuela Austriaca en varios siglos. Así, Diego de Covarrubias expuso la teoría subjetiva del valor ("el valor de una cosa no depende de su naturaleza objetiva sino de la estimación subjetiva de los hombres, incluso aunque tal estimación sea alocada"); Luis Saravia de la Calle entendió correctamente la imputación del valor, de manera que son los precios los que determinan los costes y no a la inversa ("Los que miden el justo precio de la cosa según el trabajo, costas y peligros de que trata o hace la mercadería yerran mucho; porque el justo precio nace de la abundancia o falta de mercaderías, de mercaderes y dineros, y no de las costas trabajos y peligros"); Jerónimo Castillo entendió que los precios de los productos bajarán con la abundancia, emulación y concurrencia de vendedores; Juan de Lugo y Juan de Salas anticiparon la imposibilidad del socialismo al señalar que el precio depende de tan gran cantidad de circunstancias específicas que sólo Dios puede conocerlo.

Huerta hizo mención especial al gran liberal español de la Edad de Oro, el padre Juan de Mariana, quien justificó el tiranicio cuando se establecieran impuestos sin el consentimiento de los ciudadanos o cuando se envileciera la moneda. Además, siguiendo la linea de Juan de Luego y Juan de Salas, señaló que el gobierno no podía organizar a la sociedad pues es gran destino que el ciego quiera guiar al que ve y advirtió que "cuando las leyes son muchas en demasía; y como no todas se pueden guardar, ni aun saber, a todas se pierde el respeto".

No obstante, la continua política monárquica española en contra de semejantes principios, la Reforma protestante que socavó la autoridad de la Iglesia para limitar el poder de los Estados y, sobre todo, la aparición de Adam Smith que al abandonar el subjetivismo, despreciar la función empresarial e introducir el equilibrio, impregna la ciencia económica de todos aquellos defectos sobre los que Marx ideará su teoría de la explotación. De hecho, la escuela clásica concluye con la apostasía del laissez-faire por parte de Mill.

Con estas fundaciones teóricas, no parece extraño que el siglo XX se convirtiera en el siglo del estatismo y del totalitarismo, a pesar de que en los últimos 25 años se está produciendo una gradual apertura liberal debido a tres razones fundamentales: la regeneración moral que llevaron a cabo Reagan y Thatcher, el resurgimiento de la Escuela Austriaca (en especial, gracias a Mises y Hayek) y la caída del muro de Berlín, evidenciando las tesis misianas.

Huerta matizó, además, que el liberalismo combina la eficiencia y la justicia. Toda acción que viole los principios generales del derecho resulta ineficiente. Aparte, recalcó que la mejor denominación para "economía de mercado", a pesar de haber sido históricamente denostada, es capitalismo, pues viene del latín (caput -tis, esto es, cabeza) De esta manera, la afirmación de Michael Novak según la cual, la forma primaria de capital es la mente, cobra todavía más significado, incluso se vuelve redundante.

Finalmente, destacó las principales líneas de investigación de los pensadores liberales. La primera la privatización del dinero y eliminación de los bancos centrales; la segunda, las consideraciones éticas de la economía (tal como expone en su teoría de la eficiencia dinámica); y, por último, se refirió al desmantelamiento del Estado, es decir, al anarcocapitalismo, trazado ya en el s. XIX por el francés Gustave de Molinari.

Hay que decir, que Huerta se mostró especialmente optimista con el resurgimiento del liberalismo en España. Optimismo popperiano, creer que hoy podemos asentar, o estamos asentando, las bases para un mejor mañana. En cualquier caso, se trató de una conferencia excepcional, llena de entusiasmo que conquistó a gran parte de los asistentes. Todo un paradigma de honradez y excelencia intelectual.

18 de Julio de 2004

Algunos muros todavía no han caído

La ponencia de Solbes fue, como el personaje parecía indicar, soporífera; probablemente, el discurso más insustancial de a cuantos asistimos. De ahí que su detallada exposición no resulte del todo relevante. Aún así, quiero destacar algunos de los errores en los que incurrió, dado que, al fin y al cabo, suelen ser habituales en multitud de economistas de laboratorio.

El primero de ellos se produjo al referirse a las características del capitalismo y, en concreto, al establecer la tajante distinción entre éste y el mercado. El corte carece de fundamento; ciertamente, el mercado puede sobrevivir en el marco del socialismo (mercado negro), y, en este sentido, el general reconocimiento del mercado como marco de la economía podría denominarse capitalismo. Pero este tipo de rígidas diferenciaciones acarrea problemas; podría argüirse que el socialismo no es una imposibilidad teórica si se combina con el mercado negro.

En mi opinión, el mercado negro vendría a ser un sistema capitalista en la sombra, donde los derechos de propiedad son reconocidos entre las partes, aunque el Estado los persiga. Allí donde el mercado no impere, donde la propiedad no exista, estaremos ante el socialismo, pero es vano referirse a sistemas como marcos genéricos. ¿Es España una economía capitalista? Focalizando la atención en el sector turístico probablemente, pero atendiendo a la provisión de justicia, sin duda no lo es. El mercado y, por ende el capitalismo, existe donde concurra la voluntad privada y la libre voluntad de las partes.

El siguiente error fundamental que, conscientemente o no, cometió Solbes fue hablar de la construcción del dinero y del empresario. Ni el dinero fue creado, pues surgió de un proceso de descubrimiento evolutivo, ni la idea del empresario fue construida, pues constituye un faceta categórica del comportamiento humano.

Claro que la mayor perla de Solbes fue hablar de la muerte del capitalismo durante la crisis del 29, "existe un consenso al respecto", señaló. Imagino que Solbes, o el autor de su ponencia, no se habrá leído el America's Great Depression. Peor que eso, es muy posible que ni siquiera conozca su existencia y la sana discrepancia intelectual que inocula en el cerrado debate academicista; o incluso peor, puede que Solbes, en un intransigente fundamentalismo anticapitalista, ignore e impida conscientemente la difusión de cualquier sólida crítica a su simplista tesis izquierdista. Por suerte, Huerta de Soto, el siguiente en intervenir, recordó la inexistencia de un "consenso" al respecto. El 29 supuso (o debería haber supuesto), en todo caso, la muerte del intervencionismo monetario de los Bancos Centrales.

En cualquier caso, Solbes continuó su argumentación señalando que tras la crisis del 29 se produjo una portentosa expansión del Estado, cuyos objetivos iban a ser controlar las palancas de la economía y ¡evitar el imperialismo y la guerra!

No me cabe duda de la primera pretensión; el keynesianismo, con sus risorios modelos agregados, creyó con inocente criminalidad, que la economía, esto es, la vida de millones de personas, podía ser controlada con la facilidad con que se accionaban unas palancas. Se trata de una suerte de mecanicismo lingüístico que induce peligrosamente al intervencionismo del gobernante sabio. Las palancas están para ser pulsadas, en ausencia humana de poco sirven.

La segunda función que Solbes atribuye al megaEstado rooseveltiano de aquellos años es, simple y llanamente, de juzgado de guardia. No ya porque todas las guerras sean causadas por Estados, y en concreto por Estados fuertes, sino porque, pocos años después del 29, acaeció la II Guerra Mundial. Si ésas eran las funciones del Estado mastodóntico post29, podemos concluir que se trata de unos de los fracasos más sonoros de la historia de la humanidad.

Fracaso que los keynesianos sólo entrevieron durante la crisis del petróleo con la ayuda de teóricos neoliberales como Hayek y Friedman. No voy a hacer comentarios sobre este punto, aunque, desde luego, incluso por rigor teórico, deberían empezar los socialistas a distinguir entre Hayek, Friedman y sus distintas escuelas. La pretensión de equipararlos, no sólo denota ignorancia acerca de sus diferencias, sino que entronca perfectamente con el deseo socialista de meter todo el liberalismo en la misma bolsa de la basura.

Y con esta indefinición y desequilibrio ideológico, acaeció el colapso del Muro de Berlín. Según Solbes, el muro de Berlín no supuso ni debe suponer una revisión de la socialdemocracia. Parece que, al menos, a Revel sí que lo conoce. La caída del muro y el desmantelamiento de la URSS constituyen, en realidad, la evidencia empírica que muchos necesitaban para corroborar la imposibilidad del socialismo ya expuesta por Mises 70 años antes. El socialismo, ya hemos dicho antes, supone la inexistencia de propiedad privada en determinados ámbitos; el comunismo soviético universalizó estos ámbitos, la socialdemocracia europea los restringe, pero su imposibilidad sigue en pie. Y con imposibilidad no me refiero, lógicamente, a inmaterialización sino a incapacidad para dar respuesta a los deseos de los consumidores. El socialismo, y la socialdemocracia, fracasaron. Ni tan siquiera Solbes, con su mascarada discursiva, puede ocultar semejante extremo.

El vicepresidente tuvo, en cualquier caso, que efectuar ciertas concesiones. Reconoció que la globalización es positiva y desarrolla las economías nacionales; pero matizó que ataques contra el Estado, como los ejecutados por Thatcher, son demasiado exagerados. El Estado es un garante de la solidaridad y, por tanto, tal y como se está comprobando últimamente, no sólo debe continuar existiendo, sino que debe expandirse.

El tema de la solidaridad, pese a haber insistido en él severas ocasiones, sigue pareciéndome indignante. Si Solbes me roba el dinero y se lo entrega a otro, Solbes no está siendo solidario; ni tan siquiera yo lo estoy siendo, porque mi supuesta acción solidaria no ha surgido de mi libre voluntad. Los actos coactivos no pueden tildarse ni de solidarios ni de insolidarios; esa carga moral surge de la libre voluntad humana. Cuando no es libre, es inútil enjuiciarla con tales patrones.

El recurso a la comprobación empírica de la necesidad de más Estado también se las trae. No ya porque, dada la teorización sobre el cálculo económico, toda subsiguiente pantomima especulativa sea improcedente, sino porque, incluso atendiendo a los hechos concretos, sólo unos anteojos auténticamente rojos podrían conducir a semejante disparate.

Más poder para el Estado, más poder para gente de este tipo. Conmigo que no cuenten, aunque imagino que con su rodillo socializante, poco les importan las opiniones individuales.

17 de Julio de 2004

De vuelta

Tras varios días de éxtasis liberal he vuelto con fuerzas renovadas. Durante los próximos días iré resumiendo y, mayormente, criticando las ponencias a las que asistí. He de señalar que el cursillo, salvo por nímios detalles, fue excelente, así como casi todos los oradores. Por no hablar, claro está, de la magnífica gente que, entre los asistentes, se conoce en este tipo de eventos.

La intención de ir publicando los resúmenes de las ponencias, algo similar a lo que hice con la charla de Hoppe en Madrid, es, como siempre, suscitar y abrir el debate sobre los temas tratados.

Mañana, si las autoridades (nunca mejor dicho) y el tiempo lo permiten empezaré con la de Solbes. Todo un compendio de ignorancia y prejuicios anticapitalistas; del negro, claro.

9 de Julio de 2004

Otra forma de robar

El gobierno socialista ha consumado el robo, ya iniciado por el PP, para favorecer a los titiriteros con el dinero ajeno; concretamente, se les quita un 5% de los ingresos generados por las televisiones, conseguidos a través de su gestión satisfactoria de las necesidades ajenas, y se les da a un séquito de inútiles.

Una vez más, estos actorzuelos de tres al cuarto, incapaces de ganarse la vida satisfaciendo a los demás, necesitan incumplir el séptimo mandamiento. De nuevo, recurren a la vil estratagema de apoderarse a través del Estado del dinero de los demás. ¿No tenían suficiente con encarecer el precio de sus competidores? Parece que no; echar mano a la caja ajena es más sencillo que montar una película de su gusto y agrado.

Encima, Mercedes Sampietro, directora de esta Academia de malas artes, tiene la escasa vergüenza de sentenciar que su objetivo es hacer mejor cine, con más medios y ayudas. Falso. Vuestro único objetivo es enriqueceros. Los cineastas nunca han pensado en hacer buen cine, precisamente porque prefieren robar a los demás su dinero antes que atraerlos. Sus pésimas películas son sólo un pretexto para alcanzar un cierto ascendiente y reconocimiento social que les permita autoconsiderarse la "intelectualidad", para así presionar al gobierno y recibir el dinero de los demás. Las películas son un trámite. De hecho, los cineastas se están convirtiendo en funcionarios; se consideran tan sobradamente valiosos que deben cobrar por ello, independientemente del producto ofrecido y de la voluntad de cada propietario. Quieren vivir a costa de los demás, no por los demás, no para hacer mejor cine.

Pepe Sancho, otro enganchado a chupar del bote de la Televisión Pública, ha manifestado que: Lo importante es que se les exija a las televisiones el cumplimiento a rajatabla, porque si sólo se le ponen multas, las televisiones las pagarán pero seguirán invirtiendo en cine extranjero, no local. Vamos, que molesta que el botín se lo lleven otros; lo importante es que el crimen finalmente sea efectivo y cumpla con su móvil.

Entiendo que la gente, transitoriamente, se aproveche del Estado; solicite ayudas cuando las haya o viva del sueldo de funcionario. Lo entiendo, porque no puede esperarse otra cosa; el robo ya ha tenido lugar, en cualquier caso no volverá a sus legítimos propietarios. Sin embargo, me repatea esta gente que se cree con el derecho a obtener ese dinero y que, además, presiona para que el montante del robo público aumente. ¿Quién se han creído que son? ¿Miembros de una casta superior? ¿Dioses o semidioses? ¿Los sabios platónicos? Con razón a la izquierda no le gusta el mercado; eso de competir por satisfacer mejor a las personas es incómodo, ¿Por qué beneficiarles si puedes perjudicarles? ¿Por qué aumentar su satisfacción si puedes robarles el dinero? ¿Por qué reprimir los más oscuros instintos humanos cuando se cuenta con el respaldo moral de una buena parte de la población?

7 de Julio de 2004

Perversiones del lenguaje

Estaba oyendo a Solbes en CNN+ y, aunque sus palabras sean expresiones comúnmente usadas, no por ello han dejado de chirriarme los oídos.

El ministro de Economía ha hablado acerca de la necesidad de combatir el fraude fiscal. Yo que sigo creyendo que el fraude es robar y no evitar ser robado, no puedo más que rechazar semejante terminología. Entiendo que, desde una postura relativista, sólo se considere fraude aquella desviación de los mandatos legales, esto es, aquella desviación de la voluntad del Estado. Sin embargo, la manipulación del lenguaje no puede llegar tan lejos. El estigma no debe recaer sobre el que defiende su propiedad, sin violencia alguna, sino en todo caso sobre los que utilizan, como las mafias, más recursos extorsionadores para doblegar su voluntad.

En todo caso, he de reconocer que el momento más gracioso se ha producido cuando Solbes ha dicho que: "Tendremos que hacer un gran esfuerzo para afrontar todas las promesas de gastos" Pobre gobierno, me lo imagino trabajando de sol a sol para conseguir pagar SUS promesas. Qué bonita es la prodigalidad con el dinero ajeno. Increíble.
El sindicalista carcelero

En una reciente entrevista José María Fidalgo, secretario general de Comisiones Obreras, destacaba la necesidad de que las administraciones públicas fueran "exigentes" e impidieran que algunas empresas se trasladaran a países donde los costes laborales fueran menores. Resultaba intolerable, en opinión del líder sindical, que después de haber favorecido con nuestros impuestos su implantación en España desaparezcan a las primeras de cambio.

La izquierda cree haber encontrado la clave del progreso económico: se atrae a las empresas con el anzuelo de las ventajas fiscales y luego, una vez capturadas, se las retiene como si de una presa de caza se tratara.

Original; ahora resulta que el socialismo quiere retener a los otrora explotadores capitalistas. Uno creía que, siguiendo a Lenin, debían ser exterminados y masacrados, pero parece que, a priori, no. En casa, mejor que mejor.

Sin embargo, resulta del todo inmoral e irracional que los políticos concedan ayudas públicas -que no sean una simple y llana reducción de impuestos- a las empresas. En lugar de transferir dinero de manera arbitraria, que se lo devuelvan a sus legítimos dueños -véase los ciudadanos- y que éstos lo gasten en aquellas empresas que mejor satisfacen sus necesidades.

Por otro lado, las migraciones de capital crean puestos de trabajo en países pobres, donde la productividad es escasa, y a la postre, incrementan los salarios y desarrollan esos países. En lugar de esperar a que todo ese capital se reproduzca, lo obtienen en pocos años.

Pero esto no le gusta a la izquierda, prefiere que Occidente siga engordando, con eventuales dádivas gubernamentales del 0'7%, untadas con demagógica retórica altermundista, y que el Tercer Mundo siga siendo pobre. Éste es su concepto de solidaridad.

En definitiva, a los socialistas de izquierdas y de derechas les molesta que las empresas huyan de España, dejando a cientos de familias en la estacada, porque saben que, en definitiva, ellos son los culpables de esa situación.

La causa de nuestra pérdida de competitividad no es otra que el marasmo de regulaciones y trabas a la libertad impuestas por los burócratas. El corsé de los salarios mínimos, de los convenios colectivos, de la manirrota Seguridad Social o de la usura fiscal estrangula la libertad de Occidente y le impide adaptarse a los cambios. Los políticos lo saben y culpan al mensajero, todo un logro.

La única solución que se le ocurre a la izquierda no es hacer pedazos esa camisa de fuerza que supone el Estado de Bien-Mal-Estar, sino convertir España en una cárcel para los empresarios; un campo de trabajos forzados. Santiago y cierra España. Lo llevan en la sangre. Tan pueril, como inútil.

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