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Todo un hombre de Estado: Agosto 2006

28 de Agosto de 2006

Estar de moda

Hoy he escrito en el Instituto Juan de Mariana sobre las modas: cuál es su función y para qué nos sirven. Especialmente recomendable para los antiliberales galbraithianos.

Lejos de cercenar la libertad del hombre, la moda le permite participar y aprovecharse de un fantástico mecanismo de coordinación social.

Sólo necesitamos conocer cuál es la moda en cada ámbito concreto (vestimenta, aficiones, deportes…) para maximizar nuestras probabilidades de relacionarnos con otras personas; es decir, sé que la moda será la manera por la que agradaré a un mayor número de personas. Por ejemplo, si queremos regalar una flor a alguien que no conocemos de nada (o a alguien cuyos gustos sobre flores no conocemos), seguramente optemos antes por una rosa fresca que por una marchita, porque la mayoría de la gente las prefiere así.

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24 de Agosto de 2006

El gasto público nos empobrece

El posteo de mi respuesta a Isidoro interrumpió una más o menos interesante discusión que estaba manteniendo con en los comentarios de otra anotación con Francisco Agenjo de Socialdemocracia.org (a quien ya he fiskeado en otras ocasiones: I y II).

Los motivos de discusión eran variados, pero en todos ellos radicaba el mismo problema: la profunda incomprensión por parte de Ajenjo sobre qué es la riqueza.

Recapitulemos un poco antes de empezar. Agenjo afirmó que sería mejor que el gobierno dedicara el gasto presupuestario de la renta básica a la creación de riqueza.

Yo le objeté que la riqueza es un concepto enteramente subjetivo, ya que consiste en una fuente generadora de un flujo continuo de medios (renta) para satisfacer los fines humanos más importantes. La riqueza no nos permite satisfacer directamente nuestras necesidades, pero nos proporciona los medios que sí lo harán (tanto como corriente de bienes o de servicios).

Según Agenjo, sin embargo, riqueza es todo aquello que mejora la vida de la gente. No sólo aquello capaz de producir renta, porque hay cosas que no producen renta, como los sentimientos y el amor que para mí son riqueza.

Agenjo está tan metido en el paradigma neoclásico que ha confundido –supongo que de manera inconsciente- renta con renta monetaria. Los sentimientos y el amor sí producen una renta de servicios, concretamente de servicios de afectuosidad. El amor proporciona algunos de los medios que los seres humanos necesitan para ser felices –muestras de cariño, caricias, besos…- y por ello los seres humanos tratan de conservar la llama del amor (al menos cuando ello no implica renunciar a fines que valoran más que el amor; de ahí provienen parte de las rupturas, la negación a renunciar a parte de uno mismo a favor de la otra parte). De hecho, en cierto modo el amor también puede ser “producido”: se llama cortejo y seducción. La producción del amor es distinta a la de un bien manufacturado, ya que no es un proceso mecánico, sino donde la planificación debe ser flexible y adaptable; no requiere estructuras productivas fijas, sino una serie de acciones humanas y de comportamientos correctamente enfocados.

En definitiva, para un individuo el amor será riqueza en tanto le proporcione los medios para una continuada satisfacción de sus necesidades. En ese sentido, Agenjo se equivoca.

Sin embargo, la magnitud del error es mayor por la segunda implicación de su oración: riqueza es todo aquello que mejora la vida de la gente. El problema de esta afirmación es que puede ser fácilmente malinterpretada: la vida de la gente puede mejorar empobreciéndola. Por ejemplo, imaginemos que tengo 500 euros y estoy dudando entre comprarme un televisor o una lavadora. Finalmente opto por la lavadora porque creo que me será más útil; pero una vez adquirida el gobierno me la intercambia coactivamente por el televisor.

En este caso es evidente que soy más pobre, ya que he pasado de tener una lavadora (medio más valorado) a un televisor (segundo medio más valorado). Pero aquí el televisor mejoraría mi vida, ya que estoy mejor con él que sin él. El gobierno me ha empobrecido, pero mi vida mejora con respecto a una hipotética situación donde no tuviera televisor.

De ahí que sea importante retener que la acción humana se dirige a satisfacer los fines prioritarios del ser humano y que la creación de riqueza deberá necesariamente adaptarse a la satisfacción de esos fines prioritarios.

Ahora analicemos la propuesta de Agenjo de destinar una parte del gasto público a crear riqueza, como, por ejemplo, en la investigación de células solares mas eficientes, o en la creación de una red de distribución de biodiesel (o subvencionando coches de motor híbrido o que usen este cobustible). Para una exposición más detallada de su propuesta aquí tenéis su artículo.

El gasto público en tanto intenta detraer los recursos de allí donde habrían sido utilizados por sus propietarios y redirigirlos allí donde NO lo habrían sido, empobrece y no enriquece, ya que los seres humanos se ven compelidos a realizar actividades cuyo coste de oportunidad es mayor que la utilidad que obtienen por ellas. O dicho de otro modo, se ven obligados a renunciar a sus fines prioritarios por orden del gobierno.

Agenjo, no obstante, no comparte esta visión: Una cosa que hace lo mismo que otra a igual coste, consumiendo menos (a menor coste por lo tanto) y que posee inputs negativos menos cuantiosos es riqueza. Lo mires como lo mires.

Por supuesto esto no tiene ni pies ni cabeza. Dejo de lado la contradictoria definición de que una cosa pueda consumir “lo mismo” y “menos” que otra al mismo tiempo. Lo que Agenjo quiere decir es que si un artilugio obtiene el mismo output con menores inputs o un mayor output con los mismos inputs que otro artilugio, entonces aquí se ha producido un enriquecimiento.

En realidad, se ha producido un incremento de la eficiencia en esa línea productiva, pero lo que debemos preguntarnos es cuál ha sido el coste de oportunidad de alcanzar ese incremento de la eficiencia. Y es que para mejorar la eficiencia deberemos destinar recursos escasos a investigar o acumular el capital necesario para ello, renunciando a los usos alternativos que podríamos haber dado a esos recursos escasos.

En otras palabras, el incremento en la eficiencia puede habernos empobrecido a todos. Al contrario de lo que dice Agenjo, mayor eficiencia no va asociado con más riqueza.

Pongamos varios ejemplos. Primero, imaginemos que el gobierno de ZP nacionaliza toda la economía y decide destinar todos los recursos de España a incrementar la productividad agrícola. Tendríamos más bienes agrarios, seríamos más eficientes en ese sector, pero también seríamos más pobres.

Segundo, supongamos que el gobierno obliga a los españoles a ahorrar más de lo que están ahorrando ahora. Ello permitiría incrementar la acumulación de capital y la productividad de la economía. Todos seríamos más eficientes y más productivos, pero el gobierno nos habría empobrecido a todos. La razón es que los individuos querrían haber consumido más y el gobierno se lo prohibió, por tanto, no pudieron satisfacer sus fines prioritarios.

Tercero, si yo me gasto cien mil euros en un coche que vaya al doble de rápido que ahora y luego me doy cuenta de que podría haberlos dedicado a otros fines más importantes, habré cometido un error y seré más pobre, aun cuando la eficiencia en mis viajes haya aumentado.

Por supuesto, en cualquiera de estos tres ejemplos la mejora en la eficiencia mejora la vida de las personas aunque sea mínimamente. Una vez se ha acumulado más capital a costa del consumo prioritario, es preferible que la productividad aumente que lo contrario; una vez me he equivocado al comprar el coche, es preferible tenerlo a lo contrario.

El error está en desvincular el resultado del conjunto de acciones que lo han causado. Si tomamos las acciones como inevitables, entonces siempre será preferible disponer de un output que sirva para satisfacer alguno de nuestros fines, que no tenerlo. Lo importante, sin embargo, es que las acciones no son inevitables, salvo cuando se nos coacciona para ello.

Así podemos decir que nos hemos empobrecido –o que el gobierno nos ha empobrecido-, que hubiera sido preferible actuar de modo distinto y que el output obtenido ha incrementado nuestra pobreza con respecto a la situación precedente (donde todavía no habíamos actuado para malgastar nuestro tiempo y recursos). Jörg Guido Hülsmann, por ejemplo, considera que el resultado derivado del error (lo que yo llamo empobrecimiento) debe ser denominado desequilibrio (frente al desequilibrio neoclásico que consiste en una alteración de la situación de reposo).

Esta es la razón del mayúsculo equívoco de Agenjo: redireccionar parte del gasto en defensa hacia un sector similar como es el aeroespacial (con características muy similares de inversión, gasto público, I+D, traspaso de tecnologías a la sociedad civil, impacto sobre la inflación, etc.), posee beneficios obvios. Como son, por ejemplo, que mientras que el ejército sirve para promocionar guerras (vosotros acusáis al Estado de promover y ser causa de violencia contra el individuo ¿no?), mientras que la exploración espacial abre nuevos horizontes a la raza humana. O hablando en lenguaje economico, que espero que os llegue mejor. Abre el camino para futuros desarrollos empresariales y acomete inversiones que por el momento, ninguna empresa puede acometer.

Desde luego no voy a defender que el gasto público permanezca en defensa, sino que vuelva a los ciudadanos. Impedir que la gente utilice sus recursos como mejor crea conveniente, no mejora su vida sino que la destruye. Tú afirmas que la investigación aerospacial “abre nuevos horizontes a la raza humana”.

Sin embargo, los beneficios de esos horizontes sólo se plasmarán en el consumo contante y sonante (siendo optimistas) dentro de mucho tiempo. Si utilizas recursos en la investigación aerospacial no podrás dedicarlos a otros bienes o servicios que la gente desea con mayor urgencia. Es posible que los individuos quieran consumir HOY productos de menor calidad a consumir MAÑANA productos de mayor calidad. Y si ello es así, no estarán dispuestos a ahorrar (abstenerse de consumir) durante el tiempo necesario como para financiar vía créditos la investigación aerospacial (y si no es así, sí podrá financiarse vía el mercado crediticio).

Si a ti no te gusta que los individuos sean tan cortoplacistas y utilizas la coacción para obligarles a que miren al largo plazo, les estás impidiendo que persigan sus fines más importantes y, por tanto, les están empobreciendo. Ello aun cuando la investigación aerospacial proporcione en el futuro mejoras en la vida de los individuos: el coste de oportunidad de esas mejoras superará su utilidad, habrás despilfarrado los recursos.

En definitiva, la sugerencia de Agenjo de que el Estado tiene que incentivar la investigación en I+D, la aerospacial o cualquier otra industria “estratégica” y que ello genera riqueza no se sostiene. Agenjo detrae los recursos de sus empleos prioritarios y les da un uso que los individuos no desean.

Las subvenciones no deben reorientarse, deben eliminarse. El progreso y la creación de riqueza no se verían obstaculizados, sino que podrían realizarse en toda su integridad.

22 de Agosto de 2006

Nuevas reflexiones sobre la defensa privada: Respuesta a Iracundo (y VI)

36. Los gorrones apoyarían el trust o cómo no saber qué es un gorrón

Uno puede equivocarse en sus argumentaciones. No hay ningún problema en ello ni la gente debería avergonzarse. Tan sólo se tiene que rectificar el error y punto. El problema surge cuando la vanidad le impide a uno reconocer que se ha equivocado y se empecina en sostener barbaridades para las que crea kuhnianos programas de investigación, a cada cual más ridículo.

En Isidoro tenemos un claro ejemplo. En un principio sostuvo que los free-riders estarían deseosos de apoyar la constitución del Estado cuando, por la propia definición de free-riders, son los principales enemigos de esa posibilidad.

Repasemos economía de parvulario. Un free-rider es aquel sujeto que no paga por un bien o servicio pero se aprovecha de él. Por ejemplo, si a mi me encanta la música clásica y a mi vecino también, yo puedo escuchar la música clásica de mi vecino sin pagar por ella.

El free-rider es la persona que gorronea, la que no paga (ni quiere pagar, ya que su comportamiento estratégico se dirige a gorronear) pero consume lo que otros producen. En este sentido, es evidente que el free-rider NUNCA apoyará la constitución de un Estado, porque ello implica el fin de su provechosa condición de free-rider. De hecho, se dice que el Estado soluciona el problema de los bienes públicos porque obliga a los free-rider a pagar. ¿Cómo va el free-rider a querer hacer algo obligatoriamente cuando no está dispuesto a hacerlo voluntariamente?

Pero bueno, en el absurdo mundo de Isidoro todo es posible: Los gorrones apoyarían el trust antes que las empresas por una sencilla razón que tú mismo has expuesto: no es lo mismo un precio que un impuesto. Yo añado que no es lo mismo una tarifa plana que un pago por uso. El estado es la mayor tarifa plana imaginable y bajo ella los gorrones (los que no quieren preocuparse por pagar su defensa) estarían ciertamente mejor que bajo ese fantasioso, y caóticamente “amenazante”, entramado de empresas de seguridad.  Esto tiene que complementarse con otro párrafo de abajo: el gorrón no tiene que ser sólo una persona que rehúse pagar protección sino que puede ser simplemente una persona que se beneficia de la protección pagada por otros por la no posibilidad de discriminar y por el posible hecho de que ni siquiera pueda aspirar, o le compense aspirar, a dicha protección con su renta.

Primero, un free-rider no es, como dice Isidoro, “el que no quiere preocuparse por pagar su defensa”, sino el que se preocupa en no pagarla. Ni tampoco es el que se beneficia pasivamente por la provisión del bien, eso es una definición que te has inventado tú para escapar del apuro pero que nadie tiene que ver con el free-rider. El free-rider debe buscar su situación, debe rehusar pagar por saber que otros lo harán y aun así podrá obtener el bien que quiere. Si estamos ante un beneficiario pasivo que ni siquiera se ha planteado pagar, el que provee el bien lo tendría tan sencillo como pedirle una cuota por los beneficios que consigue. Es ahí, cuando esa persona se niega a entregársela, cuando se convierte en free-rider. Y es que si no podemos discriminar a los usuarios pero estos no pagan, están rehusando pagar. Isidoro simplemente se contradice.

Segundo, la diferencia entre pago por uso y tarifa plana no es equivalente a sector privado y sector público, de hecho, el concepto de tarifa plana ha surgido en el sector privado.

Tercero, el sector público sólo aparenta ser una tarifa plana en algunos sectores y, ciertamente, no en la defensa. Por ejemplo, en el sector educativo el Estado los ciudadanos pueden acceder irrestrictamente a las aulas, tengan uno o veinte hijos. Eso aparenta ser una tarifa plana. El problema es que se trata de una tarifa plana que el Estado no puede ofrecer sin ajustar el precio (de ahí que las aulas se saturen) y, como no quiere subir los impuestos, rebaja la calidad del servicio para que parezca que continúa siendo plana. En realidad, los consumidores reciben cada vez una cuota menor del servicio ante incrementos del número de usuarios (cada vez se aprende menos en la escuela) y, por ello, no puede calificarse de auténtica tarifa plana.

Sin embargo, en el caso de la defensa la mención a la tarifa plana no tiene sentido alguno, por cuanto no es el usuario (cada ciudadano) quien decide la cantidad de defensa que va a usar. El propio Isidoro dice que eso debe ser una decisión centralizada, sobre la que cada persona no tiene poder de decisión. ¿En qué sentido un servicio es una tarifa plana cuando no puedo elegir la cantidad que voy a utilizar?

En todo caso, si la aportación marginal del free-rider es relevante en términos de provisión de defensa, entonces no puede sostenerse que pagando el impuesto el free-rider estará mejor que sin él, ya que elige no pagar la cuota a la empresa aun cuando ello modificaría la provisión de defensa. El coste marginal de la provisión adicional superaría, si fuera free-rider, la aportación marginal.

Si, en cambio, el problema fuera que el free-rider sólo estaría dispuesto a pagar en caso de que pagaran todos (o mejor dicho, en caso de que se provea un cierto nivel del bien que sólo es alcanzable cuando paguen todos), aquí no tenemos un free-rider (ya que no está gorroneando ni quiere gorronear nada), sino un problema de acción colectiva fácilmente resoluble. Una forma radical son los contratos de unanimidad, por los cuales se efectúan depósitos que no se gastan en la provisión del bien hasta que todos hayan pagado.

Otra forma bastante más compleja de entender pero mucho más frecuente es la empresa. Pongamos el siguiente ejemplo: tenemos 10 personas, cada una de las cuales está dispuesta a pagar 100 u.m. para comprar un bien que vale 1000 u.m., pero lógicamente nadie quiere pagar hasta que el bien se adquiera. Una solución es obligar a todos a pagar 100, otra que una empresa compre a crédito el bien de 1000 u.m. y los clientes entonces le paguen (ya que en ese momento ya estarán dispuestos).

Esto es lo que puede realizar la empresa de seguridad. Realiza una inversión inicial para proporcionar un nivel de defensa por el que todos estén dispuestos a pagar y poco a poco va amortizando el desembolso. Así, el problema de acción colectiva donde la gente sólo está dispuesta a pagar si los demás lo están se puede solucionar simplemente a través de la anticipación del capital por el empresario.

En definitiva, Isidoro confunde free-rider con problema de acción colectiva. Allí donde exista un auténtico problema de free-rider, estos no estarán en absoluto dispuestos a pagar impuestos, ya que ello pondría fin a la gratuidad con la que venían percibiendo el servicio. Allí donde haya un problema de acción colectiva, la propia empresa lo puede solucionar.

Pero lo que ya es del tipo absurdo es el argumento subsiguiente que ofrece Isidoro para explicar por qué auténticos free-riders sí estarían encantados con el pago coactivo de los impuestos: no debemos caer tampoco en el error de ver a los gorrones como gente con dinero, podrían ser perfectamente unos desheredados o personas humildes que, por poderosas razones, apoyarían una defensa común siendo gorrones. Muchos no tendrían que pagar y otros muchos no esperarían pagar inmediatamente (muchos estados segregados de otros, si no todos, se han fundado sobre la base del populismo fiscal) o incluso “pagar menos”.  

Primero, nadie ha caído en el error de identificar free-rider con gente con dinero. Free-rider es aquel que gorronea a quien paga, tenga mucho o poco dinero.

Segundo, no veo por que han de apoyar unos impuestos aun cuando no pagaran nada, porque de hecho en una anarquía, por su condición de gorrones, tampoco pagarían nada. Tú hablas de “poderosas razones”, pero como siempre en todo tu discurso populista no nombras ninguna. Te mueves en imprecisiones porque tus ideas son imprecisas y vagas.

Supongo que tus “poderosas razones” serán que la defensa pública es más eficiente que la privada; pero esto no tiene nada que ver con la discusión. Aun cuando ello fuera así, no puedes afirmar que El naciente estado, desde luego, sería apoyado por los antaño gorrones, que no serían pocos, ya que ser free-rider es un desincentivo para apoyar la formación del Estado. Podrías decir, el naciente Estado sería apoyado por los individuos, aun cuando fueran free-riders; pero NUNCA por el hecho de serlo. Tú has establecido una pésima relación de causalidad entre ser free-rider y apoyar la formación del Estado, cuando es del todo inexistente como acabamos de ver.

Tercero, lo que ya es grotesco es que digas que “pagarían menos” en concepto de impuestos. ¿Menos que cero? Pero si estamos hablando de gorrones que no pagan NADA y en cambio SÍ reciben defensa. Si no pagaran y no recibieran nada, entonces no serían free-riders, no serían usuarios gratuitos, simplemente estarían alejados de las transacciones.

Por tanto, ninguno de los casos que nombras sustentan mínimamente la idea de que el Estado sería apoyado por los free-riders en tanto free-riders.

37. Mises, la defensa y la epistemología

En este post hemos criticado sobradamente a Isidoro por la inconsistencia de sus argumentos. En algún momento ha llegado a decir que para verificar que él tiene razón sólo has de creértelo, ¿y las pruebas? Eso es innecesario porque en su opinión es evidente que el Estado mínimo es mejor que la anarquía.

En este punto intenta utilizar una treta para salvar sus muebles: aludir a la defensa que hace Mises del Estado. Veamos: La desenfilada de la epistemología no puede ser utilizada con tal fruición desde alguien que se pretende austríaco en lo teórico. Porque se pretende tachar de “epistemológicamente” ridículo el que uno opine que muchos individuos son incapaces de ver lo provechoso de la cooperación y emplean su vida y recursos en la búsqueda de la ventaja inmediata y que para detenerlos sólo es posible la coerción (…) Esto lo puede pensar Ludwig Von Mises, que lo pensaba, y seguir siendo alguien serio a tus ojos pero si lo digo yo es que soy: tertuliano de cafetería, disparatado, cómico, ridículo... El argumento ad hominem es tan grosero, tan evidente... Espero un post tuyo, Rallo, en el que le dediques la mitad de lo que me has espetado a mí al señor Mises, que en paz descanse, por defender exactamente lo mismo que yo.

Mises no es infalible ni siquiera es siempre coherente. A Mises se le ha criticado desde muchas bandas: ética, teoría monetaria, interés, concepción del trabajo o ciclo económico. En cierta medida suscribo buena parte de esas críticas y Mises me sigue pareciendo el mejor economista del s. XX. ¿Y?

Cuando Mises argumenta a favor de la defensa nacional lo hace cometiendo dos graves errores. El primero ataca su propia metodología y es introducir en el análisis económico cuestiones relativas a los fines humanos, en concreto, como dices, sobre su cortoplacismo o su incapacidad para comprender los beneficios de la cooperación social.

La economía, para Mises, parte de que los fines están dados; la economía no se ocupa de explicar si los hombres serán corto o largoplacistas, si querrán entender o no la cooperación humana. No puede determinarse a priori el resultado de la elección; la economía sólo puede decir que el hombre dejará de participar en la cooperación humana siempre que los beneficios de no participar sean superiores a los de hacerlo. Ese es un juicio económico, no el que dice que “siempre habrá hombres que serán incapaces de apreciarlo”.

Fantástico; hemos encontrado otro punto donde Mises no es perfecto. Bien. Pero tú me pides que a Mises, el mejor economista del s. XX, le conceda el mismo trato que a ti, el mejor…¿?... del s. XXI. ¿No te parece un poco pretencioso? Mises se equivoca; y se equivoca por el simple hecho de comparar esa afirmación con la metodología que defiende. Tú, en cambio, te equivocas y defiendes la solidez de tu error. Incluso llegas a afirmar que es imposible demostrar las leyes económicas. Todo muy misiano, sí.

Y mientras Mises yerra cien veces y acierta veinte mil, tú te equivocas veinte mil y aciertas cien de pura casualidad. Mises suele tomarse la molestia de argumentar y razonar, de probar lógicamente sus proposiciones. Tú te escandalizas por que se te pida que lo hagas. De ahí que Mises se comporte como un gran economista al que se le puede criticar desde el debate académico y tú te comportes como un tertuliano de cafetería al que sólo se le puede invitar a otro carajillo.

38. Séptima contradicción que Isidoro niega: El trust como monopolio del derecho

Isidoro afirmó que uno de los grandes problemas de los trusts era la producción continua de desaguisados que se produciría. Yo le respondí que el trust no puede tener un problema de desaguisados, pues éste impondría su derecho –como el Estado- y no habría contradicciones de ningún tipo.

El problema es que estamos hablando de cuestiones distintas. Isidoro se refiere a los desaguisados como una imposición contraria al “derecho natural” o a los “fundamentos tradicionales del derecho”. Yo entiendo desaguisados como contradicciones jurídicas internas del derecho, es decir, la dificultad de conciliar las normas e interpretaciones dispersas de lugares que el Estado solventa rápidamente a través de la uniformización de las normas y de la jurisprudencia.

Si tomamos la acepción de Isidoro, evidentemente no se está contradiciendo por decir que el trust podría causar desaguisados. Si bien sí lo haría por creer que el Estado mínimo no podría hacerlo (ya vimos la estrategia de Isidoro: defiendo el Estado mínimo como una abstracción permanente y estable, aunque me importa poco analizar si es un objetivo realista). No se me caen los anillos por reconocer que Isidoro, aquí, no yerra, o no yerra especialmente.

Ahora bien, no deja de resultarme curioso que alguien que se pronuncia en contra de la existencia de ley natural equipare desaguisado (acto contra derecho) con atentado contra la propiedad: En ese sentido el trust comete desaguisados al violar la propiedad, ¿o no?

Creía que para ti sólo la posesión era un fenómeno natural, no así la propiedad. En ese caso, ¿cómo puedes decir que la violación de la propiedad es un desaguisado?

Efectivamente el trust –y el Estado mínimo- comete violaciones del derecho como orden espontáneo a través de su actuación (sin que le suponga un gran problema conciliar internamente los mandatos coactivos que el llama derecho u ordenamiento jurídico). Pero difícilmente puedes sostener tú eso, para quien el derecho es un resultado de la acción colectiva encauzada por los mecanismos estatistas.

39. Diferencias entre trust y Estado

Otra de las contradicciones en las que cae Isidoro es suponer que el trust es malísimo mientras que el Estado mínimo es bonísimo. Sin embargo, el propio Isidoro reconoce que el trust es un Estado de facto, esto es, no hay diferencias estructurales notables entre uno y otro. Por ello le insté a que demostrara por qué el trust si tendría intención de dominar a la población y el Estado no, o a que dejara de usar ese argumento sectario.

Su respuesta: La existencia de una legitimidad, norma constitucional, es algo con importancia que tú no puedes negar sino en base a tus ya celebérrimas creaciones teoréticas que te permiten el lujo de equiparar democracia y fascismo, como no me cansaré de hacerte notar. Legalidad, legitimidad, igualdad, no son sólo palabras sino que en un texto vinculante tienen la virtualidad de convertir en rebeldes a quiénes las subvierten desde el poder.

Sin embargo esto sigue sin contestar a mi pregunta. La cuestión es por qué el trust puede dominar y expoliar a la población, aun cuando sus estatutos no cuenten con el respaldo mayoritario, y en cambio el Estado mínimo no puede subvertir la Constitución y totalizarse.

Te recuerdo que tus presupuestos sobre el comportamiento humano establecen que a nadie le interesa defender a otra persona porque siempre es más rentable esclavizarla. Ello se puede aplicar tanto a las empresas como a los políticos, ¿por qué debería el Estado mínimo quedar restringido en sus estrechos límites si puede permitirse el lujo de expandirse? ¿Y qué frenaría este proceso totalizador? Sin duda, no la falta de apoyo popular, porque esa misma falta de apoyo no impide al trust controlar un territorio.

Por otro lado, tanto la legalidad como la legitimidad se podrían dar en una sociedad anarquista basada en contratos voluntarios y en la jurisprudencia. Las agencias que protegieran a sus clientes en los términos pactados respetarían la legalidad y los clientes que actuaran de acuerdo con las pautas pactadas con las agencias dotarían a esas normas de legitimidad. Así mismo, diversas agencias podrían reconocerse entre sí (del mismo modo en que opera el reconocimiento entre Estados y la suscripción de tratados) para reforzar la proyección externa de legitimidad de las normas.

En definitiva, simplemente asumes que el Estado respetará la propiedad y la libertad de sus ciudadanos –mientras que el trust no- porque así quieres creerlo; porque confían que aun teniendo una Constitución minarquista, ésta será respetada.

40. Los bancos como freno del Estado

Isidoro afirma que toda organización empresarial con mandos centralizados necesariamente degenerará en Estado. Ya hemos visto que uno de los frenos a esta degeneración monopolística podría ser la resistencia de la gente (del mismo modo que se enfrentan al proceso de totalización de un Estado mínimo). Otro puede ser la intervención de los bancos.

En efecto, todo Estado se asienta en el cobro coactivo de los impuestos. Sin impuestos el Estado ni siquiera puede funcionar; su maquinaria se desmoronaría. El impuesto tiene dos características: a) coacción, b) ausencia de contraprestación específica. En este sentido, los bancos bien podrían rechazar el pago al Estado de los tributos por parte de sus clientes (siempre que éstos se opusieran), lo cual ralentizaría enormemente (si es que no lo imposibilitaría) el proceso de constitución del Estado.

Así mismo, los bancos podrían embargar las cuentas bancarias del trust en el extranjero para compensar las pérdidas patrimoniales padecidas.

Y de nuevo, Isidoro lo ve imposible: Cabe preguntarse por qué los bancos no hicieron estas cosas que Rallo dice aquí a lo largo de todo el siglo XX. Resulta que los Bancos tienen un poder omnímodo que amablemente sólo utilizan cuando Rallo dice. La verdad es que los bancos se ponen al servicio de dictaduras no en pocas ocasiones y reciben cosas a cambio de ello.

Primero, yo nunca he dicho que los bancos se comportarían de esta forma en cualquier caso. Sólo he expuesto uno de los posibles mecanismos que permitirían impedir el advenimiento del Estado, no mecanismos que actúen siempre (ningún límite es perfecto ni inexorable). El hecho de que los bancos no actuaran así en el pasado ni prueba ni refuta que puedan actuar así en el futuro. Sería como cuestionar el Estado mínimo sólo por el hecho de que sus pretendidas limitaciones del Estado no hayan logrado contenerlo jamás en la historia.

Segundo, una vez dicho lo anterior, la explicación de por qué los bancos no han actuado así en el pasado resulta bastante sencilla. Por un lado, porque el Estado ha ido mezclándose progresivamente con el sistema bancario a través de los Bancos Centrales; los intereses de unos y otros han acabado por confluir en el inflacionismo irresponsable sustentado por el poder público. Por otro, y sobre todo, en el s. XIX nadie (o casi nadie) creía que la función de los bancos fuera la de enfrentarse al poder político y colaborar en la destrucción del Estado. Del mismo modo que la población no pretendía destruir al gobierno ni dificultar el pago de impuestos, tampoco los bancos (que se debían a sus clientes) tenían la más mínima intención de oponerse al Estado.

Sin embargo, estas dos dificultades pasadas pueden superarse siempre que la gente deje de someterse a la ficción de que el Estado es necesario. La desconstrucción de este último terminaría con los bancos centrales y con el sistema de prestamista de última instancia; una vez el dinero fuera privado y estuviera respaldado por algún bien líquido, el inflacionismo bancario sólo incrementaría la deuda del banco y se vería descapitalizado. Los intereses del Estado y del sistema bancario serían separados y estos últimos no tendrían por qué proteger a aquél.

Así mismo, si la sociedad desconfiara del Estado, la consolidación de un monopolio sería observado como un acto de agresión del que se esperaría una respuesta satisfactoria del banco. Mientras que en el s. XIX un banco que se negara a pagar los impuestos al Estado sería visto como un golpista, en una sociedad anarquista, el golpista sería la empresa con aspiraciones monopolísticas y, del mismo modo, el banco que aceptara pagarle.

La explicación por tanto es clara y sencilla: las convicciones, de nuevo, cuentan y mucho. En el s. XIX nadie esperaba ese tipo de actuación por parte de los bancos, mientras que una sociedad que rechazara la concentración monopolística del crimen, sí podría hacerlo. De hecho, los bancos suizos llevan realizando este tipo de operaciones a escala internacional ya que sí se espera de ellos este papel.

Por supuesto, ya le indiqué a Isidoro que el intento de establecer un régimen comunista haría menos relevante el papel de los bancos (ya que se nacionalizarían todos los activos y su valor de mercado sería irrelevante), pero incluso a partir de esta concesión por mi parte, Isidoro comete excesos erróneos: La premisa para mandar en una dictadura no es ser amigo de los banqueros, es un detalle colateral, sino el ostentar el mero dominio de la máquina represiva bajo la cual todos se pliegan. (…) Si los bancos extranjeros ponen problemas pues autarquía hasta que pase el chaparrón (no se habrá visto veces esto ni nada) y si son los nacionales, les amenazas mientras que a un tiempo les planteas la posibilidad de no competir y obtener cargos de responsabilidad a sus dirigentes. Rara vez problemas complejos tuvieron soluciones simples y tú nos propones una pura ingeniería equilibrista en la cual todos son ángeles y los criminales son reprimidos sin que nadie se dedique a reprimir (¿?). Brillante.

Primero, aquí no estamos discutiendo sobre si los bancos pueden destruir una dictadura establecida y que cuente con el apoyo popular, sino cómo el sistema bancario podría dificultar la consolidación de un trust, por ejemplo, embargándole las cuentas e impidiendo que pagara a sus mercenarios. Tu frase inicial es un Perogrullo total: lo único que hace falta para ostentar el poder es que todos se plieguen a él; bien, pero a nosotros nos interesa cómo una empresa puede alcanzar y consolidar ese poder si la población está mayoritariamente en contra de que lo haga.

Segundo, tu propuesta de autarquía como solución a la oposición bancaria parte de la premisa de que la empresa ya ha alcanzado el poder como para decretarla, esto es, que ya tiene un monopolio territorial que le permite blindar las fronteras. Esto, cuando menos, es poco realista: el incipiente Estado no sólo tendría que enfrentarse a su población, sino a miles de empresarios que verían sus intereses perjudicados al erradicar el libre comercio.

Y es que, como te digo, mi punto es que el sistema bancario podría frenar o impedir el surgimiento del Estado y si el Estado aun no ha surgido no puede decretar ninguna autarquía.

Es evidente que, como he dicho, con un ejército suficiente y si tiene el propósito de establecer una tiranía comunista, el sistema bancario poco podrá hacer. Ahora bien, si ese ejército no tiene un poderío máximo y si la población afectada está mayoritariamente en contra, los bancos podrían impedir o retrasar el establecimiento de un sistema impositivo. ¿Cómo seguiría entonces el incipiente Estado obteniendo su capital? Los clientes habrían dejado de pagarles la cuota; los bancos no les permitirían dirigirse contra los depósitos de los ciudadanos y además podrían embargarles sus cuentas. El único camino sería la financiación a través de la colocación de deuda de la empresa a los extranjeros; pero también aquí los bancos podrían negarse a facilitar la compra de los bonos de la empresa a través de sus depósitos.

En definitiva, no digo que el sistema bancario sea un obstáculo infranqueable, pero sí podría poner enormes trabas a la consolidación del Estado; trabas de tanta o más entidad que las que podría oponer, por ejemplo, un Defensor del Pueblo o un Tribunal de Garantías Constitucionales.

41. Octava contradicción que Isidoro niega: La necesidad innecesaria de paz

Otra de las bombas argumentales de Isidoro es que el mercado no puede funcionar sin paz; es decir, todo el sistema capitalista opera bajo la expectativa permanente de paz. Por supuesto, Isidoro desconoce que son, por ejemplo, las provisiones por insolvencias, esto es, las estimaciones de impagos que efectúan los empresarios (y que presupone un robo o una agresión contra lo pactado) ni tampoco parece que pueda explicar demasiado bien cómo los empresarios pueden seguir prosperando en el País Vasco (¡o en Israel y EEUU!), en medio del terrorismo etarra.

Con todo, lo más gracioso viene a continuación. Después de afirmar que el mercado no funciona sin paz, sentencia que el mercado no necesita un ejército. La parida sería similar a afirmar que los coches sólo funcionan con gasolina pero que los coches no necesitan gasolina para funcionar.

Veamos cómo intenta Isidoro salvar su orgullo: El mercado como tal, alienándolo, no concibe otra circunstancia que no sea la de la paz y la guerra le conduce a la disolución. El mercado en sí no puede preveer una guerra sin que ello repercuta en su buen funcionamiento. La autoridad política ejerce un control de la paz coactivo, el estado puede ser una creación del mercado entendido éste de manera amplia: como interacción social, pero el “mercado sin política”, ese mercado alienado, no establecería estado y por tanto no establecería ejército.

Primero, Isidoro cae en una dicotomía absurda. La vida nunca es o “paz completa” o “guerra absoluta”. En medio de ambos extremos tenemos grados distintos de violencia con los que convivimos diariamente. Nadie dirá que la sociedad desaparece ante una cierta violencia y, por tanto, para que el argumento de Isidoro tuviera una mínima consistencia, debería precisar qué grado de violencia es suficiente como para destruir el mercado. Asumir que el mercado requiere de una paz absoluta es un disparato en el que no creo que caiga ni siquiera un acreditado disparatado como Iracundo.

Pero además el mercado no es más que la asignación de recursos escasos hacia fines competitivos. La violencia restringe el mercado porque impide que los sujetos asignen los medios de los que disponen hacia la satisfacción de sus fines. Pero la violencia nunca es omnipresente, nunca llega al extremo de anular toda acción humana del sujeto. En tanto el individuo no se convierta en autómata en todos y cada uno de los momentos de su vida, el mercado, para él, seguirá existiendo.

En otras palabras, es absurdo afirmar que la guerra destruya el mercado porque la guerra necesita del mercado. La guerra es un proceso hacia la dominación del adversario y, por tanto, presupone un espectro de libertad para las partes (si una careciera completamente de libertad la guerra ya habría terminado) y en ese ámbito sí subsiste el mercado.

Por ello, mucho más absurdo incluso es aseverar que el mercado es incapaz de prever la guerra porque ello le llevaría a desaparecer. Como ya hemos dicho, las empresas anticipan un cierto grado de impago por parte de sus clientes y se blindar contra esa posibilidad a través de provisiones. Del mismo modo, los individuos que prevén una guerra incrementan su ahorro y su disponibilidad de líquido (Por ejemplo, los bancos alemanes comenzaron a acumular oro antes de que empezara la Primera Guerra Mundial) para enfrentarse en mejor situación con el conflicto. Así, pueden acumular alimentos, construir bunkers, adquirir armamento… Todo esto se produce EN EL MERCADO ante la anticipación de una guerra.

El mercado no se anula sino que se reorienta a satisfacer las necesidades más acuciantes de los individuos (como siempre hace el mercado), en este caso la seguridad frente a la guerra que se prevé. Negar que una guerra pueda preverse supone negar el componente especulativo de la acción humana y, en última instancia, suponer que el ser humano sólo reacciona ante hechos consumados, nunca ante juicios futuros. Y en ningún caso la previsión de guerra anula el mercado, ya que los individuos siguen siendo capaces de actuar al menos hasta que no hayan perdido completamente la guerra.

Esto significa que el ejército privado puede emerger como una necesidad de los individuos para garantizar su seguridad presente y futura. Si ellos esperan un ataque pesado, perfectamente pueden contratar a mercenarios (y en caso de que no existan, pueden pagar para que se entrenen), adquirir tanques, aviones, munición… La disponibilidad de todo esto será mayor o menor dependiendo de la estructura productiva y de la acumulación de capital (cuanto más rica sea una sociedad, mayor capacidad de respuesta y de adaptación).

Si existe una necesidad y el ser humano es libre de actuar el ejército privado podrá proveerse. Y cuando hablo de un ser humano libre no me refiero a una libertad absoluta y omnipresente; basta con que tenga libertad de disposición sobre la porción de renta que necesita para financiar al ejército privado. Si esa es su mayor prioridad sobre esa porción de renta, el ejército aparecerá.

La solidez de este argumento es tan evidente que incluso Isidoro tiene que reconocerlo: Otra cosa es que nosotros digamos ahora que los agentes del mercado, en la realidad, preveerían o sufrirían conflictos diversos a raíz de abusos posibles y sufridos (política) y que les empujarían a preparar fuerzas de defensa, eventualidad que, como decimos, degeneraría en estado o mejor dicho “generaría” estado: territorialización de la extorsión.

No es “otra cosa”, sino la misma cosa. La acción libre de los individuos es el mercado y su reacción ante una previsión bélica es la reacción y adaptación del mercado, no su fin. Que digas que ese ejército privado degeneraría en Estado es sólo una arbitrariedad más en toda tu argumentación que, evidentemente, eres incapaz de demostrar como hemos visto sucesivamente en este post y podemos ver otra vez con una nueva perla: La forma más eficiente de repeler una agresión es conformar una comunidad de intereses y personas que te protejan pero no te esclavicen y es precisamente eso, y no otra cosa, un proceso de creación nacional. El alienado mercado no genera nada y el mercado en sentido amplio, el realista, el mercado histórico, genera el estado como la más efectiva y duradera institución de defensa posible de una comunidad.

Las empresas son comunidades de intereses, las naciones no necesariamente. Mi participación en una empresa (con la función que sea) demuestra que tengo un interés en la empresa. Mi inclusión artificial en una nación no demuestra que a mí me interese lo más mínimo eso que llaman nación. Los independentistas catalanes y vascos sólo tienen interés en la nación española para destruirla, ¿qué defensa se erige ahí? La filiación nacional de cada individuo (lo que tu llamas “interés”) depende enteramente de su visión subjetiva y en tanto no establezcas controles del pensamiento, nada te asegura una cohesión suficiente de esas visiones subjetivas.

Puedes argumentar que precisamente por lo anterior el sentimiento de unidad nacional es tan importante. Pero aquí estarías introduciendo una función a las convicciones extraestatales que tú simplemente niegas. Del mismo modo puedo señalar yo que el “sentimiento de libertad y antimonopolios territoriales” es importante para asegurar que ninguna empresa degenerará en Estado.

Tú metes lo que tu defines como nación dentro del corsé de una estructura coactiva llamada Estado y tienes fe en que esa combinación funcione; pero en tanto la gente que has metido dentro del Estado no se considere una nación y no clame por la solidaridad universal (qué socialista te queda esto) la explotación y esclavización de las minorías por las mayorías de intereses es una posibilidad más que probable. ¿Qué son, sino, los grupos de presión? ¿Qué nos ofrece tu nacionalísimo Estado contra la organización política de los individuos destinada a explotar a otros individuos? ¿La Constitución? Y si esa Constitución es enmendada o modificada por esos mismos grupos de presión organizados, ¿qué nos ofreces? Humo, como siempre.

42. Novena contradicción que Isidoro niega: Un trust no integrado

Isidoro es un dogmático visionario que, por la razón que sea, ha cogido un berrinche antianarquista y trata de aunar todas las objeciones posibles contra la defensa privada. En ocasiones, esas objeciones son simplemente incompatibles entre sí, de modo que o escoges unas o las otras. Pero Iracundo que es más chulo que un ocho, las mete todas juntas esperando que cuele.

En este caso, recordemos que Isidoro preveía que las empresas de seguridad privada se asociarían entre sí en una guerra contra los individuos a los que pretenden explotar. Pues bien, aquí, en cambio, sostiene que la defensa privada es imposible porque cuando las empresas tendrían que integrarse surgirían conflictos internos por los puestos de mando que terminarían con el acuerdo de integración.

Pues bien, si las empresas no pueden integrarse, tampoco podrán formar un trust que explote a los consumidores; el monopolio territorial sería imposible por integración y sólo quedaría abierto el enfrentamiento entre las distintas empresas.

Por tanto, según la visión isidoriana el trust de integración queda descartado como problema. Sólo la guerra serviría para edificar el Estado, pero entonces, ¿por qué los Estados mundiales no se enzarzan en guerras permanentes para constituir un monopolio mundial? ¿Simplemente porque ya tienen consolidados en su territorio a los individuos a quienes esclavizar? Entonces, ¿cómo es posible que permitan los movimientos de capitales, lo que reduce los asideros fiscales? ¿Cómo puede ser que durante el siglo XIX se permitiera la libre migración si ello reducía el número de esclavos de los Estados emigratorios? ¿Por qué un Estado emigratorio no declaraba la guerra a otro inmigratorio para conservar la clientela? Ah ya, que los Estados son buenos y las empresas malas.

En todo caso, la objeción de Isidoro es trivial. Recuerdo mi argumento: las empresas de seguridad pueden conformar una NUEVA empresa de defensa para proteger, a través de instrumentos pesados y más caros, a sus clientes. De este modo no tiene sentido hablar de exceso de generales, porque las empresas de seguridad no los utilizan. Sus áreas de interés son distintas: las de seguridad persiguen a los rateros, las de defensa a los portaaviones.

Y aun cuando hubiera generales, lo tienen tan sencillo como hacer un ajuste de plantilla. Isidoro no lo ve claro: Todo muy bonito, pero... ¿quién despide a quién? ¿El directorio?¿A quién preferirán unos y otros? Vamos a sistemas de mando rotativo o a problemas de disciplina serios. No digo que sean irresolubles con una buena diezma, el problema es si los mandos de esos militares la acordarían en el mismo sentido sin que ello repercutiese en la capacidad de mando estratégico del directorio. Eso es lo que yo, francamente, dudo.

Si hemos estado hablando todo el rato de defensa centralizada (las posibilidades de defensa descentralizada prácticamente ni las hemos contemplado), no tiene sentido que ahora me digas quién tomaría las decisiones. Las empresas de seguridad podrían nombrar un capitán general que reorganizara los distintos cuerpos de las empresas –siempre, recuerdo, suponiendo que las empresas de seguridad tuvieran cuerpos militares- manteniendo la eficiencia defensiva. ¿Qué las empresas podrían equivocarse al nombrar al capitán general? Claro, y también los Estados; o mejor dicho, mucho más los Estados, ya que al menos las empresas que se equivocaran podrían ser castigadas por los clientes.

De nuevo, con rascar un poco se cae la objeción.

43. Conclusión

En este largo post he tratado de responder a las objeciones que Isidoro ha ido planteando a la defensa privada. Cualquier lector mínimamente atento habrá podido comprobar la nula base de casi todas las críticas; en su inmensa mayoría su veracidad se basaba en tener fe en las afirmaciones de Isidoro (como él mismo reconoce en una muy sincera frase: No hacen falta pruebas de laboratorio para respaldar estos asertos sino simplemente estar de acuerdo con ellos).

A pesar de que, como digo, la mayoría de las objeciones tenían una edad mental entre preescolar y primaria, no creo que haya perdido el tiempo en refutarlas. Precisamente por su gran banalidad están muy extendidas en nuestra sociedad.

Más allá de la anecdótica respuesta a quienes confunden la bitácora con el bar y la reflexión con el amor propio, creo que pueden encontrarse razonamientos interesantes en torno al anarcocapitalismo.

No estoy diciendo, claro está, que todas las objeciones que puedan plantearse a la anarquía sean pueriles –digo que las planteadas aquí, por carecer de razonamiento, son pueriles-, y de hecho grandes pensadores minarquistas y anarquistas han dedicado profundas argumentaciones a criticar y refutar ciertos planteamientos libertarios.

Yo por mi parte me he limitado a explicar lo que a falta de mejor crítica (por no decir a falta de crítica) considero una alternativa a la defensa socialista: la creación de una nueva empresa financiada por las empresas de seguridad como un paquete adicional para los consumidores.

Esta no es la única posibilidad ni siquiera tiene por qué ser la mejor posibilidad. Es, tan sólo, la alternativa privada más parecida a una defensa minarquista que, no obstante, no caería en los problemas del cálculo económico socialista. Faltan por explorar sistemas de empresas de defensa pesada no participados por empresas de seguridad o incluso el amplio abanico de posibilidades que ofrece la defensa descentralizada. De hecho, en un mercado libre los tres sistemas competirían entre sí para asegurar la mejor defensa a los individuos.

Todo esto tampoco significa que el anarcocapitalismo sea un punto de no retorno. El Estado siempre puede volver a emerger, del mismo modo en que siempre puede volver a ser destruido. La discusión teórica sólo trata de demostrar por qué es mejor que no haya Estado, con independencia de que la mentira socialista pueda volver a imponerse en la sociedad.

En definitiva, mediocridades al margen, el debate continúa abierto.

Nuevas reflexiones sobre la defensa privada: Respuesta a Iracundo (V)

29. El negocio de la violencia

Retomamos un punto que ya hemos tratado ligeramente con anterioridad: la imposibilidad de que las empresas se pongan de acuerdo para resolver sus conflictos a través de un tribunal de arbitraje. Ya hemos comentado que para Isidoro el resultado lógico del mercado es que cada agencia proteja los intereses de su cliente con independencia del coste que ello suponga.

Así, si el cliente me paga una cuota de 1000 al mes y para declarar una guerra contra una empresa tengo que gastarme 1000000, según Isidoro ¡la guerra es la decisión racional para Isidoro!

Ya expliqué que esto es un disparate. Las agencias de seguridad necesariamente han de establecer un código de conducta que explicite qué acciones tienen sus clientes permitidas y cuáles no. El tribunal de arbitraje dilucidará los hechos y de acuerdo con los contratos cliente-agencia, la doctrina, la jurisprudencia y la equidad resolverá. Así, en buena medida, se creaba el derecho en la Roma republicana, por ejemplo.

Isidoro me acusa de olvidar el caso en que la agencia no ponga límites a las acciones de sus clientes, es decir, la agencia que está dispuesta a defenderlos hasta las últimas consecuencias. Esto obviamente es falso; en ningún momento he olvidado semejante posibilidad, ya que en mi análisis sí introduje la agencia belicosa o incluso el Estado belicoso (que a efectos prácticos equivale a la agencia que defiende cualquier comportamiento de sus clientes): Preteres por completo la situación en la cual las empresas de defensa dejan de pensar como lo haría el dueño de un ultramarinos (no me cansaré de diferenciar el producto que se oferta en este tema del de otros) y las condiciones del mercado en las que se basa la paz y la general soberanía del consumidor. En ausencia de orden; el ventajismo, la trampa y el daño a otros serían un negocio más, pero que abarcaría a mucha más gente que en su manifestación clandestina (mafia).

En realidad Isidoro me recrimina que no asuma que todas las agencias se comportarán de ese modo, lo cual no deja de ser una posibilidad, pero en absoluto necesaria. El problema de Isidoro es que, como ya he explicado, se empeña en tomar esa situación como único punto de partida posible para el anarcocapitalismo, mientras que lo considera un resultado bastante improbable para una situación estatista. La historia, sin embargo, evidencia que las guerras, y las guerras mundiales, no son en absoluto quiméricos estadios del caos estatista. Más bien al contrario, la guerra y el imperialismo han sido fenómenos acuñados por la acción del Estado.

En cualquier caso, es cierto que muchos individuos pueden asociarse empresarialmente para expoliar a otros individuos. Pero quiero reiterar varios hechos que ya he mencionado: la guerra es muy cara, por tanto la posibilidad de una agresión imperialista queda restringida a grandes grupos de personas con una renta media (por ejemplo, los fundamentalistas islámicos) o a pequeños grupos de personas muy ricas.

El primer caso es en cierto modo inevitable. Cuando hay masas enormes de población que quieren ir a la guerra, lo único que debe preocuparnos es cómo defendernos de esa agresión: si a través de un Estado o de un sistema de empresas competitivo. Lo que debe quedar claro es que el anarcocapitalismo ni promueve ni limita ese tipo de conductas (salvo quizá por una mayor eficiencia disuasoria de la defensa), ya que cualquier masa enorme de población belicosa acabará iniciando una guerra, haya Estados o no.

El segundo caso, no obstante, sí admite una cierta discusión. Puede pensarse que el Estado reprime a los ricos belicosos plantando ante sí enormes ejércitos que les disuaden de iniciar una guerra. Ciertamente es una posibilidad, pero en esta situación también caben dos más igualmente verosímiles: a) por un lado, que los ricos –y los menos ricos- sean expoliados por el Estado dado que son incapaces de defenderse, b) por otro, que los ricos sobornen a los políticos y se hagan con el control efectivo del Estado.

Son dos posibilidades reales que grosso modo todos podemos recrear en casos reales. La cuestión, por la tanto, es ¿acaso el anarcocapitalismo favorecería las cruzadas militares de los ricos?

Todo es posible, pero poco probable. La riqueza de los individuos en las sociedades capitalistas está relacionada con la propiedad sobre el capital de empresas productivas (muy pocos ricos tienen toda su riqueza –o la mayor parte de su riqueza- en forma líquida). Siendo ello así, iniciar una guerra contra sus clientes simplemente erosiona las bases de su riqueza, ya que disminuiría el valor de su propiedad; iniciar una guerra contra los no clientes, del mismo modo, generaría una mala imagen para muchos de sus clientes (¿se imaginan a Coca Cola lanzando misiles contra un barrio paquistaní porque beben mayoritariamente Pepsi? ¿Creen que la buena imagen de Coca Cola permanecería intacta entre sus clientes?) que igualmente disminuiría el valor de su propiedad.

De hecho, aun cuando los ricos financiaran la guerra con cargo a sus disponibilidades de líquido (por ejemplo oro), sus propiedades en acciones de empresas sufrirían, por lo que acabamos de comentar, una mengua enorme, de manera que el coste de la guerra sería mucho mayor. No sólo tendrían que considerar los costes directos de la financiación, sino además el coste derivado de la depreciación de sus acciones.

Para movernos en la estrecha racionalidad neoclásica, los ricos iniciarían una guerra siempre que el valor presente de los flujos de impuestos que esperan conseguir a través del control de poblaciones exceda el coste de la guerra, tanto en directo como indirecto. Algún empresario podrá considerar el movimiento rentable, pero ciertamente no parece que lo sea: los costes de la guerra son ACTUALES, mientras que los beneficios son FUTUROS.

Si tenemos en cuenta además que los ricos suelen ser gente capaz de rentabilizar enormemente sus inversiones, aplíquenle un descuento del 10% (rentabilidad bastante baja para ciertos ricos) a un flujo futuro. Por ejemplo, una unidad monetaria dentro de 10 años, con un descuento del 10%, vale hoy solamente 0’38. Y ello, suponiendo claro está, que la incertidumbre de cobrar los impuestos dentro de 10 años es equivalente a la de conseguir rentabilidades del 10%, lo que no será el caso para la mayoría de los ricos, ya que la rentabilidad está relativamente asegurada, mientras que los impuestos recaudados por conquista militar (con la población opuesta) son bastante inciertos.

Parece que la mayoría de los ricos, por racionalidad neoclásica, no iniciarán guerras de conquista. El negocio del capitalismo suele ser bastante más rentable que el de la conquista para quien sabe cómo actuar en el capitalismo.

Y todo ello sin considerar factores adicionales como que parte de la recaudación fiscal tenga que usarse para crear y financiar un Estado que controle a la población (de modo que los beneficios derivados de la recaudación fiscal no son netos) ni tampoco que pueda haber otros ricos con intereses en esas zonas (por ser sus clientes) que las defiendan.

De hecho, los ricos lo tienen mucho más sencillo actuando a través de sobornos a políticos que siendo accionistas o clientes principales de agencias de seguridad. En el primer caso no suele descubrirse el pastel; los ricos pueden presionar para que se impongan aranceles, impuestos o salarios mínimos “por el interés general”, mientras que en el segundo caso sí lo están.

El público necesariamente se preguntaría quién está financiando de manera voluntaria una determina agencia belicosa. Hoy la pregunta no tiene cabida: ¿quién financia la guerra del Estado X? Su población, ¿tiene otro remedio? Aparentemente no. Pero en una sociedad anarquista sí tienen otro remedio: pueden cancelar la suscripción. Así, los belicistas podrían ser anatematizados y marginados; también los ricos y sus empresas.

Casualmente Isidoro reconoce este punto: Hablas Rallo de los costes de las agencias, bien, ¿y que te parece si te digo que los costes bien podrían importarles poco? ¿Modo de que ello suceda? Ser estado. Tú no defenderías el que un estado sea responsable del gasto o que no despilfarre, se lo puede permitir: no obra de distinta manera quien tiene la soberanía, que es el peculiar “producto” que se provee en nuestro caso.

En efecto, con un Estado la violencia es casi un “almuerzo gratuito”, especialmente para los políticos y los grupos de presión. El único mecanismo que puede contrarrestar ligeramente la pulsión belicista del Estado es la perspectiva de perder las elecciones, pero esto supone un límite muy impreciso. Los políticos pueden haber decidido no volver a presentarse o, en todo caso, pueden haber sido sobornados por grupos de presión que les pagarán notables jubilaciones.

En una empresa, si un gerente inicia una guerra contra los intereses de los clientes, rápidamente los accionistas lo retirarán. No será necesario esperar cuatro años, en pocos días la moción puede ser aprobada (y precisamente por ello los gestores se cuidarán de empezar guerras ofensivas sin sentido).

Por tanto sí, Isidoro, tengo que darte la razón: el Estado puede imponer los costes de la guerra sobre otras personas y ello favorece el expansionismo y el imperialismo.

30. Cooperación y destrucción

Otra de las posibilidades planteadas por Isidoro para que una sociedad ancap degenerara en un nuevo estatismo, fue que las distintas empresas se repartieran territorialmente el planeta, constituyendo de facto un equilibrio monopolístico.

El argumento no dejaba de ser gracioso, ya que Isidoro sostenía más arriba que las empresas son incapaces de distinguir entre amigos y enemigos, de manera que difícilmente podrán colaborar en repartirse el mundo. En definitiva, Isidoro es especialmente proclive a localizar métodos de colaboración para extorsionar al consumidor, pero es muy reacio a creer que esa colaboración pueda darse para servir al consumidor (de hecho afirma incluso que esa colaboración es imposible).

¿Qué responde Isidoro ante esta doble vara de medir? Hay una diferencia palpable entre los efectos de la cooperación y los efectos de la agresión. Qué duda cabe de que la primera es maravillosa en contraste con la segunda pero... ¿cuánto se tarda en construir una casa y cuánto se tarda en destruírla? La diferencia existe. Tú pretendes que aceptemos el no-orden ancap en base a que podría constituir un equilibrio perfecto ajeno a toda coerción organizada verticalmente (ya sabemos cómo te gusta la coerción horizontal gangsteril de “si no nos contratas tú verás”) pero no estás dispuesto a aceptar el desastre en que ello devendría ante el más ligero desajuste.

Y tras decir esto se queda tan ancho. Veamos, ¿qué tiene que ver la diferencia entre construir y destruir una casa con el contraste entre tu tendencia irrefrenable a colaborar para la destrucción y tu imposibilidad manifiesta a colaborar en la defensa?

Si tú dices: “No compres gasolina que no sirve para arrancar los coches negros”, y al día siguiente añades: “Compra gasolina que te servirá para arrancar tu coche blanco”, puedes incurrir en una contradicción a menos que expliques cuál es la diferencia entre los coches blancos y negros. Tu explicación anterior es del tipo: “Hay una palpable diferencia entre el blanco y el negro, y parece mentira que quieras negarla. Qué duda cabe de que el negro es más elegante, pero se ensucia más rápido. ¡La diferencia existe! Tú pretendes que en tu mundo de fantasía el negro y el blanco sean el mismo color y que todo el mundo lo acepte, pero la naturaleza ha creado colores distintos”.

Esto, sin embargo, no explica por qué la gasolina sirve para los coches blancos y no para los coches negros. Una explicación convincente podría ser: “todos los coches negros son diesel”. Es decir, deberías encontrar una relación (causal o correlativa) que asocie los dos fenómenos (color y funcionamiento con gasolina).

Volviendo a tu respuesta inicial. Aquí tenemos dos fenómenos: colaboración de empresas y diferencia entre cooperar y destruir. Tú afirmas que las empresas sólo pueden cooperar cuando se trata de destruir, nunca de servir al consumidor defendiéndolo. ¡Y lo explicas diciendo que es más fácil destruir que producir! Pero en ningún momento la cooperación está relacionada con fenómenos sencillos, de hecho suele ser al contrario: los individuos colaboran para ejecutar las tareas más difíciles que individualmente no pueden alcanzar.

Simplemente has metido un párrafo entre medio para tratar de desviar la atención e introducir otro debate distinto al que manteníamos. Aun tienes pendiente explicar por qué la cooperación entre empresas es un fenómeno inexorable cuando se trata de atacar a los individuos pero, en cambio, es manifiestamente imposible cuando se trata de servirles.

Continuemos con la argumentación desviada de Isidoro: Yo sostengo, como resulta evidente, el que en un entorno de no-orden el bandidaje se convertiría en un negocio no sólo lucrativo, que ya lo es, sino en uno de los principales negocios. Resístete cuánto quieras a aceptar la naturaleza de la violencia, pero creo que muchos encuentran, como yo, simplemente evidente el que cuando alguien tiene la fuerza de su parte, sin coerción alguna de policía, podría generar su propia demanda de seguridad mediante la amenaza o la creación de paranoia colectiva a la que tiene acceso todo ente que administre violencia.

Como dices, la delincuencia ya es un negocio muy lucrativo en un entorno estatista; tu afirmación, con todo, va más allá: sería uno de los más lucrativos. Pero todo esto lo afirmas partiendo de la hipótesis discutible de que ninguna agencia se dedicaría a proteger del bandidaje. Y ello a pesar de que allí donde todo el mundo se dedica a una actividad, la diferenciación constituye una estrategia para lograr una mayor rentabilidad: si todo el mundo es atacado por unos bandidos, aquel que logre proporcionar un sistema para defenderse de esos bandidos aun ganará más dinero.

¿Qué por qué una persona debería dedicarse a defender a los individuos en lugar de atacarlos y quedarse con sus propiedades? Primero porque no existe una preferencia universal por expoliar al prójimo. Segundo, entre los propios individuos atacados existe una defensa germinal que un tercero puede complementar para, entre otras cosas, defenderse a sí mismo. Tercero, porque existen individuos y empresas a las que no les interesará –como ya hemos visto- que ciertos clientes o proveedores sean arrasados. Y cuarto, porque no necesariamente el negocio de la destrucción será más rentable que el de la producción.

Es cierto que el terrorismo asistemático resulta barato, ya que sólo pretende causar el mayor daño posible. Pero aquí estamos hablando de un terrorismo con afanes de conquista y expoliador. No se trata sólo de hacer daño, sino de conseguir un asentamiento permanente que logre expoliar día a día a una población hostil. Dependiendo de la resistencia de la población, el daño (la destrucción) que habría que practicar sería mayor, es decir, se necesitarían más medios destructivos (más costes) para acabar con la riqueza de esa sociedad (menores ingresos futuros). En otras palabras, cada destrucción adicional que fuera necesaria disminuiría la rentabilidad del expolio: en el límite, los bandidos eliminarían a toda la población y a todo el capital inmovilizado, por lo que sólo obtendrían las tierras y los bienes líquidos (oro y joyas). Este botín podría ser suficientemente atractivo para cubrir los costes directos (precio de las bombas y salario de los soldados agresores), pero podría no serlo para cubrir el coste de oportunidad (las cuotas futuras en concepto de provisión de seguridad que los individuos habrían pagado durante varios años y que ahora no lo harán).

Es decir, no necesariamente el negocio de la violencia será más rentable para aquellas empresas que sepan que pueden resultar contratadas, especialmente allí donde la resistencia de la población sea elevada.

Con todo, si el negocio de la violencia es el más rentable y ningún grupo humano está interesado racionalmente en defender a otro cuando puede expoliarlo directamente, el Estado tampoco constituiría una excepción. Para Isidoro, feligrés de la corte estatal, cómo no podía ser de otro modo, sí lo hace: Esas amenazas son posibles y se dan en los estados, pero el equilibrio entre éstos junto con los mecanismos políticos y judiciales de control del poder las limitan: ¿cómo sería sin limitación alguna? Es sencillo: con la fuerza... ¿por qué dialogar? Las empresas de seguridad no sólo tienen la puerta abierta para hacer el mal sino que sus clientes pueden pedir el mal.

Aquí tenemos de nuevo la falacia contractualista de la que ya hemos hablado. Tanto los jueces como los mecanismos políticos son partes del Estado y, por tanto, no constituyen auténticos límites a su expansión. La libertad no es objeto de protección, sino de disposición discrecional.

Por ejemplo, ¿cómo se protege la vida humana bajo un Estado? Primero, se redacta una Constitución donde se decide proteger ese derecho. Segundo, los órganos políticos derivados de la Constitución (como el Parlamento o el Gobierno) acatan la Constitución y aprueban una serie de leyes y reglamentos para perfilar la protección del derecho. Tercero, los jueces tutelan y vigilan el efectivo cumplimiento de la ley. Cuarto, la policía y las fuerzas armadas deciden someterse a la Constitución, las leyes, los reglamentos y las resoluciones judiciales.

En ninguno de estos cinco puntos existe la garantía de que el derecho a la vida vaya a protegerse ni que, de hecho, vaya a contemplarse como tal. Primero, la Constitución no tendría por qué contener ese derecho: es una decisión meramente arbitraria del poder constituyente (y quien dice la vida puede decir la propiedad privada, la libertad comercial, la libertad de expresión…). La existencia de Estado NO necesariamente deriva en una protección de al vida y la libertad de las personas; el Estado mínimo es un resultado posible pero no necesario de la creación del Estado (del mismo modo que el anarcocapitalismo pacífico y eficiente es un resultado posible de la abolición del Estado), pero nada nos permite asegurar que el Estado –el poder monopolístico- aceptará suscribir un pacto con la población para respetar sus derechos (y aunque lo haga nada nos permite asegurar que esos derechos sean auténticos derechos y no sus violaciones –por ejemplo: derecho a matar, a robar, a saquear, a restringir la libertad de expresión…

Segundo, aun cuando la Constitución contemple esos derechos, los políticos podrían no respetarlos y limitarlos, facilitando una novación constitucional (en buena medida así ha ocurrido con la Constitución americana) o bien la apertura de un procedimiento de enmienda. Nada garantiza que los políticos vayan a cumplir por ellos mismos los pactos suscritos a través de la Constitución: las garantías se nos presentan como internas, otros mecanismos del Estado (los jueces) promoverán que los políticos (otra parte del Estado) cumpla con los compromisos del Estado.

Tercero, aun cuando la Constitución y los políticos respeten los derechos suscritos (y estos derechos sean auténticos derechos), los jueces podrían decidir no tutelarlos (por ejemplo, declarando inocentes a los criminales). Así mismo, los jueces podrían hacer la vista gorda a las violaciones de la Constitución efectuadas por los políticos. De nuevo, es el juez quien arbitrariamente decide el ámbito de protección y tutela de los derechos individuales: nada garantiza que ese ámbito vaya a mantenerse dentro de sus justos límites en lugar de sentar las bases para la dictadura estatal. Sólo la voluntad de unos hombres que gozan de poder absoluto lo certifica.

Y por último, aun cuando todos los mecanismos del Estado funcionen correctamente, éstos se vuelven totalmente ineficaces si el poder militar y policial no se somete a sus órdenes. De nuevo, nada garantiza que la concentración de poder monopolístico que supone el ejército vaya a acatar constitución, ley o resolución judicial alguna. De hecho, siguiendo el planteamiento de Isidoro, ¿por qué el ejército no instituye una dictadura militar expoliadora si le resulta más rentable que la producción de la defensa? ¿Acaso no recaudarían más impuestos que los derivados del pago mensual de exiguos salarios? ¿Por qué no asistimos ante golpes de Estado continuados en Occidente si la naturaleza de la producción y de la destrucción es distinta?

La razón es que las bases de la estabilidad y de la libertad no se encuentran en el diseño de los mecanismos estatales. Esos mismos mecanismos aplicados en sociedades distintas fracasan rápidamente. ¿O acaso crees que es muy complicado violentar la separación interna de poderes cuando todos o una mayoría de sus participantes está de acuerdo en hacerlo? ¿Acaso es complicado nombrar jueces o tutelar políticos desde la cúpula militar? No, no lo es, pero como ya hemos dicho, existen una serie de instituciones subyacentes –que tú equiparas erróneamente al entramado estatal- que garantizan o refuerzan la defensa de la libertad.

Sin esas instituciones, el Estado aparece como lo que es: un arma de explotación de la libertad. Si hoy mucha gente no tiene esta percepción se debe obviamente a que esa explotación queda encubierta a través de prebendas y beneficios varios. Pero la lógica es la misma: redistribución de riqueza y restricción de la libertad bajo el manto del bien común.

31. La duración de la guerra y la externalización de los costes

Como ya he dicho reiteradamente en esta respuesta, un problema que tiene la defensa monopolística y compulsiva que caracteriza al Estado, es la desvinculación del coste con la acción. Los políticos pueden hacer que otros individuos (los contribuyentes netos) financien la guerra, lo cual incentiva el militarismo estéril. Si yo tengo que pagar la guerra, soportaré un elevado coste de oportunidad; si puedo realizar la guerra con cargo a la cuenta de mi vecino, no.

En la defensa privada, cada individuo tendría que costear las primas que cargarían sus empresas de defensa. Si consideran que la guerra emprendida es legítima y necesaria (porque ven peligrar su vida o su libertad) estarán dispuestos a gastar enormes sumas; si en cambio creen que se trata de una guerra estúpida, ofensiva e imperialista, simplemente se negarán a pagar las sobreprimas necesarias para financiarla.

Esto, en principio, nos permite afirmar que el pago directo de la guerra supone un límite inmediato a su continuidad y extensión; límite que no existe bajo un régimen estatista.

Pues bien, Isidoro, de nuevo, trata de darle la vuelta al calcetín: La guerra estatista indefinida es un imposible; los pueblos, incluso los más atrasados, han derribado siempre y derribarán a todo gobierno que les empuje a una guerra sin sentido y de desgaste sin fin. La guerra entre bandas y mesnadas mafiosas, como sabemos, es en cambio inacabable.

Primero, no se puede afirmar apodícticamente que cualquier decisión humana es imposible ni, tampoco, que dicha decisión no pueda reiterarse indefinidamente a lo largo del tiempo. Isidoro, ya lo hemos visto con suficientes ejemplos, hace afirmaciones arbitrarias no respaldadas en ningún razonamiento sólido. ¿Por qué es imposible una guerra indefinida? ¿Acaso los individuos no podría elegir pelear durante toda su vida? Y si PUEDEN elegirlo (no digo que sea probable, lo cual es otra cuestión) ¿por qué afirmas que es imposible?

Segundo, de nuevo nos encontramos con una nueva vara de medir. La guerra estatista –esa que se financia con el dinero ajeno- no puede ser indefinida; pero la guerra entre empresas –que se financian con cargo a su capital- sí puede serlo. De hecho, Isidoro no sólo afirma que PUEDE ser indefinida, sino que TIENE QUE ser indefinida. El estatismo produce necesariamente guerras finitas, y el anarcocapitalismo necesariamente guerras infinitas.

Tercero, también aquí vemos que los frenos que sirven para el Estado no sirven para las empresas. Los pueblos, dice Isidoro, aun cuando sean muy atrasados, terminarán derribando a sus gobiernos. En cambio, esos mismos pueblos no podrán derribar a las empresas que les oprimen (porque supongo que Isidoro estará asumiendo que las empresas privadas saquearán a la gente para financiar la guerra, ya que en caso contrario –si solo se financian vía contribuciones voluntarias- el derribo popular de las empresas sería aun más sencillo). En otras palabras, la gente no puede oponerse a una guerra entre empresas pero sí a una guerra entre Estados. Y este es un punto interesante donde deslumbra una nueva contradicción.

En teoría, Isidoro defiende el Estado porque constituye un monopolio de la fuerza capaz de imponer la voluntad última y de terminar con el ciclo de la violencia. Sin embargo, en este mundo descrito por Isidoro, las empresas son capaces de lograr una imposición de su voluntad más poderosa que los Estados, pues éstos pueden ser derribados y aquéllas no. Dicho de otro modo, según la ridícula cosmovisión isidoriana, las empresas serían un modo más adecuado de lograr la imposición de una voluntad última, ya que el Estado resulta en última instancia defectuoso. ¿Qué voluntad puede imponer un Estado si cabe la posibilidad de derribarlo? Y si ese Estado puede derribarse, ¿en qué sentido puede afirmarse que cierra el círculo de la violencia? Ante una decisión del Estado, siempre cabría la posibilidad de que la gente tratara de repelerla a través de la violencia. En realidad, pues, el Estado no sería el árbitro último, sino sólo un árbitro provisional que trataría de imponer sus opiniones a través del Ejército, mientras que las rebeliones populares serían instrumentos aptos para rechazar la voluntad última del Estado.

La rebelión sería el siguiente paso ante una decisión desagradable del Estado: el círculo de la violencia perduraría en un ciclo de golpes de Estado permanentes. Las dos partes de la controversia tratarían de devenir Estado y de imponer su visión.

En cambio, según tu planteamiento, las empresas sí pueden imponer a los pueblos una guerra indefinida, de modo que serían mejores árbitros últimos que tus Estados. Curioso.

La realidad, sin embargo, es muy distinta a este planteamiento sin sentido. Tanto Estados como empresas pueden caer en una guerra indefinida; ni la continuidad ni el fin de la violencia pueden predecirse a priori, son una decisión humana no determinable con anterioridad. Es cierto que un Estado en guerra permanente terminaría provocando muy probablemente (fíjate, Isidoro, que no digo necesariamente o es imposible que suceda de otro modo) un rechazo en su población, si bien este no es un planteamiento teórico, sino histórico (a la mayoría de la gente parece que no le gusta pasarse su vida peleando). Pero si esto es cierto de los Estados, tanto o más lo es con respecto a las empresas privadas.

Si asumimos que la gente sigue pagando voluntariamente a las empresas, el rechazo se manifestaría de manera muy sencilla: cancelando la suscripción.

Si asumimos que la gente paga porque las empresas les obligan a ello, la rebelión antiestatista que predice Isidoro también tendría aquí su cabida.

Cuarto, lo más gracioso del planteamiento de Isidoro, con todo, es que hasta aquí no tenía nada que ver con mi objeción. Ya ha sucedido con anterioridad; Isidoro no sabe responder a ciertas cuestiones y saca otros temas. Se da dos vueltas por Úbeda y sus cerros y regresa para despistar al lector. Tengamos presente que yo planteé que la restricción financiera de los consumidores y el coste de oportunidad que les supone financiar una guerra, supone un límite a su continuidad, límite que no existe en el caso de una agencia monopolística que externaliza coactivamente esos costes.

Pues bien, después de afirmar arbitrariamente que la guerra estatista indefinida es imposible (porque yo lo valgo) o que, como sabemos (¿quiénes?), la guerra privada es infinita, retoma la cuestión de la externalización de los costes: Los estados son ajenos a costes pero las empresas de defensa, finalmente, también lo serían por su simple asociación a colectivos de individuos que piden una determinada cartera de agresiones o puniciones que serían vasallos de facto de esas empresas inflexibles a las que acabarán confiando su lealtad. Producto diferente, producto diferente, producto diferente...

Qué tierno regreso a la infancia. Cada vez más los argumentos de Isidoro me recuerdan a los del niño enrabietado que se pone rojo como pavo, se hace un ovillo en una esquina y sólo repite que tiene razón. “Producto diferente” es una nueva letanía del minarquismo rojo, ese que nunca fue minarquista, pero sí escarlata.

En todo caso, aquí tenemos una nueva contradicción. Los individuos se convierten en vasallos de las empresas porque solicitan una cartera de agresiones, pero en cambio los ciudadanos de los Estados se opondrán a que estos prolonguen indefinidamente las guerras. Vamos, que a los vasallos les va la marcha y a los súbditos estatistas no. ¿Por qué los vasallos deberían aceptar la guerra indefinida y por qué los ciudadanos del Estado no? ¿Por qué los primeros no podrían rebelarse y los segundos no podrían hacer otra cosa?

Con todo, lo más gracioso no es esto. Isidoro parece no haber entendido cómo los Estados externalizan los costes de la guerra. Primero, un impuesto es un pago coactivo sin contraprestación específica: es decir, cada ciudadano paga a) por la fuerza, b) a cambio de nada. No se puede actuar marginalmente a través del Estado: tu contribución no está asociada a ninguna cartera concreta de servicios. Pagues más o pagues menos tendrás idéntico derecho a unos servicios genéricos.

En muchos casos (contribuyentes netos), la gente puede considerar el pago excesivo para la utilidad que le prestan los servicios que recibe, pero no tiene otro remedio a seguir pagándolo. En el caso de la guerra de los Estados, tú pagas impuestos a) quieras o no, b) para financiar una pluralidad de servicios aparte de la guerra.

En las empresas privadas, en cambio, pagas a) porque quieres, b) para financiar la guerra. En otras palabras, puedes comparar si tu dinero se está gastando bien o no y si te reporta los beneficios deseados. En caso de que no sea así, cancelarías la suscripción.

Tú, en cambio, sostienes que la gente se adheriría a una empresa por lealtad. ¿Y? ¿Qué tiene ello que ver con la externalización de costes? Lo cierto es que los clientes siguen soportando los gastos de la guerra mientras quieran, se base ese querer en la lealtad, la astrología o la fría estrategia calculadora. Las empresas no externalizan los costes, porque en el momento en que quienes pagan, porque quieren y para recibir el servicio de seguridad, dejen de querer financiarlas, se quedarán sin fuentes de financiación.

32. Epistemología iracunda: tengo razón porque sí

¿Saben qué es meter el dedo en la llaga? Básicamente lo que hago con Isidoro cada vez que le recuerdo su falta absoluta de razonamientos lógicos para respaldar sus afirmaciones que, por ausencia de estos, se vuelven gratuitas y arbitrarias. Si leemos con un medio detenimiento a Isidoro veremos que abundan las expresiones del estilo “es evidente”, “ya se sabe”, “resulta indiscutible”, “es razonable”, “no cabe duda”… pero ninguna de ellas está mínimamente probada. Se apela a un supuesto juicio superior, el debate, para Isidoro, está zanjado desde el principio, todo consiste en buscar las tretas para tratar de refrendar la verdad revelada.

Ya se nos ha dicho que el Estado es mucho más razonable que la anarquía. ¿Que por qué la guerra indefinida es imposible con el Estado? Pues porque la gente se rebelaría. ¿Que por qué es inexorable en la anarquía? Porque la gente no podría rebelarse. ¿Y cuál es la diferencia? Que existe el Estado, y así se resolvería todo. ¿Y en su ausencia? Caos. ¿Por qué? Porque sí. El Estado es una perspectiva razonable.

¿Por qué el Estado mínimo que supuestamente defiende Isidoro es una perspectiva realista –cuando no se ha dado jamás en la historia- y la anarquía no? Porque es más realista pensar en términos estatistas. ¿Por qué? Porque sí, para Isidoro es autoevidente y no es necesario tratar de demostrarlo.

Todo cuanto desborda sus pretensiones militaristas y centralistas es tildado automáticamente de descabellado. No importan los argumentos, porque las ideas preconcebidas prevalecen en cualquier caso.

Así las cosas, le pedí que demostrara que sus predicciones catastrofistas sobre la anarquía son ciertas. La respuesta de Isidoro es de una atónita sinceridad; simplemente no puede demostrarlo: ¿Pruebas? Dame pruebas de alguna ley económica y yo te daré pruebas empíricas de la anarquía ancap. Tan imposible es lo primero como lo segundo. Pero si a pruebas llamas el mero razonar, creo estar siendo bastante razonable al margen de que esté en desacuerdo contigo: astronauta ancap y gurú de la verdad absoluta de quiénes adoran el no-estado.

Primero, si no puedes demostrar tus afirmaciones, ¿con qué base discutes? Ah ya, tertulia de café. Si ya te dije que era lo tuyo.

Segundo y más importante, hasta donde yo creía, eras seguidor de Mises en epistemología. Por supuesto, todo el mundo puede cambiar de ideas, aunque me temo que para cambiar primero deberías haber manejado y conocido en algún momento la epistemología miseana. No puedo quedarme más que asombrado de que sigas a Mises y luego afirmes que demostrar una ley económica es IMPOSIBLE.

Te voy a copiar un breve texto de Mises extraído de su libro “Epistemological Problems of Economics” que supongo que será lo primero que lees sobre la epistemología de este autor: “La ciencia de la acción humana que trata de obtener un conocimiento universalmente válido es el sistema teórico cuya rama más desarrollada hasta el momento es la economía. En todas estas ramas, esta ciencia es a priori, no empírica. Como en la lógica y en las matemáticas, no se deriva de la experiencia; es anterior a ella”.(…) “Como seres humanos que actúan y piensan, aprehendemos el concepto de acción. Y al aprehenderlo, aprehendemos simultáneamente conceptos relacionados como valor, riqueza, intercambio, precio y coste. Todos ellos están necesariamente implicados en el concepto de acción, junto con los conceptos de valoración, escala de valores e importancia, escasez y abundancia, ventaja y desventaja, éxito, beneficio y pérdida. El desarrollo lógico de todos estos conceptos y categorías como una derivación sistemática del concepto de acción y la demostración de las relaciones necesarias entre ellas, constituye la primera tarea de nuestra ciencia. La parte que trata de la teoría elemental del valor y los precios sirve como punto de partida de la exposición. No puede caber duda alguna del carácter apriorístico de estas disciplinas.” (…) Una proposición de una teoría apriorística nunca puede ser refutada por la experiencia. La acción humana siempre se enfrenta a una serie compleja de fenómenos que primero deben ser analizados e interpretados por la teoría antes de que puedan situarse en un contexto de una hipótesis y de que puedan ser aceptados o rechazados.

Esto es Mises y su epistemología. No lo cito como una voz autorizada, sino para poner de nuevo tus contradicciones de manifiesto.

¿Me pides que te pruebe una ley económica? Encantado: la utilidad marginal decreciente. Cada nuevo medio homogéneo desde el punto de vista del actor se dirige ex ante a satisfacer necesidades cuya utilidad cada vez es menor. ¿Otra ley? La ley de la demanda: un incremento del precio hace que la cantidad demanda de un mismo producto sea menor de lo que habría sido. ¿Contento? Ahora demuéstrame tú que tus predicciones sobre la anarquía son ciertas y que no son fruto de una cierta euforia etílica. Ah, ¿qué es imposible según ya has admitido? Pues ahí quedan la calidad de tus argumentos: a la altura de naderías sin fundamento alguno.

33. Convicciones e instituciones

Como hemos visto, una de las muchas arbitrariedades en las que cae Isidoro es en suponer que la sociedad estatista resistiría los embates totalitarios mientras que la anarquista necesariamente caería en ellos.

Como ya dije, las mismas convicciones que podrían existir en el estatismo podrían estar presentes en la anarquía. La razón es que las convicciones liberales no tienen que ver con la estructura estatal vigente; más bien ésta última es un resultado de las convicciones.

Así, un Estado mínimo sostenible a lo largo del tiempo, lo sería debido a que la mayoría de la gente cree en la conveniencia de ese modelo: de un ámbito político extremadamente restringido. En caso contrario, cualquier Hitler o Stalin podría tomar el poder y reprimir a la población; sometiéndose a la ley y reformándola o simplemente transgrediéndola desde un principio.

Si hay que confiar en la permanencia del Estado mínimo –como nos pide Isidoro- será porque la gente se resistirá ante el alzamiento de un dictador que intente ampliar los poderes del Estado, esto es, será porque existan unas convicciones marcadamente antiintervencionistas.

Isidoro, obviamente, no puede aceptar esto, ya que si esas convicciones son la base última que sustenta a cualquier régimen político, también podrían servir para sustentar la anarquía. Nos dice: Las convicciones se acompañan de instituciones características. Sin instituciones políticas, esto es: colectivas, es imposible que la convicciones se canalicen de una manera efectiva o se puedan defender efectivamente contra los enemigos organizados. Nunca se detuvo a un agresor con una desnuda elocuencia comprometida en lo ético sino con la fuerza: EL PODER PARA LA RAZÓN. No hay valores que valgan sin instituciones y no hay instituciones sin valores (ya “buenos” o “malos”).

Aquí Isidoro cae en nuevas contradicciones. Primero, si las convicciones son la garantía última, el seguro de vida del Estado, no tiene sentido introducir a las instituciones estatales como requisito efectista de las convicciones. Y es que, bajo este reducido esquema mental, si las instituciones estatales se corrompen, las convicciones se vuelven ineficaces. Por ello, un Estado mínimo que por error encumbre a un totalitario al poder, desaparecería ipso facto: dado que el dictador controlaría las instituciones estatales, las convicciones del pueblo dejarían de “canalizar de una manera efectiva” la resistencia y serían inútiles. El Estado sería un circuito cerrado que conferiría poder absoluto sobre el pueblo. ¿Garantías de viabilidad del minarquismo? Ninguna: la falsa esperanza de que todo irá bien porque sí.

Segundo, Isidoro dice que los valores no valen sin instituciones, pero que las instituciones no existen sin valores; ergo, las instituciones son inútiles. Y es que, en principio, si las instituciones son un posterius de los valores, éstos tendrán alguna utilidad (a saber, la posibilidad de engendrar las instituciones) aun en ausencia de instituciones. Quitarles la utilidad a los valores sin instituciones es equivalente a decir que cualquier subproducto suyo (por ejemplo las instituciones) es también inútil.

Tercero, Isidoro olvida la existencia de instituciones tan vitales como el lenguaje, el dinero o el derecho que no han sido creadas por el Estado, sino que son anteriores a él. De hecho, estas instituciones espontáneas no necesitan de estructuras estatales para nacer y desarrollarse y, en la mayoría de los casos, el intento de control estatista llevará a su progresiva degeneración (el caso de la moneda y el crédito es muy ilustrativo).

El problema de Isidoro es su desenfrenada pulsión intervencionista, que le lleva a creer que el Estado es necesario para el funcionamiento de cualquier proyecto colectivo: Yo te puedo decir, es más, te puedo asegurar que en el pretendido mundo ancap las instituciones de coerción no existen y como yo sostengo que los remedos de ejército que pudiesen surgir en dicho desorden acabarían por imponer el orden o serían patéticamente inútiles frente a los organizados ejércitos agresores puedo asimismo asegurarte que los valores que pudieran existir en el desorden serían indiferentes al no poder ser canalizados.

En ausencia de Estado, la acción colectiva es imposible; ergo, el Estado debe proporcionar coactivamente los bienes públicos necesarios para el ser humano. El problema de estas teorías (lo que Olson llamó “la paradoja de la acción colectiva”) es que se basan en visiones muy reduccionistas del ser humano –como el paradigma del homo economicus- incapaces de comprender las relaciones praxeológicas entre fines y medios. Existe la posibilidad de crear mecanismos de coordinación no coactivos (las instituciones espontáneas a las que nos hemos referido son un ejemplo ilustrativo) para llevar a cabo las acciones colectivas necesarias.

No deja de resultarme gracioso que Isidoro quiera fundamentar la resistencia antitotalitaria de la población en estructuras estatales; como si las rebeliones, los alzamientos o los linchamientos de tiranos fueran ejemplos de impecable coordinación estatal. En estos casos, el lenguaje y el ajuste mutuo juegan un papel infinitamente más importante que el Parlamento, las leyes o los reglamentos.

Las pruebas que Isidoro trata de esgrimir para mostrar que sólo los valores dotados de poder estatistas triunfan es simplemente pueril: En definitiva: en toda época y lugar están presentes todos los valores imaginables, pero eso no significa que sean en toda época principales, hegemónicos o siquiera defendibles.

Por supuesto, los valores liberales siempre han estado más o menos presentes en la sociedad y nunca han triunfado. Pero ello no se debe a que no hubieran tomado el poder del Estado, sino a que eran minoritarios en la sociedad. El hecho de que el minarquismo no haya triunfado jamás no se debe a no haber controlado las instituciones estatistas, sino a que nunca ha sido realmente predominante. O dicho de otro modo, que no todos los valores hayan triunfado siempre no prueba que sólo los valores situados en la cúspide del poder sean valor útiles o viables, sino que sólo los valores hegemónicos conforman la convivencia social, sea a través del Estado o no; la acción colectiva no requiere del Estado, sino de una colectividad suficiente.

Esta idea de Isidoro, con todo, nos sirve para constatar su mentalidad constructivista: sólo aquellos valores que dirigen el Estado, que se imponen por la fuerza, tienen influencia alguna en la sociedad. Las convicciones sociales deben actuar mediante el Estado para ser efectivas, la persuasión, la presión o el ajuste mutuo no sirven. Sólo la fuerza es capaz de dotar de moralidad al hombre.

Aun así, sinceramente, la prueba definitiva de que Isidoro tiene razón nos la da él mismo: No hacen falta pruebas de laboratorio para respaldar estos asertos sino simplemente estar de acuerdo con ellos. Genial: para que un aserto sea verdad sólo tienes que estar de acuerdo con él. No hace falta demostrar nada, sólo tener fe y recurrir al dogma. Tienes la lección bien aprendida.

Pero, sigamos el rocambolesco planteamiento de Isidoro, a saber, que la coordinación de la defensa sólo puede llevarse a cabo a través del Estado. En otras palabras, sólo el Estado puede ejecutar una acción bélica exitosa. ¿Qué le ocurriría entonces al Estado mínimo si las estructuras coercitivas se totalizaran? ¿Podría la gente resistirlo o debería plegarse ante ese hecho? ¿A través de qué mecanismos podrían defenderse si han sido expulsados del ruedo estatal?

Y lo que es peor para el planteamiento de Isidoro, si el ejército es el garante último del Estado y de la defensa de la población y, según tú, no existen incentivos para que nadie defienda a otro mientras pueda expoliarlo de manera mucho más rentable, ¿por qué el ejército de un Estado mínimo no se totalizaría para explotar más severamente a su población? (recordemos que ésta no puede reaccionar porque, según tú, sólo las instituciones coercitivas cuentan y éstas están tomadas por el Estado).

En definitiva, recapitulemos el argumento de Isidoro:

a)      Sólo el Estado ofrece una defensa eficaz.

b)      Las convicciones sólo son efectivas a través del Estado.

c)      Conclusión: cualquier convicción que llegue a controlar el Estado no podrá ser rechazada por la población, ya que sólo será efectiva la convicción del Estado frente a las de la población.

Si unimos c) a otro de sus supuestos anteriores:

d)      El negocio de la destrucción es siempre más rentable que el de la defensa; cualquier persona con más poder que otra preferirá esclavizarla y expoliarla antes que cobrarle una cuota por defenderla frente a otros agresores.

Así, tenemos que las convicciones expoliadoras del ejército siempre prevalecerán sobre las opiniones liberales –e irrelevantes- de la población. El ejército simplemente no estará dispuesto a defender a la población a cambio de un salario mensual si puede explotarla y esclavizarla; y la población, por c), no podrá hacer prevalecer sus convicciones frente a las del ejército. En definitiva, el Estado mínimo que defiende Isidoro es imposible.

Isidoro contempla un supuesto adicional más tarde: que la población se organice formando otro Estado a través del que poder actuar colectivamente y defenderse. Luego analizaremos la consistencia de esta afirmación.

34. Quinta contradicción que Isidoro niega: la violencia en la conformación del monopolio

Nuevamente Isidoro sostuvo dos tesis contradictorias. Por un lado, que en una sociedad anarquista las empresas terminarían integrándose en un trust (algo así como el monopolio único marxista) y conformando un monopolio de la violencia y, por otro, que ese proceso sería sanguinario (el ciclo imperialista y demás). Obviamente no pueden darse ambos fenómenos: si se llega a un acuerdo colusorio (trust) no habrá guerras empresas y si hay guerra será que no se ha alcanzado acuerdo o que se ha roto.

¿Forma de salir del enredo? Diciendo que cuando habló de violencia y guerra no se refería a guerras entre empresas, sino a guerras entre el monopolio y la población: El trust materialmente nunca existe, es imposible: hay mercado negro siempre. El trust que aparece en el caso analizado habría de pugnar con todos los que no conviniesen en adherirse. No ha lugar el, de repente, contraponer trust y guerra. El trust es un mero nombre para denotar una intención: unificar la extorsión-defensa bajo un determinado mando. En dicho sentido trust y guerra van de la mano sin ser en caso alguno antagonistas. Contradicción inventada...

Isidoro nuevamente tiene que desviar el tema para salvar sus contradicciones. Es como si yo digo: “A puede golpear a B en el momento X o puede no golpearle, pero no puede golpearle y no golpearle al mismo tiempo X. Y tú respondes: No, B puede ser golpeado y no golpeado al mismo tiempo. Es simple: A no le golpea y C le golpea.”

Por supuesto que podría haber violencia al margen de los acuerdos alcanzados entre las empresas, tanto violencia interna (la población) como externa (de otras agencias que no participan en el trust), pero esa violencia es INDEPENDIENTE al proceso de formación del Estado. La población siempre puede levantarse contra el Estado y otros Estados siempre pueden intentar conquistarlo; pero ello con irrelevancia de que se esté formando el Estado (trust) o no.

Y aquí hallamos una nueva contradicción de Isidoro, si el trust materialmente nunca existe, es imposible, entonces el Estado no puede considerarse como un monopolio de la violencia, sino como un intento continuado por lograrla. Tú mismo reconoces que el trust es el estado de facto. Pero entonces, si el trust está asociado directamente con la violencia (especialmente, según tú, con la violencia interna de resistencia), ¿en qué sentido puedes afirmar que el Estado termina con el ciclo de la violencia? Sólo terminará con ella cuando la población decida voluntariamente someterse al Estado, pero de nuevo, esto no tiene NADA que ver con la configuración de una estructura estatal concreta, sino con las convicciones hegemónicas en la sociedad (¿debemos aceptar el Estado de bienestar? ¿son tolerables los impuestos? ¿la expropiación forzosa es necesaria para la construcción de carreteras?) que tú mismo has tildado de irrelevantes mientras que no se coordinen con el Estado al que, en teoría, deberían enfrentarse.

Por supuesto, puedes intentar conciliar esta contradicción diciendo que el Estado construye los mecanismos para dar participación a las distintas convicciones y que, desde esa perspectiva, las convicciones sí quedan coordinadas por el Estado y éste termina con el ciclo de la violencia (el cambio de gobierno tranquilo).

Pero, de nuevo, esto SÓLO será así si las convicciones mayoritarias aceptan que el mecanismo de participación estatista es legítimo y conveniente. En otro caso, la gente se seguirá levantando contra esos mecanismos y el Estado, per se, no pondrá fin a ningún ciclo de violencia: será sólo un estadio más.

Para solventar todo esto, Isidoro tiene que suponer que cualquier rebelión interna tiene lugar a través de la conformación de otro Estado, pero ello sólo nos abre nuevas contradicciones. 

35. Sexta contradicción que Isidoro niega: Cómo lograr que las convicciones prevalezcan

Recapitulemos el argumentario isidoriano. El Estado es bueno porque pone fin a la violencia, en su ausencia tenemos una guerra permanente. El trust es un proceso de conformación del Estado y está asociado a la guerra porque hay gente que se opondrá a su consolidación.

Problema: Si se entiende el trust como un proceso de nacimiento del Estado que resulta violento porque la gente se opone a él, entonces cualquier oposición interna al Estado resultará igualmente en violencia y ello significará que el Estado no sirve para poner fin a la violencia. Sólo las convicciones de la mayoría de la población serán las que decidan si un Estado permanece o desaparece, y ello sin necesidad de introducirse en las instituciones del Estado, ya que son un prius.

Si esto es así, entonces las convicciones no necesitan del Estado para coordinarse y pueden del mismo modo controlar las derivas totalitarias de un sistema de libre empresa. Pero esto no puede ser admitido por Isidoro, quien ya sentenció contradictoriamente que los ciudadanos sí pueden defenderse pero los clientes no.

Solución aparente propuesta por Isidoro: Las convicciones pueden rebelarse contra el Estado mediante la creación de un nuevo Estado interior: Los clientes pueden evitar que sus empresas les opriman del mismo modo en que lo evitarían frente a un estado; constituyendo una oposición política organizada, esto es: darse a sí mismos un órgano ejecutor, un órgano de compulsión (…) Una clientela que prevee el trust, como he dicho, se organizaría como ente coercitivo: estado. Un trust que aspira a dominar el mercado de la soberanía o a ganar una guerra imposible sin dirección única se organizaría como un ente coercitivo: estado. Así de fácil.

El problema es que esto choca de lleno con la definición de Estado. Hemos dicho que el Estado es el monopolio territorial de la violencia: nadie más puede ejercer la violencia sistemática sobre un territorio. Así mismo, has afirmado que sin instituciones estatales las convicciones nunca podrán defenderse frente a enemigos organizados; esto es los ciudadanos sólo pueden acabar con un Estado opresor si se organizan de manera centralizada y coercitiva.

Pero la constitución de un Estado dentro de otro Estado ¡negaría la naturaleza del segundo! Si puedes organizar un nuevo Estado es que no existía un auténtico monopolio o, mejor dicho, que el antiguo monopolio ha dejado de serlo. Y si el Estado puede dejar de ser monopolio de la violencia, ¿cómo va a poner fin al círculo de la violencia? ¿Por qué iba a ser un árbitro último y no sólo un obstáculo para su continuación?

De hecho, y esto es lo más curioso, la garantía última de la libertad no se encuentra en el Estado, sino en la supresión del Estado (esto es, del monopolio de la violencia). En última instancia, la libertad sólo queda garantizada por la posibilidad de repudiar el Estado, de quitarle la condición de árbitro último y de seguir con el ciclo de la violencia.

Tú asumes alegremente que este proceso sólo puede realizarse creando un nuevo Estado interior; esto es, un mando centralizado y coercitivo. Pero evidentemente esto es una afirmación puramente arbitraria. Por lo general, incluso los Estados, tienen un núcleo de adhesión voluntaria, ya que en caso contrario nos hallaríamos ante estados unipersonales. Las rebeliones, del mismo modo, muy rara vez surgen de la esclavización de un ejército entero por parte de una sola persona; más bien hay una confabulación entre un grupo de personas que convencen a las restantes para que se levanten contra la opresión del Estado.

El hecho de que durante la rebelión se pueden producir episodios estatistas (por ejemplo, que el ejército voluntario expolie a la población que reside en las áreas que va conquistando) ya es un añadido que en absoluto demuestra su necesidad. De hecho, si la rebelión inicial se produce con éxito a través de la libre voluntad de las partes, no puede concluirse que el éxito de la rebelión depende de la coacción.

Más bien cabe pensar que el éxito de al rebelión sólo dependerá de la coacción cuando ésta aspire a convertirse en un nuevo Estado, esto es, a someter y subyugar grupos sociales opuestos a la rebelión. Pero esto sólo demuestra que todo Estado se basa en la coacción, no que las rebeliones antiestatistas necesiten de la coacción y de su conversión en un Estado.

En definitiva, las convicciones sí tienen importancia al margen de su participación activa en el Estado. La dirección única, como ya hemos visto detalladamente, no requiere de coacción (los trabajadores de una empresa están sometidos a dirección única a través de contratos voluntarios). Los individuos pueden coordinarse (o confabularse) sin necesidad de una superestructura estatal que los tutele y dirija y, por tanto, el criterio de que sólo a través de la coacción puede triunfar una rebelión, es erróneo.

Nuevas reflexiones sobre la defensa privada: Respuesta a Iracundo (IV)

23. Cuarta contradicción que Isidoro niega: la disuasión

Recordemos que Isidoro beatificó las guerras entre Estados porque su fuerte potencial destructivo disuadía de que los Estados quisieran recurrir a guerras. Recordemos sus palabras: el potencial destructor al que llegaron las naciones obtuvo finalmente un logro de la humanidad: la disuasión de la mutua destrucción asegurada.

Sin embargo, cosas de la vida, después de esto, negó que la disuasión pudiera funcionar en el caso de las empresas privadas de seguridad, aun cuando él mismo había asegurado que las guerras entre empresas serían más sangrientas que entre Estados: No sé si sabrás, Rallo, que una ciudad bajo ataque en el que existan no ya dos, sino tres o cuatro facciones en liza tiene tradicionalmente la desgracia de convertirse en lo más parecido a una carnicería. Una guerra entre señores de la guerra con medios contemporáneos sería, en ese sentido: brutal.

Huelga decir que no estoy de acuerdo en este último comentario, pero la contradicción parece evidente. De nuevo sacamos a relucir las dobles varas de medir: el Estado es bueno porque sus guerras son menos destructivas que las de las empresas privadas. El Estado es bueno porque sus guerras son suficientemente destructivas porque permiten disuadir al enemigo, a diferencia de las guerras entre empresas privadas.

O una cosa o la otra Isidoro. O las empresas son más destructivas y, por tanto, disuadirán más que los Estados, o los Estados son más destructivos y, por tanto, sus guerras serán más cruentas.

Sin embargo, Isidoro no desiste en su intento de cuadrar el círculo: Hay una diferencia tangible entre la violencia sin medida aplicada en todas direcciones y la agresión organizada. La primera trae siempre crueldad sin cuento y la segunda puede traerla. La violencia en todas direcciones, la lucha esquizofrénica de facciones, no disuade en absoluto a nadie: nos dice más bien que nos unamos a la locura (ejemplo claro el de las bandas juveniles: o te unes a una o disponte a desaparecer).

La improvisación sobre ideas preconcebidas va alcanzando límites insuperables. La disuasión es un mecanismo mental que opera ex ante al inicio de la agresión; una persona es disuadida cuando la previsión del resultado le hace repeler el riesgo de que se produzca. Si yo sé que una guerra entre empresas producirá una violencia esquizofrénica, intentaré evitar formar parte de esa guerra. El hecho de que las bombas atómicas destruyeran indiscriminadamente al enemigo de una forma cruenta y esquizofrénica –dada su incapacidad para distinguir entre militares y civiles- no significa que no significa que su tenencia no fuera un mecanismo disuasorio: la posibilidad de una guerra nuclear reprimía la tentación de iniciar la agresión.

Me temo que Isidoro, conscientemente o no, confunde disuasión con represalias. En efecto, las represalias sólo tienen éxito (vengar una agresión pasada y prevenir una futura) cuando son organizadas. Si no puedes controlar la ocurrencia de esas represalias, obviamente no hay incentivos para ceder, puesto que la cesión no asegura el fin de las represalias incontroladas.

En este caso, si el escenario descrito por Isidoro para las guerras entre empresas fuera cierto, sí sería cierto que las represalias perderían eficacia en una sociedad anarquista. Sin embargo: a) ya expliqué más arriba como es posible crear una cadena de control durante las guerras para evitar saqueos y acciones indiscriminadas, b) esto no quita que Isidoro se esté contradiciendo: si las guerras entre empresas son más salvajes, entonces la disuasión operará más en una sociedad anarquista que en una estatista (con independencia de que las represalias pierdan o no utilidad).

¿Qué argumento proporciona en contra a este razonamiento? Pues simplemente que las compañías de seguridad están afectadas por una especie de locura y que no existen incentivos para terminar las guerras en ausencia de Estados: El problema no es sino el número de contendientes y su nula cohesión. Los múltiples bandos así como una violencia rayana en lo inhumano no disuaden sino que incitan. Un grupo poderoso, llamémosle estado, no necesita, aunque las haga, cometer atrocidades para disuadir precisamente en base a su poder. ¿Cuál es la perspectiva de una banda juvenil de un barrio de Los Ángeles? ¿Nula? Ningún bando puede destruir a los otros, simplemente disputan incansablemente por el control de éste o aquel lugar importándoles nada el que el conflicto sea continuo.

Afirmaciones completamente gratuitas. Primero, Isidoro ya establece que habrá muchos contendientes, cuando esto no tiene por qué ser el caso. Todo dependerá de la configuración histórica que se adopte por los consumidores; quizá tengamos una empresa o quizá 400. Imposible de determinar a priori. Segundo, que haya muchos contendientes no significa que no puedan estar cohesionado, como si las alianzas o las integraciones no fueran posibles. Tercero, la comparación de una empresa de seguridad con una banda juvenil es simplemente ridícula, especialmente sin con ello pretendes argumentar que tendríamos tantas empresas de seguridad como bandas juveniles. Si yo te digo que quien secuestra a una persona tiene una entidad similar al Estado inglés, supongo que te parecerá fuera de lugar. Cuarto, un grupo poderoso, en efecto, no necesita cometer atrocidades; de ahí que las empresas de seguridad (que no tus bandas juveniles) puedan disuadir sin cometer atrocidades, porque te recuerdo que las empresas de seguridad pueden ser grupos poderosos. Quinto, asumes a priori que ningún bando podrá destruir a otro, cuando esto no tiene por qué ser cierto; pontificas sobre unos hechos que pueden perfectamente tener una configuración distinta a la que describes. Sexto, aun cuando ningún bando pudiera destruir a otro, lo cierto es que, en este caso, se tendería a alcanzar una situación de paz entre los contendientes para evitar unos ulteriores costes de la guerra que no se verán correspondidos con beneficio alguno (dado que ningún bando puede ganar al otro). Algo muy similar sucede con los Estados; puesto que no van a destruirse entre ellos para no obtener ningún beneficio tangible, se termina imponiendo una coexistencia pacífica; por ejemplo, UK y España podrían iniciar una guerra por Gibraltar, pero las perspectivas de destrucción son tan enormes para un beneficio tan exiguo, que prefieren reconducir el conflicto por la vía diplomática. Exactamente esto podría suceder con las empresas de seguridad.

El otro gran argumento de Isidoro, como ya hemos dicho, pasa por la falta de incentivos para lograr la paz en ausencia de Estados: En cualquier caso nos movemos en un mundo de conflicto perpetuo en el que nadie disuade a nadie porque no hay nada seguro ni una conducta definida que uno pueda seguir para conservar no ya la libertad sino la propia vida: el terror.

Fijémonos en que el conflicto perpetuo es el punto de partida -y no de llegada- del análisis de Isidoro. La libertad y la vida son imposibles porque hay conflicto perpetuo y como la libertad y la vida son imposibles la paz no es alcanzable, ergo hay conflicto perpetuo. Es la magia de los razonamientos circulares y de las ideas preconcebidas.

24. Guerra perpetua

El razonamiento de Isidoro también asumía que la guerra entre agencias iba a ser necesariamente más larga que la guerra entre Estados. Yo le respondí que ello no tendría por qué ser así, dado que las agencias comprometen sus propios recursos, mientras que los Estados comprometen los ajenos. En otras palabras, si yo soy director de una empresa de seguridad cuyo sueldo depende en parte de un paquete de acciones, no estaré interesado en largas guerras que hagan descender su cotización. En cambio, si soy político me resulta indiferente la situación financiera en que se haya el Estado después del conflicto, ya que normalmente habré abandonado el cargo.

 Isidoro, de nuevo, recurre a la fe estatista: No veo por qué un estado democrático con unas instituciones liberales o simplemente no socialistas o nacionalistas agresivas va a desear un marco de guerra absurda o guerra continua. En “el ámbito privado” la guerra puede ser continua porque la expansión del negocio de la extorsión es un incentivo demasiado atractivo como para parar de agredir al vecino que no se avenga a “contratar”.

La técnica de Isidoro es la de siempre: “defino instituciones liberales como instituciones contrarias al totalitarismo”, “defiendo un Estado mínimo con instituciones liberales”, “me despreocupo de la posible degeneración de esas instituciones y de ese Estado mínimo porque mi defensa se circunscribe al caso de laboratorio”.

No te voy a pedir que demuestres que las instituciones liberales necesariamente reducen la violencia. Ahora bien, la reversibilidad de tus argumentos me sorprende nuevamente. Yo también puedo decirte: “no veo por qué unas agencias privadas con unas instituciones liberales va a desear un marco de guerra absurda”. ¿Verdad que eso no añadiría nada a mi argumentación?

Veamos, los políticos pueden desear una guerra precisamente para quebrar esas instituciones liberales que sirven de muro de contención para su intervencionismo. Olvidar este punto y dejarlo de lado en el análisis es tan ingenuo que me sorprende enormemente que no lo consideres. La guerra y la propaganda bélica a la que puede recurrir un Estado permiten corromper esas instituciones para luego proceder a la expansión sostenida del poder político. Los EEUU desde Lincoln son una clara evidencia.

Y la cuestión es cómo tus instituciones liberales impiden que ese comportamiento se reproduzca o, al menos, cómo lo impiden de una mejor manera que el mercado impide que se reproduzcan comportamientos análogos en el anarcocapitalismo. Pero de esto ni una palabra.

De hecho aludes que en el ámbito privado la expansión de los asideros fiscales en el ámbito internacional supone un incentivo casi irrefrenable para la guerra. Pero esto es del todo ridículo por varios motivos.

Primero, nuevamente muestras una gran carencia de conocimientos económicos. Sólo estás considerando el lado de los ingresos (las nuevas contribuciones), pero no el de los costes. Si para ganar 10 al año tengo que gastar 1000 en bombas, puede que la operación no resulte tan rentable. En el caso de una guerra, el monopolio mundial puede resultar una aspiración muy atractiva para forrarse, pero nadie está dispuesto a soportar los ingentes costes que ello supondría.

Segundo, el problema de invadir al tercero que no se aviene a contratar es que, por esa acción, puedes perder numerosos clientes que te estaban contratando pero que no quieren ser presa de un dictador. ¿También los invades a ellos? Sí, es posible, pero tienes un problema: estás multiplicando los frentes de batalla y la gente que te proporcionaba los recursos, al menos transitoriamente, ha menguada de manera significativa.

Tercero, tu mismo argumento se puede aplicar hoy a los Estados. ¿Por qué España no invade Marruecos? Ya ves, tiene millones de nuevos potenciales contribuyentes, pero deja correr la oportunidad. ¿Por las instituciones liberales? Aceptamos barco; ¿por qué Libia no invade Marruecos? ¿También por las instituciones liberales? Si es que Gadaffi es todo un ejemplo.

Pero sigamos con las contradicciones: Cuando el negocio es la violencia... eso que tú llamas recursos se relativiza enormemente. El eventual agotamiento del violento en un marco de todos contra todos significa su allanamiento frente a otros o su aniquilación. Cuando se juega la soberanía, la extorsión, se lucha hasta la disolución sin atender mucho a eso que podríamos denominar recursos. Muerte o rendición: así de sencillo.

Sí, han leído bien. El mismo que hace un rato afirmaba que las guerras entre empresas privadas serían totales y perpetuas porque había incentivos para ellos, ahora critica que el eventual agotamiento de recursos en las empresas pondría en peligro la libertad. De nuevo, tenemos la doble vara de medir: cuando se trata de criticar a las agencias privadas por ser demasiado ofensivas, se asume que los recursos con los que pueden ir a la guerra son ilimitados, cuando se trata de criticarlas por demasiado poco defensivas, pasamos a asumir que esos recursos se han vuelto súbitamente limitados.

En realidad, los recursos de las empresas no tienen por qué ser más limitados que los de un Estado (sobre todo en el caso de ciertos Estados), pero en cualquier caso soportarían directamente el coste de las guerras, cosa que no sucede en el caso de los Estados. Esto significa que su belicosidad se vería frenada (para evitar costes innecesarios) pero su capacidad defensiva no.

En el caso del Estado, en cambio, los costes pueden trasladarse sobre los contribuyentes, de modo que los impedimentos a una guerra prolongada son mucho menores (una alternativa a la guerra prolongada es una guerra prolongada de carácter intermitente, véase EEUU).

Por otro lado, Isidoro es tan consciente de que todo cuanto dice no tiene sentido desde un punto de vista económico que se apresura en modificar los términos. Recordemos la famosa destructividad que debía sustituir a la productividad; ahora nos dice que los recursos son irrelevantes, ya que la alternativa a la batalla es la sumisión. Bien, ¿y si se te agotan los recursos con que batallas? ¿Con la buena intención y el patriotismo? Venga hombre, un poco más de seriedad; los recursos son esenciales para el mantenimiento de la guerra. Como tu mismo dices, su agotamiento supone la derrota del combatiente; ¿cómo van a resultar irrelevantes en ese caso? ¿Se lucha sin atender a los recursos? ¿Entonces a qué atendemos? ¿Al colesterol de los soldados?

Colofón: Otra vez la naturaleza de la violencia es obstinadamente indiferente del mercadeo y de cualquier ficción imaginable de soberanía de los consumidores en dicho negocio.

Claro, la violencia hace que podamos disparar balas aun cuando hayamos agotado las balas o que podamos lanzar bombas cuando las hayamos despilfarrado todas. La naturaleza de la violencia hace que no sea necesario producir uniformes, tanques, artillería o aviones. Porque en la producción de armamento bélico se suspenden mágicamente las leyes económicas; lo importante ya no es si producimos tres tanques por hora en lugar de dos, sino solamente cuántos enemigos pueden destruir unos tanques que todavía no se han producido. Cómo llegar a los tanques es irrelevante, ya que el mercadeo no juega ningún papel; ni en la organización militar, empresarial o productiva.

25. A vueltas con el árbitro

Las dos paridas económicas anteriores (expansionismo continuo e irrelevancia de los recursos) las saldó Isidoro afirmando que no al no haber árbitros últimos entre empresas, sería imposible llegar a acuerdos y, por tanto, a la paz... aun cuando las empresas quisieran. Yo, obviamente, le pregunté en su momento quién era el árbitro último entre el Estado y la sociedad o entre los distintos Estados mundiales que no se encuentran en guerra, y la respuesta de Isidoro refleja nuevamente la inmensa fe que esta gente tiene en el buenismo estatal:

¿Quién habla de árbitros entre estados? Los estados pueden llegar a acuerdos entre sí y, por supuesto, hacerlos respetar en sus territorios respectivos, pero no necesitan de árbitros: basta la disuasión en lo atinente al derecho internacional básico, el ius cogens (No obstante existe un Tribunal Internacional de Arbitraje).

Aquí mezclas muchas cosas. Primero, quien ha hablado de árbitros entre Estados he sido yo, claro. Tu incoherencia te lleva a defender que el Estado puede ser un árbitro último pero la empresa no, curioso. Segundo, las empresas también pueden llegar a acuerdos con otras empresas y con sus clientes; por ejemplo, pueden aceptar someterse a la jurisdicción de un tercer órgano para solventar las eventuales discrepancias. Tercero, el ius cogens del derecho internacional público no está respaldado por ningún ejército, de modo que los Estados podrían decidir no someterse a él. Tú asumes que ello no sucederá, a pesar de que no existe un árbitro superior entre los distintos Estados y, en cambio, asumes que necesariamente sucederá entre empresas que tampoco posean un árbitro superior dotado del monopolio de la compulsión. Tu doble vara de medir es realmente sorprendente.

Sigamos con las incongruencias: Si son los individuos de todo el planeta los que llegan a acuerdos, en un no-estado mundial, ¿quién hace respetar los acuerdos? Aquí si hace falta un árbitro. Si los estados tienen acuerdos básicos sobre la convivencia como la prohibición del genocidio, por ejemplo, ¿qué se hará? Puede haber una guerra, seguramente la habrá. Pero UNA guerra. En el no-estado mundial ancap acabará habiendo guerra a causa de todo acuerdo no respetado por parte de los que se consideren a sí mismos como fuertes. En esas disputas no habría árbitro posible sino, en último término, un sistema monopolístico o monopolítico, establecido por quiénes ejerciesen o pudiesen ejercer la violencia., y que suministraría dicho arbitraje: mejor o peor, pero arbitraje.

Si los Estados mundiales llegan a acuerdos no hacen falta árbitros, si los individuos del planeta llegan a acuerdos, sí. ¿Por qué? Porque el Estado puede ejecutar internamente los acuerdos, dice Isidoro. Pero olvidas el problema esencial: el Estado también puede no ejecutarlo, en cuyo caso se quiebra el acuerdo con otro Estado.

Afirmas que en tal situación puede haber una guerra, pero sólo una (me sorprende tu habilidad para cuantificar el futuro con semejante precisión), mientras que en un sistema libre habrá tantas guerras como incumplimientos contractuales. Bien, miremos tu argumento desde otra perspectiva.

El Estado decide unilateralmente si respetar el acuerdo o no hacerlo. Ello significa que cada Estado que se niega a respetar el pacto arrastra en la misma dirección a toda su ciudadanía. En ausencias de Estado, sin embargo, las decisiones se tomarían individualmente, de modo que para que la negativa del Estado español a respetar un acuerdo tuviera su traducción en una sociedad libre, sería necesario que 40 millones de personas una a una se negaran a cumplirlo.

Es por ello que aun cuando sólo hubiera una guerra en tu mística internacional estatal, la guerra podría ser mucho más destructiva que en un mundo sin Estados. Una guerra entre Estados es una guerra que involucra necesariamente a millones de personas, una refriega entre individuos no pasa de ahí.

Y esto nos conduce al siguiente punto que desprecias en tu análisis. Un individuo que se niegue a adherirse a unas mínimas normas de comportamiento (por ejemplo: respeto la vida ajena) sería necesariamente excluido de cualquier sociedad. En cambio, si EEUU, por ejemplo, se niega a suscribir la prohibición del genocidio, no pasa nada, ya que nadie puede excluir ni imponer su voluntad sobre EEUU.

Dicho esto, tu descripción de millones de individuos que toman acuerdos me resulta tremendamente pueril. Quienes alcanzan acuerdos que vinculan a sus clientes –mientras sigan siendo sus clientes- son las empresas. Y aquí tienes un sistema de check and balances muy interesante y poderoso que no tienes –o lo tienes en mucha menor medida- en el caso de los Estados.

Tenemos dos empresas X e Y. X propone a Y firmar un contrato por el que se prohíbe que sus clientes se maten entre sí, de modo que se constituye un órgano judicial mixto para dilucidar los hechos que impliquen a clientes de una y otra empresa.

Y tiene dos opciones, suscribirlo o no suscribirlo. Los clientes de Y tienen a su vez dos opciones, aceptar la decisión de Y o no aceptarla. De este modo, si Y lo suscribe y sus clientes están de acuerdo, el contrato se suscribe sin problema.

Si Y lo suscribe y alguno de sus clientes no está de acuerdo, éste cancelará su suscripción con Y pero ello le costará probablemente ser excluido de las relaciones que pudiera mantener con los clientes de X e Y (a no ser que suscribiera contratos similares con ambos). En otras palabras, resulta costoso para los clientes de y no aceptar un pacto de tales características.

Si Y no lo suscribe y alguno de sus clientes no está de acuerdo, probablemente pasará a integrar la empresa X (ya que en todo caso podrá suscribir un contrato de no agresión con ella), de modo que el coste en términos de exclusión social será mucho menor. Puede ser que sea excluido de las relaciones con clientes de Y, pero no con clientes de X. Recordemos que en el caso anterior (cuando X e Y firmaban un acuerdo de no agresión y un cliente de Y mostraba su oposición), la exclusión comprendía a TODOS los clientes, tanto los de X como los de Y. En este caso sólo a una parte de ellos.

Por último, si Y no lo suscribe y sus clientes están de acuerdo tendremos una empresa criminosa, del mismo modo que podemos tener en la actualidad un Rogue State. La diferencia es que hoy, los ciudadanos de EEUU que no estén de acuerdo con las medidas de su gobierno, no pueden secesionarse o suscribir un contrato con otro Estado, de modo que la presión sobre EEUU es mucho menor.

En un sistema libre, los clientes controlan a sus empresas de un modo mucho más directo que a los Estados, y las empresas también pueden excluir a aquellos clientes que no acaten sus normas y convenios.

En definitiva, el arbitraje es un fenómeno de mercado. Los esquemas verticales que defiendes sólo sirven para imponer unas voluntades sobre otras, esto es, para que la fuerza se aplique de arriba abajo (dictadura) o de abajo arriba (revolución). En un sistema libre, la fuerza se aplica de manera horizontal y es aquí donde el arbitraje tiene realmente sentido: dos partes que, para no enfrentarse, acuden voluntariamente a un tercero para que dé una solución pacífica a sus conflictos.

Este verticalismo instintivo de Isidoro le lleva a aceptar de manera resignada cualquier totalización de los territorios. Dado que dentro de unas mismas fronteras sólo puede existir una autoridad legítima y esa autoridad legítima en última instancia reside en el pueblo, si el pueblo desea la tiranía, tenemos que aceptarlo: Democracia. Si una mayoría suficiente para subvertir el estado está de acuerdo con el socialismo... nada se puede hacer. Las ideas del pueblo son importantes, ningún sistema puede ser ajeno a la voluntad de la mayoría de las personas: es un hecho. Nada puede evitar las revoluciones en un estado pese a que históricamente sepamos que actualmente es mucho menos probable.

Por supuesto todo gobierno se sustenta en última instancia sobre la voluntad de la mayoría de su población, pero la definición de esta población depende del tipo de estructuras asociativas que existan. Así, por ejemplo, Hong Kong pudo convivir codo con codo con el totalitarismo chino a pesar de formar parte de la misma unidad territorial. La razón fue que Hong Kong integraba una sociedad distinta a la china y que, por tanto, la mayoría de la sociedad estaba a favor de la libertad.

El esquema de relaciones entre Hong Kong y China, en este caso, era de carácter horizontal, no existía una autoridad superior que impusiera una decisión unitaria para ambos países y, por ello, fue posible salvaguardar la libertad en Hong Kong a pesar de que la mayoría de los chinos era comunista.

El mismo esquema puede trasladarse a las relaciones entre empresas. Es evidente que nada impide que los malos ganen la partida, sin embargo la no concentración del poder les dificulta la tarea. Desde el momento en que todos los partidarios de una sociedad libre, puedan adscribirse a una empresa no vinculada a una unidad territorial única, la defensa frente a los liberticidas será mucho más viable.

Hoy por hoy, dado que vivimos en un mundo de estructuras verticales, la libertad sólo puede restaurarse si instauramos, a su vez, la libertad de todos nuestros vecinos, aun cuando ellos mismos crean conveniente someterse a determinadas regulaciones estatistas. Sólo con la mayoría territorial podemos alcanzar la libertad y, por tanto, sólo con muchas mayorías territoriales podemos alcanzar la libertad mundial. Esto se observa muy claramente en las rondas de negociación mundiales sobre el libre comercio, donde la oposición de ciertos miembros frustra la liberalización mundial.

El esquema verticalista sustituye las relaciones interpersonales por las relaciones intragrupales. El individuo se define por la posición que se le otorga dentro del grupo, con el problema evidente de que cada vez tiene una menor autonomía para poder elegir cuál es esa posición (en el campo de la seguridad, la justicia o la defensa lo tiene totalmente vedado).

De este modo, es obvio que la organización política verticalista requiera de un ejército esencialmente ofensivo. Las acciones en una organización vertical se basan en la imposición de unas partes del grupo sobre otras y, por tanto, siempre existe el peligro de la secesión; de que las partes disidentes decidan no formar parte de esa acción colectiva. En ese caso el ejército deberá reprimir esta conducta e imponer su voluntad para defender “la unidad de la Patria”, “la Constitución”, “la base de nuestra civilización” o “los valores Occidentales”.

El esquema es el mismo que el belicismo exterior más rancio. Cuando otro país o individuo se aísla de la “comunidad internacional” y no forma parte del órgano colectivo de decisión, ese país debe ser integrado por la fuerza para que el resto puedan controlarlo a su gusto. El aislacionismo no está bien visto porque restringe el ámbito de poder del resto; a efectos prácticos la no integración es equivalente a la secesión. Simplemente no puede tolerarse en esquemas verticales.

En este punto, Iracundo se vuelve a poner en la piel de tertuliano de carajillo y sostiene: Uno de los ejes de esta discusión es que precisamente el no-estado mundial sería una realidad revolucionaria, todos los días. Que un estado mínimo o constitucional es menos estable o igual de estable que el no-estado ancap... sólo se puede afirmar desde un marco conceptual premeditadamente torcido en el que nada es y todo fluye: cinismo.

Los ejes para Isidoro son su realidad indemostrada. ¿Qué no me gusta el anarcocapitalismo? Pues digo que sería revolucionario, ¡todos los días! ¿Las pruebas? No son necesarias, porque es evidente. De hecho, sostener que el minarquismo pudiera ser más inestable es cínico. ¿Por qué? Precisamente por eso, porque si no lo ves eres un cínico.

La revolución es un modo de subvertir las instituciones vigentes y sustituirlas por otras de nueva planta. Las revoluciones pueden tener un carácter liberatorio (se intentan destruir instituciones de dominación), esclavista (se intentan crear instituciones de dominación) o un poco de ambos (primero se destruyen unas instituciones y luego se crean otras).

En los esquemas verticales la revolución para quebrar la dominación tiene todo el sentido del mundo. Si no estoy de acuerdo con la decisión opresiva mayoritaria, me marcho por mi cuenta; si somos un 49% los que no estamos de acuerdo la revolución está servida.

Bajo las relaciones horizontales, donde el monopolio territorial no existe, se generan una serie de jurisdicciones superpuestas que permiten a los individuos formar parte de las sociedades que ellos elijan. Para una persona que compra sus libros en Amazon, su sociedad tiene más que ver con la tienda online que con la librería de la esquina de su calle.

De este modo, la revolución pierde buena parte de su atractivo, ya que no es necesario alzarse para cambiar parte de las instituciones existentes; esas instituciones surgen espontáneamente como consecuencia no intencionada del actuar humano. Los individuos simplemente cambian su filiación y sus relaciones (como cambiamos de grupo de amigos, de casa, de barrio o de ciudad) de acuerdo con sus necesidades y gustos.

Lo cierto es que, por tanto, la revolución casa mucho más bien con los esquemas verticales de Isidoro que con los horizontales. Por supuesto que nada impide las revoluciones en estos últimos (máxime las de carácter totalitario, basadas en la dominación del mundo), pero aun así es necesario recurrir a mecanismos de control propios de esquemas verticales. Isidoro pretende ofrecerles en bandeja de plata a los revolucionarios totalitarios el aparato militar-policial creado y constituido. Así sólo tienen que tomar el poder (a través de un golpe de Estado o de una guerra civil) y asentarse sobre ese monopolio ya existente para dominar al resto de la población.

¿Se imaginan las dificultades que entrañaría crear un Estado ex novo sobre un territorio? ¿Cómo recopilar toda la información necesaria para que el aparato compulsivo funcione de manera adecuada? Piensen tan sólo en el tema fiscal: sería necesario crear catastros, declaraciones de propiedades, recopilar los documentos contables de todas las empresas (¡que deberían ser previamente estandarizados para ser comparables!), inspeccionar los inventarios, fiscalizar la riqueza extranjera de los ciudadanos… Mientras todo esto no se realizara, la recaudación fiscal sería tremendamente compleja y el fraude estaría a la orden del día. Y lo mismo puede decirse de cualquier otro asunto donde se requiera documentos nacionales de identidad, fichas médicas, títulos académicos…

Las estructuras verticales en funcionamiento ya disponen de toda esta información concentrada (por no mencionar aquella extraoficial como la proporcionada por los servicios de espionaje), de modo que una revolución totalitaria se asienta sobre ella para dominar a la población de manera más sencilla y efectiva.

26. La organización militar

Ya vimos que los escasos conocimientos económicos de Isidoro le llevaban a defender ciegamente que el ejército permanente no podía ser provisto en tiempos de paz porque la gente minusvaloraba las posibilidades de guerra.

La afirmación era la típica realizada por Isidoro en todas las discusiones: no la demostraba en absoluto, pero era evidentemente cierta. Para decir que alguien va a minusvalorar algo (y para decir que necesariamente va a hacerlo) necesitas conocer el valor y el descuento temporal y probabilística que otorgará a un fenómeno. Me temo que Isidoro no tiene nada de esto pero, ¿para qué lo necesita? Él se basta con decir: “la gente es tan tonta que en tiempos de paz no quiere ejército, pero en tiempo de guerra sí; como ellos no pueden hacer ese cálculo y darse cuenta de esa realidad, otros tan sabios como yo (que, vaya por Dios, sí soy consciente de esa necesidad) debemos imponérselo”. Es la misma filosofía que subyace a todas las prohibiciones contra las drogas: “pobrecitos, no saben lo que hacen”.

Repitámoslo una vez más, la seguridad es un sentimiento que tiene cada individuo basado en la ausencia percibida de amenazas. Si el individuo considera que esas amenazas son muy bajas, su necesidad de seguridad será menor que en otro caso (lo cual no significa que el ejército sea reducido; una cosa es decir que el precio de un Mercedes será más reducido que en otro caso si la demanda baja, y otra decir que el Mercedes estará de saldo) y viceversa: si percibe grandes amenazas estará dispuesto a pagar más en su seguridad.

Los gobiernos también están sometidos a este tipo de restricciones. Zapatero no puede quintuplicar de hoy a mañana el gasto militar, simplemente porque no parece que los españoles se sientan más amenazados. Ahora bien, cuando los gobiernos conocen que existe una amenaza que merece un incremento del gasto, disponen de diversos métodos de propaganda para convencer a la población de la entidad de la amenaza. Exactamente lo mismo podrían realizar las empresas de seguridad.

Otro método que tendrían las empresas para financiarse podría ser el de recurrir al mercado crediticio para expandir su estructura militar y, una vez la amenaza se ha incrementado visiblemente (con guerra declarada o en ciernes) suscribir contratos de seguridad a precios suficientemente elevados como para devolver los préstamos o con una cláusula de permanencia durante X años.

Isidoro confundía todo esto con que yo había dicho en mi primer post que la estrategia militar debía ser diseñada por los consumidores: Bueno es que Rallo conceda cierta vigencia al arte de la guerra (cosa que no hacía, por mucho que nos hable ahora de información, en su anterior post: en el que en la guerra todo eran “deseos a satisfacer” de los consumidores de violencia protectora). Pero bueno, no le vamos a pedir que hile tan fino cuando se pierde en cuestiones más gruesas.

En todo caso, Isidoro sigue sin entender nada sobre la asociación de empresas para conformar un ejército: Las empresas no imponen un mal modelo estratégico, como podrían los estados, sino que simplemente no lo pueden establecer. ¿Por qué no pueden? Pues porque no hay un ejército sino un montón de mesnadas que, una vez aliadas, podrían conformar un ejército. Lo malo es que como todo ejército tiene mandos, quienes mandasen ese ejército acabarían tomando el control al gozar del monopolio de la fuerza organizada. ¿Se imaginan qué lobbies surgirían para encauzar ese poder?

Lo explico por enésima vez aunque, desde luego, ya he perdido toda esperanza de que Isidoro logre entenderlo. No estamos hablando de “mesnadas” inconexas que ante una guerra, mira por dónde, deciden asociarse, sino te empresas de seguridad que crean una NUEVA empresa participada y que sirve para prestar servicios de defensa pesada a todos los clientes que integren las distintas empresas de seguridad.

En tanto nueva empresa no tendría por qué restringirse a dar servicio a sus propietarios, sino que otras empresas de seguridad podrían contratarla como clientes (de modo que los individuos contratarían la seguridad común y subcontratarían la defensa). El control de la empresa de defensa sería establecido como en cualquier otra sociedad anónima. ¿Qué es conflictivo? Siempre lo es. ¿Qué la empresa puede sublevarse? Claro, como cualquier ejército cuando da un golpe de Estado o como cualquier mando directivo frente a sus accionistas. Sin embargo, la empresa privada sí ha sido capaz de crear mecanismos de control (aglutinados en torno a la teoría de la agencia) para evitar que los directivos persigan sus intereses personales y no los de sus propietarios. Dado que muchos de esos mecanismos consisten en participaciones en el valor añadido, el Estado simplemente no puede recurrir a ellos, de ahí que los ejércitos sí obtengan un beneficio razonable de convertirse en Estados y en monopolios de la compulsión.

Pero Isidoro no entiende demasiado bien qué es esto de las participaciones en empresas y demás: No hablamos de colaborar en el diseño de un nuevo tipo de bombilla sino de colaborar en una guerra. Todos querrán liderar sus tropas, por ridículas que sean éstas en el monto total. El problema de los mandos no es ya una especulación, es de sentido común. Ese grado de acuerdo, ceder tus tropas y equipos, es sólo imaginable desde la compensación económica o la coacción.

Que no, mira. Si yo formo una empresa, y poseo un 30% de esa empresa, soy propietaria del 30% de TODA la empresa. No hay “soldados míos” y “soldados tuyos”, sino “soldados nuestros”. No hay tropas integradas, hay un ejército NUEVO e independiente a la guardia de seguridad que puedan tener las distintas empresas propietarias.

Si yo compro el 30% de Ford, ello no implica que tenga que proporcionales el 30% de los trabajadores o del material con el que trabajarán. Yo les proporcionaré el capital y la empresa, cuya personalidad jurídica es distinta a la de sus propietarios, adquirirá al personal y al equipo que necesite. ¡Qué raro es el capitalismo eh!

Pero sigamos: La “unidad nueva” sólo es pensable desde el acuerdo de las agencias de seguridad acerca de aquélla; ¿y no era eso y no otra cosa lo que yo planteaba como problemático? Los cuadros y jefes ya existirían, nombrar a otros al margen de toda coacción sería tarea tan impracticable como la de los galos que fueron incapaces de nombrar a un jefe de expedición en ayuda de un Vercingétorix asediado en Alesia por Julio César por considerarse todos igualmente aptos.

Yo no sé si, como ya he dicho, Isidoro no lee, no sabe leer o le cuesta entender. Voy a repetir lo que ya le dije en el anterior post: las otras empresas son de seguridad común, no de defensa, y por tanto no hay mandos militares en ellas.

Pero aunque los hubiera, la afirmación de que habría cuatro capitanes por soldado tampoco tiene mucho sentido. Por ejemplo, si tuviéramos dos empresas de defensa que se integraran y cada una de ellas contara con 4 generales y 1000 soldados, al integrarse tenemos 8 generales y 2000 soldados.

En cualquier caso, repito: estamos hablando de crear empresas nuevas con una jerarquía independiente del de otras empresas. No veo que sea complicado de entender.

Como ven, mi fe en el género isidoriano se pasaba de excesiva. ¿Has respondido a esto? Obviamente no. Te limitas a repetir lo que ya dijiste en el post anterior y que ya he criticado suficientemente con la esperanza de que alguien no se dé cuenta. Pero no, sigues aferrado a una fatal arrogancia minisocialista que no te deja razonar. Si se crea una empresa nueva para tareas DISTINTAS a las que generalmente realizan las empresas de seguridad (cuyo cometido es la protección del crimen ordinario), ¿qué conflicto emergería a la hora de diseñar una cadena de mandos ex novo para la protección de determinadas zonas frente a la agresión pesada externa? ¿Me estás diciendo que el capitán de la policía querrá dirigir personalmente la respuesta militar contra los tanques y bombarderos con sus porras y pistolitas? ¿Me estás diciendo que la creación de una nueva cadena directiva distinta a las precedentes es insoluble? ¿Pero tú sabes cómo funciona una empresa? ¡Qué preguntas hago!

27. Los gorrones

Uno de los recurrentes argumentos en contra del anarcocapitalismo (así como en contra de la provisión privada de múltiples bienes y servicios) es el problema del free-rider. Todos debemos pagar conjuntamente para que nos defiendan conjuntamente; si el pago es voluntario, como todos sabrán que existirá una defensa conjunta, todos se escaquearán.

Mi respuesta a esta objeción es variada. Primero, sólo es verdad hasta cierto punto que las empresas no tengan capacidad para discriminar entre clientes y no clientes. Puedo tener urbanizaciones enteras o bloques de viviendas que puedan ser no defendidos sin que peligre la defensa estratégica del resto de clientes; por ello, esas viviendas colectivas podrían articular en sus estatutos cláusulas que obliguen a todos sus habitantes a pagar la cuota a la empresa de defensa que la Junta elija (de un modo similar a la contratación de un portero o al pago de los gastos de comunidad).

Segundo, si bien los beneficios de gorronear son grandes (obtener defensa sin pagar por ella) los riesgos derivados de hacerlo también lo son. En caso de que estalle una guerra y vea todas mis propiedades destruidas, no podré obtener restitución del adversario, ya que no podré expoliarle ni esclavizarle hasta que me pague los daños causados. El individuo aislado simplemente no tiene medios para dominar al oponente (que generalmente se tratará de cientos de personas o incluso de millones a través de un Estado agresor), sólo una empresa de defensa puede asegurar la obtención de las cuotas de restitución.

Tercero, si no pago voluntariamente a una empresa de defensa, cabe la posibilidad de que cualquier tercero con infraestructura suficiente me subyugue. La estrategia de la mafia suele ser: “o me pagas, o te rompo las piernas”. Pero dado que es probable que nuestro gorrón sí tenga contratada una empresa de seguridad común, la mafia tendría que recurrir a mecanismos más megalómanos: “o me pagas o hago saltar por los aires de negocio o tu vivienda”.

La seguridad común que pueda tener contratada el gorrón no tiene capacidad para, ante una amenaza de esta entidad, perseguir y atacar a la mafia (que puede encontrarse a miles de kilómetros o contar con un ejército notable). Esta tarea es propia de empresas de defensa con armamento pesado. De ahí, que los gorrones tenderían a minimizarse, ya que cualquier mafia podría subyugar a los gorrones amenazándoles con, por ejemplo, lanzarles un misil.

A Isidoro parece que no le gustó el argumento: En primer lugar: tu concepción acerca de la motivación de una agresión y de los efectos colaterales de dicha manifestación violenta roza lo paranoico-lúdico. ¿“Subyugar” qué significa en tu jerga? ¿Es creíble una amenaza de lanzamiento de misil desde “mil kilómetros” al no asegurado? ¿Bajo que razón o causa? En fin...

Es curioso cómo Isidoro anda perpetuamente preocupado por que el anarcocapitalismo degeneraría en un sistema de mafias y en una espiral imperialista, donde todos lucharan contra todos, pero en este momento se sorprende de que alguien pudiera amenazar con lanzar un misil. ¿Bajo qué razón o causa se pregunta? Pues una causa de lucro bastante evidente. ¿Bajo que razón o causa se genera tu inexorable ciclo de conquista? Después de haber afirmado por activa, pasiva y media que los incentivos de las empresas a subyugar a los clientes son enormes, ahora nos encontramos con que “la amenaza” de un estado pícaro y bombardero roza lo ectoplásmico: no es incentivo. Claro, será que las empresas son malas por naturaleza y los Estados cándidos y bondadosos. Un minarquista que desconfía del mercado y se aferra ciegamente a los parlamentos y a las comisiones políticas. Un minarquista, claro.

Pero examinemos otra de las contradicciones a las que tan acostumbrados nos tiene Isidoro. En su opinión, los seres humanos tienen una tendencia natural a defenderse de manera comunitaria, de ahí que tiendan a observar las amenazas al vecino, como amenazas propias: los hombres, tontos ellos, tienden a una cierta comunidad con los demás y suelen ver como una amenaza contra sí mismos, por asegurados que estén, el que agredan o amenacen a su vecino. Ese tipo de comunitarismo tan básico es la raíz misma del porqué el free rider es insoslayable en el modelo ancap, se pongan como se pongan algunos.

La ridiculez de este argumento es palmaria. No se puede afirmar a la vez que los hombres tienen una pulsión natural a defenderse en comunidad y que los hombres tienen a la vez una pulsión natural a gorronear la defensa de los otros hombres. Una de dos: o los hombres observan la amenaza al vecino como propia y, por tanto, estarán dispuestos a defenderlo o bien se desentenderán de las amenazas al vecino y evitarán su defensa siempre que no les afecte a ellos.

El resultado de un mundo con gorrones, es que nadie defiende al prójimo porque todos quieren vivir a costa de los demás. El resultado de un mundo con comunitaristas es la implicación (o sobreimplicación) de cada individuo en los problemas de los demás (ya que los ven como propios) y, por tanto, a que todos financien conjuntamente la defensa. Recordemos que el free-rider es una persona que quiere retener los beneficios y externalizar los costes. El comunistarista no puede gorronear porque ni retiene los beneficios (ya que los demás obtienen una defensa subóptima y ello le repercute negativamente) ni externalizar los costes (pues soporta los costes de los demás como propios).

Si los hombres son comunitaristas, entonces el free-rider no tiene cabida. Y si los hombres tienden a ser free-riders, entonces el comunitarismo tiene poco que decir.

Por supuesto, cabe otra posibilidad, y es que algunos hombres sean comunitaristas y otros free-riders. En este caso, los free-riders vivirían a costa de los comunistaristas. Pero tampoco esta explicación resulta muy convincente: si la mayoría de la gente es comunistarista, el problema del free-rider será residual. Sería como afirmar que la defensa nacional en EEUU es imposible o subóptima porque varios cientos de multimillonarios consiguen evadir impuestos.

Y en todo caso, tenemos que añadir que ser comunitarista no significa permitir que dentro de tu comunidad subsista gente que no colabora con ella y con los demás. Las comunidades suelen expulsar a los gorrones y aprovechados, precisamente por dificultar la defensa de sus miembros. Una posibilidad tan evidente como desconocida para Iracundo.

Si la mayoría de la gente, por el contrario, es free-rider, simplemente cada free-rider no encontrará comunidades a quienes succionar sus beneficios y externalizar los costes. Nos hallaríamos en el caso ya descrito donde una mafia extranjera podría subyugar a aquellos individuos que no tuvieran contratada la agencia de seguridad. Aun siendo free-rider, la gente se vería forzada a alcanzar acuerdos y soportar los costes propios de su defensa.

28. La moralidad de las empresas

Recordemos rápidamente que aquí el punto de desencuentro se hallaba en que Isidoro afirmaba que los consumidores elegirían a las agencias que fueran más brutales y más efectivas en resolver los conflictos, aun cuando se comportaran de manera inmoral. Yo le respondí que ello no tenía por qué ser así, ya que el ser humano puede perseguir otros fines al margen de la rentabilidad o la eficiencia estrechamente entendida.

De hecho, si la gente considera que el comportamiento de las empresas resulta inmoral y ello le desagrada, otras empresas tendrán incentivos para comportarse de manera moral, aun cuando sean menos eficientes (y no digamos nada de empresas que además de ser eficientes pasen a comportarse rectamente). Los beneficios afluirán hacia aquellas empresas que sean morales y eficientes.

Respuesta de Isidoro: [Eso sería cierto] Siempre y cuando la búsqueda de moralidad sea inherente al hombre (cosa que deberías demostrar) y siempre y cuando dicha búsqueda no superase unos costes determinados, obviamente, no sólo por la propia percepción sino por las acciones de otros que, en ausencia de igualdad ante la ley, estarían respaldadas por unas agencias de seguridad que como ya he dicho estarían más celosas del cuidado de sus clientes que de abstracciones jurídicas sin tutela policial alguna.

No, no tengo que demostrar que la búsqueda de la moralidad sea inherente al hombre. Recordemos que tu afirmación era que el consumidor Siempre buscará la agencia que más tajantemente resuelva las controversias (esto enmarcado en un presunto mundo ancap) porque simplemente sería estúpido si no lo hiciese, si recurriese a los servicios de una agencia "soft" que dedica años a pleitos en lugar de obtener lo que su cliente "cree" justo.

Basta con que haya un consumidor que rechace a las empresas inmorales para que tu afirmación sea falsa. Eres tú quien tiene que demostrar que la búsqueda de la eficiencia estrecha (entendida como una maximización de la función de producción de la empresa) es el único objetivo del ser humano. Yo sólo constaté que para quienes valoran los comportamientos morales –para quienes conceden valor a sus juicios morales- el comportamiento inmoral de otras empresas les impone un coste adicional que puede -o no- compensarse con la mayor eficiencia.

En otras palabras, no puedes asumir que un consumidor siempre buscará las empresas más brutales, por el hecho de atajar en la resolución de sus conflictos. Es más, dicho sea de paso, tampoco creo que la brutalidad –como ya hemos visto cuando nos hemos referido al recurso al árbitro- sea siempre el recurso más “eficiente” (en tu acepción) para resolver todos los conflictos. La guerra tiene sus costes, e incurrir en una guerra perpetua para resolver conflictos menores es un suicidio económico.

En cualquier caso, para ilustrar que la brutalidad y la eficiencia no era siempre el objetivo buscado por todas las personas le puse a Isidoro un ejemplo que ha terminado siendo más ilustrativo de lo que pensaba. En el post anterior le dije que no creía que los liberales, por ejemplo, se echaran a los brazos de Stalin para defenderse de una ofensiva de Hitler; no sólo por la inmoralidad del comportamiento stalinista, sino porque la victoria de Stalin pondría en peligro más tarde la seguridad de los liberales.

Pero dice Isidoro: Si Stalin promete masacrar al enemigo no pocos de esos liberales (en realidad, ancaps) le contratarían entusiastas.

¡Wow! Está bien esa omnisciencia. Yo me limité a “dudar de que lo hicieran”, tú en cambio ya determinas que lo harías. Si es que teniendo a Isidoro, ¿para qué nos hace falta Aramís Fuster? Yo desde luego no lo haría, quizá tú sí. Quizá.

De todas formas, lo interesante de la respuesta de Isidoro viene luego: Stalin, desconocido en ese momento, pediría una mayor colaboración entre empresas y todos convendrían en ello; los que no... ¿qué se haría con esos? El pensamiento ancap, al negar la nación se ve obligado a despreciar la muy espiritual “institución” que representa el TRAIDOR en toda sociedad. Entonces Stalin, empresario de defensa de éxito imaginemos, se convertiría en dictador del país por ser dominus et deus del trust; no sujeto a norma alguna, como ya explicamos.

Aquí hay varios puntos que me interesa destacar. Primero, de nuevo, la omnisciencia de Isidoro. Stalin pediría colaboración y todos convendrían a ello. Bueno, eso sucedió con tus adorados Estados mínimos, yo no sería tan osado en afirmar que todas las empresas harían lo mismo (aunque también podría ser). Eso sí, mientras tú asumes como autoevidente que todos lo harían (quizá porque tú lo harías), yo no hago una predicción apodíctica al respecto.

Ahora bien, preguntas qué pasaría si algunos liberales no aceptaran la colaboración con Stalin. Si fueran pocos no pasaría nada, del mismo modo que tampoco pasaría nada en un Estado mínimo donde las autoridades (o en el caso ancap, los empresarios) se decidieran a colaborar con Stalin (y de hecho nada pasó cuando colaboraron).

En cambio, si tuvieran una entidad suficiente (y los anticomunistas no eran pocos ni en Europa ni en EEUU) podrían cancelar sus contratos con su agencia de seguridad, lo cual tendría dos efectos: a) la agencia tendría que valorar la pérdida de clientes que se deriva de su decisión y, en su caso, modificarla, y b) la empresa, en cualquier caso, se vería privada de esos recursos sustanciosos para colaborar con Stalin.

En un Estado con tu institución estatista del “traidor” los que se negaran a colaborar con Stalin serían encarcelados por fraude fiscal. La colaboración se haría compulsiva por decisión del Estado. Los liberales serían traidores a la libertad, por el simple hecho de negarse a pagar a tiranos.

Lo cual no significa, claro está, que la figura del traidor desaparezca o que carezca de utilidad. Los que se unan al enemigo pueden ser perseguidos o excluidos de la sociedad por apoyar al otro bando; pero la definición de traidor ya no queda sujeta al criterio arbitrario de un monopolio territorial. Bien podría ser que quien cambie de bando considere un traidor a quien permanece en él y viceversa. Así, si una empresa comienza a comportarse como un Estado o como una mafia, los individuos que cancelen sus contratos considerarán traidores (traidor hacia la justicia, la libertad, el derecho o la propiedad) a los que sumen esfuerzos para la causa criminal.

Por último, Isidoro afirma que Stalin, por ser exitoso, se podría convertir en dictador de un país. Recordemos, sin embargo, que el éxito de todo empresario depende del soberano juicio de sus clientes; un empresario es exitoso si logra satisfacer sus necesidades.

Así, el argumento de Isidoro puede replantearse como: los consumidores elegirán a Stalin por ser un empresario brutal y eficiente para solucionar sus conflictos (y ello es una elección racional de los consumidores), pero una vez Stalin se haya asentado sobre una masa de clientes se convertirá en dictador (lo cual es una decisión no deseada por los clientes). En otras palabras, según Isidoro la racionalidad inicial nos conduce a una inexorable irracionalidad ulterior: los consumidores, en última instancia, han elegido ser siervos de la dictadura stalinista.

El ejemplo me recuerda bastante al dilema del prisionero: allí las decisiones racionales de los agentes conducen a una decisión subóptima final. Entonces, ¿en qué sentido puede decirse que esas decisiones son racionales? Lo mismo sucede aquí: si los individuos no desean una dictadura y es previsible que una empresa eficiente y brutal degenere en una dictadura, ¿por qué habrían de elegirla inicialmente? ¿Acaso el único capaz de darse cuenta de ello y de alertar contra tan palmarios peligros es Isidoro? Y si ello es así, si la gente son unos borregos, ¿cómo puede confiar Isidoro en la democracia y en el poder constituyente? Ah ya, que diciendo que sólo se defiende el Estado mínimo, queda todo solucionado.

Yo no niego, repito una vez más, que cabe la posibilidad de que una sociedad libre sea controlada por una dictadura stalinista. Pero no veo cómo esa probabilidad es mayor que en el caso de un Estado mínimo, donde las personas pueden votar a dictadores que les prometan erradicar el crimen interno y externo (terrorismo internacional) de manera eficiente y brutal. Tampoco veo por qué la democracia, que puede apresar al 49% de la población, es más eficiente en controlar estos fenómenos que el mercado, donde la disidencia simplemente se refugia en otra empresa y mengua los recursos totalizadores de la primera. Tampoco veo por qué el poder totalizador será mayor en el caso de que puedan existir dos empresas que cuando sólo existe una con todos los recursos concentrados y centralizados. Pero vamos, la mención al buenista Estado mínimo supongo que arregla todo esto.

Nuevas reflexiones sobre la defensa privada: Respuesta a Iracundo (III)

15. La reestructuración productiva

Isidoro sostuvo que ninguna economía puede funcionar con la constante amenaza de guerra. ¡Cómo si el Estado sirviera para eliminar las amenazas de guerra y no, en todo caso, para defendernos de la materialización de esas amenazas!

Yo le repliqué que la única verdad que contenía ese argumento es que, aun cuando él había pasado de largo ese punto, en una guerra continua estamos consumiendo a marchas forzadas el capital de la sociedad, de modo que no puede permanecer de manera perpetua en esa situación. Sin embargo, ello no tiene nada que ver ni con el anarcocapitalismo ni con el minarquismo, más bien con la simple naturaleza de la guerra: el consumo de capital se produciría tanto si la demanda de elementos militares la realiza el Estado o las empresas privadas. La única diferencia es que estas últimas pueden calcular mejor sus operaciones (gracias a los precios de mercado) y ello les permite minimizar las pérdidas de capital (si bien éstas siguen existiendo).

Réplica infeliz de Isidoro: escogemos el estado porque incentiva coactivamente la reestructuración industrial necesaria para el aumento de la capacidad combativa del ejército propio mediante el aumento de la presión fiscal y el subsiguiente descenso del consumo civil. ¿Sin coacción la reestructuración sería relevante? Sólo con amenazas muy, muy claras e inmediatas.

De nuevo, el pobre Isidoro no ofrece ningún argumento para sustentar su afirmación de que la reestructuración sólo funcionaría con amenazas “muy, muy claras”. Y mal podría ofrecerlo, vistas las flagrantes carencias de formación económica.

Primero, el Estado tiene dos formas de lograr la reestructuración productiva. La primera es planificando toda la economía; cerrando empresas civiles, abriendo otras militares, estableciendo las redes de aprovisionamiento, las etapas de la estructura de capital y destinando coactivamente a los trabajadores y materias primas a las distintas industrias. Este es un camino destinado a la perdición; incluso Mises, que era un defensor de la defensa estatal, criticaba esta forma absolutamente socialista de organizar la defensa.

La otra manera que tienen, y a la que recurren todos los gobiernos occidentales, es incrementando la rentabilidad de las industrias militares. ¿Y cómo hacer eso? Pues se incrementan los impuestos y se genera una demanda extraordinaria hacia esas industrias. Si el gobierno, por ejemplo, pasa de controlar el 25% del gasto público al 50% y gasta ese 25% adicional en industrias militares, todas las industrias civiles que antes recibían ese dinero, se quedarán sin demanda; serán incapaces de pagar a sus proveedores y trabajadores y quebrarán. Dado que el dinero seguirá afluyendo a la industria de guerra por orden del dinero, las industrias privadas se instalarán allí y comenzarán a proveer el equipo militar que el gobierno demanda.

No sé si Isidoro ha pasado a defender la planificación centralizada de la industria militar o, en cambio, cree que por algún misticismo extraño, la provisión de equipo militar sólo se vuelve más rentable durante una guerra si hay Estado.

¿Por qué las empresas de seguridad, ante una amenaza evidente de guerra o en medio de una guerra (y recuerdo que el Estado mínimo, para ser mínimo, sólo debería incrementar extraordinariamente los impuestos ante estas dos circunstancias) no podrían incrementar su demanda de bienes militares? ¿Acaso sostiene Isidoro que los consumidores no estarían dispuestos a pagar más para lograr la protección necesaria? ¿Acaso cree que en medio de una guerra seguirían consumiendo bienes civiles al mismo tiempo que durante la paz? En ese caso, estás afirmando que a los consumidores no les importa su propia seguridad y, por tanto, no veo motivo para que el gobierno se la imponga coactivamente (aun cuando esta posibilidad sea bastante remota).

De hecho, los EEUU financiaron la Primera Guerra Mundial a través de bonos de guerra (liberty loans) que fueron adquiridos voluntariamente por sus ciudadanos. De los 32 mil millones de dólares que les costó la guerra, 24 mil fueron prestados voluntariamente por los ciudadanos. El Estado no tuvo que recurrir a los impuestos (a la exacción directa) para financiarse. ¿Por qué es verosímil que los ciudadanos compren bonos de guerra al Estado pero no que paguen un precio a una empresa?

Y si, como sucedería en una situación donde los individuos no quisieran ser invadidos por un agresor externo, los consumidores están preocupados por su seguridad actual, ¿por qué no van a estar dispuestos a pagar más –renunciando a otros caprichos presentes- a las empresas de seguridad para garantizar su defensa? Y si las empresas tienen más fondos disponibles, ¿por qué no van a emplearlos en adquirir bienes militares? Y si la demanda del mercado se relocalizada hacia las industrias militares, ¿qué impediría la reestructuración productiva?

De hecho, es bastante frecuente que durante una guerra la industria militar tenga unos beneficios vertiginosos; lo cual la convierte en un foco muy atractivo para depositar el capital. ¿Dónde está el obstáculo a la reestructuración? Ya te lo digo yo: en la ignorancia.

Y si bien la reestructuración podría ser, al menos, tan rápida en una sociedad anarquista que en una estatista, hay otra razón que puja a favor de la anarquía.

Sabemos que los impuestos no tienen un carácter neutral. Si coloco un impuesto al consumo, estimulo el ahorro (al hacerlo relativamente más barato), si coloco un impuesto sobre la riqueza estimulo su conversión en renta, si coloco un impuesto sobre el trabajo, estimulo que la gente incremente su tiempo libre, si coloco un impuesto sobre los dividendos, estimulo la financiación empresarial a través del endeudamiento...

La neutralidad –entendida como no distorsión del comportamiento individual- sólo puede lograrse sin impuestos, esto es, allí donde el individuo elige su propia distribución de recursos.

Pues bien, el Estado para financiar la guerra necesita recurrir a los impuestos, lo cual distorsiona la estructura productiva al margen de su transformación en una estructura productiva militar. En otras palabras, la porción de la producción no destinada a usos militares, se ve condicionada por la financiación estatal.

Imaginemos que se decide gravar las rentas del trabajo; en ese caso, los individuos trabajarán menos. ¿Qué se gravan los beneficios empresariales? Pues incrementamos gastos superfluos para reducir la base imponible. ¿Qué se gravan los patrimonios personales? Pues, o los sacamos del país o los consumimos en mayor medida al transformarlos en renta.

En cualquier caso, la estructura productiva se ve gravemente lesionada. ¿Es esto grave? Pues bastante. Recordemos que el Estado recauda impuestos de la estructura productiva, esto es, de la parte de la economía que genera riqueza. Si esa parte de la economía se ve atacada o distorsionada, la creación de riqueza disminuye (en los tres casos comentados es evidente: menor mano de obra disponible, menor cuota de reinversión y dilapidación de capitales) y, por tanto, los asideros fiscales también. El Estado podrá recaudar cada vez menos impuestos y sus posibilidades para financiar la guerra caerán.

Esto no quiere decir que la guerra en una sociedad anarquista pudiera durar eternamente, sino que, gracias a la mayor creación de riqueza, podría durar durante más tiempo.

16. Lo razonable

Recordemos que, según Isidoro, la defensa, cuando es nacional, es el culmen de la eficiencia. La razón no pasa de un simple porque sí o porque siempre ha sido así. El hecho de que la información no nos esté dada y que su creación sea una cuestión de mercado, no parecen suponer obstáculos para él.

Sin embargo, afirmar complacientemente que la defensa es mejor al ser nacional porque siempre ha sido así, presenta problemas importantes. Si siempre nos encontramos en la cresta del desarrollo histórico, entonces dejamos de lado la posibilidad de que el hombre se equivoque.

Los marxistas también creían haber descubierto las leyes de la historia, afirmando que la sociedad comunista era inexorable. Si hemos de hacer caso al historicismo de Isidoro, entonces su Estado mínimo es tan imposible como el anarcocapitalismo: hoy simplemente no existe en ninguna parte, ergo es ineficiente. De hecho, hace 50 años, cuando el marxismo había colonizado un tercio del planeta y su ascenso parecía imparable, deberíamos habernos plegado de brazos.

Si la defensa del anarcocapitalismo es errónea, entonces el minarquismo también es imposible, por no haber sido capaz de perpetuarse jamás. De hecho, ni la democracia se habría instaurado jamás, ni la esclavitud habría sido abolida con semejante razonamiento (es más, muchos esclavistas sólo eran capaces de argüir que “siempre había sido así”, algo muy similar al argumento definitiva de Isidoro)

Obviamente Isidoro no acepta esta explicación; la doble vara de medir aparece de nuevo. Lo que sirve para el anarcocapitalismo (su inviabilidad historicista) no sirve para el minarquismo. ¿La razón? Pues de nuevo el porque sí, porque Isidoro está dotado de un conocimiento superior que le permite, sin argumento alguno, sacar conclusiones apodícticas: El minarquismo, como se está mostrando por mera oposición en este debate, no es un tinglado utópico desde el que atrincherados podamos reírnos del mundo sin llegar a poder aplicar reforma alguna en sistema alguno. "La anarquía llegará": lo que dice todo anarquista al nacer y al morir. El gobierno mínimo es una perspectiva razonable a la que acceder mediante pasos iniciales como el gobierno limitado. Estos pasos iniciales no son increíbles ni imprevisibles, están ahí. Pero sobre todo y ante todo, el minarquismo es una postura frente al gobierno que dice: no debes hacer esto, esto y esto; no es una ideología que pretenda erradicar instituciones afirmando ampulosamente su inexistencia.

Primero, deberías tener un poco de pudor y evitar afirmaciones del estilo “se está mostrando en este debate”. Aquí sólo has mostrado una rabieta incapaz de demostrar lo que para ti es evidente; por algo será.

Segundo, el gobierno es una perspectiva razonable para ti. Para mí el anarcocapitalismo es un sistema mucho más razonable que el minarquismo y, en cambio, para un socialista el libre mercado no es razonable. La forma que tenemos para averiguar quién tiene razón es contraponiendo los argumentos y mostrando su consistencia interna. Tú te has limitado a afirmar que tal sistema “es razonable” “es obviamente mejor”, “no caben dudas de que funciona”... pero sin un simple argumento que no se caiga por su propio peso o que sea un refrito destinado a los ya convencidos. Hace un buen rato, no sé si voluntaria o involuntariamente, que dejaste de argumentar en toda esta discusión; te limitas a hacer afirmaciones sobre lo que crees que sucederá y lo pontificas como resultado necesario de la acción humana, pero eres incapaz de demostrar nada. Tu razonabilidad es una razonabilidad preconcebida, que no puede desmontarse porque, según tú, sólo puede ser cierta. Por desgracia para ti, seguirán existiendo diferencias entre argumentar y demostrar y las naderías demagógicas.

Tercero, el anarcocapitalismo también le dice al Estado que no debes hacer: en concreto le dice que no debe hacer nada en tanto Estado, esto es, organización coactiva que pretende planificar todas o algunas de las relaciones sociales.

Cuarto, el anarcocapitalismo ni pretende erradicar instituciones ni afirma que no existen. Me parece que no sabes ni qué estas criticando. Si con instituciones quieres decir “Estado”, mal podrá afirmar el anarcocapitalismo que no existen cuando son su enemigo. Si con instituciones quieres decir “orden espontáneo”, es decir, institución en el sentido hayekiano, entonces ningún anarcocapitalista te negará su existencia ni conveniencia; sólo su monopolización estatista. Aclara tus ideas antes de lanzarte a una piscina sin agua.

17. El proceso de mercado isidorificado

Como ya he comentado, la defensa nacional puede ser ineficiente y, de hecho, lo será salvo por accidente histórico. La única forma que tenemos para saber si una institución, una empresa o un sistema es eficiente, es sometiéndolo al mercado y permitiendo que los distintos individuos descubran las oportunidades de ganancia no satisfechas.

Isidoro protesta: ¿Cómo podrían encontrar esas nuevas formas? ¿En qué consistirían esas “nuevas formas”?

Si estamos diciendo que la única forma de saber y descubrir formas de provisión eficientes es ejerciendo la función empresarial en el mercado, se me antoja complicado que pueda saberse ex ante cuál será el resultado de ese proceso de mercado. ¿Qué cuales son esas formas más eficientes? Ni tú, ni yo, ni nadie lo sabe sin mercado, de ahí que el socialismo no funcione y, por tanto, tampoco el socialismo en su modalidad defensiva. Dado que, según tú, no existen formas más eficientes de provisión de defensa, no vale la pena permitir que la defensa se provea libremente.

Los planificadores socialistas también decían: “si estas son las necesidades del pueblo, si nosotros ya reunimos todo el conocimiento de la sociedad, ¿para qué dejar que los empresarios experimenten otras modalidades?

Es muy sintomático que Isidoro tenga esa concepción tan cartesiana del mercado, no como un proceso, sino como una distribución privada de lo que YA existe. Para Isidoro no hay creación de información en el mercado.

Y no debemos extrañarnos. Isidoro cayó en la falacia historicista de afirmar que la defensa nacional era el resultado eficiente que nos había ofrecido la historia. En su crítica al historicismo, a la determinación científica del curso de la historia, Popper ya expuso su famosa refutación: “la historia no tiene leyes porque la acción futura depende de una información que aun no se ha creado, por tanto, sin esa información, no podemos saber qué sucederá mañana”.

Dado que Isidoro desprecia esa creación de información y pretende que, ahora, sin mercado y sin posibilidad de ejercer la función empresarial, ya le determine y acote el rumbo futuro de la acción, no es de extrañar su filiación historicista. De hecho, es el resultado inevitable de sus erróneas premisas.

18. La expansión de la violencia

A reglón seguido con lo anterior, continúa Isidoro: Hablamos de violencia, insisto: ¿alguien se pregunta que ocurre cuándo la mafia recibe notificación de sus “defendidos” diciendo que se pasan a otra “compañía”? No lo respetan, porque ellos tienen las armas y la soberanía de los consumidores no existe.

Ya he explicado que posibilidades hay muchas. Pero básicamente, la crítica también puede dirigirse contra el Estado mínimo: “¿alguien se pregunta qué ocurre cuando el Estado se totalitariza? No respeta a los individuos, porque ellos tienen las armas y la soberanía de los individuos no existe.”

Contra el mal no existen soluciones perfectas. Hemos visto ciertos mecanismos que hacen al anarcocapitalismo al menos tan bueno como el minarquismo para evitar esas situaciones y también hemos visto otros que lo hacen mejor. Volver sobre este punto es reiterarse sin motivo, ya hemos realizado las críticas pertinentes con anterioridad. En esencia, Isidoro no puede criticar al anarcocapitalismo por la posibilidad de que degenere en miniEstados y, en cambio, alabar al minarquismo aun cuando pueda degenerar en totalitarismo. Tiene dos opciones que, obviamente, no ha tomado: a) o probar que el anarcocapitalismo necesariamente degenera en miniEstados totalitarios o b) probar que es más probable que el anarcocapitalismo tiene más probabilidades que el minarquismo de degenerar en totalitarismo.

Pero ni una ni la otra. Su limitada visión de la realidad lo ha llevado a alabar las instituciones inglesas, cuando esas instituciones no son fruto del Estado, sino de la interacción humana y del aprendizaje individual. Instituciones que, perfectamente, podrían existir en un sistema anarquista y prestar, al menos, una función tan válida.

De entre las varias posibilidades que ofrecí (alto coste de la guerra, la defensa por parte de otras empresas, la resistencia interna, la ayuda externa, la colaboración de los bancos, la descapitalización en los mercados internacionales, las instituciones subyacentes...), Isidoro se limita a comentar una de ellas: La única posibilidad, según tú argumentas, es que otras compañías se enfrenten a la compañía que trata de imponerse a sus consumidores, pero... ¿es eso lo que más probablemente pasaría? ¿No se generaría sin embargo la pauta a seguir? ¿No pasarían todos a “domar” a sus clientelas? Porque una cosa es dar pan a cambio de dinero, pero... ¿qué dan las empresas a cambio del dinero en este caso? Algo muy indeterminado: seguridad.

Primero, aunque fuera la única posibilidad no sería nada desdeñable. De hecho, es más de lo que pueden tener hoy con el Estado. No olvidemos que nada en la configuración de tu Estado mínimo, salvo características ajenas al mismo (cómo las instituciones) o tímidos checks and balances (como la separación de poderes, la democracia o la libertad de movimientos), mucho más reforzados bajo el anarcocapitalismo, permiten concluir que éste no vaya a totalizarse.

Segundo, que un empresario se totalitarice no significa que todos vayan a hacerlo. Del mismo modo que por el hecho de que un individuo considere lucrativo (y probablemente lo sea) robarle al vecino, no todos se dedican a ello. De hecho, una agresión ilegítima de una empresa, crea oportunidades de ganancia antes inexistentes para otra empresa: defender a esos clientes.

Tercero, lo del “bien indeterminado” ya me ha dejado perplejo. Aun cuando fuera indeterminado, ¿qué problema habría? Pero es que además, casi todos los servicios son indeterminados: la educación, la salud, la cultura o la diversión. ¿Significa ello que los colegios, los hospitales, las farmacias, las bibliotecas, los cines, los teatros o los pubs no pueden proporcionárnosla? De hecho, precisamente porque ese bien no está determinado a priori, sino que la satisfacción de la seguridad varía según los individuos, no tiene ningún sentido eliminar el mercado e imponerla centralizadamente.

Continua Isidoro con sus dislates: La naturaleza del medio por el cual proveen dicha seguridad así como las deficiencias de la actitud de la demanda (querer llevar la razón en un marco de inseguridad jurídica) hace que el oferente pueda y quiera cambiar el contenido de su producto; ese cambio puede ser operado localmente, pero tiene tales beneficios en perspectiva que pronto surgiría sistemáticamente, generándose el proceso estatal o imperial que acontece en todo asentamiento humano sumido en el caos.

Primero, la naturaleza del medio es la violencia, pero no el monopolio de la violencia como tu reclamas. De ahí que, al haber varios proveedores de violencia, los checks and balances sean más efectivos que si, simplemente, sólo hay y puede haber uno. En ese caso, la oferta de defensa no tiene por qué ser respetuosa con la libertad y la propiedad de los individuos (ya que acumula la mayor parte del poder de la sociedad y -acudiendo a tu obsesión por los árbitros últimos- no existen ninguna institución salvo su propia discreción, que corte el ciclo de violencia Estado-sociedad). Lo que tendremos será una organización que será mínima y limitada en tanto ella quiera; y podrá totalizarse cuando le venga en gana, sólo enfrentándose a la tibia oposición de su población (que en cualquier caso también existiría en la anarquía), pero no a otros posibles proveedores de seguridad.

Segundo, la naturaleza de la demanda puede ser asumible o no asumible. Si yo le digo a un vendedor de Mercedes que quiere un último modelo por 100 euros, no me venderá el coche. Si yo le digo a una empresa de seguridad que quiero hacer lo que me venga en gana a cambio de la cuota propuesta, dados los enormes costes en términos bélicos que ello comporta, se negará a defenderme.

Tercero, los beneficios en perspectiva sólo son suficientes en caso de que prevea la victoria militar, esto es, en caso de una flagrante victoria sobre el enemigo (y a un coste que no suponga la destrucción absoluta de la población). Una empresa agresora, en una sociedad de jurisdicciones cruzadas, debería enfrentarse a varias empresas de seguridad para conquistar un territorio dado (mientras que ahora sólo tiene por qué hacerlo con un Estado); de modo que las perspectivas de victoria serían estratégicamente más difíciles de planificar.

Imaginemos que yo me sé superior a A, pero no a B ni a C. Siendo ello así, tendré que buscar territorios donde la única empresa sea A y donde tenga una autonomía militar suficiente como para atacarla sin causar daños a B o C. En cambio, ahora si me sé superior a España pero no a Francia o Inglaterra, puedo circunscribirme a conquistar el territorio ocupado por ese Estado.

En este punto Isidoro sigue con su suma y sigue de disparates. Ahora resulta que las empresas de seguridad no podrían hacer frente al ataque de otros Estados (porque son muy torpes) pero extrañamente sí pueden someter a su población con una facilidad pasmosa (porque son muy poderosas): el triunfo de una tendencia ancap sólo sería posible con una especie de consenso tácito mundial. ¿O acaso una Corea del Norte no vería una perita en dulce en unos vecinos anarquistas? ¿Fe estatista dices? Será que no me hago ilusiones sobre los hombres.

Pues no; del mismo modo que se puede instaurar la democracia sin que todo el mundo hayan abandonado las monarquías absolutas, una sociedad anarquista sólo necesita empresas suficientemente poderosas para gozar de una cierta probabilidad de victoria. No digo ni siquiera una “segura probabilidad”, ya que los agentes –tampoco los Estados y las empresas- no toman sus decisiones en ambiente de completa certeza, sino que ponderan los riesgos inherentes a su acción. De ahí que el riesgo a perder una guerra, sea suficiente para que muchos no la inicien.

19. La rentabilidad del poder absoluto local

Aunque Isidoro dijera unas líneas antes –mostrando una pavorosa falta de lectura- que “La única posibilidad, según tú argumentas, es que otras compañías se enfrenten a la compañía que trata de imponerse a sus consumidores”, ahora parece que se reencuentra con otras posibilidades. En concreto, critica mi argumento de que una empresa de seguridad internacionalizada sufriría una fuerte descapitalización en cuanto tratara de convertirse en monopolio en alguno de sus territorios de influencia.

Dice Isidoro: No, el poder local absoluto es mucho más rentable que cualquier activo extranjero. La represión que las inversiones foráneas pudiesen ejercer sobre la mente del señor de la guerra es risible en comparación con la perspectiva de ser dominus et deus en un territorio, por exiguo que se antoje.

Yo no sé qué visión tiene Isidoro del mundo de las finanzas –bueno, sí lo sé, pero preferiría no saberlo- pero este comentario no tiene ni pies ni cabeza. Como de costumbre, Isidoro recurre a pontificar: “el poder local absoluto es mucho más rentable que cualquier activo extranjero”. ¿Seguro? ¿Siempre? ¿Y cómo me lo demuestras?

Te voy a poner un solo ejemplo en el que tu pontificación no se cumple. Imagina una empresa mexicana que muestra una eficiencia tremenda en acabar con el crimen allí donde opera. Su popularidad, de hecho, se ha extendido por el mundo, así que prevé crecer por otras zonas. Sólo tiene un problema: necesita dinero para poder exportar su modelo a mayor escala (por ejemplo, para asentarse en amplias zonas de Texas requerirá más personal, más armas, más infraestructuras...).

Así, anuncia una ampliación de capital dentro de un mes a 100 euros la acción, pues las expectativas del negocio son muy positivas. A los quince días, sin embargo, tiene la ocasión de convertirse en monopolio local en varios puntos de México, así que la aprovecha. Los texanos se horrorizan y rechazan cualquier tipo de vinculación contractual con la empresa una vez se asiente en Texas. Termina el mes y comienza la ampliación de capital. ¿Tú crees que después de haber arruinado las perspectivas de negocio en Texas podrán seguir vendiendo las acciones a 100? ¿Tu crees que la ampliación de capital destinada a asentarse en Texas tiene alguna probabilidad de éxito cuando acaban de horrorizar a los texanos? Es más, ¿tú crees que a la empresa le sale rentable asentarse como monopolio territorial en unos pueblecitos de México y renunciar al mercado texano?

Podría darse el caso, pero desde luego no sentenciaré que vaya a ser necesariamente así. Siempre que los flujos de caja que pueda obtener en otros territorios sean superiores a los que pueda obtener con el monopolio local, entonces no renunciará a aquellos.

Esto significa que no es necesario que una compañía tenga una competencia efectiva en todos y cada uno de los territorios donde opera para que no degenere en Estado. Supongamos que en un territorio muy poblado como Nueva York operan 4 compañías, de modo que A no se atreve a enfrentarse a ninguna de ellas y mucho menos a las 3 juntas contra ella. A sólo puede crecer en Nueva York compitiendo con las otras tres. En cambio, en un pueblecito de África, la empresa es la única proveedora de seguridad, de modo que considera factible establecerse como monopolio territorial.

El problema es que si lo hace –esto es, si INCUMPLE los pactos con sus clientes- los consumidores de Nueva York cancelarán masivamente sus contratos, de modo que renunciará a unos importantes flujos de caja a cambio de la miseria de un pequeño pueblo.

Puedes creer que la solución óptima para ese caso sería la de una asociación entre las cuatro empresas para explotar a los neoyorkinos. Pero de nuevo esto es erróneo –midiéndolo sólo desde esta perspectiva, habría que tener en cuenta además el resto de checks and balances. A no ser que tengamos las mismas empresas operando en Nueva York que en el resto del mundo, un monopolio en Nueva York no significaría un monopolio en el resto del mundo. Por ejemplo, si en París operan A, B y C, y en Roma A, D y E, si se forma un monopolio en París, sigue sin existir en Roma, con lo que A perdería a sus clientes romanos.

Puedes ir más lejos y crear que lo eficiente sería, en ese caso, un monopolio entre todas las empresas de seguridad del mundo. Pero esto tiene diversos problemas, incluso con tu propia tesis. Primero, te recuerdo que, según tú, los altos mandos militares de las diversas compañías se sublevarían ante la creación de una nueva empresa; así que, según tu teoría, una fusión mundial sería un galimatías irresoluble. Segundo, una empresa mundial debería confrontar centralizadamente con bastante probabilidad multitud de conflictos secesionistas en diversas partes del mundo. Y tercero, si a esto añadimos que el cálculo económico sería del todo imposible, la estabilidad de ese monopolio mundial sería endeble.

Si fuera tan sencillo, no dudes de que los políticos ya habrían establecido hace tiempo un gobierno mundial. El hecho de que no exista sino como proyecto muy a largo plazo significa que todavía tienen que manipular más a la población para que consienta y no se levante ante esa aberración.

20. Eficiencia frente a eficacia

Que Isidoro no está muy ducho en los conceptos económicos resulta bastante palpable en todo el texto. Ahora tenemos una nueva prueba de ello.

En mi crítica a la defensa nacional recordé que el Estado español no tiene por qué ser la unidad de defensa eficiente, sino que ésta pueda estar constituida por asociaciones con distintas empresas sitas en distintos lugares de la geografía. Así, no teníamos por qué esperar que los andaluces tuvieran que defender a los catalanes ni mucho menos que los tuvieran que defender siempre. Eso es una cuestión de estrategias militares que se abre precisamente cuando no impones que, necesariamente, la unidad eficiente de defensa es y tiene que ser España -¿por qué? Porque sí.

Me dice Isidoro: Que acudan a la defensa los andaluces o dejen de acudir puede significar la derrota o la victoria en suelo catalán. Es mera cuestión de número. Atendamos a lo que decía Clausewitz sobre la concentración de las fuerzas en el espacio: “La mejor estrategia consiste en ser siempre muy fuerte, primero en un sentido general, y luego en el punto decisivo. Por lo tanto, aparte del esfuerzo en crear las fuerzas suficientes y que no siempre corresponde al general en jefe, no hay ley más simple y más imperativa para la estrategia que la de mantener concentradas las fuerzas.” A más soldados, más fuerza: por eso nos interesa que vengan los andaluces.

Primero, aun sin saberlo –y es que ya sería pedirle mucho que lo supiera- Isidoro está confundiendo dos conceptos económicos distintos: eficacia con eficiencia. La eficacia sólo atiende a la consecución del resultado, pero no a los medios utilizados para ello. La eficiencia, en cambio, reduce el perjuicio en cuanto a medios para obtener un resultado.

Por ejemplo, A y B entran en guerra. Eficacia: A vence a B. Eficiencia: A vence a B con las menores bajas y costes posibles. Eficacia no eficiente: A vence a B a costa de perder innecesariamente a todos los soldados de su ejército.

Por tanto, una cosa es que el mayor número de soldados siempre nos haga más eficaces, y otra que nos haga más eficientes. Si para ganar las guerras no necesito incrementar de manera innecesaria el número de soldados y de bajas, no habrá necesidad de crear una carnicería. Si para defender ciertos poblados catalanes puedo recurrir a soldados franceses que, por conocerse la zona, serán más eficientes que los andaluces, no necesito reclutar necesariamente a aquellos para engrosar el número.

Segundo, en todo caso, Isidoro sigue sin entender nada. El hecho de que los andaluces, por la configuración defensiva de las distintas empresas, no acudan a defender Cataluña no significa que su número sea menor. Como ya he dicho, las tropas que hoy vendrían de Andalucía pueden provenir en una situación anarquista de zonas francesas o italianas, por poner un ejemplo. EEUU no utiliza soldados andaluces y no por ello tiene un ejército pequeño.

Lo que interesa, por tanto, no es imponer unidades defensivas grandes e ineficientes, sino unidades defensivas eficientes. Si es cierto que los soldados andaluces son vitales para la defensa de ciertos poblados catalanes, en su búsqueda de eficiencia, los empresarios podrán llegar a acuerdos de asistencia mutua por los cuales los soldados andaluces defiendan esos territorios y viceversa. Yo no niego que esa pueda ser la defensa eficiente, sino que esa deba ser la defensa eficiente, lo cual es radicalmente distinto.

21. Estado, te amo

Nos metemos en un apartado especialmente divertido de la argumentación de Isidoro, que tiene que ver con todo el sentimentalismo carca que envuelve al militarismo estatista. En varios comentarios comprobaremos cuál es el auténtico fundamento de la defensa estatal: el orgullo militar.

Veamos el primero. Isidoro sostuvo inicialmente que ante un ataque exterior los ciudadanos de un país colaborarían en defenderse unos a otros porque se sentirían todos amenazados. A esto le repliqué que no tiene mucho sentido sacar de nuevo la doble vara de medir: si la anarquía no funciona por la existencia de free-riders (esto es, de gente que quiere ser defendida sin defender a los demás), ¿qué mística circunstancia alterará esa estrategia en caso de existir Estado? Los neoclásicos lo tienen claro: la amenaza de compulsión por parte del Estado, que no tiene nada que ver con la colaboración cuasi fraternal de la que habla Isidoro.

Pues bien, ¿qué responde ahora?: ¿Socialmente está mal visto no pagar los plazos del frigorífico? Tal vez para algunos, pero para muchos será un tema estrictamente personal; como mucho motivo de algún comentario hiriente. Pero... ¿cómo está visto socialmente el desertar o ser insumiso durante una guerra? No pagar seguridad a una agencia de seguridad es como no contratar con la compañía del gas; la gente puede opinar que eres tonto por usar el gasoil, por ser más caro, pero no te señalará con el dedo. En cambio, negarse a combatir en un ejército que pretenda defender a toda la comunidad de una agresión no es algo que en ningún caso estaría bien visto.

Primero, aquí tenemos una contradicción flagrante. Si la gente no ve mal dejar de pagar los plazos de un frigorífico es porque no concibe que ESO le cause perjuicio alguno. Si la gente ve mal que se deserte, es porque cree que ESO le causa un perjuicio. Tú afirmas que los free-riders serían la piedra de toque que imposibilitaría la defensa privada de un territorio, ergo ESO causa un perjuicio a sus habitantes que, siguiendo tu lógica, deberían sentirse ofendidos.

En realidad, el ejemplo es mucho más cercano al del vecino que deja de pagar los gastos de la comunidad; si bien, en el caso de la defensa, habida cuenta del bien puesto en peligro, ese malestar resulta mucho mayor.

Segundo, si tú mismo eres el que afirma que la provisión de defensa es cualitativamente distinta a la de cualquier otro bien, como el pan, no entiendo por qué ahora me comparas el pago de la provisión de defensa con el pago de un frigorífico.

Tercero, aun desde un punto de vista neoclásico, el ejemplo es malísimo. Estamos estudiando el problema de provisión de un bien público y tú metes en la comparación un bien claramente privado. ¿Pero te has llegado a enterar de cuál es el objeto de discusión?

En todo caso, aquí ya tenemos un primer germen del sentimentalismo militarista. La gente, por el simple hecho de existir un ejército público, acudirá encantada a combatir en el frente y a defender a sus compatriotas. Cosa que no puede suceder si el ejército es privado, porque entonces se volverían todos egoístas y gorrones. Fantástico.

Sigamos con los las niñerías sentimentalistas: Los trabajadores de una empresa nacionalizada no ven como suyos los éxitos de la producción, pero los habitantes de un país si ven como un éxito de todos y cada uno la victoria militar ya que se han salvaguardado las libertades y el régimen constitucional. La diferencia entre un asunto y otro salta a la vista.

Ahora me entero de que el problema del socialismo es que los trabajadores no ven como suyos los éxitos de una empresa nacionalizada. ¿Es que acaso si lo ven los trabajadores de una empresa privada? Que yo sepa, al trabajador le resulta indiferente la modalidad de propiedad a la que ofrezca su prestación: tan ajenos le son los éxitos del Estado como los de un capitalista/empresario (a menos que le ofrezca participaciones en la empresa, claro). Vamos, revísate el problema del cálculo económico. Ni siquiera la premiseana crítica de la falta de incentivos va por ahí. Perdido, muy perdido.

No me cabe duda de que los ciudadanos, al vencer una guerra, sientan la victoria como propia por salvaguardar sus libertades. Exactamente igual que los consumidores de una empresa de seguridad ven como propia la victoria en una guerra por salvaguardar sus libertades.

¿Cuál es la diferencia? De nuevo ese tufillo sentimentalista que embriaga a los belicistas patrioteros (que no patriotas).

Pero el mayor disparate viene ahora. Después de todo esto, le pregunté a Isidoro que dónde quedaba el Estado mínimo cuando ese Estado enviaba al frente a soldados no profesionales (reclutamiento forzoso), como si de esclavos se tratara. Nos dice Isidoro:

Que yo sepa llamar al ejército a los nacionales, el gobierno nacional, en una amenaza nacional, dista mucho de la trata de esclavos (basta ver que un altísimo porcentaje de quiénes sirven en las guerras, incluido el paradigma antibélico de Vietnam, están orgullosos de haber combatido). ¿Dónde está el estado mínimo? Bajo amenaza: en guerra. Si no se llama a filas te garantizo que el estado mínimo desaparece, eso sí: contento algún tonto de morir de rodillas antes que luchar de pie.

Vamos, que lo que todos conocemos como reclutamiento forzoso o servicio militar obligatorio es a todas luces un Edén del voluntarismo porque algunos combatientes en Vietnam (obviamente algunos de los que sobrevivieron) están encantados de haber ido al frente. Esto es como el violador que le dice al juez sobre su víctima: “No, pero si ella quería”. No, perdón, es todavía más ridículo. Es como si después de decir esa burrada el juez le pregunta al violador: “¿Por qué crees que ella quería?” y el violador le responde: “Porque yo conozco a mucha gente que hace el amor”. Pero en fin, de dónde no hay difícilmente se puede sacar.

Y todo ello en nombre del Estado mínimo a pesar de que ante una amenaza de guerra no le queda otro remedio que desaparecer. O bien se totalitariza o bien queda sometido al ejército extranjero.

Lo curioso de esta forma de pensar es que olvida el problema principal: si asumimos que el Estado, por ser mínimo, tiene la obligación de dejar de serlo (con la posibilidad de mandar forzosamente a la guerra a sus habitantes) ante un conflicto bélico, la forma más sencilla que tendrá un político de expandir sus poderes será, precisamente, favorecer los conflictos militares. De hecho, los distintos políticos del mundo, nacionales y extranjeros, tendrán poderosos incentivos a simular conflictos inexistentes que les permitan legitimar reducciones permanentes de las libertades.

Fijémonos en que esta perversa lógica socialista aplicada a la defensa, aparece como una imposición ideológica al devenir del Estado mínimo. El político no tiene, ni siquiera, que justificar los recortes de libertades durante una guerra; es más, de cara a la galería podría oponerse con firmeza a ellos pero justificarlos por razones de índole “nacional”. El ciudadano adquiere una obligación positiva de defender a sus “hermanos nacionales” (aun cuando un individuo tenga una relación mucho mayor con otras personas que vivan en territorios distintos a los de su Estado-nación) y, por tanto, de renunciar a su libertad. Se nos exige que pongamos en riesgo nuestra vida para salvar nuestra libertad; cuando es evidente que todo reclutamiento forzoso acaba en sí mismo con nuestra libertad presente y, en caso de morir en el frente, con nuestra libertad futura.

Pocas cosas hay más absurdas que conceder amplios poderes discrecionales y extraordinarios al Estado durante situaciones de extrema gravedad. Primero, porque por su propia lógica, el Estado tenderá a reproducir esas situaciones de extrema gravedad para poder utilizar esos poderes discrecionales y extraordinarios. Y segundo, porque es tremendamente inocente (por decirlo de manera suave) pensar que el Estado será capaz de dar una respuesta adecuada a una situación de emergencia imprevista; si de verdad los ciudadanos sienten su libertad amenazada ante la impotencia del ejército regular, serán ellos mismos los que se levanten en armas y se alisten en el ejército. En circunstancias semejantes, resulta estúpido que el Estado destine recursos “humanos” en asegurarse que nadie se sustrae a su reclutamiento forzoso, máxime cuando ese reclutamiento, en caso de materializarse, sólo enrolará al ejército a un individuo que no quiere combatir.

22. La persistencia del cliché de la nación y la introducción de la ciudadanía

Ya hemos comentado la poca solidez de la imposición de la defensa nacional. Isidoro ante mi insistencia de por qué debemos organizarnos forzosamente a partir de este accidente histórico, responde: Porque la nación existe y abarca muchas personas. A más personas, más combate se podrá dar.

Todo esto nos lleva, de nuevo, al Estado mundial o, al menos, a Estados cada vez más grandes. Al mismo tiempo, es una contradicción en sí mismo. Si la única virtud de la nación es que existe y que abarca a un gran número de personas, entonces la nación deja de ser el marco adecuado para la defensa porque, aun cuando las personas sean numerosas, en todo caso su expansión está limitada por cuestiones culturales.

Si queremos un ejército cuantioso, la nación debe dejar de ser la base del ejército. Una fusión entre España y China supondría una fusión antinacional pero un incremento de la capacidad militar de ambos territorios. Supongo que en este punto Isidoro será favorable a una reorganización profesional de los Cascos Azules o a la creación de un ejército permanente en la Unión Europea.

Pero en todo caso, no era éste el comentario que más me había llamado la atención. Veamos cómo intenta Isidoro demostrar que la agrupación de personas en forma de nación debe constituir la base de la defensa: Basta ver cómo reaccionan los hombres en combate: se agrupan. Dicha agrupación es tácticamente aberrante ya que si cae un obús perdido en un grupo mueren cientos en lugar de uno, dos o nadie (...). Pero esto es humano, y la guerra es humana. Los hombres se agrupan para atacar y se agrupan para defender: batallan. Si las agresiones las realizan ejércitos y no individuos aislados, las defensas serán hechas por ejércitos. ¿Lógico?

La verdad es que no mucho. Las agrupaciones humanas en tiempo de guerra pueden deberse a dos causas: la primera el ataque común, la segunda el ataque hacia intereses comunes.

En el primer caso, tenemos una individuo o un Estado que declara la guerra a una pluralidad de individuos, se conozcan o no, tengan lazos en común o no. La agrupación es una consecuencia natural de la necesidad de cooperar para repeler un ataque que, por el motivo que sea, afecta a todos ellos. En este caso, necesitaremos una cierta agrupación territorial previa en tiempo de paz, si bien no es imprescindible: el Estado que declara la guerra contra una raza promoverá la agrupación de la resistencia de esa raza contra su ataque.

El segundo caso sucede cuando un individuo o un Estado agrede a un interés que muchos individuos consideran propio, estén o no agrupados territorialmente. Ese interés común no requiere de una agrupación territorial ni de que el ataque se haya declarado contra personas concretas. En realidad, sólo requiere la existencia de una sociedad que vaya más allá de la mera agrupación territorial: es necesaria una serie de lazos entre las personas con unos intereses similares. La agrupación militar de los individuos se producirá en este caso en función de los intereses implicados.

Las diferencias son importantes. En el primer caso, la agrupación sólo se producirá en función de los objetivos militares del atacante. Si yo restrinjo mi agresión a un solo individuo, la agrupación defensiva carecerá de sentido, por cuanto no hay una identidad de amenaza. De la misma manera, si yo restrinjo mi ataque a una porción del territorio, sólo promoveré la agrupación defensiva en esa porción del territorio.

Por el contrario, en el segundo caso, la agrupación defensiva se produce con independencia de los objetivos militares del atacante. Yo no puedo controlar la posibilidad de que intereses ajenos se sientan afectados por mis acciones. Si yo, por ejemplo, decido matar a Pepe, y Pepe tiene una familia que lo quiere pero que vive en otro país, la defensa de Pepe implicará a su familia, aun cuando se encuentre en otro territorio.

Las ventajas del segundo modelo sobre el primero son evidentes: en aquél, la defensa es controlable por el atacante, en éste no. Para evitar los inconvenientes del primer modelo, se recurre a la ficción de que una agresión a un territorio concreto, ésta se entiende producida a un territorio mucho mayor. Así, si yo restrinjo mi ataque a Sevilla, el Estado español obliga a los burgaleses a considerar que ese ataque también les afecta a ellos.

Por supuesto, la modificación del primer modelo supone una mejora respecto a su formulación primitiva. Sin embargo, sería tremendamente erróneo identificar, como Isidoro hace, esta formulación primitiva con el anarcocapitalismo (es decir, si Cuba ataca Sevilla, entonces sólo los turolenses se defenderán) y su refinamiento con el minarquismo (si Cuba ataca Sevilla, el Estado español obligará a todos los españoles a defenderlo).

En realidad, por mucho que el primer modelo se refine, seguirá adoleciendo del mismo problema fundacional: ante unas estructuras políticas dadas, el agresor podrá definir por sí mismo el alcance concreto de su ataque. La mejora defensiva siempre provendrá de una carrera hacia la expansión del Estado: burocracias más grandes y centralizadas.

Sin embargo, el anarcocapitalismo no tiene nada que ver con esta concepción verticalista y monocéntrica de la defensa, sino con el segundo modelo expuesto. Las agrupaciones defensivas se realizan en función de los intereses afectados por el ataque. El agresor no puede controlar cuál va a ser la respuesta esperada, ya que depende de factores que escapan de su conocimiento y manipulación.

Así, si yo quiero conquistar Sevilla, deberé enfrentarme contra todos aquellos que tengan intereses en Sevilla, y éstos no tienen por qué coincidir con la totalidad de los españoles, sino que puede excluir a parte de ellos e incluir a parte de los hoy llamados extranjeros (por ejemplo, empresas de USA o de Marruecos).

Por supuesto, las empresas de seguridad tendrán en Sevilla el interés de proteger a sus clientes, de quienes perciben sus cuotas mensuales y con quienes han suscrito un acuerdo de colaboración. De ahí, que todas las empresas de seguridad que operen en Sevilla tendrán que repeler el ataque extranjero.

¿Combatirán ejércitos? Sí, pero esto no significa que deban ser ejércitos arbitrariamente establecidos, al margen de los intereses implicados y de los mecanismos de coordinación flexibles que posibiliten la adaptación de la respuesta defensiva a los requisitos concretos de cada caso.

Esta confusión de Isidoro sale a relucir claramente en su siguiente párrafo: Si a mi me atacan todos los alemanes no se me ocurrirá pensar que podremos defendernos sólo algunos de los españoles, es más: es posible que no puedan resistir ni siquiera todos los españoles juntos. Ahí tienes el por qué, ¿lo tomas o lo dejas?

La cuestión no es que sólo defiendan algunos españoles, sino por qué unas personas que no tienen intereses comunes –salvo los impuestos coactivamente por el Estado- tienen que defenderse entre sí y por qué hay que aceptar que la forma de defensa más eficiente provendrá de los accidentes históricos.

Si a mi me atacan los alemanes, esperaré que mi empresa me defienda, porque todos los que hemos acudido a ella tenemos el interés común de nuestra seguridad proporcionado por la empresa que juzgamos más eficiente. Si el ataque no sólo se dirige contra mí sino contra más personas, un mayor número de empresas se dirigirán a repeler la agresión, impliquen o no a españoles. Por tanto, la disyuntiva entre defensa común estatista y defensa individual anarquista sólo demuestra la profunda incomprensión de Isidoro y su necesidad de construir un hombre de paja al que atacar.

De nuevo, volvemos al patrioterismo desquiciado para justificar la violencia: Niegas la evidencia; ningún ejército mercenario ha podido con uno nacional. En realidad el paradigma de esto serían las guerras púnicas, ejemplo de guerra total. No ganaron los púnicos pese a tener la ventaja militar en muchos momentos y obtener muchas victorias, ganaron los romanos porque ejército tras ejército había nuevos hombres dispuestos a dar cumplimiento al aforismo de Horacio: “Dulce et decorum est pro patria mori” en defensa de su patria, de su nación.

Pero esta descripción no puede más que contradecirse con las afirmaciones precedentes.

Primero, es falso que un ejército de mercenarios nunca haya ganado a uno nacional: Executive Outcomes contra Angola en 1994.

Segundo, si es cierto que las guerras se ganan cuando los soldados ponen a disposición del ejército sus vidas, mal se concilia esto con la anterior defensa del servicio militar obligatorio, donde se fuerza a soldados, que no quieren morir por su patria, a que lo hagan. El resultado no es una defensa más eficiente, sino una carnicería más profusa.

Tercero, la estética se me antoja tan subjetiva que hablar sobre ella me provoca sentimientos de pérdida de tiempo, pero aún así no me atrevería a decir que la muerte por la patria sea ni dulce ni honrosa; mucho menos cuando la muerte no se acepta voluntariamente, sino que es empujada desde arriba, so pena de fusilamiento por deserción.

La patria ha justificado tantas barbaridades que establecer una norma general por la cual el individuo siempre deba ceder ante la nación, me resulta de un colectivismo preocupante. Es cada persona quien debe valorar si considera digno morir por la patria; pero para ello antes deberá poder decidir cuál es su patria. Por ello, los versos de Horacio sólo pueden funcionar en una comunidad de intereses, como la arriba descrita, donde las personas batallan por intereses comunes, entre ellos, su libertad.

Si la nación es impuesta y su defensa forzada, lo único que tenemos es una ficción de ataque conjunto o de intereses comunes unida a una obligación de fingir que se muere en defensa de una nación. Pero la mentira no puede ser ni dulce ni honrosa, salvo para los hipócritas.

La cosa, claro está, no cambia porque queramos tamizar el concepto de nación con el de ciudadanía. Dice Isidoro que nación y ciudadanía están unidos inseparablemente desde el populus romanus: ¿Y qué es nación sino ciudadanía? Cartago no tenía eso y los ciudadanos romanos le aniquilaron hasta los cimientos, literalmente. No son pocos los autores que afirman que Roma conquistó el mundo gracias al concepto ciudadano; la integración de grandes masas de individuos en la idea de nación. Y ese concepto fue espontáneo, ¿o una alucinación colectiva, como el estado?

Primero, si hasta el momento hemos estado hablando de un concepto étnico de nación, según el cual España es una nación por su historia, cultura, lengua y folklore común, entonces no parece muy lógico modificar súbitamente nuestras definiciones y pasar a hablar de un concepto político de nación. Si la nación es el conjunto de individuos libres con derechos políticos, entonces Cartago no tenía nación, lo que según tú la inhabilitaba para conformar agrupaciones defensivas y constituir una defensa eficiente. Vamos, que Escipión el Africano tampoco realizó gesta alguna; Cartago era un poblucho que necesariamente debía perder ante Roma.

En todo caso, si abandonamos el concepto étnico de nación y pasamos a hablar de nación como agrupación de hombres libres, entonces la adscripción territorial-cultural de una agrupación se vuelve innecesaria; basta con la existencia de lazos comunes entre personas libres. Y de hecho, en Roma, no todos los individuos que integran su territorio formaban parte de su nación política; ni siquiera la mayoría. En realidad, las redes de ciudadanía tenían poco que ver con el territorio y mucho más con los intereses y derechos comunes que los aunaban. De ahí que el concepto político de nación sea perfectamente subsumible en el de un consumidor que suscribe un contrato en virtud del cual obtiene ciertos derechos y prestaciones.

Segundo, algunos han leído a Hayek por el forro de las tapas y ya elevan al altar cualquier palabra relacionada con él. Vamos a ver, que algo sea espontáneo no significa que sea bueno. Los accidentes en las carreteras también son un fenómeno espontáneo y son tremendamente negativos. El fundamentalismo islámico también es fruto de la evolución espontánea de diversos agentes y estructuras de poder, pero no resulta enternecedor.

El concepto político de nación que restringe su aplicación a la filiación al monopolio estatal podrá ser fruto de la evolución, pero de ahí a inferir que esa evolución merece nuestro respeto, hay un gran trecho. Una perspectiva simplemente evolucionistas nos convierte en unos ultraconservadores defensores del statu quo. La evolución debe ser analizada críticamente a través de la razón, no para reconstruirla ni para diseñarla, sino para influir en su ulterior evolución. En caso contrario, medio mundo debería seguir sometido al yugo del comunismo por el simple hecho de que las inexorables leyes de la historia favorecieron la cuasi universal revolución.

Esta concepción buenista de la evolución esconde, en realidad, un profundo relativismo que le impide juzgar críticamente la realidad, pues toda la realidad existente es fruto de la evolución y, por tanto, positiva. No, el argumento de que la agrupación monopolística haya sido espontánea (lo cual es también discutible, ya que todos los Estados actuales son fruto de las guerras y, por tanto, de espontáneo tienen poco) no significa que sea positiva ni respetable.

En este punto Isidoro da un nuevo giro a los términos y vuelve a adscribirse al concepto étnico-territorial de nación, pasen y vean: Podrás negar idealmente el concepto de nación porque tú no creas en él y lo consideres un mero asunto folklórico, pero hay un sinnúmero de personas que habitaron y habitan este espacio físico y no piensan como tú. Aprecian la igualdad ante la ley, tontos que son. ¿Cómo era eso de la subjetividad de la utilidad? ¡Cántalo, cántalo!

Primero, si hemos dicho que el concepto de nación coincide con el de ciudadanía, entonces lo de menos es que habiten en un espacio físico contiguo y lo de más que estén unidos por una serie de acuerdos comunes que les concedan derechos. Si habíamos abandonado el concepto étnico-territorial no parece muy coherente regresar a él cual Guadiana.

Te lo volveré a repetir; yo niego que la nación cultural deba constituir la base de la política. Del mismo modo que Cartago era una nación cultural sin nación política o los españoles esparcidos por el mundo constituyen una nación cultural a pesar de estar adscritos a muy distintas naciones políticas. Yo no niego el concepto de nación, sino la necesaria identidad entre la nación cultural y la ciudadanía.

Segundo, ¿desde cuando las apreciaciones subjetivas ajenas sientan la base para la coacción? Una cosa es que te suenen pitidos de campanas engarrotadas, otra que quieras utilizar esos pitidos para componer operas clásicas. Si el hecho de que muchas personas opinen algo significa que ese algo debe imponerse, entonces la libertad individual simplemente queda extinguida en nombre de la voluntad común. ¿Esto es tu ideal de formación política? ¿Un Estado mínimo asentado sobre una nación étnico-territorial que confiere derechos a su gusto y con capacidad para disponer de ellos en tiempo de guerra?

Nuevas reflexiones sobre la defensa privada: Respuesta a Iracundo (II)

7. Primera contradicción que Isidoro niega: Amigos y enemigos

Isidoro negó la capacidad de las empresas privadas para discriminar entre amigos y enemigos. En su opinión, en tal contexto, todos son enemigos de casi todos. Ante lo cual le respondí que eso era contradictorio: si todos son enemigos de casi todos, entonces habrá un “casi nadie” (unos pocos) que sí serán aliados, en caso contrario todos serían enemigos de todos, y simplemente no habría base para la colaboración empresarial. No habría mercenarios, ni trabajadores, ni proveedores, ni clientes, ni empresas, ni nada: tendríamos una lucha individual universal.

Pero es que aun cuando ese fuera el caso, le recordé, aun cuando todos fueran enemigos de todos, sí habría una discriminación empresarial, una decisión según por la cual, “lo más seguro para mí vida es considerar a todos preventivamente enemigos”.

Queda claro que esta decisión es absurda y sorprende que Isidoro llegue a niveles tan bajos como para tomarla en serio. Ni siquiera los animales se enfrentan uno a uno entre sí: las cazas en manada son una muestra de colaboración. Y es que si un individuo considera que la máxima seguridad la obtiene declarando la guerra a cada persona que ve, deberá estar continuamente en guerra. A los individuos les interesa establecer alianzas y pactos de no agresión para no extinguir sus energías y defenderse de los auténticos peligros externos, a menos que disfruten haciendo la guerra (lo cual es posible, pero no necesario).

Pues bien, Isidoro sigue manteniendo que es posible considerar a “casi todos” enemigos y no poder discriminar. ¡Cómo si eso no fuera ya una discriminación!: Incluso para un observador no neutral esta expresión no significa que "haya amigos o deje de haberlos" sino más bien una sencilla reserva en concesión del libre albedrío. Materialmente no existiría un trust pero "lo aceptamos" virtualmente. Cuando se dice: no se podrían delimitar bandos y casi todos estarían contra casi todos no se incurre en contradicción alguna sino que se enuncia una verdad: yo no puedo estar realmente en guerra con un territorio al que no puedo acceder, por ejemplo.

En todo caso quien tiene una incapacidad portentosa para discriminar entre amigos y enemigos sería el Estado; para cargarse a un dictador se bombardea a la población, lo apoye o no. Por tanto, tu argumento pro-estatista es simplemente ridículo. Ahora bien, ¿sostenemos que el Estado es incapaz de defendernos porque no puede discriminar? No, porque de hecho discrimina. ¿Y cómo discrimina? Considerando a toda la población que cae en un monopolio territorial como potencialmente enemiga. ¿Que se trata de una discriminación torpe? Ese es otro asunto, pero es una discriminación que no impide la provisión de defensa como tú si imputaste a la defensa privada: “No ya para ganar la guerra sino para poder llevarla a cabo es totalmente necesario realizar la discriminación entre amigos y enemigos y eso no es posible en un orden de cosas en el que quiénes llevan la guerra son agencias privadas”.

En otras palabras, siempre se discrimina cuando se selecciona un objetivo militar, por muy amplio que este sea. Y cuando el objetivo militar es universal, como pareces querer sugerir tú, también se está discriminando, por cuanto tienes que elegir entre: “considerar a todo el mundo potencialmente amigo o potencialmente enemigo”. Y eso supone una presunción: de culpabilidad o de inocencia, pero en todo caso una presunción que te permite discriminar entre amigos y enemigos (colocándolos a todos a un lado) y que realizas en función de tu conocimiento de la realidad y expectativas futuras.

Por supuesto, yo sostuve que la capacidad de las empresas para discriminar es mucho más amplia, de lo que Isidoro cree ya que, al menos, puedes discriminar entre amigos (clientes), colaboradores (proveedores, empresas auxiliares), neutros (potenciales clientes y elementos pacíficos) y enemigos (atacantes o potenciales atacantes).

Isidoro lo niega pero, al hacerlo, refuta uno de sus manidos argumentos, el problema de los gorrones: Las empresas y sus oficinistas tal vez, sus trabajadores no. Si en una ciudad bajo ataque un soldado/s declina/n salvar a un "gorrón" y su gorrona familia de un ataque/saqueo de una agencia "enemiga" de dicho/s soldado/s no veo por qué, en la confusión del combate, y una vez superada la barrera de esa prueba moral, ese/os soldado/s respetaría/n a los suscriptores. ¿Por disciplina? Pero si nadie se entera..., dices que "fue el enemigo". De hecho, en tal orden de cosas, no me resulta inimaginable la escena de unos soldados de una agencia llegando a un acuerdo para no luchar con el enemigo y "juntos" saquear a los gorrones.

Primero, es sorprendente como en medio de una guerra, los soldados –o algunos soldados- mientras están matándose entre sí adquieren la capacidad para ponerse de acuerdo con algunos enemigos –sin saber si mientras tanto otro enemigo uniformado puede pegarte un tiro por la espalda- para saquear a quienes dices proteger. Isidoro niega por un lado toda organización militar exitosa que no esté centralizada y, ahora, nos dice que en medio del combate, algunos militares harán un kit kat (supongo que paralizando los tiros y las bombas de quienes no colaboren) y se podrán a saquear en comandita a los individuos indefensos (que por supuesto tampoco estarán armados ni tendrán sistemas de defensa personal).

No niego que pueda suceder –del mismo modo que, caspita, puede suceder con el Estado, ¿o acaso los ejércitos públicos se caracterizan por su recto obrar?-, pero sí es interesante destacar la doble vara de medir. Cuando se trata de estudiar la eficiencia defensiva, los soldados no pueden coordinarse; cuando se trata de saquear al prójimo, la coordinación es casi automática.

Segundo, el hecho de que los gorrones sean fácilmente saqueables por cualquiera de ambos bandos, sin que quepa pedir en ningún momento la restitución, ya muestra que, quizá, no sea tan rentable ser gorrón cuando cualquiera puede atacarte sin que puedas reclamar o solicitar protección salvo a ti mismo. El paraguas es más estrecho de lo que parece, de modo que el problema del free-rider sería mucho más irrelevante de lo que afirmas. Precisamente por eso: porque en caso contrario estarían sometidos a cualquier amenaza estatista externa.

Tercero, tu simplismo argumental es asombroso. Por un lado, tú eres capaz de entrever ese problema (que los propios soldados saqueen a sus clientes) y, parece ser, supones que los altos directivos de la empresa o no serán capaces de entreverlo (en cuyo caso, tranquilo, entrarías en el Consejo de Administración con un sueldazo) o bien crees que no serían capaces de solucionarlo.

Tu razonamiento me suena mucho a la crítica socialista que se efectúa a las Sociedades Anónimas: dado que son los gestores quienes dirigen la empresa, y no los propietarios, la sociedad no maximizará el bienestar de los propietarios, sino el de los directivos, persiguiendo objetivos que siendo subóptimos económicamente para los accionistas sean óptimos para los directos (por ejemplo, aumentando su fama).

Lo cierto es que, en estos casos, ya se han desarrollado mecanismos diversos –por ejemplo la participación en el valor añadido de la empresa por parte de los directivos- para solventarlo. Mecanismos que, por portentoso desconocimiento del funcionamiento de una empresa, no eres capaz ni de imaginar.

Por ejemplo, ¿qué ocurre si se hace depender la retribución de los soldados de que no se exceda un cierto nivel de daños materiales y humanos, provengan de donde provengan? ¿O qué sucede si la empresa infiltra aleatoriamente a confidentes para que delaten, con las pertinentes pruebas, a los transgresores? ¿O si se hace depender el salario de los mandos intermedios de que sus áreas de influencia minimicen los daños?

Es simplemente ingenuo que consideres que un problema tan flagrante en el mundo militar no tratará de ser solucionado por los empresarios. Porque te recuerdo que un soldado que roba a un cliente es un tipo que está robando a la empresa; si empresa A tiene a X como cliente, y el trabajador de A mata a X y le roba sus joyas, A se queda sin cliente y el trabajador con las joyas. ¿Tú crees que a la empresa A le interesa que sus clientes vayan muriendo y que, sobre todo, aquellas zonas que defienda tengan un alto índice de mortandad?

Distinto es el caso del Estado, donde los soldados sí pueden tener incentivos para saquear, sin que grandes contratiempos. Primero, los Estados en la mayoría de las ocasiones suelen tener legislaciones en virtud de las cuales los bienes inmuebles de los fallecidos sin herederos pasan a integrar su patrimonio, con lo cual ciertos muertos pueden resultar lucrativos. Segundo, el Estado puede incrementar los impuestos para compensar los contribuyentes fallecidos en mayor medida en que una empresa puede incrementar los precios al resto de clientes sin provocar que se pasen a la competencia. Tercero, un Estado no tiene que convencer a individuos extranjeros de que su provisión de defensa es la más eficiente: la única forma en que un Estado puede controlar otro territorio es a través de la conquista, no de la persuasión a sus clientes. De hecho, incluso le puede resultar útil tener una cierta fama de sanguinario para amilanar a las poblaciones y Estados extranjeros. Los Estados no compiten en eficiencia defensiva, sino en expolio y ejercicio de la violencia.

8. El complejo de Zumosol

Después de esto, Isidoro sostuvo que la sociedad degeneraría en una guerra de todos contra todos, lo cual sería catastrófico. Yo le respondí que, obviamente, si su hipótesis de partidas es la guerra universal, esa situación es catastrófica, pero que yo ya le había dado razones con anterioridad (básicamente el alto coste de la guerra para una empresa, la pérdida de capitalización que supone incurrir en guerras innecesarias y de mala fama internacional, la resistencia interna, la ayuda externa, la interdependencia económica de las empresas, proveedores, auxiliares...) para que ello no sucediera.

Isidoro me dice que vale, de acuerdo, lo acepta pero que entonces no tenemos agencias defensivas: Pues sí, estamos de acuerdo, pero con un problemilla... para tu argumentación. Esa guerra brutal no comenzaría si las agencias de seguridad llegaran a un acuerdo para no luchar, esto es, para no hacer lo que digan sus suscriptores sino directamente cobrarles.

Volvemos al problema del primo de Zumosol. Isidoro asume que los consumidores quieren empresas que combatan entre sí continuamente, de modo que si establecen acuerdos de no violencia, ¡las empresas van en contra de los consumidores! Simplemente genial. Y ahora explícame cómo soluciona eso un Estado como el británico cuyo Parlamento se ve muy influido por la opinión pública. Vaya, tenemos una opinión pública que quiere ir a la guerra, un Parlamento muy influible y, sin embargo, no vamos a la guerra. Fantástico.

Me parece que eso es una partida de cartas marcadas. Si nos atacan los nazis, los políticos no cederán nunca porque responderán al pulso ciudadano; si el pulso ciudadano consiste en declarar la guerra a todo quisqui, entonces los políticos no cederán, porque tendrán la entereza suficiente como para no ceder a la calle. ¡Y qué buenos y sabios son los políticos! En cambio, los empresarios operan, no se sabe muy bien por qué, al revés: si sus clientes quieren que combatan a los nazis (o si el gallego quiere que protejan al extremeño) no cederán a la presión de sus clientes; en cambio, si los clientes quieren ir a la guerra, se lanzarán de cabeza a pesar de los costes enormes para su patrimonio que supone una guerra innecesaria. Conclusiones del horno iracundo, argumentos cero.

E Isidoro continúa con el simplismo: si sostenemos que existirían fuera como fuese múltiples agencias de defensa (que no pudiesen llegar al trust) no hay nada que nos impida pensar que acabarían arreándose entre ellas como parte de la oposición de lo que ya señalé en otro lugar: la verdad contra la verdad más absoluta; caso del primo Zumosol (mirar arriba).

“No hay nada que nos impida pensar”. Esto me recuerda al que va a 200 por hora por la autopista sin saber conducir y dice: “No hay nada que nos permita frenar”. Pues hombre, existen frenos, que no conozcas que existen no significa que no existan.

Los voy a enumerar una vez más: los activos de las empresas son limitados, si quieren robar a sus ciudadanos para financiarse en el transcurso de una guerra deberán emprender una nueva guerra contra su población; el control de la compañía dependerá de su capitalización bursátil y ésta caerá tan pronto como reduzca sus ingresos esperados (por la pérdida de fama entre los clientes extranjeros) e incremente sus gastos corrientes (por la declaración de guerras). ¿Sabes lo que son flujos de caja? Pues declarar una guerra en contra de los deseos de los clientes te impone una pago tras otros sin que, salvo en la lejanía y con un descuento enorme, entreveas los cobros.

Más mecanismos: la ayuda de empresas extranjeras, la colaboración de las entidades bancarias, la resistencia interna de la población... Que sí, que ninguno de esos métodos es de por sí infalible, que ninguno garantiza que las empresas no se conviertan en Estado, pero son mecanismos que existen y que si los conocieras sí podrían impedirte pensar que las empresas vayan a acabar arreándose entre ellas.

Por ejemplo, el cliente de la empresa A tiene un conflicto con el cliente de la empresa B por un importe de 100 euros. ¿Qué crees que resulta más rentable? ¿Qué A le declare la guerra a B y arriesgue perder todo o parte de su patrimonio, o que acudan a un tribunal de arbitraje? Te lo diré de otro modo, EEUU le tiene una tirria impresionante a Chávez, ¿qué crees que le resulta más rentable, invadir Venezuela o tomar medidas diplomáticas represivas? Que no hombre, que las empresas no responden ante el más mínimo impulso suicidándose. Que Microsoft aun no ha contratado a un ejército de mercenarios para que cuelguen de un árbol a todos los miembros de la Comisión Europea a pesar de que le hayan impuesto una severa desconcentración.

9. Segunda contradicción que Isidoro niega: el Estado y las necesidades
 
En este punto sostuve que la estructura productiva defensiva, se iría adaptando a las necesidades de seguridad de los consumidores. Si la gente anhela más defensa callejera, se producirá más seguridad de este tipo. Si, en cambio, desean más defensa privada, la financiación afluirá hacia allí.

¿Cuál fue la respuesta de Isidoro? Pues la más sencilla que sin Estados la gente no tiene necesidades de seguridad; lo cual es una portentosa contradicción porque él mismo sostenía que el Estado surge como consecuencia inexorable de la necesidad de seguridad. Ergo, el Estado es un posterius de la necesidad. Esta flagrante contradicción, sin embargo, no es tal a los ojos de Isidoro: Resulta que esas "necesidades" no son sino servicios de seguridad (que pueden ser privatizados una vez existe un orden). Las agencias de seguridad serán agencias de seguridad conforme exista una ley y un orden si no serán agencias de extorsión. En tal caso dichas agencias suministrarían "soberanía" (como la mafia). Pero la NECESIDAD última de seguridad de todo hombre sedentario, que no es otra que el no ser asaltado por una pluralidad de extorsionadores (que, insisto, sería lo que serían tus agencias de seguridad en plena anarquía), se encuentra sólo satisfecha correctamente por el estado.

¡Y la de cabriolas lingüísticas que han de darse para no reconocer los errores! Una cosa es que sólo el Estado satisfaga correctamente la necesidad de seguridad, otra que esa necesidad nazca con el Estado. ¿No te das cuenta de que es contradictorio? ¿Qué no puedes sostener que B nace como causa de A pero que B es anterior a A? Y la cosa no cambia por el hecho de que escribas necesidad en mayúscula, o necesidades en plural. Las agencias de seguridad surgen porque la gente tiene necesidad de seguridad, y esa necesidad existe, haya o no Estado. ¿Acaso si no hay Estado la gente no querrá ser defendida de los peligros lejanos y de los cercanos? La verdad, es un argumento tan ridículo que no debería ni incidir en él. Máxime cuando según tú el Estado termina imponiéndose por ser la agencia más eficiente que satisface la seguridad ante peligros lejanos. En fin, más suerte la próxima vez.

10. George de la Jungla

Isidoro supone que en ausencia de un Estado monopolístico no hay ley y que, por tanto, nos encontramos ante la jungla. Su problema es que, vaya por dónde, hoy no existe Estado mundial, de modo que los Estados deberían estar batallando sin cuartel entre sí.

Esto es un caso particular de lo que hemos comentado antes: aun sin autoridad central, sí puede discriminarse entre amigos, aliados, enemigos, neutrales... De modo que a nadie le interesa declarar una guerra universal donde sería una presa fácil. Pero a Isidoro esto le trae sin cuidado: No carece de sentido porque la satisfacción de los consumidores en ese mundo de agencias de seguridad consiste en ser el primo de Zumosol, esto es, las empresas serán según "compitan" crecientemente violentas. Ese nefasto ciclo no existe en el estado, que tiene clientes cautivos. Mi argumentación no requiere de un estado mundial (el tuyo sí requiere un no-estado universal: ahí es nada), no, basta que exista un equilibrio de poder en esa "jungla interestatal". Ni que decir tiene que en la actualidad ese equilibrio, con EEUU como eventual garante, es un hecho (y más entre las naciones avanzadas: MDA).

Pues eso, sheriff George Bush de la Jungla. Menos mal que están los EEUU, por lo visto antes de que iniciaran sus guerras pacificadoras el mundo se disolvía en guerras mucho más de lo que lo hace ahora. Por supuesto, el detalle de que la Primera y la Segunda Guerra Mundial tuvieran lugar después de que esa labor de sheriff mundial fuera declarada oficialmente en el Congreso por Wilson es un detalle sin importancia; ay el equilibrio.

Pero analicemos el resto del texto. Primero, volvemos a la hipótesis absurda de que los consumidores quieren darse palos entre ellos. Segundo, más violencia por parte de las agencias implica más guerras, mayores costes, precios más altos, menor rentabilidad, peor fama y menor capitalización. Negocio redondo. Tercero, no existe ningún ciclo, precisamente porque la violencia no es inevitable; los equilibrios de poder son posibles sin necesidad de que se cree un monopolio de la fuerza. Tú mismo lo reconoces con el supuesto ejemplo de EEUU (más que discutible en la mayoría de los casos). Las empresas tampoco tienen por qué atacarse entre ellas para terminar arruinadas y sin clientes; de hecho, los clientes pueden pedir protección a las empresas más poderosas y eficientes.

Lo importante no es la centralidad del poder, sino su dispersión y equilibrio. Si los Estados no se deshacen hoy en guerras no es sólo por EEUU (quien entró en las dos guerras mundiales una vez habían empezado; ergo, prevención poca), sino porque es gravoso y porque la población ha ido adquiriendo conciencia de los costes de la guerra. Algo que aun sería más notorio en el caso de agencias privadas, ya que, por un lado, los atacados serían miembros de otra agencia y no miembros de otro Estado extranjero (la condición de cliente es una condición intercambiable; yo puedo ser cliente de la empresa A y la empresa B, por tanto, la guerra contra una empresa podría haber sido una guerra contra mí. En cambio yo no puedo ser español o iraquí, la guerra contra Irak en ningún caso habría sido una guerra contra mí) y por otro, el mayor coste de la guerra se traduciría directamente en precios más elevados.

Estos argumentos ya se los expuse resumidamente a Iracundo. Los Estados no se enfrentan porque varios motivos entre los que cabe citar: a) el intercambio puede ser más provechoso que la guerra, b) el resultado de la batalla es incierto, c) existen instituciones sociales que promocionan la paz. De hecho, le puse como ejemplo que nadie concibe hoy una guerra entre EEUU e Inglaterra, a pesar de que según Isidoro deberíamos caer en una guerra de todos contra todos.

Respuesta de Isidoro: Esos estados, una vez abandonan el nacionalismo agresivo (el impulso de asimilar otros pueblos) y las formas patológicas de socialismo, no tienen motivo alguno para enfrentarse bélicamente. Además, de hacerlo, se destrozarían mutuamente. Sin embargo las agencias no es claro que se destruyesen rápida y mutuamente y desde luego tienen mucho que ganar cascándole a la agencia que defiende los intereses del enemigo de sus suscriptores, y como no hay árbitro último... ¿Tendré que hablar otra vez de cierto primo de cierto zumo?

Aquí ya entramos en zona de alta concentración de disparates por línea. Veamos.

Primero, el nacionalismo agresivo no consiste en asimilar pueblos, sino en someterlos como esclavos. Difícilmente un nacionalismo puede querer asimilar, esto es, integrar a elementos extranjeros y corruptos. Segundo, EEUU y UK se destrozarían mutuamente en caso de ir a una guerra, de la misma forma en que se destrozarían dos compañías. ¿Por qué no lo harían? Tu único argumento es “no es claro que se destruyesen rápida y mutuamente”. ¿Por qué? ¿Dónde está el razonamiento? ¿Acaso crees que es suficiente que digas que “no está claro”, “asumo, “no creo”, “no me parece”? Yo tampoco veo claro que EEUU perdiera una guerra contra UK, aunque sí tengo claro que en ese ejemplo concreto ambos países saldrían muy esquilmados. De la misma forma, no podemos saber cuál será la incertidumbre que confrontarán dos compañías, pero sí sabemos que la guerra es destructiva e incrementa los costes de la empresa.

Es más, si una empresa cree que puede ser atacada de manera rentable por otra (dada la diferencia de tamaños y la postura belicista de los clientes de aquella) puede perfectamente contratar a otra empresa mayor, esto es, una empresa de seguridad puede convertirse en cliente de otra empresa de seguridad o, en última instancia, integrarse en ella. Esto es, puede alcanzarse un equilibrio pacífico, similar al que existe entre EEUU y UK, a través de pactos y alianzas.

Tercero, en una guerra entre EEUU y UK tampoco hay árbitro último, porque ese papel se lo has encomendado a EEUU que sería árbitro y parte. Sin embargo, esto no impulsa a que EEUU invada todos los países del mundo y, en este caso, UK. La necesidad de árbitro coactivo último es una falacia contractualista insostenible, como puede verse en este caso.

11. La imposibilidad del recurso al arbitraje

Isidoro sostiene que el Estado es necesario para cortar el círculo de violencia. ¿Qué es el círculo de violencia? Según él, las empresas de seguridad defenderán contra viento y marea a sus clientes, aun cuando no tengan razón. Por ejemplo, mi cliente le roba al cliente de otra agencia la cartera; yo, compañía de seguridad, sé que mi cliente ha robado y, aun así, lo defenderé hasta el final, aun cuando ello me suponga declararle la guerra a la otra compañía. Los clientes, de este modo, se guarecerían ante la agencia primo de Zumosol para que los protegiera, fueran cuales fueran sus acciones: esas agencias se agreden entre sí conforme las disputas y querellas entre sus suscriptores surgen. Para una empresa la razón la tiene su suscriptor y para la otra la tiene el suyo. ¿Entonces qué? Arbitraje dices, sí, pero cuando se evidencia que unas agencias son más drásticas que otras a la hora de reclamar o punir comienza la espiral. El que tiene más fuerza sólo respeta por convicción o por coacción, ¿estás dispuesto a asegurar que todos los integrantes de tu mundo serían así, tendrían las mismas convicciones? Entonces ni árbitro ni narices: "el que la tenga más larga", nadie querrá pasar por tonto.

Ahora analicemos la afirmación de Isidoro desde el punto de vista de la empresa y del resto de clientes. Una empresa, cualquier empresa, realiza una transacción cuando sabe que el beneficio esperado por esa transacción es superior al coste esperado. Los ingresos esperados de un cliente vienen determinados por las cuotas pagadas, mientras que los costes marginales de ese cliente consistirán en el valor monetario de todo el conjunto de servicios que, a cambio de esa cuota, la empresa venga obligada a prestar.

Isidoro sugiere que las empresas están interesadas en proteger a cualquier individuo, esto es, a comprometerse a utilizar todos los medios a su disposición para proteger a cualquier persona, sea cual sea su comportamiento. En otras palabras, si un asesino en serio me paga, digamos, una cuota de 500 euros mensuales, a la empresa la sale a cuenta obligarse contractualmente a entrar en guerra -por valor de millones de euros- con el resto de empresas que protegen a las víctimas de su cliente.

Yo no sé las cuentas que hace Isidoro, pero a mí me sale un flujo de caja bastante negativo. ¿Realmente te crees que una empresa estará dispuesta a entrar continuamente en conflicto a cambio de un puñado de euros?

El argumento es malo, muy malo. Pero puede intentar reconducirse del siguiente modo: “a le empresa no le sale a cuenta proteger cualquier dislate de un cliente suyo, pero esto provocará un efecto llamada sobre el resto de personas”.Esto parece estar implícito cuando Isidoro dice que cuando tú seas rechazado en una reclamación por el mero hecho de que la agencia del otro sea más fuerte o, llegada la sangre al río, tu agencia sea desbaratada por la otra (no es inimaginable, el conflicto a sangre y fuego es una constante en toda discusión en que se opongan verdades absolutas apadrinadas con armas) te pasarás a esa agencia, como otros muchos, para poder salirte con la tuya en tus problemas.

Sin embargo, este razonamiento es igualmente torpe. Si los individuos belicosos se suscriben a una empresa para poder “hacer lo que les dé la gana”, la agencia tendrá multitud de conflictos dispares (incluso conflictos internos entre sus clientes belicosos), pues cada persona iniciará sus propias guerras. En la práctica, la agencia estará en guerra con todo el mundo –o al menos en multitud de flancos distintos.

Podemos inmediatamente darnos cuenta de que esto sería una actividad ruinosa: al final, cada individuo tendría que hacer aportaciones mil millonarias para financiarse su propia guerra, de modo que la agencia sería irrelevante y se quedaría sin recursos.

Las empresas de seguridad tienen sentido cuando se trata de repeler acciones ofensivas limitadas (al igual que los Estados difícilmente podrían hacer frente a una coalición de todo el mundo contra ellas) o bien acciones ofensivas comunes, esto es, que todos los clientes desearan iniciar la guerra contra el mismo objetivo. En ese caso, las contribuciones sí serían juiciosas, ya que sumando las aportaciones de todos, se puede alcanzar el objetivo militar propuesto.

Pero esto no tiene nada que ver con que cada individuo haga lo que le dé la gana contra los individuos de las otras agencias. El suicidio que representaría tal obligación contractual de la empresa sería similar al de un seguro de coches que dijese: “voy a cubrir por un módico precio cualquier accidente de mis clientes, sean o no responsables, y así atraeré a todos los individuos a mi seguro y me forraré”. Pues no, una estrategia de ese calibre supondría el suicidio inmediato. Curioso que lo que resulta evidente para todo el mundo, se cambie cuando nos pongamos sentimentales con el Estado.

Pero nos falta analizar cuál sería el provecho que el resto de clientes de la empresa extraerían de la estrategia “protégelo-todo”. Dividamos a los clientes en dos: los pacíficos y los belicosos.

Los pacíficos están interesados en defenderse de las agresiones externas al menor precio posible. Una empresa ofensiva, en cambio, destina recursos no a proteger sino a atacar; esto provoca una innecesaria elevación de precios (por el motivo que hemos visto: cuantas más guerras, mayor coste) que los pacíficos, interesados en ser protegidos de las agresiones externas, no están dispuestos a cubrir, de modo que ante semejante táctica abandonarían la empresa.

Pasemos ahora a los belicosos. Si alguien cree que esta distinción es sesgada e injusta, podemos suponer en este punto que TODOS los clientes son belicosos, esto es, que todos quieren utilizar la empresa para sus propios fines violentos. Como ya hemos comentado, esto provocará una multiplicación de los conflictos de la empresa y elevará continuamente el precio de la contribución. Sin embargo, el punto crítico es que, ante un incremento del número de guerras, la elevación de la contribución individual, dada la escala de costes de la guerra, sería proporcionalmente muy superior al incremento de la prestación que la empresa puede proporcionar.

¿Qué significa esto? Que si una empresa se compromete a cubrir cualquier contingencia de sus clientes y, en función de esta prestación, se siente legitimada a incrementar los precios (cláusula: “te cobro mucho pero tu cubro mucho”), los costes siempre le irán por delante de los beneficios. Por mucho que se disponga a incrementar la cuota de sus clientes, estos serán incapaces de financiar todas y cada una de las guerras de la empresa, a menos que ya fueran capaces de financiarlas individualmente.

Es decir, si 20 multimillonarios se asocian en una empresa para expoliar al mundo y no tener que responder de sus disparates, la empresa sí podrá cubrir los gastos de la guerra, dado que el patrimonio de cada uno de sus clientes es suficientemente cuantioso como para financiarla de modo individual.

En breve volveremos a este caso. Antes, sin embargo, descartemos otra posibilidad: tenemos varios multimillonarios belicosos y centenares de gente de clase media también belicosa. El patrimonio de los multimillonarios permite financiar, no sólo sus propias guerras, sino las del resto de clientes, de modo que cabría pensar que en este caso la empresa sí podría acometer la estrategia de captar clientes a través de la guerra universal.

No obstante, en este caso tendríamos un claro caso de selección adversa, propia del mundo de los seguros. La gente de clase media pagaría una módica cuota y obtendría una prestación muy costosa con cargo al patrimonio de los ricos; por ello, a los ricos les saldría mucho más rentable separarse de la empresa y asociarse entre ellos; o bien, como suele suceder en estos casos, la empresa tendría que modular distintas obligaciones contractuales en función de la contribución, de modo que a la gente de clase media no se le permitiera realizar cualquier dislate.

Pero ya vemos en este caso, que el número de prestaciones se reduce y las empresas, ante un conflicto, tendrían que sentarse a negociar y a pactar: arbitraje.

Por tanto, volvamos al caso anterior: la sociedad de ricos que se reúnen para saquear el mundo. Lo primero de lo que debemos darnos cuenta es de que esta situación ya podría darse hoy. Los más ricos podrían asociarse para contratar ejércitos de mercenarios privados y doblegar a los Estados. Ni seguridad jurídica, ni derecho ni nada; precisamente lo que caracteriza a una empresa belicosa es considerar que su fuerza otorga el derecho. De hecho, en cierto modo, esta alianza de intereses espurios contra los Estados ya se está dando, Al-Qaeda y su red de terrorismo son una asociación de multimillonarios dispuestos a atacar a la gente pacífica. Y en ocasiones triunfan (a pesar de los Estados, mínimos y máximos, vaya), pero ni mucho menos consiguen el establecimiento de un monopolio territorial (salvo allí donde existe y logran corromperlo).

En otras palabras, me temo que las asociaciones de criminales son tan verosímiles en un sistema minarquista que en uno anarcocapitalista; la cuestión son cuáles son los mejores medios para repelerlas, y no preocuparnos de que en el primero “por definición” no existen y en el segundo sí. La subversión de la normatividad es lo que caracteriza al terrorismo.

En un sistema libre, las empresas de delincuentes tendrían que enfrentarse a formidables ejércitos defensivos de otras personas que quisieran vivir en paz. Ya hemos dicho que una empresa de seguridad no puede combatir en tantas guerras como clientes tenga a no ser que los clientes puedan, de manera individual, financiarse por sí mismos la guerra. Ahora bien, lo que sí puede hacer una empresa de seguridad es dirigir los recursos de sus clientes a combatir unos pocos objetivos militares, constituyentes de amenaza.

Y ese foco de amenazas, para el resto de empresas no belicosas por insuficiencia de recursos, sería la empresa belicosa. Dado que la “empresa gamberra” quiere someter o controlar al resto de individuos y empresas, todos y cada uno de ellos (al menos de entre los que hayan sido amenazados y puestos en la mirilla de la empresa belicosa) tendrán un interés en repeler la agresión. Por tanto, la empresa belicosa tendrá una pluralidad de flancos mientras que el resto de empresas sólo tendrán uno. 

Por otro lado, en las sociedades capitalistas, la riqueza de los individuos se caracteriza por la capacidad de generar renta en el futuro, de modo que el valor presente de su riqueza viene dada por la capitalización de los flujos de caja futuros. Esos flujos de caja dependen de la disposición al pago de los consumidores y, por tanto, de la situación económica. Quien se ha enriquecido en un período de paz, sólo conservará su riqueza liquidando su negocio (y por tanto comprometiendo su capacidad productiva) o reconvirtiéndolo en industria militar, lo cual no es nada sencillo dada la especificidad productiva del capital inmovilizado. En otras palabras, una guerra para los ricos supone abandonar las causas que los han hecho ricos, algo similar a desplumar la gallina de los huevos de oro para hacer caldo después de haber acumulado los huevos que ha dado hasta el momento.

Obviamente, no digo que no pueda suceder, pero si consideramos que los ricos emprenderán guerras por rentabilidad, cuando ello supondrá abandonar sus líneas de negocio ya exitosas e incurrir en cuantiosos costes, no parece que la operación sea demasiado provechosa.

En definitiva, la tesis de que las empresas se enfrentarían entre sí ante su incapacidad para resolver conflictos es del todo absurda. Una cosa es que ello pudiera suceder de ese modo, otra que tenga que suceder de ese modo y otra que sea probable que suceda de ese modo. En este caso me parece que sólo la primera es cierta.

12. Tercera contradicción que Isidoro niega: El Estado como garantía del fin de la violencia

Ahora vayamos a analizar otra conclusión apresurada y errónea de Isidoro. Si las agencias de seguridad son imposibles por no poner fin a la violencia, el Estado, en cambio, sí lo hace. De nuevo, aquí, tenemos que distinguir. Una cosa es que pueda hacerlo –y de hecho muchas veces lo hace porque las partes de un conflicto asienten en que así sea- y otra que necesariamente vaya a hacerlo. Si bien no puede concluirse que las empresas no vayan a deshacerse en una guerra mundial, tampoco puede asegurarse con respecto a los Estados.

La razón es sencilla: si el problema de los contratos en un sistema anarquista es que no hay una autoridad última que los ejecute, entonces al no existir una autoridad superior entre el Estado y la sociedad que ejecute el llamado “contrato social”, éste tampoco funcionaría. La conclusión, por tanto, es que lo que conocemos como “árbitro último” no es más que una ficción o una institución que la mayoría de la gente asume como árbitro último. Esa asunción puede tanto existir con o sin Estado; en ocasiones será la primera instancia, cuando las partes así lo acuerden, y en otras podrá ser un tribunal prestigioso de carácter consuetudinario.

El respaldo de la fuerza en esta última instancia es una condición en ocasiones suficiente pero no necesaria. De hecho, basar el acatamiento del derecho en la fuerza tiene un problema: el derecho queda al arbitrio de una de las partes y los términos del contrato social son unilateralmente revisables. Si no lo son, entonces es que el pacto se ejecuta por algo más que la simple fuerza, un algo más que impide al “monopolio de la fuerza”, la modificación y aplicación unilateral del contrato social.

Isidoro, en cambio, no ve ningún problema asociado a todo esto y recurre a una de las falacias de las que ya había echado al principio. Ante mi pregunta de por qué el Estado mínimo tendría que cumplir con el contrato social sin una instancia superior que lo ejecute responde: Uno totalitario o absoluto desde luego que no tiene por qué cumplir nada. Derecho el que quieras, mientras tu pellejo tenga el placet del führer de turno, pero sin pasarse: que los hay que confunden libertad con libertinaje. Pero ya te digo, en el mundillo ancap... no seas gorrón muy en alto, no sea el diablo: el derecho para los "responsables", el resto que se habíen.

Primero, hacer mención al Estado totalitario no soluciona nada. El hecho de que tu defiendas el minarquismo y que, por tanto, toda desviación del minarquismo suponga una situación contraria a tu “modelo” no significa que tu modelo funcione. Ya te dije que yo puedo adoptar la misma postura infantil que tú y decir que defiendo un “anarcocapitalismo pacífico”, sin importarme si ello es posible o no.

Que un Estado mínimo que no cumpla sus promesas se convierta en totalitario, no demuestra que los Estados mínimos vayan a cumplir sus promesas. Tu crítica al anarcocapitalismo parte de suponer que siempre degeneraría, y que no es posible en los términos que nosotros describimos. Pero tú no te preocupas lo más mínimo en demostrar que el Estado mínimo, en los términos que tu describes, sea posible sin que degenere en uno totalitario.

Es más, no te preocupas en discriminar el grano de la paja y entender que los mecanismos que pueden hacer viable el Estado mínimo no tienen nada que ver con el tamaño del Estado (que en todo caso sería la variable dependiente de la ecuación), sino con otros factores que, presentes en el anarcocapitalismo, solucionarían la gran mayoría de los problemas que planteas.

Aquí tenemos un ejemplo muy gráfico. Según tú en el anarcocapitalismo no hay derecho, sólo la razón del más fuerte. El problema es que en el minarquismo, en el monopolio de la violencia, el más fuerte es el Estado, de modo que ese mismo principio (la razón del más fuerte) debería resultar de aplicación. Pero misteriosamente, aquí, te olvidas de él y pasas a defender la responsabilidad cuasi-intrínseca del Estado mínimo, sin demostrar que ese monopolio del poder no tiene por qué corromper el carácter responsable del minarquismo.

Diría que, dado que no has aportado casi ningún argumento económico en todo el debate (y, a la luz de los que has aportado, creo saber por qué), diría que sin duda ésta es la principal dificultad de tu tesis. Pretender que el Estado reducido es intrínsecamente estable por ser reducido, cuando lo será por la opinión mayoritaria en la que, en última instancia, descansa todo sistema de convivencia. El anarcocapitalismo resulta tanto o más viable (ya que la cantidad e importancia de contrapesos es mayor que en el minarquismo) que el minarquismo, en caso de que esa opinión mayoritaria se dé cuenta de que el Estado no es imprescindible. Del mismo modo en que tú, supongo, pretendes que se dé cuenta de que la sanidad, la educación o incluso la seguridad policial pública no son imprescindibles.

Segundo, nadie está afirmando que los gorrones deban ser perseguidos por las agencias. Cuanto he aseverado es que quien no tiene un sistema defensivo contratado puede ser amenazado con bastante facilidad por una agencia de extorsión externa, lo que significa que muchos gorrones dejarán de serlo. Es como si digo que si no te sacas el carnet de conducir, en una sociedad anarquista, sólo podrías circular por las peores carreteras donde transita la gente de peor calaña y ello incrementa las probabilidades de morir en un accidente. ¿Significa eso que sea ética la muerte? No, simplemente ser gorrón o carecer de licencia de conducir comporta unos beneficios pero también unos peligros sustanciosos, básicamente la desprotección. Vamos, sólo he dicho que quien no contrata seguridad está inseguro. Gran ofensa.

13. Paréntesis 2: Una nueva contradicción vieja

Antes de entrar en el tema de la viabilidad de un ejército permanente, querría dejar constancia de una nueva contradicción de Isidoro. Si líneas atrás nos aseguraba que la necesidad es posterior al Estado y que, como veremos más adelante, el mercado no puede proporcionar esa seguridad, ahora nos dice en cambio que el mercado crea al Estado para proveerse esa seguridad: Cabe preguntarse si no es el propio orden del mercado el que establece el estado (menuda herejía...) para funcionar con corrección toda comunidad humana sedentaria.

Pues una de dos. O el mercado funciona extraordinariamente bien sin Estado hasta tal punto que es capaz de desarrollar lo que según algunos parece ser una obre de orfebrería –el Estado- para funcionar aun mejor y por tanto la necesidad de seguridad es anterior al Estado, o el mercado no puede funcionar sin Estado y la necesidad de seguridad deriva y nace con el Estado. Por supuesto, cabe una tercera: que el Estado sea una imposición al mercado y a la convivencia humana. Pero desde luego Isidoro no puede sostener las dos tesis anteriores al mismo tiempo, pues son contradictorias. Aunque visto lo visto, la regla en sus textos parece ser la contradicción, de modo que su ejercicio de coherencia consistirá en ser incoherente.

14. La posibilidad del ejército permanente

Otra de las tesis de Iracundo es que el anarcocapitalismo no puede funcionar porque no tendría ejército permanente. El ejército sólo se necesita cuando hay una guerra y, por tanto, a la gente no le saldría a cuenta financiarlo. Lo que Isidoro no se plantea es, “si la gente no quiere financiar un ejército permanente y hoy lo está financiando vía impuestos, ¿por qué no sale un partido político proponiendo desmantelar el ejército y gana las elecciones o, al menos, se convierte en una fuerza política decisiva?”.

Cosas de la vida, pero veamos los argumentos de Isidoro: el mercado por sí mismo no se preocupa por labores de destrucción, esto es: ¿por qué el mercado va a desarrollar caras armas que quienes fabrican coches, lavadoras y pianos ni se imaginan cómo utilizar? ¿Es la bomba atómica genéricamente atribuíble al mercado? No creo que nadie la necesitase, en el mercado, para algo confesable. Los comerciantes e industriales pueden crear sus fuerzas de seguridad, pero... ¿no preferirían continuar con sus actividades y minimizar sistemáticamente las amenazas? Por un temor infundado podrían perder mucho dinero y pensarían si ello valdría la pena.

La concepción económica de Isidoro es tan, tan simple que parece una figurita de cristal en manos de un niño de 3 años.

Primero, eso de que “el mercado no se preocupa por labores de destrucción” es falso. Toda destrucción utiliza medios que deben ser producidos y el mercado se encarga de producir lo que la gente necesita; si la gente no quiere destruir, el mercado no se ocupará de ello, pero entonces tampoco habrá de qué preocuparse. Ahora bien, mientras la gente crea que otros sí se preocupan por destruirles, habrán individuos interesados en tener armas destructivas que les permitan disuadir o defenderse del contrario. Y esa disuasión y defensa se consigue a través de la tenencia y conservación de esas armas (o su tenencia y conservación por otro que prometa auxiliarme), no de su producción y adquisición en el momento justo del ataque. Este error de Isidoro está íntimamente relacionado con el neologismo de “destructividad” que ya vimos.

Segundo, quienes fabrican coches o lavadoras no tienen por qué saber cómo utilizar caras armas, del mismo modo en que yo no sé producir un coche o una lavadora y ello no impide que se fabriquen en el mercado. La necesidad de defensa se puede satisfacer a través de especialistas que sepan cómo utilizar esas armas y me defiendan, esto es, a través de un ejército profesional. Esto se llama división del trabajo y del conocimiento, se conoce al menos desde Cantillon, hace 300 años.

Tercero, afirmas que los comerciales podrían crear ejércitos (¿y los no comerciantes no?), pero que no es probable que lo hicieran porque podrían “preferir minimizar sistemáticamente las amenazas” y continuar con sus actividades. ¿Es qué acaso las amenazas se minimizan estando desarmado y sin ningún sistema de seguridad? ¿O, por el contrario, el tener a un segurata en la puerta, a un policía en la comisaría y a un ejército en la retaguardia minimiza las amenazas futuras aun cuando no estén continuamente entrando en combate? En tu mundo, por lo visto, instalarse alarmas en las casas, ponerse rejas en las ventanas o comprar perros guardianes, no incrementa la seguridad y son un gasto “suntuario”.

Imagino que cuando una agencia de seguridad poderosa te defiende de las posibles amenazas venideras, vivirás más tranquilo que si careces de sistema de defensa alguno.

Cuarto, y esto enlaza con lo anterior, en el mundo de Isidoro la incertidumbre no existe y, por tanto, no tiene por qué combatirse. Los “temores infundados” evitarían que la gente contratara un ejército. Pero entonces, también evitarían que ahorraran (¿para qué necesito una reserva de liquidez si puedo proveérmela de manera anticipada cuando crea que voy a necesitarla?) ni, sobre todo, contrarían seguro alguno. ¿Un seguro de vida? ¿Un seguro de automóvil? ¿Un seguro contra robos? Bah, temores infundados.

En este mundo de fantasía, por tanto, los seguros son una institución primitiva sin función alguna. Todo muy realista, sí señor.

(Aclaro que no estoy diciendo que las agencias de seguridad sean seguros, sino que sirven para combatir fenómenos similares, esto es, la ignorancia sobre los eventos futuros: la incertidumbre)

Sigamos con los refinados argumentos de Isidoro: Cuando no hubiese ningún enemigo declarado, ¿cómo se justificarían los costes de las agencias de defensa? Pues de ningún modo, se exigiría y obtendría la disolución o bien algunos optarían por extorsionar durante dicha paz con las fuerzas ociosas. Además, muchos no dudarían en declararse gorrones si sus patrimonios estuviesen en ciudades o territorios de otros con agencia de seguridad/extorsión. La tendencia hacia el igualitarismo de la empresa única aparece por doquier.

Nuevas reflexiones sobre la defensa privada: Respuesta a Iracundo (I)

El irascible Isidoro retomó (I y II) hace unas semanas el debate que manteníamos en torno a la defensa privada y, de nuevo, como suele ser habitual en él, lo hizo con más empeño que acierto.
 
De hecho, esta vez ha llegado a hacer un llamamiento público para que los lectores dejen de seguir la discusión, no sea que llegaran a alguna conclusión incómoda. Isidoro comienza su respuesta diciendo mi largo post (I y II) es incomentable e ilegible por su extensión de 30 páginas: nos daba muestra de que lo importante era hacer un post incomentable, no por su contenido, sino por su extensión.
 
Coherente conclusión de Isidoro: escribo otro post de 30 páginas para que nadie lo lea y al menos pueda quedar como un buen machacateclas de cara a la galería minarquista.
Es más, incluso él mismo reconoce que ésta era su intención: podría haber sido de la mitad de extensión pero no habría cumplido su propósito. Por ello hoy le devuelvo la misma moneda. Claro, el objetivo no es rebatir ideas ni argumentar (para lo cual, en todo caso, se necesitarían argumentos), sino hacerme leer 30 páginas con la finalidad de que desista de destripar falacias y con la esperanza de que los lectores eviten seguir un debate más que perdido por su parte.
 
Y es que tan grande ha sido su intención para dificultar la lectura y comprensión del texto, que en lugar de dividirlo en apartados (sea o no la división que yo propuse) ha soltado una alegre parrafada inconexa en forma ser ideas sueltas por aquí y por allá, con la única pretensión de aparentar que una ideología en retirada (la de Isidoro, no el minarquismo solvente) se mantiene en primer línea de batalla.
 
No sé que chapucero esquema utilizó para dividir el texto, pero tras poner dos apartados parece ser que se cansó de buscar los números en el teclado y desparramó el totum revolutum que tenía en la cabeza todo junto. Con estos mimbres, así le ha salido el invento.
 
Por mi parte, y en contra de lo que opine Isidoro, me gustaría que el texto lo lea cuanta más gente mejor. Para algo lo he escrito y para algo he empleado mi tiempo. Mi propósito, a diferencia de Isidoro, no es dificultar la lectura, sino reflexionar en voz alta para proseguir el debate. Por ello –también a diferencia de Isidoro- voy a seguir utilizando los apartados para dividir y clarificar la lectura. Comencemos.

1. Los nazis y las demostraciones solventes

Una de las críticas que Isidoro efectuaba contra la defensa privada es que las empresas habrían pactado con los nazis, esto es, que ningún empresario habría estado dispuesto a combatirlos para cumplir con los compromisos contractuales con sus clientes. En cambio, la bondad del Estado es tan grande, que presupone que cualquier político los habría combatido. ¿Y qué prueba ofreció? Que si Churchill no hubiera combatido a Hitler lo habría hecho Halifax. Ante lo cual yo le respondí que eso no es un argumento teórico que muestre una causalidad entre la política y la defensa sino en todo caso una contingencia histórica, esto es, una casualidad.

Isidoro, en cambio, cree que no hace falta ir más allá, su ejemplo demuestra la inexorabilidad de la defensa estatal frente a los nazis: yo creo que es un buen modo de, sin recurrir a la probeta (!?), dar una somera explicación de cuál podría ser uno de los motivos por los que opinar que un cuerpo de políticos serían capaces de mantenerle el pulso a un enemigo abrumadoramente superior sin aparentemente ganar nada en ello.

O me estás diciendo que los políticos SIEMPRE deberán actuar de esta forma tan excepcional o tu argumento no pasa de que en esas circunstancias y con esos políticos, Inglaterra habría entrado en cualquier caso en la guerra. Pero, repito por enésima vez en esta discusión, lo que tienes que demostrar es que la coacción estatal genera los incentivos para que siempre se entre en guerra en estos casos mientras que, por el contrario, el anarcocapitalismo los elimina. Sólo en ese caso puedes afirmar que, ante una amenaza como los nazis, el Estado podrá defendernos y los empresarios no.

Sin embargo, la explicación que da Isidoro no pasa por la política, sino por las instituciones subyacentes: Ni políticos bendecidos ni aureolas. En todo caso lo bendito sería ese conjunto de instituciones británicas que sin poder esperar beneficio alguno de luchar en solitario contra todo el continente europeo dirigido por los nazis lo hicieron sacrificando su imperio y recursos en dicha lucha.

Bien, entonces si la política no es una garantía para combatir a los nazis, ¿por qué reivindicas la política? Ah, que reivindicas la política inglesa, bien, pues yo reivindico los empresarios liberales y antitotalitarios. Puestos a pedir que no quede. ¿O es que estás afirmando que los políticos, gracias a unas instituciones subyacentes, sí pueden ser supuestamente abnegados pero los empresarios no?

Tu primer error está en creer que por defender el estatismo minarquista éste será siempre posible (los socialistas también dicen: nosotros no queremos un comunismo stalinista, Stalin fue una desviación del comunismo, es una impureza, nosotros apostamos por el socialismo real) y que, por tanto, será siempre mejor a un anarcocapitalismo que tú reduces a una expresión ridícula. ¿Es mejor unos políticos que nos defiendan de las agresiones externas a unos empresarios que nos entreguen en bandeja de plata? Caramba, pues claro; pero es que tú ni has demostrado que los políticos vayan a defendernos en cuanto a políticos ni que los empresarios vayan a entregarnos en cuanto a empresarios. Y, a partir de ahí, toda tu crítica antianarquista se queda en nada.

Veamos cuál cree que sería Isidoro el comportamiento de un empresario estándar: Los nazis, habiendo hecho gala de su total y abrumadora potencia militar les dicen a nuestros amigos del trust: "nosotros no tenemos nada contra vosotros ni queremos "vuestros activos y pasivos" (hay que ser teórico, casi me olvidaba) sino que os proponemos que conservéis todo lo vuestro mientras me paso por la piedra a los tontos del culo del continente que provocaron mi ataque". En tal situación dicho trust no perdería absolutamente nada (al trust le interesan "otros mercados", Europa continental se la trae floja) y, sabiendo que sus inversiones y activos entrarían en franco peligro al sostener una filantrópica cruzada por los pueblos libres de Europa (bah! imperialismo, dirás), optaría por no arriesgar el negocio. ¿Resultado? Pues evidente: los nazis panza arriba hinchándose a saquear la económicamente indiferente, a ojos del trust, Europa continental.

Primero, tu argumento sería válido si demostraras que cualquier empresario se comportaría de ese modo, pero como no lo haces, como simplemente describes una situación posible, pero no necesaria, se queda en un brindis al sol estatista. Yo también puedo reescribir tu párrafo cambiando la palabra empresario por la palabra político, y sigue siendo válido. Sí, ya sé que luego me dices que Inglaterra no quiso pactar con Hitler, pero tú no me estás hablando de políticos, sino de políticos particulares que, en esa situación concreta, no quisieron pactar con Hitler. Eso no demuestra ni que los políticos per se no vayan a pactar nunca con los enemigos de la libertad, ni que esas condiciones sean reproducibles en cualquier escenario.

Si en lugar de concebir un empresario que cede a los nazis por una supuesta rentabilidad económica, piensas en un empresario decidido a servir a sus clientes e incluso a los posibles clientes futuros (y es que al fin y al cabo tú estás hablando de políticos supuestamente comprometidos con sus ciudadanos), el ejemplo sigue siendo realista y el resultado es el opuesto. Al fin y al cabo, tú me estás hablando de un empresario particular (el falaz homo economicus neoclásico) que consideras el tipo universal de empresario. Lo cual es un error en el que, visto lo visto, ya no puedo sorprenderme que caigas.

Segundo, aun asumiendo que todo empresario se comporta como homo economicus y todo político no (lástima que sólo aprovechemos ciertas cosas de la Public Choice y no otras), tampoco queda claro que para los empresarios de defensa sea rentable ceder ante los nazis. Un empresario de defensa y seguridad puede tener sucursales en EEUU que, lógicamente, no se verían muy reforzadas por el hecho de que, ante el más mínimo enviste, la empresa de defensa ceda. De hecho, esto podría suponerle la retirada de ingresos y, sobre todo, comprometer su viabilidad futura como empresa de defensa (a pesar de lo cual, ciertamente, podría resultar provechoso transformarse en un apéndice del Estado nazi, al igual que a muchos otros políticos extranjeros les resultó más cómodo integrarse en la estructura de poder hitleriana).

En cambio, el Estado, por su naturaleza de monopolio territorial, vinculado a una población concreta y que no puede repelerlo, no tendrá el freno de tener parte de sus activos o clientela en el extranjero. Si Inglaterra tiene una colonia en la India y sus políticos deciden ceder ante los nazis, los indios siguen siendo presos de los ingleses. Si una compañía que ofrece servicios de defensa en Inglaterra decide ceder ante los nazis, podrá ver sus contratos cancelados en la India. Y esa sí es una diferencia relevante, un contrapeso muy importante a la totalización, lo cual no significa –como tú si pretendes hacer- que sea un contrapeso definitivo que demuestre que cualquier empresario combatiría a los nazis. No, sólo digo que los contrapesos del anarcocapitalismo son de mayor entidad que los del estatismo, pero no que sean infalibles.

Tercero, a una empresa de seguridad tampoco le interesa pactar con Estados agresores que acaban de eliminar a otras empresas de seguridad vecinas por el simple hecho de ser empresas de seguridad. Tú puedes garantizarme que no me vas a atacar, que sólo quieres conservar un territorio pero -aparte de quedarte con unos mercados donde es probable que la empresa de seguridad tenga clientes o, al menos, potenciales clientes- tu credibilidad como persona que respeta los acuerdos contractuales violentando la propiedad privada y sometiendo a miles de personas, queda seriamente dañada.

Cuarto, no tienes por qué pensar en un trust que abarque toda Inglaterra, eso simplemente es el resultado de una simplificación constructivista incapaz de concebir la existencia de varios trusts en un mismo territorio y la extensión de algunos de esos trust hacia otros territorios, como Francia. En ese caso, un ataque al territorio francés implicaría un ataque a distintas compañías.

Quinto, no se es teórico por hablar de conceptos económicos como activos o pasivos, sino por demostrar que unos determinados hechos no pueden ser de otro modo. De hecho, la contabilidad es una aplicación práctica de categorías a priori; algunas bromas metodológicas denotan una seria carencia de base.

Como la siguiente: Me es indiferente que el ejemplo histórico te haga salir herpes y no te funcione en la probeta ancap, pero eso no indica que el ejemplo no valga ni tampoco indica que la probeta no esté necesariamente trucada. Yo pongo de ejemplo al estado británico, un sistema con una serie de antecedentes e instituciones comprometidas en gran medida con el liberalismo y la independencia de las naciones de Europa, no del estado A de la probeta nº3. ¿No habíamos quedado en que el estado sin instituciones de control o constitución alguna guardaba una relación de práctica identidad con el trust?

Primero, sobre metodología. Los ejemplos históricos están bien, si sabes manejarlos. En caso de que utilices ejemplos históricos para demostrar una hipótesis, metes la pata. La historia te puede permitir ilustrar o corroborar una teoría, pero no asentarla. Desde el momento en que las cosas no tienen por qué ser de la forma en que las describes, sino que es posible que hubieran ocurrido de otro modo, no estás ante una teoría, sino ante un cuento. Los cuentos son útiles como narración, pero no como búsqueda del conocimiento.

Los ancaps austriacos –tampoco simplifiques los argumentos ya de por sí simples- no utilizamos probetas, buscamos las implicaciones necesarias de la acción sin utilizar experimentos sociales como el Estado. Para alcanzar ciertas conclusiones no necesitamos condicionar al hombre ni colocarlo en determinadas circunstancias diseñadas a medida; nos basta con buscar las regularidades de su acción.

Por tanto, tu ejemplo me vale en su justa medida: prueba que los políticos no necesariamente han de ceder ante los totalitarios. Pero no prueba ni que vayan a combatirlos siempre, ni que vayan a ser eficientes en el combate ni, sobre todo, que los empresarios no vayan a querer combatirlos. Eso son historietas que te inventas tú, sin prueba alguna, de cara a la galería (nótese que yo no tengo que probar que los empresarios vayan a combatirlos siempre, pues en ningún momento he realizado tal afirmación).

Segundo, como ya te comenté, las instituciones de control que utiliza el Estado son instituciones con un trasfondo adecuado (ya que inciden en los defectos inherentes al abuso de poder) pero insuficientes. Las empresas amplifican esos checks and balances y los convierten en más solventes. Si te gustan los mecanismos de control, sé coherente con ellos y pide que se apliquen hasta el final; no reclames que el Estado decida hasta qué punto se aplican los mecanismos de control del Estado, porque entonces tienes al zorro cuidando del gallinero.

Tercero, eso de que “habíamos quedado en que el trust no tenía instituciones de control” es un invento tuyo de poca consistencia, ya que para acordar algo, ambas partes deben estar de acuerdo y yo no lo estoy. Dicho lo cual tampoco me extraña que aun no te hayas enterado de que no coincido contigo en ese punto, así debes leerme y, sobre todo, entenderme.

Pero veamos cómo fundamenta nuestro irascible estatista la ausencia de instituciones del trust: ¿Hasta que punto invalidaría la defensa de la isla británica el que un señor de la guer... estooo: proveedor de soberanía, llegase a un trato de liquidación del negocio con el gobierno alemán? Sin romper ningún trato, suponiendo que el trust aún no hubiese tomado forma en este caso, los nazis se te meterían en casa. Dirás: "no, ya habrían llegado a un acuerdo los oferentes respecto a ese tema", ¿y si no?

Primero, sigues concibiendo el trust como una versión privatizada del Estado, lo cual me parece muy bien porque es tu erróneo argumento de partida y al que tienes que agarrarte como un clavo ardiendo, pero no me atribuyas a mí un error teórico de ese calibre. Tu visión del trust es simplemente ridícula: o bien es una amalgama desorganizada de empresas sin posibilidad alguna de defenderse o bien una vez consolidado es un Estado-de-facto. No concibes otra situación para el anarcocapitalismo.

Pero, al menos, ahora ya reconoces –sin ninguna contradicción, obviamente, porque tú no te contradices- que ese trust podría ganar la guerra: ¿Hubiese resistido dicho estado a los nazis? Eso sí que ya no lo sé; desde luego contaría con la ventaja de la coacción, como ya dije en mis anteriores posts, aunque no contaría con los controles y actitudes de un gobierno representativo británico.

Sólo te recuerdo que hace unos posts decías taxativamente que: El "sistema" ancap sería impotente frente a una amenaza procedente de semejante estado. Vaya, a esto lo llamo solidez teórica.

Segundo, el trust de empresas ni tiene por qué ser único ni tiene por qué ocupar todo el territorio británico como tú, sin entender nada, presupones. No es un proveedor de soberanía, precisamente porque no existe una soberanía nacional sobre la que reposar ni dentro de la que encorsetarse. Es simple y llanamente un resultado de la configuración empresarial para satisfacer una demanda de defensa pesada de los consumidores. Aun cuando se tratara de empresas consolidadas, dentro de un mismo territorio puede haber varias (aun cuando firmen acuerdos de colaboración) y, sobre todo, pueden compensarse mutuamente los servicios que presten a los clientes de la contraria (como sucede en los seguros de coche).

Tercero, las empresas sí se desarrollan en un entramado institucional. Sin instituciones –que no son, tampoco, construcciones políticas con planta constitucional, sino comportamientos pautados sobre las que, en todo caso, se construirán Estados más o menos deficientes- no es posible ni siquiera desarrollar el negocio de provisión de seguridad. Sin instituciones la alternativa no es: o jungla o Estado mínimo; sin instituciones sólo hay un camino, el Estado totalitario. Ni surgiría una sociedad ancap ni podrías construir, imponer o planificar un Estado mínimo al estilo británico. Simplemente porque el funcionamiento de la sociedad –su visión de la vida política y de la legitimidad- no depende del entramado político; el Estado no es un conjunto de instancias burocráticas que funcionan a pesar de la sociedad, más bien la sociedad es un conjunto de órdenes espontáneos que funcionan a pesar del Estado.

Y esto significa que el cambio fundamental es en las instituciones, NO en el modelo político por el que intentes proveer, de manera torpe, un bien –la defensa- que presumiblemente los individuos necesitarán. Lo importante es modificar –no mediante la violencia, claro- las concepciones de la sociedad en torno a ciertas ideas y conceptos. Por decírtelo claramente: si mañana impones el Estado mínimo en España tienes una guerra civil. ¿Tú crees que la gente, los parásitos, los funcionarios, los sindicatos, los subvencionados y los empresarios afines al régimen se conformarían sin sanidad y educación pública, sin prestaciones de desempleo, sin planes urbanísticos, sin negociaciones colectivas, sin Banco Central o sin un sueldo coactivo a fin de mes? Si crees eso, es que realmente estás soñando. Tu Estado mínimo es hoy tan imposible como el anarcocapitalismo; lo importante será convencer a la gente de que el Estado mínimo es mejor que el Estado socialista, y en ese momento el Estado mínimo podrá poseer una cierta estabilidad. Eso será una institución subyacente que permitirá que los individuos se dediquen a vivir, en lugar de a coaccionar al prójimo. Pero del mismo modo que puedes convencer a la gente para eso, puedes convencerla para que la defensa también sea privada. El debate económico reside en: a) si es posible que sea privada (o en cambio la defensa no puede proveerse de esta forma), b) si es preferible que sea privada.

Tú hasta aquí te has limitado a creer que toda empresa de seguridad se convertiría en Estado al no tener ningún entramado institucional, lo cual confirma que el único que está manejando una probeta absolutamente artificiosa eres tú. El problema de los free-riders, de las compensaciones mutuas o de la financiación de armamento pesados, son temas relevantes e interesantes; que me digas que bajo unas condiciones irreales que tú impones –a saber, ausencia de instituciones- el anarcocapitalismo no puede sobrevivir, es del todo irrelevante. Sin instituciones ni el anarcocapitalismo ni nada que tenga algo que ver con la libertad puede sobrevivir.

2. El trust como resultado violento

Mi tesis sobre la provisión de defensa privada fue, recordémoslo, la siguiente: las distintas empresas de seguridad convencional forman una empresa nueva, participada por todas ellas, para además proveer con seguridad pesada a sus clientes. Esto ni implica un monopolio territorial –ya que puedes tener diversos trusts compitiendo y con clientes en los territorios- ni tampoco la violencia sistematizada.

Ahora bien, tampoco soy tan ingenuo como para afirmar que ese trust no puede degenerar en un Estado. Mi tesis simplemente es: no tiene por qué hacerlo y, de hecho, tiene incentivos para no hacerlo. Lo que no es de recibo es considerar que el Estado mínimo es un objetivo adecuado porque permite defender la libertad (obviando que puede degenerar a un Estado totalitario) y criticar el anarcocapitalismo recordando sólo que puede degenerar a un Estado.

Mi prudencia teórica, sin embargo, no se ve correspondida con la de Isidoro que con más fe que argumentos niega cualquier posibilidad de un trust pacífico: Yo no niego el que se pueda llegar al acuerdo ni digo que éste sea identitario, ¡ni mucho menos!, sino que ese acuerdo no se alcanzaría pacíficamente (sería una lógica conclusión de una escalada de violencia facultada por los propios demandantes de "fuerza" o de los ataques del enemigo) y que una vez se constituyese el directorio o consejo ese sería, al no conspirar para mantener el precio de la alcachofa sino para utilizar meditada y conjuntamente la fuerza en una sola dirección, un estado o un gobierno de facto.

Me parece muy bien que lo digas y que incluso apeles a un supuesta lógica escalada de violencia. Pero de la misma manera que utilizar las palabras “activos y pasivos” no te convierte en teórico, hablar de lógica no significa que utilices la lógica. Una cosa son tus impresiones particulares, tus intuiciones y tu predisposición centralista, otra muy distinta que hayas demostrado que el trust, necesariamente, sería violento.

Sí, ya sé que soy un pesado con las demostraciones. A algunos el rigor nos preocupa y si afirmas que un acuerdo debe ser siempre violento, debes probar que siempre será violento. En caso contrario, corres el peligro de que otro llegue y diga: “nunca será violento”. Y la discusión no pasará de repetir consignas a gritos. Insisto, yo soy un poco más prudente, digo que puede ser violento y que puede no serlo. Pero de la misma forma en que creo que la privatización de la educación pública es factible sin que caiga el gobierno de turno (algo que hoy por hoy no es posible) también creo que es posible un trust que no resida en la violencia.

¿Y por qué lo creo? ¿Simplemente por fe anarquista? No, lo creo porque existen incentivos y motivos para que la paz se consolide en el negocio de la violencia: motivos similares a los que tú puedes tener para creer que todo Estado mínimo no tiene que degenerar en un Estado stalinista.

Esos motivos son los controles que se establecen entre las compañías: la participación de los ahorradores en el capital de la sociedad, la competencia entre las compañías por captar nuevos clientes sin perder a los anteriores, la libertad para una cancelación masiva de los contratos ante los incidios de consolidación coactiva del trust o la defensa que otras compañías, financiadas con ayuda extranjera, podrían prestar para evitar los monopolios territoriales (sí, ya sé que te puede sonar raro, pero si cada vez que el Estado de EEUU inicia una guerra en el extranjero, no cae el gobierno, por algo será).

Mecanismos los hay, máxime cuando se ha difundido un cierto respeto a la propiedad privada sin el cual la sociedad no puede funcionar. Sólo es necesario caerse del guindo y darse cuenta de que ello es posible para no continuar inútilmente apresados por los Estados.

De nuevo, Isidoro olvida todos estos mecanismos y confunde posibilidades con necesidades: Entonces dicho Consejo de Administración, Directorio, Club de la Lucha o como se llamase podría proceder a declarar una muy coherente guerra a cuántos quisiera: sobre todo a los "oferentes" rebeldes, los mafiosos.

Si sería estrafalario negar que ello pueda suceder, tan estrafalario es afirmar que tiene que suceder. También el Estado puede enfrascarse en guerras innecesarias y sangrientas (incluso contra su propia población) y no por ello Isidoro abniega del Estado mínimo. ¡Ah! que si le añadimos el adjetivo mínimo al Estado ya está todo arreglado. Tú no defiendes que cualquier Estado, sino un Estado bueno y que se comporte dentro de sus justos límites.

Pues bueno, yo haré lo propio, me declararé partidario del “anarcocapitalismo pacífico”, esto es, no de un anarcocapitalismo donde la gente incumpla sus contratos y ataque al prójimo, sino donde se respeten los títulos de propiedad.

¿Verdad que esto contribuye poco al debate científico? ¿Acaso no debemos aclarar si el anarcocapitalismo puede ser pacífico o si el Estado puede ser limitado? ¿Acaso no debemos estudiar cuáles son los incentivos para que el anarquismo deje de ser pacífico y para que el Estado deje de ser limitado? Por supuesto Isidoro no hace nada de esto, quizá porque no lo considere necesario o, más probablemente, porque tenga suficiente con autoafirmarse sin aportar razonamiento alguno. Con afirmar que el anarcocapitalismo sería violento porque sí, sobra. Para los que ya estén convencidos es posible, para quien quiera leer algo más que los lugares comunes de siempre, no.

3. El patrioterismo socialista

Uno puede ser minarquista –como George Reisman- y no caer en falacias antiliberales. Hay errores excusables, incluso errores estimulantes, que son de agradecer.

Ahora bien, suele ocurrir que cuando uno se enroca en un posición contra viento y marea, aun cuando le hayan advertido de los problemas que ciertos argumentos tienen para con la libertad, riza un poco más el rizo y adopta posiciones socialistas del copón.

Isidoro nos ofrece un maravillo ejemplo. Yo le critiqué su torpe identificación de nación con Estado, esto es, de lenguaje, cultura, folklore o lazos sanguíneos comunes con estructura militar. Esto es, puede existir una sola nación con organizaciones defensivas dispares.

Respuesta de Isidoro: ¡Curioso! Toda esa comunidad con su historia, su lenguaje y su cultura... no debe defender esa comunidad.

Eso mismo creía Hitler, claro. Aun en un contexto estatista, tenemos ejemplos, como el de Alemania y Austria, que tienen lenguajes y culturas comunes, esto es, son una misma nación, con estructuras políticas separadas. ¿Deberían defenderse conjuntamente? Esto es, ¿deberíamos repetir el Anschluss?

Y es que si la cultura primigenia debe ser la base para la defensa, entonces el cambio cultural pacífico también será un ataque violento contra las bases de nuestra organización militar, es decir, será una invasión militar.

Pero además, fíjate si resulta curioso, tu argumento puede aplicarse para todo. Si yo debo defender a mi vecino porque hablamos el mismo lenguaje, quizá también deba pagarle la educación y la sanidad a sus hijos. ¿O acaso me estás diciendo que “Toda esa comunidad con su historia, su lenguaje y su cultura no debe ser solidaria con la comunidad”? ¿Por qué la defensa sí y la redistribución regional de la renta no? Te recuerdo que el PP utiliza justamente ese argumento –somos una única nación- para justificar que los catalanes deban pagar las carreteras a los andaluces. ¿Cuál es la diferencia?

No, la nación no existe para someter a sus nacionales, ni para imponerles pautas de comportamiento comunes. La nación existe para beneficiar a sus miembros y, si en el caso de la defensa, existen otras organizaciones más eficientes (lo cual es verosímil, a menos que sostengas que una particular disposición militar será siempre la más correcta), entonces no tiene sentido forzar esa particular provisión defensa ineficiente.

Esto mismo le increpé a Isidoro sobre su post anterior, preguntándole si creía que debemos conformarnos con una defensa nacional menos eficiente simplemente por ser nacional. Respuesta: Sería un cazurro si dijese tal cosa, lo que pasa es que no lo he dicho; entre otras cosas porque sostengo que es más eficiente el ejército regular que un estado provee.

Bien, no dices que debemos conformarnos con una defensa peor, dices que la defensa nacional siempre será mejor por ser estatal. Bien, y ahora dime, ¿por qué la disposición estatal española es la más eficiente para defender a, digamos, Canarias? ¿O por qué partes del territorio catalán no se defenderían de manera más eficiente si se coaligaran con partes del territorio del sur de Francia? ¿Me puedes dar la respuesta a priori? Si cualquier Estado, por el mero hecho de existir, nos proporciona la provisión de defensa óptima, entonces, entre otras cosas, EEUU debería seguir dependiente de la provisión de defensa de Inglaterra. ¿Cómo osa secesionarse si el rey Jorge ya les estaba proporcionando la defensa más eficiente? Por unos pocos impuestos no deberían haber renunciado a tremenda seguridad que, a buen seguro, no han logrado equiparar en toda su historia.

La simpleza argumental es patente: puedes decir que la defensa estatal es superior a la defensa por agencias, pero difícilmente puedes decir que la defensa estatal sustentada en la nación es superior a cualquier otra defensa, incluida la estatal no sustentada en la nación. Tu en cambio nos ofreces –de nuevo sin probar nada: porque sostengo que es más eficiente el ejército regular que un estado provee; pues sigue sosteniéndola con tu fe para que no se caiga, razón ni una- una respuesta a priori: todas las defensas estatales-nacionales son eficientes. Y eso tú solito; si os metemos a varios como tú en un Comité nos resolvéis el problema de la planificación socialista.

Pero continuemos con la nación y su función violenta: Tu concepción de la defensa, a mi juicio errónea como resulta evidente, tiende a "disolver" la palabra nación porque precisamente dicho concepto deviene inútil para dicha concepción.

Lo que no sé es si te resulta evidente que mi concepción de la defensa de parece errónea, si consideras evidente que es errónea, o como me temo, si es evidentemente errónea porque tú lo así consideras.

En cualquier caso, tu concepto de la nación es claramente socialista y constructivista. Para ti la nación ha sido creada para cumplir la función defensiva y sin una defensa colectiva, la nación es inútil.

La concepción liberal –que no ancap- de nación siempre ha remarcado su carácter como orden espontáneo no planificado; las naciones son un conjunto de instituciones –como el lenguaje, las tradiciones, la cultura...- que evolucionan y que emergen como resultado NO intencionado de las interacciones humanas. Ferguson decía que las instituciones –y por tanto las naciones- son el resultado de la acción humana pero no del diseño humano.

Tú, en cambio, te opones a que esa nación siga evolucionando y la reduces a una mera cuestión defensiva. El lenguaje o la cultura no son el fruto de las interacciones humanas, sino simples excusas para que el Estado asiente su imperium defensivo. De ahí que si critico que se utilice la nación como fundamento de la organización violenta –de modo que tengamos tantas culturas como ejércitos y tantos enfrentamientos como colisiones culturales- esté diluyendo y restando importancia al concepto de nación.

Ciertamente debe ser así para alguien que considera que el orden espontáneo carece de importancia, eliminar los elementos coactivos y violentos de la nación. Para mí que reconozco la aportación esencial de las instituciones espontáneas a la defensa de la libertad y del progreso humano, desde luego, no lo es.

Sigamos con las malas interpretaciones de mis palabras: No voy a tener que recordarte que hace bien poco nos decías que la seguridad de los extremeños a un gallego se la tiene que refanfinflar. ¿Y qué ocurre con tu análisis si te digo que al gallego le importa, y mucho?

De nuevo, caes en el antiliberal error de creer que la no imposición de A es igual a la imposición de no A. Si digo que los ricos no tienen que para la sanidad a los pobres, eso significa que los pobres deben morirse por no poderse operar, que los ricos deben ser insolidarios y que sólo unos pocos deben gozar de una buen sistema sanitario. Pues no.

Yo no he dicho que al gallego le tiene que traer sin cuidado la seguridad del extremeño, sino que no hay que obligarle a que se la pague y mucho menos a que lo defienda por reclutamiento forzoso. Eso no significa que no deba importarle; de hecho, si según tú “le importa y mucho”, olvídate del problema de los free-riders y ten la seguridad de que el gallego financiará sistemas de seguridad para los extremeños. ¿Por qué quieres imponerles coactiva el pago entonces? No tiene mucho sentido, a no ser que comiences también a adscribirte al argumento socialista de las metapreferencias: “en realidad, el gallego quiere ayudarle, pero no sabe que lo quiere, así que lo coaccionamos para que se realice como persona”. ¿También aquí?

En este punto, Isidoro trae a colación un artículo mío en LD donde critiqué al nacionalismo como una ideología impulsada del Estado para que los ciudadanos se movilizaran en comandita ante las órdenes centralizadas del Estado: ¿Y qué ocurre si te leemos y vemos que tachas a la nación, al histórico apego a un territorio de un grupo de individuos, como la enésima conspiración del estado y sitúas en la desaparición del concepto nación el final mismo del imperium estatal? ¿No relacionas estado y nación cuando dices: "Cuando la población deja de estar ligada a un territorio, el trípode se tambalea. Ya no puede hablarse en puridad de una masa ciudadana asentada de por vida en un territorio ni, por tanto, de una soberanía estatal que brota de esa masa"? Yo creo que sí.

Me lees mal y me comprendes peor. Una cosa es la nación y otra es el nacionalismo, que es el ensalzamiento de la nación como inmanente elemento rector de la vida de sus miembros. Yo relacionado nacionalismo con Estado, no nación con Estado; el caso de Austria y Alemania es claro.

El Estado si promueve el nacionalismo, porque le interesa –al parecer como a ti- confundir nación con Estado y creer que toda nación debe aspirar a ser Estado y, por tanto, que todo Estado sólo puede estar compuesto por una nación. El ideal del fascismo, de regímenes estatales corporativos que, asentados sobre la identidad común, se respetaban y se relacionaban entre sí, está bastante cercano.

La frase en negrita mía que citas sin demasiado éxito simplemente afirma lo siguiente: cuando el Estado pierde su monopolio territorial, el trípode de Bodino se resquebraja, ya que en un mismo territorio puede estar ocupado por diversas naciones. Esto significa que la nación no nace de la tierra, sino de las personas, y que son los individuos los que se mueven y se mezclan, no las entidades nacionales. Ante eso, tienes una concepción liberal y no colectivista de los fenómenos sociales y el Estado difícilmente puede justificar que se coacciones a todos los miembros nacionales de un territorio, teniendo como tienes una pluralidad de miembros nacionales distintos. Espero que esto no sea tu intento de buscar mis contradicciones, porque no se te da demasiado bien.

Terminemos con este bloque. Como ya he dicho antes, el argumento de Isidoro –la nación debe defenderse a sí misma- puede utilizarse para justificar cualquier tipo de redistribución –la nación debe alimentarse a sí misma, la nación debe alfabetizarse a sí misma, la nación debe cuidar de sí misma...- pero también, en el ámbito comercial-militar, viene a justificar un proteccionismo absurdo, contraproducente e ineficiente: la nación debe comprar sus productos a sí misma, debe proteger sus industrias y debe aprovisionarse con sus propios bienes militares. Aun cuando EEUU construya mejores submarinos, los buenos, los españoles. ¿Por qué? Pues por ser españoles, los barcos a Izar, no a Corea.

Respuesta tangencial: Cuando una región de nacionales se ve amenazada por un ejército enemigo, toda la potencia de la nación se encamina a repeler dicha amenaza. Que algunos interpreten la competencia exterior como "enemiga" es fruto de ideas socialistas, no liberales, y por defender la defensa nacional, valga la redundancia, uno no se convierte de golpe y porrazo en socialista, que yo sepa. Yo no asumo ineficiencias por defender la defensa nacional sino todo lo contrario, ¿te acuerdas?

Decir esto y no decir nada es equivalente. Ya sé que interpretar la competencia inter-NACIONAL como enemiga es fruto de ideas socialistas, precisamente por eso digo que tu idea de interpretar que las culturas extranjeras son sistemas defensivos exteriores y no integrables –ya que la defensa debe basarse sea como sea en la nación- es una idea socialista.

A lo que tienes que responder, sin embargo, es por qué en una guerra no debemos producir nosotros mismos los submarinos –ya que debemos defendernos a nosotros mismos, deberemos proveernos también a nosotros mismos con los mecanismos defensivos- y sí, paradójicamente, tenemos que comprárselos al mejor fabricante. ¿Cómo concilias tamaña incoherencia?

Por cierto, me gusta eso de “no asumo ineficiencias”; está bien que lo asumas, porque es lo único que puedes hacer. Suponer, asumir, tener fe, pero no demostrar. Lástima que eso, nuevamente, no sea un argumento. Sólo una convicción en función de la cual sigues defendiendo la coacción sobre las personas.

4.  Una reflexión invisible para volver al principio: la influencia del público

Isidoro me espetó que las acciones del Parlamento británico en su enfrentamiento con los nazis se debieron en buena medida a la presión de la opinión pública. Recordemos su frase porque, en este caso, sí es acertada: La influencia de la opinión pública era, pues, notable y no puedes referirte a las acciones del Parlamento británico como si a las decisiones de unos tiranos se tratase: fueron en todo momento muestra de los pulsos y cambios de la opinión de los británicos.

Yo le recordé que, precisamente porque la opinión pública (como he expuesto antes), esto es, las instituciones espontáneas, determina en buena la solidez y el respeto a la libertad de cualquier estructura de poder, que si realmente quería que esa opinión pública tuviera una influencia determinante y condicionante, el mercado, y nos los pasillos burocráticos, eran el ámbito adecuado. Es ridículo pensar que un Estado no puede totalizarse porque no conseguiría domeñar a la población y que, en cambio, un trust se asentaría como monopolio territorial explotando a una sumisa población; los consumidores tienen un mayor poder que los votantes, porque su filiación y transferencia de recursos se va renovando cada momento y no cada cuatro años.

Pero además, como también he advertido, en el caso de una empresa privada existen otros mecanismos de control al margen de la presión popular: por ejemplo, el control que ejercen los accionistas o los clientes extranjeros que observan como una compañía deja de serlo; o los bancos que decidan embargarles sus cuentas y activos en el extranjero una vez se hayan convertido en Estado. Todos estos instrumentos simplemente no operan en un contexto estatista, ni siquiera en el de un estatismo minarquista benévolo. El mercado no sólo recoge los checks and balances del minarquismo y los mejora, si que establece unos checks and balances propios y adicionales.

Antes todo esto, ¿qué responde Isidoro? Pues que ha reflexionado mucho y... casualidades de la vida, llega a las mismas conclusiones del principio y, eso sí, sin exponer la cadena de reflexiones y argumentos que le han llevado a tan sólida comprensión: Eso estaría perfecto si no fuese porque opino, tras haberlo razonado no te creas..., que las empresas son inútiles a la hora de plantear una defensa seria frente a una amenaza exterior organizada y cuando pretenden abandonar dicha inutilidad, entonces, toman forma de estado.

Por aquí ya pasamos antes de que “razonaras” con profusión. Yo te dije que tu simplismo ordeno-mando nos llevaba a finiquitar el Estado mínimo durante una guerra para instaurar una dictadura totalitaria. Tú mismo lo confirmaste: Me limito a afirmar que en muchos aspectos los gobiernos que dirigen una guerra se convierten en una dictadura por seguridad nacional.

Por supuesto tú verás sencillo que tras esa conversión dictatorial el estado y conseguida la paz, como si de la República romana se tratara, vuelva a sus niveles iniciales de intervencionismo. Otros, en cambio, contemplan las guerras como el combustible por el que el Estado se alimenta e incrementa su tamaño. En todo caso, no puedes garantizar que, el Estado mínimo, por ser mínimo, vaya a volver a deshacerse de la dictadura. En lo único que puedes confiar es en que haya unas instituciones subyacentes que le obliguen a volver a su tamaño originario. Y esas mismas instituciones pueden existir en el caso de un sistema de mercado.

De hecho, no descartes que en los contratos con las empresas de defensa se pudiera incluir alguna cláusula de contenido temporal por el que la empresa gozaría de ciertas facultades extraordinarias en momento críticos. Aunque, obviamente, la competencia entre trust podría aliviar la gravedad de esas cláusulas: por ejemplo, “En momentos de excepción, se permite la confiscación de automóviles de los clientes” vs “En momentos de excepción se permite la confiscación de automóviles de los clientes y, una vez lograda la paz, serán restituidos en su valor monetario”.

El Estado, claro está, de todo esto no hace nada. Le basta y le sobra con declarar un Estado de excepción y controlar a la población. En esos Estados el místico “contrato social” se suspende, porque el guardián no se siente constreñido. Las empresas, si incluyen cláusulas restitutorias, sí deberán cumplirlas una vez terminada la guerra porque sus clientes extranjeros estarán vigilando cómo se comporta en otros territorios.

En definitiva, la empresa de nueva planta dedicada a la defensa privada ni tiene por qué carecer de una estructura directiva única, ni por tenerla debe convertirse en Estado, ni por no convertirse en Estado tiene que adolecer de algún mecanismo de acción rápida. Serán los propios clientes los que firmarán sus acuerdos y, después de la guerra, decidirán si renovarlos, o no, en función de su satisfacción con la gestión.

Sigamos con la estrambótica visión de Isidoro: no me cansaré de recordar, además, que el que tu negocio esté incardinado en el ámbito de la fuerza bruta, sobre la base de que no existe coacción alguna, genera unos incentivos explosivos a ser "chicos malos" a petición del consumidor. Todos quieren tener al "primo de zumosol", no a la mula francis.

Es curioso como los incentivos para ser chicos malos sólo se crean entre empresarios y no entre políticos. ¿Qué impediría que, siguiendo tu lógica, en un Estado minarquista los políticos compitieran por ser el más “bruto” y el más militarista? Bueno, mejor dicho, yo sí te diré un freno que existiría en un sistema de mercado y que no existe en el minarquismo: en el mercado, si quieres ser chico malo, te lo tienes que pagar tú. Un mayor armamento pesado implica un mayor desembolso de sus clientes. En el estatismo, si quieres ser chico malo puedes obligar a otros a que te paguen tus caprichos; a través de la redistribución de impuestos, los ricos pueden pagar las correrías militaristas del resto de la población.

Tú asumes que todos quieren tener al primo de zumosol ofensivo (no al defensivo) y no lo demuestras. Utilizas hipótesis sobre el actuar humano no contrastado ni demostrado (¿por qué, entonces, millones de izquierdistas europeos se manifiestan contra la invasión de Irak aun cuando preventiva y zumosolamente podría parecer adecuado cargarse no sólo el régimen iraquí, sino también el iraní o el sirio?). Esto, repito, no es una manera de defender ningún argumento, pero en fin, tú insistes, supongo que poco más tendrás.

Pero aun asumiendo que todos quieran al primo de zumosol, casualmente tu argumento se trunca cuando llegamos al Estado minarquista. Tenemos una opinión pública influyente y militarista pero, en cambio, el Estado mínimo se mantendrá dentro de sus justos confines. ¿No crees que es un poco irreal? Con esos presupuestos, tu Estado mínimo es tan imposible, sino más, que el anarcocapitalismo, ya que éste último, a diferencia del tuyo, no tendría un Estado asentado con poder omnímodo para emprender guerras por doquier.

Luego simplemente se pierde en contradicciones y fantasías sobre el estatismo: el parlamento, y especialmente uno como el británico, se basta para gestionar una guerra no sólo mejor que las imaginarias agencias de seguridad sino que llegado el momento, a diferencia del trust, se verá obligado a dar rápido final al conflicto ya fuese por las próximas elecciones o por clamor popular.

Pero vamos a ver, ¿no habíamos quedado que la opinión pública en su totalidad quería al primo de zumosol? Ahora resulta que el clamor popular quiere que no se prolonguen los conflictos artificialmente, algo que sólo puede lograr el Parlamento y no el trust. ¿Es que el trust no está sometido al clamor popular? Qué cosas. Pero aparte, te voy a dar otras razones por las que el trust no está interesado ni puede mantener conflictos largos en contra de la voluntad de sus clientes: a) el trust utiliza sus recursos para mantenerse en la guerra, lo que significa que una guerra más larga supone un mayor coste, b) una empresa que prolongue artificialmente las guerras en contra del “clamor popular” será una empresa que nadie querrá contratar en otros lugares del mundo, c) si la guerra está finiquitada y sólo se prolonga por razones artificiales, los clientes lo tienen tan sencillo como cancelar sus suscripciones a la empresa.

De ahí que resulte totalmente ridícula la siguiente afirmación: Con las agencias de seguridad, el que te envíen una felicitación de Navidad o tengan una facturación transparente y un maravilloso hilo musical mientras te tienen a la espera de saber si han detenido al enemigo en la bocacalle siguiente a tu manzana... creo que sería totalmente indiferente.

Estamos alcanzando un nivel de contradicciones tremebundo. Si a la gente le importa no mantenerse en una guerra artificial, ¿cómo le va a resultar indiferente? Pero es que, además, una empresa privada que prolongue las guerras es una empresa privada que cargará mayores cuotas a sus clientes. Esas cuotas –a diferencia de los impuestos o de la financiación mediante déficit- sí son evitables, de modo que los consumidores no serán indiferentes a pagar mes tras mes facturas enormes si son innecesarias. El Estado, en cambio, sí suele incrementar los impuestos durante una guerra y no reducirlos al terminar, de manera que a los sufridos contribuyentes –nada digamos si se ha recurrido al déficit público, de modo que están asumiendo coactivamente deudas de las que ni son conscientes- no les importa el fin del conflicto salvo por razones humanitarias.

5. Qué pueden saber los consumidores y el papel de la productividad

Aun dentro del anterior punto, pero con entidad suficiente para diferenciarlo, Isidoro vuelve a repetir los mismos errores que posts atrás recordando que los consumidores no pueden diseñar las estrategias bélicas: Los consumidores no pueden saber cuál es la estrategia adecuada para defenderse de un ataque generalizado organizado contra su entorno y las empresas de seguridad tampoco, a menos que se conviertan en trust: la unión de dirección estratégica. Se les hace el trabajo a los enemigos: divide et impera. En este punto no cabe aplicar con calzador el análisis de mercado, una defensa "diversificada" no es más que un caramelo en dulce para un ejército regular; no interesa "productividad" sino destructividad. ¿Versan las reglas del mercado sobre destrucción? Nein.

Por partes. Sobre los consumidores, en ningún momento he defendido que sean éstos quienes diseñen la estrategia de defensa, e imputarme esto es un reflejo de mentir o de, más probablemente, no haber entendido nada. Los consumidores, sin embargo, sí saben qué tipo de inseguridad sienten. Yo hoy puedo no sentirme amenazado por Bin Laden, pero sí por la creciente inseguridad callejera; en este sentido, pagaré más a una empresa que sea intensiva en seguridad callejera que a otra que sea intensiva en defensa pesada. Y eso sí supone una satisfacción de mi inseguridad: porque la inseguridad es una sensación presente. Yo estoy inseguro por lo que temo, no por los avatares futuros e improbables.

Otra cuestión es que las empresas de defensa pesada intenten informar a los consumidores de la auténtica entidad de la amenaza de Estados extranjeros sobre su seguridad; de forma similar a lo que hace Bush diciendo que Hussein era una amenaza seria o que Corea del Norte integra el eje del mal, sin necesidad de que tenga que desclasificar informes secretos sobre la importancia del peligro. ¿O es que crees que la población de EEUU, si creyera que los rogue states son hermanitas de la caridad, consentiría los mastodónticos incrementos del gasto? Obviamente no, sólo porque su presidente les ha convencido del peligro que suponen esos Estado, ha sido posible esa asfixia presupuestaria.

Por otro lado, Isidoro dice que las reglas de la productividad no juegan, aquí hemos de acuñar un nuevo concepto: la destructividad. La productividad es una relación entre medios y fines: cuando reduces los medios y mantienes el fin, o cuando mantienes los medios e incrementas los fines, tu productividad aumenta. Si tu objetivo es destruir la mayor cantidad de objetivos posibles, un instrumento es productivo cuando incrementa su poder destructivo. En este sentido, la productividad se refiere a fabricar las armas más destructivas posibles con el menor uso de inputs, lo cual te permitirá fabricar muchas armas muy destructivas.

Por supuesto, no estoy de acuerdo en que las exigencias de defensa pasen únicamente por su “destructividad”, esto es, por su productividad militar, ya que en caso contrario sólo nos aprovisionaríamos con bombas atómicas. Pero aun en ese momento, las reglas del mercado en cuanto a asignación de recursos escasos hacia los fines más urgentes, siguen siendo igual de relevantes. Sólo desde un endeble conocimiento de la economía pueden sugerirse cambios tan innecesarios como confusos de los términos.
 
6. Paréntesis 1: Cómo intentar darle la vuelta a la tortilla desparramándola sobre la cocina

Si han leído la discusión verán que una de mis críticas evidentes a Isidoro es que no argumenta nada; se pasa el día diciendo, “yo asumo”, “yo creo”, “es evidente que”, “no tengo dudas de que”, “yo parto de”... Esto, claro está, despierta las iras de Isidoro; es lógico, no basta con caer, encima que te señalen cuando caes. Lo siento, pero en eso consiste la discusión; yo no voy a decirte, “es lógico que te hayas caído, de hecho, puede que todos tengamos que seguir tus sabios pasos hacia el tropiezo”. Si vas dando saltos de mata, sin cadena argumental alguna, lo mínimo que puedo hacer es señalártelo.

En estas que Isidoro intenta devolverme la acusación, lo cual no digo que sea imposible, pero sí improbable. No porque no me equivoque, sino porque, generalmente, intento medir si mis afirmaciones son apodícticas o si son sólo posibilidades donde no cabe determinar a priori la decisión.

Y claro, entiendo que obsesionado con buscarle tres pies al gato, al final acabemos encontrándole los cuatro, y nos descontemos. Isidoro me cita en mi anterior post: Pasemos a la primera contradicción de Isidoro que sigue negando porque sigue sin entenderla." Corta aquí el texto y comenta: Simplemente apabullante: la gente se contradice porque lo dice Rallo, contraargumente lo que sea.

Pues hombre, no es una contradicción porque lo diga yo, sino porque lo argumente yo. ¿Qué donde está el argumento? Ah, ¿que has cortado mi argumentación y la has acabado de copiar debajo para poder intercalar ese comentario pueril? Mal vamos. Sigamos leyendo para encontrar mi argumentación desaparecida.

15 de Agosto de 2006

First Worst y Second Worst

En economía neoclásica suelen emplearse dos expresiones inglesas: "First Best" y "Second Best". Básicamente, vienen a expresar la preferencia por dos situaciones.

El First Best es la situación anhelada, pero por lo general es inalcanzable. Por ejemplo, los neoclásicos consideran que en competencia perfecta se maximiza el bienestar de todos los agentes; sin embargo, la competencia perfecta se basa en unas hipótesis que jamás se dan; una de ellas vendría a ser el gran número de oferentes. Los neoclásicos rápidamente descubren situaciones monopolísticas muy insatisfactorias y, por ello, consideran necesario intervenir en la economía a través de legislaciones antitrust.

En este ejemplo, el First Best sería la competencia perfecta autorregulada, mientras que la situación monopolística regulada por el Estado coincidiría con el Second Best. Dado que no existe la competencia perfecta, hemos de intervenir en la economía (aunque no nos agrada) para alcanzar el Second Best.

Fijémonos que, como ya he dicho, el First Best suele ser una situación óptima inalcanzable, mientras que el Second Best sería la mejor de entre las alternativas realistas.

En mi anterior post, muchos hemos exclamado que cada vez va siendo más necesario exiliarse de Europa, pero la pregunta del millón sigue sin responder: ¿Adónde?

Pues bien, lo que me propongo aquí no es resolver ni mucho menos la pregunta, sino reenfocar ligeramente el debate. Sabemos que los Estados -todos los Estados- se basan en la violencia sistemática; por tanto, todo Estado es rechazable y nocivo para los individuos explotados. Ahora bien, hay Estados más violentos y tiránicos que otros, de modo que, en cierta medida, sí podemos preferir a los menos malos frente a los más malos.

Por ello, creo que sería útil modificar ligeramente la terminología del First and Second Best para adaptarla a las valoraciones entre Estados. Así, habrá Estados que sean un First Worst (como una UE con renta básica) y habrá otros que sean un Second Worst, esto es, una situación muy mala pero ligeramente menos mala.

La ventaja que tiene este análisis empleado al Estado frente al del First and Second Best es que, como veíamos, el First Best suele ser una situación inalcanzable y, por tanto, irrelevante para un economista realista. En cambio, el First and Second Worst tienden a ser situaciones reales, si bien los liberales tengamos una tendencia a localizar los First Worst frente a los Second Worst.

Otra diferencia -y ventaja- con respecto al First and Second Best es que este análisis no se basa en el equilibrio. El First Best, en caso de ser alcanzado, nos conduciría a una situación final de reposo Pareto-eficiente (no existen oportunidades de ganancia). En cambio, el Second Worst en absoluto está insuflado por la teoría del equilibrio; el Second Worst se caracteriza por su provisionalidad antes de avanzar hacia un Third o Fourth Worst; son todo situaciones subóptimas y de transición, siempre mejorables a través de una más acertada acción empresarial.

En definitiva, el debate sobre los Estados no debe practicarse alrededor de qué Estado es mejor, sino de cuál es menos malo. La búsqueda de Estados mejores confunde la búsqueda, porque tendemos al maximalismo (a mejoras absolutas: óptimos); en cambio, la búsqueda de Estados menos malos nos permite apreciar los detalles y no aceptar el statu quo injusto de otros Estados menos malos al nuestro.

La cuestión ahora, claro está, es localizar el Second Worst de Europa.
Renta básica, miseria asegurada

Sinceramente, no sé si alegrarme o aterrorizarme por la propuesta del PSOE de implantar una renta básica en toda Europa. Por un lado, a ese espanto socialista llamado Unión Europea sólo le falta la renta básica para que deje de desintegrarse, pero por otro los peligros son extraordinarios.

Con la renta básica europea, tendremos a millones de personas viviendo subsidiadas. La propuesta del PSOE pasa por entregar a cada individuo 421 euros mensuales; la renta per capita de Polonia son 11000 euros, es decir, unos 915 euros al mes. Si alguien cree que un ciudadano polaco seguirá trabajando y creando la misma riqueza que ahora cuando se le quiere proporcionar la mitad de su renta solamente "por existir", es que no ha entendido nada.

La renta vital implica riqueza permanente y asegurada, para cuyo disfrute hace falta tiempo libre al que no se estará dispuesto a renunciar a menos que se incrementen sustancialmente los salarios. Pero un incremento de salarios en países con una productividad tan reducida, sólo permitirá crear empleo en los sectores que generen un mayor valor añadido. El resto de actividades simplemente desaparecerán, pues la gente no querrá trabajar a cambio de unos salarios tan reducidos.

¿Pero acaso supondrá el desempleo un serio problema para ellos? No, pues cuentan con una renta básica permanente que les permite, incluso, recurrir al mercado crediticio para consumir con cargo a su renta futura. En otras palabras, habrá sectores inmensos de la población que consumirán pero no producirán. Habremos creado una casta de rentistas cuyas rentas no procederán (como en el caso de los capitalistas) de la creación de nueva riqueza, sino del expolio de la que otros han generado.

Europa Oriental dejará de producir o, mejor dicho, dejará de dedicarse en su mayoría a la producción de riqueza. La inversión extranjera se desplomará ante unos salarios no remunerativos que, para más inri, tendrán a los países asiáticos como certera competencia.

El efecto menor de todo esto será, obviamente, que las transferencias intraeuropeas de fondos comunitarios hacia la Europa Oriental se mantendrán ad caledas graecas. Europa Oriental seguirá sin crecer y los fondos estructurales seguirán afluyendo con la vana esperanza de desarrollar a esos países a golpe de socialismo planificador.

El efecto más grave, con todo, será la progresiva descapitalización de Europa occidental. Ya expliqué en otro sitio por qué la socialista Europa está condenada, hoy por hoy, a la desaparición. La renta vital zapateril sólo catalizará el proceso de putrefacción.

Hasta ahora nuestras relaciones con Europa oriental se basaban en el intercambio y el beneficio mutuo. Los europeos occidentales vendíamos a los orientales y utilizábamos el dinero obtenido en comprarles, contratarles, prestárselo o invertir allí. Esto permitía incrementar su riqueza para que a su vez terminaran vendiéndonos sus productos o reinvirtiendo en sus propios países.

A partir de la renta básica, como ya hemos dicho, las relaciones con Europa oriental se basarán en el expolio. Ellos consumirán lo que nosotros hemos producido sin que nos entreguen nada a cambio. Alguna brillante mente política espera cuadrar este maravilloso círculo: los europeos occidentales seguirán trabajando igual, ahorrando igual y consumiendo menos. En otras palabras, esperan que trabajemos lo mismo que ahora para ser menos ricos y que la renta diferencial se la regalemos a los europeos orientales.

El comportamiento de los europeos, en otras palabras, puede ser doble. La reacción más probable será la reducción de su oferta de trabajo (máxime cuando ellos también disfrutarán de renta básica), ya que para consumir menos no necesitan trabajar tanto. La otra reacción posible es que decidan reducir su ahorro y dedicarlo al consumo, de modo que provocarán una elevación de los precios sobre los bienes de consumo.

La razón por la que se producirá esto último es sencilla de entender: la cantidad de bienes producidos en Europa (y en el mundo) habrá disminuido, pero aquellos que han dejado de producir podrán seguir consumiendo; de modo que habrá menos bienes e igual gente que los quiera. La consecuencia será una elevación de precios financiada con cargo al ahorro.

En definitiva, tanto vía reducción de la oferta de trabajo cuanto vía reducción de los ahorros, Europa occidental verá disminuir notablemente su acumulación de capital. La estructura productiva transitará hacia un esquema mucho menos intensivo y mucho menos productivo.

Y si los políticos europeos no deciden eliminar o al menos reducir la cuantía de la renta básica, la descapitalización seguirá erosionando la riqueza europea. ¿Motivo? Europa Occidental producirá menos bienes, pero los europeos orientales seguirán teniendo la misma riqueza que antes, de modo que los europeos occidentales o bien trabajarán menos o ahorrarán menos. En cualquier caso, estaremos triturando la riqueza acumulada durante las últimas décadas.

Evidentemente, dejo al margen varios factores que todavía empeoran más el escenario.

Primero, la aceleración en la deslocalización que se producirá tanto en Europa Occidental como Oriental como consecuencia, en la primera, de los mayores impuestos y, en la segunda, de los mayores salarios.

Segundo, las posibles consecuencias políticas y sociológicas de la medida. ¿Aceptarían los europeos occidentales mantener a los orientales porque sí? ¿Les seguiría resultando rentable a los ingleses pertenecer a la UE? ¿Cómo les sentaría a los "revolucionarios" franceses un incremento del peso del Estado?

Y tercero, si metemos todo este cóctel en medio de un escenario de expansión del crédito como el que vivimos y hemos vivido (sólo hace falta observar el precio de los inmuebles) las consecuencias pueden ser trágicas. La renta básica genera unos enormes incentivos al endeudamiento en todos los europeos. Los orientales porque creen tener asegurada una renta futura que pueden descontar al presente a riesgo cero; los occidentales porque el mercado crediticio supone un mecanismo ideal para ser capaces de pagar precios mayores por los bienes de consumo que los orientales y así lograr adquirirlos.

Con un endeudamiento creciente, unas transferencias gubernamentales infames y unos salarios mantenidos altos a través de los subsidios, cualquier crisis llegaría para quedarse durante mucho tiempo.

Los políticos -y en este caso ZP y su cohorte de memos- son unos completos ignorantes que nos pueden llevar a todos por la calle de la amargura. La renta básica no es ningún juguete inocuo, sobre todo cuando mantenemos niveles de gasto públicos tan elevados como los que supone el Estado de Bienestar y cuando  altera de un modo tan evidente el comportamiento de millones de personas.

Si alguien piensa que ha llegado el momento de huir de Europa -y yo lo pienso- que tenga en cuenta que miles de empresarios y de empresas sitas en Europa tienen miles de motivos más para largarse y que, por la cuenta que les trae, ya habrán caído en ese "pequeño" detalle mucho antes que nosotros.

La decadencia está servida.

13 de Agosto de 2006

Universidad de Verano

Si entráis en la página del Instituto Juan de Mariana, podréis ver que ya se ha anunciado la celebración de la Universidad de Verano para finales de septiembre. Dentro podéis encontrar los detalles.

En todo caso, si tenéis intención de asistir, os recomiendo que pidáis ya una de las diez becas que ofrece el Instituto.

11 de Agosto de 2006

Desestabilizadores automáticos

Aunque podría parecerlo no estoy muerto, sólo desaparecido. Ahora mismo tengo poco tiempo para escribir en la bitácora porque estoy con otros proyectos que en algún momento futuro saldrán a la luz. Por ahora os dejo con mi último comentario diario para el Instituto Juan de Mariana; trata sobre los estabilizadores automáticos, esto es, aquellos mecanismos del Estado que indirectamente contribuyen a estabilizar las fluctuaciones del ciclo económico.

La pretendida reducción del consumo sólo abocará a los ciudadanos al mercado de créditos, favoreciendo la expansión crediticia y el endeudamiento masivo que dará lugar a la crisis. Los estabilizadores automáticos sólo reducen las posibilidades de autofinanciación de los individuos y les estimulan a participar en la orgía del crédito.

No puede afirmarse que los mal llamados "estabilizadores automáticos" estabilicen en modo alguno la economía. Más bien al contrario, durante el boom favorecen el endeudamiento de la población y el consumo estatal, durante la crisis reducen el ahorro disponible; primero agravan la extensión de la mala inversión y luego dificultan el necesario proceso de liquidación.

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