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Todo un hombre de Estado: Enero 2010

29 de Enero de 2010

Pobreza, el rendimiento de la izquierda
Acabo de escribir una columna de opinión sobre la propuesta de reforma de las pensiones públicas:
En apenas dos años han desaparecido más de dos millones de puestos de trabajo y millón y medio de cotizantes forzosos a ese sistema fraudulento de la (in)Seguridad Social. Un proceso de putrefacción acelerado por la crisis pero cuyas bases siempre estuvieron condenadas a descomponerse. De no haber sido por el respiro transitorio que proporcionaron millones de inmigrantes, la despensa se habría quedado vacía años ha. El milagro económico español en puridad nunca ha existido ni nunca se producirá: fue un puro placebo, una estafa más añadida a una montaña de mentiras. Convendría basar la política más en la ciencia y menos en la fe: lo de multiplicar los panes y los peces está bien para Jesucristo, pero nunca estuvo al alcance de nuestros burócratas. Malvados ellos por medrar mediante la propaganda; ignorantes aquellos que les creyeron y los auparon al poder.

Mejor no hablar hoy de la alternativa que PSOE y PP, PP y PSOE, y tantas otras siglas que actúan como recipientes del pensamiento socialista, se han dedicado con fruición a desprestigiar, marginar y atacar: sería demasiado doloroso recordar en este día que con una
sociedad de propietarios los ciudadanos medios podrían jubilarse a entre los 40 y los 50 años con rentas muy superiores a las pensiones públicas.
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25 de Enero de 2010

¿Qué pasó en Islandia?
En el número 41 de la Ilustración Liberal escribí un breve relato de la crisis financiera de Islandia de finales de 2008 y cómo encaja en un contexto de brutal expansión del crédito en un sistema de dinero fiduciario:
Casi el 70% de la deuda de los bancos islandeses había sido concertada en moneda extranjera, especialmente euros, dólares, libras y coronas noruegas. Parte de esa deuda se había vuelto a prestar a extranjeros (los bancos islandeses actuaban en este caso como simples intermediarios financieros internacionales), pero otra porción muy significativa (unos 2,5 billones de coronas islandesas, casi dos veces el PIB de la isla) había ido dirigida a préstamos internos.

Este encaje de bolillos salta por los aires cuando quiebra Lehman Brothers y el pánico se extiende por todos los mercados financieros del mundo. A partir de ese momento, el crédito se restringe de manera muy considerable y los tres grandes bancos islandeses –el Glitnir, el Landsbanki y el Kaupthing– entran en quiebra, a raíz de lo cual pasan a ser controlados por el Estado. Si hubieran dispuesto de créditos a corto plazo, habrían podido hacer frente a sus obligaciones a corto, o, en caso de que hubieran tenido sus deudas a corto en moneda nacional, el banco central podría haber refinanciado sus operaciones durante un tiempo. Pero como no era ninguno de esos casos, se veían forzados a vender sus activos a largo plazo en moneda nacional para acudir con las resultas a los mercados internacionales de divisas para obtener moneda extranjera a un precio cada vez más alto (ya que necesitaban comprar grandes cantidades de moneda extrajera de manera inminente, y además la expectativa era que la corona se siguiera depreciando). Con lo cual sus activos sufrían un doble recorte: el descuento derivado de vender en grandes cantidades activos a largo plazo y el descuento derivado de convertir apresuradamente el dinero de esa venta en moneda extranjera. Ese doble recorte daba lugar, necesariamente, a su bancarrota.
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13 de Enero de 2010

Mr. Bernanke: los responsables son ustedes
Hoy he publicado en Libertad Digital un artículo donde doy respuesta a la charla que dio Bernanke para defender la gestión de la Fed durante el boom crediticio:
Lo grave, o lo más grave, no es esto, ya que hoy en día casi todos los economistas que realizan este tipo de estudios viven directa o indirectamente de los bancos centrales, sino la propia endeblez de los supuestos sobre los que se asienta el trabajo. Si el modelo econométrico empleado busca relaciones históricas estables entre los tipos de interés y el precio de la vivienda, ¿qué sentido tiene dar un valor esperado a los precios de la vivienda en función de unos tipos de interés que no se habían dado jamás en la historia? Mejor dicho: entiendo qué sentido tiene hacerlo desde un punto de vista matemático, en el que se supone que las relaciones funcionales entre dos variables son estables o cambian de una manera conocida, pero no desde un punto de vista económico, que debería tener presente que los tipos de interés se redujeron tanto como fue necesario para estimular una economía en recesión mediante la creación de una burbuja inmobiliaria. Si obviamos el hecho de que no todos los descensos de un punto en los tipos de interés estimulan tanto la demanda de endeudamiento y que la Fed colocó las tasas a unos niveles que le permitiera crear un boom crediticio artificial (fueran éstas cuáles fueran), entonces el estudio econométrico deviene pura filfa.

Las torpes decisiones de los bancos privados
eran perfectamente racionales si la economía hubiese seguido creciendo, si los precios de la vivienda hubiesen seguido subiendo y si el desempleo se hubiese mantenido en niveles bajos; esto es, si el boom artificial generado por la política de dinero barato de la Fed no se hubiese interrumpido en 2005. Los impagos a partir de 2006 se disparan no tanto porque los deudores de los bancos fueran subprimes, sino porque cuando la economía se estanca, los deudores marginalmente menos solventes son siempre los primeros en ahogarse.
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11 de Enero de 2010

Réplica a Kantor sobre el capital y el proceso productivo
Kantor ha escrito un interesante post respondiendo a mis tres artículos sobre la teoría del capital. En su opinión, la teoría austriaca del capital tiene sus puntos fuertes pero también sus puntos débiles. A saber: el concepto hayekiano de estructura productiva.

Me temo que mucho habría que hablar a este respecto, y desde luego las debilidades del modelo hayekiano proceden de dos rasgos que en absoluto son austriacos: a) la división tripartita de origen smithiano entre tierra, trabajo y capital y b) la obsesión de Hayek por traducir el modelo böhm-bawerkiano de la estructura productiva a términos walrasianos (de equilibrio general).

Aun así, los problemas que apunta Kantor no están del todo relacionados con éste, sino con el concepto de "lejanía del consumo" y su relación con los bienes intermedios y los bienes de capital fijo. En realidad, la crítica de Kantor tiene más que ver con hacer de mosca cojonera (dicho sea con cariño) que con plantear críticas a un modelo que sabe sólido, porque él mismo se responde en la anotación.
Pero bueno, sólo unas notas para aclararlo.
  1. Los sectores más alejados de la estructura productiva son aquellos que efectivamente tardan más tiempo en madurar en bienes de consumo. Y como es lógico, esa distancia no se medirá ni en kilómetros ni en yardas, sino en tiempo.
  2. La distinción que efectúa Kantor entre bienes de capital fijo y bienes de capital intermedio (imagino que querrá decir bienes de capital circualnte) es puramente artificial y procedente de los balances contables aunque también aquí la distinción en contabilidad entre capital fijo y circulante también depende de su tiempo de conversión en efectivo). La imagen de unas tuberías por cuyo interior discurre el flujo de bienes intermedios es adecuada sólo si tenemos en cuenta que el grosor de esas tuberías puede verse modificado secando transitoriamente el flujo que pasa por su interior y que llega al grifo de los hogares. Esto es, existe un trade-off entre formas de inversión (capital fijo-capital circulante) según su capacidad y tiempo para madurar en bienes de consumo.
  3. Esta idea está muy claramente recogida en la llamada ecuación de Dupont. Según esta ecuación, el ROA de una industria es igual a la velocidad de rotación del capital por su margen de beneficio neto (también por su grado de apalancamiento, pero podemos obviar esto aquí). La rotación del capital reflejaría la duración de una industria a la hora de transformar su producción en efectivo (no necesariamente en bienes de consumo). Una menor rotación del capital implica un uso más intensivo del mismo, en la medida en que sólo una pequeña porción de la inversión inicial se convierte en producción año a año. También por esto, ante un estrechamiento de los márgenes de beneficio (típico de un proceso deflacionario) las empresas han de responder incrementando esos márgenes a través de un uso más intensivo del capital, lo que reducirá la rotación (esto es en definitiva lo que Hayek denominó Efecto Ricardo). Es la tendencia a la igualación de los distintos ROA de las distintas industrias lo que asegura una armonía entre el marge de beneficios y la duración de los procesos productivos en cada una de ellas.
  4. La reducción artificial de los tipos de interés tiene un efecto esquizofrénico sobre la estructura productiva, ya que por el lado de los tipos de interés incentiva a lograr un uso más intensivo del capital (incrementa el valor presente de los flujos de caja más alejados temporalmente) y por otro un uso menos intensivo del capital (ya que la inflación al aumentar los márgenes de beneficio incrementa los ROA proporcionalmente más en las industrias con una mayor rotación del capital).
  5. La distinción que opone Kantor entre soberanía del consumidor y del ahorrador/inversor es también puramente artificial. Las bajas rentabilidades que obtienen los inversores (los altos PER) son compatibles con la preferencia temporal de los inversores que han aceptado esos PER. El problema es que esos PER tan altos van a entrar en competencia con otros PER mucho más bajos en las industrias del consumo (precisamente porque no han madurado suficientes bienes de consumo en el tiempo adecuado o, simétricamente, porque no se han liberado suficientes factores productivos en las industrias cercanas al consumo o, dicho de otra manera, porque no se destinan suficientes factores a incrementar la rotación del capital) que a la postre hará que tengan que abandonarse los primeros (por su incapacidad para seguir atrayendo capital). Y esto es así, porque las ventas de los capitalistas más alejados del consumo dependen de las compras de los capitalistas en un nivel más cercano al mismo que en última instancia dependen de los consumidores. Si éstos no están satisfechos, las rentabilidades se trastocan.
  6. La teoría austriaca no requiere del pleno empleo, como se sugiere en los comentarios (y como han afirmado diversos autores filoaustriacos). Salvo por el papel coordinador que pueda tener el crédito a la hora de crear riqueza, contratar un factor productivo a través de la inflación del crédito supone concederle un poder adquisitivo mayor superior a su productividad marginal descontada, esto es, capacidad para rebajar artificialmente los tipos de interés (si presta en el mercado de crédito) y de poner fin endógenamente a esa expansión de la producción (ya que adquiere el derecho a retirar más bienes de consumo de los que él contribuye a crear).

10 de Enero de 2010

Luis de Guindos reivindica la teoría austriaca del ciclo
Luis de Guindos, ex secretario de Estado de Economía y ex presidente de Lehman Brothers España-Portugal, ha escrito un muy interesante artículo en El Mundo reivindicando la teoría austriaca del ciclo económico. Extracto algunas partes:
Si en un momento dado el tipo de interés de mercado es inferior al que resulta del esquema de preferencias temporales, que podemos denominar tasa natural, como consecuencia de una política monetaria demasiado relajada, entonces los empresarios alargarán sus procesos de producción, invirtiendo masivamente en las fases iniciales de dichos procesos. Esto produce, en primera instancia, una situación de euforia, que acaba desembocando en una recesión cuando los empresarios se dan cuenta finalmente de que dichos planes de producción están descoordinados de las preferencias de los consumidores.

La teoría austriaca sería perfectamente aplicable, por ejemplo, a lo que ha sido el ciclo de la vivienda en España en los últimos años. La existencia de unos niveles muy bajos de tipos de interés, y la creencia de su permanencia, llevó a una expansión de la construcción residencial, iniciándose muchas más viviendas de lo que era estrictamente necesario en función de la demanda existente. Por decirlo de otro modo: iniciamos en los últimos cinco años las viviendas que teníamos que haber construido, al menos, en una década, y hoy nos encontramos con un stock enorme de pisos sin vender. De este modo, se pasa de una situación de euforia a otra de depresión cuando los promotores se dan cuenta de que sus planes de construcción no van a coincidir con la demanda solvente de vivienda durante un período sustancial de tiempo.

La salida fácil a una situación de este tipo es aplicar una política de estímulo de naturaleza keynesiana, que adelante más gasto del futuro al presente, vía bajadas adicionales de tipos de interés, gasto público adicional e incentivos fiscales de carácter temporal. Sin embargo, aplicar una salida keynesiana a un problema austriaco constituye una especie de huida hacia adelante, que nos permite salvar la situación en el corto plazo a costa de aumentar los problemas en el futuro.

La única solución verdadera para los austriacos es reconocer que se han cometido errores y depurar los excesos de valoración y de inversión cometidos durante el período de euforia, retornando a una situación de tipos de interés que refleje el esquema de preferencias temporal de los individuos. Se trata de un debate similar al que mantuvieron hace más de 70 años Hayek y Keynes. Entonces, el vencedor a corto plazo fue el economista británico, aunque a medio plazo se acabó poniendo de manifiesto que la razón estaba del lado del austriaco.

8 de Enero de 2010

La transparente burla de los políticos
Siguiendo con la línea de argumentación del artículo de El Cato, hoy publico en Libertad Digital una columna sobre el reciente escándalo de AIG (por cierto, para saber más sobre este tema, se puede leer la sección que le dedicamos en el Observatorio de Coyuntura Económica al rescate de AIG):
No me interesa ahora tanto valorar la conveniencia de estas propuestas, sino reflejar la credibilidad que nos deberían merecer quienes las lanzan. En primer lugar, la Fed lleva meses resistiéndose con uñas y dientes a ser auditada para incrementar su transparencia, tal y como ha promovido el congresista Ron Paul en una proposición de ley. El sagrado dogma de la independencia de los bancos centrales –falsa independencia, como puede apreciarse en el caso de la Unión Europea, donde un más o menos independiente Trichet no deja de recibir críticas y presiones por parte de quienes se llenan la boca al hablar de independencia– parece justificar que puedan ejercer uno de los más poderosos y nefastos monopolios que existe –el de la política monetaria, tal y como ya denuncia Hayek– casi con total opacidad.

Los mismos que piden más y más poderes para forzar a las empresas a que sean más transparentes –los Bernanke, Geithner o Kohn de turno– son los mismos que a la hora de la verdad quieren ocultar la información que les interesa a los ciudadanos. En otras palabras, no se trata tanto de ganar poder frente a las grandes corporaciones para utilizarlo a favor del pueblo, sino de obtenerlo en su propio beneficio para racionar la información y manipular al pueblo.
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