liberalismo.org

Todo un hombre de Estado: Mayo 2006

31 de Mayo de 2006

Estilo Morales

Este martes he escrito en Libertad Digital sobre la propuesta de la UE de gravar con impuestos los SMS y los correos electrónicos:

No es casualidad que el Tempranillo de los Andes fuera recibido entre aplausos y vítores por los politicastros del Parlamento Europeo; y es que el robagallinas bolivariano no es más que una versión asilvestrada e indigenizada de nuestros eurocráticos ladrones de guante blanco.

Evo desvalija empresas extranjeras con un jersey de lana gorda y los políticos europeos desangran nuestros monederos pertrechados con traje y corbata. Evo es un ratero megalómano; nuestros políticos, unas sanguijuelas cojoneras.

Los intercambios entre países se han disparado porque los estados europeos han reducido las barreras existentes entre ellos, favoreciendo de este modo la interrelación de los ciudadanos. El mérito lo tienen los individuos, y los empresarios que crean los medios para que esa interrelación sea posible; la Unión Europea sólo contribuye a ello de la misma manera en que un asesino en serie contribuye a nuestra salud si decide indultarnos.


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29 de Mayo de 2006

Deslocálizense aun más, por favor

Ya lo dijimos, los chicos de socialdemocracia.org son una fuente inagotable de argumentaciones inexistentes y recetas económicas basadas en el porque-me-da-la-gana. En el último artículo publicado, un tal Miguel A. Escobar se queja de la "deslocalización salvaje" que están practicando ciertas empresas, entre ellas Braun: La empresa de electrodomésticos Braun, propiedad de una sociedad norte americana ha planteado cesar la actividad de su planta en Esplugues y dejar en la calle a más de 700 trabajadores y trabajadoras.

La firma Braun se ha convertido en las últimas semanas en el ejemplo de la deslocalización salvaje.

Es cierto, que malvada es la deslocalización. Tan malvada que supongo que Escobar clamará para que Braun cierre la planta de Esplugues y se marcha a su casa, EEUU. Yo aun estoy sollozando por los centenares de familias estadounidenses que deben seguir viviendo en la miseria cuando Braun se deslocalizó a España aprovechando sus bajos salarios con respecto a EEUU. Todos a una: ¡Braun cierra tu planta en Espluges y vuelve a casa!

Pero, siendo justos, no deberíamos pararnos aquí. Los 700 trabajadores que durante años han estado viviendo a costa de la deslocalización salvaje deberían compensar a las familias estadounidenses que dejaron en la miseria. Lo lógico es que Escobar pidiera una indemnización para las familias yankees procedentes del patrimonio de los trabajadores de Braun en Esplugues; tanto años rapiñando no es justo.

Y mientras tanto a los chinos que les den. Sí, lo siento; nosotros sí pudimos aprovechar nuestros bajos costes salariales para atraer inversión extranjera, dejando a multitud de familias yankees y europeas en el paro. Pudimos hacerlo, pero los chinos no, ellos no se lo merecen. Nosotros tuvimos el derecho de aprovechar nuestros bajos salarios y ahoras tenemos el derecho de seguir percibiendo los altos salarios derivados de la inversión extranjera y de los incrementos de la productividad. Los chinos no; eso es.

Para el Tercer Mundo sólo cabe la entrega de un dadivoso 0'7% de nuestro PIB que permita acallar nuestra mala conciencia, pero empresas, ni una. ¿Cómo vamos a dejar que se desarrollen? ¿Cómo vamos a permitir que nos vendan a mitad de precio sus productos? ¿Cómo vamos a permitir que trabajen el doble cobrando la mitad? Nada de eso, nosotros pudimos hacerlo y desarrollarnos, pero ellos no. Somos así de simpáticos.

Sigamos con el brillante Escobar: Los números que ha presentado ante el Comité de empresa no expresan pérdidas que justifiquen un ajuste de plantilla. Su gran argumento no es otro que el de su previsión de reducción de beneficios a corto plazo.

Ya se sabe que el concepto de coste de oportunidad no lo manejan demasiado por esos lares. Mira Escobar, si tan rentable es producir en Esplugues no existe ningún problema: Braun, estúpida ella, abandonará un negocio rentabilísimo y otra empresa lo aprovechará. ¿Te imaginas a las petroleras diciendo: "Vamos a abandonar los pozos de petróleo que nos da pereza explotarlos"? ¿Verdad que habría más de uno frotándose las manos? Pues aquí igual, si eres tan sabio como para decir que la decisión empresarial no está justificada por las perspectivas presentes o futuras, tómate una tila y relájate a observar como otros malvados empresarios ávidos de beneficios, retomarán el negocio.

¡Qué digo yo! No, mejor aun, no te sientes. Lo tienes sencillísimo; te vas al banco, pides un préstamo a estos bajísimos tipos de interés, y vuelves a montar la empresa. Lo tienes fácil; los trabajadores estarán encantados de explicarte los métodos de producción y a quiénes se abastecía. Si no hay motivos que justifiquen la decisión y los beneficios futuros son seguros, ¡fórrate hombre! Ya sabemos que eres progre, pero precisamente por eso no irás a desaprovechar una ocasión milmillonaria, que pelotazos de estos no se ven todos los días.

Lo mejor de todo, eso sí, son las propuestas de Escobar para remediar la situación. No, tranquilos, "soluciones Escobar" no tienen nada que ver con arriesgar su dinero y volver a iniciar la empresa: parece necesario replantear los mecanismos que tiene la propia administración a la hora de permitir expedientes de regulación que afectan al conjunto o a parte de las plantillas. Y estos mecanismos pasan de un lado por endurecer las condiciones objetivas que deben acompañar todo expediente de crisis y por el otro que de una vez nos planteemos como trabajadores y como consumidores la necesidad de orientar nuestras compras hacia aquellos productos y empresas que además de obtener beneficios también condicionen su obtención al cumplimiento del compromiso con su entorno social y ambiental.

Qué mensaje más atractivo para invertir en España. "Multinacionales extranjeras, no sólo nuestros salarios son más del doble de los asiáticos, sino que, además, en caso de que decidan entrar en nuestro país, les va a costar un riñón y parte del otro salir". Vamos, más atractivo imposible; en lugar de competir en creación de valor, competimos en joder al personal. Ya me veo a todos los empresarios peleándose por entrar o quedarse en España, la cuna de las oportunidades mundial.

La otra parte de la propuesta también es interesante. Escobar quiere comprar productos ¡nacionales!, aun cuando valgan el doble de caros. ¡Boicot als productes xinesos!; nada personal eh, que boicotear als productes catalans queda muy feo, pero para los chinos tercermundistas cualquier boicot es poco. ¡Nos quitan los trabajos! Sí, no eres el primero que lo dice, por ahí se te adelantaron tus primos ideológicos. Aunque supongo que no te importará.

Si lo haces con tu dinero y los demás te siguen voluntariamente, a mí plim. No es una medida muy inteligente, pero tampoco espero más de la izquierda y el fascismo. Ahora bien, tan sólo recuerda que si compras a mitad de precio, no sólo te beneficias tú, sino que o bien puedes incrementar tu ahorro o tu consumo hacia otros bienes o servicios que, vaya, están producidos por trabajadores. Supongo que estos, como no los ves ni puedes saber quiénes son, te importarán un carajo, pero lo cierto es que dejarán de comer por tu empecinamiento en gastar tu renta en productos españoles más caros.

Pero bueno, tampoco pasa nada. Dado el odio cartaginés de Escobar hacia la deslocalización, como ya hemos dicho, en buena coherencia reclamará que todas las sucursales de empresas extranjeras en España vuelvan a sus países de origen. No tendremos que preocuparnos demasiado sobre qué consumir, un poco de aceite de oliva y cuatro naranjas subvencionadas por la PAC conformarán nuestra dieta. Si al final resultará que algunos añorarán la autarquía franquista; qué irónico resulta que estadounidenses y chinos fortalezcan tus orígenes. No hay nada como la globalización.

24 de Mayo de 2006

Las preferencias, inducidas o no, no son objeto de la economía

Pijus Economicus ha respondido parcialmente a mi post anterior (I, II). Le falta tratar el tema del cálculo económico, pero eso lo dejaremos en un post aparte. Veamos que ha dicho hasta el momento.

Dicotomía entre consumidor y persona

En su post original Pijus aseguró que la ciencia económica se basa en la existencia de consumidores, no de personas. Yo le dije que el consumidor es una faceta de las personas, de modo que una misma persona puede ser capitalista, trabajador y consumidor. Lo que le interesa a la ciencia económica es determinar qué ocurrire cuando esa persona actúa como consumidor, como trabajador o como capitalista.

Dice Pijus ahora: Todos los que este texto estemos leyendo somos personas, y en algunos casos también consumidores, pero me extrañaría que hubiese algún capitalista. El capitalista es aquél que posee medios de producción, y que puede vivir alquilando la fuerza de trabajo ajena en el mercado de trabajo. Invertir en un fondo de pensiones no convierte a uno, en modo alguno, en capitalista. Seguirá teniendo que alquilar su propia fuerza de trabajo para vivir

La definición que hace Pijus de capitalista no tiene sentido alguno. Dado que no está dispuesto a admitir que todos somos en cierta medida capitalistas, tiene que recurrir a estrafalarias deformaciones del término. La cuestión clave para ser capitalista ya no es sólo ni poseer los medios de producción ni alquilar la fuerza de trabajo, sino además "poder vivir con ello". ¿Y qué significa poder vivir? ¿Cómo objetivizamos el término? Aquel sujeto que vive únicamente de rentas y que gasta más de lo que ingresa, ¿"puede vivir" del capital? Pijus pretende enlazar el concepto de capital con el de las necesidades, pero esto es del todo ridículo: según esta definición un campesino con una azada en un monte comunal podría ser capitalista si consigue lo necesario para vivir, y un multimillonario manirroto propietario de cientos de empresas, no lo sería si considera que aun gana demasiado poco para cubrir sus necesidades.

En realidad, tanto el agricultor con respecto a su azada como el multimillonario respecto a sus empresas son capitalistas: propietarios de capital. Que luego ese capital les sirva o no para cubrir sus necesidades es un asunto muy distintos.

Un fondo de pensiones privado sí hace que su titular sea un capitalista. Quien lo contrata está capitalizando la renta para luego, al cabo de algunas décadas, vivir de la riqueza acumulada, esto es, del rendimiento de su riqueza. Repito, quien contrata un fondo de pensiones esta CAPITALIZANDO su renta y por tanto sí es un capitalista.

Pero es que, para más inri, incluso desde la propia definición absurda que da Pijus podemos afirmar que quien tiene un paquete de acciones, un fondo de pensiones o incluso un depósito a plazo fijo es un capitalista. El argumento de Pijus es el siguiente: "No es capitalista porque sigue obligado a alquilar su fuerza de trabajo para vivir". Aquí, de nuevo, el concepto de "obligación" es muy relativo; en realidad sólo la fuerza física obliga, el hambre no es una obligación sino una poderosa necesidad para quien quiere seguir con vida. Pero además ¿qué incluimos en la obligación? ¿Vivienda? ¿Qué tipo de vivienda: situación, tamaño, mobiliario...? ¿Vestido? ¿Qué tipos de ropa: calidad, cantidad, clase...? ¿Electricidad? ¿Cuánta es la necesaria para vivir? ¿Agua corriente? ¿Cuánto puede gastarse: baños, cesped, piscina...? ¿Dónde coloca Pijus el arbitrario límite de la obligación?

En todo caso, no nos desviemos. Supongamos efectivamente que ese límite existe y su valor es de 500 € mensuales. Por debajo de esa cantidad el hombre tiene la obligación de alquilar su fuerza de trabajo para no perecer. Según Pijus, quien obtuviera una renta de de 501 € sería capitalista, pero quien poseyera una de 499 € no.

Supongamos que un individuo percibe una renta de 100 € y un salario de 400 €. En puridad sigue obligado a alquilar su fuerza de trabajo, ya que los 100 € no cubren sus necesidades mínimas. Ahora bien, ¿está obligado a vender la <i>misma</i> fuerza de trabajo que quien no percibe la renta? En este ejemplo, el individuo sólo tiene que buscar un trabajo que le proporcione 400 €, en caso de carecer de renta tendría que localizar uno de 500 €. Incluso desde la perspectiva de Pijus, todo rentista es capitalista, pues la renta reduce la cantidad y calidad de trabajo que tiene que ofrecer en el mercado.

Pero démosle otra vuelta de rizo a la definición. ¿Por qué no decir que trabajador es aquel que sólo vive de alquilar su fuerza de trabajo sin tener la obligación de percibir rentas? Según esta definición, todo el mundo sería capitalista a menos que careciera por completo de capital. La carga de la prueba se invierte: si quiere ser trabajador, no tenga ninguna forma de renta no laboral. La torpeza de esta definición es tan grande como la de Pijus: para él sólo le es capitalista si no se perciben rentas salariales, con lo cual todos son trabajadores a no ser que acrediten lo contrario.

Con esto no vamos a ninguna parte, rigor económico cero.

una persona no es en todo momento un consumidor. Efectivamente, para que una persona sobreviva tiene que consumir, al menos, lo mínimo para mantenerse con vida biológicamente, mientras que el resto del consumo es innecesario con respecto a ese mismo fin. Sin embargo, la persona tiene muchas más necesidades que no entran dentro del concepto de “consumo”, y que responden a cuestiones de afecto, salud y estabilidad emocional.

Este párrafo de Pijus es interesante porque muestra sus contradicciones internas. Pijus admite que seguir con vida es un fin del ser humano, lo cual es correcto. Pero añade que el resto de consumo es "innecesario" con respecto al fin de la supervivencia. Bien, ¿pero por qué colocas ese fin por delante de otros fines? El alpinista no está realizando las acciones más "inteligentes" para sobrevivir, pero en cambio coloca el fin de escalar por encima del de sobrevivir. La persona sedentaria tampoco está realizando el deporte suficiente para lograr sobrevivir, pero prefiere estar relajado en su caso, aun cuando ello le suponga menos años de vida. Muchos conductores saben que pueden perder sus vidas yéndose de vacaciones con el coche, pero siguen haciéndolo.

¿Por qué colocas la supervivencia como el fin supremo? ¿Acaso el resto de necesidades no son igualmente fines que pueden entrar en rivalidad con el primero?

El consumo que tildas de innecesario lo es tan sólo con respecto al fin de sobrevivir. Pero no con respecto a otros fines que pueden ser tan o más importantes que el de sobrevivir. Todo depende de la valoración de cada sujeto. ¿En función de qué tildas el consumo ajeno como necesario o innecesario? ¿En función de qué supones que todo el mundo tiene como fin prioritario la supervivencia?

En todo caso, tu último apunte sobre el afecto o la salud no tiene demasiado sentido. Primero, porque ningún austriaco pretende restringir las necesidades de los individuos al consumo; las personas que odian el consumo siguen siendo "racionales", porque la racionalidad es una relación fines-medios, y cada individuo tiene sus propios fines y, para ello, adoptará los medios que considere más adecuado (el anticonsumismo, por ejemplo). Segundo, porque muchos de esos fines sí tiene su componente de consumo: el afecto puede ir complementado con regalos o con un hogar común, la salud necesita de medicinas y hospitales, y la estabilidad emocional puede requerir la presencia de bienes materiales.

Su último apunte en este apartado sirve para dar la razón a la economía austriaca: La ciencia económica ortodoxa se ocupa únicamente de los consumidores, equiparándolos a un ordenador que consume energía, y olvida todo lo demás. Los teoremas formados bajo esos supuestos, por tanto, excluyen el tratamiento de la felicidad del individuo en su aspecto global, y, uniformados en bata blanca, los economistas reordenan la vida económica para que todos consuman. Cosa que tampoco consiguen, además

Cierto, eso es la ciencia económica ortodoxa, esa que tú tildas de "liberal", pero que como afirmas sólo pretende "reordenar" la vida económica. ¿Realmente crees que la planificación central reorganizadora es sinónimo de liberalismo, de "laissez faire"? No, la ciencia económica universitaria, como bien apuntara Albert en el artículo que criticaste, es la base del intervencionismo político, esto es, de la expansión del socialismo.

Existencia de la función de preferencias

En este punto Pijus, en la mejor tradición neoclásica, intentó justificar la existencia de una función de preferencias, basándose en observar la elección puntal de un consumidor. Yo le respondí que de esa observación sólo se sigue que "en ese momento, la acción preferida era la emprendida".

Los comentarios de Pijus en este apartado son acertados y no contradicen en nada mis afirmaciones. De hecho, las críticas que le hice permanecen intactas: Tanto Rallo como yo tenemos, en cada instante de tiempo, preferencias. La preferencia surge cuando podemos comparar subjetivamente dos realidades distintas. Según nuestro desarrollo histórico personal preferiremos una opción u otra. Y, obviamente, dicho desarrollo es diferente según qué persona, por lo que las elecciones serán completamente distintas

El único error que señalaría es la conclusión: Y, obviamente, dicho desarrollo es diferente según qué persona, por lo que las elecciones serán completamente distintas. Más bien hay que decir que las elecciones "pueden ser" completamente distintas, pero no lo serán de manera necesaria. Esa es una predicción que no se sigue de las premisas.

Más tarde también afirma que: las preferencias se modifican constantemente y dependen del contexto social, incluyendo el desarrollo histórico previo de cada personalidad, siendo, por tanto, diferentes de un ser humano a otro. Y no son sólo de naturaleza material: puedo preferir pasear por la playa a ocupar una tarde tratando de invertir mi dinero en bolsa.

Tampoco nadie de la Escuela Austriaca afirma que las necesidades tengan un carácter material.

En todo caso, de este apartado no se sigue la existencia de una función de preferencias y, mucho menos, de una función de preferencias observable.

Influencia de la sociedad

Esta punto es realmente jugoso. Pijus relataba que los liberales negábamos la influencia de la sociedad en la acción humana, cuando precisamente uno e los campos de investigación más ricos y fructíferos de la Escuela Austriaca ha sido su teoría de las instituciones y del orden social espontáneo. A esto responde Pijus:

Rallo, como los defensores del individualismo metodológico, afirma que las instituciones surgen espontáneamente de las interacciones del individuo con la sociedad, beneficiando así a todos. Efectivamente, las instituciones, la sociedad y cualquier estructura que trascienda al individuo surgen de la actividad del ser humano. No se puede aceptar el holismo. Sin embargo, la pregunta es el “cómo surgen”

Lo curioso de este párrafo es que Pijus está aceptando implícitamente el individualismo metodológico que tanto denuesta. Concretamente en esta frase: Efectivamente, las instituciones, la sociedad y cualquier estructura que trascienda al individuo surgen de la actividad del ser humano. No se puede aceptar el holismo. Eso es lo que afirma el individualismo metodológico y no, como torpemente crees tú, que sólo existen los individuos y no la sociedad. Ya te lo expliqué aquí.

A la pregunta de cómo surgen las instituciones también responde la Escuela Austriaca; de hecho, su teoría de las instituciones comienza cuando describe su génesis. La Escuela Austriaca, desde Menger, no toma las instituciones como una realidad "dada", sino que trata de explicar su desarrollo dinámico. El famoso teorema regresivo de Mises, expuesto en su primera obra, supone un análisis praxeológico de cómo surge la institución del dinero en términos de valor. Por tanto sí explicamos de dónde surgen, sólo has de leer a Menger, Hayek y Mises. Como ya te dije, criticas a un muñeco de paja.

Es más, en el siguiente párrafo demuestra su pésimo concepto de institución: No aparecen democráticamente en una relación de igual a igual, sino que se forman a través de métodos tan injustificables como el miedo y la fuerza. Así nacen, históricamente, los estados y las empresas. La propiedad privada, impuesta por la fuerza bruta, ha derivado en la fuerza del poder económico. La herencia del capital es el dolor y el esfuerzo, siempre de otros.

Eso de lo que hablas no son instituciones, sino estructuras de poder. Las instituciones se caracterizan por no haber sido creadas por nadie, sino por surgir como resultado no intencionado de las interacciones humanas. Desde el momento en que crees que las instituciones son planificables (bien democráticamente o bien a través de la fuerza) te están situando en lo que Hayek tildaba de "falso individualismo", es decir, el individualismo que tú mismo repeles. Si las instituciones han sido creadas conscientemente por alguien, entonces la sociedad es obra de un individuo, de modo que no exista al margen de la mente individual. Para ti la sociedad es una parte del cuerpo individual, una extensión maleable de su imaginación. Niegas, por tanto, la existencia de sociedad al margen de los individuos. Curioso círculo has trazado.

En todo caso, toda esta cantinela de que la propiedad privada ha sido impuesta por la fuerza tiene bastante poco fundamento. Veamos, los únicos individuos que han adquirido masivamente su propiedad por la fuerza han sido los políticos y sus allegados, tanto ayer como hoy. Los empresarios no se han enriquecido robando, sino comerciando.

Tu modelo económico es incapaz de explicar los orígenes de los medios de producción, de ahí que pretendas nacionalizarlos y te quedes tan ancho. Si implícitamente asumes que los medios de producción son siempre robados y nunca creados, ¿a quién se los robó el primer ladrón? El ahorro y la inversión dan paso al capital, y muchísimos empresarios han logrado acumular capital gracias a los ahorros de las generaciones anteriores. ¿Es esto un robo? ¿Un robo a quién? Lo único que han hecho los empresarios no políticos ha sido crear una riqueza que antes no existía en la sociedad.

Su siguiente error, cómo no, consiste en suponer que ese control de los medios de producción les confiere un poder singular frente a la sociedad: esa influencia que tienen las estructuras superiores sobre el individuo no son comparables a las influencias entre personas. No es de la misma naturaleza la influencia que tiene Rallo sobre sus amigos en la calle que la que tiene una determinada empresa para concienciar a potenciales clientes.

Esto es una afirmación del todo gratuita y, por cierto, concilia bastante mal con la teoría del valor-trabajo (si las mercancías se intercambian de acuerdo con el trabajo incorporado, la publicidad poco pinta). Si afirmamos que una mayor publicidad implica una mayor influencia y una mayor captación de clientes, las empresas dejarían de producir y se dedicarían a destinar todos sus recursos a la producción. Si ello no sucede es porque, en efecto, un mayor gasto en publicidad no necesariamente implica una mayor influencia y, en cambio, sí significa un mayor coste para la empresa (que no podrá destinar a abaratar el precio de sus productos o a innovar en el futuro).

Las empresas gastan demasiado en publicidad, se descapitalizan. Sí, has oído bien. Un gasto excesivo en publicidad da lugar a un menor capital y, por tanto, una menor base futura para seguir gastando en publicidad. Lo importante no es gastar en publicidad, sino gastar correctamente y gastar correctamente, en última instancia, significa satisfacer a los consumidores.

Que tú señales que esa satisfacción es artificial o inducida resulta irrelevante. Si yo convenzo a mis amigos para ir a ver una película al cine y les gusta, también estamos ante una satisfacción artificial e inducida; poco sentido tendría decir que si el Estado me hubiera prohibido presionarles, ellos serían más felices. ¿En función de qué parámetro estableces la comparación? ¿Por qué asumes que las necesidades inducidas son malas?

El ser humano no es omnisciente; no puede prever todo cuanto le hace feliz ni mucho menos todos los medios disponibles para alcanzar la felicidad. Precisamente por ello las sugerencias, la información, el mimetismo y la publicidad le permiten alcanzar estadios de felicidad que él mismo nunca habría sido capaz de concebir. En cierto modo, pues, la comunicación publicitaria nos eleva por encima de nuestras limitaciones individuales y nos comunica las ventajas de la cooperación social. Y ello lo puede hacer una gran empresa o tu vecina; la diferencia es que tu vecina sólo podrá comunicártelo a ti y una gran empresa a millones de personas.

Este párrafo es muy ilustrativo del error que comete Pijus: podemos comprobar que los diseños en ropa de las grandes empresas suelen convertirse en moda, mientras que empresas con menos poder económico no tienen esa capacidad, a pesar de que sus productos suelen ser los mismos.

No voy a entrar en si los diseños de unas son mejores que los de otras, porque realmente no es el tema. Lo que el individuo busca al adquirir un producto que está de moda es un cierto reconocimiento social. Si uno compra Niké busca que los demás sepan que está llevando Nike; cuanta más gente conozca qué es Nike, mayor prestigio tendrán sus productos.

Esto es una facultad de la que no disponen las pequeñas empresas. Si yo saco una marca: “Keni” que sólo sus actuales clientes conocen, es obvio que los individuos no podrán alcanzar el reconocimiento social que buscan a través de esta marca. La moda, en definitiva, es una acción coordinada de miles de personas en vestir o comportarse de una misma forma; las empresas pequeñas no disponen de los recursos suficientes para coordinar a esos miles de personas y por tanto no pueden crear modas.

Las modas, en definitiva, no son una imposición, sino una respuesta a ciertas necesidades humanas. Si a la gente no le gustara ir a la moda, simplemente no iría. Pero dado que le gusta, las únicas con capacidad para crearla son las grandes empresas. Mi vecina puede crear una moda entre nosotros, una gran empresa puede crearla entre miles de personas. ¿Cuál es más valorada? ¿Cuál responde realmente a la descripción de moda?

Pijus prosigue con sus errores: ¿Por qué Rallo dice que no es nociva esta última influencia? Pues porque él defiende la ley del más fuerte. Su mensaje es: “privaticemos, y que gane el mejor, que se lo merece”. Para llegar a esa conclusión hay que aceptar que lo que cada uno tiene en el momento de decirlo es lo que le corresponde por sus esfuerzos, y para ello hay que negar la historia y el desarrollo

El más fuerte es aquel que más y mejores necesidades satisface, siempre que el intercambio sea voluntario. Aun cuando los medios de producción estuvieran en manos de ladrones pasados, en ausencia de violencia, sólo serían capaces de retenerlos si continuaran sirviendo las necesidades de los consumidores. Tu ley del más fuerte es la ley de la felicidad de los más débiles.

El delirio aparece al final del post cuando compara la situación de los consumidores satisfechos con la de los esclavos que han asimilado su condición. El problema es que el esclavo, como Pijus dice, morirá en caso de que quiera liberarse; el consumidor no. El coste del consumidor para rechazar las empresas es prácticamente cero, si en verdad no es feliz, sólo tiene que dejar de comprar sus productos. Pero si sigue haciéndolo y sigue derivando satisfacción de ello, ¿quién eres tú para prohibírselo? ¿Quién eres tú para coaccionarle? ¿En función de qué aseguras conocer mejor sus preferencias? ¿Cómo conoces la satisfacción que alcanzaría si se le impusiera tu modo de vida?

El paradigma de la ciencia económica

Pijus ya comienza mal este punto: Mil veces repetido, el paradigma dominante que genera y domina la ciencia económica ortodoxa, y a buena parte de la heterodoxa, es el cartesiano. Tal paradigma tiene como bases la disyunción y la reducción, que conducen inevitablemente a la especialización. Neoliberales y Austriacos han construidos sus teorías partiendo de bases similares, aunque con grandes diferencias.

Este párrafo no demuestra otra cosa que su completa ignorancia de la metodología austriaca, cuyo fundamento no es la reducción de la realidad a modelos, sino su descripción. La escuela austriaca es una escuela realista, lo que le interesa es comprender los procesos necesarios de la realidad, sean complejos o simples. Una reducción es una derivación antirrealista y, por tanto, antiaustriaca.

Pijus parece reconocer este punto, pero lo matiza: Si Rallo acepta este nuevo e indefinido -todavía- método de comprender el mundo, que permite ver lo global a través de la interrelación de las partes, y observar la multidimensionalidad de la realidad social es, en cambio, incapaz de llevar a cabo aquello que defiende. De un lado afirma que existen leyes constantes atemporales y de otro, más preocupante, ignora que la economía debe estudiar la formación de esos procesos sociales que dice analizar, lo que alude a la historia y antropología

Para descubrir las implicaciones necesarias de la acción humana no es necesaria ni la historia ni la antropología. La economía estudia qué ocurre con la acción humana cualquiera que sea el fin que está persiguiendo. Esto significa que resulta irrelevante analizar la formación de fines, porque nos interesa ver qué ocurre sea cual sea el fin.

Es en este sentido en el que puede afirmarse que las leyes son atemporales, ya que la implicación necesaria de la acción lo será en cualquier momento histórico. La ley de la utilidad marginal decreciente no depende del fin ni del estadio evolutivo, es una categoría de la acción. La carestía derivada de una fijación de precios máximos por debajo del de mercado no depende, nuevamente, de cuáles sean los fines, sino de haber bloqueado la acción, cualesquiera que fueran sus fines.

Partir de la historia para llegar a conclusiones teóricas es un gran error. La historia no explica las causalidades entre las acciones, precisamente nuestro objeto de estudio. La historia es un magma inconexo de hechos, donde sólo se aprecian correlaciones entre fenómenos observados y observables.

El problema, por tanto, es triple: a) ¿cómo conoces qué dos acciones están relacionadas por la causa y el efecto? Es decir, ¿cómo distingues correlación de casualidad? Los métodos econométricos no sirven, ya que asumen una constancia de circunstancias que nunca se dan en el campo de la acción, b) ¿Cómo seleccionas todos los hechos que deben servirte para explicar causalmente el fenómeno? Puede que elijas algunos, ¿pero cómo sabes que no hay otros elementos que influyen en la acción pero en los que ni siquiera has pensado? ¿Has de observar y regresar toda la realidad? y c) ¿Qué ocurre cuando los elementos que influyen en la acción simplemente no son observables? ¿Cómo relaciones la acción con el valor en ausencia de una teoría? ¿Dónde se observa el valor o el coste de oportunidad?

Pijus incide más tarde en el punto de las preferencias: Los austriacos, lo hemos dicho con anterioridad, aceptan que las preferencias son complejas y que cada individuo tiene unas que sólo él mismo conoce, y que, además, cambian. Si entendemos que cambian hemos de admitir la influencia del contexto, independientemente de que el resultado lo aceptemos luego como positivo o negativo. Pero, ¿por qué cerrar el grifo a las interrelaciones multidisciplinares cuando no nos interesa?

Se cierra el grifo simplemente porque la economía estudia, como ya he dicho, las implicaciones necesarias de la acción. No pretende analizar cuál será el rumbo de la acción, sino cuál será el rumbo necesario de la acción. Y para que sea necesario debe ser independiente de las contingencias; si tú pretendes conocer que harán los individuos en el futuro, estás en el campo de la empresarialidad: quieres intuir qué ocurrirá. La economía, en cambio, se preocupa por lo que necesariamente ocurrirá y ello es independiente de los fines.

Da igual que te guste leer libros de Marx o irte de fiesta todos los sábados. Habrá carestía siempre que fijes un precio máximo por debajo del que habría alcanzado en el mercado. Da igual si te eres un ahorrador o un despilfarrador, pero cuanto más consumas, menos ahorro disponible tendrás. Da igual si eres un austero trabajador o un consumista desbocado, pero en ausencia de propiedad privada no se puede realizar un cálculo económico racional. No cortamos donde nos interesa, cortamos en el campo económico.

El siguiente párrafo de nuevo demuestra su profunda incomprensión de la Escuela Austriaca: O expresado de otra forma, ¿si las preferencias cambian, y tenemos que tener modelos económicos dinámicos para evitar el estancamiento -diferencia entre teoría y realidad-, por qué no incluir también el modo en que cambian? De hecho, sería más coherente ser neoliberal, donde pones un ceteris paribus y se arregla todo, que austriaco, donde para unas cosas sí pero para otras no.

Los economistas austriacos estudian aquellos que NO cambia aun cuando todo lo demás cambie. Eso es la economía: el estudio de las leyes inmutables de la acción humana. No nos interesa cuál será la acción, sino el marco en el que está acción tiene lugar. Si un individuo está ante dos calles, podrá dirigirse por una o por otra; si le cortamos una de ellas, sólo podrá dirigirse por una. La praxeología nos indica: a) que el individuo puede elegir y actuar, b) que se dirigirá por la calle que ex ante crea más útil para sus fines, c) que si le cortan una calle, sólo podrá dirigirse por la otra.

Eso es así sea cual sea la calle por la que quiera entrar. ¿Vamos entendiendo?

Atemporalidad de las Leyes económicas

Dice Pijus a este respecto: Las leyes económicas de oferta y demanda son leyes básicas derivadas de las matemáticas, y por tanto, viven en mundos irreales atemporales. Sin embargo, otras leyes son absolutamente dependientes del contexto, como las derivadas del funcionamiento del mercado.

No, las leyes de la oferta y la demanda son atemporales porque son leyes derivadas de la acción que pueden reformularse en términos matemáticos. Ahí está tu flagrante error: la oferta y la demanda es objeto de la economía porque son derivaciones necesarias de la acción y, por tanto, atemporales.

Un incremento de la cantidad producida reduce el precio porque esa cantidad se dirige hacia fines menos valorados, esto es, fines submarginales. La ley de la oferta se deriva de la utilidad marginal decreciente: el individuo utiliza los medios en sus fines más valorados; un mayor número de medios significa perseguir fines menos valorados y, por tanto, los medios marginales tendrán una utilidad menor que los medios no marginales.

Un incremento de la utilidad marginal en un determinado producto (incremento de demanda) aumenta el precio porque los consumidores están dispuestos a desprenderse de una mayor cantidad de los restantes bienes para conseguirlo y, por tanto, sólo los consumidores que más ofrecen lo adquieren.

De hecho, ambas leyes están interrelacionadas. Cuando los consumidores ofrecen más del producto A para adquirir B, están incrementando la oferta de A con respecto a B, y como la ley de la oferta concluye, esto reducirá el precio e A en relación con B, lo que significa que el precio de B aumenta.

Todo esto no tiene nada de matemático: es una implicación necesaria de la acción.

Pijus confunde luego las leyes del mercado con las leyes de la acción: El mercado no ha existido siempre (…), sin mercado, ¿cómo van a tener sentido las leyes del mercado?

La ciencia económica no se limita es estudiar las implicaciones necesarias de la acción cuando existe cooperación pacífica (mercado). También analiza qué ocurre con la acción humana cuando no existe mercado (socialismo) o cuando sólo existe en parte (intervencionismo). Si te pasas por la Acción Humana de Mises verás que esas tres partes están claramente delimitadas en su tratado; cuando la acción es obstaculizada total o parcialmente (calle cortada) se derivan una serie de consecuencias necesarias que los praxeólogos también estudian en detalle. ¿Qué es sino el teorema de la imposibilidad del socialismo?

¡Cuan atrevida es la ignorancia!

Explicaciones torpes sobre el ciclo económico

Los chicos de socialdemocracia.org no dejan de sorprenderme. Cuanto más los lee uno, más se da cuenta de qué poco conocen el liberalismo al que no dejan de criticar. El último artículo sobre Galbraith y los ciclos económicos es apasionante.

El autor comienza señalando que los neoliberales engañamos al persona porque les hacemos creer que los mercados son perfectos y que si no lo son es por culpa de las ingerencias del estado o de las instituciones y del proteccionismo de ciertos bienes, servicios y puestos de trabajo. Sin embargo,  esto no se concilia con los episodios de euforia financiera que con cierta periodicidad distorsionan el mercado.

El libro de Galbraith "Breve historia de la euforia financiera" sirve para poner el acento sobre el ciclo económico para el que, por lo visto, los liberales carecen de explicación, ya que el autor sostiene que hay episodios que se repiten con periodicidad y que demuestran que el mercado no es perfecto. Si el ciclo económico refuta los presupuestos del liberalismo será porque el liberalismo no tiene explicación para el ciclo económico, ¿no?

Pero vayamos a la explicación que ofrece Galbraith sobre el ciclo económico y que, supuestamente, se carga el mito de que el intervencionismo no puede mejorar la vida de los individuos: Galbraith alerta de la estupidez de estos episodios, con unas características comunes: la propuesta de inversión con una base poco sólida, donde se apalanca mucho más valor invertido que el valor real o que la posibilidad real de beneficios, una primera fase de crecimiento de las acciones o del objeto de especulación con un contagio eufórico a nuevos inversores que pretenden sumarse a la primera oleada de enriquecimiento y que ayudan a que el precio del objeto de especulación siga subiendo y un final dramátcio cuando inversores se dan cuenta que su inversión está apalancada en algo que tiene un valor real varias veces inferior a las cantidades invertidas, o que las espectativas de beneficios reales son mucho menores y comienza de golpe las ventas que hacen desplomarse los precios del objeto sobre el que se especula en una corriente de pánico. El resultado son miles de personas arruinadas y una recesión economía que dura años. Para Galbraith estos episodios, de los cuales reciéntemente hemos tenido la crisis de las punto com o en España el caso de los sellos del Fórum filatélico, responden a la ausencia de memoria en asuntos financieros, que hacen olvidar rápidamente los desastres anteriores y a la engañosa asociación de dinero e inteligencia y son propios del mercado no simples aberraciones de este.

El problema de esta explicación es que no es una explicación del ciclo económico. El centro del análisis del ciclo económico es el error, y en concreto dos características del error, su generalidad y su recurrencia. En otras palabras, toda explicación del ciclo económico debe estudiar por qué la práctica totalidad de la sociedad se equivoca al mismo tiempo y por qué esos errores generales se suceden a lo largo del tiempo.

Las dos respuestas que da Galbraith a estos interrogantes son realmente risibles.

En cuanto a la generalidad de errores, el autor nos dice que alguien invierte en un proyecto con base poco sólida que "apalanca mucho más valor del que puede obtener", lo cual conduce -extrañamente- a que se incremente en manada la cantidad de inversiones en ese proyecto hasta que al final los inversores se encuentran que han adquirido acciones de una empresa incapaz de obtener la rentabilidad suficiente para financiar los gastos financieros.

La explicación es tan pueril y está tan plagada de errores que me sorprende que alguien pueda siquiera creérsela. El argumento de fondo es que los ciclos económicos se producen porque la gente es tonta, no esperen encontrar un análisis más serio. Pero aun así contiene una serie de razonamientos que merecen un mayor comentario.

Primero, el autor no explica por qué la empresa se equivoca al apalancarse. Si una empresa decide endeudarse es porque ha localizado un proyecto de inversión que justifica ese endeudamiento; obviamente ese juicio empresarial puede ser erróneo, pero lo que deberíamos buscar en una explicación del ciclo es que sea necesariamente erróneo. Segundo, el autor tampoco explica porque ese mayor apalancamiento hace que la gente decida invertir en esa empresa. Si el apalancamiento genera valor añadido, tendrá sentido que la gente compre sus acciones, en caso contrario no. Y si el autor asume que el creciente endeudamiento no genera valor, deberá explicar por qué la gente se equivoca masivamente. Tercero, aun omitiendo estos puntos, el autor no está explicando la generalidad de los errores: si los ciclos económicos comienzan por un apalancamiento excesivo de las empresas y por una masiva adquisición errónea de las acciones de las empresas apalancadas, ¿por qué todas las empresas se apalancan en exceso al mismo tiempo y por qué todos los inversores compran las acciones incorrectas al mismo tiempo?

Cuarto, si las empresas comienzan masivamente a endeudarse, el tipo de interés se incrementará, lo que significa que los endeudamientos poco rentables dejarán de serlo y los que ya no lo eran evidenciarán aun más su escasa rentabilidad. Una empresa muy apalancada con un tipo de interés creciente tendrá unos gastos financieros en aumento, lo que por un lado: a) reducirá el resultado del ejercicio, b) por otro reducirá el valor presente de los rendimientos futuros (dado el mayor tipo de interés); en otras palabras, el valor esperado de las acciones (que no es más que la capitalización de los rendimientos futuros) bajará, lo que a su vez provocará necesariamente una migración por parte de los inversores desde los mercados de acciones a los de bonos.

Desde luego, la empresa y sus capitalistas perderán dinero por haber efectuado unas inversiones erróneas -¿desde cuando equivocarse en el mercado debería significa triunfar?- pero de aquí no se sigue en ningún momento un ciclo económico. Como vemos, los errores de una empresa se circunscriben a esa empresa; y aun en el caso de errores múltiples (cuya causa el autor no explica) sólo tendremos un traslado masivo hacia los bonos. Pero ciclo económico ninguno: quien se equivoca pierde, quien acierta gana.

Por tanto, la primera conclusión es que ni Galbraith ni el autor del artículo explica la causa de la generalidad de los errores. Veamos qué sucede con la recurrencia.

Galbraith afirma que la recurrencia de errores se produce: a) porque los inversores no tienen memoria, b) porque los inversores confunden su capacidad económica con su inteligencia.

Sin embargo, estas dos explicaciones son contradictorias. Si los inversores no tienen memoria y no son inteligencias, significa que su capacidad económica estará continuamente menguando, y si esta mengua  bien no podrán invertir o bien dejarán de asociar una pobre capacidad económica con su inteligencia.

Por tanto, la segunda conclusión es que la explicación de la recurrencia es contradictoria internamente.

¿Significa todo ello que el artículo de Socialdemocracia.org sobre el ciclo económico es desechable? No en su totalidad. Lo cierto es que algunos de los fenómenos descritos son auténticos, lo que falla son las relaciones causales que se establecen.

Es cierto que las empresas se apalancan y que los inversores continúan invirtiendo en las empresas apalancadas, de manera que las empresas se apalancan aun más y los inversores esperan rentabilidad todavía superiores. Esto sería inconcebible en el libre mercado por cuanto ya hemos explicado: un mayor aplancamiento masivo significa un mayor tipo de interés, de modo que los rendimientos futuros se reducen y el mercado de bonos aparece como alternativa a la bolsa.

Sin embargo, dado que el tipo de interés no lo establece el libre mercado, sino que es fruto de la expansión crediticia del Banco Central, si es posible conciliar un mayor apalancamiento con una euforia inversora. Los tipos de interés se reducen, ello estimula el apalancamiento de las empresas, pero dado que el tipo de interés es fijo, no se incrementa, lo cual conduce a que el apalancamiento continúe. Si queremos estimular aun más el ciclo, asistiremos a reducciones sucesivas del tipo de interés, favoreciendo un mayor apalancamiento y reduciendo el atractivo del mercado de bonos. La adquisición de acciones seguirá siendo rentable, ya que no se produce un descuento de los rendimientos futuros ni del valor de las inversiones actuales; de modo que parte del nuevo dinero fiduciario se destinará a comprar acciones.

Lo que tenemos es un cuadro similar al descrito por Galbraith pero coherente: la generalidad de los errores acaece porque todas las empresas confrontan un tipo de interés artificialmente bajo fijado por el Banco Central; la recurrencia tiene lugar por la propia existencia de ese Banco Central y su denodado esfuerzo por controlar el tipo de interés.

Desde luego, a diferencia de lo que considera el autor socialdemócrata, a quien no podemos culpar es al libre mercado y mucho menos a la especulación (que sólo es capaz de ser rentable cuando anticipa correctamente los precios futuros, ¡no cuando yerra de manera sistemática como sostiene el autor!). La causa se encuentra, como ya descubriera Ludwig von Mises en 1912 (un poco antes que Galbraith, que le vamos a hacer) en la expansión crediticia garantizada por los Bancos Centrales. Si el autor quiere aprender algo sobre el tema debería dirigirse hacia su Teoría del Dinero y del Crédito, o en caso que no quiera leerse su tratado tiene a su disposición dos resúmenes sobre el ciclo y la estructura de capital que yo mismo he elaborado: uno y dos.

Los sicofantes estatistas siguen tan desnudos como lo han estado siempre.

22 de Mayo de 2006

Curso de verano: Una visión liberal del futuro de España

Hace dos años asistí a un cursillo de la Universidad Complutense de Verano, dirigido por Rafael Termes. Este año Rafael Termes ya no podrá estar pero igualmente habrá curso y en forma de homenaje hacia él.

El curso de este año se titula: "Una visión liberal de España y del mundo" y tendrá lugar entre el 17 y el 21 de julio. Entre los ponentes hay gente tan interesante como Huerta de Soto o Rodríguez Braun. Aquí podéis ver el programa.

Las preinscripciones con beca son hasta el 31 de mayo, así que todo aquel que quiera asistir tendrá que darse prisa.
Rumbo común hacia la servidumbre

Este lunes he escrito en Libertad Digital sobre la persecución política a la que están sometidos los liberales venezolanos:

El pasado 9 de mayo, la Fiscalía General imputó a cuatro integrantes de la organización liberal Rumbo Propio por delitos de "traición a la patria"; por formar parte de una "opción radical de derecha al gobierno del presidente Hugo Chávez, toda vez que por medio del capitalismo liberal, pretenden confrontar la política socialista que impulsa el gobierno".

No sólo debemos señalar con el dedo acusador al armatoste estatista bolivariano; también en nuestro país la indiferencia totalitaria, la pulsión antiliberal y la querencia socialista dan paso a una connivencia lamentable con la sistemática violación de los derechos individuales que los criminosos autócratas latinoamericanos están llevando a cabo.

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Conferencias en el IJM el próximo viernes 26

El próximo viernes día 26 el Instituto Juan de Mariana ofrecerá dos conferencias; una a cargo del Dr. Jorge Bolaños y la otra por mi cuenta y riesgo.

La primera de ellas lleva por título "Discapacitados y protección social: de la limitación funcional a la dependencia política". Jorge Bolaños nos explicará la problemática asociada a la absorción de las necesidades de los discapacitados por parte del Estado.

La segunda versará sobre "El libre comercio y la paz". Analizaré la recurrente afirmación liberal de que el libre comercio promueve la paz mundial, destacando que hay de cierto y falso en semejante argumento.

Las charlas comenzarán a las 19.30 en el local del Juan de Mariana (Calle del Ángel, 4). Como siempre, se ruega confirmar asistencia.
Prieto reitera su afinidad fascista

Dice José Luis Prieto que: Las contribuciones liberales al fascismo italiano llevó a Mussolini a moderar sus proclamas colectivistas para sustituirlo desde 1920 por el concepto de "productivismo", de contenido genuinamente liberal en materia económica.

Gracias por la sinceridad:

El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, situó hoy el aumento de la productividad de la economía española como primer eje de su política económica. (Aquí)

Se debe cambiar porque nuestra democracia no aguanta más el abuso de poder; porque nuestra economía no puede seguir instalada en un modelo de crecimiento improductivo que abandona la industria y lo fía todo a la especulación inmobiliaria y el ladrillo(...) Esta pérdida de productividad es fruto del desinterés del Gobierno conservador en la formación de capital humano y en la innovación y el desarrollo tecnológico. José Luis Rodriguez Zapatero.

El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, auguró que la reforma laboral firmada ayer en La Moncloa servirá para impulsar más el crecimiento de la economía española que, según dijo, ya da muestras de estar creciendo 'claramente por encima del 3,5%(...)Este impulso al crecimiento vendrá dado por la mejora de la productividad y la competitividad de las empresas derivadas de la reducción de la temporalidad en el empleo, que afecta a uno de cada tres trabajadores, según explicaron todos los firmantes del acuerdo (Aquí)

Miguel Sebastián, advirtió hoy que, con la ampliación de la UE a 25 países, España no puede competir exclusivamente en base a costes laborales, por lo que instó a paliar el déficit existente en materia de I+D+i para ganar en productividad y competitividad (Aquí)

Solbes dijo que para elevar la capacidad de crecimiento, es necesario crear más empleo y aumentar la productividad, además de mantener una situación macroeconómica saneada sobre la base de unas cuentas públicas en equilibrio (Aquí)

Nuestro gran reto -y ya dentro de una perspectiva nacional- es cómo aumentamos la productividad.
continuó el vicepresidente segundo del Gobierno.
(Aquí)

El Gobierno de Rodríguez Zapatero ha colocado como prioridad fundamental en el área de su política económica el crecimiento de la productividad general de nuestra economía en los próximos años. Y ha hecho bien. No sólo a la vista del mediocre desempeño de esa variable a lo largo de los últimos ocho años, sino también considerando un futuro ampliamente globalizado. Carlos Solchaga.

Entonces, como ahora, gracias a tus comentarios tenemos muy claro quiénes sois los fascistas.

21 de Mayo de 2006

Gabriel Calzada en el Senado de EEUU

Unas pocas líneas para anunciar una magnífica noticia. Gabriel Calzada, presidente del Instituto Juan de Mariana, dará mañana un discurso ante una comisión del Senado de EEUU acerca de los perjuicios que el Protoloco de Kioto acarrerará a la economía española.

Esperemos que el empuje y la coherencia de Gabriel haga que los mandamases yankees permanezcan fuera de semejante instrumento liberticida; con una economía en clara decadencia, sobra.

Muchas felicidades a Gabriel por su éxito seguro.

20 de Mayo de 2006

¡Linux es Capitalista!

Nunca creí que me fueran a traducir al español, pero asi ha sido. Muchas gracias a Klaus Meyer:

En el año 2000, Steve Ballmer de Microsoft hizo un comentario cuestionable: se refirió a Linux (y a la comunidad relacionada con el código abierto/software libre) y a su proceso de desarrollo como “comunismo”. Dijo que “Linux es un fuerte competidor. No existe una compañía llamada Linux, apenas hay alguna guía sobre Linux. Aun más, Linux de alguna manera surge orgánicamente de la tierra. Y tiene, ustedes saben, esas características del comunismo que la gente tanto, pero tanto ama. Es decir, es gratis”.

Linux no es socialista. La organización y proceso de desarrollo del software libre no es más que personas actuando libremente para satisfacer sus necesidades intelectuales. La ciencia económica no tiene nada que decir sobre un plan individual en si mismo. Si un plan es el apropiado para alcanzar un fin es algo que solo se conocerá a posteriori; a priori, todos los planes sobre los cuales se base la acción humana son los mejores para el agente. Este enfoque misiano es crucial para comprender la naturaleza de la acción humana. Sirve para difundir la idea de que cada vez que un individuo alcanza la meta propuesta, aumenta su bienestar. En otras palabras, el bienestar humano es la consecuencia de las acciones humanas, y no necesariamente en una magnitud monetaria. El bienestar se relaciona con un aumento en la utilidad, la cual es totalmente subjetiva, y no necesariamente con las ganancias de una compañía.


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Capital y trabajo

La superchería marxista suele divinizar los medios de producción. Desde su estrecha perspectiva, cualquier medio de producción es valioso y productivo. Esto, sin embargo, esconde una enorme ignoracia económica que vamos a desgranar a continuación.

¿Qué es el capital?

La forma originaria de todo capital es un depósito de bienes de consumo (fondo de subsistencia), gracias al cual puedo sobrevivir sin necesidad de producir durante ese tiempo. Por ejemplo, si yo como una manzana al día y tengo cien manzanas, puedo evitarme recoger manzanas durante cien días y dedicarme a plantar pomerales.

Cuando surge el dinero, ese fondo de subsistencia puede ser enajenado en el mercado a un precio monetario, lo cual me permite adquirir los bienes que necesito. Así, por ejemplo, si yo tengo 100 televisores en depósito y sé que los puedo vender a 100 euros cada uno, tengo un capital de 10000 euros. Con ese capital monetario puedo dirigirme al mercado y comprar las manzanas que quiero para comer. De ahí que muchas veces se considere el capital cómo la valoración monetaria del fondo de subsistencia.

¿Qué es la liquidez del capital?

Podemos definir liquidez como la cualidad de un bien por la que no pierde valor cuando se incrementa su cantidad. Sabemos por la ley de la utilidad marginal decreciente, que una unidad adicional de un bien nos proporciona una utilidad menor que el anterior. Pues bien, la liquidez implica que esa disminución de valor es reducida o prácticamente despreciable. El dinero es un bien muy líquido, ya que si por ejemplo quiero comprar dos coches valorados a 10000 euros cada uno, puedo comprarlos por 20000 euros, esto es, no tengo la necesidad de pagar más por el segundo coche.

Quizá a alguien le sorprenda este matiz obvio, pero veámoslo desde otra perspectiva. Si en lugar de 10000 euros un coche valiera 1000 manzanas, es muy posible que al vendedor de coches no le interesa vender el segundo coche también por 1000 manzanas. La razón es que con la transacción él pierde un coche (con lo cual la utilidad del coche que queda se incrementa) y obtiene 1000 manzanas (de modo que la utilidad de 1000 manzanas más sería mucho menor). Si el comprador quisiera seguir pagando con manzanas, probablemente el vendedor de coches le exigiera 2000 o 3000 manzanas para compensar el menor valor que atribuye a cada una.

En otras palabras, cuando aumentamos el número de manzanas en el intercambio, el valor de la manzana marginal se desploma, en cambio cuando intercambiamos con dinero, el valor del euro marginal sigue siendo idéntico al del primer euro.

El capital será líquido cuando podamos desprendernos de él rápidamente sin perder valor. El bien más líquido es el dinero; los créditos a corto plazo también son muy líquidos, ya que suponen la entrada de dinero en un breve período de tiempo. Las mercancías suelen ser bastante líquidas, aunque mucho menos que el dinero o los créditos. Cuando queremos liquidar un almacén (atención al término "liquidar"), los vendedores suelen tener que hacer rebajas para dar salida a todo el stock.

¿Qué es un bien de capital?

En ocasiones el capital puede inmovilizarse en forma de activos muy poco líquidos, es decir, de activos que pierden mucho valor al enajenarse. Los bienes de capital siguen siendo capital porque detrás de ellos se encuentra el fondo de subsistencia. Por ejemplo, si quiero producir una máquina para la que necesito medio año de trabajo, tengo que acumular bienes con los que subsistir durante medio año. En otro caso no podré dedicarme a producir la máquina.

Una vez fabricada la máquina comenzará a producir. En este caso tengo dos opciones: o desinmovilizar el capital o volverlo a inmovilizar. Lo primero lo conseguimos simplemente dejando que la máquina se vaya depreciando al tiempo que consumimos por entero su producción. Lo segundo es un poco más complejo: hemos de aparta un porcentaje de la producción de la máquina para acumular un fondo de subsistencia de 6 meses que me permita volver a construir la máquina una vez se haya depreciado por completo. Ese porcentaje se conoce comúnmente como "cuota de amortización".

El capital, por tanto, no está inmovilizado eternamente, sino que va depreciándose. Esto significa que el capitalista deberá tomar decisiones sobre dónde reinvertir o reinmovilizar el capital.

El valor del bien de capital

El valor de todo bien de capital se obtiene como el el valor presente del flujo futuro de servicios que ese bien de capital prestará. Por ejemplo, si yo sé que una máquina producirá un coche cada año, el valor de esa máquina será la suma de los precios a los que puedo vender cada coche, descontado cada uno por el tipo de interés pertinente. En otras palabras, el valor del bien de capital procede de la capitalización de sus rentas.

Esto significa que las decisiones de inmovilización se complican. Imaginemos que tenemos un capital monetario e invertimos en un bien de capital cuyo coste de fabricación es de 1000 € y su valor presente 2000 €. Sin embargo, una vez inmovilizado el capital el precio de los productos que fabrica la máquina cae a una tercera parte, de modo que el valor presente en términos monetarios del bien de capital es de 667 €. Dado que es poco líquido y no puede utilizarse en las transacciones comerciales, el inversor habrá sufrido un "consumo de capital". Invirtiendo 1000 € al final sólo obtiene 667.

La inmovilización, por consiguiente, implica riesgos importantes. Cuando inmovilizo una gran cantidad de capital para recuperar la inversión en 20 años, tengo que prever los precios de mercado a 20 años vista. La razón es simple de comprender: imaginemos que en 1980 un individuo realiza una tremenda inversión (o inmovilización de capital) para construir un artilugio que le permitiera al cabo de 10 años vender máquinas de escribir 30 euros, lo que le permitiría recuperar la inversión en otros diez años. Es evidente que un proyecto tan ambicioso habría estado abocado al fracaso, ya que la introducción del ordenador impediría que ese inversor cumpliera con sus expectativas de ventas. Su inmovilización de capital, pues, sería ruinosa.

La estructura de capital

Hasta ahora hemos hablado de los bienes de capital como elementos aislados. Sin embargo, los bienes de capital están poderosamente interrelacionados; la producción de unos son los bienes intermedios de otros que, a su vez, fabricarán los bienes intermedios de otros. Si decimos que el valor del bien de capital A depende del valor presente de sus ventas, si esas ventas se realizan a otro empresario que produce con ellas otro bien de capital B, ese segundo empresario estará dispuesto a pagar por esas ventas un precio inferior al del valor presente de su bien de capital B, que a su vez dependerá del valor presente de sus ventas.

Pongamos el ejemplo de una producción simple: un empresario Z se decida a vender un bien de consumo j, fabricado mediante una máquina A. Esa máquina A la fabrica otro empresario Y a través de una máquina B. Por último, la máquina B la fabrica otro empresario X de manera artesanal. El empresario Z valora la máquina A como el valor presente de sus ventas del bien de consumo j. Por tanto, estará dispuesto a comprar máquinas A a un precio inferior a ese valor presente de sus ventas (ese menor valor vendrá generalmente determindo por el tipo de interés). El empresario Y valorará sus máquinas B de acuerdo con el valor presente de sus ventas, esto es, con la demanda que haga el empresario Z de máquinas A, de modo que estará dispuesto a pagar al empresario X un precio inferior al que espera obtener de la venta de máquinas A.

Hemos descrito la valoración de los bienes de capital encadenados en una estructura. Supongamos ahora que el empresario Y realiza una inversión a recuperar en 5 años que le permitirá producir por sí mismo las máquinas B a un coste inferior al de adquirirlas al empresario X, de modo que sus márgenes de beneficio se incrementarán y la operación comenzará a ser rentable a partir del quinto año.

La operación realizada por el empresario Y es rentable de acuerdo con dos parámetros: el precio de las máquinas A y el tipo de interés. Si el precio de las máquinas A se reduce (por ejemplo, porque la demanda del bien j cae), el valor de las máquinas B también caerá y por tanto sería incapaz de recuperar la inversión realizada para producirlas de manera autónoma. Si el tipo de interés aumenta, el valor de las máquinas disminuye, ya que hemos dicho que su valor se establece según el precio descontado al tipo de interés.

Un ejemplo numérico

Podemos ilustrar el caso anterior con el siguiente ejemplo numérico. Voy a redondear las cifras para mayor claridad.

El tipo de interés en el mercado es del 10%. El empresario Z tiene 100 máquinas A. Cada máquina A produce unas ventas de 1000 euros anuales y tienen una vida útil de 10 años. Esto significa que el valor presente de cada máquina rondará los 6000 euros. Para calcular el valor presente de la máquina simplemente hemos descontado el interés a las ventas de cada máquina. Así:

Valor Máquina A=1000/1,1 + 1000/1,1^2 + 1000/1,1^3 +...+ 1000/1,1^10. El valor presente puede obtenerse de una forma más rápida a partir de la fórmula del valor presente de una anualidad que tenéis aquí.

El empresario B vende diez máquinas A cada año, y para producirlas utiliza 5 máquinas B, es decir, cada máquina B produce 2 máquinas A. La vida útil de cada máquina B es de 5 años. El precio de venta de cada máquina A es 5500, que surge de descontar el interés al valor presente de las máquinas (si el empresario Z no obtuviera ese interés se dedicaría a producir otros bienes). Por tanto, el valor presente de cada máquina B es 40000 €.

Por último tenemos el artesano, que vende una máquina B cada año. El precio de venta será, de nuevo, el valor presente de la máquina B descontado por el interés, esto es, 35000 €.

Hemos dicho que el empresario Y realiza una inversión para producir él mismo las máquinas B. Supongamos que el desembolso es de 75000 euros, lo que le permite producir máquinas B a 15000 € cada una. Esto significa que se ahorra cada año 20000 €. Si calculamos el valor presente de 20000 euros anuales durante 5 años veremos que es aproximadamente 75000, lo que significa que en 5 años recupera la inversión.

Sin embargo, imaginemos después de inmovilizar el capital el precio de las máquinas A cae, de modo que los ingresos por ventas de cada máquina A se reducen a 500 al año. En este caso, el valor presente de las máquinas A cae a 3000 y el valor presente de la máquina B cae a 20000. Por ello, los beneficios de la inversión se reducen a 5000 euros anuales, lo cual significa que nunca recuperará el desembolso inicial de 75000, ya que el valor presente de una perpetuidad es 5000/0,1=50000. El empresario Y habrá consumido parte de su capital.

Supongamos ahora que, en lugar de una variación del precio del bien de consumo j, el tipo de interés sube al 15%. En este caso, el Valor preente de las máquinas A cae a 5000 y el de las máquinas B a 33000. El margen de la inversión se reduce a 13000 euros anuales, de modo que la inversión no se recuperará hasta dentro de 15 años (frente a los 5 inicialmente previstos).

Esto significa que la estructura de capital gana peso en sus etapas más cercanas al consumo y lo pierde en las alejadas, donde el valor presente de los activos disminuye enormemente.

Volvamos unos pasos atrás. Hemos dicho que el valor presente de una máquina B (antes de introducir inversiones adicionales y modificar precios y tipos de interés) era de 40000 € y que el artesano la vendía por 35000. Si el precio del bien A caía a la mitad el valor presente de la máquina B pasaba a ser 20000 €, y si el tipo de interés sube al 15% su valor presente pasaba a ser 33000 €. En ambos casos, el artesano tendría que haber reducido su precio de venta.

Supongamos que de los 35000, 30000 € formaban parte del beneficio que obtenía el artesano. En ese caso, le bastaba con reducir el precio a 15000, de modo que su margen caía de 30000 euros anuales a 10000. Esto, sin embargo, tiene el problema de que quizá en una industria distinta estén dispuestos a contratar a ese artesano a cambio de un salario de 15000 € anuales, de manera que la producción de máquinas B se interrumpiría.

También cabe que los márgenes de beneficio del artesano fueran muy estrechos, de manera que 30000 fuera el coste de las materias primas necesarias para producir la máquina B. En este caso, si no consigue reducir el precio que paga por las materias primas (por tener otros usos prioritarios), la producción de máquinas B también llegará a su fin.

Por tanto, una reducción del precio o un aumento del tipo de interés obliga a reducir los plazos de producción de los bienes de consumo, modificando la estructura de capital.

El capital heterogéneo

Los bienes de capital son, como hemos visto, una inmovilización de capital. Su iliquidez procede precisamente de la heterogeneidad. Si los bienes de capital fueran homogéneos serían casi tan líquidos como el dinero: podrían emplearse en cualquier proceso productivo, de modo que podrían trasladarse sin ningún tipo de inconveniente de una empresa a otra. El hecho de que sean heterogéneos significa que que el capital se inmoviliza en bienes de capital que tienen una forma y una función muy concreta: los bienes de capital forman parte de una estructura destinada a obtener cierto tipo de productos. Si esos productos dejan de ser deseados por el mercado o bien existe una mayor urgencia por obtener los bienes, esa estructura de capital se vuelve inservible, como hemos visto en el apartado anterior.

Ciertos bienes de capital deben serán desmantelados y otros serán simplemente abandonados. Fuera de su estructura productiva, esos bienes de capital son prácticamente inútiles, ya que no sirven para producir nada. El valor presente de una producción nula es cero.

Si el propietario de esos medios de producción tiene suerte, los bienes de capital serán parcialmente aprovechables en otra empresa, de modo que sí tendrán un cierto valor presente, que de nuevo, se calculará como actualizando el valor del flujo futuro de productos. Sin embargo, su precio de venta será mucho menor al de ese valor actualizado, ya que es muy posible que el comprador tenga que reconvertirlos parcialmente para reaprovecharlos o, en todo caso, que tenga alternativas productivas más baratas a comprar máquinas y artilugios de segunda mano.

Los salarios

Los bienes de capital necesitan en muchos casos ser accionados para funcionar y, en todo caso, la producción de nuevos bienes de capital sólo es posible a través de la unión del trabajo con las materias primas. El empresario podrá pagar a los trabajadores de acuerdo con los ingresos esperados.

Esos ingresos se dividirán en varias partidas: a) la primera irá a parar a quien le venda las materias primas o productor intermedios para producir, b) la segunda irá destinada a pagar a los trabajadores, c) la tercera irá a parar a las cuotas de amortización para conservar el capital, d) la cuarta será la retribución a los propietarios por su aportación de capital y e) la última tendrá forma de beneficios no repartidos.

Un incremento de los salarios provocará una disminución en cualquier de las otras partidas. Si se reduce la a), es posible que deba dejar de producir, ya que los proveedores se negarán a venderle nada. Si se reduce la c) la empresa terminará descapitalizándose. Si se reduce la d) a costa de la b) (otra cuestión sería reducirla a costa de la e) ), los propietarios del capital migrarán a otras empresas que proporcionen mayor rentabilidad. Si se reduce la e) la empresa estará hipotecando su competitividad futura, ya que no acometerá nuevas inversiones en capital ni emprenderá nuevos proyectos que generen valor.

Los salarios no son más que una partida de los ingresos generados, y en concreto, si omitimos a los proveedores, del valor añadido. La única forma de incrementar los salarios es aumentando ese valor añadido, y eso sólo puede lograrse encontrando partidas de negocio más provechosas para los inputs o incrementando la eficiencia de la empresa para las líneas de negocio presentes (de modo que se reduzcan los costes).

La pretensión marxista pasa por fusionar las partidas b) y d), de modo que los trabajadores obtengan además de sus salarios la retribución del capital.

El papel del trabajador

Después de delinear los fundamentos económicos de la estructura de capital, nos será más sencillo comprender los flagrantes errores en que caen los marxistas. Para el marxismo el trabajador es fuente de valor, ya que sin su trabajo no hay producción. De ahí que reclamen su nacionalización.

Ahora bien, acabamos de ver que la alusión a los "medios de producción" como una masa de capital homogéneo tiene muy poco sentido. La producción no se lleva a cabo por "capital" en general, sino por estructuras de capital muy concretas que van modificándose según las preferencias de los consumidores. El papel de los capitalistas, por tanto, no es pasivo; no se limitan a poseer un capital homogéneo por el cual perciben una renta, sino que, en realidad, construyen la estructura de capital que vuelve valioso al trabajo.

Tengamos presente que los bienes de capital son heterogéneos pero el trabajo, en buena medida, es homogéneo (por supuesto esto es una simplificación, ya que en el caso de los especialistas el trabajo también es muy heterogéneo). Esto significa que un trabajador es fácilmente sustituible por otro, pero un bien de capital no puede ser transformado inmediatamente en otro; de hecho es posible que nunca pueda desinmovilizarse sin pérdidas.

El trabajo es una masa amorfa que los empresarios y los capitalistas guían hacia la creación de valor a través de estructuras de capital adecuadas. Pedir la nacionalización de "los medios de producción" como si el capital fuera una masa inmutable que se regenera automáticamente, carece de todo rigor científico. Los bienes de capital se deprecian y desaparecen, deben ser reinmovilizados para que continúen generando valor. En muchos casos, esa reinmovilización provocará un consumo de capital y la ruina de su propietario; en otros seguirá creando mayor riqueza.

El papel del capitalista y del empresario es mucho más importante que el del trabajador, pues son ellos los que conceden auténtico sentido al trabajo, a la energía bruta; en ausencia de empresarios y capitalistas, tanto trabajo es producir chips de ordenadores como cavar agujeros y volver a llenarlos. La diferencia es el distinto valor que estas actividades tienen para los consumidores.

La plusvalía es del empresario

Esto significa que, en todo caso, el valor añadido (la famosa plusvalía) corresponde al empresario, pues es él quien ha encontrado las oportunidades de beneficio y ha destinado el capital y el trabajo en satisfacerlas. La creación de valor es fruto de su acción; lo importante no es la energía, sino la dirección de la energía.

El salario supone un descuento a ese beneficio empresarial originario. Como el empresario no puede acometer su idea por sí sólo, necesita la asistencia del trabajo, con los que comparte una porción de su beneficio empresarial. Pero fijémonos que ese beneficio es anterior al trabajo, en caso contrario no hay nada que compartir ni hacia qué dirigirse. Por tanto, el salario supone una menor plusvalía para el empresario; conclusión radicalmente distinta a la que alcanzó Marx, para quien un mayor trabajo suponía siempre una mayor plusvalía.

Capitalista y empresario

Para terminar con esta exposición conviene hacer una breve mención a la relación entre capitalistas y empresarios. El empresario es aquella persona que descrubre la oportunidad de ganancia, el capitalista es quien posee capital o bienes de capital adecuados para acometer esa idea. El empresario puede ser, o no, al mismo tiempo capitalista.

Si un empresario es capitalista, al descubrir la ganancia montará su propia empresa y rentabilizará su capital. Si un empresario no tiene capital, buscará a un capitalista que no sea o no quiera ser empresario e invertirá su capital. Pero en todo caso, fijémonos que los capitalistas deben tener un cierto papel empresarial, pues aunque no hayan descubierto la oportunidad de ganancia concreta en el mercado, sí han de saber reconocer qué empresarios les están haciendo las ofertas de inversión adecuadas.

Los capitalistas pasivos están condenados a desaparecer. Por un lado, los empresarios no capitalistas, gracias a sus grandes retribuciones (por ejemplo en forma de stock options) podrán adquirir sus acciones o participaciones. Por otro, los capitalistas activos también tratarán de comprárselos. Y, en definitiva, los capitalistas pasivos encadenarán una serie de malas inversiones que los descapitalizará.

Por tanto, en el capitalismo no es necesario poseer un capital inicial para enriquecerse. Basta con descubrir las oportunidades de ganancia adecuadas para atraer el capital y rentabilizarlo. A partir de ahí, los medios de producción serán adquiridos por quienes mejor sirvan a los consumidores. Hayan sido, o no, trabajadores.

19 de Mayo de 2006

La troika del capitalismo

Hoy publico en el Juan de Mariana un artículo acerca de lo que Antal Fekete denominó la troika del capitalismo. He intentado hacerlo tan divulgativo como he podido.

¿Se ha parado a pensar alguna vez de dónde proviene el progreso económico? ¿Qué misteriosas “fuerzas” hacen avanzar a la sociedad y la enriquecen de manera continuada? Mucha gente se ha rendido ante la evidencia de que el capitalismo eleva el nivel de vida de las masas, pero muy poca comprende cuál es el proceso exacto por el que la riqueza se genera y se difunde entre los miembros de una sociedad.

El capitalista proporciona al empresario el capital que necesita para comenzar el negocio, éste transforma el capital en renta y con esta renta contrata al inventor para que la transforme en riqueza y pague con ello al capitalista. O dicho en otras palabras, el empresario obtiene el capital necesario para comenzar el negocio y mediante los beneficios presentes y futuros financia el gasto en I+D.

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Carta abierta sobre la inmigración por Alex Tabarrok


Alex Tabarrok, profesor de economía de la universidad George Mason y blogger Marginal Revolution, ha escrito una carta abierta a Bush y a los miembros del Congreso sobre la cuestión migratoria. La traduzco a continuación. El propósito de la carta no es tratar con detalle todos los aspectos de este tema sino únicamente expresar el consenso de numerosos economistas en torno a cuestiones fundamentales. Que haya debate, dice Tabarrok, pero que sea un debate informado.

 

La carta viene firmada por economistas de distintas tendencias: Brad DeLong, Greg Mankiw, Vernon Smith o Tyler Cowen entre otros. Referencias e información adicional aquí.

 

Carta abierta sobre la inmigración

 

Estimado Presidente George W. Bush y miembros del Congreso:

 

Gentes de todo el mundo vienen a América atraídas por su promesa de libertad y oportunidades. Esta promesa se ha cumplido para decenas de millones de inmigrantes que han llegado durante el siglo XX.

 

A lo largo de nuestra historia como una nación de inmigrantes, aquellos que ya estaban aquí se han inquietado por la llegada de nuevos inmigrantes. Sin embargo, con el paso del tiempo, los inmigrantes han pasado a formar parte de una América más rica, más rica económica y culturalmente. El actual debate sobre inmigración es una muestra saludable de una sociedad democrática, pero como economistas y científicos sociales nos preocupa que algunas de las cuestiones económicas fundamentales en relación con este tema se vean demasiado a menudo oscurecidas por comentarios desafortunados.

 

En conjunto, la inmigración ha supuesto una ganancia neta para los ciudadanos americanos, aunque se trate de un beneficio modesto en proporción a la magnitud de nuestra economía de 13 trillones de dólares.

 

Los inmigrantes no quitan puestos de trabajo a los americanos. La economía americana puede crear tantos puestos de trabajo como trabajadores haya dispuestos a trabajar, siempre y cuando el mercado laboral permanezca libre, flexible y abierto a todos los trabajadores en igualdad de condiciones.

 

La inmigración de trabajadores poco cualificados en las décadas recientes puede haber reducido los salarios de los trabajadores nacionales poco cualificados, pero el efecto seguramente es pequeño, con estimaciones de reducción de salarios entre el 8 y el 0% para los jóvenes que abandonan la universidad antes de graduarse.

 

Mientras que la inmigración puede haber perjudicado a un porcentaje pequeño de la población nativa americana, muchos más americanos se benefician de la contribución de los inmigrantes a nuestra economía, por ejemplo, de unos bienes de consumo más baratos. Con respecto al comercio de bienes y servicios, las ganancias de la inmigración también exceden los costes.  El efecto de la inmigración de trabajadores poco cualificados es muy probablemente positivo por cuanto muchos inmigrantes incorporan habilidades, capital e iniciativa empresarial a la economía americana.

 

Las legítimas inquietudes en torno al impacto de la inmigración sobre los americanos más pobres no pueden atajarse penalizando a unos inmigrantes que aún son más pobres. En su lugar, debemos promover políticas, como la mejora del sistema educativo, que permitan a los americanos ser más productivos y desarrollar habilidades mejor pagadas.

 

No debemos olvidar que los beneficios para los inmigrantes que vienen a Estados Unidos son inmensos. La inmigración es el mejor programa contra pobreza jamás concebido. El sueño americano es una realidad para muchos inmigrantes, que además de elevar su propio nivel de vida envían billones de dólares a sus familias en sus países de origen – una forma de ayuda externa verdaderamente efectiva.

 

América es un país generoso y abierto y estas cualidades hacen que América sea un faro para el mundo. No debemos permitir que unos temores exagerados atenúen la luz de este faro.


(La introducción inicial a la carta y su traducción se las debemos a Albert Esplugas).

18 de Mayo de 2006

Linux Is Capitalist!

Hoy publican en Lewrockwell.com este artículo del que soy coautor junto con Manuel Lora. Una crítica al manido argumento de que el software libre es una manifestación cibernética del comunismo.

In 2000, Microsoft'''s Steve Ballmer made a questionable remark: he referred to Linux (and the open source/free software community) and its development process as communist. He said that Linux is a tough competitor. There'''s no company called Linux, there'''s barely a Linux road map. Yet Linux sort of springs organically from the earth. And it had, you know, the characteristics of communism that people love so very, very much about it. That is, it'''s free. Ballmer'''s statements show his ignorance of economics and the nature of human action.

Linux is not socialist. The organization and development process of free software is nothing but people acting freely to satisfy their intellectual needs. Economic science has nothing to say regarding any individual plan itself. Whether that plan is accurate for achieving the end is something that will only be revealed ex post; ex ante, all the plans upon which human action is based are the best ones for the agent. This Misesian insight is crucial when understanding the nature of human action. It serves to propel the idea that whenever an individual reaches his proposed goal, he increases his welfare. In other words, human welfare is the result of human actions, and not necessarily a monetary magnitude. Welfare is related to an increase in utility, one which is purely subjective, and not necessarily with the profits of a company.

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16 de Mayo de 2006

Economía, socialismo e información

Pijus Economicus ha tratado de responder al artículo de Esplugas en contra de la economía universitaria. Lo cierto es que el post de Pijus es de traca y prácticamente no hay párrafo donde confunda la realidad con su mundo de fantasía.

Sin embargo, hay un par de párrafos en los que me interesa detenerme porque suponen un grave error que Pijus viene cometiendo desde hace tiempo:

La economía neoclásica da como dadas las preferencias de los consumidores -que no personas-, pero no investiga de dónde provienen, cómo se crean. La voluntad que lleva a la acción, ¿dónde está? ¿de dónde sale? Podemos saber que el individuo X prefiere un polo rosa a una camiseta roja, he ahí su función de preferencias. Pero nadie investiga qué motiva tales preferencias.

Tras lo cual yo me planteo si verdaderamente Esplugas está hablando de la creación de la voluntad, es decir, de las motivaciones que llevan a un ser humano a actuar de una determinada forma. Porque de ser así, nuestro articulista no tendría más remedio que admitir que la influencia masiva, es decir, el condicionamiento social, es una realidad. Porque es obvio que la voluntad surge de las interrelaciones humanas y no de la nada, como sugiere la teoría neoliberal, de modo que los diferentes poderes subjetivos cobran poder práctico.

Vamos con los fallos evidentes y luego con los no tan evidentes.

Primero, contraponer consumidores a personas sólo puede provenir de una clara maledicencia clasista. Se habla de consumidores porque la acción económica que estamos estudiando en ese caso es el “consumo”, no porque la persona desaparezca. Las personas pueden ser consumidores, trabajadores, capitalistas y empresarios. De hecho suele ser la situación más habitual: el trabajador que percibe un salario y destina una parte al consumo (consumidor) y otra a ahorrar e invertir en un fondo de inversión (capitalista) lo es.

A la ciencia económica de poca utilidad le resulta hablar de personas cuando estudiamos acciones: consumo, inversión, trabajo, empresarialidad… Aludir a personas no complementa en nada nuestros teoremas, salvo para cargárselos por entero.

Segundo, ignoro cómo sabe Picus que un individuo prefiere un polo rosa a una camiseta rosa. Lo único que podemos averiguar es que en el momento de adquirir una camiseta roja, el consumidor prefiere realizar esa acción frente a todas las posibles alternativas (no sólo una camiseta rosa). Pero bien puede ser que un individuo no conozca la existencia de esa camiseta roja, o que no haya sopesado en su elección esa alternativa.

Tercero, aun cuando lo supiéramos, eso no nos daría, como afirma Pijus, la función de preferencias del consumidor. Me temo que Pijus peca de neoclásico; las funciones de utilidad asumen la constancia de las preferencias, de modo que al revelarlas éstas no variarán. Pero, como ya he explicado, al adquirir un bien sólo sabemos que, en ese momento, el consumidor prefería ese bien sobre todos los restantes. Esto no significa, ni mucho menos, que ese bien vaya a seguir siendo el preferido.

Cuarto, los liberales no niegan la influencia de la sociedad en el comportamiento humano. Pijus habla de lo que no sabe y se olvida de toda la teoría institucional desarrollada desde su origen por la Escuela Austriaca, donde se explica cómo el individuo interactúa con la sociedad dando lugar a instrumentos que no han sido conscientemente planificados por nadie pero que son útiles a todos quienes los usan. El individuo está influido por esas instituciones; su acción se sirve de esas instituciones. No existe un individuo cubierto por un velo de ignorancia donde la sociedad simplemente no exista. Bien pocos liberales asumen eso.

Quinto, que el individuo se vea influido por el entorno no significa que ello sea nocivo. Ya lo explicó Hayek, una cosa es que mis preferencias se vean influidas desde fuera y otra muy distinta que mis preferencias primitivas fueran superiores a mis nuevas preferencias. Pijus tendría que demostrar, en todo caso, que la gente en realidad no habría querido cambiar de preferencias, porque las originales son mejores que las derivadas. Pero me temo que esto implica un juicio de valor puramente arbitrario sobre las preferencias y la vida ajena; juicio de valor que nadie nos asegura no haya sido, a su vez, influido externamente.

Pero vayamos ahora con los errores no tan evidentes. Pijus afirma que la economía neoclásica está tarada porque simplemente asume que las preferencias están dadas, de manera que no está dispuesta a investigar cómo se han llegado a formar.

Desde luego, la economía neoclásica tiene muchas taras, pero una de ellas no es que no pretenda conocer cómo estas preferencias se han llegado a formar. La ciencia económica estudia la acción, no la motivación de la acción. La formación de los fines individuales es una tarea que corresponde a la psicología, no a la economía.

Esto no significa que el economista no deba interesarse por la psicología o que no debe emplearla en un análisis histórico; lo único que quiere decir es que el economista qua economista no estudia la formación de los fines.

La razón es simple: la validez y el apriorismo de la economía no dependen de la contingencia de los fines. Los teoremas económicos son válidos sean cuales sean los fines de los individuos; todas las implicaciones apodícticas de la acción pueden deducirse a priori.

Desde luego esto no ha gustado a muchos economistas que, ya desde el historicismo y luego el institucionalismo, se afanaron en afirmar que las leyes económicas dependen de la situación histórica, esto es, de la información que prevalezca en un momento determinado y que impela a los hombres a actuar de tal o cual manera.

La Escuela Austriaca también ha acogido a varios “topos” que han tratado de insuflar esta idea, entre ellos gente tan relevante como Friedrich Hayek, Israel Kizner o Ludwig Lachmann. La idea central de esta corriente historicista es trasladar el estudio económico desde la acción (praxeología) a la información. Y si la información es el centro de la economía, la economía se vuelve una ciencia puramente empírica, cuyos teoremas deben revisarse continuamente a la luz de la nueva información social que vaya apareciendo.

La idea es peligrosa porque nos permite dar un nuevo paso: si no existen leyes inmutables del actuar humano, sino que éstas dependen de la información, el ser humano puede moldear las leyes económicas. Acabamos, de este modo, admitiendo que la sociedad puede transformarse por el ser humano, ya que en definitiva las leyes no son tales; dependen de la voluntad social, de la democracia.

Pijus, en cierto modo, trata de aferrarse a esta idea historicista. La sociedad está manipulada; si modificamos y planificamos la información que reciben, si guiamos su comportamiento de un modo centralizado, alcanzaremos mejoras en su bienestar. Ninguna ley se transgrede porque simplemente no existen.

Al fin y al cabo, para esta corriente, no existe ningún problema con el cálculo económico en un régimen socialista, ya que aun cuando no pudiéramos conocer las preferencias de los individuos, sabemos que estas preferencias son artificiales y que pueden y deben modificarse coactivamente.

Claro que la imposibilidad del cálculo económico socialista nunca fue un problema de información (a pesar de que Hayek desviara incorrectamente hacia este campo el debate), sino de acción.

Partamos de que Pijus conoce las necesidades de toda la sociedad. ¿Sabe, sin embargo, cómo producir los bienes o servicios que permitirían satisfacer esas necesidades? ¿Acaso sabe la estructura tecnológica adecuada para fabricarlos? ¿Utilizamos más trabajadores o más máquinas en una línea productiva? ¿En cuánto tiempo amortizamos nuestros bienes de capital? ¿Quitamos un trabajador de la producción de coches y lo destinamos a la mina de carbón? ¿Incrementamos las horas de trabajo o restringimos el consumo para conseguir aumentar el ahorro? ¿Hay que aumentarlo?

En ausencia de propiedad privada no pueden formarse precios de mercado que nos permitan conocer el coste de nuestras operaciones. Bajo un sistema socialista las hambrunas son “racionales” ya que la carestía de alimentos no incrementa el coste de producir otros bienes; simplemente ese coste no existe. Podemos dedicar 20 trabajadores en producir coches cuando tal vez el vigésimo trabajador fuera más útil en la producción de cereales. No existe modo de conocerlo ni de detectar los errores de asignación: cualquier asignación es válida y racional desde un punto de vista económico.

Esto también nos sirve para comprobar hasta qué punto algunos han pervertido el debate sobre el cálculo económico. El problema del socialismo no es que no disponga de la información de los precios para conocer las preferencias de los consumidores. El problema del socialismo es que no existe posibilidad de que esos precios se formen.

Los precios no pueden comunicar información porque son un resultado de la acción y la acción utiliza información. La acción humana no reacciona a los precios, sino que los crea. El empresario no conoce qué necesidades tienen los consumidores cuando observa un precio; ese precio es un dato sin validez alguna al margen de su interpretación (para la cual ya requiere de una información que no le proporciona el precio). De hecho, observar un precio ya es una acción que presupone información.

Cuando un empresario descubre una oportunidad de beneficio adquiere los factores productivos y, de este modo, incrementa sus precios. En otras palabras, el empresario va más allá de la estructura de precios; cuando juzga que ha descubierto una oportunidad de beneficio capaz de de compensar los costes, actúa, sean cuales sean los precios presentes. En cierto modo, la función empresarial calcula a través de los precios futuros que el empresario prevé y de este modo crea los precios como relaciones históricas de intercambio. Si la anticipación de los costes es errónea el empresario desaparecerá, será incapaz de sacar adelante su proyecto. Pero para que entre en funcionamiento estos costes, el ejercicio de la función empresarial debe ser libre.

Por ejemplo, si yo contrato hoy a dos trabajadores a un salario de 1000 euros mensuales para que produzcan un producto A cuyas ventas me proporcionarán 3000 euros mensuales, la operación puede ser perfectamente irrealizable. En apariencia observamos un spread presente de precios, ya que pagamos 2000 euros y obtenemos 3000. (Obviamos el problema del tipo de interés, ya que en caso de que, por ejemplo, tuviéramos un tipo de interés del 51%, el capital destinado a financiar los salarios reportaría unas ganancias de 1002 euros, superiores a los 1000 que se obtienen por la producción del bien).

Podríamos estar tentados a afirmar que el negocio es rentable y que debe salir adelante. ¿Pero qué ocurre si esos dos trabajadores son más necesitados en otra parte? Imaginemos que otro empresario descubre que con esos dos trabajadores puede fabricar un producto B cuyas ventas le reportarán 4000. En ese caso, el coste de fabricar A no son los 2000 euros, sino “no fabricar B”, producto más valorado que A.

La primera empresa sólo quebrará si el segundo empresario contrata a los trabajadores por, pongamos, 1501 mensuales. En ese caso, el primer empresario no podrá pagar un salario mayor y tendrá que abandonar la producción; aun cuando el spread presente de precios transmitía la “información” de que el negocio era rentable. Lo importante ha sido que otro empresario se ha sobrepuesto a ese spread presente gracias a su correcta anticipación de las necesidades de los consumidores y ha modificado la estructura de precios y costes a través de su acción.

Todo esto puede parecer “relativamente” sencillo en el caso de trabajadores y productos. Pero piensen mínimamente qué sucede con el capital y su distribución intertemporal. ¿Qué empresas acaparan el capital y se dedican a producir? ¿Aquellas que se dediquen a fabricar los bienes más necesitados? ¿Y qué ocurre con los bienes intermedios necesario para producir los bienes necesarios? ¿Y qué ocurre con los bienes de capital (como las máquinas) necesarios para producir esos bienes intermedios y los bienes de consumo? ¿Y qué ocurre con los bienes de capital necesarios para producir esos bienes de capital? ¿En qué empresas concentramos el capital y los trabajadores? ¿Qué bienes de capital tienen una utilidad mayor frente a otros bienes de capital? ¿Cómo podemos averiguarlo sin conocer el coste? ¿Y cómo conocer el coste sin la posibilidad de anticiparlo y de acertar y errar al anticiparlo? Es más, ¿cómo conocer que se ha errado o acertado sin la posibilidad de formar esos precios de mercado?

Todas estas operaciones se llevan a cabo diariamente en los mercados de financieros. Las empresas que a juicio de los inversores vayan a crear un mayor valor añadido obtendrán inyecciones de capital bien a través de accionistas o de obligacionistas. Si la empresa no es capaz de crear ese valor añadido anticipado, los accionistas migrarán a otras compañías que les proporcionen una mayor rentabilidad; así mismo, la empresa será incapaz de hacer frente al pago de los intereses derivados de sus bonos.

La absorción de un capital excesivo para el valor añadido que es capaz de generar, le impone gravosos costes a la empresa, hasta el punto de que puede terminar descapitalizándose.

El planificador socialista simplemente no puede efectuar estas operaciones por la ausencia de rentabilidad, esto es, de una diferencia de precios pasados y futuros que le permita hacer frente a las expectativas de los capitalistas.

El problema del socialismo, repito, no es de información, sino de la elección correcta de toda la información de la que dispone el individuo. La cuestión es seleccionar la información adecuada de entre toda la que disponemos, y esta selección debe efectuarse en términos de valor. Un valor que no existe sin propiedad privada y función empresarial.

Volvamos al principio del post; si Pijus conoce las preferencias de toda la sociedad, ¿qué teoremas económicos cambiarán con esta información? Si las preferencias están determinadas por fenómenos externos, ¿en qué cambian las conclusiones de la ciencia económica en lo referente a la estructura productiva, el appraisement empresarial o la imposibilidad del socialismo?

No, la teoría económica estudia las implicaciones necesarias de la acción humana, no las estimaciones probables. Para convertir un fenómeno en teorema económico es necesario probar en términos lógicos-deductivos que no puede ser de otra forma. Cuando de una acción pueden derivarse unas consecuencias u otras, dejamos el reino de la ciencia económica y pasamos al del análisis social o histórico.

Y aquí Pijus inevitablemente cae en todo el arsenal metodológico neoclásico que tanto desprecia. Si a través de su información sobre las preferencias sociales no puede determinar apodícticamente el rumbo de la acción (a menos que asuma que sólo esa información determina la acción, que el individuo no modificará el modo de valorar y juzgar esa información y que no descubrirá a través de su acción una nueva información que le dé pie a cambiar de acción), tiene que utilizar de inmediato valores esperados sobre la acción. Pasamos al análisis probabilístico de la acción, un análisis que nada tiene que ver con la economía y que, precisamente, se inicia por la incapacidad de muchos economistas para perfilar el adecuado objeto de su ciencia.

Pero esto es una pura obscenidad. Abandonamos el conocimiento cierto y atemporal a cambio de un conocimiento incierto y contingente; pasamos de la ciencia a la superchería. Obviamos las leyes praxeológicas para imponer las leyes estatistas e intervencionistas respaldadas por análisis casuísticos acerca de la probable evolución de la sociedad. Postramos la ciencia a la inquisición del emperador.

11 de Mayo de 2006

Fe estatista en 30 apartados y 10 contradicciones (II)

16. La disciplina y la unidad de mandos

Este punto es otra de las letanías que Isidoro repite sin demostrar y sin argumento alguno. En su primera crítica aseguró que no habría disciplina ni unidad de mandos. Yo le respondí que la disciplina es perfectamente posible dentro de una empresa privada integrada y con una cadena de mandos únicos y ahora él admite que la disciplina privada es posible pero que en la guerra no sirve de nada sin unidad de mandos: Sin coordinación ya puedes tener a los más feroces soldados del mundo que el descalabro de una tras otra de tus unidades acabará por arrastrar a lo mejor de tu ejército a su disolución moral y física.

De acuerdo, pero olvidas de que en una empresa de nueva creación que integre o sea propiedad de diversas empresas de seguridad sí tiene una unidad de mandos. Toda empresa de nueva creación lo tiene, y por tanto éste no es el caso a tratar.

Veamos la siguiente opción: dicha coordinación sólo es posible mediante un directorio creado por las empresas que no vendría a ser sino un acuerdo para no competir. En dicho caso tendríamos un estado de facto por lo que a priori podríamos equiparar su capacidad a la del ejército regular. El problema vendría cuando los oficiales de ésta o aquélla graduación fuesen asimilados por el "ejército del trust o confederado" de tal manera en que unos y otros perderían graduaciones y privilegios (¿o acaso sería mantenible un ejército con 4 capitanes por cada soldado o con 100 generales división?) con lo que se abriría la veda para la "vendetta" personal.

Esto es simplemente ridículo. Copio y pego del anterior post ya que este punto ya lo traté e Isidoro lo ha omitido deliberadamente: Si esta empresa integrada ya existía, entonces los cargos ya estaban asignados antes de la declaración de guerra. La posibilidad que yo expliqué no fue que distintas empresas de defensa formaran una supermepresa de defensa, sino que distintas empresas de seguridad formaran una supermepresa de defensa. Por tanto, generales para capturar rateros pocos. Y aunque ese fuera el caso, siempre es posible contratar a nuevos generales que se ocupen específicamente del ámbito militar y no de la seguridad común.

Repito, para que no quepan dudas: si creas una nueva empresa, se genera una unidad de mandos NUEVA e INDEPENDIENTE a la que pudiera existir en las otras empresas. Pero es que, tal y como lo expliqué yo, las otras empresas son de seguridad común, no de defensa, y por tanto no hay mandos militares en ellas.

Pero aunque los hubiera, la afirmación de que habría cuatro capitanes por soldado tampoco tiene mucho sentido. Por ejemplo, si tuviéramos dos empresas de defensa que se integraran y cada una de ellas contara con 4 generales y 1000 soldados, al integrarse tenemos 8 generales y 2000 soldados.

En cualquier caso, repito: estamos hablando de crear empresas nuevas con una jerarquía independiente del de otras empresas. No veo que sea complicado de entender.

Luego imputa a ese conglomerado un cierto retardo en su respuesta: En todo caso es manifiesto cómo ese ejército conglomerado se haría acreedor de serias reformas antes de poder combatir eficientemente, esto es: que hubiese "disciplina, lealtad y obediencia".

Pero vamos a ver, ese conglomerado preexiste a la guerra. Es una creación empresarial para prevenir un ataque y defenderse. Eso es seguridad. No la respuesta improvisada a un ataque ya en curso.


17. Incentivos para pagar: los gorrones

Aquí el argumento de Isidoro vuelve a ser circular, confiado en que la gente no recuerde el rumbo de la discusión. En un primer momento Isidoro afirmó que en una sociedad anarquista el problema del free-rider sería irresoluble. Yo le expliqué dos mecanismos por los cuales el free-rider no existiría o no sería relevante: la capacidad para discriminar entre grandes zonas comunales (como urbanizaciones) y el problema de la restitución en caso de guerra (es decir, un ejército extranjero podría chantajear con bombardear un edificio por no tener contratada una compañía que lo defienda). Isidoro me respondió indignado (sin refutar que ello pudiera funcionar) diciéndome que la manera que tenía la sociedad anarquista de solucionar el problema del free-rider y de proporcionar seguridad era a través del miedo y no de la igualdad ante la ley. Yo le contesté nuevamente diciéndole que la provisión de TODA seguridad, también la estatista, se basa en el miedo. Ahora hace de su capa un sayo y responde:

Y tan evidente. El problema es que cuando las necesidades que se satisfacen tienen por objeto la soberanía... los acuerdos tienden a romperse. "No hay pactos entre leones y hombres", decía Aquiles. En el contexto de una batalla, amén del problema de los gorrones, se acabaría por no hacer distinciones entre personas: fuese suscriptor o no. Por dos razones: 1) Por necesidad (y confusión) militar y 2) Derivada de la segunda: porque acabaría formándose un trust de defensa.

En otras palabras, vuelve a su argumento de partida: los free-riders imposibilitarían la defensa, cuando lo que estábamos discutiendo era la viabilidad de unos mecanismos que permiten solucionar el problema de los free-riders. La defensa privada no es posible por los free-riders, y el miedo no soluciona el problema de los free-riders porque para dar respuesta al miedo es necesaria una defensa que es imposible con free-riders. ¿Creen que esto es una discusión honesta?

Te lo vuelvo a repetir. Si tu casa no tiene contratada una compañía de defensa, cualquier Estado extranjero tu puede subyugar con la simple amenaza de lanzarte desde mil kilómetros de distancia un misil. Sin una compañía de defensa contratada esa amenaza es totalmente creíble, ya que la empresa atacante no se enfrentaría con nadie en caso de agresión. Así mismo, ninguna empresa prestaría ningún servicio de restitución a la gente que no fuera cliente suyo en caso de una guerra. Por tanto, no tener contratada una compañía de defensa incrementaría enormemente los riesgos. El miedo sigue siendo uno de los mecanismos para proveer la defensa.

Eso sí, evita responderme que la defensa no se puede proveer a causa de los free-riders y que el miedo no podría ni debería ser la solución a los free-riders porque ello requiere una defensa imposible con los free-riders. Con presentar una vez argumentos retorcidos ya sobra.

18. ¿A qué empresas elegirían los consumidores?

En este punto Isidoro me recriminó que los consumidores elegirían a las compañías más eficientes, fueran amigas o enemigas. Yo le recordé que el juicio ético de cada individuo no queda eliminado por la atracción de la eficiencia; esto es algo que cualquier individuo que haya estudiado algo de economía austriaca y no esté cegado por el paradigma neoclásico del homo economicus comprende perfectamente. Sin embargo, Isidoro cae en la trampa: Siempre buscará la agencia que más tajantemente resuelva las controversias (esto enmarcado en un presunto mundo ancap) porque simplemente sería estúpido si no lo hiciese, si recurriese a los servicios de una agencia "soft" que dedica años a pleitos en lugar de obtener lo que su cliente "cree" justo.

La realidad no tiene por qué ser dicotómica. Puede ser que la empresa más eficiente sea la más inmoral, pero ello no significa que las restantes empresas morales sean completamente ineficientes. Pero aun en el caso en que fuera así, es decir, que eficiencia se correspondería con inmoralidad, existirían unas enormes oportunidades de beneficios para todas aquellas empresas que fueran a la vez eficientes y morales. Los clientes se trasladarían a ellas y acabarían descapitalizando a las restantes.

Pero es que además dudo de que muy pocos liberales, ante un ataque nazi, se echaran a los brazos de una compañía de seguridad dirigida por Stalin, aun cuando fuera la más eficiente. Más que nada porque podrían esperar que después de Hitler, ellos serían el siguiente objetivo.

19. Resolución de conflictos y escalada de violencia

Isidoro introduce aquí un nuevo argumento; como las compañías se deben a sus clientes, no estarán dispuestas a aceptar una sentencia adversa en el tribunal de arbitraje, por lo que tendrá lugar una escalada de violencia: Se evidencia que esta agencias no vendrían a garantizar ley alguna ya que no existiría tal sino que vendrían a garantizar "las opiniones particulares" de determinados tipos de suscriptores: el cliente siempre tiene la razón. Lo cual asegura una escalada de violencia.

Se trata de un nuevo argumento disparatado. Cada cliente necesariamente contrata con su empresa de acuerdo con unos términos contractuales que contendrían excepciones al deber de protección de la empresa. Así, las empresas podrían negarse a defender a un cliente suyo que matara a otra persona.

Esto es así por un motivo muy sencillo: si yo cliente de la compañía de seguridad A mato a mi vecino, cliente de la compañía de seguridad B, ésta última pretenderá vengar la muerte de su cliente, con lo que yo exigiré protección a mi compañía, de modo que la guerra entre ambas devendría inevitable.

De la misma manera que las pólizas de los coches no cubren los accidentes que genere deliberadamente el conductor, a las compañías no les interesa resolver militarmente todas las controversias que generen sus clientes, ya que ello daría lugar a un moral hazard tremendo que elevaría los costes de una manera exagerada. De ahí que se coloquen excepciones al deber de defensa de la empresa.

Para dilucidar los hechos y los derechos en una situación, las compañías pueden acudir a un tribunal de arbitraje que, a la luz de las circunstancias concurrentes y de los contratos entre las distintas partes (empresa-cliente, cliente-cliente, empresa-empresa) dictamine qué ha ocurrido y cuál es la consecuencia jurídica.

Las compañías podrán o no aceptar la sentencia, pero en la práctica una compañía que siempre se negara a aceptarlas sería equivalente a una agencia agresora (ya que sus clientes podrían hacer cualquier cosa) cuyo análisis es similar al de cómo una sociedad libre se defiende de un Estado extranjero agresor.

Del mismo modo, una empresa que se negara a aceptar una sentencia dictada por un tribunal con enorme prestigio o por un tribunal que tuviera a priori el derecho a resolver en virtud de un convenio entre ambas empresas, sufriría una merma en su credibilidad frente al resto de empresas (ya que habría roto su palabra).

Esto significaría que las restantes empresas impondrían nuevas trabas para que sus clientes se relacionaran con la empresa incumplidora (ya que ésta tiene fama de incrementar los costes en caso de conflicto), de modo que los clientes de ésta última sufrirían un claro perjuicio que llevaría a muchos a cambiar de empresa.

La perspectiva de esta posibilidad supone un freno de entidad al incumplimiento de las sentencias.

Lo cual no significa que no puedan haber conflictos; también hoy un Estado puede declarar una guerra a otro si no está de acuerdo con las acciones de este último. Aunque parece ser que Isidoro no opina lo mismo: Con la fuerza de un ejército armado no veo porqué no habríamos, una vez frente al árbitro, hacer notar la elocuencia de las armas de "nuestros chicos". Satisfaríamos a nuestros clientes, ya que ellos quieren "acción y menos blá blá blá", ¿por qué aceptar el dictamen de un árbitro? ¿Qué nos va a hacer el árbitro si le ignoramos? ¿Por qué no llegar a un acuerdo para repartirse el mercado? En definitiva: ¿Por qué no ser estados?

El árbitro, obviamente, no puede hacer nada. Del mismo modo que un tribunal de arbitraje internacional no puede hacer nada cuando enjuicia a dos Estados. Como hemos visto, sin embargo, sí existen incentivos a limitar el campo del deber de protección para los individuos y a dilucidar los problemas en un rápido y barato arbitraje, y no en una guerra destructiva para ambas compañías.

20. Repartirse el mercado con su propia policía

Isidoro introduce entre el final del anterior párrafo y el comienzo del siguiente una nueva objeción: las empresas podrían pactar repartirse los territorios impidiendo que los clientes cancelen su suscripción: Una empresa con armas puede llegar a la misma conclusión para con sus clientes, y generalmente lo haría en anuencia con otras tantas. ¿Por qué? Porque GENERA SU PROPIA POLICÍA.

El argumento es similar al del trust, pero aquí no asistimos a una fusión de empresas, sino más bien a un reparto territorial. Lo curioso de Isidoro es que niega cualquier posibilidad de que las empresas colaboren para servir al consumidor (recordemos que según él son incapaces de distinguir entre amigos y enemigos o de aceptar el dictamen de un tribunal de arbitraje) y, en cambio, siempre tienen la puerta abierta para hacer el mal.

Veamos, ya de entrada, una empresa no tiene por qué aceptar ningún reparto del mercado. ¿Acaso crees que Google decidirá repartirse con Quaero los mercados estadounidense y europeos respectivamente? No, Google espera barrir a Quaero y ese pacto sólo disminuiría sus beneficios.

Aunque es obvio que las empresas también podrían llegar al acuerdo de repartírselo. Dado que esto es equivalente a un acuerdo colusorio, lo estudiaremos más adelante.

21. Las convicciones morales de los Estados

He de reconocer que el siguiente argumento me ha persuadido enormemente, ya que apela a la indudable buena voluntad de los Estados y los políticos. Isidoro aseguró que en ausencia de árbitro último se degenera en una guerra entre empresas, sin embargo, le respondí, esto no sucede en el ámbito internacional, donde no existe ni Estado mundial ni guerra mundial.

Esto responde: Resulta que los entes soberanos llegan entre sí a un equilibrio sobre la base de su fuerza cuando no de sus convicciones morales. Los países que realmente se podrían hacer daño entre sí ni se piensan el enfrentarse porque nada ganarían: MDA, mutua destrucción asegurada.

Genial, con la salvedad de que esto no tiene por qué ser así y de hecho históricamente no ha sido así. Con lo cual, de nuevo, vuelves a basar la estabilidad del sistema estatista y la inestabilidad del anarquista en tu fe.

Lo cierto es que las empresas, con más razón que los Estados, sí pueden llegar a un equilibrio pacífico de acuerdo con su fuerza. Ya no sólo por las ADM que también sirven para disuadirlos, como ya hemos visto, sino por lo siguiente.

Los Estados, como también dije, trasladan los costes de la guerra a la población; las empresas padecen ellas mismas ese coste. Si quieres limitar la posibilidad de la guerra, has de vincular su coste a su acción. Si lo desvinculas, tenemos un free lunch; los políticos pueden gastar tanto como quieran en una guerra, sin que ello les perjudique demasiado personalmente.

En cambio, las empresas privadas que iniciaran guerras de agresión tendrían que costearlas por sí mismas y, para más inri, si sus clientes las consideraran injustas no estarían dispuestos a costearlas y les retirarían la financiación. Lo cual supondría cerrar chorro de los recursos y, por tanto, la derrota frente al adversario.

Pero además, ¿por qué Isidoro asume que los Estados tienen convicciones morales y las empresas no? Estamos ante un argumento tan pueril, antiliberal y desencaminado, que da pena mencionarlo. Una empresa tiene las mismas razones para ser tan moral como pudiera llegarlo a ser un Estado, y una adicional: que se basa en la voluntariedad con sus clientes. La empresa no impone nada por la fuerza ni pretende manejar todos los aspectos de la vida de los individuos, ya que es una empresa de defensa, no un conglomerado jurídico, sanitario, aduanero y defensivo; no es un organismo paternalista y ultrarregulador. La verdad es que ante tamaños argumentos uno no puede más que sorprenderse.

Veamos qué más añade Isidoro: ¿Se puede sostener eso de dos señores de la guerra? No, la paz actual es fruto de un desarrollo histórico que los ancaps, ya sea idealmente, quieren reiniciar. No cabe duda de que las ideologías influyen, pero estamos en una situación en que un Hitler resulta imposible, así como cualquier forma de imperialismo agresivo en el seno de las sociedades civilizadas y aún sin civilizar (gracias al imperialismo norteamericano tan denostado por algunos). Pero TODO ese equilibrio se esfumaría si volvemos hacia atrás en busca de una "solución" pseudofeudal a la seguridad nacional; surgirían nuevos conquistadores y nuevos estados. Así de triste.

De nuevo estamos ante opiniones totalmente arbitrarias y de tertulia de café por parte de Isidoro. “Pues yo creo que pasaría esto”. “Ah muy bien, ¿y las pruebas?” “Hombre… parece evidente, ¿para qué demostrarlo?”. Sin ningún problema, el iracundo se pone a hacer de Rappel, predice catástrofes que ni los ecologistas, y se queda tan ancho.

La paz no es posible entre empresas porque revertiríamos el proceso de evolución y ello implica necesariamente volver a Hitler. Por la misma razón, podríamos revertirlo un poco más y volver al s. XIX, pero vamos, esta intentona cuasi marxista de dilucidar el curso de la historia no tiene base alguna.

Los anarcocapitalistas no pretenden reiniciar nada, sino modificar lo que está en curso. No pretenden sustituir una ideología que cada vez más juzga las agresiones imperiales intolerables, sino extenderla más y hacerla consecuente. No pretende involucionar, sino cambiar el rumbo de la evolución. No pretenden planificar la sociedad, sino hacer ver a cada individuo que tiene derecho a planificarse su vida.

Las mismas convicciones que según tú hacen hoy imposible el surgimiento de un Hitler, podrían estar presentes en una sociedad anarquista. Cuidado, yo no te digo que vayan a estarlo, porque no puedo predecir el futuro. Pero tú tampoco puedes afirmar que no vayan a estarlo, a menos que lo demuestres.

Yo me limito a afirmar que esas convicciones antiimperialistas pueden estar y que también pueden dejar de estar en la sociedad actual. Por tanto, a falta de alguna demostración en uno u otro sentido, esto es una parida garrafal.

Máxime si tenemos en cuenta que la difusión del anarocapitalismo va ligada a la difusión de la paz y del antiimperialismo.


22. Contradicción 5: Asentamiento no pacífico del trust

Aquí Isidoro pretende cuadrar el círculo. Nos dice que toda integración de empresas da a lugar a un monopolio. Yo le respondo que en ese caso no observo grandes diferencias con el monopolio de la compulsión llamado Estado y, atención atención, he aquí su réplica: A ver Rallo... es muy sencillo, ¿cómo es un estado naciente? ¿Cómo nace un estado? No lo hace pacíficamente y suele surgir en guerras. Las instituciones de coerción más básicas y primigenias imaginables fueron sin duda originadas por un eventual equilibrio entre "unos y otros" tras una lucha caótica.

Pues mira no. Si hay un trust entre empresas es que hay un acuerdo estable entre ellas para seguir dominando un territorio. Si hay guerras entre empresas para adquirir en régimen exclusivo la posición monopolística, entonces no hay un trust. No puedes afirmar al mismo tiempo que se formará un trust monopolístico y que habrá guerras, una de dos.

Por tanto, si se forma un trust entre las empresas, diferencias necesarias con el Estado no tienen por qué existir. En todo caso dependerán, para unos y otros, de las contingencias históricas. Si las empresas no lo forman, entonces lo que tienes simplemente es un sistema competitivo entre empresas de seguridad, donde una de ellas quiera dominar los clientes de las restantes, es decir, algo similar a un Estado agresor.

Otra cosa es que afirmes que una empresa llegue a imponerse sobre las demás y constituya un monopolio territorial. Pero esto no es un trust por integración del que hablábamos, y lo trataré más tarde.

23. Contradicción 6: El pueblo puede controlar pero los clientes no

Isidoro defendió el control de los Estados por parte de la población, a lo que yo le respondí que mucho más controladas están las empresas por sus consumidores.

Replica Isidoro: Los mecanismos de control, tanto institucionales como constitucionales, del estado no se pueden comparar a los controles que el mercado realiza de la oferta, de los empresarios. No se puede por una sencilla razón: toda la lógica del mercado se deriva de la paz como realidad sobreentendida y sin estado dicha paz es imposible.

Esto de nuevo parte del error contractualista fundamental. El Estado está mucho más armado (por ser monopolístico) frente a la población, por tanto el control que la población puede ejercer sobre el Estado partirá de que éste no quiera reprimirla. Los controles constituciones e institucionales debe cumplirlos el ente al que queremos controlar, por tanto estamos ante un nuevo razonamiento circular.

Si el Estado quiere totalizarse, ¿qué árbitro se lo impedirá? ¿El pueblo? Pero si me estás diciendo que los clientes no pueden controlar a sus empresas por tener estas armas. Aclárate; si las armas siempre conceden la razón, entonces el anarcocapitalismo degenera tanto como el minarquismo hacia el totalitarismo (de hecho, en realidad, degenera menos, porque no hay un monopolio de la compulsión). Si, en cambio, el minarquismo puede no totalizarse porque el pueblo se lo impide al Estado, también los clientes de una compañía pueden evitar que se establezca en régimen de monopolio.

Otra vez lo que tenemos es una fe estatista impresionante. Pero razonamientos científicos, poquitos.


24. La inexorabilidad de los juicios

Este punto constituye en realidad una nota al margen en la discusión, pero es interesante tratarlo ya que es un ejemplo de los razonamientos flacos que suele efectuar Isidoro.

En su primer post afirma: Un estado mínimo puede degenerar en estado totalitario, pero el trust de agencias de defensa ES totalitario hasta que alguien lo derribe o se reforme.

A esto yo le repliqué lo siguiente: Isidoro asume a la torera y sin fundamento que ese trust sería un Estado totalitario. Nozick por ejemplo denomina a ese embrión “Estado ultramínimo”, es decir, un Estado aun más reducido que el que mínimo que propone Isidoro. ¿Por qué ese Estado iba a ser totalitario? ¿Simplemente porque puedan obligar a sus clientes a pagar su precio e impidan a otras empresas ejercer la competencia?

Y ahora me contesta Isidoro: Caes en tu propia trampa ya que... ¿por qué no iba a serlo? El trust, una vez nacido, no se hallaría sujeto a ninguna norma de gobierno y podría disponer de su recien adquirido poder a su albedrío: extendiéndose y controlando los ámbitos que estimase oportuno el directorio. ¿Quién se iba a oponer? ¿La desorganizada muchedumbre? El naciente estado, desde luego, sería apoyado por los antaño gorrones, que no serían pocos, en ese caso... ¿quién se opondría a quién? y lo que es mejor: ¿quién se sentiría legitimado para oponerse a quién?

Mira, yo no caigo en ninguna trampa porque no afirmo que ese trust fuera un Estado ultramínimo. Me limité a afirmar que no tenía por qué ser totalitario; eres tú quien lo dijo y quien por tanto tienes que demostrarlo. Aquí no estamos discutiendo para ver qué tiempo cree cada uno que hará dentro de dos años; estamos discutiendo para encontrar elementos estructurales y relaciones causales necesarias. Si tú dices que el trust ES un Estado totalitario, tienes que demostrar que lo va a ser en cualquier circunstancia. En otro caso, has de decir que “podría ser” un Estado totalitario.

Lo gracioso es que te limitas a efectuar afirmaciones sin demostrarlas. El trust (cuya existencia es más que dudosa) está sujeto a sus Estatutos, al igual que un Estado a su Constitución. La muchedumbre no tiene que estar desorganizada (y si tiene que estarlo, demuestra por qué; no te limites a hacer afirmaciones gratuitas), sino que ya podía haber previsto que sus empresas estaban formando un trust. Los gorrones desde luego no van a apoyar la formación del trust, más que nada porque por su propia definición el free-rider es el principal perjudicado del establecimiento del Estado (sin Estado no paga y disfruta de defensa, y con Estado tiene que pagar).

Tus juicios son alegres e infundados. Si haces una predicción apodíctica tienes que demostrar que no puede ser de otro modo y es evidente que aquí sí puede serlo. Aun cuando fuera cierto todo lo que dices, basta para que el trust no fuera totalitario con que sus propietarios tuvieran unos mínimos juicios morales.

No digo yo que vayan a tenerlos ni que no vayan a establecer un Estado totalitario; eres tú el que afirma que NO van a tenerlos en ningún caso y que en cualquier circunstancia se terminará estableciendo un Estado totalitario. Demuéstralo, tu opinión sin prueba alguna, no sirve de nada.

25. Contradicción 7: Cómo un Estado no puede ir contra sí mismo

En esto Isidoro afirmó que uno de los problemas del trust sería el surgimiento de numerosos desaguisados en su seno. Ahora me responde: ¿Dónde escribo yo "normas desaguisadas"? Eso, de entrada. Y de salida decir que ese trust podría coger a un señor que vive en un palacete muy majo y decirle que se fuese a tomar por el culo, que esa casita es ahora propiedad del directorio: ESO sería un desaguisado, ¿o no?

Pues no, yo no sé qué entenderás tú por desaguisado, pero históricamente una fazaña desaguisada era aquella que iba en contra de la costumbre del lugar. Por extensión la RAE afirma que es todo Hecho contra la ley o la razón.

Obviamente, si el trust se establece en monopolio territorial sobre la violencia y el derecho, difícilmente puede realizar acciones (a través de normas internas) que vayan contra su propio derecho. El palacete de un señor se puede ir a tomar por el culo a través de un procedimiento expropiatorio que también existe en los Estados modernos y que no genera desaguisados ya que está efectuado de acuerdo con sus normas positivas internas.

Por tanto, precisamente uno de los problemas que ese trust no tendría es la de incoherencias jurídicas consigo mismo. Si consolida el monopolio de la compulsión, cualquier acción suya queda convalidada; al igual que sucede hoy con cualquier Estado.

Otra cosa distinta es que eso sea horripilante: de ahí que también nos opongamos a los Estados.

26. Diferencias entre un Estatuto y una Constitución

Tu siguiente argumento sigue demostrando un completo desconocimiento de economía. Veamos qué dice Isidoro sobre quién podría aceptar los Estatutos de ese trust: Alguna gente sí (los gorrones "supervivientes", sobre todo) pero casi todos aceptarían por puro miedo; estamos hablando de un trust que no estaría sometido a freno alguno, impondría sus criterios sin mayor problema sobre la base moral del igualitarismo. ¿Quién se opondría?

Los gorrones no pueden estar a favor del trust, porque perjudica su situación precedente. A ver si nos lo metemos en la cabeza; el gorrón, en caso de existir, es la persona que obtiene un servicio gratis porque otros lo están pagando. El Estado o el trust, en cambio, le fuerza a pagar, por consiguiente, no puede estar a favor (a menos que obtenga otros beneficios no relacionados con su condición de gorrón).

Y de nuevo, asumes que el trust se consolidaría gracias al miedo de la gente. ¿Y si no tienen miedo también se consolidará? ¿Por qué el miedo sirve en el caso del trust pero no en el caso del monopolio militar estatal?

Veamos qué dice Isidoro sobre cuál es la diferencia entre Constitución y Estatuto: la misma que hay entre un texto constitucional moderno y un pacto de sangre entre familias medievales (y sus respectivos siervos, que sería lo que serían a esas alturas tus "consumidores"). Es la diferencia entre fuerza bruta y legalidad, para ti inapreciable seguramente, pero para el resto tiene algún valor. Tú verás.

El pacto, en ausencia de un órgano superior y coactivo que lo ejecute, es letra mojada. El texto constitucional moderno simplemente surge de la convicción que tiene la gente de que el Estado debe tener límites y de que esos límites no puede imponerlos unilateralmente; en los pactos de sangre, en cambio, los siervos aceptaban someterse.

Pero ni la Constitución quita el miedo ni el Pacto de Sangre lo da. Al revés, en todo caso cabría afirmar que la Constitución es una consecuencia (que no una causa) de una sociedad con menos miedo y que, a la inversa, el Pacto de Sangre es la consecuencia de una sociedad con miedo.

Sin embargo no explicas cómo ese miedo llega a instaurarse. Desde luego, la explicación no puede residir en la posibilidad que tiene el Estado de usar la fuerza bruta contra la población, ya que en ese caso las Constituciones del XIX nunca habrían sido aprobadas. En realidad, el miedo o su ausencia está mucho más relacionado con la concepción que tenga la gente del Estado y de lo que es legítimo.

Por tanto, el trust impondrá sus Estatutos si la gente cree que puede, debe o conviene que los imponga; en otro caso no. Lo mismo sucede con la Constitución, perdura porque en caso de vulnerarse el pueblo se levantaría contra el Estado.

Hay ocasiones en que un Estado puede dominar temporalmente a una población gracias a su poderío militar. Pero de nuevo esto no está relacionado ni con trusts, ni con Constituciones, ni con Pactos de Sangre. El poderío militar que tiene hoy un Estado es similar al que podría tener un trust; por tanto, o demuestras por qué el trust sí estaría dispuesto a hacerlo valer para dominar a la población y el Estado no (y en ausencia de un árbitro superior sociedad-Estado, no puedes argüir la existencia de una Constitución que sólo puede hacer cumplir el Estado) o dejas de utilizar este argumento que, de nuevo, no tiene nada de científico.

27. El papel de los bancos

Aparte de la oposición popular, expliqué que otro mecanismo por el que el trust tendría difícil consolidarse es el papel de los bancos que, por ejemplo, podrían oponerse a efectuar las transferencias fiscales. Isidoro me respondió que el trust expropiaría todos los bienes y que, por tanto, el papel del banco sería irrelevante. Yo le respondí que no por dos motivos: uno, que la población podría tener importantes activos en el extranjero, y dos que el banco podría embargar los bienes del trust en el extranjero. El segundo argumento ni lo ha considerado, veamos qué dice sobre el primero: Todo el activo físico sería expropiado y creo sinceramente que eso bastaría para unas cuantas vacaciones de verano para toda la horda totalitaria.

Primero, para irte de vacaciones con los activos físicos expropiados tienen que conseguir que alguien te los compre y para ello el banco tiene que aceptar la operación, a menos que se efectúe en metálico (por no hablar de que el banco podría boicotear a quien, con su dinero, comprara propiedades expropiadas). Segundo, no se trata sólo de pagar unas vacaciones, sino de percibir impuestos de manera continua y eso es realmente complicado sin un sistema bancario que no realice los pertinentes ingresos. Habría que regresar a los tiempos de los publicanos, lo cual añade ciertas ineficiencias que podrían no compensar el establecimiento del trust.

Obviamente, si asumes que el trust se convertirá en un Estado comunista el papel de los bancos es irrelevante, al menos como dificultadores de las transacciones. La cuestión es que hasta consolidarse como Estado socialista la empresa tendría serias dificultades de financiación que favorecerían la oposición militar interna o externa.

Por supuesto, los bancos sí tendrían un papel más relevante en el caso de embargar los depósitos de los trust o sus propiedades en el extranjero.

28. Contradicción 8: La necesidad militar que sólo ve Isidoro y de nuevo la imposibilidad del ejército permanente

Isidoro argumentó que el mercado no podría proporcionar un ejército necesario porque nadie le vería utilidad. Esto es una clara contradicción porque precisamente lo útil es lo necesario.

Así se defiende Isidoro: El ejército no es necesario para el mercado, es algo que ya he defendido con anterioridad, pero eso no implica que el ejercito sea, a la postre, no-necesario. Hay ríos de tinta acerca de lo bien que funciona el mercado sin intervención y yo comparto sus conclusiones, pero el mercado sobreentiende la paz: la da por supuesta. Esa paz deviene imposible cuando un agresor nos ataca y por tanto el mercado libre se esfuma.

De nuevo, espantoso y contradictorio. Primero, dices que el ejército no es necesario para el mercado pero que el mercado no puede funcionar sin ejército que lo defienda. Por tanto sí será necesario.

Segundo, afirman que los individuos dan por supuesta la paz. Todos salvo tú, por supuesto. Menos mal que podemos contar con gente como tú al frente del monopolio de la violencia, porque parece ser que eres único capaz de prever una guerra futura y la necesidad actual de un ejército permanente. ¿Por qué la dan por supuesta? Lo que tienes que demostrar son tus premisa; no puedes partir de que las cosas son así porque sí. Los consumidores pueden saber tan bien o mejor que tú que si mañana los ataca alguien, conviene que ya hoy tengan un ejército. Ante eso perfectamente pueden pagar; al fin y al cabo no es un gasto tan inasumible, hoy ya lo están sufragando.

Ahora bien, Isidoro no tiene problemas para afirmar que sí lo es: En el estado no hay cálculo económico por lo que se puede permitir la estravagancia de mantener un ejército sin haber guerra. Los consumidores pueden estar de acuerdo con el ejército y su existencia en guerra, pero no les preguntes lo que estarían dispuestos a sacrificar de sus caprichos diarios o necesidades durante la paz para mantener un ejército.

Sin palabras. Primero, ¿cómo sabes que el resultado del cálculo económico realizado por los distintos agentes sería que no quieren un ejército? Segundo, ¿cómo que los consumidores no saben qué están dispuestos a sacrificar a cambio de gozar de seguridad hoy? Esto es tan banal como afirmar que las empresas no pueden invertir en I+D porque los consumidores no saben a qué están dispuestos a renunciar hoy a cambio de unos medicamentos que ni conocen, ni saben para que sirven, y que en todo caso estarán disponibles dentro de quince años. Extraordinario razonamiento; sólo te falta dar un pasito para legitimar la dirección planificada de la economía, porque ya sabes que hay necesidades que los consumidores no conocen y que sólo la extravagancia del Estado se puede permitir.

29. Contradicción 9: Por qué el trust requiere la colaboración de las empresas

Isidoro sostuvo que las empresas no podrían integrarse en forma de trust porque surgirían rivalidades que conducirían al sabotaje. El problema es que si hay sabotajes y desavenencias no hay trust a través de un acuerdo colusorio. Lo que hay precisamente es la ruptura de ese acuerdo.

Responde Isidoro: El que dentro de un ejército estatista, como sería el del trust referido, existan rivalidades y sabotajes viene a relacionarse con la capacidad combativa de dicho ejército no con su imposibilidad. ¿No comparábamos precisamente la combatividad y efectividad del ejército ancap y el ejército estatal? De nuevo no me contradigo en absoluto.

Pues hombre, o tu argumento es una nadería o es contradictorio. Si lo que quieres decir es que en caso de integrarse A y B, los generales de A estarían celosos de los de B y viceversa, y que ello generaría rivalidades y sabotajes internos, entonces el trust lo tiene tan sencillo como hacer un ajuste de plantilla. Por tanto, rivalidad ninguna; la misma que puede existir en cualquier empresa y que termina saldándose con un despido.

Si, en cambio, quieres afirmar que los mandos serían respaldados por cada empresa en este proceso de rivalidad, lo que tienes es la ruptura del trust. Una empresa luchando contra la otra, se acabó el monopolio.

En definitiva, o no hay problemas, o si los hay, no existe trust. Esto no tiene nada que ver con la combatividad, sino con la viabilidad de una integración empresarial.

30. ¿Quién es el ungido?

Termina Isidoro: en este caso, has hablado como un ungido a los que tanto criticas al pretender subsumir nada menos que la guerra y quiénes la llevan a cabo en la economía; a mi juicio, un error.

El ungido es aquel que cree tener razón y no lo demuestra. Es aquel que cree conocer las preferencias de los demás mejor que ellos mismos. Es aquel que cree sus convicciones necesariamente son ciertas. Es aquel que suelta una frase y cree haber expuesto una compleja demostración. Es aquel que pretende cargarse las inexorables leyes de la economía cuando no le gustan sus conclusiones.

Yo no he sido quien hace afirmaciones gratuitas sin demostración. Yo no he sido quien ha afirmado que el mercado será de un determinado modo, porque crea conocer las preferencias de los consumidores. Yo no he sido quien ha expuesto convicciones como argumentos; he remarcado siempre aquellos casos donde más de un posible resultado es posible, tanto el que me gustaría como el que no. Yo no he sido quien ha emitido frases y omitido demostraciones. Yo no he sido quien pretende repudiar las inevitables conclusiones del análisis económico. Y sobre todo yo no soy quien quiere planificar la vida de los demás.

¿Ungido? Mira a otra parte.

Fe estatista en 30 apartados y 10 contradicciones (I)

Isidoro vuelve a responder. Lo cierto es que el debate es interesante hasta que deja de aportar algo. Los argumentos, por mucho que se retuerzan no adquieren más lógica, aun así lo intentaré una vez más. He reorganizado un poco los puntos ya que la discusión en cada uno de ellos tenía poco que ver con el encabezado.


1- Empresarios, políticos y nazis

Isidoro afirma en este punto que el Estado inglés tenía que enfrentarse con los nazis de modo inexorable. Si no hubiera sido Churchill, dice, Halifax. ¡Gran demostración! ¿Y eso es un argumento teórico? Tú estas afirmando que ningún empresario (ni aunque fueran Churchill o Halifax) se habría enfrentado jamás con los nazis, y en cambio supones que cualquier político inglés lo hubiera hecho. ¿Son acaso bendecidos por una aureola de valentía o acaso estás jugando a una metahistoria bastante poco interesante?

Lo que debemos buscar son los mecanismos estructurales que generan incentivos o impelen a que una acción se realice. En el caso del Estado eres incapaz de hallarlo: si el político que está en el mando no quiere ir a la guerra, no se irá. Punto. En cambio, si los consumidores de una sociedad libre quieren defenderse de los nazis y su empresario no quiere ir a la guerra, cambiarán de empresa. Me parece que los incentivos están del lado anarcocapitalista.

¿Y qué razones esgrime para probar que los empresarios pactarían con los nazis? ¿Hubiese querido lo mismo un inimaginable consorcio de empresarios? Dudo que siquiera llegasen a un acuerdo. Además, ya se sabe que para acabar con la fortaleza más inexpugnable basta un Judas. Ese tipo de cosas la evitan la coacción estatal de modo inigualable.

Me parece genial que dudes, pero tienes que demostrar. Tus intuiciones se quedan en nada si no consigues plasmarlo en una cadena de acontecimientos necesarios para que una acción se realice. Tu fe no sirve aquí.

¿No llegarían a un acuerdo? ¿Por qué? ¿Y por qué tendría que llegar a un acuerdo el Parlamento inglés? ¿Me has visto emplear a mí argumentos tan vacuos? Yo he dicho que el Estado no necesariamente tiene por qué combatir a los nazis. Obviamente tampoco un empresario en concreto, pero el consumidor sí puede cambiar de empresa en ese caso.

Tú, en cambio, esgrimes que los empresarios no podrán llegar a acuerdos. ¿En qué te basas? ¿Es que acaso no están llegando a acuerdos hoy en día? Aquí no estamos hablando de una defensa asamblearia: la empresa de defensa sería una empresa nueva y distinta a las de seguridad, aunque estuviera participada. ¿Qué le impide al Consejo de Administración de esa empresa declarar la guerra a sus enemigos?

Reitero lo que ya te dije, aportas escasos argumentos y ninguna demostración. Tus afirmaciones se basan en convicciones personales que no están respaldas por ningún razonamiento. Dudo que siquiera llegasen a un acuerdo. ¿Qué es esto? ¿Basta tu personal e infundada duda para que te demos la razón?

2. Renegar de la nación

Lo gracioso es que como no defiendo la coacción estatal me acuse de renegar de la nación: Partimos en este caso de bases diferentes, tú obvias la nación y yo la considero algo aceptado y aceptable; es un término acuñado originalmente por liberales como expresión de la igualdad ante la ley: algo que tú, al parecer, desprecias.

Pues no hombre, no has entendido nada. La nación es un concepto aceptado y aceptable, pero no por ello monopolizable por el Estado. Una cosa es la cultura, la historia o el lenguaje y otra muy distinta la defensa. Los medios más eficientes para defender a los individuos no tienen por qué pasar por estructuras políticas petrificadas y nacionales; las asociaciones pueden variar y no tienen por qué comprender toda la nación.

¿Acaso me estás diciendo que si hay modos y estructura más adecuados de defensa tenemos que conformarnos con una defensa “nacional” menos eficiente? ¿Ese es tu paradigma de defensa eficiente?

No, yo ni niego la nación ni desprecio la nación, tan sólo no la equiparo con la violencia. Tu argumento fácilmente puede utilizarse para defender que todos los productos tienen que comprarse dentro de la nación y que no debemos relacionaros con los extranjeros. ¿Por qué no? ¿Por qué no debemos defender las industrias nacionales de las internacionales? ¿Por qué en una guerra no hemos de aprovisionarnos con bienes producidos en el interior de nuestras fronteras? ¿Hemos de aceptar todas esas ineficiencias simplemente porque exista algo llamado nación?


3. La opinión pública vs los consumidores

El siguiente punto de Isidoro es confuso y creo que ni él mismo lo entiende. Yo le defendí que los consumidores reaccionarían en tanto percibieran una amenaza externa. Los empresarios que no quisieran defenderlos quebrarían y los que sí quisieran ir a la guerra prosperarían. Por supuesto el Estado no tiene un mecanismo como éste, ya que la desvinculación tiene que ser grupal (con los inevitables problemas de la acción colectiva) y una pequeña disensión no cambia muchas cosas. En cambio, para una empresa perder el 10% de sus clientes puede ser bastante trágico.

Aun así Isidoro responde: Fue la presión popular la que favoreció el período de pacificación en que literalmente se vendió a los checos y fue la presión popular la que produjo la caída del pactista y cobarde Chamberlain tras el desastre en Noruega en 1940. La influencia de la opinión pública era, pues, notable y no puedes referirte a las acciones del Parlamento británico como si a las decisiones de unos tiranos se tratase: fueron en todo momento muestra de los pulsos y cambios de la opinión de los británicos.

Claro que la democracia (como examiné en el apartado de los contrapesos de poder) limita el poder de los políticos al fijar una corresponsabilidad. Pero tanto más la limita el mercado, con las relaciones cliente-empresario. En ese caso la presión pública ni siquiera habría tenido que ser notable para cambiar las cosas.

Si realmente crees en la influencia de la gente para defenderse, las empresas son el mejor camino, no un Parlamento que sólo responde ante una enorme presión popular o una vez cada cuatro años. Si el Parlamento es ligeramente positivo ello se debe a su lejano parecido con la empresa privada (y en concreto con el contrato de mandato).


4. Contradicción 1: Incapacidad para discriminar

Pasemos a la primera contradicción de Isidoro que sigue negando porque sigue sin entenderla. Iracundo afirmó que la agencia privada no puede diferenciar entre amigos y enemigos y luego concluye que para la agencia “casi todos” son enemigos. La contradicción es evidente: si “casi todos” son enemigos, habrá un “casi nadie” que serán amigos y por tanto sí podrá diferenciar entre amigos y enemigos. Pero aun hay más: aun cuando no pudiera diferenciar entre amigos y enemigos Isidoro ya concluye que todos serán enemigos. ¿Por qué? El mismo razonamiento nos llevaría a afirmar que todos son amigos. Aun así Isidoro dice que: Contradicción sólo la que quieres ver tú. En realidad el que no se puedan delimitar los bandos tiene por consecuencia que existan múltiples, esto es: todos contra todos. Contradicción 0.

Pues no, como te acabo de explicar. Si son “casi todos” enemigos, algún amigo habrá y, por tanto, sí se podrá distinguir. Y aunque fueran todos, sí tendría que elegir en que todos sean amigos o todos enemigos, y por tanto sí puede delimitar. Para que la empresa no pudiera distinguir entre amigos o enemigos, la condición de amigo o enemigo debería ser una variable aleatoria y no el fruto de un juicio empresarial. Que no veas la contradicción es significativo.

Pero además ya te expliqué que las empresas si diferencian entre amigos, colaboradores, elementos neutros y enemigos (pero de esto ni una palabrita). Tú, en cambio, por mucho que remitas a tu post, no explicaste en ningún momento tu simple afirmación de que las empresas no pueden diferenciar.

¿Por qué no? ¿Acaso no hay acuerdos, alianzas, pactos, colaboraciones, redes de confianza, consorcios, empresas comunes, y también enemigos comunes? ¿A qué viene esa paupérrima conclusión de que sólo el Estado puede diferenciar a sus amigos de sus enemigos? No, nada de eso. Lo tuyo es nuevamente fe. Pruebas ninguna.

5. Guerras sangrientas

Vayamos al siguiente punto: Isidoro afirmó que las guerras en una sociedad libre serían más sangrientas que en un Estado. Yo le expuse dos razones por la que esto no sería así (en una sociedad libre los que inician la guerra (empresarios y consumidores) sufren directamente el perjuicio, en el Estado los políticos lo trasladan a los contribuyentes; las guerras entre Estados son guerras totales que implican a toda la población, en una sociedad libre sólo a los clientes de las empresas combatientes), pero Isidoro pasa directamente de los argumentos (ya hemos visto que ese no es su terreno) y se queda con la copla final, esto es, mi pregunta de cierra: ¿cómo se puede afirmar que es de esperar que en tal situación el sinnúmero de crueldades y depredaciones que trae una guerra sea notoriamente mayor?

Claro, como a él le gusta discutir por convicciones, corta el razonamiento a la mitad, no refuta nada y se pone tranquilamente a dar su punto de vista como si estuviera en la tertulia del bar con un café en la mano y un caliqueño en la boca: No sé si sabrás, Rallo, que una ciudad bajo ataque en el que existan no ya dos, sino tres o cuatro facciones en liza tiene tradicionalmente la desgracia de convertirse en lo más parecido a una carnicería. Una guerra entre señores de la guerra con medios contemporáneos sería, en ese sentido: brutal.

Vamos a ver, si tú fuerzas una guerra entre facciones diversas, claro que es muy destructiva. Pero es que las razones que te expuse y de las que has pasado olímpicamente se dirigían a mostrar los incentivos existentes para que esa guerra brutal no comenzara. Por supuesto, si tú creas una situación de laboratorio donde en un territorio muy reducido todos luchen contra todos, esa situación será preferible a que nadie luche contra nadie. Esto es de cajón.

La cuestión es que la perspectiva de una guerra destructiva la vuelve inoperante. Si yo sé que para invadir una ciudad tengo que declarar la guerra a cinco empresas de seguridad e incurrir en una guerra tan brutal, me lo pensaré.

Aun así, sigo sin ver cómo esa guerra sería peor que una guerra entre Estados. Tú estás hablando de un conflicto en una ciudad; siempre que hay una guerra entre Estados hablamos de una guerra total, entre todos los individuos de un Estado y todos los individuos del otro.

Si el Estado atacante mata a 10000 ciudadanos más del Estado atacado, las consecuencias son nulas. Si una empresa atacante mata a 10000 personas de una ciudad, se arriesga a que cinco empresas más le declaren la guerra. Los ataques se vuelven necesariamente más selectivos, a menos que quieras acabar con 60 declaraciones de guerra.

6. Contradicción 2: Necesidades y paz

En este apartado Isidoro hace unas cabriolas realmente sorprendentes. Aquí tratamos cómo las empresas de seguridad pueden integrar parte de sus activos en una nueva empresa de defensa y que, dependiendo de las preferencias de los consumidores, la estructura productiva se enfocará más hacia combatir la pequeña delincuencia o las amenazas pesadas.

Dice Isidoro: Pero resulta que esas "necesidades" no existen sino a partir de una soberanía ya presente. Los servicios de seguridad aparecen en la paz, porque hay un monopolio de la extorsión que corta el proceso natural según el cual seríamos extorsionados por muchos y sin orden ni concierto sólo pudiendo resistir los fuertes; la jungla.

La necesidad de seguridad no surge de la paz, surge de la prospección de ataque, sea en guerra o en paz. Lo que aquí estamos discutiendo es si esa necesidad de seguridad la puede proporcionar una empresa o tiene que ser el monopolio de la extorsión.

En este punto ya, simplemente, abandonas toda discusión y tomas el Estado como punto de partida. Si no hay Estado no hay necesidad, ¿pero qué tontería es ésta? Incluso tú mismo afirmas que el Estado es la respuesta a una necesidad [él mismo lo dice: El estado no nace por malévola intención de una mente perversa sino precisamente "por necesidad], por tanto (nueva contradicción) las necesidades son previas al Estado y no derivadas de él.

Los servicios de seguridad, por tanto, intentan proporcionar seguridad a sus clientes. Afirmar que de aquí se deriva la ley de la jungla carece por completo de sentido, a no ser que defiendas un monopolio de la extorsión mundial que evite la ley de la jungla interestatal.

De la misma manera que Inglaterra no declara la guerra a EEUU, las compañías no tienen por qué pelearse entre sí. Por varios motivos: a) el intercambio puede ser más provechoso que la guerra, b) el resultado de la batalla es incierto, c) existen instituciones sociales que promocionan la paz.

Tú te limitas a afirmar, sin demostrarlo, que la ausencia de Estado es la selva. Pero no aplicas ese mismo análisis a las relaciones entre Estados. ¿Por qué? Porque para ti el Estado es la realización de la paz al concentrar la violencia. Pero esta concentración de la violencia lo que consigue, en realidad, es hacerlo más peligroso frente a los demás.

7. Contradicción 3: Árbitro último y Estado, la falacia del contractualismo

Continúa con el despropósito: Un hombre no puede estar seguro en un mundo donde la extorsión la ejercen múltiples entes arbitrarios (entendiendo arbitrarios en que carecen POR COMPLETO de toda ley y que al tener la FUERZA tenderían a no respetar acuerdos no existiendo árbitro último con poder para hacerlos respetar), por definición.

Ya vuelves a los razonamientos circulares. Que cualquiera pueda coaccionarte genera inseguridad, de ahí que acudas a una empresa para que te proteja y elimine esa inseguridad. Una sociedad anarquista no es una sociedad donde cualquiera tenga derecho a extorsionarte, sino donde tu agencia te defiende de la extorsión.

Tu argumento puede reconducirse a la situación actual: yo no puedo estar seguro porque cualquier Estado del mundo me puede extorsionar. Ah no, que el Estado español me protege, también la empresa.

Isidoro también afirma que no habría ley, como si los contratos o la costumbre no fueran derecho y como si las propias agencias de seguridad no tuvieran que respetarla. ¿Qué por qué? Pues precisamente por los contrapesos de los que ya hemos hablado. Y es que, ¿de qué modo respeta el Estado la ley sino por esos mismos contrapesos? La teoría contractualista a la que pretende adscribirse Isidoro es ridícula: si no hay ley porque no hay árbitro último, tampoco existe árbitro último entre la sociedad y el Estado. El Estado no tiene por qué cumplir la ley ni respetar los derechos de la sociedad. ¿Significa que no existe derecho?

8. La imposibilidad de un ejército privado permanente

Pasemos a otro punto que ya tiene aires risibles. En el post anterior acusé al Estado de dirigir el gasto en defensa de manera arbitraria. Respuesta de Isidoro: la "arbitrariedad" en la adopción de armamento pesado o no de que acusas acertadamente al estado es una bendita arbitrariedad ya que el mercado NO establece NUNCA un ejército/s por sí mismo pues las condiciones del mercado, así como todos los conceptos que intentas erróneamente aplicar a la guerra y la organización militar, dan por supuesta la PAZ.

De nuevo, ¿dónde está la prueba? Esto ya comienza a ser cómico a más no poder. ¿Crees que por poner en mayúsculas las palabras NO y NUNCA tienes más credibilidad? Lo que te pido es que demuestres por qué el mercado no va a tener ejército en tiempo de paz, cuando es evidente que conforma una garantía frente a una posible agresión externa y, por tanto, ya hoy genera seguridad a sus clientes.

Tus afirmaciones son del todo acientíficas y gratuitas. Una vez más, ¿por qué el mercado no establecería ejércitos en tiempo de paz? Yo te he aportado argumentos sobre integración de empresas y estructura productiva, tú los omites y sigues erre que erre sin dar ninguna razón. ¿Qué es esto? ¿La parodia de los debates?

Nuevo ejemplo de afirmación gratuita: Para un mercado que funcione como tal todo gasto en elementos de destrucción es un gasto suntuario salvo para quienes quieren extorsionar.

Que no hombre, tú mismo reconoces que tener un ejército permanente es necesario para estar seguros. Si es necesario no es suntuario. Así de simple; el ejército de las empresas es la garantía de seguridad de los consumidores. ¿Tanto cuesta entenderlo? No puedes calificar como suntuario nada, porque simplemente eso depende del juicio subjetivo de los consumidores.

9. Economía y amenaza de guerra

Eso sí, seguimos con el dogma de fe: ninguna economía puede funcionar correctamente con la constante amenaza de la guerra. De hecho la economía funcionará en tanto se mantenga una ilusión de paz virtualmente perpetua; sólo así se invertirá normalmente.

Lo siento, tus argumentos son nuevamente calamitosos y las incongruencias afloran por doquier.

Primero, la amenaza de guerra no depende de si la seguridad la proporciona una empresa o un Estado; la amenaza es externa al protegido y por tanto nada puede hacer el protector para eliminarla. Otra cosa es que la eficiencia del protector vuelva esa amenaza no creíble; por tanto habrá que estudiar la eficiencia de la provisión de defensa.

Segundo, una economía sí puede funcionar con una amenaza de guerra. En ese caso la estructura productiva pasa de civil a militar; las inversiones se realizan en industrias defensivas.

Tercero, aun así, es evidente que una economía militar es fundamentalmente una economía de consumo (de armamento), de modo que la acumulación de capital disminuye y la economía se empobrece progresivamente. Esto sí es cierto (lo cual no quiere decir que no funcione). Ahora bien, estos efectos tendrán lugar cuando la sociedad traslade buena parte de su gasto hacia el sector militar.

Lo curioso es que tú defiendes que ese traslado sea coactivo -por parte del Estado- de modo que si la economía no puede funcionar por el montante de gasto militar, tampoco podría hacerlo en caso de que el Estado fijara ese gasto.

 
10. De nuevo, la seguridad nacional

 En este punto tratamos uno de los principales errores estatistas: concebir la defensa como un bien “dado” que debe proveerse con unas determinadas características y condiciones porque sí. Los partidarios de la defensa pública niegan cualquier posibilidad de variar la provisión de defensa –aunque esta variación supusiera una mejora en la eficiencia de los atacados.

La nación debe necesariamente defenderse unida, uno tiende a pensar que en sus esquemas la defensa es algo subsidiario, que puede perder calidad y eficacia mientras siga siendo nacional.

Isidoro intenta eludir todos estos problemas basándose en la historia:
Perdón Rallo, es que creía que existían estados nacionales por mero desarrollo histórico y, siento lamentarlo, no tengo noticia de ninguna sociedad anarcocapitalista.

Este será uno de los primeros argumentos que ofrece Isidoro, aunque no por ello es bueno. Aquí se equipara eficiencia con preexistencia. Dado que las naciones proceden del desarrollo histórico, son eficientes. ¿De verdad crees que el sistema totalitario cubano es eficiente por ser fruto del desarrollo de la historia de Cuba? ¿De verdad crees que los Bancos Centrales son eficientes por ser fruto del desarrollo histórico? Tu argumento es puro relativismo historicista; cierra la posibilidad a cualquier discusión teórica y se pliega a la realidad, sea cual sea. Puro oscurantismo científico.

Con este argumento, además, no puedes ni ser minarquista. El desarrollo histórico nos ha abocado al Estado de bienestar; si tú no tienes noticia de ninguna sociedad anarcocapitalista, yo tampoco tengo noticia de ninguna sociedad minarquista.

Lo curioso es que los mejores empresarios son aquellos capaces de innovar y cambiar la realidad que todos creían correcta. El empresario observa errores y oportunidades de ganancia no satisfechas y entonces modifica la realidad.

En la provisión de defensa pasa exactamente igual. Los empresarios pueden descubrir nuevas formas más eficientes para defender a los individuos que un petrificado Estado-nación; las estructuras de ayer no tienen por qué ser las más adecuadas por mero accidente histórico. Y aunque lo fueran ayer no tendrían por qué seguir siéndolo mañana.

El argumento, de nuevo, se reconvierte en fe estatista; asumo y creo que el ayer es bueno y que el mañana, en tanto el ayer lo era, seguirá siéndolo. Pero demostración, ninguna.

11. Reclutamiento nacional

Vayamos al siguiente punto conflictivo de Isidoro: cómo reclutar al personal. En su opinión el Estado-nación lo tiene sencillo y las empresas imposible. Veamos qué piensa respecto a las empresas: ¿Por qué la gente "se llegaría a presentar en un ejército para vengar el ataque a conciudadanos en la otra punta del país? Sin duda dirás, Rallo, que porque son simplemente idiotas o unos totalitarios asquerosos.

El chip de Isidoro sigue todavía metido en una estructura de Estado-nación que ya he criticado. Pero antes que eso quiero hacer notar otra reiteración en los vicios argumentativos de Isidoro. Preguntas ¿Por qué la gente "se llegaría a presentar en un ejército para vengar el ataque a conciudadanos en la otra punta del país? y de esa pregunta retórica deduces que no lo haría. Pues bien, aquí te vuelves a escudar en la fe: si crees que no lo haría debes ser tú quien explique y diga porque NO lo haría. En caso contrario, no habrás probado nada.

Pero vayamos al tema de la defensa nacional. Ya expliqué en el anterior post que los estatistas observan una nación y automáticamente imponen que todos los individuos de esa nación tienen que defenderse de manera común. Es como si yo hubiese ido a hablar con Henry Ford antes de introducir la cadena de montaje y le dijese: “Usted tiene que producir como yo le digo, en caso contrario el Estado tendrá que nacionalizar su industria por ser ineficiente”.

También expliqué que a los individuos los defenderían las empresas y las asociaciones de empresas. Estas empresas, en caso de ser multinacionales, contarían con activos y clientes a lo largo del mundo, de manera que no serían sus conciudadanos nacionales quienes aportarían recursos para defender a un territorio atacado, sino muchos otros individuos internacionales

El hecho de que los andaluces no integren el ejército que tenga vaya a defender a los catalanes de un ataque italiano no implica ningún tipo de fallo; más bien cabe pensar que el fallo estará en imponer que siempre los andaluces, entre otros, deban integrar ese ejército. ¿Acaso la respuesta a los eventos es siempre la misma? ¿Acaso distintos ataques exteriores no requieren diversas variaciones en las tácticas? Una defensa prefabricada es una defensa anquilosada-

Acto seguido Isidoro nos explica por qué la nación sí podría solventar este problema: los nacionales de un país colaborarán en la defensa de sus conciudadanos porque se considera que si a unos hoy les maltrata un agresor mañana el resto serán maltratados; y eso no entiende ni de estribaciones montañosas ni de ríos y valles...

Isidoro intenta fundamentar la colaboración activa de los conciudadanos en la igualdad ante la ley y el miedo a la agresión futura. Desde luego tenemos una dualidad de argumentos interesante: cuando se trata de hablar de colaboración entre individuos y empresas, sacamos a relucir el problema del free-rider, cuando se trata de colaboración entre conciudadanos nos trasladamos a la Arcadia feliz.

Si Isidoro defiende el monopolio de la compulsión para solucionar el problema del free-rider no parece muy sensato decir que los conciudadanos colaborarán por su perspectiva de ser agredidos mañana. Colaborarán por el miedo a que el Estado los encierre o los fusile por insumisos.

La nación-Estado no tiene nada de mágico que impulse a los ciudadanos a colaborar entre ellos en su defensa. Su instrumento de nuevo es la fuerza, todo lo demás son historias aduladoras.

El Estado tiene que seguir reclutando forzosamente a sus hombres si quiere incrementar el número de soldados. Y en este punto, cuando el Estado puede esclavizar a mandar a soldados a la guerra sin ningún tipo de contención, ¿dónde queda el Estado mínimo de Isidoro? Tengamos presente que muchos de esos soldados que envía a morir ni siquiera tendrían por qué situarse bajo la órbita del ataque enemigo. ¿Acaso esto no supone un crimen de Estado? Ya sé que a los estatistas les encantará contar con una capacidad tan portentosa, al fin y al cabo ya han trazado el camino para ganar todas las batallas: pasar del Estado mínimo al totalitario en tiempo de guerra.

Pero, en todo caso, el problema de este planteamiento sigue siendo el tratado antes, ¿por qué la defensa debe organizarse en torno a ese Estado-nación?

Y aquí Isidoro vuelve a malinterpretarme: Podrás negar la utilidad de la nación, pero a día de hoy existe y es una expresión de la soberanía que aparece en toda comunidad una vez se asienta en un lugar.

Yo no niego la utilidad de la nación. La utilidad es un concepto subjetivo y, por tanto, no me pondré a establecer valoraciones y utilidades como un ungido socialista. Lo que sí niego es la necesaria utilidad defensiva de la nación. Sois vosotros los que equiparáis cultura con violencia.

12. Contradicción 4: Las disuasión es buena para los Estados pero no para las empresas

Puedes defender asímismo que las guerras entre feudos son mejores que las guerras entre naciones porque traen menos destrucción, pero no es menos cierto, observando la historia, que el potencial destructor al que llegaron las naciones obtuvo finalmente un logro de la humanidad: la disuasión de la mutua destrucción asegurada, cosa nada garantizada en un mundo de tratos y señores de la guerra donde el conflicto, a la escala que fuese, sería continuado.

De nuevo Isidoro vuelve a contradecirse. Recordemos qué decía Isidoro cuando hablaba de la guerra entre diversas empresas: No sé si sabrás, Rallo, que una ciudad bajo ataque en el que existan no ya dos, sino tres o cuatro facciones en liza tiene tradicionalmente la desgracia de convertirse en lo más parecido a una carnicería. Una guerra entre señores de la guerra con medios contemporáneos sería, en ese sentido: brutal.

La disuasión que sirve para los Estados no sirve para las empresas; éstas practican brutales carnicerías que no disuaden a nadie. Curiosa doble vara de medir.

Pero incluso aunque el único rasgo destructivo de una guerra entre empresas viniera dada por su mayor duración, no se puede sostener que ello la hace menos disuasiva. ¿Acaso la duración activa no incrementa también la brutalidad y los daños de la guerra? ¿Es que una empresa sólo se disuade por el ataque brutal que le puede efectuar mañana pero no por la posibilidad de estar librando una guerra durante cinco años?

Pero además, tampoco es cierto que la duración de las guerras entre empresas sea más duradera. Las empresas comprometen sus recursos, los Estados los ajenos. Es cierto que una empresa puede emprender una guerra duradera si consigue que sus ciudadanos comprometan voluntariamente sus recursos (en caso de flagrante amenaza, por ejemplo), pero desde luego esto evitaría todas las guerras inútiles que los ciudadanos de ambos bandos consideraran no peligrosas. Esto no opera en el caso de los Estados, al depender su financiación de la coacción.

Isidoro intenta blindarse de mala manera en contra de la posible disuasión entre empresas empleando el mismo torpe argumento contractualista de antes: Ah! Y no te apresures a hablarme del equilibrio empresarial que imaginas habría en la pura anarquía diciendo al mismo tiempo que no doy pruebas de lo que afirmo porque este punto ya lo he explicado reiteradamente: no hay árbitro último y las empresas "competirían" en agresividad para "ganarse al cliente", esto es: extorsionarle.

Y dime, ¿cuál es el árbitro último entre el Estado y la sociedad? ¿Quién ejecuta el contrato social, si tanto uno como otro son partes del mismo? ¿Nombramos a un tercer Estado que haga de árbitro? ¿Y quién ejecuta ese nuevo contrato de mandato? De nuevo, Isidoro asume que el Estado actuará como un buen árbitro último porque sí.

Ya vimos que si el Estado cumplía sus funciones mínimamente, ello se debía a la existencia de unos contrapesos que son mucho mayores en el caso de una sociedad. Hablando ahora de disuasión, ¿quién disuade internamente al Estado para que no se totalitarice? Déjame adivinar, ¿una población totalmente desarmada y sin ninguna forma organizada de defensa? ¿No es ese el escenario en el que tú y los estatistas pronosticáis una victoria inexorable de los Estados extranjeros sobre las sociedades anarquistas? Entonces, ¿qué impide que tu Estado mínimo incumpla su Constitución y expolie de la manera más brutal a unos individuos totalmente indefensos habida cuenta de su monopolio de la compulsión? Sólo tu fe lo impide.

13. Los “que pasaban por allí” no son individuos

En el siguiente punto Isidoro cae en nuevas y poderosas contradicciones, algo a lo que ya nos tiene más habituados de lo que me gustaría. Recordemos el proceso: Isidoro afirma que los individuos están totalmente desinformados de lo que sucede a su alrededor; yo le respondí que eso es cierto y que, por tanto, no pueden planificarse la vida de los demás de modo centralizado, sino que cada empresario logra coordinar a los individuos y solucionar ese problema de información típicamente socialista.

Veamos ahora la incongruente réplica de Isidoro: ¿Qué importa al general la concepción que tengan los civiles acerca de la situación militar? ¿Opinas, Rallo, que el papel de un general no marca la diferencia en absoluto? ¿Opinas, Rallo, que al general debe importarle el consejo bélico de uno "que pasaba por allí"?

Vamos a ver, si te digo que los individuos tienen un problema fundamental de información, ¿cómo voy a opinar que deba seguirse el consejo bélico de uno “que pasaba por allí” que a la postre no es más que un individuo desinformado?

Tu problema es que no lees o que lees y no citas. Ya te expliqué que lo que yo creía que debía suceder para alcanzar una coordinación adecuada y una defensa eficiente es una competencia empresarial entre métodos de defensa alternativos que muevan a los consumidores hacia aquellas compañías que mejor satisfagan sus necesidades de defensa.

Y esta defensa las compañías la consiguen a través de militares, especialistas, estrategas y generales. La diferencia es que no imponen a toda la sociedad un cuadro de mandos que bien podría ser torpe, ineficiente o que no se ajustara a la provisión de seguridad.

14. Dictadura militar

Aquí le recordé a Isidoro que sus argumentos nos llevaban al totalitarismo: si debíamos rechazar el anarcocapitalismo por ser menos eficiente en defensa que el minarquismo, también deberíamos rechazar el minarquismo por ser menos eficiente en defensa que el totalitarismo.

Isidoro parece no ver las implicaciones de su frase: ¿Dónde? Me limito a afirmar que en muchos aspectos los gobiernos que dirigen una guerra se convierten en una dictadura por seguridad nacional.

Así pues, estamos abocados a la dictadura en tiempos de guerra. Ya sé que no defiendes una dictadura permanente, ya que hasta el momento tu ingenuo modelo es el minarquismo. Sólo digo que tus argumentos nos abocan hacia el totalitarismo.

Podrás responder que una vez finalizada la guerra, el Estado volverá a ser mínimo. Bien, esto es pura fe. No tiene por qué ser así; del mismo modo cabría decirle que las compañías privadas también pueden formar un trust defensivo y coactivo en tiempo de guerra y que luego volverán a estar separadas. Esto no tiene por qué ser así, claro, de ahí que ni siquiera lo plantee seriamente.

En cambio, Isidoro sí fundamenta su defensa del Estado mínimo en la posibilidad de que el Estado degenere en dictadura y luego vuelva a su situación mínima. ¿Es esto serio y creíble? No niego que pueda suceder, pero no tiene por qué suceder y, de hecho, no es la situación para la que existen más incentivos.

Toda crisis es aprovechada por Leviatán para medrar. La Primera Guerra Mundial se saldó con la Progressive Era y la Segunda Guerra Mundial con el New Deal. En muy pocas de las regulaciones e intervenciones que establecieron se ha vuelto atrás, y en todos aquellos casos que así ha sido, normalmente lo fue por una sustitución de regulaciones.

Isidoro simplemente tiene que asumir que los políticos serán buenos y respetuosos con su ciudadanía, que no querrán acaparar más poder y que adelgazarán el Estado en cuanto puedan. Pero esto no es real; puede haber políticos así, pero puede también no haberos. Su concepción del Estado es totalmente inmaculada; no puede pecar. En cambio, las compañías privadas son malvadas y no responden ante la presión de sus clientes. ¿Qué simplismo es éste?

15. Otra vez la imposibilidad del ejército permanente

Después de esto regresa a sus invectivas contra un sistema anarquista que no parece comprender: El "sistema" ancap sería impotente frente a una amenaza procedente de semejante estado [totalitario]; no así el estado limitado o incluso mínimo ya que tendría un ejército ya en tiempos de paz al que podrían sumarse luego los efectivos reclutados para la guerra con el efecto de que se opondría una resistencia coherente en todo momento.

Vamos a ver, las compañías privadas también pueden tener un ejército en tiempo de paz y previsiblemente lo tendrían. Desde luego nadie puede afirmar o negar que los consumidores estarían dispuestos a pagar por él, ya que desconocemos su utilidad (aunque Isidoro parece que sí; lástima que no hubiera nacido cuando los planificadores socialistas de la URSS eran incapaces de saber qué querían los consumidores), pero si hoy la gente YA está pagando un ejército permanente en tiempos de paz y no se levanta indignada contra el Estado, será porque no les importa demasiado, ¿no?

De nuevo, los argumentos en contra de que un sistema anarquista pueda tener ejército permanente se basan en la fe y en la arrogancia de creer saber qué desearán los consumidores. Pero prueba ninguna.

10 de Mayo de 2006

Sorpresa, la ciencia económica existe

Escolar anda muy enfadado porque ZP lo trata como un imbécil. ¿Razón? El art. 25 de la Ley de Propiedad Intelectual establece que el impuesto por la copia privada deben pagarlo los fabricantes y, sin embargo, lo están pagando los consumidores.

Por una vez que ZP es sincero, Escolar se siente engañado: Los deudores de esta compensación son los fabricantes e importadores de los equipos, aparatos y materiales idóneos para la reproducción, lo que no obsta que luego repercutan ese “canon” en los sucesivos intermediarios que intervengan en su distribución de modo que se refleje en el precio final de venta al público, como un coste más de producción. Por tanto no son los ciudadanos, las administraciones públicas o las bibliotecas quienes son deudores de esta compensación sino los sujetos anteriormente descritos

 ¡Cuánto les gusta a los estatistas que les mientan! La verdad es que no sé de dónde viene la sorpresa de Escolar, ¿acaso acaba de descubrir que no puedes cambiar las leyes económicas a través del BOE?

Si metes un impuesto sobre la producción estás incrementando sus costes. De ahí se pueden derivar dos consecuencias: o bien que reduzcas la producción o bien que incrementes los precios.

Lo primero sucederá cuando tus clientes no estén dispuestos a pagar más por tus productos. Si tienes más costes y los mismos ingresos, tu rentabilidad se reduce. En este caso o bien reduces plantilla o bien asumes una merma en los beneficios. Si reduces plantilla producirás menos bienes; si asumes una pérdida en los beneficios, tu rentabilidad caerá (y con ella la remuneración al capital), por lo que parte del capital invertido migrará hacia otras industrias comparativamente más rentables. En cambos casos producirás menos, con lo que los precios subirán. Ya tenemos una vía por la que, finalmente, los consumidores terminan pagando parte del canon.

El incremento de precios tendrá lugar cuando los clientes de los fabricantes estén dispuestos a pagar más por la misma cantidad que antes y, por tanto, prefieran dejar de consumir otros productos (los que sea) a CDs. En este caso, el impuesto también termina repercutiéndose en buena medida, tanto a los consumidores como a los vendedores de otros productos distintos de los CDs.

Por consiguiente, nadie debe sorprenderse de que la "incidencia legal" no coincida con la "incidencia económica". Las leyes de la economía no se doblegan ante el poder político; su vulneración sólo provoca consecuencias distintas a las inicialmente previstas. No se trata sólo de los impuestos, sino de cualquier política intervencionista. En economía más importante que lo que se ve o lo que se quiere que se vea, es lo que no se ve.

Por ejemplo, imaginemos que el gobierno se decide finalmente a prohibir que los fabricantes repercutan el impuesto. En ese caso, el proceso que tendrá lugar será similar al descrito cuando los productores eran incapaces de repercutir por sí mismos, pero con el agravamente de que la fuga de capitales será incluso superior (un nuevo empresario siempre puede creer que será capaz de repercutir los precios, salvo cuando el gobierno se lo prohíbe). La consecuencia, en cualquier caso, sería que los consumidores tendrían que soportar unos CDs más caros de lo que lo habrían sido en otro caso.

Está muy bien que a Escolar le moleste este impuesto y que crea que los políticos no tratan por imbéciles por el hecho de que la ley no se cumpla. También él querría tratarnos como imbéciles cuando propone introducir un euro electrónico público sin que tenga ninguna consecuencia perjudicial para la sociedad.

Es lo que tiene desconocer la ciencia económica y querer manejar la vida de los demás. A veces el gobierno es sincero y te sientes imbécil; por algo los llamaban tontos útiles.
Defensa, pero no nacional

Isidoro continúa con sus críticas desencaminadas. Pero al menos ha surgido en el post un cierto orden espontáneo que facilitará la respuesta. Voy a ello.

1- Empresario vs político.

Este capítulo lo inauguró Isidoro afirmando que los empresarios habrían llegado a acuerdos con los nazis, ya que interponen sus intereses crematísticos a sus ideales. No incidí demasiado en la crítica, pero sí deberíamos recordar algo evidente. Si los empresarios anteponen sus interese crematísticos a sus ideales, también los políticos; hay una cosa que se llama corrupción de la que Isidoro parece haberse olvidado y que es bastante frecuente en las estancias políticas (más que nada porque una empresa corrupta quiebra y un Estado corrupto medra). Tanto empresarios como políticos pueden anteponer sus ideales a la obtención de dinero (¿qué son los mecenas acaso?), no asumamos un paradigma ingenuo como el homo economicus para unos, y un paradigma omnisapiencial para otros.

Pero bueno, dejando de lado este detalle sin importancia, vuelvo a lo de antes. Habiendo empezado Isidoro diciéndome que los empresarios llegarían inevitablemente a acuerdos con los nazis, tras mi respuesta, su réplica no deja de sorprenderme: Los mecanismos empresariales de control de la dirección por parte de los propietarios son unos raros invitados en esta discusión y personalmente me parecen un tanto fuera de lugar.

Bien, entonces si no le interesan esos mecanismos que obstaculizan que los empresarios lleguen a acuerdos con los enemigos de la libertad, ¿qué le interesa a Isidoro? Pues que simplemente le demos la razón en afirmaciones poco fundamentadas. Los políticos pactan con los nazis porque sí. ¿Y si hay mecanismos de control? Eso está fuera de la discusión. Fantástico. Ahora bien, crítica a esos mecanismos fuera de lugar, ninguna.

De nuevo Isidoro vuelve a citar la historia sin demasiado acierto. Asegura que muchos políticos ingleses querían llegar a acuerdos con los nazis (¿ves? Los políticos también son malos) y que fue gracias al idealismo de Churchill gracias a quien comenzamos una guerra contra el nazismo.

De acuerdo, pero ¿qué tiene esto que ver con la crítica al anarcocapitalismo? Me explico. Que fuera Churchill quien emprendiera la guerra contra el nazismo no demuestra que los empresarios no lo hubieran hecho; simplemente constata la contingencia de que fue Churchill quien lo hizo. Básicamente porque era a quien le correspondía hacerlo merced al monopolio de la compulsión y a la inexistencia de agencias privadas de seguridad.

Si acaso, no obstante, lo que viene a demostrar el ejemplo de Isidoro es la total inseguridad e incertidumbre que genera el Estado. Me vuelvo a explicar. Inglaterra combatió a los nazis porque Churchill subió al poder, ¿y si no lo hubiera hecho? Entonces probablemente Inglaterra, como Isidoro afirma, habría pactado con los nazis. En realidad, pues, no había ningún mecanismo en el Estado que garantizara la lucha contra el totalitarismo; tan sólo la casualidad de que alguien con ganas de combatir al nazismo se colocó al frente del monopolio.

En cambio, en un sistema de empresas competitivas, si la gente quiere defender su libertad (y éste es precisamente el rasgo característico de una sociedad anarcocapitalista) y, por el contrario, las empresas que tienen contratadas se mueren por llegar a acuerdos con los nazis, los consumidores lo tienen tan fácil como cambiar de compañía.

En otras palabras, el Estado provoca o un acierto o un error global (generalmente esto último), el capitalismo permite una competencia entre las distintas ideas y proyectos que, a través de la prueba y error, descartarán las peores soluciones. Si no te gusta la decisión errónea que toma el monopolio de compulsión, puedes contratar otra compañía.

Pero esto no significa que los consumidores vayan a inhibirse de la defensa de su libertad. Más bien al contrario, en tanto la vean amenazada podrán articular los mecanismos de defensa más eficientes. Y esto es un mecanismo de control de los empresarios que no existe e el caso de los políticos, por mucho que a Isidoro le pese.

No es cierto como afirma el irascible iracundo que: La naturaleza coactiva del estado lo hace ideal para eliminar tanto a los gorrones (a quiénes se convierte en criminales), que hacen difícil la defensa ya sea por su derrotismo, deserción o subversión, como a quiénes actúen deliberadamente a favor del enemigo y en contra de la nación.

Esto es una afirmación muy poco sólida. ¿Qué pasa con el fraude fiscal? ¿Has oído hablar de la deslocalización? Lo digo porque los gorrones pueden defraudar o bien pueden marcharse a otro país (ya sea esperando el fin de la guerra financiada por los súbditos o bien para asentarse de manera definitiva). Siguen existiendo medios para gorronear y la gente lo continúa haciendo, por una razón bastante sencilla: el Estado sí desvincula la prestación del servicio del pago por el mismo.

Un impuesto se define como una carga coactiva estatal sin contraprestación específica. ¿Puede existir un incentivo mayor a defraudar y gorronear cuando pagas sin saber por lo que pagas? Es más, si consigues no pagar o pagar menos (elusión fiscal) los servicios recibidos son exactamente los mismos. Una ganga redistributiva.

Obviamente en el caso de una empresa privada esto es mucho más difícil que ocurra, ya que exiges un precio cierto a cambio de un servicio específico, no te diriges a atacar sus fuentes de renta y de consumo.

El problema, según Isidoro, surge con aquella gente que quiere beneficiarse del pago de otras personas, pero esto lo trataremos en la correspondiente sección de los free-riders.

A continuación comete algunos errores que ya son habituales en él: Decía el constitucionalista nazi Schmitt que la política consistía en diferenciar amigo de enemigo y desde luego la guerra ES eso, establecer esa diferencia. No ya para ganar la guerra sino para poder llevarla a cabo es totalmente necesario realizar la discriminación entre amigos y enemigos y eso no es posible en un orden de cosas en el que quiénes llevan la guerra son agencias privadas. De hecho, bajo ese orden de cosas no sólo hay enemigos exteriores y alguno interior sino que casi todos son enemigos de casi todos por lo que es de esperar que en tal situación el sinnúmero de crueldades y depredaciones que trae una guerra sea notoriamente mayor.

Aquí incurrimos en una portentosa contradicción. Por un lado se afirma sin demostrar nada que las agencias privadas no pueden diferenciar entre amigos y enemigos. Acto seguido, sin embargo, se afirma que para la agencia privada “casi todos” son enemigos. ¿En qué quedamos? O puede o no puede, pero no debo contar la historia según más me interese.

En realidad es obvio que la empresa sí puede diferenciar entre amigos y enemigos. Isidoro al negarlo sólo recurre a una de sus conocidas técnicas: hacer afirmaciones que no demuestra en ningún momento. Lo importante no es que nos digas que eso no es posible en un orden de cosas en el que quiénes llevan la guerra son agencias privadas sino que nos demuestres por qué no es posible. Y esta demostración se encuentra totalmente ausente en tu argumentación. Comprenderás que tu simple autoridad no sirva para convencerme.

Y como ya hemos visto, Isidoro trueca el argumento rápidamente: con las empresas privadas todo serían enemigos y por tanto las guerras se multiplicarían.

De nuevo tenemos otra contradicción. Quien siga el debate se habrá dado cuenta de que otra consecuencia que suele esgrimir Isidoro de la desnacionalización de la defensa es que el armamento pesado decaería enormemente. En ese caso, ¿cómo se puede afirmar que es de esperar que en tal situación el sinnúmero de crueldades y depredaciones que trae una guerra sea notoriamente mayor? ¿Realmente esperamos que la guerra sea menor en un ambiente donde el gasto militar es coactivo y no se dirige a proteger a los consumidores sino a satisfacer a los políticos visionarios?

En una sociedad libre siguen habiendo amigos y enemigos. Ya vimos que muchas empresas conformarían asociaciones y alianzas para la defensa privada: eso son los amigos. El mundo empresarial actual está lleno de esas estrategias. Luego tenemos las empresas con las que tenemos una cierta relación (por ejemplo convenios de arbitraje para solucionar conflictos), que son simples colaboradores. Más tarde encontramos empresas con las que no guardamos relación alguna pero que no son hostiles: empresas neutras. Y por último podemos tener empresas bandoleras que nos sean hostiles: esos son los enemigos.

Pero a diferencia del Estado, una sociedad libre minimiza el ámbito de los conflictos. Una trifulca entre dos empresas afecta única y exclusivamente a esas empresas (y en su caso a sus respectivos aliados). En cambio, una guerra entre Estados implica declarar enemiga a toda la población del país. El objetivo a destruir es mucho mayor y, por tanto, los métodos mucho menos selectivos. ¿Qué destruyo una ciudad española? Bah, son todos enemigos.

Que la violencia sea uniforme a través de un estado favorece: a) la capacidad defensiva de una comunidad y b) el control de las actitudes de la soldadesca frente a la población civil. Lo primero por lo ya expuesto y lo segundo por la seguridad jurídica implícita en un estado de derecho y que hace estar bajo el amparo de la ley a todo ciudadano no dejando desamparados a no-suscriptores de servicios de defensa: lo cual, permítanme decirles, me parecería una canallada que ni la propia soldadesca privada consentiría optando aquélla por defender a todos unos y saquear a todos otros; al final nadie se salvaría sino en virtud de la ética de cada soldado. ¿Qué destruyo una ciudad con 5 empresas de seguridad sólo porque me esté enfrentando con una de ellas? Pues cuidado, porque me estoy ganando cuatro nuevos enemigos.

Este razonamiento de Isidoro, por tanto, es del todo endeble y sin fundamento alguno. Las empresas tienden a colaborar porque la cooperación es una actividad que beneficia a los consumidores. Creer que los individuos pueden tener intereses en tirarse continuamente los trastos a la cabeza implicaría afirmar que Occidente debería estar sumido en guerras civiles continuas: en cada calle, en cada barrio, en cada ciudad. ¿Qué Estado puede subsistir sobre una población que quiere despellejarse mutuamente? Ninguno. ¿Alguien cree que en una sociedad libre la gente se volvería loca y empezaría a matarse entre sí? Bueno, que demuestre por qué.

2- Integración de las empresas.

Dice Isidoro: Rallo tiene una ligera idea acerca de cómo podrían relacionarse las empresas proveedoras de defensa.

Esto es totalmente correcto. Yo afirmo que las empresas podrían organizarse de ese modo (y es posible que no me vaya muy lejos), pero no puedo prever todas las innovaciones empresariales destinadas a organizarse mejor en la defensa de la comunidad.

Nos dice que se podrían coaligar para desarrollar armamento pesado mediante una empresa creada por diversas agencias de defensa y nos insinúa que es posible que los consumidores desprecien los gastos en defensa “pesada” en favor de los gastos en lucha contra la delincuencia.

Es posible tanto eso como lo contrario. De la misma forma que es posible que en un Estado se conceda un peso mucho mayor a la seguridad que a la defensa. Con la diferencia que en el caso del Estado esto es puramente arbitrario y en el caso de una sociedad libre responde a las necesidades de seguridad de los consumidores.

Bien hace en reconocer esto, porque a los ojos del mercado los gastos militares suelen ser puro gasto suntuario del gobierno porque la violencia “no es asegurable”, esto es: no puede ser prevista por unos agentes que confían en la paz a la hora de llevar a término sus acuerdos, inversiones o gastos.

Aquí Isidoro está demostrando que no ha entendido nada sobre la asegurabilidad del fenómeno militar. Que la violencia no es asegurable significa que no puede reducirse el riesgo actuarial, es decir, que no puede conformarse un pool de recursos que distribuya el riesgo entre los miembros del pool. Por ejemplo, si yo sé que una de cada mil máquinas sale defectuosa y he de repartir esas máquinas entre los empresarios, es posible que lleguen a un acuerdo para crear un fondo común donde cada uno pagaría la milésima parte del valor de una máquina, de modo que aquel que haya tenido la desdicha de recibir la maquina defectuosa se quede con el pool.

Esto ELIMINA el riesgo, ya que le toque a quien le toque la maquina defectuosa, acabará por tener una máquina en buen estado.

Ahora vayamos a la guerra. ¿Cuál es la probabilidad de que mañana comience una guerra con Marruecos? ¿Cuál es la probabilidad de que mi casa reciba un misilazo? No podemos saberlo, ya que no existe regularidad alguna en este sentido. Sin probabilidad no puede calcularse la prima de riesgo (la milésima parte del valor de la máquina) y sin prima no hay pool.

Esto significa que la guerra no es asegurable, no que sea un gasto suntuoso, que no pueda ser prevista o que los agentes confíen en la paz. Que Isidoro afirme esto sólo demuestra que, o bien no me lee o bien no me entiende. En mi primer post dije con meridiana claridad lo siguiente: Que no puedas asignar una probabilidad a un evento que, fundamentalmente, depende de la libre volición humana no significa que no puedas preverla empresarialmente. Vamos que Isidoro vuelve a irse por las ramas para no entrar al trapo. Los empresarios no confían en la paz eterna, prevén las hostilidades futuras e invierten de acuerdo con ellas.

La siguiente objeción de Isidoro tiene una buena parte de razón, pero no refuerza precisamente sus posiciones: No hay nada que destruya una economía mejor que una guerra y todo conflicto lleva a un proceso socialista conforme se extiende en el tiempo y esto sucede porque la guerra lejos de ser un fenómeno social es un fenómeno colectivista extremadamente repudiable pero que tristemente depende sólo de la voluntad del agresor. Intentar poner en un mismo plano la economía y la economía de guerra es, además de una falta de contraste entre la teoría y la historia, un error de concepto dado que la economía de mercado MUERE con la guerra.

Esto es cierto y, por supuesto, las empresas y los consumidores lo saben tan bien como Isidoro. De ahí que los incentivos para iniciar guerras destructivas de la riqueza y el bienestar sean mucho menores en el caso de empresas y consumidores que en el de los políticos. Los consumidores y empresarios destruyen su propia riqueza, los políticos hipotecan la ajena.

Es cierto que la guerra destruye la economía de las personas, pero no la economía del Estado que va aumentando gracias al combustible militarista. ¿Quiénes serán los más interesados en multiplicar en vano el número de conflictos? ¿Quiénes padecen los costes o quienes los endosan a otros?

3- Problemas de la integración

En este apartado discutí critiqué dos frecuentes argumentos estatitas: a) que los políticos saben mejor que los individuos cuáles son sus necesidades de defensa, b) que los gorrones imposibilitan la defensa.

Vayamos con la respuesta de Isidoro al primer punto: la postura de Rallo viene a decirnos que los particulares deben saber cuál es su “necesidad de seguridad” y que si decimos que no lo saben estamos evitando que se sientan seguros de verdad. Sin ánimo de entrar en los terrenos de la pura morfología creo que la seguridad NACIONAL es algo que trasciende a los individuos del mismo modo en que la estrategia trasciende al soldado en el campo de batalla.

Este es uno de los mayores errores que cometen los estatistas, continuar pensando en términos de naciones-Estado, esto es, de estructuras políticas permanentes que deben seguir defendiéndose de manera conjunta. Si la defensa no se proporciona por todos los “nacionales” a la vez, entonces tenemos un fallo de mercado.

El argumento es ridículo. Si yo digo que deben producirse 1000 toneladas de pasta de dientes en España pero finalmente los empresarios geográficamente enmarcados en España deciden producir 20, ¿a santo de qué afirmo que hay un fallo de mercado? ¿Simplemente porque la realidad no coincide con los esquemas prefabricados por mi arrogancia socialista?

Ahora vayamos al argumento de Isidoro. Lo que los individuos necesitan es seguridad, no seguridad “nacional”. Y la seguridad se provee tanto frente al ratero como frente al ejército extranjero: lo que cambian en estos casos es el modo de hacerlo. Para enfrentarse al ratero bastará con que una empresa destine una sección de su organización; para luchar contra un enemigo externo (por ejemplo un Estado) las empresas necesitarán aunar esfuerzos. ¿Y qué empresas los aunarán? Pues todas aquellas que estén dentro del radio de ataque del individuo.

De este modo, si alguien está obsesionado por conquistar los Pirineos, tiene mucho más sentido una alianza empresarial que englobe a las empresas presentes en el norte de Cataluña y a las del Sur de Francia (que a su vez podrán ser empresas multinacionales que cientos de sucursales por el mundo) que a las de Cataluña con Andalucía o Galicia. Querer transformar la historia, la cultura y la lengua común en “defensa común”, esto es, en estructuras políticas coactivas sólo da lugar a la militarización del nacionalismo. “Cada cultura debe tener un ejército para defenderse del invasor”. Pues no, quienes tienen que defenderse son los atacados, y para ello contratarán a las empresas que realmente puedan defenderles.

¿Qué significa esto? Pues que si yo tengo una empresa de defensa que sólo opera en los Pirineos y quiere invadirme el Estado italiano, preferiré acogerme bajo el paraguas de una multinacional de la defensa.

En otras palabras, olvidémonos de la defensa nacional. Lo que necesitamos es seguridad, no una seguridad nacional, es decir, una seguridad preestablecida. Si es cierto que el mejor modo de defendernos de la agresión es con una alianza nacional, esa alianza aflorará. Pero si en cambio no lo es y petrificamos la estructura política, entonces estaremos cometiendo un gravísimo error.

El siguiente argumento de Isidoro está relacionado con éste. Dado que los individuos no son conscientes de sus necesidades de defensa “nacional”, es imprescindible un grupo de políticos que planifique esa defensa: Precisamente es esa falta de información la que hace necesario que la campaña se halle liderada por especialistas y que sea ridículo sugerir que una campaña militar, incluso defensiva, pueda ser llevada a término por individuos aislados.

Aquí hay dos errores que son casi calcados a las objeciones que solían efectuar los socialistas en torno a la imposibilidad del cálculo económico.

Primero, los individuos, desde luego, tienen una enorme falta de información por lo que respecta a las necesidades y a la vida de otros individuos. Precisamente por eso no tiene sentido colocar a “especialistas” -que no son otra cosa que individuos desinformados- al frente de nuestras vidas. Los problemas de información son un argumento contra la centralización coactiva, no a su favor.

Segundo, esos problemas de información se solventan a través de la función empresarial, esto es, las ideas coordinadoras de un grupo de gente que emprende intercambios voluntarios con los consumidores y que, por tanto, demuestran a través del intercambio que los están satisfaciendo. Son los empresarios quienes SOLUCIONAN esos problemas de información.

Aquí no hablamos de individuos aislados, sino de individuos perfectamente coordinados a través de la función empresarial en su planificación y dirección de los esfuerzos militares para proveer la seguridad más eficiente a los individuos.

De ahí que Isidoro yerre totalmente en su tiro cuando objeta a los sistemas de defensa privados una insuficiencia de tamaño: Está más allá de toda discusión que pequeñas unidades pueden tener una gran efectividad en la lucha no convencional contra grandes masas de fuerzas enemigas, pero siempre encuadradas en un plan general.

No es eso, no es eso. Si de verdad son menos eficaces y eficientes (cosa que no niego) los empresarios pueden llegar a acuerdos y alianzas para incrementar el tamaño de su industria.

Su siguiente crítica procede de negar la suficiente disciplina y mano dura interna a las empresas privadas. De ahí que Isidoro considere que un sistema totalitario es más eficaz militarmente que un sistema minarquista. Por desgracia la conclusión de su análisis (aun cuando fuera cierto) es que deberíamos adoptar el totalitarismo; si hemos de rechazar el anarcocapitalismo por ser más ineficiente que el minarquismo, ¿por qué no rechazaremos el minarquismo al ser más ineficiente que el totalitarismo? ¿Cuándo nos detenemos y por qué? (he aquí otro gran problema de discrecionalidad minarquista).

Pero vayamos al argumento de Isidoro: Por otra parte, sugiere Rallo, que quien piensa como yo debiera inclinarse a apoyar la dictadura frente a la democracia y, créanme: tiene razón. Basta echar un vistazo a las leyes de excepción que aparecen en todo país en toda guerra para ver que durante un conflicto se establece siempre una dictadura de facto. Los propios romanos establecían que en períodos de necesidad bélica se nombrase a un dictador durante 6 meses. La deliberación y demagogia políticas que son aceptables y naturales en la paz pueden abrir perniciosos procesos en una nación que se juega su existencia.

Fijémonos: Isidoro habla de demagogia política. No voy a ser yo quien se la niegue: precisamente el Estado es un nido de víboras donde todo el mundo intenta medrar a costa de los demás. Sacrifique usted la seguridad de sus clientes en una empresa privada y verá cuánto prospera la compañía.

La cuestión relevante es, sin embargo, si el Estado es capaz de lograr inexorablemente más disciplina que una empresa privada. Y aquí Isidoro no aporta ningún argumento relevante. Las plantillas de una empresa pueden estar perfectamente entrenadas y cumplir con escrupulosa pulcritud el reglamento interno (ya he dado el ejemplo de Executive Outcomes, una empresa privada totalmente militarizada; pero cualquiera de las empresas privadas que hoy operan en Irak nos sirve a este respecto).

Desde luego, la disciplina, la lealtad y la obediencia son cualidades difíciles de conseguir en un ejército (también en el estatal, cuidado, las deserciones o la insumisión no son un conceptos que hayan aparecido en un contexto anarquista). Por eso las empresas de seguridad que mejor consiguieran coordinar a sus tropas serían las que prosperarían.

Pasemos ahora a las razones que opone Isidoro con respecto a mi crítica al argumento de los free-rider: cuando Rallo habla de “incentivos” a ser parte de los suscriptores de una agencia de “seguridad pesada” habla sin duda de MIEDO. Nos dice que no existirán gorrones porque se exponen a ser saqueados y asesinados durante el conflicto. A estas alturas del razonamiento ancap la igualdad ante la ley y ese tipo de reivindicaciones liberales ya se han esfumado. Parece pues que el orden se hallaría en el caos: pura paradoja.

Este comentario es pura demagogia. Veamos, ¿qué significa que la gente quiere protegerse o consumir seguridad? Pues precisamente que tiene miedo a lo que pueda suceder en el futuro. Sí, MIEDO. Yo no contrato a un policía para que haga un pase de modelos; lo contrato para que me proteja de los delincuentes. Y quiero que me proteja de los delincuentes porque tengo miedo a lo que puedan hacerme. Así de simple.

Por tanto, los incentivos a que la gente pague por protegerse siguen siendo –sí, siento que suene tan evidente- los incentivos que tiene la gente para protegerse: el miedo.

La gente mantiene los incentivos a no ser free-rider porque en caso de que intente serlo no logrará una seguridad efectiva. No es el caos lo que da paso al orden, sino la perspectiva de caos. Y esto no cambia por el hecho de que la perspectiva de caos proceda de las elecciones propias o ajenas como cree Isidoro, sino que está sujeto por entero a mi juicio sobre el futuro.  

Por tanto el iracundo vuelve a equivocarse: Y no pensemos que estamos hablando del impulso económico necesario que genera la posibilidad de morir de hambre, que a la postre es algo bastante voluntario, estamos hablando de una situación en la cual la propia supervivencia está sujeta a voluntades ajenas: hablamos de guerra. Cuando la amenaza no procede sólo del enemigo sino de las empresas que suministran seguridad a tu vecino te será indiferente colaborar con aquéllas o con el propio enemigo. ¿Qué consecuencias tendría semejante situación? Todos contra todos; si ya era difícil la defensa de semejante sistema “libertarizado”, como hemos apuntado, ahora se evidencia como imposible.

Esto nuevamente es falso. Por supuesto cada individuo quiere seguridad y ello hará que busque refugio en las mejores empresas. Esto puede provocar que circunstancialmente se encuentre en el lado de una compañía ofensiva que viole los derechos de los demás. Pero esto no anula su juicio ético: puede seguir valorando si lo que hace su empresa está bien o está mal. No digo, claro está, que la gente vaya a optar por el bien, lo que digo es que está decisión no desaparece. La gente mala seguirá siendo mala (como ahora) y la gente buena seguirá siendo buena.

Precisamente lo que favorece una sociedad libre es que cuando una empresa quebrante sus compromisos con los consumidores, pueda cancelarse el contrato y se termine su financiación. El Estado, en cambio, debe ser derrocado para detener su maquinaria coactiva y confiscadota.

En otras palabras, no es un todos contra todos ya que las empresas siguen colaborando entre sí como ya hemos visto. Es un todos los atacados y su aliados contra la empresa atacante y sus aliados. Razón por la cual la resolución de conflictos a través de tribunales de arbitraje sería bastante habitual.

Volvemos, pues, a lo de antes. Es la perspectiva de una situación desagradable lo que mueve a la gente a proveerse con los medios para evitarla o mejorarla. ¿Por qué trabajamos? Por la perspectiva de morir de hambre. ¿Por qué colaboramos? Por la perspectiva de salir perjudicados. ¿Por qué queremos seguridad? Para protegernos de los ataques.

Pero de guerra entre todos, nada. El argumento de Isidoro es tan descabellado que deberíamos hoy mismo estar observando una guerra mundial entre Estados, y aun cuando los incentivos son mucho mayores que entre empresas (básicamente por la desvinculación del coste que ya hemos comentado), esto no sucede. Será que nuestros políticos son unos sabios superhombres y por eso están legitimados para robarnos.

No, el problema de los gorrones es irresoluble a menos que vayamos a la solución más fácil: teorizar echando mano de las comunidades autísticas: validadoras hasta del socialismo...

Casualmente es un argumento del que no he echado mano. Casualmente es el único argumento que, por su ridiculez, Isidoro puede refutar. La falacia del hombre de paja. Ya he explicado los incentivos para no convertirse en free-rider, Isidoro no los ha refutado, simplemente ha dicho, oh vaya, que están basados en el MIEDO (sí, con mayúsculas). Pero sigo sin ver la refutación científica. Ya me he acostumbrado, por eso.

4- ¿La integración una forma de Estado?

En este punto Isidoro vuelve a desbarrar. Atribuye al sistema anarquista una supuesta falta de controles que, sorpresa, sí tiene el monopolio de la compulsión: no cabe menos duda de que no es comparable un estado con controles constitucionales o institucionales con uno sin aquéllos dónde el estado pueda ser totalmente arbitrario.

Y todo esto para demostrar que el trust que se formaría en el libre mercado sería pérfido y malvado mientras que el trust ya asentado desde hace siglos sobre la coacción y el expolio (su querido Estado) es un reflejo angelical de la libertad.

Pero estudiemos el argumento un poco más de cerca. Los famosos controles del Estado se basan en tres principios: corresponsabilidad, separación de poderes y migración.

La corresponsabilidad da lugar a la democracia. Asume que los políticos serán más respetuosos con sus ciudadanos si éstos pueden echarlos de su cargo. Lo curioso es que sea Isidoro quien defienda la corresponsabilidad democrática cuando, según él mismo afirma, esto es una muestra de debilidad en tiempos militares. Por tanto, este control sería del todo nocivo para ganar una guerra y lograr una verdadera seguridad nacional.

Pero obviando este pequeño escollo, lo cierto es que la democracia, como ya notara Mises, es una mala imitación del mercado. Si de verdad creemos que la corresponsabilidad limita el poder, entonces, ¿qué mejor que un sistema de mercado donde las empresas responden ante sus consumidores? Aquí no es necesario esperar cuatro años para tirar a los dirigentes, puedes hacerlo diariamente si cancelas tu suscripción. Es más, no es necesaria una mayoría; los pequeños cambios pueden ser significativos. Aun más, nunca se vota en contra, sino a favor; yo me desvinculo de una empresa para marcharme a otra que considero mejor. No voto al menor de los males para que continúe rigiendo mi vida de forma resignada.

El segundo principio, la separación de poderes, establece que el poder descentralizado es mejor que centralizado, esto es, que cuantos más focos de poder y cuantos más contrapesos haya, mejor garantizada estará la libertad. De nuevo, este principio es cierto, pero sólo se implementa de una forma muy incompleta en las democracias occidentales (donde en realidad existe sólo como fachada).

En cambio, la separación de poderes en el mercado es real y completa. No tenemos separación de funciones dentro de un mismo poder monopolístico, sino competencia de poderes que se contrapesas unos a otros. En lugar de concentrarlo, lo dividimos; si una agencia se vuelve rebelde, otra puede protegerme. Si el Estado quiere eliminarme, casi con total seguridad lo logrará.

Por último tenemos la migración o lo que se ha conocido como “voto con los pies”. Si las fronteras están abiertas, los ciudadanos pueden mostrar su disconformidad marchándose a otro país. Sin embargo, este principio es muy gravoso: uno tiene que desplazarse físicamente de un lugar a otro, abandonando a su familia, amigos, comunidad, cultura, bienes raíces… Sólo cuando un Estado se vuelve realmente represor, los individuos deciden marcharse.

También aquí el mercado realiza este principio de un modo mucho más completo. No es necesario un traslado físico, basta con que cancele la suscripción con la agencia y le retire mi aportación. Dado que el dinero y las acciones son mucho más líquidos que los bienes inmuebles, puedo desplazarlos de un lugar a otro a un menor coste. Por ello, será necesaria una menor coacción por parte de la agencia para que rápidamente le retire la confianza.

En otras palabras, a diferencia de lo que ingenuamente cree Isidoro, en una sociedad libre los controles de poder se realizan en su máxima expresión. Por eso su siguiente afirmación sigue careciendo de fundamento: Un estado mínimo puede degenerar en estado totalitario, pero el trust de agencias de defensa ES totalitario hasta que alguien lo derribe o se reforme.

Como ya he explicado en el otro post, sólo si la gente asume que su libertad no tiene importancia y que una precio es igual a un impuesto (es decir, que la voluntariedad es igual a la coacción), el trust tiene alguna posibilidad de consolidarse. En otro caso las agencias serán combatidas por la gente a la que dicen servir y, en ese caso, ni siquiera los Estados modernos serían capaces de mantenerse durante mucho tiempo.

Pero aun asumiendo la consolidación del trust, Isidoro asume a la torera y sin fundamento que ese trust sería un Estado totalitario. Nozick por ejemplo denomina a ese embrión “Estado ultramínimo”, es decir, un Estado aun más reducido que el que mínimo que propone Isidoro. ¿Por qué ese Estado iba a ser totalitario? ¿Simplemente porque puedan obligar a sus clientes a pagar su precio e impidan a otras empresas ejercer la competencia? Eso precisamente es lo que hace tu Estado mínimo. No podrá ser tan malo en un caso y tan bueno en otro. Aunque con un discurso sin hilo teórico todo es posible.

Continúa Isidoro: Dicho trust de agencias no estaría sujeto a norma constitucional alguna, esto es: a una norma apoyada por la amplia mayoría de quién se encontrará bajo ella sino a sus muy privados estatutos. Esos estatutos podrían ser una constitución más adelante, qué duda cabe, pero en el proceso asistiríamos a unos desaguisados que serían evitados en el estado mínimo por el imperio del derecho y la seguridad jurídica de éste.

Pero vamos a ver, en ocasiones llego incluso a sorprenderme del grado de contradicciones.

Primero, no puedes asumir que el trust se ha convertido en un monopolio de la compulsión y, al mismo tiempo, hablar del surgimiento de normas desaguisadas, porque por definición ese trust impondría su derecho sobre cualquier norma discrepante.

Segundo, ¿por qué asumes que en los Estados mínimos prevalecería la seguridad jurídica? El derecho es una institución espontánea que varía conforme los sujetos adaptan sus comportamientos entre sí. Cuando tú concedes el monopolio legislativo al Estado, permites que modifique unilateralmente esa legislación, sin que en ningún momento tenga que garantizar previsibilidad y certeza alguna. En otras palabras, te estás cargando la seguridad jurídica de que podrás adaptar tu comportamiento a la legalidad.

Tercero, si la gente acepta someterse al trust será porque en cierto modo acepta los estatutos. Si la gente acepta someterse a la constitución es porque en cierto modo la acepta. ¿Cuál es la diferencia entre un ese estatuto y la Constitución? ¿Qué la Constitución fue votada en el pasado? Bueno, también el Estatuto del trust fue aceptado por los consumidores cuando habían suscrito su contrato con el trust. ¿Qué la Constitución admite reformas? ¿Y qué te hace pensar que el Estatuto no? ¿Qué al trust le interesa ser totalitario? ¿Y al Estado mínimo no? ¿Qué no le interesa al Estado mínimo? ¿Y al trust sí?

Según Isidoro la respuesta está en la soberanía: el trust de defensa del que hablamos realmente tendría EL poder ya que lejos de establecer su poder sobre los precios del acero lo haría sobre LA SOBERANÍA, la vida o la muerte.

La soberanía no es más que un concepto ficticio destinado a mantener el engaño de los súbditos. Lo realmente importante es quién quiere ejercer el poder y a quién respeta la población para que lo ejerza. Eso es la soberanía.

El trust no puede declararse soberano sin la connivencia de la población. Pero el ejercicio de la soberanía tiene límites: no puede decidir sobre la vida o la muerte sin que la población se rebele (a menos que incluso la población acepte estos extremos por motivos de excepcionalidad). También tu Estado mínimo –y sus Estados de excepción- pueden incurrir en estas barbaridades.

Pero la clave es que tanto el trust como el Estado mínimo pueden hacerlo porque, en definitiva, son ESTADOS. No olvidemos que nuestra crítica, a la que Isidoro de nuevo no ha respondido, pasaba por negar que el trust tuviera que consolidarse de forma inexorable. Y explicamos una serie de mecanismos que lo dificultaban.

Uno de estos actores serían los bancos, que podrían embargar las cuentas del trust por violación contractual con sus clientes. Isidoro parece que no opina así: Por esto los Bancos no jugarían ningún papel una vez estuviesen bajo la amenaza del trust de las agencias de seguridad, o al menos no jugarían el papel que Rallo les quiere atribuír en su artículo: se plegarían a lo que dijesen los de las ametralladoras y los tanques (¿o es que acaso los bancos se resistieron con éxito a las dictaduras del siglo XX?).

Obviamente todo esto depende de dónde se encuentren los activos. Cuanto más internacionalizada esté la economía, mayor papel tendrán los bancos y menor relevancia los monopolios territoriales.

“¿Qué fijas un monopolio territorial en la península ibérica? Sí, pero sus habitantes tienen riquezas sustanciosas alrededor de todo el mundo y usted mismo, sr. Trust, tiene unas cuantas inversiones en China, en India y en EEUU. Dado que sus clientes han dado orden de no pagar, y yo como banco me debo a mis clientes, me niego a efectuar la transferencia; si embarga mis activos en su territorio, me pensare si enviar los tanques de mi empresa de seguridad y en todo caso dirigiré orden de embargo contra sus bienes. Y eso sí, los activos de sus clientes fuera de sus fronteras, ni tocarlos.”

Esto significa que el Estado podría verse reducido a expoliar los bienes inmuebles, sin duda de gran relevancia. Pero todos los activos más líquidos que no recayeran bajo el monopolio territorial recién constituido quedarían fuera de su control. Cuando el monopolio territorial se destruye, la perspectiva cambia: no hay que pensar en unidades geográficas, sino en una diversidad de centros de poder entrelazados.

Los tanques en la península tendrían poco que decir en otras partes donde no existiera ese monopolio territorial. De ahí que la violencia pudiera no ser tan rentable o, al menos, una violencia de intensidad notablemente mayor a la que podría practicar el Estado mínimo: Y es que, como apuntó Kantor en liberalismo.org, el negocio de la extorsión es el más rentable con diferencia. Ustedes dirán, pero prefiero la estabilidad del estado mínimo.

Pero aun suponiendo que como dicen Isidoro y Kantor la extorsión fuera el negocio más rentable, ¿acaso no lo es también para el Estado mínimo? Me temo que la conclusión tiene algún problema a la hora de atacar la sociedad libre pero no la estatista.

5- Reestructuración productiva

Las objeciones de Isidoro a este punto son realmente pocas en número y menores en su sustancia. Aquí traté de explicar cómo la estructura productiva se adaptaba a las necesidades de seguridad y cómo podría responder ante cambios súbitos (declaración de guerra). Isidoro se niega a reconocerlo y, de nuevo, cae en asombrosas contradicciones: El estado impone la existencia de un ejército al que ningún mercado ve utilidad al que una vez sobreviene la guerra se puede exigir que nos defienda. La economía funciona en la paz y en la guerra se atrofia. Un estado puede desatender su defensa pero lo hará caprichosamente (no hay cálculo económico), la economía sistemáticamente desatenderá la creación de un ejército a todas luces necesario hasta que el conflicto no sea poco menos que inminente.

Veamos. Relean el párrafo porque parece mentira que se quiera mantener la coherencia cuando se dicen dos cosas opuestas. Por un lado se asegura que en el mercado nadie “ve utilidad” al ejército. Por otro, se asegura que el ejército es “a todas luces necesario”. O una cosa o la otra, pero las dos son difíciles de conciliar.

Por supuesto, Isidoro cae otra vez en la típica arrogancia socialista. El único capaz de darse cuenta de la necesidad del ejército es el mismo y algún visionario más. Las valoraciones que hacen los consumidores son incorrectas, ya que no saben qué les conviene. Tan sólo tenemos que coaccionarles y su vida mejorará.

El argumento no tiene ni pies ni cabeza. Si el ejército es tan necesario, la gente estará dispuesta a pagar a las empresas que ofrezcan servicios de seguridad común y defensa pesada. Si la evidencia no deslumbra tanto, quizá a Isidoro se le haya ido la mano con el presupuesto nacional de defensa. No hay cálculo, cierto, pero algunos no pierden las ganas de seguir haciendo como que calculan.

La última objeción se refiere a la rapidez de la reestructuración productiva en caso de ataque del enemigo: las empresas tendrían una jerarquía y quién fuese general en una empresa no aceptaría ser teniente en el trust con lo cual las empresas no llegarían a un acuerdo y sus integrantes tendrían grandes incentivos para sabotearse entre ellos en dicho hipotético trust. Sin ese trust no hay defensa posible y con ese trust nos hallamos ante un estado de facto. Es un círculo vicioso.

Es un círculo vicioso, sí, pero de tu incoherencia. Después de afirmar hasta la saciedad que el trust degeneraría en un Estado, ahora nos dices que hay incentivos para que las empresas del trust se saboteen unas a otras y todo se vaya al garete. ¿En qué quedamos? O hay colusión o no la hay, pero no puedes sostener las dos cosas a la vez según como sople el viento.

El error consiste en olvidar que la creación de la empresa integrada, como ya expliqué, sería en todo caso previa a la declaración sorpresiva de guerra. No digo que siempre tenga que ser así, quizá un Estado ataque antes de que la nueva empresa llegue a constituirse. Lo que estoy afirmando es que la creación de esa empresa tiene lógica desde antes de la declaración de guerra, pues siempre existe la posibilidad de que ésta llegue a materializarse.

Si esta empresa integrada ya existía, entonces los cargos ya estaban asignados antes de la declaración de guerra. La posibilidad que yo expliqué no fue que distintas empresas de defensa formaran una supermepresa de defensa, sino que distintas empresas de seguridad formaran una supermepresa de defensa. Por tanto, generales para capturar rateros pocos. Y aunque ese fuera el caso, siempre es posible contratar a nuevos generales que se ocupen específicamente del ámbito militar y no de la seguridad común.

Los problemas de negociación son más un camelo inventado para simular que la integración tiene problemas. Algunos están obsesionados con cargarse una ciencia que sólo superficialmente están rascando.

9 de Mayo de 2006

Seguridad privada y sociedad civil

Hoy en Libertad Digital escribo sobre cómo la interferencia del Estado en la seguridad pública genera, en realidad, más inseguridad y, por tanto, el fundamento de más intervencionismo.

Se suele decir que las funciones clásicas y naturales del Estado son la seguridad, la justicia y la defensa. El Estado, decían los liberales decimonónicos, debe limitarse a defender los títulos de propiedad justamente adquiridos y a ejecutar los contratos. No obstante, a pesar de esta restricción de sus actuaciones, la maquinaria burocrática seguirá dando lugar a un rotundo fracaso en su gestión.

Cuanto más gaste en seguridad el Estado, cuanto más regule, más estrangulará las iniciativas privadas y comunitarias de asistencia mutua. Esto provoca necesariamente una disminución en la eficiencia de la lucha contra el crimen y, por tanto, un mayor incentivo a abrazar la delincuencia. Este incremento de la violencia trata de combatirse con más gasto policial y más regulaciones, que a la postre sólo favorecen nuevos aumentos de la delincuencia.

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8 de Mayo de 2006

Meme sobre el blog

Coase me pide que responda a este meme. Además de un profundo socialista es un profundo tocanarices (:P). Voy a ello:

1. ¿Por qué creaste o ingresaste en tu blog?

Esencialmente para forzarme a escribir y, al escribir, a reflexionar. Los visitantes habituales ya se habrán dado cuenta de que no tengo reparos en soltar largos ladrillos que muy pocos tendrán el interés de leer. A veces si escribo anotaciones más "comerciales", pero para eso prefiero utilizar otros medios. Así que, fundamentalmente, lo creé y lo mantengo como mecanismo para pensar.

2. ¿Cuántas bitácoras lees al día a parte de la tuya?

No las he contado. Suelo entrar en RedLiberal, RedProgresista y alguna otra suelta. Entro a las anotaciones que me interesan.

3. ¿Sabes lo que es un lector de rss? Si es afirmativo, ¿cuál usas?

Sí, durante unos días utilicé Feedreader, pero no me acabó de convencer. Prefiero acudir a los agregadores de bitácoras y echar una rápida ojeada.

4. ¿Has baneado alguna vez a gente de los comentarios?

No me encargo de eso. Aunque personalmente no banearía a nadie, como hasta ahora ha sido el caso en "Libertad Cercenada".

5. ¿Cuál es el beneficio y cuál el perjuicio que te ocasiona este mundo de los blogs?

El beneficio es el motivo por el que escribo. El perjuicio el tiempo que me quita. Utilidad y coste de oportunidad, vamos.
Sopena, ese economista

Sopena es un completo ignorante. Hasta aquí nada nuevo. Si les digo que además ser de ignorante le encanta hacer el ridículo, tampoco sorprenderé a nadie. Ahora bien, si añado que es admirador de Galbraith tal vez alguno descubra alguna nueva faceta del catalán. No ya porque su ideología no sintonice con la del canadiense, sino porque al menos nos damos cuenta de que su analfabetismo es sólo funcional.

Voy a analizar los dos últimos párrafos de su articulillo de hoy porque son de traca.

Ignoro si técnicamente las nacionalizaciones emprendidas son o no del todo acertadas

¿Técnicamente? Éste todavía sigue creyendo que la economía es un problema técnico. Basta coger las pertinente ecuaciones matemáticas, las resolvemos y voilá: ya disponemos de precios de mercado y de cantidades a producir eficientes. La sociedad queda definida, por tanto, como una obra de ingeniería que los políticos como Evo deben manipular a su placer.

Las técnicas, Sopena, son de desinformación y manipulación, no de resolución de los problemas económicos. No se puede exportar el manual nacional-socialista a todas partes.

Pero de los predicadores de la globalización neoliberal estoy hasta la coronilla.

¿Y sabrá éste que es la globalización neoliberal? Supongo que tendrá una coronilla muy baja como para que se le suban los enanos y los cheques a centenares.

Pregonan aquello de “menos Estado y más sociedad”, que debe traducirse por “menos bien común y más dinero en los bolsillos de los más ricos”

Ahora el Estado representa el bien común, por eso debe aplicar la fuerza y la coacción. La letra con sangre entra, éste es de la vieja escuela; algunos tópicos falangistas quedan demasiado impresos en la coronilla, aunque luego alguno de Ferraz le suba a la cresta y le haga un zapateado. El sentimiento liberticida lo tiene bien metido.

Y por supuesto menos Estado también equivale a más dinero en el bolsillo de los ricos, lo cual significa menos en el bolsillo de los pobres. Parece que nunca ha oído hablar sobre aquello de que la tarta no está dada, sino que se expande y que se expande precisamente sirviendo a los consumidores. Y eso que por pasteleos socialistas no será. Se ve que Sopena prefiere que la tarta esté dada y que se la den a él, por eso se muestra tan servil con el poder político. A ver si cae otra RTVE.

El mercado en sí mismo no es malo, pero su sacralización es funesta.

Gracias por matizar que los intercambios voluntarios no son necesariamente malos. Eso supongo que será para blindarse la cartera; pero de ahí no nos excedamos. Mis intercambios personales son buenos, pero los de los demás ya tienen carga de sospecha. No hay que sacralizar la libertad, ¡dónde vamos a ir a parar! Se empieza pidiendo libertad y se acaba... criticando a la izquierda, a Sopena y a todos los grupos de intereses creados en torno a ellos.

Entre los teóricos de la economía admiro a  John  Galbraith, recientemente fallecido, y aborrezco a Milton Fredman, el jefe de filas de la Escuela de Chicago

Olé, Friedman el jefe de filas de Chicago. Si es que allí todos están uniformados y con el casco puesto. Ah no perdón, que Sopena se refiere al conocido economista... Fredman. No termina de sonarme, será que los del Plural me llevan unas cuantas lecturas de ventaja en cuanto a Chicago. ¿Es un economista recién llegado? Deberé acudir a Google para ver si encuentro algún texto de "Milton Fredman", habida cuenta de la extraordinaria fama que le atribuye el leído Sopena.

Galbraith ha sido descrito el lunes pasado por el diario L´Unità, que fundara Antonio Gramsci en 1924, como el defensor de “la economía de rostro humano”.

Eso, eso, Gramsci, admirado desinformador. Pero vamos, eso de la "economía de rostro humano" me ha conmovido. Si es que ya se sabe que la ciencia de la acción HUMANA se dedica a estudiar... a los monos. Claro, como son lo mismo, hemos errado hasta ahora en nuestro objetivo. Menos mal que Galbraith nos corregirá con sus extraordinarias conclusiones sobre la opulencia, la tecnoestructura o los contrapesos de poder. Todo muy humano y cercano, sí.

Giorgio Ruffolo, en la portada de La Repubblica, señalaba como elogio de Galbraith su “irrefrenable tendencia a situarse contra todas las elites complacidas de sí mismas”. Este ex consejero de varios presidentes demócratas norteamericanos -desde Roosvelt a Clinton y, sobre todo, Kennedy- habría opinado sobre las privatizaciones Evo Morales más o menos como Zapatero.

Bravo, esto marca el fin del pudor humano. Galbraith se sitúa en contra de las elites complacidas de sí misma cuando en su vida no ha sido otra cosa que una elite política, impuesta por los mandatarios de turno y financiado a través del expolio fiscal. Sí hombre, supongo que no estaría muy autocomplacido de sí mismo cuando se creyó capacitado para controlar los precios (y por tanto las transacciones voluntarias) de todo un país.

Pero desde luego la mayor virtud que podemos citar de Galbraith, ese logro científico por el que pasará a la historia y por el que merece la pleitesía eterna de Sopena, es que habría opinado más o menos como Zapatero. Lo que no sé es si esto demuestra su solidez como economista o la destruye por completo. Digamos que yo no estaría muy feliz de que tras haber dedicado 70 años a reflexionar sobre la economía se me compare con alguien que la ha aprendido en dos tardes. Digno monumento a su memoria.

No hay que olvidar a los más pobres y el mejor instrumento para dirimir enfrentamientos –también económicos-  es el diálogo.

Pues sí, que se lo digan a Evo y a su ejército.

Un artículo simplemente brillante; espero que bastante más que tu servil coronilla.

7 de Mayo de 2006

Más sobre seguridad privada

Sigamos dándole vueltas a la seguridad privada. Insisto, es un tema interesante, poco elaborado y sobre el que toda discusión es escasa. El problema es que en ocasiones el tiempo es incluso más escaso. Isidoro ha contestado a mis comentarios en su blog. Haré lo propio con un fisking. He omitido muchas partes que sólo suponen una reiteración de lo ya dicho o que no aportan demasiado al debate.

Empresario vs político

Los empresarios no son moralmente superiores a los políticos y estoy seguro que muchos hubiesen pensado el hacer un trato con los nazis antes que luchar en soledad contra ellos.


E inmediatamente después de alcanzar un pacto con los nazis que no satisfaciera a sus clientes sus suscripciones serían automáticamente canceladas. Ello daría lugar a un desplome en el valor de sus acciones y ello a una rápida descapitalización o, más previsiblemente, a una OPA sobre la compañía que modificara la errática dirección de la empresa.

Concluyo a este respecto que me parece mucho más posible que un empresario prescinda de principios cuando entren en colisión con su interés, se juega su patrimonio: el político no.


No entro en si la persona que ocupa un cargo -político o empresario- será mejor o mejor, más sensible a sus intereses o a sus ideales. Simplemente constato que un empresario que no concilie sus intereses con los de sus clientes desaparecerá. Un político puede, en cambio, explotar a partes significativas y disidentes de la población en beneficio de otros colectivos mayoritarios.

Integración de las empresas


sidoro se preocupa porque el trust no es viable a menos que se convierta en Estado. Dice:

¿te refieres a acuerdos de defensa mutua? ¿Quién gana con eso? ¿Esos que "no pueden asegurar" la violencia?
El fondo de esas integraciones, obviamente, son los contratos de defensa mutua que hoy podrían articularse a través de figuras más modernas como la joint venture. Esto no tiene nada que ver ni con los seguros ni con la asegurabilidad; me desconcierta que Isidoro incida en un argumento que no tiene nada que ver con la integración empresarial.

Por ejemplo, en un territorio operan cinco empresas de seguridad distintas. Esas cinco empresas necesitan proveerse de armamento pesado para repeler agresiones por lo que deciden crear una sexta empresa que se encargue de adquirirlo y de mantener un ejército a sueldo.

Por supuesto, una séptima empresa puede llegar al territorio y decir: "señores clientes, les ofrezco precios mucho más baratos porque yo sólo me dedico a perseguir la pequeña delincuencia". Muchos clientes de las cinco primeras compañías podrían trasladarse a la séptima, en cuyo caso la estructura productiva se haría menos intensiva en armamento pesado y se especializaría en la lucha contra los criminales comunes.


Esta elección es similar a la que puede efectuar cualquier Estado: ¿gasto más en la policía o en el ejército? La diferencia es que, en este caso, las transformaciones de la estructura productiva responden a las necesidades de los consumidores, mientras que en el otro caso dependen del juicio de los políticos.

Problemas de la integración


A esto cabe efectuar dos opciones: a) que los políticos saben mejor que los consumidores lo que necesitan, b) que la estructura productiva sería ineficiente por el problema de los free-riders.

Los que se acogan a a) deberán defender, así mismo, la dictadura sobre la democracia, ya que tampoco los votantes conocen qué es más adecuado (un candidato con un perfil más militarista o uno más pacifista). Pero además pretende impedir que los consumidores se protejan contra los peligros que consideran más acuciantes y cercanos. En otras palabras, no proporciona auténtica seguridad (ya que provee algo que la gente no quiere y contra lo que no tiene miedo), sino fuerza estatal desencaminada. Y sí, es evidente que los consumidores pueden equivocarse en sus elecciones y que, en cambio, los políticos pueden acertar; pero también los consumidores pueden acertar y los políticos equivocarse. No observo motivos para que la primera presunción deba prevalecer sobre la segunda, más bien al contrario.

Por cierto, la crítica de que los consumidores no tienen por qué conocer la información de los servicios secretos sobre un posible ataque futuro no sirve. Los consumidores no tienen por qué tener acceso a esa información pero sí pueden contemplar qué empresas de seguridad son las que mejor anticipan y previenen esos ataques. Por ejemplo, es muy posible que la empresa de seguridad encargada de proteger las Torres Gemelas hubiera perdido buena parte de sus restantes clientes al día siguiente. La razón no es sólo que no pudiera detener el ataque, sino que no supo anticiparlo. En cambio, la empresa que reorganiza e incrementa sus activos y logra detener un ataque sorpresa del enemigo adquiere una cierta fama y credibilidad. Esas empresas pueden operar con una cierta autonomía frente a los consumidores, ya que ellos confían en que sus acciones son adecuadas.

Los que basan su crítica en los free-riders olvidan ciertos puntos. Primero, un modo de combatir a los free-riders es a través de los contratos que en el caso de la seguridad podrían tener plazos prolongados. Así, los clientes que decidieran moverse de una compañía a otra durante el plazo del contrato sufrirían importantes penalizaciones.

Segundo, buena parte de esos contratos pueden volverse coactivos en el caso de las comunidades con estatutos. Imaginemos un bloque de pisos o una urbanización (tanto si se trata de propiedad horizontal como si estamos ante arrendamientos masivos) donde los estatutos establezcan que la competencia sobre los contratos de seguridad recae sobre la comunidad (lo cual sería bastante común). En estos casos, o bien la comunidad en su conjunto se convierte en free-rider o ninguna de sus partes individualmente puede hacerlo. Ahora bien, si la comunidad decide ser free-rider, deberá tener en cuenta que, conforme su unidad sea mayor, (por ejemplo con las urbanizaciones) más fácil les resultará a las empresas de defensa discriminarlos.

Tercero, ya hemos explicado por qué buena parte de las compañías de defensa (armamento pesado) tendrían su origen en compañías de seguridad. Si bien es complicado discriminar cuando se trata de defensa a gran escala, es muy fácil hacerlo en temas de seguridad común. Para ser free-rider deberá, por tanto, rechazar todas aquellas compañías que ofrezcan conjuntamente una defensa a gran escala y seguridad común. La cuestión es si ciertas personas querrán beneficiarse de contratar una compañía que sólo provea seguridad común esperando caer bajo el paraguas de las empresas que proporcionen el pack completo.

Se trata, desde luego, de una posibilidad cierta. Pero es dudoso que prospere. Tradicionalmente se suele hablar de varios mecanismos para forzar a los gorrones a que paguen (la exclusión social, los contratos por unanimidad...), pero en el caso de la guerra las compañías cumplen una función adicional de suma importancia: la restitución.

Imaginemos que un ejército extranjero invade un territorio y finalmente es reducido por la compañía de defensa que allí opera. La invasión, sin embargo, ha destruido varios edificios y mutilado a decenas de civiles. En estos casos, deberán esclavizar o expropiar las propiedades de los miembros del ejército invasor para compensar a los civiles inocentes que han sufrido daños. ¿Qué opciones tendría una persona que no tuviera contratada una empresa de defensa para acceder a la restitución? Quienes han derrotado y sometido a los invasores es la empresa de defensa, no la empresa especializada en la seguridad común.

Esto significa que acogerse a una empresa con escasa proyección internacional en materia de defensa (y de acuerdos para embargar depósitos, acceder a tribunales de arbitraje, capacidad negociadora...) tendría peligrosas consecuencias. Supongan que un país extranjero quiere impresionar a un territorio con su poderío militar, pero sin declarar la guerra. ¿A quién atacarían? Sólo tendrían que buscar un edificio que no tuviera contratado el servicio de defensa y lanzar un misil.

Es posible que, aun así, la compañía de defensa reaccionara como si le hubieran declarado la guerra, pero lo cierto es que si la práctica del free-rider estuviera generalizada y molesta, no tendrían por qué hacerlo.

El riesgo de free-rider por tanto se confunde con que la gente tenga unas preferencias más enfocadas a la seguridad común en lugar de a la defensa pesada. Como ya hemos dicho, esto puede provocar una especialización de las compañías que operan en una zona a perseguir la pequeña delincuencia, desatendiendo el armamento militar. Esta imagen podría sugerir a alguien que se está "subproduciendo" defensa, cuando en realidad su provisión se ajusta a las necesidades de "seguridad" de los individuos.

La siguiente objeción de Isidoro se dirige, ya no a la eficiencia de las agencias privadas, sino a suponer que la unión de empresas actuaría como un gobierno.

¿La integración una forma de Estado?


En todo caso nos encontraríamos ante algo muy parecido, sino idéntico, a un trust y que una vez alcanzado para la mutua defensa (imposible, como todo trust) acabaría afectando a tarifas de tal modo en que el poder acumulado por semejante estructura se acabaría convirtiendo en estado: ¿por qué no? Si tienes el poder, ¿para que especular?

Ciertamente, no hay ningún mecanismo infalible impide que un trust territorial degenere en un Estado. De la misma manera que tampoco existe ningún medio infalible para impedir que un Estado mínimo degenere en uno totalitario (y supongo que los minarquistas no aceptarán esto como una razón de peso en contra del Estado mínimo y a favor del Estado totalitario).

El paso en falso es afirmar que toda alianza empresarial para la defensa necesariamente da lugar a un Estado. Primero, porque esa empresa puede tener ramificaciones en otras partes del mundo, de modo que declarar un monopolio territorial sobre una de ellas daría lugar a la cancelación masiva de contratos en otras partes y ello provocaría una merma de sus ingresos y de su capitalización. Esto la convertiría en un blanco fácil para otras empresas de defensa o incluso para las empresas especializadas en seguridad común, tanto desde un punto de vista militar como financiero.

Segundo, no debemos tampoco olvidar el papel fundamental que jugarían los bancos en este proceso. Las cuotas coactivas deberían ser cobradas a través de los bancos, cuando en principio estos se deben a sus clientes y pueden devolver ciertos pagos. Podemos pensar que los bancos se convertirían en cómplices del proceso monopolizador, pero hay que tener en cuenta ciertos puntos: a) el banco también tendrá intereses extranjeros que se verían perjudicados, b) un banco depende para muchas de sus operaciones de sus competidores (por ejemplo, para acudir al mercado interbancario) que podrían boicotearlo en caso de que se convirtiera en Banco Central de ese territorio y, por tanto, impidiera la entrada de competidores.

Tercero, estamos tratando el tema de la defensa sólo desde la perspectiva de las empresas, pero estamos dejando de lado la autodefensa o las organizaciones civiles de protección mutua. En estos casos pasarían a ser realmente relevantes.

Cuarto, tampoco debe despreciarse el papel de voluntarios extranjeros (financiados por caridad privada o incluso por otras empresas de seguridad que quieren entrar en una zona) o de asociaciones de empresas de seguridad para liberar un territorio.

Es por eso que la diferencia entre ese eventual pseudo trust y un estado liderado bajo los principios liberales de gobierno limitado o mínimo sería, a la postre, irrelevante.


Pues obviamente no. Primero porque el Estado mínimo es ciego a la hora de definir la estructura productiva de defensa y seguridad como ya hemos descrito. Y segundo porque el Estado mínimo sí es un monopolio que no permite ningún cambio.

No sé si me aceptaréis que cite un caso histórico (perdón por el pecado), pero... ¿creéis que es humana la ambición? Yo creo que sí, y en un conflicto todos aspirarían a ser los líderes de la campaña al tener mejores ideas o mejor material o soldados: sería tan imposible llegar un acuerdo acerca de la estrategia como el llegar a un acuerdo los empresarios para fijar unos salarios hambreadores para los trabajadores


No hombre, lo que impide fijar salarios de subsistencia no es la incapacidad de los empresarios para llegar a acuerdos, sino la libertad de entrada en el mercado. Exactamente lo mismo que dificulta la formación de monopolios, a pesar de la ambición humana.

Reestructuración productiva


Los cuadros y mandos, la estructuración jerárquica y la disciplina única necesaria para que un ejército sea efectivo y combativo (lo cual no debemos olvidar) tendrían que empezar de cero y dicha formación no sería cosa de días ni semanas precisamente. Es necesario que existan ya cuadros y estrcutura militar si se aspira a dar alguna defensa. Si mañana nos ataca Marruecos, el Ejército puede hacer una llamada a voluntarios u, en caso extremo, ordenar levas, y encuadrar a los nuevos hombres en las unidades existentes. Sin ejército esa posibilidad no existe.


Ya he explicado que el ejército permanente es una posibilidad de mercado. Ahora bien, el volumen de ese ejército viene determinado por la expectativa de ataque. Si las compañías no esperan una guerra próxima no empezarán a rearmarse del mismo modo que si la esperan en un año. También el Estado procede de esta forma.

Ante una declaración de guerra inesperada, la estructura productiva sufriría una rápida variación, tanto para el caso de las empresas como del Estado. Tanto unos como otros ya tendrías estructura jerárquica y disciplina única, pues la empresa ya estaría formada. La variación de la estructura productiva se dirigiría a reforzar los activos militares ya existentes.

Es cierto que una compañía no puede reclutar forzosamente al personal, pero es claro que ante una amenaza inminente las compañías podrían contar con ciudadanos que voluntariamente acudirían a defender su vida y la de su familia. Voluntarios que, en buena medida, tendrían un cierto entrenamiento defensivo gracias a la libertad de armas.

Y si el sistema privado no tiene ninguna desventaja frente al estatal en cuanto a la estructura productiva, sí puede afirmarse lo contrario cuando consideramos los modos de financiación del Estado. En este sentido remito al excelente artículo de Gabriel Calzada.

Igualitarismo jurídico

Diré pues con cuidado que no cabe seguridad jurídica sin un derecho igual para todos es por eso que en cuestiones civiles lo ideal sería un derecho común a todo el mundo (¿las diferencias de regímenes jurídicos no son trabas a la coordinación e interacción?) Yo no defiendo el gobierno mundial pero no dudaría en defender un derecho básico para todo el mundo civilizado. ¿Tú no? El autismo no me gusta, aunque sea libertario.


Esto es un despropósito. Los derechos y las obligaciones, especialmente los que suele denominarse civiles, proceden de la autonomía de la voluntad, esto es, se expresan en forma de contratos inter partes. La idea de que el derecho debe ser igual para todos es fruto del perverso igualitarismo que impregna toda ideología de corte izquierdista.

Cuando permites la libertad y, por consiguiente, el libre pacto de derechos y obligaciones lo que tienes es una pluralidad de ordenamientos jurídicos, de derechos y obligaciones. Precisamente porque cada regulación puede ser la más adecuada para un conjunto de personas que aceptan utilizarlas.

Un derecho común igualitario sólo tiene sentido si es supletorio. Y ni siquiera así, ya que determinados territorios, profesiones o confesiones religiosas pueden tener distintas costumbres que requerirán de otras regulaciones.

Los distintos ordenamientos compiten entre sí hasta el punto en el que se generaliza el uso de los más eficientes para aquellas personas que les resultan más eficientes. Pero obviamente no para el resto.

Las diferencias entre regímenes no son en absoluto trabas a la coordinación y a la interacción, ya que para ello surgen fórmulas y sistemas de intermedios. Estas normas intermedias no suponen un obstáculo a ser eliminado y sustituido por una completa armonización (un second best), sino la manera más adecuada de conciliar todos los intereses.

La seguridad jurídica se consigue, precisamente, sabiendo que nadie de va a imponer su derecho, sino que podrás en todo momento adaptarlo a tu interés y a de la otra parte.

6 de Mayo de 2006

Algunos errores asociados a defender la defensa estatal

La praxeología de la violencia es, como decía Kantor en otro post, uno de los campos más vírgenes de la ciencia económica. De ahí que las discusiones en este ámbito suelan ser caóticas y poco sistemáticas, dado que aun no disponemos de un arsenal teórico suficientemente desarrollado. Ello, no obstante, no impide aplicar al estudio de la guerra muchas de las conclusiones sólidas de las que ya dispone ciencia económica.

El otro día Coase escribió un post bastante discutible sobre el asunto, donde pretendía probar la supuesta imposibilidad de proveer la defensa nacional, habida cuenta del problema de los free riders. Hoy Isidoro Lamas responde a una pequeñísima parte de mis comentarios al post de Coase, aunque no entre en el fondo del asunto y confunda el significado de mis palabras. Coase y yo discutimos sobre la viabilidad de un sistema de defensa privado y sólo de manera accidental sobre su eficiencia (al fin y al cabo, para que algo sea eficiente debe poder existir).

El primer error grave de Isidoro es intentar utilizar una de mis conclusiones teóricas contra mi mismo: Como Rallo reconoce en uno de sus comentarios, la violencia no es un hecho que puedan preveer los agentes de una economía y, por ello, la defensa en un entorno hostil no se puede dejar a elementos privados ya que son sumamente inoperantes en una guerra como la que barajamos.

Esto, claro está, no tiene nada que ver con lo que yo dije. Mis palabras fueron: "la violencia es un evento no asegurable, ya que no cabe estimación probabilística de la misma (y por tanto no puede calcularse prima de riesgo)". De mis palabras a la torcida interpretación que hace Isidoro media un universo teórico. Que no puedas asignar una probabilidad a un evento que, fundamentalmente, depende de la libre volición humana no significa que no puedas preverla empresarialmente. Por supuesto toda previsión puede ser errónea y en muchos casos lo será; pero es posible. Por ejemplo, yo no puedo conocer la probabilidad de quién ganará el campeonato de Fórmula 1 este año, pero sí puedo prever y esperar que lo gane Alonso. Yo no puedo conocer la probabilidad de que Evo Morales invada el mes que viene España, pero puedo intentar prever si lo hará o no. De hecho, esa operación es la que intenta hacer todo Estado cuando decide el montante de su gasto en defensa; si prevé un ambiente hostil lo incrementará, si prevé un ambiente pacífico lo reducirá (o al menos eso es lo que debería hacer el técnico en defensa nacional por el que los minarquistas abogan).

En otras palabras, la guerra no es un evento asegurable, pero ello no significa que no sea manejable. En caso contrario, los minarquistas se verían abocados a reconocer que toda la política estatal en materia de defensa es puramente arbitraria (y en parte lo es, pero no por este motivo). Las compañías privadas pueden, casi del mismo modo que un Estado, incrementar sus gastos en defensa ante sus juicios sobre la hostilidad del entorno.

Sin duda el Estado tiene una ventaja fundamental: su poder coactivo para imponer la validez de sus opiniones. Pero incluso en este caso se trata de una ventaja limitada. No entraré en el tema de la situación de absoluta insolvencia en el que se encuentran muchos de los Estados occidentales y que, por tanto, les impide endeudarse en lo sucesivo. Al fin y al cabo, una de las ventajas de ser minarquista es poder asumir que existe un Estado absolutamente idílico que gestionará de manera racional los recursos y que tendrá holgura financiera suficiente. La ventaja expoliadora del Estado en materia militar sigue siendo limitada porque incrementos fiscales muy fuertes supondrían una rebelión interna.

Por ello, los instrumentos del Estado siguen siendo esencialmente persuasivos: si quiere incrementar notablemente el gasto militar deberá convencer a la población de que es una medida necesaria. Algo que también pueden hacer las propias compañías de seguridad privada.

Si acaso podemos pensar que la capacidad coactiva supone una ventaja en el muy corto plazo, ya que permite reconvertir recursos civiles en militares a una gran velocidad (en caso de un ataque externo no previsto). Sin embargo, tampoco esto supone una gran diferencia con las empresas privadas; parece bastante evidente que la gente estará dispuesta a incrementar su gasto en defensa cuando sufra un ataque exterior.

Y todo esto no tiene nada que ver, como dice Isidoro, con la guerra de guerrillas o el terrorismo. Estos instrumentos pueden ser medios de defensa complementarios ante un ataque exterior, pero no el eje central. Como ya he explicado en otras ocasiones, en un territorio de jurisdicciones cruzadas, donde convivan clientes de varias agencias de seguridad, el ataque a un territorio supone una declaración de guerra a todas las agencias. Se abre la puerta, así, a la necesaria colaboración y alianzas para la ejecución de los gastos más importantes en que deban incurrir (armamento pesado), del mismo modo en el que las empresas hoy en día ya colaboran a través de acuerdos de I+D.

La afirmación de Isidoro, por tanto, está coja: Las economías libres no generan, ante una hostilidad indeterminda o indeterminable (como, insisto, Rallo reconoce), el stock de armamento pesado que sería necesario para poder siquiera aspirar a resistir un embate del enemigo con ejército regular, eso sólo lo puede hacer el estado.

No sé de qué modo llega a tal conclusión. Primero, como ya hemos visto, yo no reconozco nada de eso salvo cuando se me lee mal. Segundo, las distintas empresas pueden unir, coordinar e integrar sus cuerpos permanentes de asalariados (muy en el modelo de "ejército profesional") para repeler a los enemigos externos. La objeción de que esos acuerdos son demasiado a largo plazo para que sean viables no se sostiene, sólo recordemos que los proyectos en I+D maduran alrededor de los quince años, plazo suficiente como para amortizar buena parte del armamento pesado.

Acto seguido, eso sí, parece que para Isidoro el problema del armamento es residual y se inclina por profundizar en la organización militar: Lo que pasa, y esto echa por tierra todo debate que sobre stocks quisiesen plantear los ancaps, es que ni siquiera un stock determinado de armamentos convencionales (hablamos de una guerra industrial, factor nuclear excluído), incluso siendo de mejor calidad que los del enemigo, puede asegurar la victoria: ni siquiera puede asegurar una digna derrota. Los franceses e ingleses aprendieron algo de eso en la primavera de 1940; al tener una estática organización jerárquica, equivocada estrategia, mala coordinación entre armas y una obtusa doctrina táctica toda su superioridad en hombres y material (que era ciertamente notable) se esfumó a tal punto en que la mayor parte de su excelso armamento ni se llegó a utilizar frente a los osadísimos avances de las unidades alemanas, encuadradas y adiestradas bajo una jerarquía y un estado militarista y antiliberal en extremo como lo era el nazi

Las conclusiones que, en todo caso, cabe extraer de este párrafo son inquietantes. Si hemos de rechazar el anarcocapitalismo porque es incapaz, según Isidoro, de derrotar a los Estados, ¿deberíamos rechazar los Estados liberales porque sean incapaces de vencer a los Estados totalitarios? De nuevo, estamos ante el uso de acontecimientos históricos para tratar de refutar la teoría, en la peor línea antipraxeológica. Desde luego los Estados liberales han podido derrotar a Estados totalitarios, con mejor armamento y con mejor organización.

Isidoro simplemente asume que la mejor organización no puede darse dentro de una empresa privada, sin explicar muy bien por qué. ¿Acaso no puede existir jerarquía, encuadramiento y adiestramiento en la empresa privada? ¿Qué son entonces las organizaciones jerárquicas, los sistemas de supervisión y los cursos de formación que ya se dan en muchas empresas? De hecho, Executive Outcomes es el ejemplo de una empresa de seguridad privada pequeña, pero perfectamente adiestrada y entrenada, hasta el punto de haber puesto en jaque a varios Estados africanos. Y hablamos de una empresa de poco más de 100 personas, ni siquiera de asociaciones empresariales con miles de soldados (como las que sí operan en Irak). No olvidemos que la experimentación sobre los mejores métodos de organización interna es un fenómeno típicamente empresarial; aquellas compañías que mejor se organicen serán las que prestarán una mejor defensa y, por tanto, las que medrarán en el mercado. El Estado no termina de paralizar este proceso (ya que en cierto modo de mantiene una competencia interestatal por organizar los ejércitos) pero sí le quita buena parte del vigor y profusión que caracterizarían un mercado de defensa libre (básicamente por la ausencia del cálculo económico y por la consolidación de estrecturas ineficientes que sólo pueden ser removidas a través de una invasión militar exteriores).

Las objeciones, por tanto, son poco sólidas. Isidoro ni demuestra la imposibilidad de la defensa privada (como sí pretendía hacer Coase), ni describe con corrección las bases del sistema privado que pretende criticar, ni es consciente de las interrelaciones empresariales viables para proporcionar armamento pesado o sistemas organizativos adecuados. En realidad, como suele suceder en estos debates, se juega demasiado al despiste histórico y no se debate ningún argumento.

El resto del post no trata específicamente sobre la defensa nacional, sino sobre la posibilidad de que el Estado desaparezca. También esta parte contiene diversas imprecisiones en su defensa del Estado: Si se quiere, una explicación de la necesidad del estado en estas comunidades ya desarrolladas se encuentra en la colectiva convención acerca de la inutilidad de la venganza de sangre como instrumento coactivo.

En realidad, la convicción pasa por creer que sólo el Estado puede eliminar la venganza de sangre, cuando es obvio que existen mecanismos alternativos, como el arbitraje, los acuerdos de sumisión a la jurisdicción de algún tribunal, la exclusión social, el embargo de las cuentas bancarias... A lo que Isidoro llama convicción yo le llamo ilusión estatista.

El siguiente párrafo ya es de órdago: el hecho de que cada asegurado goce de una serie de derechos y obligaciones sólo respaldados por una aseguradora genera un derroche de gestión evidente toda vez que dicho sistema "libertalizado" pretende, a los ojos de los ancaps, generar seguridad jurídica, pero lo que haría sería todo lo contrario o, cuando menos, lo mismo a un elevado precio en forma de graves problemas de información y trabas a las relaciones entre individuos.

Ignoro por qué Isidoro habla de "asegurado" para criticarme cuando yo digo claramente en mis comentarios que las compañías de seguros no pueden encargarse de esto. Pero bueno, lo realmente jugoso son las líneas siguientes. Por lo visto la disparidad de derechos y obligaciones supone ¡un derroche! Uno que creía que la diversidad de derechos era el rasgo característico de una sociedad libre, donde cada individuo persigue sus fines y selecciona los medios adecuados para ello. En su lugar, deberemos ser eficientes, cargarnos la autonomía de la voluntad, los derechos y obligaciones que emanan de los contratos inter partes y generar unos mismos derechos individuales frente a la comunidad para todos.

Pero una definición tan socialista de eficiencia tiene un problema esencial: la eficiencia se refiere a la mayor aptitud del medio para satisfacer un determinado fin. Si eliminamos la autonomía de la voluntad para evitarnos el derroche asociado a la disparidad de derechos y obligaciones nos estamos cargando también los fines y, por tanto, la eficiencia. En realidad, decir que el sistema igualitarista sería más eficiente (o menos derrochador) implica renunciar a la libertad e imponer un mismo fin colectivo para todos los individuos. Obviamente el fin del político, cuyos medios sí podrán ser eficientes y reducir el derroche (esto es, el coste de oportunidad).

Y mejor no abordar el tema de "la información" o "las trabas a las relaciones entre individuos" que supuestamente implican la diversidad de derechos y obligaciones. Por lo visto, la información y la experimentación se ven muy reforzadas cuando sólo puede existir UN derecho; casi tanto como las relaciones entre personas, indudables beneficiarias de la abolición de la autonomía de la voluntad y de la posibilidad de pactar derechos y obligaciones entre sí distintas a las de los demás.

Eso sí, no me cabe duda de que las implicaciones necesarias de esta particular visión del minarquismo siguen siendo muy minarquistas. Como dice Isidoro: Estado mínimo más que un relicario al que rezar es una actitud, por encima de todo. Dicha actitud no sería otra que la de intentar hacer prevalecer en todo momento los derechos de los individuos sobre los presuntos derechos de colectivos y frente a los atropellos de funcionarios o particulares. Lástima que al intentar conseguir que prevalezca el derecho de los individuos a algunos no les importe cargarse en parte esos derechos de los individuos.

5 de Mayo de 2006

La falacia de la industria naciente

Este mes he escrito en el Juan de Mariana sobre el argumento proteccionista de la industria naciente. Quizá sea un poco técnico, pero espero que grosso modo se entienda.

El argumento es el siguiente. Imaginemos un país pobre que empieza a industrializarse; dado que en un principio la acumulación de capital y la productividad de estas industrias serán reducidas, las empresas nacientes serán incapaces de competir con unas compañías extranjeras que cuentan con mayores recursos. Por ello, la industria extranjera barrerá a la nacional antes de que llegue a la madurez y esté en condiciones de competir. Los defensores de esta teoría sostienen que conviene establecer aranceles proteccionistas hasta que las industrias nacientes nacionales e desarrollen, acumulen capital y puedan dirigirse a los mercados internacionales en condiciones de mayor igualdad.

El empresario tratará de financiar el diferencial presente de precios a través del valor presente de la rentabilidad futura del diferencial de precios. El problema es que si ese diferencial de precios se estrecha de manera artificial (incrementando el precio de los productos extranjeros con aranceles) la financiación necesaria para compensar las pérdidas será menor al haber privado a los consumidores de la posibilidad de adquirir productos más baratos que mejoren su bienestar.

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4 de Mayo de 2006

Primer estudio del IJM sobre el derecho a la información del paciente

El Instituto Juan de Mariana presentaba hoy su primer estudio sobre el derecho a la información del paciente: El verdadero objetivo de los países europeos al prohibir la publicidad directa al paciente no es el de prestar a sus ciudadanos información no sesgada sobre las cualidades terapéuticas y las contraindicaciones de los productos farmacéuticos, sino el de disminuir el gasto público sanitario cada vez más creciente que soporta Europa.

El estudio analiza las nocivas consecuencias que para la innovación y la prevención de enfermedades que se derivan de las legislaciones estatales. El problema último, claro está, se encuentra en la Sanidad pública, de modo que los Estados se ven forzados a mentir a sus ciudadanos para limitar el gasto. Justamente lo contrario que haría una empresa privada.

Podéis descargarlo aquí.

3 de Mayo de 2006

Boicotee El código Da Vinci

Esta semana escribo en Iglesia sobre las críticas que ha recibido Amato al reclamar el boicot católico al Código da Vinci.

El boicot no es más que una exhortación a que los consumidores dejen de adquirir un producto; no utiliza la violencia en ningún momento, tan sólo la presión de la soberanía del consumidor. Lo único que ha reclamado Amato, por tanto, es que los católicos (ni siquiera toda la sociedad) no vayan al cine a ver El código Da Vinci.

De ahí que la comparación del boicot con las manifestaciones musulmanas en contra de las caricaturas de Mahoma carezca por completo de fundamento. En aquellas turbas se solicitaba que los estados belga y holandés censuraran la aparición de cualquier caricatura ofensiva con el supuesto profeta, esto es, que cercenaran la libertad de los holandeses tomar las decisiones finales sobre sus vidas y sus propiedades.


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2 de Mayo de 2006

Adiós a la sonrisa sardónica

Hoy tocaba lo que tocaba, es decir, la necrológica de Galbraith. No puedo dejar de sentir cierta decepción al comprobar que nadie de la blogosfera roja ha hablado sobre su vida y pecados. Ya ocurrió con Heilbroner y es ciertamente triste. Y si dejan de jalear a sus intelectuales dudo mucho que sea por prudencia.

En todo caso, aquí está mi crítica a Galbraith. No he pretendido ser ni extremadamente duro ni extremadamente condescendiente. Es cierto que Galbraith acaba de morir, pero no es menos cierto que sus ideas hicieron un tremendo daño al capitalismo y a la libertad. Mi ataque se dirige en lo fundamental a sus ideas y al rol que jugó en difundirlas y popularizarlas. Desconozco si Galbraith fue, como opina Friedman, una bellísima y honradísima persona; sí sé que sus argumentos no lo fueron.

Galbraith fue toda su vida un fiel servidor del poder político, ya fuera de modo directo (como encargado del control de precios con Franklin Delano Roosevelt, como embajador en la India con Kennedy o como asesor presidencial con Johnson) o, sobre todo, indirectamente (a través de su labor como intelectual orgánico). Fue una persona dedicada por entero a denigrar y desprestigiar el capitalismo para, así, justificar la expansión del estatismo.

Lo cierto es que el ente empresarial descrito por Galbraith posee todas las características de un Estado socialista: fijación de precios y salarios, imposición de los patrones de consumo y tamaño mastodóntico. Las diferencias son tan minúsculas que, como el propio autor reconoce, no habría ningún problema en sustituirlas por empresas públicas.

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Socialist Recipes To Continue Being Poor

Hoy me han publicado mi segundo artículo en Lewrockwell.com. De nuevo, una traducción de uno ya aparecido en Libertad Digital:

Some weeks ago, the leftist "think-and-do" tank "New Economics Foundation" (NEF) published a report that aims to rebut the supposedly generalized idea that poverty can only be battled through economic growth. According to the NEF, only income redistribution can bring poverty to an end while also sustaining the environment. The problem, thus, is not how to make the pie bigger, but how to cut it up correctly.

It is sad to have to remark upon something so elemental. There is just one way to fight poverty: economic growth, the creation of wealth. But when economists speak of economic growth as a way to eliminate poverty, they mean the economic growth of the poor, not of the rich! Economic growth among the rich can make it easier for the poor to progress, but if they, for whatever reason, are prevented from generating wealth, they will not get out from the well of necessity, even though their neighbors use sausages to leash their dogs.

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