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Todo un hombre de Estado: Agosto 2005

31 de Agosto de 2005

Otro día sin gobierno

Nueva Orleans es hoy una ciudad sin Estado. No es que hoy Nueva Orleans viva mejor que hace una semana; el Estado pesa, pero generalmente no tanto como un tornado. Mal que bien, la gente está acostumbrada a vivir y a convivir con el Estado. Los esclavos también estaban habituados a su situación, a pesar de puntuales revueltas de cuatro iluminados. Quien ha estado toda su vida encerrado entre cuatro paredes, se siente desconcertado al ver el mundo exterior. No está preparado, no sabe cómo actuar.

Sin embargo, hay una diferencia importante entre que a la gente le cueste adaptarse y que la gente no pueda adaptarse. Cuando las instituciones a través de las que el hombre actúa desaparecen, otras nuevas comienzan a surgir. La desaparición del Estado no supone el caos eterno, sino el desconcierto momentáneo. Hace unas semanas, traduje un artículo de Michael Gilson de Lemos, Un día sin gobierno, donde explicaba claramente la costumbre de los antiguos tiranos de Mesopotamia por la cual el gobierno dejaba de funcionar durante un día al año. La función de esa anarquía impuesta y planificada, de esa anarquía estatalista, era convencer a la gente de que el Estado era imprescindible. O yo o el caos.

Sin embargo, MG también explicaba que el ser humano conseguía adaptarse y superar tales problemas. La sociedad humana estaba compuesta de algo más que burocracias y redes políticas. El Estado se sustentaba sobre la sociedad, no la sociedad sobre el Estado: Existe un "gobierno" natural, aquello que Thomas Paine denominó sociedad, entre los seres humanos que es voluntario, descentralizado y surge de manera natural si así se le permite. Consiste no sólo en un conjunto de instituciones naturales, desde la familia hasta las asociaciones, sino que involucra a personas que eligen a otras que conocen personalmente.

En Nueva Orleans estamos viendo cómo ese gobierno natural y voluntario está emergiendo, aun de forma precaria. El gobierno oficial, los salvadores monopolistas, se han mostrado incapaces de proteger a sus súbditos. Los saqueos se han generalizado y la defensa oficial es inexistente. Nueva Orleans no es sólo pasto de Katrina, sino también de los delincuentes. Según El Mundo: los agentes de la seguridad, agotados por las penosas condiciones y la acumulación del trabajo, no han podido hacer frente a los saqueadores.

Siguiendo casi textualmente a MG, Eugenio Val lo explica en La Vanguardia: The Americans are not a people prone to complain or to wait for the State to solve their problems. The heirs of pioneers who suffered many setbacks, of millions of immigrants who arrived with the clothes on their backs, seasoned by furious nature, they normally accept with active resignation situations like those created by Hurricane Katrina and the frequent disasters caused by floods, extreme cold, tornadoes, droughts, and forest fires. The American character is pragmatic and solidarious, in addition to carrying optimism in its genes. It demands that the authorities contribute to alleviating misfortune, but it knows well that in the long run it is one's own efforts and those of the community one lives in which make the difference. This is why volunteerism at all levels is a national institution, as is taking up collections. A foreign observer is surprised at the speed and effectiveness with which they get to work.

In American culture the idea of starting over from zero, of reinventing oneself, of moving thousands of kilometers to get a new job and overcome a crisis, does not frighten as much as in Europe. With this disposition, with the persistent idea that "we'll get out of this," it is easier to face the always painful loss of a home or destruction of a business.


Están sin gobierno, pero no ingobernados. El periodista de El Mundo lo deja claro: En algunas zonas, los propietarios se han reunido y forman patrullas armadas para combatir a los ladrones. Los medios locales hablan de comerciantes apostados frente a sus tiendas con armas y carteles del tipo "Tú saqueas, yo disparo". Los ciudadanos están defendiendo sus propiedades.

Los lazos comunitarios, pues, han servido, están sirviendo, para conseguir defender a los individuos en una situación donde el Estado -incluso el Estado- ha fracasado. No están mejor que antes, es indudable, están mejor que sin nada, esto es, con aquello que les ofrecía la omnipotente maquinaria estatal.

Otro día sin gobierno. Otro día en el que el caos ha sido menor de lo que podía ser. No gracias al gobierno -acaso a pesar del gobierno- sino de las comunidades libres, de los lazos y relaciones voluntarias. No se trata de convertir en excepcional la normalidad, sino de permitir que las geniales iniciativas comunitarias que se desarrollan en un clima de excepcionalidad, se estabilicen, mejoren y perfeccionen en un clima de normalidad. Sólo así comprobaremos que si hay algo más catastrófico que sufrir un tornado es sufrir un tornado atrapados por un Estado que dice protegernos.

Actualización: Vía vanguardist me entero de que la policía pública se ha unido a los saqueos. Menos mal que están para protegernos. El Estado saqueando. Vaya, nada nuevo, ¿no?
ZP se vuelve liberal

Parece ser que ZP ha tenido un arrebato liberal y ha prohibido a Esperanza Aguirre crear una nueva cadena de televisión pública en Telemadrid. Estamos seguros de que esta decisión ha estado plenamente motivada por la prístina búsqueda de la libertad que define a nuestro presidente del gobierno; no podríamos pensar en ningún otro tipo motivación.

En todo caso, hay que celebrar su decisión, cualesquiera fueren sus motivos. Eso sí, en coherencia habría que pedirle que por un lado, exigiera al gobierno catalán que cerrara al menos dos de sus televisiones autonómicas y, por otro, solicitar al andaluz que hiciera desaparecer uno de sus dos altavoces propagandísticos. No cabe dudar acerca del destino final de estas peticiones.

Pero además ZP puede ejecutar por él mismo el ejercicio de rectitud y austeridad que reclama a los demás. ¿Por qué los contribuyentes españoles hemos de soportar una cadena de televisión pública nacional sumamente deficitaria y cuyo único objetivo es cantar las alabanzas de los distintos gobiernos centrales?

Es más, puestos a reducir gastos en el campo audiovisual, ZP también podría eliminar las poco despreciables subvenciones que los directores españoles están recibiendo. Sabemos que "hay motivo" para que las reciban, pero los ciudadanos también tenemos motivos -y mejores- para conservar esa escandalosa redistribución de renta desde los trabajadores a los cineastas multimillonarios.

¿Y por qué no? Siguiendo en la línea de implantar mayor libertad en la comunicación, ZP podría cancelar la aprobación del Estatuto del Periodista y liberalizar el espacio radioeléctrico. De esta manera, no sólo Polanco podría abrir nuevos canales 4 y demás monsergas, todo españolito de a pie tendría la libertad de montar un medio de comunicación. ¿Cuántas radios y televisiones tienen hoy una situación de inestable alegalidad -o abierta ilegalidad- simplemente porque el poder político se niega reconocerlas y sancionarlas?

Pero, ay, no sé por qué, pero no veo estas reformas como inminentes. Será que nuestro glorioso ZP tiene otros planes. No dudo de que, como político, serán los mejores para los españoles. Sobre todo, para algunos españoles.

30 de Agosto de 2005

Utilidad marginal, réplica a Diego Guerrero (y IV): El alcance limitado

Terminamos hoy con la serie de posts (I, II y III) que hemos dedicado a comprobar la mala comprensión y peor refutación de Diego Guerrero sobre la utilidad marginal.

La última parte de su crítica viene referida al "alcance limitado" de la utilidad marginal. Como en breve comprobaremos, no resultaba necesario incidir en este punto porque sus argumentos ya han sido suficientemente tratados en los posts anteriores. Aun así, reiteraremos los errores de Diego Guerrero.

Es curioso como Guerrero, profundamente inseguro de la solidez de sus críticas anteriores, comienza diciendo: Incluso en el caso de que todas las críticas anteriores no fueran válidas. Efectivamente no lo son. La venda antes de la herida, pero después de la metedura de pata. Veamos qué nos ofrece Guerrero como argumento definitivo:

Incluso en el caso de que todas las críticas anteriores no fueran válidas, aún quedaría una importante crítica a la que tendrían que hacer frente los teóricos de la utilidad. En realidad, todo su argumento se sostiene en parte porque se supone que al otro lado del mercado (frente a las empresas que constituyen la oferta) están los consumidores como colectivo de sujetos que experimentan placer.

Bueno, aquí cabe recordar algunas cosillas. Básicamente que el proceso de mercado se basa en el appreisement empresarial y que esta fijación de precios serán exitosa en tanto sirva a los consumidores, esto es, en tanto el precio que tengan que pagar no supere a su utilidad marginal. El empresario no es un sujeto pasivo o reactivo, sino el verdadero protagonista del mercado. Como ya hemos explicado, son los empresarios quienes crean los precios de los bienes de consumo y las rentas de los factores productivos; pero no se trata de una creación caprichosa, sino que queda subordinada a la correcta satisfacción de los fines del consumidor.

Pero debe tenerse en cuenta que, puesto que existe un mercado para cada mercancía, sea ésta final o intermedia, y dado que el producto interior bruto de cada país, o PIB, representa tan sólo el volumen de las llamadas transacciones "finales" de la economía, esta variable macroeconómica básica deja fuera el valor de todas las transacciones "intermedias", que cuantitativamente representan la mayor parte del total (en torno a un 60% como mínimo) y que se caracterizan precisamente por que en ellas no aparecen por ninguna parte los consumidores utilitaristas de la teoría neoclásica.

En este punto debo darle totalmente la razón a Guerrero. Las medidas de Contabilidad Nacional como el PIB o el PNB, bajo el argumento de evitar la doble contabilización, dejan fuera de sus mediciones la mayor parte de la economía; esto es, todo el proceso de ahorro e inversión empresarial en capital circulante que todavía no han devenido bienes de consumo finales. Guerrero cita el ahorro y reinversión empresarial en bienes intermedios en torno al 60%. Es muy posible que sea superior, quizá del orden del 70% (atendiendo a las mediciones que efectúa Mark Skousen de su Renta Social Bruta).

¿Cuál es el objetivo de la Contabilidad Nacional? Obviamente hipertrofiar el papel y el peso del consumo en la economía. De representar, en realidad, poco más del 30%, gracias al PIB alcanza magnitudes del 66%. Esta manipulada realidad resulta harto útil a los keynesianos para reclamar medidas políticas que estimulen la "demanda agregada", como incrementos del gasto público o reducciones del tipo de interés. Si el consumo representa la mayor parte de la economía, parece lógico que sea su motor.
Por tanto sí, debo coincidir con Guerrero que la economía neoclásica descansa en mediciones corruptas que le impiden contemplar que la parte más importante del capitalismo no es el "consumo" sino toda la estructura de bienes de capital que tiene que ser continuamente amortizada y rediseñada a través del cálculo y la función empresarial.

Sin embargo las conclusiones que de este hecho saca Guerrero son muy insatisfactorias: Resulta, pues, que sólo en un 24% del total de las transacciones posibles está presente el famoso y soberano consumidor final de la teoría neoclásica, y sólo en esa pequeña minoría de casos podría éste aplicar su particular calculadora funcional-utilitarista para obtener el pretendido máximo placer.

Son este tipo de afirmaciones las que demuestran que Guerrero no entiende ni una coma de cómo funciona el mercado. Ya lo explicamos en el tercer posts, pero lo repetiremos brevemente.

El empresario establece un precio de mercado al que espera vender una cierta cantidad de mercancías; en ese sentido, paga a los factores productivos de acuerdo con su productividad marginal en la obtención de esos ingresos. El consumidor, aun cuando intervenga sólo como revisor final, sigue determinando el proceso de mercado, pues las malas evaluaciones sobre su utilidad dan al traste con todos los negocios previamente emprendidos.

De la misma manera, los bienes intermedios de capital atraviesan distintas etapas hasta convertirse en un bien de consumo. Desde que se empieza a aplicar el trabajo en, por ejemplo, una mina de aluminio, hasta que éste se convierte en un coche, pueden pasar varios meses. Cada empresario está especializado verticalmente en una etapa de ese proceso: uno extrae el mineral, otro lo convierte en aluminio, otro le da la forma deseada, otro el color apetecido, otro lo transporta hasta la planta de ensamblaje... En cada estadio productivo, los precios de un empresarios suponen los costes de otro; el hecho de que los precios aumenten conforme el aluminio se va aproximando a su destino final (el automóvil) simplemente refleja la realidad denominada "interés".

Conforme se acerca al fin último, el medio se valora en más. De hecho, ha transcurrido un período de tiempo durante el cual los distintos empresarios han ido pagando a los trabajadores "sin que el coche se haya vendido todavía". Pensémoslo un momento. El aluminio se extrae de la mina para, en última instancia, venderse en forma de automóvil. En teoría, hasta que no se vendiera el automóvil, los mineros no deberían poder cobrar, ya que el automóvil todavía no se ha "realizado" (vendido).

Los distintos salarios que perciben antes de que su trabajo sea "útil" para el consumidor suponen un "adelanto" del empresario, un préstamo de dinero cuya maduración se obtendrá con la venta del producto (más el interés acumulado durante todo el tiempo).

Imaginemos que el precio de estos bienes intermedios se vuelve excesivamente caro (porque por ejemplo un fabricante de chapas de aluminio deja de ser eficiente), el vendedor final de automóviles tendrá o bien que reducir beneficios (incluso quebrar), o bien aumentar el precio de los automóviles (con lo cual reducirá sus ventas hasta el punto de que, si no sigue satisfaciendo a los consumidores, no podrá recuperar la inversión inicial en factores productivos) o bien cambiar de proveedor a uno más barato. Normalmente, si la última opción está en pie, será la que se adoptará. El proveedor ineficiente quebrará por despilfarrar recursos para el consumidor. En caso de que el vendedor final y el proveedor ineficiente se aliaran contra los consumidores, estos no tendrían más que acudir a otro vendedor de automóviles que no tenga tratos especiales con proveedores ineficientes.

En cualquier caso, pues, vemos que el appreisement empresarial, al basarse en la correcta anticipación de la utilidad marginal de los consumidores, sigue controlando el proceso de mercado. Por un lado, la remuneración de los factores productivos (trabajo y tierra) se fija en función de la productividad marginal sobre el montante de ingresos esperado y, por otro, el precio de los bienes de capital se determina conforme la utilidad marginal de los "clientes empresariales", que a su vez, viene limitada por que ese precio al entrar como coste contable no supere su precio final de consumo (que como ya hemos visto viene determinado por la utilidad marginal de los consumidores).

Por último, Guerrero echa mano de un argumento típicamente galbraithiano rebozado con retórica marxistoide: Pero cabría todavía añadir otra duda: de este 24%, ?qué porcentaje representan realmente las compras "de placer" y qué porcentaje se lleva a cabo por consideraciones totalmente ajenas e independientes de ese sentimiento (como son las compras que se hacen por obligación o necesidad, entre ellas las necesarias para costear la reproducción de la propia fuerza de trabajo como mercancía), en cuyo caso si bien no se atenta contra la utilidad sí que se pone en entredicho que lo útil, lo funcional para la reproducción del sistema económico y social en su conjunto y en cuanto tal, pueda identificarse sin más con lo placentero y el óptimo social?.

La utilidad marginal no supone una teoría acerca del placer o la necesidad, sino de la mejora de las situaciones previas. Uno puede mejorar su situación y aun así sentirse un desgraciado. Estos casos competen a la psicología no a la economía. Es indistinto que compras se realizan por placer y cuáles por necesidad para sobrevivir. ¿Es que caso la supervivencia no es también útil para el ser humano? ¿Es qué la supervivencia no es, de hecho, el primer fin de todo ser humano no suicida?

No vamos a extendernos en refutar el supuesto determinismo publicitario de las compras del individuo -cuya crítica, por otro lado, puede consultarse aquí; insisto, aun en ese caso, la utilidad marginal sería el principio válido (incluso aunque los consumidores fueran autómatas de los capitalistas, el precio se determinaría por la utilidad marginal de los capitalistas).

Hemos visto, pues, a lo largo de estos cuatro artículos que Guerrero ha sido incapaz de comprender los fundamentos de la subjetividad y del proceso de mercado. Creyendo primero que la utilidad se fijaba en función de placeres experimentados(y por tanto posteriores a la acción que motivó la adquisición), que los costes determinan los precios (cuando los costes SON precios) y que la soberanía del consumidor queda en entredicho por el simple hecho de que el proceso previo a la maduración en bienes de consumo final suponga la mayor parte de la economía "productiva".

La utilidad marginal, para desgracia de todos los marxistas, sigue siendo la principal explicación para la formación de los precios. No hay vuelta de hoja; sólo ciertos prejuicios arrogantes impiden reconocerlo.

29 de Agosto de 2005

Utilidad marginal, réplica a Diego Guerrero (III): Incosistencia lógica

Seguimos con la crítica a Diego Guerro en relación con su supuesta "refutación" de la utilidad marginal. En los dos posts anteriores examinamos sus objeciones basadas en la subjetividad y la superfluidad. Ahora estudiaremos su "incosistencia lógica".

Se pregunta Guerrero: ¿cómo podría ser la utilidad marginal el fundamento último del precio si aquélla consiste en el placer experimentado por el sujeto en el consumo de la última unidad, y todo el mundo sabe que, al menos en esta forma social que llamamos capitalismo, para poder consumir con carácter general cualquier mercancía primero hay que haberla comprado y, por tanto, pagado su precio?

Aquí Guerrero, por un lado, confunde utilidad con satisfacción a posteriori y, por un lado, ignora el proceso de mercado. Primero, como ya dijimos, la utilidad no consiste en ningún placer experimentado, sino en la expectativa de placer. Todas las unidades, al ser perfectamente intercambiables, tendrán la utilidad del fin marginal. No sólo eso, ya dijimos que cabía la existencia de utilidad sin consumo.

En otras palabras, cuando yo adquiero una unidad adicional, el valor de todas las restantes unidades disminuye. ¿Por qué? Sencillamente porque las unidades son intercambiables y, por tanto, ya no hay última unidad, sino un stock de unidades que permiten satisfacer hasta determinado fin (fin marginal). Por ejemplo, si yo tengo cuatro sacos de cereales y el último lo dedico a alimentar a los cerdos, el valor de un saco de cereales es el de alimentar a los cerdos. Si adquiero un nuevo saco para darlo a los más necesitados, el valor de un saco -de cualquier saco- pasa a ser el de alimentar a los pobres. Todo ello aunque yo imprima en cada saco una etiqueta diciendo "Destinado al consumo humano", "Destinado a alimentar a los cerdos", etc... Y es que, si me roban el saco destinado a alimentar a mi familia, no por ello moriré de hambre, simplemente dejaré de ser caritativo con los pobres.

Y todo ello sin perjuicio de que, una vez realizadas todas las acciones, obtenga más satisfacción en haber ayudado a los pobres que en haber alimentado a mis animales. Lo importante es el valor que influye y determina la acción, no la satisfacción experimentada una vez se haya actuado. En caso contrario explicaríamos los precios a partir de acciones que todavía no han acontecido.

Por otro lado, Guerrero ignora cómo funciona el mercado. Cierto es que la utilidad determina el precio pero que, a su vez, el precio sirve para determinar la utilidad, pues un precio más bajo permite adquirir una mayor cantidad de productos y, por tanto, provocará una menor utilidad marginal. Sin embargo, aunque Guerrero así lo sugiera, el razonamiento circular es inexistente.

Tenemos tres modalidades de formación de los precios en una economía libre. Negociación inter partes, el comprador fija el precio, el vendedor fija el precio. En la negociación inter partes, comprador y vendedor negocian un precio para el intercambio. Obviamente, este precio se situará entre el valor del fin inmediatamente anterior al que satisface el bien en cuestión para el comprador (de manera que si el precio se fija en una cantidad monetaria que sirva para conseguir fines de mayor valor obligaría al comprador a declinar la oferta) y el valor del fin inmediatamente superior al que satisface el bien en cuestión para el vendedor(de manera que si el precio se fija en una cantidad monetaria que sirva para conseguir fines de menor valor obligaría al vendedor a declinar su oferta). Cuál será el precio final es imposible de determinar para la ciencia económica; es más, no le interesa. Estamos ante cuestiones puramente históricas, no teóricas. Basta con afirmar que la transacción tendrá lugar entre esos dos límites, o no será.

Otra forma, menos común -salvo en casos de ofertas públicas- es que el comprador fija el precio que está dispuesto a pagar. En ese caso, el primer vendedor que sea capaz de ofrecerle el bien en cuestión a ese precio efectuará la transacción. Como es obvio, puede que ningún comprador pueda satisfacer tal demanda. En ese caso, el potencial comprador deberá incrementar el precio que está dispuesto a pagar, ¿hasta qué límite? Nunca la utilidad del dinero que ofrezca podrá ser superior a la del fin que le permite satisfacer el bien que quiere adquirir. Por tanto, los precios que se formen estarán en función de la utilidad marginal del comprador (y si no se forman precios, ese bien estará dominado por la utilidad marginal del vendedor que será superior al precio ofertado por el comprador).

Por último, el modo más frecuente de formación de precios en las economías capitalistas es el appreisement empresarial, esto es, el vendedor propone un precio y los consumidores demandan en función de ese precio. En estos casos, el precio de las transacciones que se realicen, como es lógico, no podrá superar la utilidad marginal del comprador. Si el vendedor fija un precio superior a ésta, no venderá los productos, se quedará con todos ellos. Por tanto, el correcto appreisment empresarial está estrechamente relacionado con fijar un precio inmediatamente por debajo de la utilidad marginal de los compradores a los que aspire. No sólo eso, como inmediatamente veremos, también se fundamenta en fijar una correcta remuneración para los factores productivos asociados con el proceso de producción.

En todo caso, podemos sacar una conclusión común para los tres tipos de formación de precios: la propiedad privada es previa al precio. Tanto el comprador como el vendedor tienen que ofrecer algo a cambio de otro algo. Sin propiedad privada, el comprador no puede renunciar a nada para adquirir una determinada cantidad de productos. De ahí, que en ausencia de propiedad privada, no existan unidades marginales y, por tanto, ni precios, ni costes, ni necesidad de limitar la demanda. No es posible una asignación eficiente de los recursos ya que, como puso de manifiesto Mises, sin precios de mercado no es posible el cálculo económico.

En cualquier caso, Guerrero extrae dos consecuencias de su inicial malinterpretación de la utilidad marginal. La primera es que si se quiere una definición verdaderamente general de la utilidad marginal, es decir completamente independiente de, y previa a, el precio de la mercancía, habría que decir que es el placer que el consumidor potencial imputa a la última unidad de mercancía potencialmente consumida cuando se plantea y valora las diferentes alternativas abstractas que se le ofrecen, desde consumo 0 a consumo infinito.

Salvo en el matiz restrictivo de "consumidor", podemos decir que Guerrero entiende relativamente bien la idea de utilidad marginal. Es de extrañar, por tanto, que hasta ahora se haya limitado a atacar sus falsas interpretaciones de la misma. ¿En qué quedan las críticas precedentes si en este punto Guerrero modifica, en el camino correcto, la idea de utilidad marginal que previamente había atacado? ¿No sería necesario volver a iniciar el ataque en lo referente a la "subjetividad" y "superfluidad"? ¿O es que acaso los conceptos han dejado de importar?

Pero, lo interesante es la segunda consecuencia: Pero, en segundo lugar, ahora se comprende por qué razón la teoría neoclásica del valor no puede renunciar al lado de la oferta en su fundamentación de los precios mercantiles, pues, al ser conscientes de la contradicción lógica que supone hacer depender lo previo (el precio) de algo que es posterior (el consumo), no tiene otro remedio que recurrir al coste de producción para explicar el nivel del precio.

Lo siento pero no existe contradicción alguna, salvo en la teoría de Guerrero. Primero, porque a vuelto a las andadas, ¿no habíamos quedado que hablábamos de expectativas de consumo o de consumo potencial? ¿Cómo va a ser el consumo potencial posterior al precio? Segundo, porque recurrir al coste para explicar el precio sí es una contradicción lógica. Y es que, ¿qué son acaso los costes sino precios?

Volvamos ahora al tercer método de formación de los precios que ya hemos explicado: el empresario propone y la demanda se fija en función del appreisement. Es posible que muchos, la gran mayoría, de los empresarios fijen sus precios añadiendo un cierto interés a los costes, pero ello en ningún momento significa que los precios se fijen en función de los costes, ya que precisamente el empresario confía en pagar esos costes porque supone que las ventas de sus productos le permitirán pagar a los factores productivos y obtener un cierto interés. Si las apreciaciones son erróneas (es decir, si el precio que espera que los consumidores paguen para poder financiar la producción supera la gran mayoría de las utilidades marginales de los consumidores), entonces el empresario no podrá pagar los salarios, los intereses y las rentas. Quebrará a menos que reduzca el precio. Y si al reducir el precio puede dar salida a la producción pero no puede pagar a sus factores productivos tanto como prometió (esto es, más de lo que les pagarían en otros usos alternativos), la producción se paralizará.

Por tanto, la utilidad marginal sigue gobernando el valor de los bienes y servicios. Si el empresario paga más a los factores productivos que su productividad marginal, la empresa quebrará. Si les paga menos, simplemente no podrá contratarlos (pues otro empresario los contratará pagándoles un poco más hasta su productividad marginal). Y la productividad marginal es una productividad en términos de valor, esto es, sobre los ingresos adicionales que proporcionan; el ingreso viene determinado por el precio; y la utilidad marginal domina el precio.

A pesar de todo ello, Guerrero concluye que ha sido posible hacer creer a muchos ingenuos que son los consumidores no sólo quienes determinan la cantidad consumida sino también quienes codeterminan el precio de las mercancías de acuerdo con el principio de su máxima utilidad.

Por supuesto, los consumidores no eligen la cantidad que quieren consumir. Creo que pocos economistas afirman eso. Simplemente se afirma que la utilidad marginal determina el precio; pero la utilidad no es algo exclusivo de la demanda, sino también de la oferta.

Es curioso como los marxistas pretenden endosarnos que los empresarios determinan el precio y, en cambio, no aplican esa misma lógica a los trabajadores. Si los que ofrecen las mercancías fijan, a través de sus costes, los precios en el mercado, los trabajadores, que ofrecen su trabajo, deberían fijar a través de su coste psicológico su salario.

La realidad es muy otra. Ningún trabajador estará dispuesto a ofrecer su trabajo a no ser que el salario ofrecido supere el coste de oportunidad de su tiempo de trabajo (esto es, la utilidad que obtendría durante el tiempo en que está trabajando en caso de que no lo hiciera). Pero tampoco ningún empresario pagará al trabajador más que su utilidad marginal, que normalmente viene a coincidir con su productividad marginal (tenemos que considerar que, en ocasiones, hay factores afectivos en la relación contractual; por ejemplo, mi padre puede contratarme pagándome más que mi productividad; un empresario puede apiadarse de un hombre que lleva 40 años trabajando en su empresa y no rebajarle tanto el salario como debiera...).

Por tanto, nuevamente, de manera necesaria, el salario se fijará entre esos dos límites. Pero, como ya hemos visto, ¿qué es la productividad marginal sino el valor de los bienes adicionales producidos que se destinarán a la venta? ¿Y cuál será, pues, para el empresario el valor de esos bienes sino el precio al que se puedan vender? Por tanto, la productividad marginal será el ingreso adicional que proporcionarán los trabajadores al empresario. Pero ese ingreso, como también hemos dicho, depende del precio que, a su vez, no puede superar la utilidad marginal de los consumidores que adquieren los productos.

De la misma manera, ningún empresario estará dispuesto a vender la mercancía por debajo de sus costes, pero ningún comprador estará dispuesto a adquirirla por encima de su utilidad. La diferencia es que el vendedor terminará desapareciendo si no satisface la demanda, esto es, si no rebaja el precio ligeramente por debajo de la utilidad marginal de los compradores.

Explicar, como pretende hacer Guerrero, el precio en función de los costes tiene las incoherencias lógicas que ya hemos apuntado: los costes son precios y, por tanto, esos precios están pendientes de explicación.

Böhm-Bawerk solía poner un ejemplo bastante ilustrativo. Imaginemos una locomotora que tiene cuatro vagones. ¿Por qué se mueven los vagones? Porque la locomotora se mueve. Ahora bien, muchos podrían decir, ¿por qué se mueve el cuarto vagón? Aparentemente porque se mueve el tercero; es decir, estarían explicando los precios (cuarto vagón) en función de los costes (primer, segundo y tercer vagón) y no de la utilidad (locomotora). No obstante, el problema sigue en pie. ¿Por qué se mueve el tercer vagón? Porque se mueve el segundo. ¿Y por qué se mueve el segundo? Porque se mueve el primer. Pero, ¿por qué se mueve el primero? Aquí los defensores de la teoría del precio-coste no tienen respuesta; la locomotora mueve el primer vagón que a su vez mueve a los restantes. La utilidad es el determinante último de los precios.

Aquí hay que matizar dos puntos: el papel de la productividad marginal y por qué en muchas ocasiones el precio final coincide con la suma de sus costes.

Primero, si la productividad marginal de los factores productivos es muy baja, los precios serán más altos, pues habrá menos productos disponibles y, por tanto, la utilidad marginal será mayor. Si súbitamente los precios del petróleo se doblan, lo que ocurre es que sufrimos una escasez de petróleo. Algunos fines tendrán que abandonarse y la cantidad de medios destinados a otros tendrá que reducirse. Si ello es así, los precios subirán; podemos producir menos que antes, todo es más caro y somos más pobres.

Pero insisto, el precio del petróleo sigue dominado por su utilidad marginal. El petróleo se demanda para dar satisfacción a ciertos fines. Precisamente el fin marginal de entre esos fines determinará su precio. Y esto implica que si hoy olvidáramos cómo utilizar el petróleo para satisfacer nuestros fines, su precio sería nulo, por muy poca que fuera su oferta.

Segundo, la observación de que el precio suele coincidir con la suma de los costes tiene una explicación muy sencilla. Ya hemos visto cómo se fija el precio de los factores productivos. Imaginemos que, por distintos motivos (por ejemplo, una mejora tecnológica) el precio final de un producto es muy superior a la suma de sus costes. Si ello es así, aparecerán beneficios extraordinarios. En otras palabras, o bien el propio empresario o bien otros empresarios, tendrán incentivos para ampliar la producción de esos productos, rebajar el precio y disminuir los beneficios extraordinarios. Al final, pues, cuando el valor del producto final supera a la utilidad de los factores productivos, o bien parte de esos factores productivos se retiran a otras líneas productivas (con lo cual se incrementa la productividad de los restantes) o bien se incrementa el número de productos finales (con lo cual el precio del bien se reduce). En todo caso, el resultado será que la suma de los costes más el interés será igual al precio.

Nuevamente, pues, comprobamos que la "inconsistencia lógica" sólo está del lado de Guerrero y de sus prejuicios. Pretender explicar el precio a partir de los costes, cuando los costes no son más que precios, simplemente vuelve a plantear el problema inicial. La utilidad marginal sigue explicando perfectamente estos procesos de mercado, a pesar de que Guerrero sea incapaz de entenderlos o, como hemos visto en este artículo, mienta descaradamente sobre su desarrollo teórico; acaso para refutar teorías que ningún marginalista sostiene.
Sanidad sin medicinas

Cuba tiene un buen sistema de bibliotecas (aunque sin un duro para libros) pero eso no importa, es la peor dictadura del mundo porque Castro se define comunista.

Cuba tiene un buen sistema de panaderías (aunque sin un duro para pan) pero eso no importa, es la peor dictadura del mundo porque Castro se define comunista.

Cuba tiene un buen sistema de educación (aunque sin un duro para escuelas) pero eso no importa, es la peor dictadura del mundo porque Castro se define comunista.

Cuba tiene un buen sistema de Internet (aunque sin un duro para conexiones) pero eso no importa, es la peor dictadura del mundo porque Castro se define comunista.

Cuba tiene un buen sistema sanitario y educativo (aunque sin un duro para medicinas) pero eso no importa, es la peor dictadura del mundo porque Castro se define comunista. (aquí).

En efecto, quizá todo ello no importe porque Castro se define como un dictador comunista.

(Vía Hispalibertas y Dodgson).

28 de Agosto de 2005

Objeciones socialistas al agua privada

Lord Acton ha depotricado en su bitácora contra lo que él denomina "anarco-liberales". En su opinión, los anarco-liberales estamos más cerca de de las juventudes hitlerianas que del liberalismo. ¿Razón? "Para un liberal lo único que debe hacerle perder el sueño es la defensa de los intereses y derechos del individuo" y, en cambio, los anarco-liberales idolatran el Gran Mercado como esencia que trasciende la naturaleza de los objetos y los hechos

Aquí llegamos a un punto curioso. Primero, se nos acusa de defender "el Gran Mercado" (sic) cuando, no hace mucho, escribí: Y es que quienes inundan el mercado con bienes y servicios que mejoran la calidad de vida de todas las personas no son abstractas e inaprensibles fuerzas cósmicas, sino empresarios concretos, tangibles y, en multitud de ocasiones, desconocidos para el gran público (...) El automaticismo y el mecanicismo con los que se pretende representar los procesos sociales sólo tienen el objetivo de eliminar la figura central del empresario, menospreciando su fundamental papel en la economía y dando pie a que ese "secundario papel" pueda ser asumido sin demasiadas complicaciones por el Estado

En otras palabras, "en Gran Mercado" o "las fuerzas del mercado" no son nada; lo que se esconde detrás de ellas son personas y propiedades en muchos casos coaccionadas por el Estado (por ejemplo, la prohibición de comerciar con droga no es un atentado contra "el mercado", sino contra la libertad y la propiedad de miles de personas).

Segundo, precisamente por ello, como liberales, defendemos, como no podía ser de otra forma, los derechos del individuo, en concreto, la vida, la libertad, la propiedad privada y sus derivaciones lógicas. Erróneo es señalar, como hace Lord Acton, que los liberales debemos defender "los intereses" del individuo. Ya que la cuestión entonces es, ¿qué intereses? ¿de qué individuos?

El Derecho salvaguarda la legitimidad de determinadas acciones del individuo, no sus intereses. Los intereses aparecen dentro del marco jurídico salvaguardado y su satisfacción dependerá, lógicamente, de su legitimidad. El Derecho no salvaguarda los intereses de asesinos, ladrones y políticos. Sus intereses son intereses que ejercen la violencia sobre el resto de las personas. Se expolia a unos para beneficio de otros. Nada liberal.

El blogger, como ejemplo de su simplona afirmación, comenta mi reseña sobre el libro Water for Sale de Segerfeldt, en Libertad Digital. En concreto, al autor le molesta que acuse de socialistas a quienes defienden que los recursos naturales y básicos deben estar controlados por el Estado. Probablemente no lo sean.

Yendo un poco más al fondo del asunto. Como ya comenté en la reseña, Segerfeldt, apostatando de toda su exposición anterior, termina defendiendo un régimen de concesiones para la distribución del agua. No es que Segerfeldt considere imposible la propiedad y gestión privada del agua, simplemente termina decantándose, por el momento, por las concesiones. Aún así, el blogger se encoleriza: Lo que a nuestro comentaristale parece insuficiente porque el agua debe pasar a manos privadas aunque se cree un monopolio natural, ya que la competencia se establecería con las aguas embotelladas. Simplemente ridículo como argumentación técnica y peligroso como dogma político. Se vuelve a crear la falsa apariencia de que si las leyes del mercado no lo regulan todo entonces el individuo no es libre. Falso.

La argumentación no pasa de trivial demagogia y torpe manipulación. Primero, porque no dije que la competencia se establecería "solamente" con las botellas de agua, sino también con la "potencial" competencia. Segundo, no se puede decir que la competencia del agua suministrada con el agua embotellada es "ridícula", cuando líneas más abajo se sostiene el disparate de que una empresa o grupo de empresas que controlasen el mercado podrían chantajear a los Estados -bueno, quizás pretendan eliminarlos como paso previo- y a los consumidores, estableciendo una dependencia que los convertiría en los amos del mundo ya que Sin agua no hay vida, por lo que de poco sirve la libertad..

Esto es el clímax del disparate. Difícilmente puede sostenerse que la competencia del agua embotellada es "ridícula", cuando uno se está preocupando de que los monopolios naturales sobre la distribución permitirían acabar con la "vida humana". ¿Es que el agua embotellada no sirve para vivir? ¿Es que acaso el agua embotellada destinada al consumo vital es irrelevante pero el monopolio sobre la distribución concede una completa omnipotencia? Difícilmente puedo concebir que un monopolio sobre las cañerías del agua pueda matar de sed a una población si tienen agua Font Vella en el supermercado a 30 céntimos la botella.

Pero es que aparte Lord Acton (el blogger, no el insigne pensador) desconoce por completo el tema del que está hablando. Como explico en el artículo, el gran problema del agua no es su escasez material, sino su escasez económica. Cada individuo de media puede consumir al día unos 19000 litros de agua. Hoy en día, el consumo no llega a los 1300 litros diarios, ¡tremenda escasez! Es más, reduciendo el 10% el uso agrícola del agua doblaríamos la cantidad existente para el consumo humano.

Pero claro, ello no impide a Lord Acton pontificar que Lo esencial de estos bienes escasos hace imprescindible, y así lo entiende Segerfeld, que el dominio del agua sea básicamente público, ya que todos tienen derecho a disfrutar de su uso.

Me resulta graciosa la gente que habla de libros que no ha leído. Primero, el autor es Segerfeldt, no Segerfeld. Segundo e importante, ¿cómo puede decir Lord Acton que el argumento de Segerfeldt es que el agua es un derecho y, por tanto, tiene que ser pública? Cito a Segerfeldt: Incluso si aceptamos que el agua es un derecho humano, este enfoque no implica que el agua deba ser ofrecida por el gobierno (...) De nuevo podemos emplear la analogía de la comida. La comida es necesaria para la vida, pero nadie seriamente cree que toda la comida deba ser propiedad del gobierno y distribuida por él (de hecho, porque la comida se ha considerado una mercancía, el mundo ha sido capaz de producir más y más hasta alimentar a más gente que en toda la historia) De la misma manera, no hay ningún argumento basado en los derechos que justifique la gestión pública del agua

¿Dónde dice Segerfeldt que porque el agua es un derecho, su dominio deba ser público? Incluso ahora podemos volver a una frasecita anterior de Lord Acton: Se vuelve a crear la falsa apariencia de que si las leyes del mercado no lo regulan todo entonces el individuo no es libre. Falso

¿Qué son las leyes del mercado? ¿Ponerle precio a los bienes escasos? Algunos no han abandonado todavía los paraísos de Hesíodo. Repito, el agua no es materialmente escasa, lo es económicamente. No hay suficientes conexiones y redes de tuberías para proveer a todo el mundo de agua. Y el problema principal NO está en el consumo de agua para sobrevivir, sino en sus usos agrícolas. Nos negamos a ponerle precio al agua, ¿resultado? Los campos en lugar de emprender sistemas de goteo se riegan por inundación, los acuíferos se sobreexplotan y se salinizan. Reducimos nuestras disponibilidades de agua.

Las leyes del mercado simplemente establecen que el ser humano tiene derecho a apropiarse de aquellos bienes que no han sido usados por nada antes. Sin propiedad sobre el agua no hay incentivos para desarrollar toda la estructura logística. Es más, ese incentivo puede existir bajo un sistema de concesiones, pero nuevamente la cuestión es, ¿qué incentivos tiene la empresa concesionaria para hacer inversiones cuyo vencimiento vaya más allá del tiempo de la concesión? Imaginemos que dispongo de un acuífero que requiere de cuidados continuos. (Por ejemplo, contención de las filtraciones de agua salada). Toda la infraestructura destinada a protegerlo terminará depreciándose. Si se deprecia cada quince años y tenemos una licencia para 20, es obvio que la empresa no sustituirá todo el equipo una vez depreciado, sólo lo parcheará durante cinco años.

De la misma manera, los incentivos para excavar y descubrir nuevos acuíferos son nulos en caso de que no me pueda apropiar de ellos. ¿Para qué querría hacerlo? ¿Para qué invertir?

Después, Lord Acton se enrola en unas consideraciones realmente pintorescas: Mi libertad se encuentra limitada por la libertad de mi vecino. Si al hombre se le niega el acceso al agua con arreglo a unos principios metafísicos que inspiran el movimiento natural de las cosas, entonces de poco habrán servido la Ilustración y el progreso científico, los nuevos chamanes nos habrán devuelto a las tinieblas de la caverna.

Simplemente me voy a remitir a citar parte de mi artículo sobre el agua: Si Crusoe afirmara tener un derecho al consumo de agua ello implicaría que tiene derecho a no realizar el fatigoso esfuerzo de trasladarse diariamente al río. Pero, como es obvio, todos podemos darnos cuenta de que, por mucho que reclame semejante derecho, el agua no acudirá a él por arte de magia. Si Crusoe se empecinara en exigirle al río que le trajera el agua, simplemente moriría deshidratado

En otras palabras, si el vecino de Lord Acton excava un pozo y se apropia del acuífero, nuestro autor se cree legitimado a nacionalizarlo o, incluso, a que el Estado le otorgue a otra empresa su gestión. El problema con este modo de pensar es el que ya apuntó Bastiat. Si no se garantiza la propiedad privada, nos quedaremos sin propiedad y sin pozo. Y es que nadie excavará pozos sabiendo que se los expropiarán. Por tanto, la escasez de agua emerge crudamente. Los socialistas piensan que no hay agua; en realidad no hay pozos e incluso más propio sería decir que no hay incentivos para construir pozos. Los incentivos se los han zampado los socialistas con su asesina retórica.

No deja de sorprenderme la última observación de Lord Acton: El agua es en España un problema grave que debe tratarse con seriedad. No estriba el problema en el modelo de gestión, pública o privada, sino en la burda manipulación de los sátrapas regionales y de políticos irresponsables que han utilizado el agua, aprovechándose de los sentimientos más primarios, como si se tratara de un bien patrimonial o privado que pertenece a la tribu.

Precisamente los políticos han podido utilizar de esa forma toda el agua porque no es propiedad de nadie. Las causas de la escasez de agua en España son simplemente que la demanda supera a la oferta dado los bajos precios. La gente, los agricultores, quieren mantener cultivos ineficientes a costa de los bajos precios del agua y esos mismos bajos precios -unido a la falta de propiedad- impiden que la oferta de agua se incremente (por ejemplo extrayéndola de los ríos y acuíferos o desalinizando allí donde sea rentable).

El problema, nuevamente, es que el agua no es de nadie pero todo el mundo quiere tener control sobre ella. Un razonamiento típicamente nazionalizador y socialista. ¿Por dónde paraban las juventudes hitlerianas?

Pero ya la repanocha lo tenemos en su último ejemplo: Imagínense por un momento que el agua estuviese en manos de Polanco, ni el derecho al pataleo nos quedaría.

Imagínense que todas las panaderías estuvieran en poder de Polanco. Cachis, tengo problemas en entender cómo un solo individuo va a apropiarse de todas las reservas de agua del mundo. ¿Alguien cree que una persona puede quedarse con toda la tierra, todos los ríos y todos los mares sin la concesión directa del Estado?

Eso sí: Por ello, es el carácter público del agua el que debería prevalecer en la toma de decisiones y no supeditarlas a los acuerdos, alianzas y/o estrategias parlamentarias, pero para ello se requiere un cambio en la ley electoral y en el modelo de competencias del Estado que aísle a los partidarios de la segregación y la desmembración de la nación.

Todos estos razonamientos son tan pésimos y (por tanto) socialistas que uno simplemente se asusta. ¿El carácter público del agua tiene que prevalecer sobre los que quieren "desmembrar la nación"? Qué manía tienen algunos de politizar el tema del agua. Al ojo con el razonamiento, para conseguir "agua para todos" hay que cambiar la ley electoral y "aislar" a los segregadores. ¿De dónde vienes? Manzanas traigo.

Por desgracia si Carod Rovira tiene alguna competencia en impedir que el agua del Ebro llegue a Valencia se debe, en primer lugar, a que el agua es pública y, por tanto, gestión y dominio exclusivo de gente como ZP y Carod. Casualmente, el agua embotellada de Viladrau o Sacalm (ambas de manantiales catalanes) llegan y se distribuyen sin ningún tipo de problemas en Valencia. Es más, tenemos tanta como queremos. No hay escasez, no hay "deltas" en peligro. No hay demagogia de por medio. No hay propiedad pública.

Con estos ejemplos Lord Acton demuestra que no ha entendido nada. No se trata de entregar a las empresas "el agua" en general, sino de que los individuos se conviertan en propietarios de los pozos, acuíferos, ríos y lagos. Tanta demagogia al principio para terminar de una manera tan deprimente. Y yo que me he quedado con las ganas de saber qué tiene que ver la privatización del agua con el anarcocapitalismo.

27 de Agosto de 2005

Utilidad marginal, réplica a Diego Guerrero (II): La superfluidad

Continuamos analizando las críticas de Guerrero a la utilidad la marginal, en concreto, la segunda: superfluidad.

Para Guerrero: A los que consideran que la concepción ordinalista de la utilidad supone cierto paso adelante sobre la concepción cardinalista habría que recordarles además que por esta vía de los avances incrementales se ha llegado tan lejos en las aportaciones realizadas desde dentro de la lógica de esta teoría como para hacer del concepto mismo de utilidad algo completamente superfluo. Esto es lo que ha sucedido en el cuerpo de la teoría neoclásica del valor al menos desde 1938, año en que Paul Samuelson creara la "teoría de la preferencia revelada", haciendo innecesaria la utilización de concepto de utilidad alguno (si bien es verdad que manteniendo básicamente los mismos supuestos de racionalidad y comportamiento de los consumidores que en las versiones anteriores) para derivar curvas decrecientes de demanda.

Antes que nada hay que explicar qué entiende el profesor Samuelson por preferencia revelada. Si tenemos dos bienes, A y B, y observamos que el individuo escoge A antes que B, eso significa que "revela" su preferencia por A. La idea, a pesar de ser de Samuelson, es bastante buena. De hecho coincide en buena parte con el concepto rothbardiano de "preferencia demostrada".

Sin embargo, entre ambos existe una diferencia fundamental que hace del análisis de Samuelson un juguete defectuoso y "sin utilidad" (salvo para gente como el profesor Guerrero que quieran utilizarlo en sus fines manipuladores en contra de la utilidad marginal).

Samuelson asume una constancia de preferencias en las elecciones del consumidor, de manera que si prefiero A a B, seguiré prefiriendo A a B. Rothbard no va tan lejos, de ahí que su concepto de preferencia demostrada siga siendo válido. Para el economista austriaco, la única manera de conocer cuáles son las preferencias de los individuos es observando sus elecciones. Una vez hecha la elección entre A y B podremos decir, solamente, que el individuo prefirió A a B en ese justo momento.

La diferencia es importante porque nos ayudará a ver parte de los errores de Guerrero. Primero, no se puede atribuir la preferencia revelada de Samuelson como una consecuencia lógica de un avance sin rumbo en la superación del cardinalismo. Que el cardinalismo sea falso, no implica que el ordinalismo también lo sea o que deba ser sustituido por cada nueva idea más reciente.

Segundo, aun en el caso de la preferencia revelada, el concepto de la utilidad NO es superfluo en absoluta. Si yo elijo A a B es porque prefiero A a B, ¿y qué significa preferir? Que A me proporciona mayor utilidad que B. En caso contrario, si la utilidad no siguiera siendo un concepto fundamental para explicar los fenómenos económicos habría que fundamentar la elección otros supuestos o, simplemente, decir que se trata de elecciones aleatorias.

Tercero, la preferencia revelada, como ya hemos visto, no sirve para establecer curvas de demanda; al menos curvas de demanda capaces de efectuar predicciones apodícticas sobre la elección futura. Dado que no hay constancia entre las utilidades, no podemos afirmar que lo que ocurrió seguirá ocurriendo. Puede tener su función para derivar curvas de demanda históricas, estudiando qué decidieron consumir los individuos, pero no como instrumento teórico.

Cuarto, precisamente por ello la elección concreta nos resulta de poco interés en la teoría económica. La preferencia demostrada de Rothbard sólo es un elemento de observación y de determinación de la elección a posteriori. La teoría económica es a priori, trata de las implicaciones lógicas y abstractas del ser humano. La curva de demanda es siempre decreciente, no por preferencias reveladas concretas, sino por la utilidad marginal decreciente, esto es, tal como se incrementa el precio la cantidad demanda de bienes se reduce porque el coste de oportunidad en concepto de fines alternativos supera la consecución de los fines conseguidos a través de ese bien.

Lo único que realmente necesitamos saber para todo ello es lo siguiente: a) el valor es la significación de un fin, b) la unidades iguales de un mismo medio permiten conseguir fines de una menor importancia (ordinalismo), c) por tanto, los medios adicionales, al estar afectos a fines menos importantes, tendrán un valor decreciente (utilidad marginal decreciente).

En realidad, para un viaje así no hacían falta tales alforjas: si de lo que se trataba era de derivar una curva de demanda de mercado con pendiente negativa, sólo hubiera hecho falta aplicar el nuevo instrumental matemático y gráfico que se generalizó en la profesión económica desde finales del siglo pasado al razonamiento económico que se utilizaba con anterioridad como consecuencia de las enseñanzas de los clásicos y de Marx. Porque para los clásicos estaba fuera de duda que la demanda -aunque ellos no usaran esta terminología- tendría que ser una función negativa o decreciente del precio.

¿Es todo ello superfluo como asegura Guerrero? Difícilmente. Sin utilidad marginal la demanda de agua y alimento serían infinitas, no habría división del trabajo ni especialización. La utilidad marginal es el punto de partida de toda la ciencia económica; fue el punto de inflexión y cambio. Los economistas clásicos, aun con sus grandes aportaciones, estuvieron siempre obsesionados por resolver la paradoja del agua y los diamantes, lo cual distorsionó en buena medida todo su desarrollo teórico subsiguiente.

Es más, la cuestión no es cuántas alforjas hacen falta para llegar a determinadas conclusiones, sino cuál es la verdad. La ciencia económica tiene que llegar a conclusiones certeras y realistas. Tiene que desentrañar cuáles son las consecuencias de la acción humana en general.

Pero es curioso cómo Guerrero pretende demostrar la pendiente negativa de la demanda sin recurrir a la utilidad marginal decreciente: Y ello porque, estando el mercado de un determinado producto dispuesto a absorber la cantidad x al precio p como resultado de una práctica de conducta habitual y estable de sus consumidores -consumidores que, no debe olvidarse, no siempre son los individuos, sino que la mayor parte de las veces son empresas-, cualquier rebaja del precio desde p hasta p' produciría que, ceteris paribus, la renta liberada en el consumo de la misma cantidad x al nuevo precio p' habría de traducirse en un aumento en la cantidad demandada de la mercancía en cuestión, aunque sólo fuera porque parte de esa renta, o más exactamente de la fracción consumida de la misma, se destinaría a dicha mercancía (incluso si a escala social se hiciera en una proporción inferior a la precedente)
Guerrero confunde los términos. Su descripción no explica por qué la demanda tiene pendiente negativa, sino el denominado efecto renta. En pocas palabras, el efecto renta viene a decir que toda rebaja del precio de un bien ocasionará una expansión de la demanda con cargo al nuevo poder adquisitivo. Esto es, si el precio baja de 100 a 50, me ahorro 50 euros que ahora puedo gastar y antes no.

Sin embargo, el efecto renta presupone las curvas de demanda con pendiente negativa, no las explica. Es decir, si la demanda no tuviera pendiente negativa, ¡una reducción del precio supondría una reducción de la demanda!

Conviene, antes de seguir, hacer una matización sobre los bienes Giffen. En economía neoclásica, la ley de la demanda según la cual un aumento del precio produce una reducción de la cantidad demandada, es generalmente malinterpretada. Según los neoclásicos, una reducción del precio produce dos efectos: efecto sustitución y efecto renta. El efecto renta ya lo hemos explicado, el efecto sustitución señala que, dado que el precio de ese bien ha disminuido, se ha abaratado también respecto a otros bienes, con lo cual tenderá a incrementarse la demanda de ese bien, disminuyendo la de otros. Agregando el efecto sustitución y el efecto renta, generalmente, tenemos un incremento de la demanda ante disminuciones del precio.

Pero, a veces, el efecto renta puede ser negativo. Es el caso de los denominados bienes inferiores; si yo compro un bien por mi poca renta, la reducción del precio de ese bien me enriquece y ello podría provocar que migrara a otros bienes de mayor calidad. Por ejemplo, si el pollo tiene un precio de 1000, yo tengo una renta de 10000 y antes la consumía entera comprando diez pollos, si ahora el precio cae a 200, puede que decida comprar solamente cinco pollos y un faisán con un precio de 9000.

Generalmente, el efecto renta es insuficiente para vencer el efecto sustitución, pero cuando esto sucede estamos ante los bienes Giffen, esto es, bienes cuya curva de demanda es positiva (cuanto menor es su precio, menos consumo).

En realidad, esto supone una incomprensión de la ley de la demanda, por asentarla sobre la constancia de las valoraciones.

Primero, como hemos dicho, es la existencia y dominio de los medios la que nos permite dirigirnos hacia los fines. Un medio adicional, permite conseguir el fin marginal. De la misma manera, el aumento de nuestra riqueza nos permite alcanzar fines que antes no podíamos. En este sentido, el efecto renta puede ser suficientemente grande como para habilitar nuevos fines que no son marginales, sino muy importantes. Imaginemos un señor cuyo sueño vital es viajar a la luna, sin embargo no tiene suficiente dinero para ello aunque renuncie a todos los placeres de la vida actual. Sin embargo, imaginemos que se produce un descenso en el precio de todas las mercancías, de manera que, al final, renunciando a casi todos sus bienes, puede viajar a la luna. Ello no iría en contra de la ley de la demanda; el hecho de que bajara el precio de todo y disminuyera su cantidad demanda sería perfectamente lógico.

Segundo, en muchos casos una disminución del precio puede suponer una modificación de la visión subjetiva del producto. Imaginemos que un señor compra un bien "a causa de su elevado precio". La ley de la demanda y la utilidad marginal no dejan de aplicarse por el hecho de que, al caer el precio, el señor deje de comprar ese bien; y es que la causa que fundamentaba su adquisición ha desaparecido. Aunque físicamente es el mismo bien, en la apreciación subjetiva del individuo no (no sirve al fin, por ejemplo, de fardar ante sus amigos de poder adquisitivo).

Tercero, la ley de la demanda, como todas las leyes económicas, relacionan hechos visibles con hechos no visibles, con hechos que no han ocurrido. Si hoy baja el precio y mañana disminuye la cantidad demandada, en ningún caso ello contradice la ley de la demanda. Las valoraciones pueden haber cambiado.

En conclusión, si los bienes Giffen refutaran la ley de la demanda, como hemos dicho, su demanda debería aumentar conforme su precio sube, lo cual es simplemente absurdo. El empresario incrementaría su beneficio colocando precios astronómicos que todas las personas (o al menos aquellas para las que el bien fuera tipo "Giffen") estarían dispuestas a pagar. La existencia de bienes Giffen sería, pues, como un mágico conjuro que obligaría a ciertas personas a entregar todo su patrimonio a cambio del bien Giffen.

Por tanto, estamos donde al principio. El efecto renta no prueba la ley de la demanda, sino que lo requiere. Ya hemos dicho que sin utilidad marginal decreciente, la demanda de los bienes con una elevada utilidad sería infinita. Cuanto más alto fuera el precio más estaríamos dispuestos a consumir, ello nos llevaría, probablemente, a que la cantidad adquirida para todos y cada uno de los bienes fuera 1. Y es que, ante cualquier precio, el consumidor SIEMPRE estaría dispuesto a pagar más (hasta el límite de su renta) para adquirir los bienes.

Obviamente, ello sería así "sólo" desde el lado de la demanda, pero la ley de la utilidad marginal decreciente también opera en el caso de la oferta. Las cantidades sucesivas de bienes que tiene el empresario son valoradas cada vez menos (de todas formas, tengamos presente que la reducción de utilidad puede ser prácticamente nula, pero existe).

Si no existiera la utilidad marginal decreciente en el caso de la oferta, el empresario nunca estaría dispuesto a vender sus mercancías, sino solamente a acumularlas, ya que cada mercancía adicional le proporcionaría mayor utilidad. Por tanto, la conclusión es que no habría transacción económica.

Al final, negar la utilidad marginal decreciente es equivalente a negar la existencia de fines en la acción humana. Si existen fines estos tendrán que ordenarse de mayor a menor importancia para el sujeto, habida cuenta de la escasez de medios y tiempo. Por tanto, si negamos esa jerarquía estamos señalando que todos los fines son igualmente relevantes (esto es, igualmente irrevelantes) y que la acción humana no es teleológica, sino aleatoria, reactiva o dirigida.

Tendríamos que pensar, por tanto, que Guerrero cuando pretende convencernos de que la utilidad marginal no existe lo hace "por casualidad"; podría estar escribiendo o cavando agujeros, no tiene preferencias. Es más, no le importaría haber abandonado su escritorio y autoflagelarse, ya que existe una indiferencia absoluta.

Y es que, si existen fines, estos tendrá que clasificarse. Y si se clasifican, los medios adquirirán una importancia atendiendo a los fines (más o menos importantes) que permitan conseguir. Los adicionales medios se dirigirán, pues, a fines menos importantes (pues no tiene sentido pensar que los medios iniciales de los que dispondremos los dirigiremos a los fines que consideramos menos importantes).

Todo esto no es superfluo y requiere alguna alforja más de las que Guerrero está dispuesto a reconocer. Pero claro, si la revolución marginalista hubiera ocurrido un poco antes, el marxismo ni hubiera nacido. Quizá por ello algunos están obsesionados con enterrarlo. Pero, siguiendo los consejos de Bujarin, primero deberían estar obsesionados en entederlo.
Prefacio a la Edición Rusa de "Teoría Económica de la Clase Ociosa", por Nicolás Bujarin

Este libro se completó en otoño de 1914. Escribí la introducción en agosto y septiembre de ese año.

He estado durante mucho tiempo ocupado en formular una crítica sistemática a la teoría económica de la nueva burguesía. Para conseguir este fin, me fui a Viena después de conseguir escapar con éxito de Siberia; allí asistí a las clases del profesor Böhm-Bawerk (1851-1914), de la Universidad de Viena. En la biblioteca de la Universidad de Viena, estudié con atención la bibliografía de los teóricos austriacos. No se me permitió, sin embargo, terminar mi trabajo en Viena, ya que el gobierno austriaco me encerró en una fortaleza justamente antes de que estallara la Guerra Mundial, con la excusa de retener mi manuscrito para un análisis cuidadoso. En Suiza, donde llegué después de que me deportaran de Austria, tuve la oportunidad de estudiar la Escuela de Lausanna (Walras), así como los economistas anteriores, a la biblioteca de la Universidad de Lausanna, y por lo tanto llegar hasta las raíces de la teoría de la utilidad marginal. En Lausanna, también efectué un estudio exhaustivo de los economistas anglo-americanos. Las actividades políticas me llevaron a Estocolmo, donde la Biblioteca Real y la biblioteca especial de economía del Instituto Comercial (Handelshögskolan) me proporcionaron la oportunidad de continuar con el estudio ulterior de la economía política burguesa. Después de que me arrestaran en Suecia y me deportaran a Noruega, llegué a la biblioteca del Instituto Nobel en Christiania; después llegué a los EEUU, donde tuve la oportunidad de estudiar, aun más profundamente, la bibliografía económica americana en la Biblioteca pública de Nueva York.

Durante mucho tiempo, el manuscrito de este libro no puedo encontrarse en Christiania (ahora Olso), donde lo dejé, y ha sido gracias a los más decididos esfuerzos de mi amigo, el comunista noruego, Arvid C. Hansen, que me permitió encontrarlo y traerlo a la Rusia soviética en febrero de 1919. He añadido unas pocas notas y observaciones, en relación con la Escuela Anglo-Americana y las publicaciones más recientes.
Esto hay que decir sobre la historia externa del libro. Sobre su sustancia, me gustaría hacer las siguientes observaciones: hasta el momento se han efectuado dos tipos de críticas al marxismo desde la más reciente economía política burguesa; o bien una crítica exclusivamente sociológica, o una crítica exclusivamente metodológica. Por ejemplo, se estableció que el sistema teórico en cuestión era el resultado de una psicológica de clase, proclive a ella; o se ha apuntado que ciertas bases metodológicas, determinados enfoques al problema no eran correctos, y se consideraban por tanto innecesario continuar con una crítica exhaustiva de las fases internas del sistema.

Sin dudas, si empezamos del hecho de que sólo una teoría clasista del proletariado puede ser objetivamente correcta, la más simple revelación del carácter burgués de cualquier teoría es, hablando en términos precisos, suficiente para justificar su rechazo. En el fondo, ésta es una actitud correcta, ya que el marxismo fundamenta su validez general precisamente porque es la expresión teórica general de la clase más avanzada, cuyas "necesidades" de conocimiento son mucho más audaces que las de los conservadores y, por tanto, de la mentalidad de las mentes-estrechas propias de las clases gobernantes de la sociedad capitalista. Sin embargo, está claro que la validez de esta asunción debe probarse precisamente en la batalla entre las propias ideologías y, particularmente por una crítica lógica de nuestros oponentes. Una caracterización sociológica de una cierta teoría, por lo tanto, no elimina nuestra responsabilidad de mantener una guerra, incluso en el campo de una pura crítica lógica.

Lo mismo es válido para la crítica del método. Para estar seguros, demostrar que el punto de partida de nuestras bases metodológicas es falta equivale a rechazar toda la estructura teórica erigida sobre esas bases. No obstante, la batalle entre ideologías requiere que la incorrección del método sea probada por las inferencias equivocadas del sistema, en cuya conexión podamos apuntar o bien las contradicciones internas del viejo sistema, o su inconclusión, y su incapacidad orgánica para abarcar y explicar un número importante de fenómenos desde nuestro punto de vista.

Por lo tanto, el marxismo debe alumbrar una crítica exhaustiva a las últimas teorías, que debe incluir no sólo una crítica metodológica, sino también sociológica, así como una crítica al sistema completo tal y como ha sido desarrollado por sus posteriores ramificaciones. Fue por ello por lo que Marx dio con el problema representado por la economía política burguesa (en su Theorien ubre den Mehrwert, editado por Karl Kautsky, quinta edicición, 1923, 3 volúmenes).

Si bien los marxistas han combatido por regla general las críticas sociológicas y metodológicas de la Escuela Austriaca, los oponentes burgueses de esta escuela nos han criticado principalmente por la falsedad de ciertas inferencias específicas. Solamente R. Stolzmann, en un trabajo casi exclusivo, ha intentado desarrollar una crítica completa a Böhm-Bawerk. Dado que ciertas ideas fundamentales de este autor coinciden con las marxistas, nuestra crítica a los austriacos se parece a la hecha por Stolzmann. He considerado mi deber apuntar semejanzas entre estas dos críticas incluso en los casos en que yo había llegado a las mismas conclusiones antes de leer el trabajo de Stolzmann. Sin embargo, a pesar de sus talentos, las bases del trabajo de Stolzmann se asientan en una concepción completamente equivocada de la sociedad como una "estructura finalista". No sin razón R. Liefmann, un seguidor muy importante de la Escuela Austriaca, cuya profundidad ha sido resaltada y cuyas peculiaridades son presentadas de manera más categórica, se defiende de Stolzmann atacando su teleología. Este punto de vista teleológico, junto con su enorme tono apologético, impide a Stolzmann construir un marco teórico adecuado para la crítica de la Escuela Austriaca. Sólo los marxistas pueden realizar esta tarea; por ello he escrito este libro.

Nuestra elección de un adversario para nuestra ideología probablemente no requiere discusión, ya que es bien sabido que el enemigo más poderoso del marxismo es la Escuela Austriaca.

Puede parece poco común que publicara el libro durante una guerra civil en Europa. Los marxistas, sin embargo, nunca han aceptado ninguna obligación de paralizar su trabajo teórico incluso durante las guerras de clases más violentas, en tanto les queden fuerzas físicas para continuar. Más seria es la objeción de que es estúpido refutar la teoría capitalista en un momento en que tanto los objetos como los sujetos de esa teoría están siendo destruidos por las llamas de la revolución comunista. Pero incluso esta objeción no se sostiene, ya que la crítica al sistema capitalista es de la mayor importancia para la adecuada comprensión de los acontecimientos de nuestro tiempo. Y, en tanto nuestra crítica de las teorías burguesas pueda allanar el camino para tal entendimiento, tal crítica tiene un valor teórico abstracto. Ahora unas breves palabras como forma de presentación. He desarrollado este trabajo con la mayor brevedad, razón por la cual probablemente mi exposición sea difícil. Por otro lado, he añadido citas desde los austriacos hasta los económicas matemáticos, los anglo-americanos... Existe un gran prejuicio en contra de este método en los círculos marxistas, que lo consideran simplemente como un símbolo de "rata de biblioteca". Sin embargo, lo considero necesario para presentar la evidencia de la bibliografía histórica del sujeto, que puede permitir al lector comprender mejor su modo de pensar. No es superfluo aprender cómo piensa el enemigo, y menos en nuestro país, donde es muy poco conocido. Mis notas en el apéndice también nos permiten realizar una crítica sistemática paralela de las otras ramificaciones de la filosofía teórica burguesa. En este punto, debo expresar mi gratitud con mi amigo Vuryi Leonidovich Pyatakov, con quien he discutido a menudo cuestiones de economía política teórica y que me ha proporcionado sugerencias muy válidas. Dédico el libro al Camarada N. L.

Moscú, 28 de febrero de 1919

Nota: La lectura del presente texto debería ser complementada con este fabuloso artículo de Gabriel Calzada.

26 de Agosto de 2005

Utilidad marginal, réplica a Diego Guerrero (I): La subjetividad

El economista marxista Diego Guerrero pretenden refutar la teoría de la utilidad marginal en su libro Competitividad: Teoría y Política (ver el epígrafe A.3. La teoría del valor basada en la utilidad marginal). Sin embargo, me temo que el intento resulta vano.

En su opinión, la teoría del valor basada en la utilidad marginal acarrea cuatro problemas fundamentales: la subjetividad, la superfluidad, la inconsistencia lógica y el alcance limitado. Por su extensión dividiremos el asunto en varios posts, donde iremos tratando cada una de las cuatro críticas

Subjetividad

La primera apreciación que realiza Guerrero es la siguiente: El cambio más perceptible cuando se pasa del ámbito de las teorías basadas en el trabajo y la actividad laboral de la sociedad a las teorías que encuentran su fundamento en el principio de la utilidad o del placer experimentados en las actividades de consumo de la población consiste en pasar del campo de lo objetivo -ámbito natural de la ciencia- al de lo puramente subjetivo

Lo cierto es que, realmente, la utilidad no se deriva del consumo, sino la consecución de los fines del actor. El consumo puede no ser la finalidad del actor y, por tanto, no es correcto su inicial afirmación. Pensemos en las personas austeras o en las que disfrutan de su actividad laboral. Si el sr. Guerrero fundamenta el valor en el placer proporcionado por el consumo, habrá que concluir que las "acciones" de estas personas no les son útiles en absoluto (pues no se dirigen a consumir, sino a alcanzar fines distintos del consumo) y la pregunta pertinente será, pues, ¿por qué actúan?

Pero además, la siguiente afirmación acerca de pasar del ámbito objetivo al subjetivo también es falaz. Y es que el subjetivismo no elimina la objetividad de la ciencia, sino que la reafirma. La economía obtiene su objetividad reconocimiento la subjetividad del valor; y es que es un "hecho" objetivo que el valor es subjetivo. La economía no se pregunta por las "motivaciones" de ese valor, precisamente porque el ámbito de la formación de los fines en la mente humana corresponde a la psicología.

Y es éste un punto que Guerrero parece no entender: Si nos movemos en el ámbito de los sentimientos psicológicos, o de las sensaciones experimentadas por sujetos individuales, parece que nos deslizáramos necesariamente fuera de la objetividad o intersubjetividad necesarias para el análisis científico. Por muy importante que sea el ámbito de lo subjetivo -y a él se refieren sentimientos tan decisivos en la vida humana como el amor, la amistad, el placer, el dolor, etc.-, no se puede, precisamente por su naturaleza subjetiva, y no-intersubjetiva, pretender alcanzar objetividad científica ni realizar medidas exactas que trasciendan el ámbito de las puras valoraciones individuales

¿Es que acaso esos sentimientos no son "hechos" tan objetivos como las "cantidad" de trabajo que pueda incorporar un bien? No sólo eso, la economía no pretende explicar el valor en sí mismo, sino las consecuencias de la acción humana dirigida por esos valores. El análisis científico de la economía no necesita más que estudiar estas implicaciones lógicas y necesarias del comportamiento humano.

El problema es que el valor NO es mensurable; la voluntad de reducir el valor a un stándard supone una contradicción flagrante en tanto la utilidad de ese stándard adquiere un "valor". El valor no puede medirse a través del valor. No hay unidad de valor, en ningún caso. De hecho, como ya digo, para el desarrollo de la teoría económica, los datos "concretos" le resultan irrelevantes: "La praxeología estudia la acción humana como tal, de modo genérico y universal. No se ocupa de las circunstancias particulares de medio en que el hombre actúa ni del contenido concreto de las valoraciones que le impulsan a realizar determinados actos.

Y en este caso podemos volver a afirmar que la naturaleza subjetiva del valor en todos los individuos es lo que, a su vez, nos permite configurarlo como una categoría del ser humano y, por tanto, de donde adquiere su carácter intersubjetivo.

Partiendo del error de la necesidad de medición, Guerrero continúa: En consecuencia, cuando alguien pretende relacionar el valor de una mercancía con el placer que experimenta su consumidor al consumir la última unidad consumida de la misma (ésta es la definición más usual de la utilidad marginal), la primera pregunta que viene a la mente es: ?en qué unidades se mide ese placer? Por muchos intentos que haya habido en sentido contrario, es evidente que resulta completamente imposible encontrar una unidad de medida objetiva para algo que por definición es un sentimiento puramente subjetivo. Ni siquiera el propio sujeto que se supone experimenta este placer dispone de medio alguno para cuantificar de forma constante y no arbitraria su placer.

Aquí hay una secuencia de saltos lógicos importantes. Primero, Guerrero demuestra no haber entendido nada cuando habla de valor "experimentado" "al consumir". El valor es lógicamente previo al acto de consumo, y es que nadie consume sin valorar la acción de consumo. El consumidor no está esperando a otorgar valor a un bien hasta que lo consume; esto es absurdo. El valor se otorga en función del valor "esperado", es siempre "ex ante"; no se experimenta nada, sino que se espera experimentar. Segundo, por ello mismo hablar del consumo de la "última unidad" es un sinsentido.

Imaginemos un stock de cinco unidades; si la caricatura (no intencionada) que Guerrero efectúa de la utilidad marginal es que el valor se otorga conforme se consume, ¿cuál sería la unidad marginal? Cuando consuma una de ellas, el stock se reducirá en una unidad y, por tanto, el valor marginal aumentará. De manera que cada unidad tendría valor por sí misma y la paradoja del agua y los diamantes quedaría sin resolver.

Pero me temo que ningún defensor serio de la utilidad marginal propuso tal dislate. Como hemos dicho, el valor se otorga en función de los fines. Si ello es así, un mayor número de unidades permite satisfacer un mayor número de fines que, necesariamente, ocuparán una posición jerárquica, de mayor a menor importancia. Una nueva unidad permite acceder a un nuevo fin, menos importante que el anterior y, en tanto las unidades son intercambiables (sino estaríamos hablando de bienes económicos distintos; nuevamente contemplamos la importancia de la subjetividad), cada una de las unidades tendrá para el individuo una utilidad igual al fin marginal para cuya consecución son necesarias. Cuando se consume una unidad, no sólo desaparece la unidad, sino también el fin para el cual servía. Si satisfacemos primero el fin menos importante, las cuatro unidades restantes incrementarán su valor, ya que el fin marginal tendrá ahora un mayor valor que antes; pero si acariciamos primero el fin más importante, el valor de las unidades no variará, ya que el fin marginal seguirá siendo el mismo.

Tercero, Guerrero vuelve a introducir, torpemente, la necesidad de medición. Vamos a dar un paso más y a recordar el carácter "ordinal" de las comparaciones de utilidad. Al actor valora "más o menos" un fin que otro; un medio le resulta "más o menos" útil, pero de aquí no se sigue ni la posibilidad ni la necesidad de medición. A es mayor que B, pero no cinco o dos veces mayor; simplemente es más importante porque me satisface más.

Cuarto, precisamente por ello, el sujeto no necesita cuantificar su placer. Lo único que requiere es ser capaz de discriminar cuáles son los fines prioritarios para modular su acción en consecuencia. No necesita ni constancia ni un patrón de medición. Basta con que su acción sea, en todo momento, la mejor, la más adecuada.

Guerrero cree posible vencer estas dos últimas objeciones a través del siguiente argumento: Pero antes de continuar en la crítica hay que hacer frente a una posible objeción contra la misma. Frente a quien pudiera pensar que este tipo de crítica a la utilidad marginal podría evitarse acudiendo a una concepción ordinalista, en vez de cardinalista, de la utilidad, habría que alegar que, si bien es verdad que en el caso de las teorías ordinalistas nadie pretende cuantificar expresamente las cantidades absolutas de placer que experimenta el consumidor, lo cierto es que sí se supone posible y necesaria una cuantificación implícita de la misma, por lo que la crítica fundamental realizada en el párrafo anterior también es extensiva a esta versión de la teoría.

Ninguna cuantificación es necesaria, si por cuantificar se entiende medir y por medir utilizar un patrón constante. Lo único que requiere el actor, como ya hemos dicho, es saber si aquel fin le proporcionará mayor satisfacción que aquel otro. Para ello no es necesario una medición, basta una comparación interna de satisfacciones esperadas. Aunque no pueda cuantificarlo, sé que me gusta más la carne que el pescado. ¿Cuánto más? Lo ignoro, pero ello no imposibilita mi conocimiento acerca de mis preferencias. El significado de ordinal es simple y sencillo: el primero antecede al segundo, ¿en función de que razón matemática? Ninguna, simplemente va antes.

A continuación Guerrero da un nuevo salto de trampolín: En efecto: con independencia de otra línea de crítica ligada a la parcialidad del fundamento que se reivindica en estas teorías -ya que la utilidad sólo interviene para determinar la forma de la función de demanda del mercado, que luego debe completarse con la correspondiente función de oferta para determinar el valor de equilibrio de dicho mercado-, lo primero que hay que tener en cuenta es que la demanda total o agregada de mercado es la suma de las demandas individuales, y que, con independencia de los problemas ligados a la agregación de estas últimas, lo decisivo es que las demandas individuales resultan en rigor imposibles de obtener.

Aquí hay dos críticas, una de pasada y otra que empieza a integrar el argumento de guerrero. Primero, Guerrero afirma que la utilidad sólo determina la "forma" de la función de demanda con el objetivo de determinar el "valor" de equilibrio. Cuidado con los conceptos; el precio no es valor, ni siquiera una medición del mismo. El precio es una "relación" de intercambio según la cual ambas partes subjetivamente creen estar recibiendo más de lo que están dando. Por tanto, difícilmente puede ser el valor de ninguna de ellas, pues no se intercambian iguales, sino desigualdades. Yo doy cinco euros por un libro porque considero que el valor del libro es superior al de los cinco euros. No doy cinco euros porque considere que el valor del libro son "cinco euros"; en ese caso, ¿para qué efectuar el intercambio?

Aparte, hay una contradicción de fondo en decir que la utilidad determina la forma de la demanda. La única utilidad del actor es la marginal, ya lo hemos dejado arriba claro. Si ello es así, la utilidad dependerá de las unidades que pueda adquirir y éstas, a su vez, dependen del precio que, a su vez, depende de la demanda cuya forma teóricamente determina esa utilidad. Caemos en un razonamiento circular. La demanda no tiene una forma preestablecida; la demanda es una consecuencia de la utilidad y del coste de oportunidad. Para el actor individual no hay más: confronta el valor de los fines futuros satisfechos con el coste de satisfacerlos (es decir, con los otros fines a los que tendrá que renunciar). Para ello se emprende un proceso de negociación con la otra parte quien, a su vez, efectúa el mismo análisis. Atendiendo a los distintos estadios de la negociación, la demanda será mayor o menos atendiendo a la contraprestación exigida.

En las sociedades modernas, esa contraprestación monetaria se mantiene estable por un tiempo, de manera que los consumidores calculan cuáles serán los fines a los que renunciarán a cambio de pagar el precio estipulado. Si éste es desbocado (esto es, el valor de los fines a los que se renuncia es mayor al de los que se espera conseguir con ese medio), la demanda caerá (se adquirirán unidades mientras el valor del fin adicional conseguido a través de una nueva unidad sea mayor que el valor del fin marginal al que se renuncia) y los precios se modificarán.

Segundo, como hemos visto, no existe algo así como "demanda agregada" de mercado; eso son simplificaciones neoclásicas tan erróneas como nocivas. Las demandas no se agregan cruzándose con la oferta. El proceso de mercado es mucho más complejo. Requiere un proceso de negociación entre las partes que puede darse a través de la argumentación o de la propuesta de un precio. En todo caso, el empresario no podrá mantenerse por mucho tiempo en el mercado si no consigue producir aquello que realmente valoran los consumidores. Y es que el empresario tendrá que pagar a los factores productivos la productividad marginal descontada de la venta de ese bien. Si el bien no llega a venderse (por ser su precio demasiado elevado), sus costes superarán a sus ingresos y cerrará.

Los empresarios que puedan pagar mayores rentas (por esperar percibir un mayor precio) y ACIERTEN, serán los que triunfarán en el mercado. Ésa es la competencia típica del proceso de mercado.

Por último, Guerrero sostiene que su simplificación anterior sobre la utilidad marginal no se sostiene (algo que ya hemos visto sin necesidad de recurrir a sus argumentos). Sin embargo, a efectos dialécticos, vamos a considerar las subsiguientes objeciones como afrentas a una teoría de la utilidad marginal "correctamente" entendida. ¿Por qué no puede basarse la demanda del bien en la utilidad esperada de los medios adquiridos?

cada persona (sea consumidor efectivo o no) debería conocer en cada momento una de estas dos cosas: 1) o bien el quantum de placer absoluto (medido en alguna unidad constante por lo que se refiere a sí mismo) que le proporcionaría cada una de las unidades sucesivas potencialmente consumibles, y por tanto la totalidad de las mismas, del bien en cuestión

Como hemos dicho, ningún individuo necesita conocer el valor cardinal de sus fines, ni mucho menos de todos de ellos de manera agregada. La utilidad marginal simplemente establece que el valor de los medios irá reduciéndose conforme se persigan fines menos valorados hasta que llegará un punto en el que, adquirir una unidad adicional de ese medio, supondrá renunciar a otros fines que jerárquicamente se valoran más (de nuevo, cuánto más es una cuestión irrelevante para poder guiar la acción humana y, en concreto, para poder demandar).

2) o bien, si se renuncia a la perspectiva cardinalista, a cuanto equivale, o equivaldría, en términos de placer, el consumo de cada unidad del bien x en relación con el consumo de otras o las mismas cantidades de cualquier otro bien y (dando por descontado que este y se extiende de hecho a la totalidad de los demás bienes existentes).

Me temo que Guerrero no abandona en absoluto la perspectiva cardinalista, al seguir buscando "equivalencias" de valor. Repetimos: sólo es necesario conocer la jerarquía de nuestros fines, algo que el actor conoce en cada instante perfectamente (lo cual no significa que permenezcan constantes), no su relación con otros fines. La relación entre un kilo de carne y 500 gramos es de 2 a 1. Esto nos resulta irrelevante para determinar si un fin es más apetecido que otro. Y, también conviene recordar, que Guerrero reduce inconvenientemente el ámbito del valor al "consumo". Lo que realmente necesita saber el actor es si el fin A que habilita el medio x es más importante que el fin B que habilita el medio y. Nada de relaciones entre hipotéticos consumos.

Obviamente, atacando un muñeco de paja, Guerrero afirma que: Esto no se sostiene y no sólo por razones de falta de realismo: dado que los gustos y sentimientos de los consumidores varían constantemente, la sola existencia de precios estables de las mercancías sería una prueba en contra de la racionalidad de una teoría así, porque para obtener este resultado se tendría que dar la coincidencia de que a cada cambio en la función individual de utilidad de un sujeto habría de corresponder un cambio igual pero de signo opuesto en la función de algún otro sujeto para que, al unirse ambas en la función de demanda de mercado, esta última curva cruzase, ceteris paribus, a la función agregada de oferta precisamente en el mismo exacto lugar en que lo hacía anteriormente

Primero, la hipótesis de que los gustos de los consumidores "varían constantemente" es demasiado arriesgada y, sobre todo, innecesaria. Pretender falsar la hipótesis de "gustos cambiantes" a través de la siguiente hipótesis "precios estables" es del todo lamentable. Uno esperaría un razonamiento teórico más aplicado, pues ¿en qué momento hemos abandonado la teoría para ponerse a hablar de la realidad que uno cree observar? En realidad, la estabilidad de precios es una superchería tremenda, pero ésta es otra discusión.

Segundo, las variaciones individuales de la utilidad no dan lugar, como parece sugerir Guerrero, a variaciones del precio, precisamente porque entonces los pequeños cambios (compro una unidad más) darían lugar a grandes alteraciones (subo el precio, con lo cual la utilidad marginal de los restantes miles de consumidores queda por debajo). No es necesario que a cada cambio inidivudial le corresponda otro cambio individual en sentido opuesto para que los precios se mantengan constantes. Como hemos explicado, el proceso de mercado opera de otra forma; pagan a los factores sus productividades marginales descontadas sobre las ventas de los productos a un precio anticipado y, si el empresario acierta en su cálculo y en su anticipación, obtendrá un interés por la inversión en factores productivos. En caso contrario cosechará pérdidas que lo alejarán del mercado.

De hecho, incluso los monumentales cambios de utilidad pueden NO dar lugar a una modificación de los precios; sin embargo, la consecuencia de esta mala gestión empresarial será su quiebra. Es decir, la utilidad marginal determina los precios, pero no a través de un mecanismo computerizado y funcionalista, sino del appreisement empresarial.

Hasta aquí la primera objeción de Guerrero a la utilidad marginal, esto es, el problema de la subjetividad del valor. Como hemos visto, todas las objeciones eran más bien endebles y no han supuesto problemas considerables salvo para una caduca ideología neoclásica. La utilidad marginal correctamente entendida, tal como fue propuesta por sus impulsores, sigue siendo tan correcta como entonces.

Próximamente destriparemos las restantes objeciones.

25 de Agosto de 2005

Urrutia y el deficit de una teoría

En uno de los capítulos de "Economía en Porciones" de la ciberreferencia Juan Urrutia, se analiza la "obsesión" del antiguo presidente del gobierno, José María Aznar, por "prohibir" el déficit público. Dado que el texto pretende pasar como una interpretación libera de la Ley de Estabilidad Presupuestaria, conviene examinarlo y sacar las conclusiones pertinentes.

Antes de empezar he de señalar que la Ley de Estabilidad Presupuestaria, que prohíbe el recurso al déficit, es una buena idea pero, a todas luces, insuficiente. Por un lado porque, como ya hemos visto, es una ley susceptible de cambio parlamentario que, por tanto, en nuestras democracias parlamentarias, sólo limita al gobierno en tanto él esté dispuesto a limitarse. En este sentido, la ley era innecesaria, bastaba la buena voluntad política. Por otro, incluso Llamazares podría cumplir semejante ley. Hay que recordar que para incrementar el gasto público no es necesario recurrir al déficit, basta con incrementar los impuestos. Por tanto, la ley de Estabilidad Presupuestario no es una garantía de control estatal; en definitiva, apela a un pueblo que, en caso de incurrir en enormes déficits permanecería silencioso, pero que se levantaría en contra del gobierno si esos déficits se compensarán con incrementos de impuestos.

Dicho esto, he de decir que los argumentos de Urrutia están del todo mal orientados. Para explicar por qué no es recomendable "prohibir" el déficit público, recurre a una interesante analogía que, sin embargo, deja más flancos descubiertos que en un principio. Tras constatar que la inflación es mala y que el déficit también lo es (si bien por motivos incorrectos, como luego veremos), concluye: El paralelismo se rompe sin embargo en cuanto pensamos en la diferencia entre eliminar y prohibir. También pudo haberse prohibido la inflación; pero se optó por tratar de eliminarla: ¿porqué?, ¿cómo?. Porque prohibirla habría exigido unos controles de precios que ya se han mostrado por doquier como imposibles y nocivos. Pero tratar de eliminarla mediante una política monetaria restrictiva impuesta por el gobierno es también inútil precisamente por un problema de inconsistencia temporal o falta de credibilidad del gobierno.

Es interesante esta inicial contradicción. Asumamos como hace Urrutia que inflación equivale a incremento de precios. Primero asegura que "también pudo haberse prohibido la inflación", entendiendo inflación como incremento de precios, pero luego asegura que los controles de precios son "imposibles". Entonces, ¿cómo puede poderse lo imPOSIBLE?

Por tanto, quizá la diferencia entre por qué prohibir el déficit y no prohibir la inflación se haya en que lo primero es factible (aunque Urrutia, como ahora veremos, sostenga lo contrario) y lo segundo no.

Sin embargo, abandonemos la hipótesis neoclásica de que inflación equivale a incremento de precios. Los "felices años 20" fue una época tremendamente inflacionaria y los precios no aumentaron. La razón es que, aunque la calidad del dinero, y por tanto su valor, empeoraban a un ritmo muy elevado, la utilidad marginal de una producción creciente hacía disminuir aun más su valor, de manera que el precio, como cruce de valoraciones, permanecía más o menos constante.

O al revés, los precios pueden aumentar sin que se produzca ningún tipo de inflación. Si la producción de un país disminuye o sus productos son, de golpe, mucho más valorados, la gente estará dispuesta a entregar una mayor cantidad de dinero por las mismas unidades de un producto, sin que necesariamente la calidad del dinero haya disminuido. Juan Urrutia confunde inflación con las consecuencias habituales de la inflación.

Sin duda, es imposible evitar la inflación una vez el agente encargado de emitir el dinero ya ha realizado las pertinentes acciones que le hacen perder credibilidad. Así, si el gobierno reduce el respaldo, incrementa la deuda, o defrauda a los acreedores, la confianza de la gente en el dinero será menor de lo que en otro caso hubiera sido y, por tanto, se producirá inflación. Sería inútil pretender controlarla, pues ello implicaría querer dominar las mentes y las apreciaciones subjetivas de las personas.

Ahora bien, el argumento de la inconsistencia temporal no es sólido. Es cierto que un Banco Central nunca podrá evitar la inflación pues, en tanto monopolio, tendrá incentivos para incrementar el precio de sus servicios (el "impuesto inflacionario" del que habla Urrutia) o a disminuir su calidad (dando paso a una genuina inflación). No obstante, el problema de la inconsistencia temporal puede solucionarse sin demasiadas dificultades rompiendo el monopolio monetario, esto es, permitiendo la competencia entre las distintas divisas (y no, como propone Juan Urrutia, a través de la creación de un Banco Central independiente que sigue actuando como prestamista de última instancia ante las expansiones crediticias sin respaldo de la banca comercial).

De esta manera, la gente sería consciente de que los emisores privados no tienen incentivos para defraudar a sus clientes pues, en ese caso, acudirían a la competencia. Es cierto que, aun así, el fraude sería posible, pero éste ya no estaría institucionalizado. De hecho, el consumidor libremente se dirigiría a aquellas monedas que le proporcionan una mayor "confianza" en su calidad; y este confianza es todo lo contrario a la inconsistencia temporal.

La conclusión es que, obviamente, la inflación no puede prohibirse en tanto las apreciaciones subjetivas de la gente son libres. En ocasiones la confianza puede perderse por unas simples declaraciones desafortunadas. Ahora bien, sí es perfectamente posible prohibir numerosas prácticas que llevan a esa pérdida de confianza (como puede ser el fraude o el robo).

Acto seguido, el economista se pregunta: ¿Por qué se opta por prohibir el déficit público en lugar de eliminarlo?. De hecho se podría eliminar el déficit de una forma análoga a la eliminación de la inflación por parte de un Banco Central Independiente. En efecto una especie de Agencia Central del Gasto, configurada como independiente, podría siempre eliminar gastos a su leal saber y entender si la recaudación prevista los hiciera generadores de déficit. ¿Por qué no se hace así y se opta por prohibirlo?

Como ya digo, ni el Banco Central puede eliminar la inflación (pues niega el mismo concepto de confianza monetaria basado en la posibilidad de elección y discriminación entre monedas), ni una Agencia Central dependiente del Estado -que se asienta sobre el gasto del Estado- podría eliminar el déficit público. Tanto la Agencia como el déficit son aprobados y controlados por el Parlamento. Si el Parlamento desea incurrir en déficit lo tiene tan fácil como modificar los Estatutos de la Agencia o cerrarla.

Urrutia parece coincidir, en última instancia, con este análisis al decir que su incapacidad descansaría en que La mayoría del gasto público lo es como resultado de alguna ley y por lo tanto su reducción exigiría una nueva ley o una modificación de la existente, cosas que una eventual agencia no podría ni siquiera proponer por muy independiente que fuera.

De ahí que la eliminación del déficit tenga que hacerse mediante su prohibición por una ley que faculte al gobierno a tomar iniciativas legislativas que rebajen o eliminen la obligación de gastar impuesta por otra ley

Si bien me resulta extraño imaginar un gobierno austero, respaldado por un Parlamento pródigo; el problema en ambos casos es que todas las agencias, burocracias y brazos ejecutivos SON Estado, y, por tanto, se controlarán a sí mismos mientras lo decidan. Los checks and balances internos son del todo ineficaces y terminan por solaparse unos con otros (aun cuando en muchos casos sean preferibles a una directa concentración de poder en un mismo órgano).

¿Es posible prohibir el déficit público? Tanto como eliminarlo. Creer que es posible eliminar el déficit en un período pero no prohibirlo en ese mismo período es ingenuo. Creer que es posible eliminar el déficit de manera sostenida y no prohibirlo de manera sostenida, es absurdo (tanto como la postura opuesta, esto es, creer que no es posible eliminar el déficit sin prohibirlo). Como ya digo la Ley de Estabilidad Presupuestaria es una buena declaración de intenciones; pero en tanto ley que regula al órgano emisor, papel mojado.

Luego Urrutia pasa a preguntarse, no ya si es posible prohibirlo, sino si será posible y deseable eliminar el déficit. Sobre la posibilidad no voy a hacer un gran comentario: ya ha sido posible y, en tanto se trata de una decisión humana, lo contrario es perfectamente concebible y, por tanto, posible.

Interesa más, sin embargo, examinar los argumentos de Urrutia acerca de la "conveniencia" de su eliminación: Aisladamente la contestación es afirmativo pues el gasto público está sobredimensionado y desincentiva a la iniciativa privada.

No es mal comienzo, pero más que desincentivar la iniciativa privada hay que señalar que la destruye. Primero, el déficit es posible porque el gobierno obtiene de forma sibilina unos recursos que, de otra forma, hubieran ido a parar al sector privado. En ese sentido, cuando el gobierno gasta esos recursos no podrán ser invertidos por los empresarios. Por tanto, no se trata de que el empresario pierda los incentivos cuando contempla una corriente futura de impuestos muy elevada (que también), sino principalmente que los recursos con los que la iniciativa privada se hubiera llevado a cabo, están en manos del gobierno.

Segundo, porque el pago de intereses por parte del gobierno a los suscriptores de deuda pública que posibilitan el déficit, se hace de forma pervertida. Un empresario privado devuelve el principal y los intereses a través de su inversión e incremento productivo. El Estado, en cambio, emplea esos recursos en gastos corrientes o en bienes de equipo sin rentabilidad en flujos monetarios (por ejemplo edificios para escuelas públicas), de manera que, en realidad, su déficit no se corresponde con una inversión al estilo privado, sino con un retraso del gasto. De esta manera, el principal y los intereses no se devuelven utilizando la propia rentabilidad de la inversión, sino expoliando a otros empresarios productivos de la economía vía impuestos.

Por último, no deja de ser conveniente mencionar que un Estado muy endeudado es un Estado con una mayor apariencia de insolvente, lo cual, como hemos visto más arriba, provoca la pérdida de confianza en su moneda (una economía muy endeudada supone una producción futura castigada por los impuestos, de manera que tenderá a disminuir o crecer menos de lo que lo hubiera hecho; esto implica un incremento de los precios que, sin ser propiamente inflación, si disminuye la demanda y confianza presente en esa divisa, lo cual sí es inflación).

Con todo, hasta aquí Urrutia se muestra favorable a eliminar el déficit. Sin embargo, como buen neoclásico, comienzan los peros a las medidas liberales: pero cuando la cuestión se plantea en una economía en la que ya hay una política monetaria antiinflacionista independiente, la respuesta es mucho más compleja y matizada..

Fíjense; por política antiinflacionista Urrutia se refiere, no a recuperar la credibilidad perdida en la moneda, sino utilizar los rudimentarios instrumentos de la teoría cuantitativa para pretender doblegar las apreciaciones de los individuos. En concreto, disminuir la oferta monetaria para que así su valor aumente. Sólo hay dos problemas. El primero, ¿qué confianza puede tener el público en que el defraudador se vuelva honrado a través de los mecanismos por los que antes ha defraudado? El segundo, ¿por qué Urrutia, si pretende combatir la inflación, considera al déficit (que como hemos dicho hace perder credibilidad a la moneda) como un problema?

Él mismo contesta: Y esto porque un país así estará completamente inerme ante shocks asimétricos. Para verlo supongamos que o todos los países están en equilibrio sin inflación, con déficit públicos eliminados y con una balanza de pagos que solo refleja el equilibrio de exportación e importación para el tipo de cambio de equilibrio, tipo de cambio que, claro está, refleja la productividad relativa entre el extranjero y nuestro país.

En esta situación supongamos un shock tecnológico en el extranjero que aumenta su productividad. El tipo de cambio se modifica, nuestra moneda se deprecia, las importaciones se hacen más caras y aumenta la inflación


Primero, los tipos de cambio no reflejan productividades relativas. De hecho la productividad de cualquier actividad suele calcularse en unidades monetarias; por tanto, el valor del dinero es anterior a cualquier consideración sobre la productividad. En caso contrario entramos en un razonamiento circular. Si la productividad de un país determina el valor de la moneda, entonces esa moneda carece por completo de valor propio y la productividad no podría ser objeto de cálculo.

Además, la moneda tiene muchas otras finalidades. Nadie puede creerse que el tipo de cambio entre el marco suizo y el akán ghanés refleja la productividad relativa entre ambos países. De la misma manera, si un empresario privado emite moneda respaldada por oro, sería absurdo pensar que el tipo de cambio entre la moneda privada y otra moneda nacional viene determinada por la productividad relativa del emisor (¿productividad en qué?).

Otra cosa es que la productividad influya en la evolución del tipo de cambio. Dado que la moneda cuyo país ha sufrido el shock tecnológico puede ahora adquirir una mayor cantidad de bienes y servicios, sus tenedores estarán dispuestos a ofrecer una menor cantidad por divisas extranjeras (que pueden adquirir, en los países donde son de curso legal, una menor cantidad de bienes). Aparte, los especuladores pueden prever incrementos futuros de la productividad, de manera que les interese conservar divisas a modo de inversión.

Ahora bien, este proceso NO es inflacionario como afirma Urrutia. Primero, dice Urrutia que El tipo de cambio se modifica, nuestra moneda se deprecia, las importaciones se hacen más caras y aumenta la inflación; el problema es que el tipo de cambio se modifica en tanto ha habido un shock tecnológico que ha reducido los precios. Por tanto, aunque los europeos, por ejemplo, puedan comprar menos dólares que antes, con esa menor cantidad de dólares pueden adquirir más productos. En otras palabras, las importaciones no se encarecen (es posible que algunos bienes caigan de precio y en otros no; en éste último caso podría pensarse que el mayor tipo de cambio los encarece, sin embargo mediante un arbitraje interno, estos problemas desaparecen).

Segundo, si EEUU ve incrementada su productividad su poder de compra aumentará, de manera que adquirirán mayor cantidad de bienes y servicios europeos que antes, sin que su oferta haya aumentado. Esto podría parecer un proceso inflacionario, aunque no sea así. Como ya hemos dicho, Urrutia confunde inflación con incremento de precios; y ante un incremento de la demanda de bienes y servicios europeos hay un precio que no sube, sino que empieza, el del dólar. Los europeos empiezan a acumular más dólares que si la demanda de sus productos no hubiera aumentado y, por tanto, su poder de compra en bienes de EEUU aumenta.

Aparte, hay que tener en cuenta que aunque esos dólares no se gasten, sino que se acumulen, los ahorros europeos se incrementarán (sobre los bienes de EEUU), de manera que el coste de invertir en bienes de capital disminuye. Nuevamente, no todos los precios de la economía aumentan y, por tanto, ni siquiera desde la perspectiva cuantitativista podría considerarse inflación (como mucho inflación en los bienes de consumo).

En resumen, la productividad no determina el tipo de cambio, sino que, en nuestra época de dinero fiduciario, influye en su evolución. Ahora bien, la consecuencia de los cambios de productividad de un país no es la inflación en los restantes, sino alteraciones en los precios relativos dependiendo de la evolución de las distintas demandas individuales.

Dicho esto, es evidente que los Bancos Centrales de los países que no han experimentado el shock pueden estar tentados, en estas circunstancias, a expandir la oferta monetaria nacional para acaparar una mayor cantidad de divisas extranjeras y, así, aprovecharse del shock tecnológico.

Una vez hemos demostrado que el punto de partida de Urrutia es falso (esto es, que un incremento de la productividad de un país extranjero genera inflación en el propio), las siguientes consecuencias simplemente caen por su propio peso: Nuestro Banco Central reduce la oferta monetaria para frenar la inflación y genera desempleo. La consiguiente reducción en el PIB nominal reduce la recaudación y el gobierno cumple la ley reduciendo un gasto público (supongamos que de consumo y no de capital para no perjudicar a las generaciones futuras). Esto hace disminuir aún más el PIB nominal y el proceso se recrudece.

Vamos, el Apocalipsis personalizado. Al margen que no hay inflación que combatir sino la que el Banco Central haya creado a través de su expansión monetaria, la subsiguiente contradicción no genera ninguna crisis. Tengámoslo claro. La expansión monetaria puede dar lugar a un boom ficticio si ésta se filtra al mercado crediticio, pero la contradicción subsiguiente es, sólo, una consecuencia inevitable del crédito fiduciario previo; la crisis es una catarsis. Cuando el Banco Central abandona la expansión crediticia salen a relucir los manifiestos errores en la inversión y en la duración de los procesos productivos.

En todo caso, la receta de expandir el gasto público durante la crisis, como propone Urrutia, no puede ser más descabellada. Como decimos, la crisis económica se origina por una insuficiencia de ahorro para completar los proyectos emprendidos ante el espejismo del ahorro fiduciario. Si el gobierno expande el gasto público vía déficit durante una crisis, el resultado será una disminución del nivel de ahorros; en otras palabras, se dificultará incluso más la recuperación.

Precisamente, en épocas de crisis, el gobierno tiene que ser austero al máximo y disminuir el gasto público. Sólo así liberará los ahorros y recursos necesarios para que los proyectos empezados pero no finalizados puedan concluir. Ya que a Juan Urrutia le gusta, y con razón, Hayek, quizá debería repasar algunas citas del maestro austriaco: La impresión de que la estructura de capital ya existente nos permite incrementar la producción de manera casi indefinida es un error. Todos los ingenieros pueden decirnos que tenemos una inmensa capacidad productiva sin usar, pero no existe ninguna posibilidad de incrementar la producción en esa medida. Estos ingenieros y también esos economistas que creen que tenemos más capital del que necesitamos, se decepcionan ante el hecho de que existe una estructura de capital capaz de producir más de lo que estamos produciendo. Lo que olvidan es que los medios duraderos de producción no representan todo el capital que se necesita para incrementar la producción y que para que los bienes duraderos pudieran ser usados a plena capacidad sería necesario invertir una gran cantidad de otros medios de producción en procesos de larga duración que sólo madurarían en un futuro lejano. La existencia de capital sin usar no es, por lo tanto, en ningún caso una prueba de que existe un exceso de capital y que el consumo es insuficiente: al contrario, es un síntoma de que no somos capaces de usa los bienes duraderos a plena capacidad porque la demanda actual de bienes de consumo es demasiado urgente para permitirnos invertir medios productivos en procesos de producción para los que los bienes duraderos están disponibles"

En otras palabras, lo que requieren los procesos productivos no es más consumo, sino más ahorro que permita financiar los procesos productivos hasta su maduración.

La conclusión del proceso descrito por Urrutia es que nos empobrecemos, nuestro paro se incrementa y el consumo se reduce. Conviene detenernos un momento aquí para darnos cuenta de hasta qué punto la teoría neoclásica está corrupta. Juan Urrutia dice que un país vecino aumenta su productividad (ergo, se vuelve más rico) y la consecuencia es que nuestros precios aumentan. En caso de inacción por parte del Banco Central, tendremos incluso desempleo, pobreza y menor consumo. Por lo tanto, si no hacemos nada, la consecuencia última del enriquecimiento ajeno será ¡nuestro empobrecimiento! Diantre, volvemos al juego de suma cero, al mercantilismo antiliberal.

Y por esa regla de tres, el enriquecimiento de una empresa debería provocar el empobrecimiento del resto de la sociedad. Somos pobres porque ellos son ricos. Bonita pero absurda conclusión.

Pues bien, como la política contractiva del Banco Central da lugar a nuestro empobrecimiento siempre que, según Urrutia, no incurramos en déficit, la conclusión es obvia: si creemos que nunca alcanzaremos tecnológicamente a nuestros vecinos, es razonable exigir que esto se refleje en nuestra manera de vivir en relación con ellos; pero si pensamos que el shock tecnológico acabará permeando a nuestro aparato productivo ¿no sería avispado capear el temporal con un poco de déficit que de alegría a la producción hasta que absorbamos el shock?

Pues no. Las alegrías con el vino, y el vino con el dinero de cada cual. Eso de alegrar a quienes no lo necesitan con la riqueza ajena -y, en este caso, con la riqueza de gente que ni ha nacido- está muy mal. No sólo está mal, sino que es del todo incorrecto.

Veamos, si esperamos absorber el shock tecnológico será a través de las estructuras de capital. Los neoclásicos que diferencian entre tecnología y bienes de capital son tremendamente graciosos. Toda tecnología se materializa en una estructura productiva. De hecho, los capitalistas tienen que elegir continuamente como renovar y reorganizar esas estructuras atendiendo al conocimiento tecnológico vigente.

Por tanto, ¿cómo se materializará el shock tecnológico en nuestra economía? A través de estructuras productivas de capital. ¿Y qué requiere el capital para acumularse? Ahorros. ¿Y que provoca el déficit? La reducción de esos ahorros y el cortoplacismo consumista (esto es, provoca una tendencia de la estructura productiva a achatarse y orientarse más al consumo).

En conclusión, las recetas deficitarias de Urrutia para solucionar problemas generados por el gobierno siguen siendo nefastas. Y todo ello, en especial, si lo situamos en un contexto de crisis económica, donde el ahorro es incluso más escaso.

Y es que, en opinión de Urrutia: para un economista no querer utilizar nunca el déficit público es como negarse a comprar cualquier tipo de seguro. Si no estamos asegurados no tenemos más remedio que pechar con lo que no mande el señor

Todo lo contrario. Los seguros reducen el riesgo, el déficit lo incrementa. Somos mucho más capaces de afrontar una crisis económica con un bajo nivel de gasto público y en ausencia de déficit, que si nos endeudamos hasta las cejas. Si mañana se quedan desempleados, ¿cómo vivirán más seguros? ¿Teniendo las deudas liquidadas o debiendo ingentes cantidades de dinero? Negarse a utilizar el déficit público para "dar alegrías a la economía" refleja simplemente un mínimo conocimiento de la ciencia económica, no una locura dogmática.

El siguiente razonamiento también es de órdago: Se podrá argüir que, los seguros son siempre mutuos pues unos nos aseguramos a otros y que agregadamente no podemos asegurarnos. Esta verdad general permite una excepción cuando son las generaciones futuras las que nos aseguran mediante el pago de la deuda pública que nuestra generación ha producido para financiar el déficit en el que hemos incurrido para paliar nuestra falta de productividad actual

Los seguros reducen el riesgo actuarial de todos al formar un fondo común del que echarán mano los afectados. El déficit no tiene nada que ver con los seguros y el riesgo: a) primero, porque es coactivo, las generaciones futuras no pueden decidir si quieren reducir el riesgo o no, b) segundo, porque ¿cuál es el riesgo que ven reducidas las generaciones futuras? Si yo me aseguro contra riesgos presentes a cargo de contribuciones futuras, los riesgos que se minoran son los presentes y quienes financian esa minoración son las generaciones futuras. A no ser que Urrutia esté pensando en una especie de esquema Ponzi del déficit (de manera que las generaciones futuras tendrían, a su vez, derecho a endeudar a las posteriores) esta idea se me antoja absurda, c) tercero, porque el incremento del déficit se efectúa con cargo al ahorro presente (aún cuando ese vencimiento sea futuro), de manera que reducimos la cantidad de ahorros que los empresarios necesitan para abandonar la crisis.

Claro que tales afirmaciones no sorprenden cuando después continúa diciendo: En esto, como en cualquier seguro, cabe un cálculo actuarial y es este cálculo actuarial el que yo esperaría que hiciera el gobierno y que lo hiciera bien permitiendo ligeros déficits a veces aunque nunca un gran déficit estructural

Urrutia simplemente está retorciendo las palabras. En cualquier seguro cabe un cálculo probabilístico sobre la ocurrencia del riesgo. Pero no todo evento es asegurable, esto es, no sobre todo evento cabe ese cálculo de probabilidad (sólo en la probabilidad de clase y no en la de caso). Por ejemplo, el riesgo de la ocurrencia de una guerra no puede formalizarse en probabilidad alguna, pues es un evento único dependiente de la acción humana libre (integraría la incertidumbre más que el riesgo, esto es la probabilidad de caso). De la misma manera, tampoco cabe el cálculo actuarial en el evento "riesgo de crisis económica", pues depende, nuevamente, de cuánto tiempo el Banco Central esté dispuesto a proporcionar liquidez adicional a los bancos comerciales, agravando la crisis venidera.

Por tanto, este cálculo es simplemente imposible. Lo máximo que puede hacer el gobierno es apostar sobre cuándo ocurrirá la crisis, pero nuevamente esto no tiene nada que ver con una reducción de riesgos a partir de un fondo común redistribuidor.

Eso sí, la conclusión final de Urrutia es parcialmente adecuada: Prohibir el déficit público es renunciar a hacer esta tarea que sólo un gobierno puede hacer pues es el único que puede velar por la justicia intergeneracional.

Sí, prohibir el déficit es prohibir una de las delictuosas tareas que sólo el gobierno puede hacer. Ahora, no hablemos de "justicia intergeneracional", el expolio de nuestros hijos para beneficio de los presentes tiene bien poco de justicia ciega. Es una rifa amañada desde el principio.

24 de Agosto de 2005

Más sobre bodas y capitalismo

Me comenta Toni que el ciberinvitado Jesús Clavijo también tiene grandes problemas en entender la Ley de Say. Recordemos, Say vino a decir que para consumir antes hay que producir, ya que sólo puedo comprar algo si ofrezco otro algo a cambio.

Uno puede partir, como yo he hecho, de que el consumo de una familia se determina como una fracción de su renta. En ese caso, como ya hemos visto, si las familias consumieran un porcentaje mayor que los individuos solitarios, perjudicarían la acumulación de capital, pues disminuirían la cuantía de ahorros.

Como ya hemos dicho antes, este es un supuesto poco realista. Por un lado, las personas solitarias no tienen por qué dejar herencia o, al menos, no tanta herencia como los padres de familia. Esto, obviamente, supone que la cuantía de ahorros disminuye y el capital se resiente. Más consumo, repito, implica menor acumulación de capital.

Pero como decíamos, Clavijo tampoco tiene clara la Ley de Say. Las familias tienen fuertes incentivos para ahorrar (básicamente, tienen más individuos a su cargo, con lo cual la incertidumbre es mayor; pensemos en que tiene que ahorrar para alimintar a sus hijos, educarlos, operaciones sanitarias...) y también fuentes incentivos para consumir (algunos de los ahorros que hemos descrito antes, como los gastos universitarios, se materializan tarde o temprano en consumo). En otras palabras, si una familia tiene fuertes incentivos para consumir y para ahorrar tendrá enormes incentivos para producir más. Dado que no puede renunciar ni al consumo ni al ahorro, la única manera de incrementar ambos es aumentando su renta.

El soltero tiene incentivos a disminuir el tiempo de su trabajo y su producción para disfrutar de mayor ocio. Consume una fracción elevada de su renta, pero no tiene por qué incrementarla continuamente a costa de su tiempo libre.

La unidad familiar permite, así, un uso más racionalizado de las economías de escala de las rentas de la pareja y los mueve a ser más productivos en su trabajo. Más que destacar el consumismo de la familia, Clavijo debería reseñar su colaboración en la creación de riqueza. Si consumen más es porque han producido más. No hay vuelta de hoja. La única alternativa sería consumir a través de la producción ajena, esto es, del robo. Pero para ello ya está el gobierno.

23 de Agosto de 2005

Todo es un instrumento del capital

Hace tiempo que no me encontraba con un post tan delirante y absurdo. He de reconocer que al principio me he planteado si se trataba de una autoparodia, al estilo del MSV, pero parece que no. Lo firma el ciberinvitado Jesús Clavijo: Bodas y capitalismo.

El susodicho sostiene que las bodas son un instrumento al servicio de la lógica capitalista. No voy a negar que el matrimonio sea una institución importantísima para la civilización occidental; no es el tema que nos ocupa. Y es que, con ser importante para su sostén y desarrollo, el objetivo de un matrimonio no es colaborar en el progreso social, sino formalizar una relación de pareja y, en todo caso, consagrarla a Dios. En otras palabras, el matrimonio es un instrumento al servicio de la pareja, pues es ella quien lo contrae voluntariamente.

Desde el punto de vista de la convivencia, el matrimonio sirve para resolver asuntos tan importantes como la situación jurídica de los bienes de la pareja y sobre todo cuestiones de derecho hereditario como el usufructo del cónyuge o la sucesión intestada en favor de los vástagos. En otras palabras, el matrimonio aporta seguridad jurídica, claridad para las relaciones contractuales, y un fondo de ahorros que beneficia tanto al individuo como a la sociedad. Pero, repito en este punto, la sociedad se beneficia como conscuencia indirecta y no intencionada del matrimonio; de la misma manera que sería absurdo decir que tener un jardín bonito es un instrumento al servicio de los transeuntes mirones, señalar que el matrimonio está al servicio de alguien más allá de la pareja se escapa a toda lógica.

Pero si el razonamiento original es pésimo, me quedo sin adjetivos para el desarrollo económico del mismo. ¿Por qué dice Clavijo que el matrimonio está al servicio del capital? Pues porque consume más: En definitiva, se trata de establecer si la familia compuesta por la dupla hombre-mujer con su correspondiente descendencia es la que tiende a consumir más.(...) Hay datos que demuestran que la familia tradicional es la que más gasta, la que más consume, la que más demanda.

Uno no sabe si aplaudir la cabriola argumentativa o caerse de la silla. Al margen del debate sobre si la familia consume más que los individuos solitarios (lo cual es más que discutible, en especial, durante los últimos años de la vida de uno, cuando tiene que dilapidar todo su patrimonio ante la ausencia de herederos), el razonamiento supone una total incomprensión de la economía. Aceptemos que la familia consume más que las personas solitarias. ¿Significa ello que está al servicio del capital? Más bien todo lo contrario. Los bienes de capital se forman a partir de la inversión y SÓLO se puede invertir si se ha ahorrado previamente y, como es lógico, SÓLO se puede ahorrar si se restringe el consumo. Más consumo implica MENOS capital. El consumismo es todo lo contrario al capitalismo, una mayor demanda de bienes de consumo implica una MENOR demanda de bienes de capital. John Stuart Mill lo sintetizó en su cuarta proposición sobre el capital: Demand for commodities is not demmand for labour.

Sin ahorro no hay capital; de hecho, la forma originaria del capital es el ahorro. Los keynecios creyeron que el capitalismo necesita de un consumismo desbocado para sobrevivir, de ahí que propusieran la intervención gubernamental para estimular el consumo (a través de mayor gasto público, menores impuestos o una reducción del tipo de interés). Los economistas clásicos eran conscientes de que un mayor consumo significaba un mayor derroche y un menor fondo de salarios, lo cual dificultaba la acumulación de capital.

Pongamos un breve ejemplo. Imaginemos que podemos recoger bayas del bosque a mano o con un palo. Sin palo recogemos 10 bayas al día, con el palo 30. El problema es que el palo tiene que ser construido antes de utilizarlo y, mientras construimos el palo, los trabajadores tienen que alimentarse. En otras palabras, si el palo necesita dos días del trabajo de un obrero que consume cinco bayas al día, antes de construir el palo tenemos que ahorrar diez bayas (cinco por día), en caso contrario ese trabajador no podrá comer. El palo, obviamente, es el bien de capital. Supongamos que el palo se rompe cada tres días y, por tanto, necesitamos una industria de palos (una industria de bienes de capital).

Si consumiéramos TODAS las bayas, TODOS los trabajadores se dedicarían a recoger bayas y NINGUNO a construir palos. No habría ahorro (se consume todo) y, por tanto, no habría bienes de capital. Vemos, pues, que la afirmación de Jesús Clavijo es totalmente infundada. En caso de ser cierta, la familia prestaría un flaco favor al capitalismo, pues el consumismo va en contra de la acumulación de capital.

Pero hay más. Para sostener que la familia consume más se apoya, entre otros, en el siguiente argumento: También porque la mayoría de productos y servicios están orientados específicamente a cada uno de los idealizados miembros de la unidad familiar. Nueva demostración de que no entendemos nada del capitalismo. Si la mayoría de productos están orientados HOY a las familias es porque las familias son mayoritarias. Si el número de individuos solitarios aumentara, la estructura de la producción variaría y la mayoría de productos estaría orientados hacia ellos. Lo contrario es suponer o bien que los empresarios son estúpidos (ya que se quedarían sin vender) y que no saben de marketing. La producción actual sólo ilustra los deseos de la sociedad. Hay que pensar que cuando compro una cafetera, meses antes un empresario tuvo que anticipar que yo iba a necesitarla. Cuando mañana compre el pan, el panadero la noche antes habrá tenido que preguntarse cuánto pan y de qué tipo se necesitará mañana. Si produce en exceso perderá dinero, si produce en defecto la clientela le huirá. Si los bienes de consumo son zafios y groseros se debe, únicamente, a que la sociedad es mayoritariamente zafia y grosera. En una sociedad casta y pulcra a la que se le ofrecieran solamente productos pornográficos representaría unas oportunidades de ganancia ENORMES para aquel empresario que proporcionara productos no pronográficos.

En definitiva, hablar por no callar. Será que Jesús Clavijo también está al servicio del capitalismo; al aumentar el flujo de información en Internet incrementa las oportunidades de Internet y favorce que más gente lo contrate a través de grandes corporaciones como Terra o Wanadoo. Hay que ver.
Dos de cal y tres de arena

En su último artículo publicado por ATTAC, Ramonet comienza con el tan frecuente como falso argumento acerca del origen del terrorismo. A más pobreza más terrorismo. Olvida Ramonet que a más pobreza, de menores y peores medios dispondrá la sociedad para cometer atentados.

Partiendo de esta falacia Ramonet propone eliminar la pobreza en el mundo para combatir el terrorismo. Lo cierto es que la eliminación de la pobreza no debería sustentarse en ninguna excusa y, mucho menos, en ninguna excusa de este tipo. En tanto la gente quiere vivir y prosperar, y sus gobiernos se lo impiden, estamos ante un hecho inequívocamente condenable, cause o no terrorismo.

¿Y cómo piensa Ramonet eliminar la pobreza? A través de cuatro medidas. La primera suprimir definitivamente la deuda externa; y es que por cada dólar prestado, África ya ha devuelto 1,3 dólares sólo en intereses. Al margen de que los intereses son un componente de la deuda (ya que mientras esta no se reintegra, el acreedor sufre el coste de oportunidad de no poder invertir el dinero prestado), hay que recordar que la mayor parte de la deuda sigue en manos de los dictadores africanos y que, por tanto, puede y debe ser devuelta. No estamos hablando, solamente, de que los dictadores, a través de la explotación de sus súbditos y de las ayudas occidentales, viven en la opulencia mientras los africanos mueren de hambre; estamos diciendo que los dictadores se apropiaron de la mayor parte de la ayuda, viven en la opulencia, y se nos dice que no pueden devolverla. Algo falla en ese pretexto; la cancelación de las deudas entre gobiernos me parece un objetivo digno de consideración y cuyo espíritu comparto. Pero ello no debiera ser óbice para que los estados africanos se sometieran a los estándares internacionales y privados para el cumplimiento de deudas. El daño institucional ocasionado por el hecho de que el gobierno defraude a la otra parte es inconmensurable. Si África necesita de estabilidad y respeto a la propiedad privada, difícilmente ésta se alcanzará con tan rudos ejemplos.

La segunda medida propuesta por Ramonet es suprimir las subvenciones a las exportaciones agrícolas que inundan, a precios de saldo, los mercados de los países en desarrollo y destruyen la
agricultura local
. Esta propuesta es, sin duda, razonable, sobre todo desde el punto de vista occidental. Las subvenciones suponen redireccionar la producción hacia bienes y servicios NO deseados por los consumidores; en última instancia supone un abierto atraco. Mi dinero es entregado a otra persona para que produzca algo que nadie quiere, esto es, yo le regalo el dinero, yo me privo de consumir para que él lo haga. Para los africanos la medida puede ser acertada dado el rumbo errático de los excedentes occidentales. En otras palabras, si los gobiernos occidentales regalar de manera estable un mismo flujo de productos o, al menos, los africanos fueran conscientes de que el regalo de este año no se repetirá el venidero, las subvenciones serían satisfactorias para los africanos, pues podrían adquirir alimentos a un precio más reducido. Pero como explica June Arunga:

"Otro problema son los subsidios que los gobiernos occidentales han dado a sus agricultores para cultivar grandes cantidades de productos agrarios y luego enviar el excedente a África, normalmente a un precio por debajo del de mercado. Esto tiene el problema de distorsionar el mercado.

Así, si eres un agricultor de Kenya y cultivas trigo, por ejemplo, y los agricultores de EEUU se les paga para sobreproducir, hasta el punto de que su gobierno envía a Kenya el excedente de trigo, los agricultores de Kenya cosechan el trigo y lo ofrecen a los consumidores, pero todos se inclinarán por comprar el trigo barato de EEUU.

Y el próximo año, nuestros agricultores, anticipan esta situación, y cultivan menos trigo. Sin embargo, por razones políticas –como que el gobierno de Kenya se porte mal- no se manda trigo suficiente de EEUU y tenemos una carestía.
"

El tercer remedio que propone Ramonet es, nada más y nada menos, que abrir los mercados agrícolas de América del Norte, Unión Europea y Japón a los productos africanos. Pero vamos a ver Ramonet, ¿para qué queremos abrir un mercado cuando podemso estrangularlo, regularlo y reducirlo a su mínima esencia? ¿Estás seguro de que más mercado, esto es, más libertad, es beneficioso para el desarrollo?

En cuarto lugar, Ramonet propone aceptar que los países africanos establezcan una política proteccionista en favor de sus producciones locales, tanto agrícolas como industriales, sin que el FMI o el Banco Mundial los sancione. Este argumento es conocido en la literatura económica como protección de las "industrias jóvenes" o "infant industries". Más o menos viene a señalar que las industrias internas tienen que ser protegidas de la competencia internacional porque, en otro caso, nunca llegarán a desarrollarse. Una vez las industrias estén "maduras" la protección arancelaria podrá eliminarse dado que la industria ya será competitiva.

Hay que señalar varios puntos. Primero, Ramonet ignora qué es la división internacional del trabajo; un país no tiene que especializarse en aquellas industrias que los políticos consideren "adecuadas", sino en las que los consumidores dispongan. Forzar una especialización es equivalente a planificar una industria. Segundo, las "industrias jóvenes" se convierten en "industrias adultas" competitivas no en libertad, sino bajo la protección del arancel. El crecimiento de la industria se produce de manera adaptativa a ese arancel, por ello la mayoría de las industrias maduras quebrarían en caso de retirarse (y por eso mismo, tales aranceles suelen perpetuarse). Tercero, el argumento supone una diferencia cualitativa entre la competencia interna y la internacional. ¿Por qué una industria no puede desarrollarse si está sometida a la competencia internacinal pero sí si lo está a la interna? Cuarto, ¿cuál es el criterio adecuado para juzgar cuando una industria está "madura"? Quinto, si la industria "joven" no es rentable durante sus primeros años pero se espera que lo sea en el futuro, los empresarios compensarán las deudas mientras tanto (por ejemplo, los acreedores pueden estar dispuestos a convertirse en accionistas o los accionistas pueden pedir un préstamo). En otras palabras, la protección sólo es necesaria para aquellas industrias que no son rentables ahora, ni se espera que lo sean en el futuro. Sexto, debemos recordar que los aranceles suponen un impuesto a los consumidores, de manera que su renta disponible disminuye y, forzando el desarrollo de industrias ineficientes, impedimos que surjan o se perfeccionen otras que sí lo serían. Séptimo, si el gobierno reduce el número de exportanciones de Occidente hacia África a su vez está reduciendo el número de exportaciones de África hacia Europa (menores ventas occidentales en moneda africana suponen menores compras occidentales en moneda africana).

Por último, propone reorientar la investigación farmacéutica para curar las epidemias endémicas de África ya que el 90% de ésta está orientada a mejorar la vida del 10% de la población rica mundial. Nuevamente aquí confundimos los términos. El problema no es qué porcentaje se invierte en Occidente, sino qué cantidad se invierte en África. Como ya señalé aquí, si reducimos nuestras compras a una industria para que queden más recursos "disponibles", esos recursos simplemente abandonarán esa industria (por poco rentable) y se dirigirán a otra. Si decidimos dejar de consumir en todas las industrias la producción se paralizará y se quedarán "ociosos". ¿Qué pretende Ramonet? ¿Nacionalizar la industria farmacéutica? ¿Obligarles a que inviertan el 90% en Africa? En ese caso las industrias farmacéuticas cerrarán o reducirán su volumen de operaciones en tal medida que serán impercibibles. ¿Obligar a los gobiernos occidentales a que financien la compra de medicamentos para África? En ese caso, estamos delegando en el gobierno la iniciativa de la investigación farmacéutica: se desarrolan aquellos productos que el gobierno considera necesarios. No hay expectativa de ganancia por parte de los empresarios, sino una ganancia segura -pues el gobierno asegura la compra. No se investiga salvo en aquello que el gobierno marca. Los Estados occidentales son los encargados de saber qué medicinas necesitan los africanos y en qué cuantía. Pero en ningún momento se permite que los africanos afectados expresen su valoración sobre semejante operación.

Como ya he dicho en otras ocasiones, si dejamos que los africanos se enriquezcan la investigación farmacéutica se orientará de manera espontánea a satisfacer sus necesidades. Éste nunca puede ser el punto de partida, sino el de llegada. Éste fue el error del socialismo. De ahí que Ramonet persevere en él.

18 de Agosto de 2005

Entrevista con June Arunga

Libertad Digital publica hoy la entrevista que le hice a la periodista kenyata, June Arunga, hace unas semanas. A mi juicio es una entrevista mi reveladora de la situación africana, imprescindible para querer entenderla en su auténtica dimensión. Liberalismo.org la publica entera. He de decir que fui gratamente impresionado por sus conocimientos económicos. Clara, concisa y certeza.

Por cierto, puede ser muy ilustrativa para el debate que hoy nos recuerda José Carlos sobre las hambrunas en Níger. Es especialmente interesante cuando describe la función de la propiedad privada en África, así como los ciclos a través de los cuales se reproducen las hambrunas. Vivido de primera mano y, lo más importante, comprendido a través de una teoría económica acertada.

17 de Agosto de 2005

Por qué la izquierda lleva al pensamiento único

Generalmente los liberales somos tildados de defensores del "pensamiento único", sin embargo, pocas veces podemos constatar la unicidad social de nuestro pensamiento. Carlos Rodríguez Braun suele denominar a la izquierda el "auténtico" pensamiento único, por ser claramente dominante en la sociedad.

El término pensamiento único, en principio, está del todo vacío. Criticar el pensamiento único como un valor erróneo supone caer en el relativismo. ¿Hay que defender ideas erróneas simplemente para no alcanzar el pensamiento único? Obviamente no. Los liberales defendemos la verdad, ése es uno de nuestros rasgos característicos. Ahora bien, citando a Pilatos (paradigma del relativismo), uno puede preguntarse: ¿Y qué es la verdad?

Nuevamente, una parte de la izquierda es proclive a contestar que no existe la verdad (en otras palabras, es proclive a considerar el relativismo "su" verdad). Otra simplemente considera que la verdad depende de la clase social. Y otra, consciente de que existe la verdad, cree en la verdad equivocada.

Pero la verdad no es paradigma del pensamiento único. Los liberales no somos defensores del pensamiento único por creer en la verdad y querer que esta verdad se extienda al mayor número de personas. La razón es que no tenemos una verdad preconcebida, sino que se trata de una verdad crítica, accesible mediante la razón. No queremos la imposición de ninguna certeza, sino su discernimiento por cada individuo a través del uso del raciocinio. Nuestro punto de partida es, nuevamente, la libertad (de pensamiento en este caso).

Si no aceptáramos que la verdad existe, la investigación científica sería, simplemente, un pasamiento inútil. Y si no deseáramos que la mayor parte de los individuos tuvieran acceso a esas certezas, estaríamos implícitamente deseando que se mantuvieran en el oscurantismo.

Hasta aquí nos hemos referido al conocimiento científico. Sin embargo, en el orden social existe otro tanto o más importante: el conocimiento práctico. Éste se refiere al conocimiento de cómo actuar en sociedad, descubriendo oportunidades de ganancia para la satisfacción de nuestras necesidades. En buena medida hace referencia a la moralidad. Los liberales tampoco son favorables a la imposición de sus valores (Otra cosa muy distinta es que onsideren adecuado el prosilitismo para conseguir que sus congéneres, a través de la persuasión, vivan mejor).

Sin embargo, el conocimiento práctico va más allá. Incluso actuando dentro de un mismo orden moral, las oportunidades de satisfacción no nos aparecen ni las descubrimos por igual. Los liberales, pues, en este sentido somos absolutamente favorables a que cada uno elija como vivir su vida, siempre que ello no suponga una minoración de ese mismo derecho ajeno.

Resumiendo: en cuanto al conocimiento científico, creemos en su existencia y favorecemos que cada uno lo alcance sin emplear la fuerza (salvo para protegernos de agresiones, es decir, no favorecemos la iniciación del uso de la fuerza); en cuanto al conocimiento práctico el liberalismo no postura ningún conocimiento concreto, sino que, dado que cada persona está en la mejor posición para saber cuál es su experiencia y sus necesidades, cree que cada cual debe ser libre para perseguir sus fines (sin perjuicio de que los fines de uno impliquen ayudar a los demás de manera voluntaria).

Ahora volvamos la vista a la izquierda. Su punto de partida no es la libertad, sino la igualdad.

En cuanto al conocimiento científico, no puede ser favorable a que cada uno alcance libremente la verdad, porque ello implicaría diferencias transitorias, entre los que están en lo ciertos y quienes están equivocados. La verdad, sea cual sea, debe ser impuesta a todos por igual. De ahí que se abogue por una educación pública universal e igualitaria que no discrimine a las personas cultas de las ignorantes. Todo ello, aún cuando suponga una degradación del nivel educativo general. Lo importante no es alcanzar la verdad, sino que todos alcancen alguna verdad por igual.

En cuanto al conocimiento práctico, la izquierda no puede tolerar diferencias en los conocimientos. Un pensamiento libre da lugar a diferencias entre las personas, las que triunfan y las que fracasan, las que son felices y las que se hunden en la desdicha. Cada persona no debe comandar su vida, pues ello pueda dar lugar a una desigual distribución del conocimiento, base, a su vez, de la desigual distribución de los recursos. El conocimiento práctico debe ser igualado; todos deben someterse a un mismo patrón informativo, todos deben enfocar su vida a un mismo proyecto vital. No puede ser de otra manera; al proporcionar iguales medios a todos, al bloquar la creatividad y el acceso a ciertos conocimientos discriminatorios, la izquierda elimina la lista de posibles fines a perseguir. Con unas zapatillas no puedo viajar a la luna. Por ello, la izquierda aboga por una represión de nuestros fines; para ser felices hemos de querer menos, no más. El consumismo debe ser rechazado y la asturidad universalizada. En definitiva, hay que planificar toda la economía para eliminar la iniciativa empresarial (basada en un desigual conocimiento práctico) y proporcionar a todo el mundo los mismos medios.

Así pues, el liberalismo sólo puede promover un pensamiento libre, pero con certezas. La izquierda un pensamiento único e igual. Quien en coherencia debe proponer la implantación universal de un pensamiento único arbitrario y esclavizante es la izquierda, no el liberalismo.

14 de Agosto de 2005

Un día sin gobierno, por Michael Gilson De Lemos

La intervención americana que se suponía iba a provocar un día de saqueos en Irak ha dado paso a una semana de caos. El día de venganza y restitución para los ladrones gubernamentales se ha convertido, de acuerdo con los informes, en robo masivo de todos contra todos. Los expertos afirman que esto demuestra qué ocurre cuando no hay gobierno y he recibido muchos e-mails diciéndome que esto evidencia la imposibilidad del liberalismo.

Ninguno de estos instruidos sabelotodo ha señalado que, de hecho, América ha desatado una costumbre del Antiguo Irak descrita por los escritores de la Antigüedad, incluido Herodoto: una vez al año el tirano cerraba el gobierno y animaba los disturbios y el saqueo en las calles de manera que la gente pudiera valorar el gobierno del Estado.

Con la inconsciente e infalible precisión de los que, ignorando la historia, la repiten, los líderes americanos han reavivado el pasado y han dejado su impronta en la historia con una antigua tradición.
¿O es que Herodoto y los expertos están en lo cierto? Algunos estudiosos se han preguntado, así como algunos críticos de los cada vez más artificiales acontecimientos en Irak, con "revolucionarios" traídos en autobús para desmoronar estatuas, si es que el crimen en ese día sin gobierno fue creado por los hombres de incógnito del Rey para alarmar a la población.

¿Y acaso muestran estos acontecimientos lo que sucede en ausencia de gobierno? ¿O, en cambio, muestran lo que sucede cuando un gobierno coercitivo, después de haber adiestrado a su pueblo a no tener respeto por la vida y la propiedad al tratarles a ellos con tal falta de respeto, y de haber destruido el gobierno voluntario de ayuda mutua y tradición nacional, es de repente eliminado y emerge entonces la violencia subyacente que siempre está allí y los soldados creando confusión bloquean a los que responden?

La verdad es que una y otra vez cuando los instrumentos del gobierno se van de huelga en los países con alternativas y donde existe un mejor hábito de respetar a los demás (y de respeto por uno mismo), la gente no sólo sale al paso sino que los servicios mejoran. La policía en Europa ha aprendido a ser muy cuidadosa con las huelgas desde que se dio cuenta de que en ausencia de policía, el crimen en realidad disminuyó a medida que se detuvo la corrupción policial, la gente rápidamente formó grupos de vigilancia local y respondieron a las llamadas al orden precisamente porque la policía estaba ausente. Los médicos imponen a menudo tratamientos cuestionables debido a su monopolio, con el resultado de que la muerte causada por médicos o iatrogénica se considera muy elevada: cuando están de huelga, se ha informado de que los índices de mortalidad caen drásticamente. Cada vez que una argucia reguladora del gobierno, desde impuestos a aerolíneas, se desmantela de manera significativa, el comercio, los buenos resultados y el buen ánimo se reavivan a medida que la gente redirige sus habilidades para resolver problemas en un área sin restricciones a un nuevo conjunto de tareas.

Argentina ha sufrido una parálisis del gobierno cuando los servicios se han detenido al imponer los responsables gubernamentales, prometiendo libertad, un régimen de compinchamiento socialista que había dejado de piedra a Juan Perón. Pero en América latina los clanes son fuertes y la gente considera que es una cuestión de honor el ayudar a su gremio, profesión o negocio al que pertenecen. De la noche a la mañana, la gente desarrolló divisas alternativas, convirtió negocios ruinosos en prósperas cooperativas en ausencia de la intervención estatal y han creado un gobierno alternativo en cada cosa desde la resolución de disputas hasta el transporte.

Cuando el gran apagón de Nueva York de los años setenta, yo vivía en una comunidad con profundas raíces locales. A diferencia de la gente reconocidamente alienada de algunas partes de Harlem que se echaron a saquear mientras al Ejército le llevaba días intervenir, las abuelas italianas crearon un encuentro de trueque, los filipinos locales crearon una patrulla vecinal y el mercado local, propiedad de un español con varios familiares irlandeses, emitió cupones de venta para todo el mundo hasta que el banco se normalizó. Los curas locales iban de puerta en puerta urgiendo a la calma y ofreciéndose para mediar en cualquier problema. Apareció una feria callejera ilegal. La gente comentaba que las cosas parecía pacíficas y sin embargo divertidas.

De hecho, si buscamos por internet "un día sin gobierno" nos encontramos con una instructiva disyuntiva.

Parece que la gente habita realidades de todo diferentes, y tal vez sea así en efecto, pues cuando uno experimenta la ayuda mutua como un proceso consciente, no sólo como un slogan de boquilla, uno se está refiriendo a hechos radicalmente distintos. La gente parece vivir en realidades completamente distintas -y quizá así es, ya que una vez que la gente experimenta la caridad como un proceso consciente, no como un slogan de boquilla, uno contempla los hechos de manera totalmente diferente. La gente alimentando a miles, ideando métodos voluntarios para reducir el crimen, y apoyando importantes instituciones culturales, así lo cuentan en distintos sitios de internet que nos proporciona la búsqueda, sin un día de gobierno. Otros, por su parte, piden más dinero para alimentar a los acomodados, para más policía, y para apoyar a algunos artistas mientras que se censura a otros -de nuevo, diciendo que sus planes no durarían ni un día sin el apoyo gubernamental.

Existe un "gobierno" natural, aquello que Thomas Paine denominó sociedad, entre los seres humanos que es voluntario, descentralizado y surge de manera natural si así se le permite. Consiste no sólo en un conjunto de instituciones naturales, desde la familia hasta las asociaciones, sino que involucra a personas que eligen a otras que conocen personalmente (miembros de la familia, amigos) en comunidades de quizá, tal y como Aristóteles y Jefferson defendieron, no más de 5000 personas, para representarles y afrontar cuestiones de interés general como representantes directos. Este tipo de acciones, en un vecindario de unos pocos bloques donde gente respetable, ancianos e individuos de confianza de gran prestigio, pasan a primera plana y devienen los líderes del gobierno. Los Fundadores entendieron esto, y no tenían ninguna intención de reemplazar con el gobierno oficial esta base en continua formación. La diferencia radica en que los libertarios modernos dicen que el gobierno oficial, que en aquellos tiempos se suponía que tenía que hacer pocas cosas, es como Jefferson y otros sospecharon innecesario incluso para desempeñar esas tareas, y es preferible sustituirlo por el libre mercado, la tolerancia y la discusión general (no el gobierno coactivo, el conformismo y la propaganda). Pain era un visionario que decía que si tuviera que elegir entre una sociedad voluntaria y un gobierno mínimo, abandonaría el gobierno.

Más allá de las promesas rituales de las recurrentes elecciones y gobiernos de transición, lo que Irak necesita es darse cuenta de que puede tener orden hoy -restituyendo y purificando el sistema de clanes y vecindarios, simplemente nombrando esta semana comités de paz y representantes que no gobiernen, pero que se preocupen en conseguir lo mejor para la gente que representan.

Hace algunos años, me enteré de la investigación de un estudiante japonés. ¿A qué se debía, preguntaba, la explosión de libertad y de las empresas durante la Restauración Meiji? Un movimiento de arriba abajo parecía poco coherente. Recopilando historias de su bisabuelo descubrió qué lo que realmente había ocurrido era que, durante un breve período, Japón se había convertido en una nación, tal y como él la describía, de anarquía libertaria. La gente en todas las comunidades nombraba comités que se reunían secretamente y estudiaban a la luz de las velas la Declaración de Derechos americana y los escritos de gente desde Locke a Paine. Desde abajo surgió una buena idea acerca de qué se necesitaba. Esto fue lo que, de hecho, creo el "Movimiento de los Derechos del Pueblo" que todavía influencia del pensamiento japonés. La tragedia, dice, estuvo en que el proceso se paralizó y no continuó: tan conmovedor como cuando él y otros investigadores encontraron en unas tablillas copias de Constituciones anteriores y de constituciones extranjeras cuidadosamente escondidas en establos, posadas y templos desde mediados del siglo XIX. Acontecimientos como este nos recuerdan los correspondientes comités de la Revolución Americana y otros paralelos similares.

¿Está Irak sufriendo la interrupción de la ley -o de la ayuda mutua? ¿Del poder del gobierno - o una parálisis inducida de la subestructura de instituciones civiles voluntarias y entrelazadas? ¿De falta de regulaciones - o de un bloqueo a la restauración natural del mercado y de las migraciones?

En ciertas áreas parece que Hussein permitía alguna clase de libertad. Hay alguna base sobre la que construir, además de una tradición consciente del papel de la libertad: Mahoma se dio cuenta de que los mercados eran tan beneficiosos como para calificarlos de instituciones caritativas, y los primeros escritores liberales como Lane en su Discovery of Freedom se dieron cuenta de muchas características protoliberales del Islam. Estas instituciones se reflejaron en la sabiduría primitiva de las sociedades cercanas a la ausencia de gobierno que perseguían reducir, no institucionalizar, el conflicto. Uno podría preguntar más bien, quién es el profesor aquí, y quién es el estudiante (y si Irak no necesita recordar la versión actual del gobierno americano o el significado más elevado de la verdad del suyo propio).

Sí: hay una lección en el día sin gobierno de Irak, pero no es una lección ni de los Antiguos Tiranos ni de las academias policiales del gobierno de EEUU. Esta lección no es la creación de un gobierno de arriba-abajo, oficiada por burócratas oficiosos venidos de lejos en años de sufrimientos y retrasos extenuantes. Hay que darse cuenta de que el saqueo no se realiza sobre estatua alguna, sino sobre la oportunidad del autogobierno ahora. Ésta es una oportunidad para realmente minimizar el alcance del gobierno coercitivo, y del "caos planificado" que conlleva, volviendo a la ayuda y formando y restaurando inmediatamente las alianzas con tus vecinos.

Hubo una vez en que este tipo de pensamiento hizo florecer en el desierto iraquí las libertades y la ciencia en una holgada confederación de comercio y ciudades. Irak inesperadamente puede enseñar al mundo una lección de nuevo.
Democracia y voluntariedad, por Murray Rothbard

Podría objetarse que todas estas modalidades de intervención no son realmente coactivas, sino "voluntarias", ya que en democracia son apoyadas por la mayoría de la población. Pero este apoyo es normalmente pasivo, resignado y apático, más que entusiasta -sea o no el Estado una democracia(7).

En una democracia, difícilmente puede decirse que los abstencionistas apoyan a los gobernantes, ni siquiera los votantes de la facción vencida. Pero incluso aquellos que han votado a los vencedires podrían perfectamente haber votado al "menos malo de dos males". La cuestión interesante es: ¿Por qué la gente tiene que votar a mal alguno en todo caso? Semejantes términos nunca son usados por la gente cuando actúan libremente por ellos mismos, o cuando ellos adquieren bienes en el libre mercado. Nadie piensa que su nuevo traje o frigorífico es un mal -menor o mayor. En estos casos, la gente piensa estar comprando "bienes" positivos, no apoyando de manera resignada al mal menos malo. La cuestión es que al público nunca se le ha dado la oportunidad de votar sobre el sistema estatalista en sí mismo; se les aprisiona en un sistema en el que la coacción sobre ellos es inevitable(8).

Esto es como hemos dicho, todos los Estados están apoyados por una mayoría -ya sea en una democracia participativa o no; en otro caso, no podrían continuar durante mucho tiempo ejerciendo la fuerza sobre una mayoría resistente. Sin embargo, el apoyo puede reflejar simplemente la apatía -quizá una apatía que nace de la idea de que el Estado es una realidad natural tan permanente como molesta. Atención a la consigna: "Nada hay tan permanente como la muerte y los impuestos".

Olvidando por un momento todas estas cuestiones, e incluso garantizando que el Estado podría ser apoyado de manera entusiasta por una mayoría, aún así no hemos probado su naturaleza voluntaria. La coacción de la mayoría sobre la minoría es todavía coacción.

Dado que el Estado existe, y ha sido aceptado durante generaciones y centurias, no debemos concluir que una mayoría son, al menos, defensores pasivos de todos los Estados -dado que ninguna minoría puede gobernar durante mucho tiempo una mayoría activa y hostil. En cierto sentido, por lo tanto, todas las tiranías son tiranías mayoritarias, a pesar de las formalidades de la conformación del gobierno(9)(10). Pero esto no cambia nuestra conclusión analítica de conflicto y coacción como corolario del Estado. El conflicto y la coacción existen con independencia de cuanta gente coaccione a cuanta otra(11).

Notas

(7) Tal y como el profesor Lyndsay Rogers ha escrito mordazmente sobre la cuestión de la opinión pública: Antes de que Gran Bretaña adoptar el servicio militar obligatorio en 1939, sólo el 39% de los votantes lo apoyaba; una semana después de que se convirtiera en ley, una encuesta reveló que el 55% lo aceptaba. Muchas encuestas en los EEUU han mostrado una inflación similar del apoyo a los políticos tan pronto como se traduce en Estatutos u Órdenes Presidenciales (Lindsay Rogers, "The Mind of America to the Fourth Decimal Place", The Reporter, June 30, 1955, p.44)
(8) La coacción existiría incluso en las democracias más directas. La coacción forma doblemente parte de las repúblicas representativas, donde la gente nunca tiene la oportunidad de votar los asuntos, sino que son otros hombres quienes los gobiernan. Sólo pueden rechazar a los hombres -y esto en largos intervalos- y si los candidatos tienen los mismos puntos de vista, el público no puede provocar ningún cambio fundamental.
(9) Se suele decir que ante las "modernas" condiciones de armas de destrucción masiva una minoría puede tiranizar permanentemente a una mayoría. Pero este argumento ignora el hecho de que estas armas pueden ser obtenidas, a sí mismo, por la mayoría o que los agentes de la minoría pueden amotinarse. La clara absurdidad, por ejemplo, del actual pensamiento de que unos millones de personas pueden realmente someter a unos cientos de millones activamente resistentes no es en muchas ocasiones percibida. Tal y como David Hume afirmó con profunidad: Nada me parece más sorprendente... que la facilidad con la cual la mayoría es gobernanda por unos pocos, así como la implícita sumisión con la que los hombres se resignan a subyugar sus sentimientos y pasiones a los gobernantes. Cuando preguntamos por qué medios esta idea está en vigor, nos encontraremos con que, dado que la Fuerza siempre está del lado de los gobernandos, los gobernantes no se apoyan en nada más que la opinión. El gobierno, pues, se forma sobre la opinión; y esta máxima se extiende también a los gobiernos más despóticos y militarizados" (David Hume, Essays, Literary, Moral and Political [London, n.d.],p.23)
(10) Este análisis del apoyo mayoritario puede aplicarse a cualquier intevención de larga duración, realizada de manera franca y abierta, se denominen o no los grupos que las realicen "Estados".
(11) Ver Calhoun, Disquisition on Government, pp.14, 18-19, 23-33.

(Epígrafe del libro "Power and Market" de Murray N. Rothbard)
Democracia no es Libertad, por Ron Paul

"...el hombre no es libre a menos que el gobierno se limite. Hay una relación causa-efecto evidente y que es tan apodíctica como una ley física: tal como el gobierno se expande, la libertad se contrae"

Ronald Reagan


Hemos oído cómo se emplean las palabras democracia y libertad en muchas ocasiones, especialmente en el contexto de la invasión de Irak. Estas palabras se utilizan indistintamente en el discurso político moderno, pero su auténtico significado es muy distinto.

George Orwell escribió sobre "las palabras sin significado" que son cotinuamente repetidas en la arena política(1). Se ha abusado de palabras como "libertad", "democracia" o "justicia", decía Orwell, hasta tal punto que su significado original se ha evaporado. Siguiendo a Orwell, las palabras políticas eran "a menudo usadas de una manera conscientemente deshonesta". Sin significados precisos, los políticos y las elites podían oscurecer la realidad y conseguir que la gente asociara en sus reflexiones ciertas palabras con percepciones positivas y negativas. En otras palabras, los hechos desagradables pueden esconderse a propósito en el lengua vacío. Como resultado, los americanos han sido condicionados para aceptar la palabras "democracia" como un sinónimo de libertad, y por lo tanto a creer que la democracia es, sin duda alguna, buena.

El problema es que democracia no es libertad. Democracia es una simple regla de la mayoría, que es inherentemente incompatible con la libertad real. Nuestros Padres Fundadores entendieron claramente este punto, tal y como se evidencia no solo por nuestro sistema constitucional republicano, sino también en sus escritos de los Federalist Papers y en otros lados. James Madison advirtió que bajo un goberino democrático "No hay nada que pueda controlar el incentivo de sacrificar al partido más débil o al individuo odioso". John Adams afirmó que las democracias simplemente garantizan derechos revocables a los ciudadanos, dependiendo de los deseos de las masas, mientras que la República existe para asegurar los derechos preexistentes. Sin embargo, ¿cuántos americanos saben que la palabras democracia no se encuentra ni en la Constitución ni en la Declaración de Independencia, nuestros documentos fundacionales por excelencia?

Unas elecciones realmente democráticas en Irak, sin la interferencia de EEUU y los candidatos títeres de EEUU, casi con certeza daría lugar a la creación de una democracia chií. La regla de la mayoría chií podría, perfectamente, implicar la completa subyugación política, económica y social de las minorías kurda y sunní. Semejante resultado sería democrático, ¿pero sería liberal? ¿Se considerarían los kurdos y sunníes libres? La administración [Bush] habla continuamente de democracia en Irak, pero ¿está preparada para aceptar un gobierno democráticamente elegido sin importarles qué actitud tome con respecto a la ocupación de EEUU? Difícilmente. Después de lo que hemos hablado de democracia y libertad, lo cierto es que no tenemos ni idea sobre si los iraquíes serán libres en el futuro. Ciertamente no son libres mientras un ejército extranjero ocupa su país. La auténtica prueba del algodón no está en si Irak adopta un gobierno democrático y pro-occidental, sino si los iraquíes de a pie tendrán el control de su vida personal, religiosa, social y económica sin la interferencia del gobierno.

Simplemente esto, libertad es la ausencia de coerción gubernamental. Nuestros Padres Fundadores lo entendieron, y crearon el gobierno menos coactivo de la historia de la humanidad. La Constitución establecía un gobierno muy limitado y descentralizado para proveer la defensa nacional y poco más. Los Estados, no el gobierno federal, estaban encargados de proteger los derechos individuales de las fuerzas criminales y del fraude. Por primera vez en la Historia, se había creado un gobierno para proteger solamente los derechos, libertades y propiedad de los ciudadanos. Cualquier coacción gubernamental que fuera más allá de la necesaria para proteger esos derechos estaba prohibida, tanto a través de la Declaración de Derechos como de la doctrina de poderes expresamente contemplados. Esto reflejaba que los Padres Fundadores creían que los gobiernos democráticos pueden ser tan tiránicos como cualquier Rey. Pocos americanos entienden que toda acción gubernamental es inherentemente coactiva. Sólo por existir, el gobierno requiere impuestos. Si los impuestos se pagaran voluntariamente, no serían denominados impuestos, sino donaciones. Si queremos utilizar el término libertad de una manera honrosa, debemos darle simplemente su significado integral: Libertad es vivir sin la coerción gubernamental. Así, cuando un político habla sobre libertad para este grupo o aquél, pregúntate a ti mismo si no está defendiendo más o menos intervencionismo gubernamental.

La izquierda política siempre equipara libertad con liberación de los deseos materiales, y ello a través siempre de un gobierno grande y magnánimo que exista para traer la igualdad a la tierra. Para los "liberales" modernos[socialistas], los hombres sólo son libres cuando las leyes económicas y la escasez desaparecen, el médico no cobra por sus servicios, y los supermercados se regalan los productos. Pero la filósofa Ayn Rand (y muchos otros antes que ella) demolió este argumento al explicar cómo tal concepto de "libertad" sólo es posible cuando el gobierno arrebata las libertades de otra gente. En otras palabras, las reivindicaciones gubernamentales sobre las vidas y propiedades de aquellos que deben proporcionar las viviendas, la asistencia médica, la comida... para otros es coacción -y, por tanto, incompatible con la libertad. El "liberalismo", que una vez defendía las libertades civiles, políticas económicas, se ha convertido en sinónimo de gobierno coercitivo [en EEUU].

La derecha política iguala libertad con grandeza nacional conseguida a través de la fuerza militar. Como la izquierda, los conservadores modernos favorecen un todopoderoso Estado central -pero esta vez para el militarismo, el corporativismo, y el Estado de Bienestar basado en la fe. A diferencia de los antiguos conservadores tipo Goldwater, los actuales republicanos están dispuestos a expandir el gasto gubernamental, el aparato de la policía federal, y a intervenir en todo el mundo. Los poco convincentes lazos entre los conservadores y la defensa de un gobierno pequeño han sido amputados. "Conservadurismo" que una vez significó respeto por la tradición y desconfianza hacia la acción política, se ha transformado en la utopía de la grandiosidad del gran gobierno. Orwell ciertamente tenía razón sobre el uso de las palabras sin significado en política. Si queremos seguir libres, debemos despejar la niebla y dar concretos significados a las palabras que los políticos utilizan para manipularnos.

Debemos reiterar que América es una república, no una democracia, y recordarnos que la Constitución coloca límites al gobierno que ninguna mayoría puede invalidar. Debemos resistir a cualquier palabras como "libertad" para describir la acción gubernamental. Debemos rechazar las actuales designaciones sin significado tales como "liberales"[socialistas] y "conservadores", en favor de términos más precisos para ambos: estatistas.

Todos los politicos de la Tierra afirman defender la libertad. El problema es que muy pocos de ellos entienden el simple significado de la palabra.

(1) Politics and the English Language, 1946

Ron Paul es Congresista República por Texas.

13 de Agosto de 2005

Teoría y terrorismo

Manel ha escrito un nuevo post, esta vez sobre mi teoría del terrorismo. Todo empezó por mi afirmación: Las sociedades donde sus Estados se convierten en regímenes cercanos al totalitarismo, llevan aparejada la pobreza material de la gente. No hay respeto por la propiedad privada y los planes privados no llegan a materializarse.

Y esto, a diferencia de lo que cree ZP, es un argumento en contra del terrorismo. La pobreza material impide que los pobres cometan "ataques terroristas", como mucho llegaran a pequeños hurtos para sobrevivir
[R.1]

Esta afirmación, que ilustra un caso paradigmático, fue matizada en mi segundo post: No me cabe duda de que allí donde la gente literalmente se está muriendo de hambre, ningún acto terrorista podrán cometer. Pero incluso en la URSS ésta no era la situación en todo momento (entre otras cosas por el mercado negro). Por tanto, y dados los agujeros de ese Estado, sí era posible delinquir contra sus leyes.

Y nuevamente inquirido por Manel, volví a hacerlo en mi post "Confusiones propias y ajenas": mi afirmación es relativa, "menor terrorismo del que hubiera habido" que puede traducirse en "ningún terrorismo" en caso de completa hambruna. Obviamente, el socialismo empobrece, pero no tiene por qué hacerlo automáticamente. Alemania seguía siendo una nación bastante rica a pesar de Hitler. Sin embargo, pocos dudarán de que si a la Alemania hitleriana se le insuflaran donaciones hasta el punto de doblar su PIB, los actos terroristas contra Hitler hubieran aumentado de manera bastante significativa.

Voy a intentar resumir algunos puntos de interés para la discusión:

a) La acción humana persigue fines y utiliza medios. El uso de obtener y utilizar mejores medios para sus fines es la eficiencia.
b) Los gobiernos grandes (y un gobierno grande o intrusivo no es solamente aquel que tiene un gran nivel de gasto público, pues las regulaciones no integran el montante presupuestario) dañan la persecución individual de fines, pues sus actuaciones son incapaces de reunir toda la información necesaria para conducirlas exitosamente. Es más, sin empresarialidad y propiedad privada esa información no llega ni siquiera a crearse. En otras palabras, los gobiernos empobrecen a las sociedades; el empobrecimiento es siempre un término relativa. Crecer, prosperar, menos de lo que se hubiera hecho, esto es, el ser humano alcanza menor cantidad de fines. A este resultado se llega a través de dos caminos: o bien los fines se alcanzan de manera más ineficiente (con lo cual los fines menos importantes deberán abandonarse), los fines no se llegan a concebir (por ejemplo, la paralización de un descubrimiento empresarial supone que los fines que pudieran perseguirse no serán ni siquiera planteados), o simplemente se abandonan al hacerlos demasiado costosos.
c) El terrorismo puede ser un fin de la acción humana. En este sentido le resulta aplicable lo que hemos dicho hasta aquí. El terrorismo será más eficiente cuanto más rica sea una sociedad y será más torpe cuando disponga de menos medios. No sólo eso, la carencia de medios puede hacerlo tan costoso que ni siquiera llegue a iniciarse: Una sociedad menos emprendedora es una sociedad más torpe; una sociedad con menores y peores medios es una sociedad donde los individuos tienen una menor capacidad para perseguir sus fines (y el terrorismo, por desgracia, puede ser un fin).[R.2]

Sin embargo, hay que considerar la otra cara de la moneda. El terrorismo, por lo general, tratará de ser evitado por las víctimas y, en este sentido, el terrorismo será tanto más eficiente cuanto menos resistencia opongas las víctimas. Así, un gobierno grande no sólo empobrece a la sociedad -dificultando el terrorismo más que en otro caso- sino que también empeora la situación defensiva de las potenciales víctimas: El problema de un Estado es querer abarcar y controlar una cantidad demasiado grande de recursos sin la formación necesaria de precios de mercado. Precisamente por ello, cuanto más abarquen los objetivos del Estado, más tendrá que planificar sin los correspondientes instrumentos, ergo más se equivocará. Por eso mismo digo que dislocará los escasos medios disponibles en un gran número de frentes sin que ninguno de ellos esté cerrado. Poner un policía en cada aeropuerto implica dejar indefensas las estaciones de tren. Si los objetivos fueran más reducidos y factibles, descentralizadamente podrían conseguirse mucho mejor; y esto es del todo punto más cierto cuando los empresarios cuentan con precios[R.2]

El gobierno grande, pues, da lugar a estas dos tendencias. Por un lado, empobrece a la sociedad y dificulta la consecución del fin "terrorismo", por otro genera una serie de lagunas en la protección de los individuos. Por ejemplo, un gobierno que permita la libertad de armas dará lugar a una sociedad más segura, aun con su ineficiencia protectora. De la misma manera, el terrorismo será más eficiente si se producen rifles de francotirador que en caso contrario. Una sociedad donde la industria armamentística sea pública será una sociedad con armas más atrasadas (que no quiere decir con menor cantidad de armas); una sociedad pobre será una sociedad donde el coste de oportunidad de comprar un rifle de francotirador será mayor. Por tanto, el terrorismo será menor al que hubiera sido en caso de ser rica.

Esto, con todo, salvo en casos excepcionales, es una afirmación relativa. Una sociedad de completos pacifistas, sin agencias de protección ni Estados y muy rica, sería una sociedad donde probablemente no habría terrorismo. Una sociedad violenta, pobre y con Estado intrusivo, no obstante, encontrará el coste de emprender el terrorismo menor. La cuestión, por tanto es, si en esa sociedad pobre el número de atentados sería mayor o menor en caso de disponer de mayor riqueza. La respuesta es obvia, con más y mejores medios el fin del terrorismo puede actuar más eficientemente.

La naturaleza de las leyes económicas -praxeológicas- es esta. Como explica Jörg Guido Hülsmann: Counterfactual laws, therefore, do not concern relationships between the perceptible parts of human action (for example, observed behaviour) and other observed events. Rather, they are relationships within human action linking its visible and invisible parts. Using these laws to explain observed human behaviour, we can relate the state of affairs that we observe as a consequence of this behaviour to a counterfactual state of affairs that could have existed instead.

En este sentido, Hülsmann distingue entre dos tipos de leyes económicas, las exactas y las tendenciales. Un ejemplo de ley económica exacta es: increased saving diminishes present consumption below the level it would otherwise have reached. Un ejemplo de ley económica tendencial: a higher supply of a good decreases its market price below the level it would otherwise have reached. En el caso de esta ley económica tendencial Hülsmann explica: whether the price will drop depends on the concrete data of the case, but the increase of the supply has at least the “tendency” to decrease the price.

Y así: In short, the knowledge of a counterfactual tendency does not put us in a position to give an exact determination of human behaviour. But still it is knowledge about a factor that potentially causes a certain effect in human action. He who ventures to deny the existence of such tendencies would have to deny that the marginal value of a good depends on the supply owned by the acting person.

Lo mismo puede decirse en el caso de Manel. Si niega que la menor disponibilidad de medios reduce el terrorismo, tendrá que negar que el terrorismo es un fin que se sirve de unos medios para materializarse.

En su post, Manel ofrece una serie de ejemplos que podemos pasar a analizar. Yo dije: Un Estado grande es un Estado más ineficiente y, por tanto, más sometido a que el terrorismo internacional consiga azotarlo. La preparación de un atentado terrorista en Irak es infinitamente más sencillo que en Inglaterra o España. Y a esto Manel me espeta: ¿El Estado iraquí, más grande que el inglés o el español? ¿Cuándo, ahora? ¿Cuándo, con Saddam? ¿Midiendo "grande" cómo, al revés? ¿Grande de «asumiré que Manel utiliza Estado dictatorial para lo que yo entiendo como Estado grande e intrusivo»?

Primero, como ya he dicho, no tenemos que medir el tamaño del Estado únicamente a través del gasto público. La prohibición del comercio de drogas, armas o incluso automóviles son medidas que sólo residualmente integran el gasto público (básicamente porque la policía tiene que perseguir un mayor número de "crímenes"), pero que no se miden a través del gasto presupuestario. Segundo, el tamaño del gasto público iraquí es similar al de España o UK, como podemos ver aquí. Tercero, sin embargo, lo que hace que el Estado iraquí sea mucho más intrusivo que el español o inglés es su menor respeto a la propiedad privada y su recurrencia a los estados de excepción. En otras palabras, su pretensión por abarcar y controlar más de lo que pueden controlar. Esto, en cierta medida, podría parecer "lógico" pues a más atentados terroristas, mayor papel del Estado para prevenirlos. Pero éste es el error, la manera de derrotar a los terroristas no es a través de más, sino de menos, Estado. Más Estado supone una peor planificación, una dislocación de recursos mayor y, por tanto, un edificio defensivo lleno de agujeros que se enfrenta con más enemigos cuando no es consciente de esos agujeros.

Luego Manel me pregunta por qué en Irak no se verifica una afirmación mía previa, a saber: No es que el Estado se vuelva efectivo cuando crezca -más bien todo lo contrario-, sino que los individuos se vuelven torpes -se les priva de los medios que podrían ser usados para cometer terrorismo.[R.1]

La pobreza eleva el coste del terrorismo, como ya hemos dicho, pero aun así, el terrorismo puede ser un fin que el individuo está dispuesto a conseguir. Esta es una de las razones por la que no se verifica en Irak. La otra, que buena parte del terrorismo importa la financiación y los medios de Al-Qaeda. Por eso me atreví a comparar el terrorismo en tres sociedades tan distintas como Irak, España o UK, porque, al menos supuestamente, todos somos objetivos de Al-Qaeda. Con todo, aun cuando Manel no lo diga, mi ejemplo sí podría pecar de ser excesivamente reduccionista pues, aun cuando todos seamos objetivos, no todos lo debemos ser con igual intensidad. Pero aún así, me temo que España o UK son más seguros que Irak entre otras cosas por su mayor riqueza.

A partir de ahí Manel plantea una serie de preguntas.

a)¿puede calificarse de "terrorismo externo procedente de sociedades más ricas" lo que está ocurriendo ahora en Irak?

No necesariamente toda la sociedad tiene que ser rica, basta con que lo sea quien financia el terrorismo.

b) Y suponiendo que en España se haya producido más terrorismo internacional —en número de atentados y de víctimas— que en Inglaterra, que así es en los últimos 20 años, ¿significa que Inglaterra tiene un Estado más pequeño y más eficiente que España? ¿Seguro que Inglaterra tiene un Estado más pequeño?

No se sigue. No he dicho que la única causa de la ausencia del terrorismo sea el tamaño del Estado, más bien que el mayor tamaño del Estado NO provoca una reducción del terrorismo por su mayor eficiencia.

c) ¿Y el terrorismo internacional que ha sufrido España, básicamente ejecutado por naturales de países musulmanes de la cuenca mediterránea, procede de sociedades más ricas que la nuestra?

Ya he dicho que basta con que haya individuos ricos que lo financien, incluso comprando los materiales a otras sociedades más ricas. Aparte, como también he explicado no estamos ante relaciones absolutas. Que la pobreza refrene el terrorismo no significa que lo elimine, ni que lo refrene con respecto a otros tipos de terrorismo. En otras palabras, un país pobre puede exportar más terrorismo que un rico. La riqueza no genera terrorismo, lo facilita. Pero donde no hay nada que facilitar (por no existir el terrorismo como fin), simplemente el terrorismo no aparece. Esto es, los terroristas actuales cometerían más terrorismo si fueran más ricos, me parece un hecho incuestionable.

El caso de la URSS que cita Manel a continuación, simplemente no contradice en nada mi punto. Dado que ni en la URSS ni en Cuba toda la gente muere de hambre todo el tiempo (entre otras cosas, gracias al mercado negro), sí es posible cometer pequeños crímenes como el propio mercado negro o la construcción de balsas.

Por último cita la siguiente frase mía: Tercero, como consecuencia de todo ello, en sociedades pobres haya menos atentados terroristas que en las ricas (a no ser, claro está, que se importen medios materiales y humanos). Sí habría ciertas formas de crimen privado muy poco desarrollado (desde la perspectiva del déspota, por ejemplo, el mercado negro, como ya hemos dicho), pero no ataques continuos de envergadura.

Aquí sí digo que está bastante mal expresada, en todo caso, por tratarse de casos paradigmáticos (No me cabe duda de que allí donde la gente literalmente se está muriendo de hambre, ningún acto terrorista podrán cometer. Pero incluso en la URSS ésta no era la situación en todo momento (entre otras cosas por el mercado negro). Por tanto, y dados los agujeros de ese Estado, sí era posible delinquir contra sus leyes). La realidad es que, como también apuntó Manel al preguntarme dónde existían esas sociedades tan extremas (en ninguna parte, de ahí la naturaleza tendencial de la ley), estamos en posiciones intermedias, donde aunque el Estado empobrezca (y por tanto reduzca los medios para cometer atentados terroristas), existen reservas de riqueza previas. Cuando esa riqueza se utiliza para cometer atentados estamos ante un típico ejemplo de consumo de capital, nada nuevo.

Todo esto está relacionado con el último error que comete Manel y es citar el caso de un Ministro de Sri Lanka asesinado "a pesar de disponer de 100 guardaespaldas de elite". De nuevo, comprobamos que Manel no ha entendido nada. Primero, y antes que nada, como he dicho en los otros posts, yo nunca he señalado que el sector privado sea perfecto, sino que es más eficiente:Bueno, yo en ningún sitio digo que el empresario nunca falla. Simplemente es ridículo, casi tanto como pretender imputármelo[R.2] Segundo, estamos ante un ejemplo, precisamente, de todo lo contrario, de cómo el Estado distorsiona la estructura productiva y de provisión de seguridad de una sociedad. En lugar de estar (es un decir) esos cien guardaespaldas protegiendo las casas de la gente, estaban, muy al contrario, protegiendo a un ministro, precisamente porque el Estado expolia a la gente los fondos suficientes para ello.

Y volvemos a lo de antes, ¿es esa la provisión de seguridad adecuada? Difícilmente saberlo sin ningún patrón. La estructura de información y de provisión de bienes se modifica de manera arbitraria y la sociedad queda desprotegida. No se trata solamente de que las agencias de seguridad sean más eficientes porque no sean de titularidad pública, sino porque su provisión, al someterse a la soberanía del consumidor, es la correcta. En Sri Lanka lo que teníamos, en definitiva, era al gobierno diseñando la seguridad nacional a través de su control presupuestario (¿cuántos guardaespaldas le otorgamos al Ministro?). Nada que ver.

12 de Agosto de 2005

Confusiones propias y ajenas

Manel está activo. Acaba de colgar un nuevo comentario. "¿Confunde Rallo mafia con terrorismo?"

Por ahora es lo más razonable que le leo a Manel. Así que, para evitar un baile de citas y contracitas, en este caso invito a leer directamente el de Manel. De todas formas, sí voy a hacer un cita. Si bien Manel en este caso es bastante preciso, que se "olvide" de algunas cosillas no deja de resultar sospechoso.

En su segundo comentario, Manel afirma que: Las mafias (que supongo asimilas con el terrorismo internacional, aunque se agradecería mayor precisión terminológica y sobre todo mayor consistencia, salvo que sea un truco para disimular de nuevo aquel espantoso enunciamiento tuyo que escogí de principio de post).[M.2]

Y yo le respondí lo siguiente: No es que la petición debiera ir solamente destinada a mí, pues Manel tampoco ha definido mafia ni, lo que es peor, ha explicado por qué son privadas. Por mi parte, asumo que la mayor parte del terrorismo internacional está dirigido por mafias. Y entiendo mafias como grupos estables de delincuentes (es decir, grupos de personas que atentan contra los derechos de los demás) que suelen basar parte de su estrategia criminal en actividades aisladamente lícitas (como el comercio con droga).[R.2]

Sin embargo, esta respuesta mía en mi segundo post que responde a la pregunta que plantea Manel no aparece en su larga serie de citas. Curioso. Sobre todo para que Aún así Manel encabece encabeza su nuevo post diciendo: Absolutamente, porque también conviene al discurso. A su favor está que en un momento dado reconozca su imprecisión. En contra, además de la tergiversación en sí, que acto seguido defina terrorismo como actividad dirigida por mafias, escapando al sentido más común de ambos conceptos y apenas llevado por apariencias, es decir, definiendo la realidad como le conviene.

Creo que queda bastante claro que no defino terrorismo como actividad dirigida por mafias, sino que la mayor parte del terrorismo internacional está dirigido por mafias

Si la mayor parte del terrorismo internacional está dirigido por mafias, no puedo definir terrorismo internacional como actividad necesariamente mafiosa. Más bien, Manel debería haber leído correctamente que: a) el terrorismo internacional es una actividad mayoritariamente dirigida por mafias (pero, no todo acto mafioso es terrorista), b) en su mayor parte, la existencia de terrorismo presupone una mafia.

Manel asegura que esto escapa al "sentido más común", será que no estaré dotado de ese sentido tan común. Al-Qaeda responde al perfil de mafia. Si acudimos al cuadro anterior, veremos que digo que las mafias operan en 4 o 5 y el terrorismo en 5 u 8, Al-Qaeda es un ejemplo de confluencia de cincos. Organización mafiosa y terrorista; así es mayoritariamente.

De esta manera, la indignación manelense de que sustituya en su original expresión La pregunta pesa en oro la efectividad del sistema, de modo que hay que responder que el Estado puede garantizar la inexistencia de mafias privadas casi al 100% (en todo lo humano hay décimas de error e/o incertidumbre)[M.1] mafia por terrorismo a lo largo de mi exposición tiene bastante sentido.

El terrorismo internacional precisa de fuentes de financiación parcialmente privadas. He sostenido a lo largo de todo el texto que el terrorismo preponderante en un Estado grande que haya arruinado a su población será el internacional. Por tanto, el terrorismo en esos Estados tiene que provenir de mafias.

Que esto subleve a Manel no es de extrañar, pues pone su teoría sobre que "menos libertad implica más seguridad frente a amenazas no estatales" en tela de juicio. Manel, de hecho, solo discrepa de mi conversión terminológica por cuanto a los porcentajes. Aún así, considera que las dictaduras son tremendamente seguras (y en ese caso, la pregunta de por qué Hitler sufrió tantos atentados a diferencia de Bush sigue en pie). Dice Manel: Tu colofón es que, a diferencia de lo que yo opino y en la Historia universal se constata, la seguridad inherente a las dictaduras es mero producto de la casualidad[M.2]. ¿Tanta inherencia para que el jefe de Estado sufra veintitantos atentados?

Ergo, la tremenda manipulación de la que me acusa Manel se queda en nada. Repasemos la discusión que reproduzco al principio de mi segundo post: escribí, y sostengo, que las dictaduras han conseguido (no conseguirían) la inexistencia prácticamente total de mafias privadas. Ejemplos proliferan: URSS y su bloque, Alemania nazi, España franquista, Camboya polpotiana, Cuba castrista...[M.2]

Yo le respondí: Aquí hay que matizar varios puntos. Si entendemos mafia como una organización estable dedicada a cometer delitos, entonces si se reducen de manera considerable. En ningún momento dije otra cosa (si bien lo atribuí, como luego repetiremos, a causas distintas): No habrá armas ni medios al alcance; el tiempo de organización será escaso y las posibilidades de evitar ser descubiertos por la policía estatal (por muy torpe que sea), son escasas.

Ahora bien, si entendemos mafia como el desarrollo de un comportamiento delictivo continuado, aun cuando sea de personas individuales, entonces la afirmación de Manel no es en absoluto cierta. El mercado negro en la URSS era enorme; los individuos transgredían continuamente las leyes soviéticas de manera que al final muchos eran apresados -pero muchos otros no. Los objetivos de esta gente, como ya dije en el primer post, eran la provisión de comida y el mercado negro era un ámbito en el que podían mejorar su precario bienestar
[R.2]

Y acto seguido: No había asociaciones entre los distintos traficantes o entre los balseros, pero a efectos de probar la ineficiencia estatal basta. La URSS o Cuba no fueron capaces de combatir eficientemente lo que ellas calificaron como crimen; esto ilustra las lagunas de seguridad de sus Estados, de manera que si no se cometen o cometieron actos terroristas, como también dije, no ha sido debido a la magnífica seguridad comunista, sino a la falta de interesados autores.

Aparte, como ejemplo de Estado dictatorial incapaz de terminar con las mafias sólo tenemos que recurrir al primer post de Manel: La iniciativa privada de las tribus domina extensiones de Pakistán tan grandes como España, a las que el Estado paquistaní debe acercarse como quien entra en territorio apache: con la caballería por delante disparando a todo lo que se mueve.
[R.2]

Centrémonos, con todo, en el último párrafo para detectar el núcleo de la falacia de Manel. Él mismo cita el caso de una dictadura que tiene zonas incontroladas, precisamente éste es el punto clave.

Cuando un Estado -dictadura o democracia- es incapaz de reprimir y eliminar a grupos mafiosos el Estado desaparece. Por dos razones: o bien la mafia impone su voluntad (y por tanto el Estado no impone la suya, no hace valer su ordenamiento) en un territorio determinado (un barrio, una ciudad...) o bien la situación degenera en guerra civil.

Todas las guerras civiles son consecuencia de dos grupos que quieren apoderarse del Estado. Un grupo sería el que ostentaría, en ese momento, de manera oficial, el monopolio jurisdiccional sobre el territorio, y el otro quería apoderarse de él (o bien de una parte, en las guerras de secesión).

Que Manel sostenga que el Estado dictatorial es capaz de eliminar casi al 100%[M.1] las mafias olvida, en especial, las múltiples guerras civiles en las que el grupo al mando del Estado perdió la guerra y fue sustituido por otro. Obviamente, en los Estados que HOY sobreviven, las mafias han sido derrotadas. Pero no olvidemos que en muchos casos los Estados fueron derrotados por las mafias que, entonces, se convirtieron en Estado. Si una banda de delincuentes organizados (en el sentido de transgredir el derecho positivo del Estado) no quiere someterse a la jurisdicción del Estado y está dispuesto a librar batalla contra él, estamos ante una mafia, ante una facción, que iniciará la guerra civil.

En el cuadro anterior sosteníamos que la mafia se ubica en 4 o 5 con voluntad de moverse a 7 u 8. Para ello tendrá que derrotar al Estado vigente. En la práctica, pues, todas las guerras civiles son el resultado de un Estado incapaz de eliminar a las mafias casi al 100%[M.1]. Si Manel sostiene que no ha habido guerras civiles entre un Estado que quería continuar ostentando el monopolio y otro grupo que quería derrotarlo, entonces sí, el Estado es capaz de eliminar las mafias casi al 100%[M.1]. No es el caso.

Para evitar suspicacias manelenses que apunten ante posible contradicciones entre guerras "civiles" (por tanto internas) mafiosas y mi argumento de que la pobreza reduce los incentivos del terrorismo, sólo quiero recordar lo que dije respecto de la URSS

Podemos, pues, resumir las conclusiones de este post: No me cabe duda de que allí donde la gente literalmente se está muriendo de hambre, ningún acto terrorista podrán cometer. Pero incluso en la URSS ésta no era la situación en todo momento (entre otras cosas por el mercado negro). Por tanto, y dados los agujeros de ese Estado, sí era posible delinquir contra sus leyes. [R.2]

En otras palabras, mi afirmación es relativa, "menor terrorismo del que hubiera habido" que puede traducirse en "ningún terrorismo" en caso de completa hambruna. Obviamente, el socialismo empobrece, pero no tiene por qué hacerlo automáticamente. Alemania seguía siendo una nación bastante rica a pesar de Hitler. Sin embargo, pocos dudarán de que si a la Alemania hitleriana se le insuflaran donaciones hasta el punto de doblar su PIB, los actos terroristas contra Hitler hubieran aumentado de manera bastante significativa: Una sociedad menos emprendedora es una sociedad más torpe; una sociedad con menores y peores medios es una sociedad donde los individuos tienen una menor capacidad para perseguir sus fines (y el terrorismo, por desgracia, puede ser un fin).[R.2]

a) En el mi post no efectúo ningún cambio de términos sin antes explicitarlo o sin que se deduzca necesariamente de las premisas que adopto. ¿Manipulación? Coherencia que intenta limar las impurezas ajenas.
b) La afirmación de Manel de que la dictadura elimina las mafias privadas casi al 100%[M.1] es engañosa. Aunque a primera vista así sea, esa ojeada es sólo el resultado de un proceso evidente: las mafias aspiran a convertirse en Estado. Cuando el Estado precedente es derrotado (cuando no elimina las mafias privadas casi al 100[M.1]), el Estado permanece de una forma u otra. Por tanto, es equivalente a señalar que los hombres son inmortales porque los hombres ya poblaban la Tierra hace 1000 años... como ahora.
¿Es la mafia una iniciativa privada? Según Rallo

Manel ha publicado un nuevo post intentando poner de manifiesto las supuestas contradicciones de mis textos en el asunto de la privacidad de las mafias. Conviene, pues, analizar su primera respuesta. Dado que no conviene ya recurrir a colores, modificaré ligeramente el sistema de citas siguiendo a Manel. Al final de cada cita irá entre corchetes la referencia, por ejemplo [M. 1]. Dejo aquí la relación:

M. 1 --> La Leyenda del liberalismo sin nombre
R. 1 --> Un liberalismo con nombre: Anarcocapitalismo
M. 2 --> Tanto para nada: la esencia del anarcocapitalismo (I y II)
R. 2 --> La esencia del Estado: tanto para nada (I y II)
M. 3 --> ¿Es la mafia una iniciativa privada según Rallo?

El post que concretamente pasamos a analizar es el último.

Dice Manel: Para que todo esto no se salga de madre, sin embargo, voy a responderle parcelando temas. El lector lo agradecerá. Rallo no: los posts largos como los suyos y los míos ayudan bastante a difuminar posturas y hacer la picha un lío, algo en lo que él está más interesado que yo por lo que a continuación se verá.[M.3]

Sí, menos mal que te decides a parcelar los temas tal y como he hecho en "La esencia del Estado: tanto para nada". Mi masoquismo es extremo al no agradecer las iniciativas que yo mismo adopto para facilitar la lectura y la comprensión. De todas formas, no deja de ser curioso que Manel afirme abiertamente que los posts largos "ayudan" a difuminar posturas. ¿Ayudan? ¿Es que acaso tu objetivo es difuminar posturas? Si algo puede ir en contra de mi tesis, precisamente, es que se difuminen las posturas, de ahí que dividiera el post en temas. Yo no necesito difuminar nada, no es mi objetivo.

A continuación Manel empieza a exponer mi supuesta retahíla de contradicciones: ¿Es la mafia una iniciativa privada según Rallo?

Depende. Sí; no; sí y no; sí y no y todo lo contrario; no está demostrado; no he demostrado que sea privada, pero más bien sí lo es, no lo es y todo lo contrario; a conveniencia del momento del discurso y de la dificultad a rebatir.
[M.3]

Para consultar las citas que destaca Manel pueden visitar su post. De todas formas, extraeremos algunas que no aparecen en él:

¿Por qué dijiste que la iniciativa privada era detestable? Porque la mafia era iniciativa privada. Mis términos en ningún momento ratifican esto, en todo momento me moví en TUS términos. Es más, intenté corregirlos en varias ocasiones:

Primero, Si queremos acabar con la iniciativa privada de las mafias -y en este punto hay que matizar que si bien la iniciativa de las mafias es privada, sus objetivos son estatales- habrá que combatirlo con iniciativa privada. Segundo, Pero, en todo caso, hay que dejar claro que las mafias se distinguen nítidamente de las agencias de seguridad privada no mafiosas. Una parte importante del comportamiento que un grupo mafioso desarrollo sobre un territorio es equivalente al comportamiento del Estado, ¿esto es iniciativa privada? En ese caso también las actuaciones del Estado serían iniciativa privada (de los representantes del poder constituyente-propietario), todo sería privado en tanto "el público" sólo actúa a través de órganos y esos órganos son al fin y al cabo personas individuales.

Por tanto empleé tus términos, no los míos.[R.2]


En otras palabras, Manel empezó su primer comentario asumiendo que las mafias eran iniciativa privada. Como él mismo extrae de mi texto: Afirmaste sin haberlo probado que las mafias son iniciativas privadas. No tenía intención de incidir en este punto porque evidentemente están formadas por individuos y actúan al margen del Estado concreto de referencia, pero esto no las convierte en paradigma de actuación privada. Su actuación se basa en la coacción y en la fuerza, en el expolio y en el asesinato. Es un nuevo Estado.[R.2]

¿Era necesario que hubiera entrado en este debate? A la vista del salvífico asidero que le ha proporcionado a Manel parece que sí. Recordemos las primeras palabras de Manel: La conclusión de tanto maximalismo en la enunciación del problema espanta: la iniciativa privada, y la mafia es puritita iniciativa privada, es detestable, la libertad un timo y el Estado un primo

Desde un punto de vista material, como dice José Carlos, las mafias sí son iniciativa privada. TODO es iniciativa privada. Por tanto, el adjetivo se vuelve irrelevante, ¿puede haber alguna iniciativa que NO sea privada? No. Dado que esto es obvio, entrar a discutir con Manel sobre este punto me parecía del todo accesorio. Preferí conceder que todo era iniciativa privada y que, por tanto, había que trazar la diferencia entre la iniciativa empresarial y la mafioso-estatal: Pero, en todo caso, hay que dejar claro que las mafias se distinguen nítidamente de las agencias de seguridad privada no mafiosas.[R.1]

Pero, repito, son los términos de Manel: Pese a mis descuidos distinguidores, sin embargo, subsiste lo que no puedes refutar: la mafia es una iniciativa privada detestable [M.2]

¿Cuál es mi opinión? Ya la expreso en el post anterior pero voy a desarrollarla un poco más.

Toda iniciativa supone una acción. Iniciativa significa empezar una acción dirigida a algún fin. En ese sentido, en palabras de José Carlos: Las mafias son iniciativa privada. Como el Estado. Lo de la "iniciativa pública" es un barniz esotérico. Toda iniciativa, como toda acción, es privada

Bien, nunca he negado eso. todo sería privado en tanto "el público" sólo actúa a través de órganos y esos órganos son al fin y al cabo personas individuales[R.1] O Desde un punto de vista material, todo es iniciativa privada, como ya he indicado antes.[R.2]

Ahora bien, sigo creyendo útil distinguir entre público y privado. Como digo en otra ocasión, partiendo de los términos de Manel para matizarlos: en este punto hay que matizar que si bien la iniciativa de las mafias es privada, sus objetivos son estatales.

¿Es esta distinción innecesaria o como dice Manel supone una mención pecaminosa de "estatales"[M.2] para resolver el problema?

Volvamos a lo de antes, todo iniciativa, TODA, es privada, pues supone la iniciación de una acción. Por tanto, si queremos conservar la diferencia entre iniciativa privada e iniciativa pública no habrá que basarla en su origen, sino en los medios que esa iniciativa emplea y en los fines a los que se dirige.

En este sentido me parece de gran utilidad la distinción que traza Franz Oppenheimer en su libro, The State, entre "medios económicos" y "medios políticos": Hay dos medios fundamentalmente opuestos a través de los cuales el hombre, que requiere un sustento, se fuerza a obtener los medios que necesitas para satisfacer sus deseos: Estos son el trabajo y el robo, el propio trabajo y la apropiación por la fuerza del trabajo de otros. Propongo, de aquí en adelante, llamar al trabajo de uno mismo y su equivalente intercambio por el trabajo de otros, los "medios económicos" para la satisfacción de las necesidades, mientras que la apropiación forzosa del trabajo de otros será llamado "medios políticos".

El problema de Oppenheimer es que se centra exclusivamente en los medios: La idea no es del todo nueva; muchos filósofos a lo largo de la Historia se han dado cuenta de esta contradicción y han tratado de reformularla. Pero ninguna de sus formulaciones ha llevado la premisa inicial a sus lógicas consecuencias. En ningún sitio se expone claramente que la contradicción consiste sólo en los medios por los que se obtienen "idénticos fines", la adquisición de nuevos objetos de consumo.

Esto no es del todo cierto. Un asesino tendrá como fin asesinar a una persona y, perfectamente, puede emplear medios legítimos (comprar pistola y munición, preparar un plan...) para conseguir un fin ilegítimo. En realidad, pues, el detalle que debiera distinguir entre medios políticos y económicos, tal como intuye en el texto Oppenheimer, es la iniciación de la fuerza, de la violencia; la obligación coactiva contrapuesta a la voluntariedad.

En lugar de hablar de "medios económicos" y "medios políticos" podemos referirnos a "medios privados" y "medios públicos". La iniciativa económica sería la iniciativa privada y la iniciativa política la iniciativa pública.

Lo que caracteriza a la iniciativa económica, pues, es el respeto a las restantes "iniciativas económicas", se afirma con la voluntariedad, con los intercambios pacíficos y aceptados. O, como dije en el primer post: Lo que califica a la iniciativa privada es el respeto de la propiedad privada.[R.1]

Si una iniciativa -una acción humana- utiliza la fuerza para conseguir fines no violentos (robo un móvil con el fin de usarlo) o emplea medios no violentos para alcanzar un fin violento (construir una trampa mortal en mi propiedad e invitar a un amigo para que, sin saberlo, caiga en ella) o incluso el empleo de medios violentos hacia fines violentos (robar una pistola para asesinar a mi vecino) no puede ser tildada de privada.

Y así llegamos al asunto de las mafias. ¿Son iniciativa privada? Desde un punto de vista simple sí, son iniciativa, ergo privada. Pero si queremos seguir empleando la distinción, habría que decir que NO. La mafia utiliza su propiedad privada para atacar otra propiedad privada: desarrolla un comportamiento típicamente estatal. Su iniciativa privada no se basa en las relaciones voluntarias y en LA propiedad privada. Por tanto, es impropio equipararlas siquiera con las agencias de seguridad privada [R.1] o Las mafias impiden a los propietarios hacer uso de su propiedad. El anarcocapitalismo es tan contrario a las mafias como a los Estados; es más, la diferencia entre aquéllas y éste es una de estabilidad: el Estado es una mafia que ha devenido preponderante y estable[R.1]

Cito a José Carlos: Es el Estado el que se comporta como una mafia, no al revés. El Estado es una mafia, solo que más exitosa. Afirmación que no contradice en absoluto la mía: Las mafias quieren devenir Estado, quizá no todo el Estado, pero quieren ejercer el monopolio jurisdiccional sobre una zona del Estado. Por ello sus fines son estatales y sus medios no son menos privados que los del Estado. Si la mafia tiene fines privados, el Estado también[R.2]

José Carlos dice que la mafia es un Estado exitoso en tanto se hipertrofia su básico carácter público. Si yo digo que las mafias quieren devenir Estados estoy diciendo que las mafias quieren devenir exitosas, dominantes, monopolistas. Nada sorprendente.

Podemos tener, para clarificar las cosas, distintos tipos de comportamientos que ilustraré en el siguiente cuadro y comentaré en relación con el caso de las mafias:

Fines privados |Fines parcialmente privados |Fines públicos
Medios privados012
Medios parcialmente privados345
Medios públicos678


-0: Obviamente, la mafia que usara solamente medios privados para conseguir fines privados NO sería una mafia, sino una empresa normal y corriente. Este punto es el que tanto ha confundido a Manel al agrupar de manera reiterada toda la actividad privada en un mismo saco. Puede hacerse, José Carlos lo defiende. Pero es injusto hacerlo con el fin de demostrar que la iniciativa privada no siempre es buena.

Ya sabemos que el hombre puede pecar o delinquir; con eso Manel no descubría América. ¿Es que acaso el hombre que está al frente del Estado no puede hacerlo? Entonces, ¿qué sentido tiene reiterar que la mafia es una iniciativa privada detestable, y donde no hay Estado prolifera el sector privado ramo intimidación? ¿Es que acaso en esos mismos términos el Estado no es también una iniciativa privada que puede convertirse en detestable? ¿Cuál es pues la diferencia fundamental entre la acción humana del político y del empresario de seguridad? Ambos pueden perseguir fines públicos (es decir, asesinatos o extorsiones), pero el Estado necesariamente utiliza medios públicos. Por tanto, la táctica de Manel parece querer sugerir que, dado que el hombre es malo, el hombre tiene que estar controlado. Perfecto. La cuestión es, ¿quién controla al hombre salvo otro hombre?

-1: Este tipo de mafias serían aquellas donde se practican negocios voluntarios (tráfico de drogas) cuyo dinero se obtiene para dos tipos de fines: a) lucro personal (fin legítimo y voluntario), b) asesinato y extorsión (fin público).
-2: Este tipo de mafias es similar al anterior, pero la búsqueda del lucro personal desaparece. En realidad, se busca un lucro más bien psíquico derivado del crimen per se. Por ejemplo, una asociación de asesinos psicópatas que vendiera coches para obtener dinero con el que posteriormente eliminar a la gente.
-3: En este caso la mafia persigue fines privados legítimos (lucro personal), a través de dos medios: a) comercio voluntario (por ejemplo, servicios de seguridad con posibilidad de cancelar el contrato sin represalias), b) creación de impuestos en determinadas áreas.
-4: Estamos en el mismo caso que en el 3, pero la mafia, aparte del lucro personal, persigue fines violentos (asesinatos).
-5: Como en el caso 2, pero los asesinos mancomunados añaden el robo como mecanismo de financiación.
-6: Aquí se persiguen fines legítimos (consumo de drogas) a través de medios violentos (atraco de bancos).
-7: Los medios violentos (impuestos) se utilizan para dos tipos de fines: legítimos (lucro personal) e ilegítimos (continuar extorsionando).
-8: Sólo se emplean medios violentos para fines violentos. El crimen es el medio y el fin.

No es difícil ubicar a la mayoría de las mafias en la situaciones 4 o 5. De la misma manera, podemos situar fácilmente al Estado "liberal" en el 7 (y al ideal minarquista en el 6, o incluso el 3), mientras que el Estado totalitario estaría en el 8. Las mafias tienen la tendencia de moverse del 4 o 5 al 7, es decir, a devenir Estados. El terrorismo se encontraría en los puntos 5 u 8. Por su parte, el ideal anarquista estaría en el 0. Los puntos 1 y 2 quedarían reservados, por ejemplo, a los criminales incidentales o primerizos. El punto 6 reflejaría el ideal de la esclavitud.

En todo caso, utilizando el cuadro, podemos decir que sólo el punto 0 supone "iniciativa privada", las restantes son formas de "iniciativa pública". Pueden proponerse otras clasificaciones para salvar la distinción entre iniciativa pública y privada, las esperaré y las analizaré. No sé hasta que punto resultarán realmente coherentes.

Esto es lo que opina Rallo sobre las mafias. Ya le dije a Manel en el anterior post que el reduccionismo no era un buen consejero. Espero que en su próxima respuesta me haga más caso.

Actualización: Manel se queja en una actualización a su post de que: a) retuerzo mis propios términos, b) no hago caso a la definición de la RAE. Bien, sobre la acusación a), es la única que le queda a Manel después de haber escrito un post donde intenta sacar a relucir mis contradicciones y luego se le demuestra que todo encaja perfectamente. Si algunos no vieran inherentes contradicciones en los otros y divina coherencia en uno mismo, quizá estos patinazos no tuvieran lugar. Sobre b) tiene razón, paso de largo, por un motivo esencial. El post de Manel es sobre MI interpretación de iniciativa (¿Es la mafia una iniciativa privada según Rallo?), sobre la que he adoptado en el texto (a la que tilda de contradictoria). A estos efectos, "su" definición de iniciativa "política" resulta irrelevante. Yo no la tuve en consideración por parecerme acientífica y, en consecuencia, ni entra ni sale de mis definiciones y argumentos.

Pero centrémonos en los otros efectos para los que esa definición no es irrelevante. Terminé este post diciendo: Pueden proponerse otras clasificaciones para salvar la distinción entre iniciativa pública y privada, las esperaré y las analizaré. No sé hasta que punto resultarán realmente coherentes. Manel lo hace. Analicémosla: Procedimiento establecido en algunas constituciones políticas, mediante el cual interviene directamente el pueblo en la propuesta y adopción de medidas legislativas; como sucede en Suiza y en algunos Estados de Norteamérica. Estamos en la órbita de derecho público, suponiendo que "lo público" es algo distinto a "lo privado"; que la naturaleza del "Estado" es distinta a la de una mafia consolidada. Que la "iniciativa política" sea un procedimiento establecido en las Constituciones de ciertos países para la "adopción de medidas legislativas" bien poco cambia su naturaleza privada. La Convocatoria de la Junta General también es una medida contenida en los Estatutos de las SA -en su derecho interno- y no por eso dejan de ser privadas. Un grupo se autoorganiza como prefiere; y actúa a través de sus órganos como decide. Pero esas organizaciones y esas actuaciones orgánicas siguen siendo privadas. Por tanto, un poco más de rigor por favor.
La esencia del Estado: tanto para nada (II)

Las mafias y el sector privado

Después de toda esta discusión, realicé el siguiente comentario:

Por ello, la primera conclusión de Manel no es sólo, como dice, espantosa, sino además equivocada: La conclusión de tanto maximalismo en la enunciación del problema espanta: la iniciativa privada, y la mafia es puritita iniciativa privada, es detestable, la libertad un timo y el Estado un primo

La conclusión, más bien, debería ser que un terrorismo eficaz hay que combatirlo eficazmente. Es decir, el terrorismo internacional es capaz de derrotar al Estado no por ser diminuto, sino por ser Estado. Si queremos acabar con la iniciativa privada de las mafias -y en este punto hay que matizar que si bien la iniciativa de las mafias es privada, sus objetivos son estatales- habrá que combatirlo con iniciativa privada.

En su primera acusación Manel me pone nota: Cum laude en tergiversación, compatriota. No dije que mi, o la, conclusión fuera espantosa; dije que la conclusión de tanto maximalismo en la enunciación del problema espanta.

Y sí, he de reconocer que me pasé en la elipsis. Rescribo para que no quepan dudas: La primera conclusión de Manel "sobre mis ideas" no es sólo, como dice, espantosa, sino además equivocada. Porque comprenderás, Manel, que la conjetura de que tu maximalismo habitual te exige enunciaciones espantosas no pasa de un juicio aventurado y sin fundamento.

Juicio cuya calidad empeora cuanto intentas explicarte: las cuales, mínimamente explotadas, desembocan en disparates tales como los que yo concluí en primera instancia: la mafia -no el terrorismo internacional- es una actividad privada; es detestable; tu clase de libertad es un timo porque estás dispuesto a malbaratar la libertad constitucional a cambio de eficacia (eficacia por demostrar, a todo esto); y el Estado es un pasmarote ineficaz. Son tus términos, Juan Ramón, no los míos.

Aquí hay tres afirmaciones: "privacidad de la mafia", "disposición a malbaratar la libertad constitucional" y "el Estado es ineficaz", de las que sólo comparto la última.

La primera de ellas, la privacidad de la mafia, la lanzaste tú sin basarla en nada. La conclusión de tanto maximalismo en la enunciación del problema espanta: la iniciativa privada, y la mafia es puritita iniciativa privada, es detestable, la libertad un timo y el Estado un primo.

¿Por qué dijiste que la iniciativa privada era detestable? Porque la mafia era iniciativa privada. Mis términos en ningún momento ratifican esto, en todo momento me moví en TUS términos. Es más, intenté corregirlos en varias ocasiones:

Primero, Si queremos acabar con la iniciativa privada de las mafias -y en este punto hay que matizar que si bien la iniciativa de las mafias es privada, sus objetivos son estatales- habrá que combatirlo con iniciativa privada. Segundo, Pero, en todo caso, hay que dejar claro que las mafias se distinguen nítidamente de las agencias de seguridad privada no mafiosas. Una parte importante del comportamiento que un grupo mafioso desarrollo sobre un territorio es equivalente al comportamiento del Estado, ¿esto es iniciativa privada? En ese caso también las actuaciones del Estado serían iniciativa privada (de los representantes del poder constituyente-propietario), todo sería privado en tanto "el público" sólo actúa a través de órganos y esos órganos son al fin y al cabo personas individuales.

Por tanto empleé tus términos, no los míos. Afirmaste sin haberlo probado que las mafias son iniciativas privadas. No tenía intención de incidir en este punto porque evidentemente están formadas por individuos y actúan al margen del Estado concreto de referencia, pero esto no las convierte en paradigma de actuación privada. Su actuación se basa en la coacción y en la fuerza, en el expolio y en el asesinato. Es un nuevo Estado. ¿Qué actuación privada es aquella que impide abandonar la mafia? Tan privada -o tan poco- como la de cualquier Estado: Lo importante de la propiedad privada son las restricciones que lleva implícitas. Yo soy propietario y acepto al resto de propietarios: esto es, acepto LA propiedad privada como institución. La mafia utiliza su propiedad privada para atacar otra propiedad privada: desarrolla un comportamiento típicamente estatal. Su iniciativa privada no se basa en las relaciones voluntarias y en LA propiedad privada. Por tanto, es impropio equipararlas siquiera con las agencias de seguridad privada.

Y sobre tu afirmación de que tu clase de libertad es un timo porque estás dispuesto a malbaratar la libertad constitucional a cambio de eficacia (eficacia por demostrar, a todo esto) es simplemente ridícula. Primero, porque como ya dije, el primer constitucionalismo -esto es, la primera base del Estado liberal- creía que el Derecho restringía al Estado, es decir, que era algo externo a él, por tanto, la libertad constitucional no deja de ser una libertad inherente al hombre. Segundo, para mejorar la eficacia simplemente hemos de renunciar al monopolio estatal sobre la policía; sin embargo, no he basado mi principal defensa de este hecho en su eficacia. Por tanto, mi concepto de libertad no es un timo; pero no estoy tan seguro de que pueda decir lo mismo de todos (especialmente cuando la enfrentan con la seguridad ante el terrorismo).

Sin embargo, Manel parece empeñado en calificar a las mafias de privadas. Y para ello es capaz de incurrir en flagrantes contradicciones: Habida cuenta de que se han producido atentados en dictaduras de todos los colores, en democracias de todos los aires y en tierras campas de todas las pinturas, ¿qué narices tiene que ver el tamaño del Estado, que si diminuto o no? ¡Donde no hay Estado también hay atentados!

Es gratificante que Manel, reconozca una vez más, que en las dictaduras también hay atentados, sea cual sea su tamaño y su condición. Por tanto, la afirmación de que La pregunta pesa en oro la efectividad del sistema, de modo que hay que responder que el Estado puede garantizar la inexistencia de mafias privadas casi al 100% (en todo lo humano hay décimas de error e/o incertidumbre). A cambio, y simétricamente, los ciudadanos pierden libertad de acción cae por su propio peso. Si toda reducción de la libertad lleva aparejada una reducción simétrica del crimen, entonces la eliminación de la libertad de acción supone la eliminación del crimen.

Pero ello no sucede en las dictaduras, sea cual sea su color, ¡vaya! Me descubres América, será que no he hablado largo y tendido de la ineficiencia DEL Estado (y no del Estado dictatorial o del Estado democrático como tú sí has hecho: Tu colofón es que, a diferencia de lo que yo opino y en la Historia universal se constata, la seguridad inherente a las dictaduras es mero producto de la casualidad.)

Por tanto, más que concluir que el tamaño del Estado es irrelevante en relación con la ocurrencia de terrorismo (lo cual se me antoja nuevamente absurdo, pues es evidente que, si bien la pobreza disminuye la capacidad interior de cometer atentados, a mayor Estado menor riqueza y que a menor riqueza, mayor inseguridad frente a las amenazas exteriores), cabría concluir que la forma(democracia o dictadura) del Estado no tiene nada que ver con el crimen. En otras palabras, la tesis vertebral de tu primer post se desmorona a través de tus propios argumentos.

Tampoco he negado que en un territorio sin Estado pueda haber atentados terroristas. Es absurdo; yo no he hablado de eficacia 100%, sino de una mejor protección.

Siguiendo con su presupuesto de que las mafias son privadas -y nada más- Manel me recrimina que yo no lo crea: Pero lo fascinante de tu proceder opinionated es cuando engolas el teclado para aseverar, supongo que haciendo el pino en las tapas de la Lógica de Aristóteles, que "si bien la iniciativa de las mafias es privada, sus objetivos son estatales". Sic. Chúpate esa. Todo el problema, mediante la mención pecaminosa de "estatales", resuelto.

Manel, soy y era consciente de que no te gusta que hablemos en eaquense, de ahí que en la medida de los posible intente mantener tus términos. Desde un punto de vista material, todo es iniciativa privada, como ya he indicado antes. La mención a "estatal" no resuelve nada, simplemente aclara las cosas. Las mafias quieren devenir Estado, quizá no todo el Estado, pero quieren ejercer el monopolio jurisdiccional sobre una zona del Estado. Por ello sus fines son estatales y sus medios no son menos privados que los del Estado. Si la mafia tiene fines privados, el Estado también.

Luego Manel me pide, y aquí con razón, mayor claridad terminológica: Las mafias (que supongo asimilas con el terrorismo internacional, aunque se agradecería mayor precisión terminológica y sobre todo mayor consistencia, salvo que sea un truco para disimular de nuevo aquel espantoso enunciamiento tuyo que escogí de principio de post).

No es que la petición debiera ir solamente destinada a mí, pues Manel tampoco ha definido mafia ni, lo que es peor, ha explicado por qué son privadas. Por mi parte, asumo que la mayor parte del terrorismo internacional está dirigido por mafias. Y entiendo mafias como grupos estables de delincuentes (es decir, grupos de personas que atentan contra los derechos de los demás) que suelen basar parte de su estrategia criminal en actividades aisladamente lícitas (como el comercio con droga).

Sigue Manel: las mafias, digo, fingen ser iniciativas privadas de hampones sin escrúpulos cuando en realidad son ardides de subsecretarios juramentados, acaso peligrosos masones desestabilizadores. La conspiración al descubierto. Yuhu.

Lo de masones para quien guste de criticarlos o defenderlos. Lo de subsecretarios simplemente es un sarcasmo mal traído: que tengan fines estatales no significa que finalmente consigan convertirse en Estados ni que su organización estatal sea idéntica a la tradicional. Lo de conspiración, me parece que algunos ven conspirativas insinuaciones de conspiración por todas partes.

Y así continua con el sarcasmo: Lo que conocemos por trata de blancas es en realidad pura paridad funcionarial; el tráfico de drogas, un estanco mejor llevado; los asesinatos, despidos procedentes; los atentados, colas en las oposiciones a bedel de Ministerio; forrarse con extorsiones y con todo el tinglado, una hábil jugada geoestratégica; no pagar impuestos, un acto diplomático; y así sucesivamente. De modo que objetivos estatales... No, si ya sé que estatal en eaquense significa todo lo malo que hay en el mundo (si será así que prefieres llamar "terrorismo aestatal" al terrorismo privado, lo que sea con tal de no ceder en que hay iniciativas privadas decididamente malas), pero es que ni por esas sale agua potable.

Bueno, uno diría que el principio subyacente a la trata de blancas y al servicio militar obligatorio o a la prestación social sustitutoria (e incluso al pago de impuestos) es similar; uno diría que los atentados no son distintos a los crímenes de Estado; uno diría que las extorsiones no se diferencian en nada de los impuestos. Pero claro, las mafias y el Estado no se parecen en nada.

Claro que lo mejor es que Manel se ponga a reformular mis definiciones. Ninguna necesidad de parafrasearme. Que el Estado sea malo no significa que sólo el Estado sea malo; de hecho la expresión "terrorismo aestatal" sólo tiene como función recordar la existencia de un "terrorismo estatal". Algunos parecen no recodarlo cuando se escandalizan por decir que las mafias tienen fines estatales.

La ineficiencia estatal

Llegamos a un punto interesante de la discusión. Después de afirmar que: El problema de quienes creen que más Estado significa más seguridad frente al terrorismo -hasta el punto de que la inseguridad frente al Estado, por ser democrático, es de momento irrelevante- es que es falsa.

Manel espeta: Y el problema de quien piensa eso es que no es capaz de demostrar dicha falsedad, ni aun de apuntalarla con un mínimo de sensatez, porque toda la evidencia camina en sentido contrario.

Bueno, lo cierto es que esa afirmación se vuelve contra el que la lanza. ¿Qué estatalistas han demostrado que la seguridad pública es superior a la privada? Es más, como luego comentaremos, que la seguridad privada haya duplicado a la seguridad pública en EEUU sólo ilustra una cosa: el estrepitoso fracaso de la seguridad pública en la primera potencia del mundo.

La demanda de seguridad privada, a diferencia de la pública, es libre. Se demanda porque se quiere y porque se necesita. ¿Y por qué se necesita? Porque la pública es insuficiente e ineficiente.

Pero volvemos a lo de antes: El problema de este planteamiento es que pasa por encima del problema de la ineficiencia estatal. Un Estado total no consigue una "sanidad perfecta" o una "producción de alimentos completa"; de la misma manera -y por la misma razón- no sería capaz de eliminar la delincuencia "casi al 100%".

Creía que no sería necesario explicarle a Manel las razones por las que la sanidad pública no es mejor que la privada o por las que las panaderías públicas no sirven pan como las privadas. Reconozco que después de haber leído ciertas cosas, esa primitiva creencia se tornó en nebulosa incertidumbre.

La primera pregunta que los defensores de la seguridad pública deberían contestar es, ¿cuánta seguridad necesitamos?, luego, ¿qué tipo de seguridad? y finalmente ¿cómo saben todo ello?

El problema de todo ello es que para planificar un determinado tipo de actividad hay que retirarles a los individuos recursos que ellos podrían destinar a otras funciones más valiosas.

Esto significa que los recursos a través de los que se provee la seguridad pública no están sometidos a ningún tipo de competencia, que no deben ser economizados y mejorados. La eficiencia de una agencia privada para ofrecer un mejor servicio le reporta beneficios, la eficiencia del Estado para hacerlo no le reporta nada. Porque, ¿cómo se define un mejor servicio? Pero volveremos a esto más adelante, cuando explícitamente Manel toque el tema.

Posteriormente, Manel comenta esta afirmación mía: Más Estado significa más ineficiencia y, por tanto, más facilidad para que el terrorismo actúe. Cierren todas las fronteras, pongan a un policía en cada casa, registren todas las maletas, entrenen a miles de perros rastreadores o pongan al ejército en los lugares públicos. La cuestión es ¿con qué medios piensan hacer todo eso?

Su crítica sigue la línea confusa de todo el post: Surtido de contradicciones de todo a cien. ¿Pues arriba no has reconocido que "no estoy negando que los actos terroristas sean menos frecuentes en regímenes totalitarios que en democracias"? ¿Resulta ahora que a más Estado más facilidad para el terrorismo? ¿Y no has precisado que la menor cantidad de terrorismo no la atribuyes "al poder y competencias del Estado para frenar el terrorismo"?

No veo ninguna contradicción por mi parte, sí incomprensiones por la otra. Repito, de nuevo, aunque Manel siga con el chip puesto en creer que un Estado más grande es un Estado más eficiente contra el delito, yo en ningún momento he dicho que eso sea así. Más bien todo lo contrario: Aun así no estoy negando que los actos terroristas sean menos frecuentes en regímenes totalitarios que en democracias. Sin embargo, no lo atribuyo al poder y competencias del Estado para frenar el terrorismo; es decir, no lo atribuyo a que cuanto más grande sea el terrorismo estatal menor tenderá a ser el terrorismo aestatal.

¿Ha olvidado Manel que ésta es mi argumentación? No lo creo. Por tanto, ¿por qué señala contradicciones donde no las hay?

Un Estado grande es un Estado más ineficiente y, por tanto, más sometido a que el terrorismo internacional consiga azotarlo. La preparación de un atentado terrorista en Irak es infinitamente más sencillo que en Inglaterra o España.

El problema de un Estado es querer abarcar y controlar una cantidad demasiado grande de recursos sin la formación necesaria de precios de mercado. Precisamente por ello, cuanto más abarquen los objetivos del Estado, más tendrá que planificar sin los correspondientes instrumentos, ergo más se equivocará. Por eso mismo digo que dislocará los escasos medios disponibles en un gran número de frentes sin que ninguno de ellos esté cerrado. Poner un policía en cada aeropuerto implica dejar indefensas las estaciones de tren. Si los objetivos fueran más reducidos y factibles, descentralizadamente podrían conseguirse mucho mejor; y esto es del todo punto más cierto cuando los empresarios cuentan con precios.

Manel sigue apreciando contradicciones en mi post: ¿Dónde estabas tú cuando en clase se explicó el régimen hitleriano y su entramado de policía, Gestapo, SS, Wehrmacht, etc. (régimen, por cierto, al que, siendo estatal, tendrás que reconocerle la mayor eficacia genocida de la Historia; inaudito, lo sé: un Estado eficaz en algo) y dónde cuando explicaron la quiebra soviética? Aunque, te seré sincero, a la vista de tanta contradicción creo que subrepticiamente se te ha colado en el discurso mental que la posibilidad de que más opresión equivalga a menos terrorismo la consideras verosímil.

¿Te refieres al entramado policial que permitió veintitantos atentados contra el jefe de Estado? ¿Te refieres a la quiebra soviética ocasionada por la imposibilidad del cálculo económico? Por otro lado, tampoco el Estado es eficiente en las matanzas; los mataderos de animales son inmensamente más rápidos y precisos. En Camboya no contaban ni con instrumentos suficientes para ello; les aplastaban el cráneo con el pie. Por tanto no, como decía Rothbard, si algo nos salva del Estado es su ineficiencia, también en los genocidios.

Otro tema es si más Estado equivale a menos terrorismo. Que yo sepa la única vinculación de este tipo que he establecido es entre Estado y terrorismo interno; en otras palabras, más Estado supone más vulnerabilidad ante terrorismo externo procedente de sociedades más ricas. El resultado final dependerá, pues, del curso histórico determinado por acciones inciertas. Establecer este tipo de correlaciones a modo cuasi apodíctico poco ayuda.

El Estado, la perfección y la medición

Manel prosigue con su carrera de contradicciones y afirma que: Pero claro, en el fragor de un debate no puedes dar el brazo a torcer y prefieres especulaciones insólitas, amparado, siempre igual, en el maldito maximalismo de los extremistas. Hay que ser pinturero a toda costa: no te basta una buena dictadura, la quieres perfecta, sin mis décimas de error humano.

Aún ignorando cuándo y dónde he defendido una dictadura buena -salvo en las torcidas interpretaciones manelenses-, el argumento de la perfección sí tiene algo más de miga.

Mi razonamiento fue el siguiente, enlazado con la imposibilidad del cálculo económico anteriormente citado: ¿Realmente alguien cree que un Estado puede controlar a TODOS los individuos de una sociedad? ¿Que realmente puede controlar TODOS sus movimientos? Obviamente no. El Estado tendrá que organizar, desde arriba, TODA su fuerza policial; y eso abre agujeros, muchos agujeros. Se puede objetar que tampoco las empresas privadas conseguirían movilizar todos los recursos de los que hemos hablado en los anteriores párrafos. Cierto; pero a diferencia del Estado, la eficiencia privada nunca se ha basado en usar más, sino en usar mejor. El Estado tiene que suplir su ineficiencia con la cantidad, el problema es que mayor cantidad puede implicar incluso peor calidad.

Y la respuesta de Manel no puede sacar a relucir una peor interpretación: Acabas justo de reprochar -no sé a quién, a mí desde luego no (recuerdo que escribí que ningún Estado puede controlar todo su territorio)- que la dictadura perfecta no es posible por falta de medios. Y concedes que tampoco el sector privado podría reunir los medios suficientes para lograr la seguridad perfecta, pero no concluyes ahí el ejercicio comparativo, i.e., con un objetivo "ni Estado ni sector privado tradicional pueden con el sector privado rebelde". No, quiá, sería embarazoso para ti. Por eso te enzarzas en tomates de cantidad y calidad, que no tienen por qué ser antónimos, sobre todo cuando tú mismo, otra vez tus dichosos términos, has planteado el asunto en términos cuantitativos. Al objeto de desfacer el intolerable empate entre la imposible dictadura perfecta y la igualmente imposible seguridad perfecta, sales por la petenera de que la eficiencia privada se basa en usar mejor los medios, que es un argumento cualitativo.

La eficiencia consiste en el mejor uso de los recursos para conseguir los fines. Es y siempre ha sido un argumento cualitativo. Quien usa eficientemente los medios de los que dispone puede alcanzar antes y de manera más sencilla los fines. Manel, primero, cae en el error típicamente ecologista de creer que los medios están "dados" en igual medida para el Estado y el sector privado. No; el sector privado tiene que economizar, esto es, reducir los costes para ampliar su margen de beneficios sin incrementar los precios. Una reducción de costes supone una ampliación de las posibilidades de unos mismos recursos físicos. Si tenemos una cámara de vigilancia no hace falta colocar a un agente en ese punto. Si las cámaras de vigilancia duran cuatro años en lugar de dos, podemos doblar su número. Por tanto, el significado de la eficiencia privada es exactamente ese: hacer más con menos.

Luego Manel me recuerda que cantidad y calidad no tienen por qué ser antónimos. Curiosa manera de darme la razón cuando dije que el problema es que mayor cantidad puede implicar incluso peor calidad. Si puede ser que implique peor calidad, también puede ser que no lo haga. En otras palabras, mayor cantidad no tiene por qué ser mala, como dije en mi primer post.

El problema precisamente es que cuando el Estado controla una mayor cantidad de recursos su capacidad para planificarlos disminuye y, por tanto, el derroche aumenta. Esa es la razón por la que el Estado se burocratiza y se desconcentra, para intentar solventar el problema de información. Pero aun así, la estructura estatal, basada en la extracción de dinero por la fuerza sin ningún tipo de competencia para ello, impide que los problemas estructurales se solucionen.

No sólo eso, la pretensión y el deseo de controlar más recurso puede llevarlo a emprender planes más amplios para los que la capacidad del planificador disminuye aún más. Si para justificar incrementos del gasto en defensa, comenzamos una operación de "Libertad Duradera" internacional, obviamente la mayor cantidad de activos repercute en una mayor indefensión interna. ¿Dónde están las prioridades? Nadie lo sabe, no hay mercado.

Tras esto, viene la acusación de no seguir la prensa: En el sentido mencionado, añades falazmente que el Estado tiene que suplir su ineficiencia con cantidad. Señal de que no sigues muy de cerca la actualidad o de que los periódicos llegan con milenios de retraso a tu mullida torre de marfil. Los Estados que han sido objeto de atentados islamofascistas, todos ellos, hasta España, y cada uno a su modo y con el éxito que ya se verá cuando proceda, se han empeñado en mejorar la calidad de sus servicios de inteligencia a la par que en aumentar la cantidad de efectivos, porque cantidad y calidad no son incompatibles. Además, todos se han propuesto reorganizaciones de los cuerpos de seguridad, lo cual es síntoma evidente de una búsqueda de calidad.

Me temo que Manel no ataca en ningún momento el argumento de fondo. Como ya digo, las desconcentraciones y reorganizaciones de la estructura estatal son métodos a través de los cuales se intenta compensar la ineficiencia. Pero como ya he apuntado, el problema es que no existe ninguna medición y comprobación del error o acierto de sus modificaciones.

En otras palabras, ¿qué tipo de seguridad ofrecemos? ¿qué tipo de seguridad se necesita? ¿Unos mejores servicios de inteligencia? ¿Una mejor seguridad a pie de calle? ¿Mejores y más modernos ejércitos en el extranjero? ¿Dónde situamos los recursos? ¿De qué modo los expandimos? ¿A qué proyectos y operaciones renunciamos?

Se puede planificar cartesianamente, es cierto. Pero los límites de la razón aseguran el fracaso.

Y, en este sentido, Manel da un paso nuevamente equivocado: Ahora bien, si hemos de aprender de nuestros congéneres anarcoqués, aprendamos. Seamos maximalistas, conio. Dado que tú exiges que el Estado sea perfecto o lo fulminas, yo exigiré que el sector privado sea perfecto o lo tumbo de espaldas. Pues vale, actualmente apenas existen un par de centenares de Estados imperfectos e ineficaces frente a decenas de millones de empresas privadas imperfectas e ineficaces. Por goleada.

Yo no exijo al Estado que sea perfecto, sino que sea eficiente: Más Estado significa más ineficiencia y, por tanto, más facilidad para que el terrorismo actúe. Pero esta es una exigencia que no se le puede demandar al Estado. Ni aun con la mejor de las intenciones conseguiría serlo.

El problema, sin embargo, es muy otro. La acción humana implica elección y la elección implica la posibilidad de error. El error es un componente inseparable de la acción. Nadie asevera que los empresarios no puedan equivocarse, sino que el Estado tiene que equivocarse. El mercado garantiza que ex ante todos los fines perseguidos sean los prioritarios y que todos los medios sean usados de la manera más eficiente.

La diferencia entre la ineficiencia pública y la privada es que la primera se consolida y la segunda desaparece. Una empresa privada ineficiente se extingue ahogada en las pérdidas; un Estado ineficiente, primero no puede saber que lo es, y segundo le bastaría con incrementar los impuestos.

Aparte, existe una nueva contradicción manifiesta en el argumento de Manel. La ineficiencia de unos empresarios supone la mayor eficiencia de otros. Un empresario quiebra porque ha comprado demasiadas ruedas (y ese exceso en uno es el beneficio del otro, esto es, ha conseguido convencerle para que compre más de lo que lo hubiera hecho); si para Manel las mafias son iniciativa privada, la ineficiencia de las empresas privadas de seguridad se afirmaría con la mayor eficiencia del terrorismo. Por tanto, el sector privado seguiría siendo eficiente.

Por supuesto este argumento no tiene sentido. No tanto por el primer ejemplo (las pérdidas empresariales suponen el consumo de otro empresario), sino por el segundo, el que se sigue directamente de las premisas de Manel. Las mafias no son sector privado, una victoria de las mismas no implica una victoria del mercado. Sin embargo, tampoco supone una derrota del mismo.

En cambio, así lo cree Manel: Una empresa debe enriquecer a sus dueños, y si no los convierte en los más ricos del mundo es igual de ineficaz que un Estado que no protege a sus ciudadanos en toda ocasión de todo posible acto terrorista o mafioso. Un atentado terrorista lo has definido antes como "derrota del Estado"; por tanto, un insuficiente enriquecimiento empresarial cabe definirlo como "derrota del sector privado". Moraleja: olvídate de maximalismos, que los cargan los fanáticos y solo justifican a los idiotas.

Confieso que me sorprende la afirmación de Manel de que, un atentado terrorista lo has definido antes como "derrota del Estado", conociendo su exquisita aversión a las tergiversaciones. Repasemos mi frase: La conclusión, más bien, debería ser que un terrorismo eficaz hay que combatirlo eficazmente. Es decir, el terrorismo internacional es capaz de derrotar al Estado no por ser diminuto, sino por ser Estado.

¿Un atentado terrorista es igual a "el terrorismo internacional"? Vaya Manel, cosas veredes. No sólo eso, ni siquiera he dicho que el terrorismo internacional supone "la derrota", sino que "es capaz de derrotar". Pero es que hay más, tal conclusión es una derivación de la precedente exposición de que el Estado grande debilita al Estado frente al terrorismo exterior. Por tanto, un poco de fidelidad al texto.

Lo que me sorprende es la expresión "insuficiente enriquecimiento empresarial". La riqueza siempre es insuficiente, en primera instancia debido a la escasez. Calificar el enriquecimiento como insuficiente y, por tanto, ineficiente traza un rumbo errático. Los beneficios, en cualquier caso, suponen un uso eficiente de los recursos. Jugar con las palabras para que lo eficiente pase a ser ineficiente por insuficiente no dice mucho a favor de la argumentación de Manel.

Sobre todo cuando se olvida de que un componente del beneficio empresarial son los costes de oportunidad, esto es, que si subsisten los beneficios, los recursos (entre ellos el tiempo del empresario) se están usando de la mejor manera posible. ¿Ineficiencia? Bueno, entonces todo es ineficiente.

Manel me acusa reiteradamente de caer en el maximalismo; él prefiere el reduccionismo. Ya van dos: las mafias son privadas. Dado que todo es igual, nada destaca por encima del otro. Las mafias son iguales a las empresas privadas, la ineficiencia estatal es igual a la ineficiencia (¡con beneficios!) privada. Da igual una cosa o la contraria, no es posible establecer qué es mejor o peor a través de criterios de eficiencia. Buen intento, pero en vano.

Pero concretemos un poco más. He dicho antes el terrorismo no supone necesariamente la derrota de las empresas de seguridad privadas: El planificador no es consciente de sus limitaciones, pues tiene la obligación de ser maximalista, de acabar él solo con el terrorismo. Tiene que planificarlo todo, sin recurrir a la conciencia de otros seres humanos; sin tener un patrón con el que medir sus errores. Los empresarios tienen que conseguir más a través de menos y esto se traduce en eficiencia. El Estado cada vez consigue menos a través de más, esto se llama socialismo. Y la forma de nuestra organización policial, desgraciadamente, es socialista.

Ahora que releo este extracto, he de reconocer que la expresión "sin recurrir a la conciencia de otros seres humanos" no tiene un sentido exacto (la idea de fondo es la misma: el planificador no tiene acceso a la información dispersa, tácita y subjetiva de los individuos, pero no está bien redactada). En cualquier caso, el auténtico sentido es "sin recurrir al mecanismo de los precios".

Manel a todo esto dice primero: Sorpresa de última hora: los planificadores hace años que han descubierto, y que pregonan, que es necesaria la cooperación internacional para acabar con el terrorismo. Estás anclado en cierta libritis decimonónica, compatriota, toca regenerar ideas y ponerse al corriente de lo que pasa fuera del anarcoqué. Ningún país, ni el Gran Demonio Unilateral, piensa que puede acabar él solo con el sector privado rebelde.

Vuelve a sorprender la calificación de "sector privado rebelde", el reduccionismo del que hablábamos antes. Pero, en todo caso, Manel aquí se va a Úbeda, pasando por Babia. No me estoy quejando de que los políticos no quieran recurrir a otros políticos de otros países. Eso sería como quejarse de que los ciegos no cogen de la mano a otros ciegos para cruzar la calle.

Las limitaciones del planficador no son que no conozca lo que acaece en otros países, sino que no conoce lo que pasa en el suyo, ni siquiera en su organización. No tiene los mecanismos suficientes para conocer el fracaso o el éxito de sus acciones; para actuar y satisfacer a los consumidores. Y esto no se arregla porque Manel apunte que Ese modélico planificador (...) son un conjunto de miles de personas, JR. La cuestión es cómo operan esas personas, a través de qué. Sin propiedad privada y precios de mercado no es posible planificar, en ningún ámbito. No estoy diciendo nada nuevo, es el teorema de la imposibilidad del socialismo. El político no puede acumular toda la información útil para dar con una estructura de capital adecuada con la que proveer a la sociedad. Requisa recursos de un lado para colocarlos en otro, pero sin precios no hay costes y sin costes no puede calcularse la corrección de la actuación. Nuevamente, ¿cuánto hay que gastar en seguridad? ¿En qué proyectos? ¿En qué modalidades de seguridad? ¿Durante cuánto tiempo? ¿En qué tipos de bienes: duraderos o de consumo? ¿Cómo organizamos la policía eficientemente? ¿De dónde extraemos el dinero para financiarlo todo? ¿Cuánto pagamos a los policías? ¿Qué criterios establecemos para premiar, promocionar y degradar? Y lo más importante, ¿cómo sabemos que estamos acertando en nuestras decisiones?

Pero, como ya digo, Manel se confunde en el patrón de medición: Y luego eso de que el arquetípico planificador carece de patrón con el que medir sus errores, como si un atentado no indicara un error o una cadena de errores. Oye, en serio, cambia de quiosquero

Un atentado no supone necesariamente una cadena de errores, a no ser que Manel vuelva al modelo de planificador público o privado del que antes hablaba. La ocurrencia de atentados no supone que el Estado o el sector privado lo esté haciendo mal, en ocasiones no se puede hacer mejor. En otras palabras, ¿el número de atentados indica que el Estado lo hace bien (si no actuara así habría más) o que lo hace mal (podrían reducirse a cero).

Una empresa privada sabe si está actuando correctamente a través del sentimiento de seguridad de sus clientes. Si los clientes juzgan que una mayor seguridad es posible, migrarán a otra compañía y ésta quebrará. Si los clientes asumen que la inseguridad se debe a la falta de medios, estarán dispuestos a pagar más. Si creen que la empresa no puede funcionar mejor y que abandonarla o cambiar a otra empeoraría su situación, se quedarán en ella. Es decir, como decía Niskanen, los beneficios son la línea de flotación de las empresas.

¿Pero qué hace el Estado? ¿Qué beneficios tiene? Ninguno, no se mueve a través de precios de mercado. ¿Suponen las elecciones una confirmación de que las cosas se hacen bien? Difícilmente. Primero, porque las decisiones de la mayoría vinculan a la minoría (que puede ser casi de la mitad de la población) disidente. Segundo, porque el tiempo de revalida es muy prolongado. Y tercero, porque las elecciones pueden ganarse por otros motivos (como "el talante"). Los políticos carecen de un patrón para saber si se están actuando bien o mal.

Manel negándolo sólo se estrella contra un muro. Su visión del Estado es demasiado idílica, demasiado perfecta, demasiado racional. Incluso el mismo Rumsfeld admite su incapacidad para saber si están actuando bien: Today we lack metrics to know if we are winning or losing the global war on terror o Is our current situation such that "the harder we work, the behinder we get"?

Cambiaré de quiosquero.

Y además Manel se confunde de argumento a rebatir: Y como traca final, que un empresario nunca falla, nunca quiebra, nunca yerra, nunca comete fraude, nunca viola la ley civil o penal. No señor, un empresario consigue más por menos y eso es eficiencia. Pensándolo mejor, no cambies de quiosquero. Así de robinhood de la jungla tienes cierto encanto que tal vez perdieras de abrir el otro ojo. Pero te informo de que la realidad, de serie, viene en estéreo.

Bueno, yo en ningún sitio digo que el empresario nunca falla. Simplemente es ridículo, casi tanto como pretender imputármelo. La diferencia es que los fallos del empresario suponen su desaparición -o la minora de los recursos que controla- y los fallos del Estado abren la puerta a un mayor control de recursos. Los fallos de un empresario son los aciertos de otro. El Estado no sabe ni cuándo falla ni cuándo acierta, a menos que haya estudiado un poco de teoría económica para saber que siempre falla.

Las mafias como empresas privadas

En su primer post Manel afirmó lo siguiente: Por lo demás, ¿cómo abrirse a más iniciativa privada en el sector de la seguridad si la que conocemos es gansteril? Probablemente, más iniciativa privada estimularía más mafias.

Bien, no sé como interpretan ustedes que "la que conocemos es gansterial". Yo así: Aparte de que, obviamente, es falso que la seguridad privada que conocemos sea gansteril -o en ese caso, siguiendo las cifras que Manel extrae de Esplugas habría que concluir que las mafias cuentan en EEUU con el doble de capacidad que el Estado-, el argumento de fondo no se sostiene. ¿Todas las agencias de seguridad privada son mafias? ¿Los detectives privados son peligrosos imitadores de Al Capone? ¿Los guardaespaldas ruines malhechores dispuestos a explotar a su cliente? No sé qué tipo de iniciativa privada conocerá Manel, pero semejantes frases descalifican todo el argumento

Si todas las mafias son privadas(con la sana excepción del Estado, claro está), ¿todas las empresas de seguridad privada son mafias? Planteemos un juego similar, si todos los genocidios son perpetrados por Estados, ¿todos los Estados son genocidas? En ese caso, la seguridad socialista sería infinitamente peor que la privada, aun cuando esta implicara el reinado de las mafias. Non sequitur.


A Manel esta interpretación le ha enojado especialmente: Esto ya no son tergiversaciones ni loterías; es directamente una rifa amañada.

Y plantea una serie de preguntas:

1º. ¿Dónde he dicho que la seguridad privada que conocemos sea gansteril? Cita exacta, plis. Tergiversación 1 - Manel 0.

Vuelvo a citar del primer post de Manel: Por lo demás, ¿cómo abrirse a más iniciativa privada en el sector de la seguridad si la que conocemos es gansteril? Probablemente, más iniciativa privada estimularía más mafias.

"Si la iniciativa privada en el sector de la seguridad que conocemos es gansteril" me suena bastante similar a "la seguridad privada que conocemos es gansteril".

2º. Siguiendo las cifras que extraigo de Esplugas: ¿dónde digo que las mafias estadounidenses cuentan con el doble de capacidad que el Estado? Tergiversación 2 - Manel 0.

Manel, lo que pasa por no leer. ¿Dónde digo que tu hayas dicho eso? Repasemos mis palabras: Aparte de que, obviamente, es falso que la seguridad privada que conocemos sea gansteril -o en ese caso, siguiendo las cifras que Manel extrae de Esplugas habría que concluir que las mafias cuentan en EEUU con el doble de capacidad que el Estado. "En ese caso...habría", ¿dónde te imputo nada

3º. ¿De dónde sacas que aprovecho las cifras de Esplugas para exponer ningún argumento de fondo? Tergiversación 3 - Manel 0.

¿Dónde digo yo que aproveches las cifras de Esplugas para exponer un argumento de fondo? Nueva lectura apresurada. Tu argumento de fondo, creí entender, es que la iniciativa privada en el sector de la seguridad que conocemos es gansteril. Pero mostrar lo insostenible de "este" argumento de fondo, utilizo YO las cifras que luego empleas TU y que pertenecen a Esplugas. Por eso lo pongo entre guiones, si lo eliminas, la frase queda así: Aparte de que, obviamente, es falso que la seguridad privada que conocemos sea gansteril, el argumento de fondo no se sostiene. ¿Dónde relaciono las cifras de Esplugas con tu argumento de fondo?

4º. Yo no creo haber dicho que las agencias de seguridad sean mafias ni que los detectives privados sean peligrosos imitadores de Al Capone ni que los guardaespaldas etc. Si es así, cita la frase exacta. Tergiversación 4 - Manel 0.

Tampoco digo que tu hayas afirmado textualmente nada de los que me imputas. Lanzo preguntas retóricas relacionadas con tu cuestión inicial de que: ¿cómo abrirse a más iniciativa privada en el sector de la seguridad si la que conocemos es gansteril? Si ello es así, entonces todos los detectives privados "que conocemos" son imitadores de Al Capone.

Tampoco, para evitar suspicacias, puedes agarrarte a la afirmación de cierre: No sé qué tipo de iniciativa privada conocerá Manel, pero semejantes frases descalifican todo el argumento. Como lector habituado deberías comprender que las frases tuyas que descalifican tu argumento no son las mías, sino las reflexiones del estilo: Por lo demás, ¿cómo abrirse a más iniciativa privada en el sector de la seguridad si la que conocemos es gansteril? Probablemente, más iniciativa privada estimularía más mafias.

A continuación, para facilitar la tarea de responder a las preguntas, Manel intenta explicar qué dijo realmente:

1º. Por lo demás, ¿cómo abrirse a más iniciativa privada en el sector de la seguridad si la que conocemos es gansteril?, dicho en referencia a la mafia <--no es lo mismo que--> "la seguridad privada que conocemos es gansteril". Por tanto, corrijamos el marcador Dardo: Tergiversación 0 - Manel 1.

Manel, el significado de ciertas frases se puede estirar hasta ciertos límites. Opciones:

a) Iniciativa privada en el sector de la seguridad igual a mafia. "la que" sustituye a "iniciativa privada en el sector de la seguridad" que era una perífrasis de mafia. Bueno, volvemos al reduccionismo. En todo caso, replanteemos. Si iniciativa privada en el sector de la seguridad=mafia, entonces las mafias son gansteriles. Bien. ¿Puede haber una iniciativa privada en el sector de la seguridad no mafiosa y por tanto no gansteril? Si es así, ¿por qué no preguntas ¿cómo abrirse a más iniciativa privada mafiosa en el sector de la seguridad? No sólo eso, ¿a qué viene la pregunta? ¿Quién quería abrirse a más iniciativa privada mafiosa si estábamos diciendo que había que combatirla? Por tanto, interpretación poco verosímil
b) Más iniciativa privada es necesariamente mafiosa. "La que" sustituye a "más iniciativa privada en el sector de la seguridad". Básicamente estarías afirmando lo mismo, a no ser que petrificaras las agencias.

La única interpretación verosímil a la que no se le aplique un severo correctivo a posteriori es que "la que" sustituye a "iniciativa privada en el sector de la seguridad." En otras palabras, sin recurrir a sustituciones: "la iniciativa privada en el sector de la seguridad que conocemos es gansteril". ¡Vaya! Es muy distinto a "la seguridad privada que conocemos es gansteril. Desde luego.

2º. Siguiendo las cifras que extraigo de Esplugas: el aumento de seguridad privada no implica un aumento apreciable (o similar) de detenciones ni un mayor índice de confianza ciudadana. Para ser cabales desde un punto de vista estrictamente privaticoide, al porcentaje de la frase "menos del 20% de los delitos denunciados terminaron con detención" podríamos descontarle un porcentaje equivalente al promedio del aumento de medios (285,5% y 432,9%) y salir de dudas. Comoquiera que parece inverosímil que ello se te ocurr... er... déjame pensar... sí, venga, pese a todo lo que has replicado, digamos que parece inverosímil que se te ocurra operar tal reducción porcentual, la conclusión de las cifras de Esplugas no es que yo contemple una mafia el doble de capaz que el Estado sino la que dije: el gasto en seguridad privada... ¿como dirías tú?, ¡ah, sí!, ha sido ineficaz. Tergiversación 0 - Manel 2.

Repitamos lo que ya le dije en el primer post sobre la, digamos, "particular" interpretación de las cifras de Esplugas: Me sorprende que Manel yerre tanto en este punto. Primero porque Esplugas en ningún momento ha hablado de un aumento del crimen entre 1964 y 1980. Segundo y principal, porque se trata de cifras que corresponden a la seguridad pública y no de la privada. Y tercero, porque, aun obviando los dos primeros puntos, cabe la posibilidad de que la delincuencia hubiera aumentado mucho más o se hubiera recrudecido en mayor medida en caso de que las agencias privadas no crecieran en un 285%.

Menos del 20% de los delitos denunciados "a la policía pública" terminaron con detención. ¿Cómo diría yo? Ah sí, ineficiencia estatal. Una pena. ¿Por qué perseveras en esa interpretación incorrecta de los datos cuando ya se te ha explicado que no son datos sobre detenciones/denuncias en el sector privado?

3º. Mi no argumento de fondo con las cifras de Esplugas es: "¿y qué diantres de repercusión -de buena repercusión, quiero decir- tuvo entonces en Estados Unidos el espectacular aumento de la seguridad provista por el mercado entre 1964 y 1981, aparte de no aumentar en idéntico modo el número de detenciones ni las denuncias y de costar a los contratadores (Gobierno federal incluso) one egg and the yoke of the other? Joer, con semejantes defensas de lo privado...". Porque salta a la vista la flagrante contradicción entre el aumento de seguridad privada de 1964 a 1981, que se destaca como un mérito o algo saludable, y el penoso balance de 1982, que se apunta para contrastar no sé qué contra la eficacia de la policía estatal. Sigo preguntando: ¿de qué cojones vale tanta seguridad privada añadida? ¿Quieres decir, tú o Esplugas, que sin ese plus de seguridad privada las detenciones no serían del 20% sino del 2%? ¿Y quieres, para redondear la faena, que yo vaya y me lo crea? ¿O acaso será más creíble comprobar cifras de 1963? No tengo ganas de buscar mucho, pero si te vale esta tabla de Maryland...

Nuevamente, Manel cae en el error absurdo. Repitamos: las cifras de Esplugas son de denuncias en el sector público y de detenciones por el sector público. De hecho, la interpretación de Manel no puede ser más rocambolesca. La seguridad privada no sirve de nada pero les cuesta a los contratadores one egg and the yoke of the other. ¿Y por qué siguen contratándola? Aquí encontramos una diferencia esencial con el sector público: si la gente mantiene el contrato es porque considera que ese egg and the yoke of the other les resulta útil.

Y desde luego, la tabla de Maryland no le ayuda a Manel a aclararse pues son datos del FBI, Uniform Crime Reports. FBI, agencia estatal, seguridad pública.

Quizá donde Manel intente agarrarse es en los siguientes datos:

1963: Población 3.289.000 / Delitos denunciados: 140.904 / Delitos por habitante: 0.042

Tras el espectacular aumento de seguridad privada:

1982: Población 4.265.000 / Delitos denunciados: 512.856 / Delitos por habitante: 0.120

Y ahora, a la luz de un aumento de las denuncias de un 365% (caprichos del destino: la media de los dos porcentajes de aumento de Esplugas es 359%), háblame de eficacia privada.


Pero si éste es un ejemplo de tratamiento estadístico, vamos arreglados. En teoría, si el sector privado es tan eficiente, ¿por qué aumentan las denuncias en el público? Querer extraer conclusiones con estos datos es totalmente sesgado. Primero, que el doble de la seguridad privada sea pública no significa que nadie acuda a la pública (en cuyo caso ya habría desaparecido). Y segundo, si aumenta el crimen, una misma persona que no tenga contratada seguridad privada puede sufrir un aumento del número de delitos que se traducirá en un aumento del número de denuncias en la seguridad pública. Sin datos de la privada me parece que Manel sólo intenta salvar los muebles.

4º. Como no soy consciente de haber escrito que las agencias de seguridad sean mafias, etc., no puedo sino quedar a la espera de que señales dónde lo he deslizado. Tergiversación 0 - Manel 4.

Bueno, la inconciencia también juega malas pasadas.

¿Mantenemos el marcador? Visto lo visto haré mías unas palabras tuyas, pocas veces se han retorcido mis palabras con tanta impericia y falta de pudor. Aunque tú, pericia tienes, Manel.

Hasta aquí el primer comentario a la al primer fisking-guerraypacing de Manel, habida cuenta de la extensión del segundo, no puedo asegurar que mañana esté la segunda parte. Aunque creo que hay suficiente material para dejarlo reposar unos días.
La esencia del Estado: tanto para nada (I)

Manel ha contestado parcialmente al post que empleé para responderle. Habida cuenta de que el suyo es suficientemente largo y de que ya contiene suficientes elementos criticables, paso a fiskearlo.

Por cuestión de claridad las citas de Manel del primer post irán en rojo, las mías del post anterior en azul y las de Manel de su segundo post en verde.

Dónde prosperan las mafias

En su primer post Manel sostuvo que: En un Estado dictatorial, que lo ocupa todo comorojo una hidra y en el que por cada notario hay cien mil policias secretas y por cada subsecretario cincuenta y dos centros de reeducación, episodios como el de los camiones valencianos saboteados no suceden. Prueba superada, que decía aquel. En un Estado democrático, en cambio, con más huecos que las hombreras de Zapatero, sí son factibles, y también en las variedades estatales permisivas que hay entrambos, y es deseable que así sea si se trata de no perder libertad de acción.

Yo le respondí que: Aunque no esté de acuerdo, asumiré que Manel utiliza Estado dictatorial para lo que yo entiendo como Estado grande e intrusivo y Estado democrático como Estado pequeño y ampliamente "limitado". En otras palabras, para Manel el Estado total conseguiría la inexistencia de mafias privadas casi al 100% y el Estado democrático tiene que conformarse con un porcentaje menor.

Y Manel contesta lo siguiente: Pues no, Juan Ramón: cuando digo Estado dictatorial me refiero a una dictadura en el sentido político tradicional, y cuando digo Estado democrático me refiero a una democracia en el sentido político tradicional. Ninguna necesidad de parafrasearme, nada de tamaños ni de traducirme al eaquense. Una dictadura la rige un dictador no sometido al pueblo ni a controles independientes, y una democracia la dirige un político elegido por el pueblo y sometido a él y cuya labor fiscalizan terceros con capacidad bastante para, llegado el caso, obligarle a dimitir.

Interesante pero insuficiente. Si el argumento de Manel es que una dictadura puede acabar con la delincuencia porque En un Estado dictatorial, que lo ocupa todo como una hidra, me está dando la razón en que Manel utiliza Estado dictatorial para lo que yo entiendo como Estado grande e intrusivo. A menos que Manel crea que el dictador está obligado a expandir su poder (¿obligado por quién? ¿quién está por encima del dictador?), lo que califica al Estado supereficaz de Manel no es la forma de gobierno, sino la extensión de su poder. De la misma manera, una democracia puede ser absolutamente intrusiva y restringir las libertades de los ciudadanos en mayor medida que algunas dictaduras. Podemos nombrar a Venezuela o Rusia; aunque claro, eso no son "auténticas" democracias.

Luego Manel me reprocha mi mal uso del condicional. Recordemos, yo dije: En otras palabras, para Manel el Estado total conseguiría la inexistencia de mafias privadas casi al 100% y el Estado democrático tiene que conformarse con un porcentaje menor. Y Manel replica: escribí, y sostengo, que las dictaduras han conseguido (no conseguirían) la inexistencia prácticamente total de mafias privadas. Ejemplos proliferan: URSS y su bloque, Alemania nazi, España franquista, Camboya polpotiana, Cuba castrista...

Aquí hay que matizar varios puntos. Si entendemos mafia como una organización estable dedicada a cometer delitos, entonces si se reducen de manera considerable. En ningún momento dije otra cosa (si bien lo atribuí, como luego repetiremos, a causas distintas): No habrá armas ni medios al alcance; el tiempo de organización será escaso y las posibilidades de evitar ser descubiertos por la policía estatal (por muy torpe que sea), son escasas.

Ahora bien, si entendemos mafia como el desarrollo de un comportamiento delictivo continuado, aun cuando sea de personas individuales, entonces la afirmación de Manel no es en absoluto cierta. El mercado negro en la URSS era enorme; los individuos transgredían continuamente las leyes soviéticas de manera que al final muchos eran apresados -pero muchos otros no. Los objetivos de esta gente, como ya dije en el primer post, eran la provisión de comida y el mercado negro era un ámbito en el que podían mejorar su precario bienestar.

De la misma manera, en los términos del Estado cubano, la producción de balsas para escapar de la isla supone un delito y, sin embargo, el Estado dictatorial no ha sido capaz de evitar que millones de cubanos hayan huido de la isla-cárcel.

No había asociaciones entre los distintos traficantes o entre los balseros, pero a efectos de probar la ineficiencia estatal basta. La URSS o Cuba no fueron capaces de combatir eficientemente lo que ellas calificaron como crimen; esto ilustra las lagunas de seguridad de sus Estados, de manera que si no se cometen o cometieron actos terroristas, como también dije, no ha sido debido a la magnífica seguridad comunista, sino a la falta de interesados autores.

Aparte, como ejemplo de Estado dictatorial incapaz de terminar con las mafias sólo tenemos que recurrir al primer post de Manel: La iniciativa privada de las tribus domina extensiones de Pakistán tan grandes como España, a las que el Estado paquistaní debe acercarse como quien entra en territorio apache: con la caballería por delante disparando a todo lo que se mueve.

Mafias e iniciativa privada

En mi post comenté: Ejemplos de Estados dictatoriales con terrorismo los encontramos en la España de Franco; ejemplos de Estados democráticos intrusivos con terrorismo lo tenemos en la Rusia de Putin. Incluso en una dictadura totalitaria como la URSS encontramos frecuentes actos de terrorismo y sabotaje.

Y Manel pregunta: ¿Ejemplos de qué, Juan Ramón? ¿De que el Estado es ineficaz o de que el terrorismo es una forma superior de iniciativa privada? Obviamente, ejemplos de Estados que no pueden combatir la delincuencia, a pesar de ser dictaduras. Por supuesto el terrorismo no es una forma superior de iniciativa privada; por dos motivos. Uno porque aun cuando la iniciativa del terrorismo sea privada, como ya dije, no reconoce la privacidad ajena y, por tanto, atenta contra la iniciativa privada (de manera similar al Estado: La mafia utiliza su propiedad privada para atacar otra propiedad privada: desarrolla un comportamiento típicamente estatal. Su iniciativa privada no se basa en las relaciones voluntarias y en LA propiedad privada). Y segundo, porque en todo caso se trataría de una forma inferior de iniciativa privada: Las mafias integran demasiadas funciones (empresario de defensa y empresario de contrabando) y basan parte de su financiación en expoliar a quienes dicen defender (a través de contribuciones coactivas). Esto significa que: a) en buena medida su crecimiento, vía competencia, se estanca, b) las mafias no aprovechan la división del trabajo y la riqueza de la población.

Claro que, habiendo dejado claro que las mafias son, de la misma manera que el Estado, un enemigo de la propiedad privada, Manel persevera en el error: Fíjate, donde tú aprecias ineficacia estatal y por tanto, en plan maximalista, te sientes animado a rechazar la propia existencia del Estado, otros pueden ver que la iniciativa privada es perversa per se y en consecuencia, en plan maximalista, se sientan animados a reducirla al mínimo microbiano.

Y donde yo aprecio una relación voluntaria empresario-trabajador otros aprecian explotación. La cuestión es cuál de las dos apreciaciones es correcta, no cuántas disparatadas visiones pueden llegar a tenerse de un mismo hecho. La afirmación de que la iniciativa privada es perversa per se no se sostiene de ningún modo. Primero, porque como también dije en el anterior post, si englobamos en una misma categoría la "iniciativa privada" de las mafias y la de las empresas, entonces las actuaciones del Estado serían iniciativa privada (de los representantes del poder constituyente-propietario), todo sería privado en tanto "el público" sólo actúa a través de órganos y esos órganos son al fin y al cabo personas individuales. Y segundo, porque estamos ante un nuevo non sequitur: que exista el mal no implica que sólo exista el mal.

El anterior comentario lo utiliza Manel para exponer una interesante analogía: Lo que a ti te resulta palmario (si el Estado no puede con el terrorismo, eliminemos el Estado), a otros es lo contrario lo que les resulta manifiesto (si con este tipo de Estado no podemos con el terrorismo, endurezcamos la legislación y/o la represión). Bienvenido al ambiguo gris de la vida humana. Últimamente, viz Reino Unido, los segundos ganan.

Primero, no creo que haya contradicción entre ambas interpretaciones. Que yo crea que el Estado es ineficaz no significa que no crea que un Estado menos torpe es posible, como ya dije: ciertamente más Estado no es bueno; y "mejor" es menos malo. Sin embargo, a mi modo de ver, mejor Estado no es aquel que endurece la legislación y/o la represión, incluso para combatir el terrorismo. Segundo, yo no he derivado la incapacidad del Estado para combatir el terrorismo del hecho de que "algunos" Estados no puedan hacerlo. Lo he fundamentado en la teoría de la imposibilidad del socialismo y de la planificación centralizada de las sociedades. Aunque Manel ya haya pasado por este párrafo, conviene recordarlo: El problema de este planteamiento es que pasa por encima del problema de la ineficiencia estatal. Un Estado total no consigue una "sanidad perfecta" o una "producción de alimentos completa"; de la misma manera -y por la misma razón- no sería capaz de eliminar la delincuencia "casi al 100%".


Pobreza y delincuencia

Como he señalado más arriba, las mafias han prosperado menos en sociedades totalitarias pero por razones distintas a las que apunta Manel: Las sociedades donde sus Estados se convierten en regímenes cercanos al totalitarismo, llevan aparejada la pobreza material de la gente. No hay respeto por la propiedad privada y los planes privados no llegan a materializarse.

Las sociedades más ricas pueden alcanzar niveles de sofisticación en todos los ámbitos (comunicación, armamento, dirección...) que facilitan la organización de mafias. Pues bien, la conclusión que extrae Manel de estas palabras es que la culpa de que haya que lamentar la ineficacia del Estado frente a la iniciativa privada del terrorismo la atribuyes a la pobreza material de la gente. Guau.

Felicidades, he dicho todo lo contrario: que el terrorismo interno sea casi inexistente en las sociedades con Estados se debe, no a su ineficacia como proveedor de seguridad, sino a su eficacia como destructor de riqueza. No hay que lamentar ninguna ineficacia del Estado porque, a pesar de su torpeza, las mafias no llegan a prosperar (Aun así no estoy negando que los actos terroristas sean menos frecuentes en regímenes totalitarios que en democracias). Que el Estado no sea víctima continua del terrorismo interno en esos países lo atribuyo a la pobreza material de la gente, no sólo por falta de "medios" adecuados, sino por dislocación de los incentivos. Guau.

Me sorprende que, diciendo exactamente lo contrario que ZP (esto es, que la pobreza no sólo no es causa del terrorismo, sino que es un freno), Manel concluya que nuestras ideas son similares: ¿Original? No mucho: puro catecismo apaciguador, si se me permite la observación. De ahí que enseguidita, y caído de las nubes allende el arcoiris, saques a colación a ZP para desmarcarte de él, pero con muy escaso ingenio y con ideas que te perseguirán bastante tiempo cual fantasma inglés a turista crédulo.

Y tal interpretación sorprende porque, inmediatamente después, Manel pasa a refutar mi auténtico argumento (¿a qué venía entonces endosarme la idea de que la culpa de que haya que lamentar la ineficacia del Estado frente a la iniciativa privada del terrorismo la atribuyes a la pobreza material de la gente?): Primero la pobreza material de la gente impide a nadie conseguir un litro de gasolina con el que hacer un cóctel molotov o les impide arramblar con unas balas para el pistolón del abuelo, de hecho la gente en una dictadura es tan pobre tan pobre que carece hasta de planes que materializar. Después sueltas impávido que eso es un argumento contra el terrorismo. Y por último que su pobreza es tanta que ni tiempo tienen de pensar en otra cosa que no sea conseguir comida, arrebatándosela al vecino de chabola si es preciso, y por ello, de puro precipitados que viven, la policía -estatal o anestatal*- nunca tendría dificultades en atraparles

Primero, un país donde no existe agricultura difícilmente va a desarrollar una industria armamentística de manera privada. La cuestión es simple: durante todo el tiempo que están fabricando las armas, ¿qué comerán los trabajadores? Si no hablamos de recurrentes hambrunas, planes imposibles y pobreza universal, no estamos hablando de totalitarismo. Todo ello tendrá que venir de fuera, financiado por individuos suficientemente ricos como para desear que en el interior de un país totalitario surja el terrorismo.

Segundo, por eso mismo, la distinción que hace Manel entre terrorismo en dictaduras y terrorismo en democracias es irrelevante. Una democracia que sea intrusiva (que lo ocupa todo como una hidra) será una democracia pobre (abundantes ejemplos tenemos) y a menos que importe materiales y terroristas, no se desarrollará ningún tipo de actividad mafiosa a gran escala. Una dictadura no intrusiva (donde el dictador se autolimite) será una sociedad rica, donde el terrorismo podrá encontrar medios para reproducirse. Y a medio camino entre ambas situaciones, tenemos casi el mundo entero, es decir, Estados no lo suficientemente represivos como para causar hambrunas y eliminar la creación de riqueza, y donde el terrorismo prosperará en mayor medida. Es decir, en las sociedades donde el Estado es muy poderoso no es que el Estado se vuelva efectivo cuando crezca -más bien todo lo contrario-, sino que los individuos se vuelven torpes -se les priva de los medios que podrían ser usados para cometer terrorismo. Lo que en otras palabras viene a decir: un Estado liberal que monopolice la provisión de seguridad permitirá una gran creación de riqueza que alentará el terrorismo, y dada su torpeza e ineficacia, cada vez le será más difícil combatirlo. Vamos, que sin desarrollo de la industria aeronáutica no hay 11-S.

Tercero, como consecuencia de todo ello, en sociedades pobres haya menos atentados terroristas que en las ricas (a no ser, claro está, que se importen medios materiales y humanos). Sí habría ciertas formas de crimen privado muy poco desarrollado (desde la perspectiva del déspota, por ejemplo, el mercado negro, como ya hemos dicho), pero no ataques continuos de envergadura. También hay que sacar a colación otro punto que creo no haberlo comentado. Que las sociedades ricas permitan un mayor nivel de terrorismo no significa que este vaya a materializarse. Más allá del Estado, existen una serie de instituciones más o menos comunes a las sociedades ricas; entre ellas un generalizado grado de respeto por la vida y por ciertas manifestaciones de la propiedad privada.

Manel, frente a esto, se sorprende: No diré que no es genial, aunque me queda la curiosidad de saber en qué cuento, o en qué siglo, viven esos pobres tan pobres que no tienen ni siquiera planes.

No hace falta acudir a un cuento o a otro siglo, basta con observar el caso de los países socialistas -de los que también hemos estado hablando-, donde la planificación individual está sometida a la arbitrariedad de la planificación central.

Y en este punto es donde Manel pierde completamente el hilo: Quicir, por no salirnos del estrellato dictatorial y no descender a los subalternos, a lo largo de la Historia ha habido atentados contra Lenin, Stalin, Mussolini, Hitler, Franco, Castro, Saddam Hussein..., ergo tus pobres deben vivir en otro lado que las más famosas dictaduras conocidas, acaso en una dimensión paralela repleta de tiranías sauronianas.

Las contradicciones saltan a la vista. ¿No eran los Estados totalitarios los mejor preparados para conseguir la inexistencia de mafias privadas casi al 100%? ¿Entonces como es posible que Hitler sufriera veintitantos atentados? ¿Acaso la omnímoda seguridad de las dictaduras deja de serlo para el dictador? ¿Acaso no fracasa el Estado TOTAL incluso allí donde la seguridad es especialmente extrema?

Pero, cosas de la vida, quien incurre en contradicciones soy yo: dado que tú mismo, arriba, alegabas la existencia de terrorismo privado en unas selectas dictaduras, ergo te desmentías antes de hora, me siento tentado a pensar que estos dos parrafitos se te han colado inadvertidamente por no releer lo escrito.

No sé quién debería releer lo escrito. Voy a facilitar la tarea: Aun así no estoy negando que los actos terroristas sean menos frecuentes en regímenes totalitarios que en democracias.

En otras palabras, la "menor frecuencia" se traduce en inexistencia. No me cabe duda de que allí donde la gente literalmente se está muriendo de hambre, ningún acto terrorista podrán cometer. Pero incluso en la URSS ésta no era la situación en todo momento (entre otras cosas por el mercado negro). Por tanto, y dados los agujeros de ese Estado, sí era posible delinquir contra sus leyes.

Así pues, la pobreza restringe el terrorismo por: a) insuficiencia de medios para atentar, b) insuficiencia de medios para dedicarse exclusivamente a la mafia, c) insuficiencia de tiempo para organizar los delitos. Pero en ningún caso lo elimina completamente. No era yo quien sostenía eso, ¿recuerdas? hay que responder que el Estado puede garantizar la inexistencia de mafias privadas casi al 100% (en todo lo humano hay décimas de error e/o incertidumbre). A cambio, y simétricamente, los ciudadanos pierden libertad de acción o antes que conceder que la eficacia de cualquier dictadura contra la delincuencia es evidente y que se encuentra ampliamente confirmada por la Historia (¿realmente ZP ha sufrido veintitantos atentados? Será cierto que no sigo muy de cerca la actualidad o de que los periódicos llegan con milenios de retraso a tu mullida torre de marfil).

El Estado y la torpeza

Después de poner de manifiesto la superioridad de las dictaduras intrusivas sobre las democracias abiertas para, por ejemplo, defender al jefe de gobierno, Manel se recrea en un argumento realmente gracioso. Mi argumento, como ya he expuesto en diversas ocasiones, es que No es que el Estado se vuelva efectivo cuando crezca -más bien todo lo contrario-, sino que los individuos se vuelven torpes -se les priva de los medios que podrían ser usados para cometer terrorismo. Manel se sorprende de la apelación a una enigmática torpeza individual sobrevenida paralelamente al crecimiento del Estado, torpeza que hay que añadir a la universal pobreza de solemnidad.

¿Enigmática torpeza sobrevenida? Creía que para Manel no sería tan enigmática pues le suponía un mayor conocimiento de economía. El crecimiento del Estado restringe la labor y la creatividad empresarial, la reduce a ciertos ámbitos y empequeñece la cantidad de medios con los que cuenta la sociedad. Una sociedad menos emprendedora es una sociedad más torpe; una sociedad con menores y peores medios es una sociedad donde los individuos tienen una menor capacidad para perseguir sus fines (y el terrorismo, por desgracia, puede ser un fin).

El terrorismo requiere de tiempo y medios; su reducción implica un terrorismo más torpe y, por tanto, más ineficaz frente al Estado.

Como ejemplo de mi argumento sostuve que La URSS, a pesar de su monumental policía, no podía evitar el espionaje interno estadounidense y Manel se exclama: la prueba, para ti, de que existe esa torpeza individual pareja al crecimiento del Estado la encuentras en el hecho de que los servicios de espionaje de la primera potencia mundial podían hacer cosas que el pobrecito soviético de a pie no. ¿No es estupendo?

Primero, no se cuándo he dicho que ese ejemplo sea la prueba, como mucho será una ilustración de que el socialismo estatal bloquea la empresarialidad, pero no su prueba. Segundo, se trata simplemente de una ilustración de cómo el comunismo no es infalible al crimen y de cómo no lo hubiera sido ante una organización privada que contara con los mismos medios (no cuantitativamente, claro) que el espionaje de la "primera potencia mundial". De nuevo, no era la eficacia de la URSS, sino la insuficiencia de su población. No es necesario que toda la población se convirtiera en espía, las mafias no funcionan así; no hablamos de soviéticos de a pie, sino de soviéticos incapaces de conseguir los suficientes medios para convertirse en mafiosos.

Luego, ante mis hipótesis del estilo ¿alguien cree que si Al Qaeda quisiera atentar en un Imperio Soviético regentado por un Stalin o un Hitler no lo conseguiría?, Manel vuelve a recriminarme que me refugio en la historia-ficción para probar la solidez de mi pensamiento. Las cursivas son suyas. No voy a repetir que la historia no prueba -y menos la historia ficción. En este caso los ejemplos ni probaban ni ilustraban, venían a ser reconstrucciones de una argumentación previa. Y ciertamente, no me parecen hipótesis nada desdeñables. ¿Cuántos atentados terroristas ha sufrido Bush? ¿Veintitantos? Ah no, ése era Hitler. Pues si Al-Qaeda ha conseguido atentar en un país donde un no muy querido presidente aún no ha sufrido ningún atentado, ¿qué no conseguiría en uno donde se atentó contra Hitler veintitantas veces? Pero bueno, no es necesario centrar las disputas en la accesoriedad de los argumentos accesorios, aunque Manel tenga una curiosa preferencia por ellos.

Vayamos a mi supuesto colofón: Tu colofón es que, a diferencia de lo que yo opino y en la Historia universal se constata, la seguridad inherente a las dictaduras es mero producto de la casualidad (en el caso de amenazas exteriores) y de la pobreza de solemnidad (interiores).

Sin duda la casualidad sobre el terrorismo internacional es tan grande que ha evitado que Marruecos o Arabia Saudí sean más seguras que España, ¿o no? Yo no veo hoy ninguna dictadura con seguridad inherente en el mundo, salvo que financie o muestre sus simpatías con el terrorismo internacional. Si para Manel la Historia universal constata, quizá tengamos que concluir que la mejor manera de evitar el terrorismo sea adoptar el modelo suizo o canadiense; si bien ni democracias ni dictaduras están libres del azote terrorista.

Los problemas de la libertad

Seguidamente, apunto: El problema de las naciones democráticas -libres en mi opinión- es que permiten la formación de un terrorismo interno mientras que, debido a su deficiente provisión de la seguridad, son pasto del terrorismo internacional.

Y Manel se lanza a una piscina sin agua: Así es, afortunadamente. Eso que tú llamas problema -"permitir"- es lo que los demócratas normales conocemos como presunción de inocencia. Si hemos de renunciar a eso, mejor nos rendimos y hágase la santa voluntad del terrorismo internacional. Si hemos de violar los principios y leyes constitucionales, Osama mátanos. Si hemos de ser estatalmente aislacionistas pero privadamente cazarrecompensas viajeros, apaga y van monos. ¿Me explico?

Sí, quien no debí explicarme fui yo a la vista del resultado. Pero vamos, siguiendo los argumentos de Manel, sólo puedo concluir que le encanta la inseguridad. Repasemos su inicial argumentación: hay que responder que el Estado puede garantizar la inexistencia de mafias privadas casi al 100% (en todo lo humano hay décimas de error e/o incertidumbre). A cambio, y simétricamente, los ciudadanos pierden libertad de acción.

Si para Manel existe un conflicto entre libertad de acción y seguridad, y dice que afortunadamente la presunción de inocencia permite la formación del terrorismo, entonces hay que concluir que se siente afortunado por la falta de seguridad inherente a la democracia. Yo no creo que la supuesta incompatibilidad entre libertad y seguridad frente al terrorismo sea afortunada.

En todo caso, dispuestos a tergiversar, ¿qué mejor que sugerir que uno en el fondo está a favor de violar los principios y leyes constitucionales, incluso para pretender abolir la presunción de inocencia?

Lástima que uno piense que a más libertad más seguridad en todos los campos. No hace falta recurrir a dictaduras para ser más seguros.

9 de Agosto de 2005

Un liberalismo con nombre: anarcocapitalismo

En su post "La leyenda del liberalismo sin nombre", Manel resume parte de las discusiones que, durante los últimos días, hemos mantenido en torno a la seguridad privada. Como de costumbre, todo comenzó con Valín. De la misma manera que un liberal anarcocapitalista tiende a responder a las apologías del Estado, los liberales minarquistas son propensos a criticar las objeciones contra su Estado mínimo y, en otros casos, limitado.

Ya de entrada, aunque por prudencia no adscribiré a Manel ni a la corriente partidaria del Estado mínimo ni a la del Estado limitado, los minarquistas se enfrentan con el siguiente problema aparentemente terminológico. Los liberales del Estado mínimo tienen que responder cuan mínimo debe ser el Estado. Si bien es cierto que mínimo da cuenta de un superlativo, lo más pequeño posible, es indudable que, ante cualquier propuesta de Estado, puede encontrarse uno menor. Así pues, el Estado mínimo -aquel que no puede reducirse más- es simplemente inalcanzable, una continua carrera hacia la destrucción del Estado.

Los problemas del Estado limitado no son menores. Todo Estado está limitado, incluso los más despóticos tienen parcelas que no pueden alcanzar. Hay regiones intangibles -como el pensamiento de una persona- y otras que quedan fuera por la propia ineficiencia del Estado. Por tanto, el Estado limitado sigue sin contestar a la pregunta de cuan limitado tiene que ser el Estado. No sólo eso; tiene que explicar quién y cómo debe establecer las limitaciones de ese Estado. El constitucionalismo lo resolverá a través del poder constituyente y de la Constitución.

Sin embargo, apelar al constituyente como fuente de la limitación del Estado simplemente deja sin resolver la pregunta. ¿Es ilimitado el poder constituyente? Y si está limitado, ¿a qué y cómo? Y es que si realmente el único mensaje que puede portar el liberalismo es que conviene que el constituyente se autolimite, el liberalismo defensor del Estado limitado cae en la trampa del estatalismo. Una comunidad que se autolimita no tiene límites, sino que, dentro de su ilimitado campo de actuación, escoge, transitoriamente, qué valores respetar y cuáles no.

Hecha esta digresión -que no tiene que ver particularmente con Manel sino con los opositores a la sociedad sin Estado- pasaré, ahora sí, a dar respuesta a los comentarios que Manel efectúa sobre algunas opiniones mías.

En un post anterior planteé lo siguiente: Los defensores del Estado deberían explicar cómo su esquema de jurisdicción jerarquizada favorece que las mafias desaparezcan. Si la existencia de mafias es un argumento tan poderoso que desmerece el anarcocapitalismo, quizá algunos deberían empezar a criticar el estatalismo por cosas como [el incendio de una flota de camiones por parte de una mafia].

A esto Manel responde con el tradicional enfrentamiento entre libertad y seguridad: la respuesta es tan simple que parece mentira la existencia de la propia pregunta, que se cae de puro maximalista: el Estado en sí no es más que una ficción jurídica con múltiples formas y propósitos. La pregunta pesa en oro la efectividad del sistema, de modo que hay que responder que el Estado puede garantizar la inexistencia de mafias privadas casi al 100% (en todo lo humano hay décimas de error e/o incertidumbre). A cambio, y simétricamente, los ciudadanos pierden libertad de acción.

Afortunadamente, Manel no cae en la típica trampa de creer que una menor libertad implica una mayor seguridad, pues es obvio que una menor libertad implica una mayor inseguridad frente al Estado.

Sin embargo, si bien evita caer en esta trampa, comete un error casi tan grave: En un Estado dictatorial, que lo ocupa todo como una hidra y en el que por cada notario hay cien mil policías secretas y por cada subsecretario cincuenta y dos centros de reeducación, episodios como el de los camiones valencianos saboteados no suceden. Prueba superada, que decía aquel. En un Estado democrático, en cambio, con más huecos que las hombreras de Zapatero, sí son factibles, y también en las variedades estatales permisivas que hay entrambos, y es deseable que lo sean si se trata de no perder libertad de acción.

Aunque no esté de acuerdo, asumiré que Manel utiliza Estado dictatorial para lo que yo entiendo como Estado grande e intrusivo y Estado democrático como Estado pequeño y ampliamente "limitado". En otras palabras, para Manel el Estado total conseguiría la inexistencia de mafias privadas casi al 100% y el Estado democrático tiene que conformarse con un porcentaje menor.

El problema de este planteamiento es que pasa por encima del problema de la ineficiencia estatal. Un Estado total no consigue una "sanidad perfecta" o una "producción de alimentos completa"; de la misma manera -y por la misma razón- no sería capaz de eliminar la delincuencia "casi al 100%".

Ejemplos de Estados dictatoriales con terrorismo los encontramos en la España de Franco; ejemplos de Estados democráticos intrusivos con terrorismo lo tenemos en la Rusia de Putin. Incluso en una dictadura totalitaria como la URSS encontramos frecuentes actos de terrorismo y sabotaje.

Aun así no estoy negando que los actos terroristas sean menos frecuentes en regímenes totalitarios que en democracias. Sin embargo, no lo atribuyo al poder y competencias del Estado para frenar el terrorismo; es decir, no lo atribuyo a que cuanto más grande sea el terrorismo estatal menor tenderá a ser el terrorismo aestatal.

Las sociedades donde sus Estados se convierten en regímenes cercanos al totalitarismo, llevan aparejada la pobreza material de la gente. No hay respeto por la propiedad privada y los planes privados no llegan a materializarse.

Y esto, a diferencia de lo que cree ZP, es un argumento en contra del terrorismo. La pobreza material impide que los pobres cometan "ataques terroristas", como mucho llegaran a pequeños hurtos para sobrevivir. Sus objetivos diarios serán la provisión de comida o, incluso, la defensa del vecino que quiere robarle la propia. No habrá armas ni medios al alcance; el tiempo de organización será escaso y las posibilidades de evitar ser descubiertos por la policía estatal (por muy torpe que sea), son escasas.

No es que el Estado se vuelva efectivo cuando crezca -más bien todo lo contrario-, sino que los individuos se vuelven torpes -se les priva de los medios que podrían ser usados para cometer terrorismo. La URSS, a pesar de su monumental policía, no podía evitar el espionaje interno estadounidense. Es más, si un grupo de empresarios extranjeros se hubiera reunido durante la época stalinista para decidir secretamente la formación de un grupo de hombres armados con la última tecnología para cometer sabotajes y actos terroristas en la URSS, ¿alguien cree que realmente podría haberlo evitado? ¿alguien cree que si Al Qaeda quisiera atentar en un Imperio Soviético regentado por un Stalin o un Hitler no lo conseguiría? A diferencia de lo que opina Manel, más que una eficacia 100%, hablaríamos de eficacias muy puntuales y cuasi casuales. El monumental Estado soviético no serviría de nada ante una banda terrorista con recursos, es decir, el Estado soviético podría frenar, a través de la pobreza, el terrorismo interno, pero difícilmente conseguiría frenar el internacional.

El problema de las naciones democráticas -libres en mi opinión- es que permiten la formación de un terrorismo interno mientras que, debido a su deficiente provisión de la seguridad, son pasto del terrorismo internacional.

Por ello, la primera conclusión de Manel no es sólo, como dice, espantosa, sino además equivocada: La conclusión de tanto maximalismo en la enunciación del problema espanta: la iniciativa privada, y la mafia es puritita iniciativa privada, es detestable, la libertad un timo y el Estado un primo

La conclusión, más bien, debería ser que un terrorismo eficaz hay que combatirlo eficazmente. Es decir, el terrorismo internacional es capaz de derrotar al Estado no por ser diminuto, sino por ser Estado. Si queremos acabar con la iniciativa privada de las mafias -y en este punto hay que matizar que si bien la iniciativa de las mafias es privada, sus objetivos son estatales- habrá que combatirlo con iniciativa privada.

El problema de quienes creen que más Estado significa más seguridad frente al terrorismo -hasta el punto de que la inseguridad frente al Estado, por ser democrático, es de momento irrelevante- es que es falsa. Más Estado significa más ineficiencia y, por tanto, más facilidad para que el terrorismo actúe. Cierren todas las fronteras, pongan a un policía en cada casa, registren todas las maletas, entrenen a miles de perros rastreadores o pongan al ejército en los lugares públicos. La cuestión es ¿con qué medios piensan hacer todo eso?

¿Realmente alguien cree que un Estado puede controlar a TODOS los individuos de una sociedad? ¿Que realmente puede controlar TODOS sus movimientos? Obviamente no. El Estado tendrá que organizar, desde arriba, TODA su fuerza policial; y eso abre agujeros, muchos agujeros.

Se puede objetar que tampoco las empresas privadas conseguirían movilizar todos los recursos de los que hemos hablado en los anteriores párrafos. Cierto; pero a diferencia del Estado, la eficiencia privada nunca se ha basado en usar más, sino en usar mejor. El Estado tiene que suplir su ineficiencia con la cantidad, el problema es que mayor cantidad puede implicar incluso peor calidad. El planificador no es consciente de sus limitaciones, pues tiene la obligación de ser maximalista, de acabar él solo con el terrorismo. Tiene que planificarlo todo, sin recurrir a la conciencia de otros seres humanos; sin tener un patrón con el que medir sus errores.

Los empresarios tienen que conseguir más a través de menos y esto se traduce en eficiencia. El Estado cada vez consigue menos a través de más, esto se llama socialismo.

Y la forma de nuestra organización policial, desgraciadamente, es socialista.

De estas primeras conclusiones erróneas Manel extrae nuevas equivocaciones: Por lo demás, ¿cómo abrirse a más iniciativa privada en el sector de la seguridad si la que conocemos es gansteril?.

Aparte de que, obviamente, es falso que la seguridad privada que conocemos sea gansteril -o en ese caso, siguiendo las cifras que Manel extrae de Esplugas habría que concluir que las mafias cuentan en EEUU con el doble de capacidad que el Estado-, el argumento de fondo no se sostiene. ¿Todas las agencias de seguridad privada son mafias? ¿Los detectives privados son peligrosos imitadores de Al Capone? ¿Los guardaespaldas ruines malhechores dispuestos a explotar a su cliente? No sé qué tipo de iniciativa privada conocerá Manel, pero semejantes frases descalifican todo el argumento.

Si todas las mafias son privadas(con la sana excepción del Estado, claro está), ¿todas las empresas de seguridad privada son mafias? Planteemos un juego similar, si todos los genocidios son perpetrados por Estados, ¿todos los Estados son genocidas? En ese caso, la seguridad socialista sería infinitamente peor que la privada, aun cuando esta implicara el reinado de las mafias. Non sequitur.

Más bien uno tendría que preguntarse por qué las mafias son tan eficaces -ya que en caso contrario desaparecen- y por qué el Estado es tan torpe en combatirlas. Las mafias no son eficientes porque no se atengan a normas -y, en cierto sentido, es falso que no lo hagan-, sino porque su fuerte de financiación y de aprovisionamiento está mucho más orientada al mercado. Las mafias suelen financiarse especialmente a través del contrabando y sus proveedores son empresarios.

En otras palabras, la empresa armamentísticas mejoran para sus clientes y éstos obtienen financiación sin estrangular a la economía y, por tanto, a la fuente futura de financiación en caso de guerra prolongada.

Pero, en todo caso, hay que dejar claro que las mafias se distinguen nítidamente de las agencias de seguridad privada no mafiosas. Una parte importante del comportamiento que un grupo mafioso desarrollo sobre un territorio es equivalente al comportamiento del Estado, ¿esto es iniciativa privada? En ese caso también las actuaciones del Estado serían iniciativa privada (de los representantes del poder constituyente-propietario), todo sería privado en tanto "el público" sólo actúa a través de órganos y esos órganos son al fin y al cabo personas individuales.

Lo importante de la propiedad privada son las restricciones que lleva implícitas. Yo soy propietario y acepto al resto de propietarios: esto es, acepto LA propiedad privada como institución. La mafia utiliza su propiedad privada para atacar otra propiedad privada: desarrolla un comportamiento típicamente estatal. Su iniciativa privada no se basa en las relaciones voluntarias y en LA propiedad privada. Por tanto, es impropio equipararlas siquiera con las agencias de seguridad privada (a pesar de que Manel sólo conozca mafias y no agencias de seguridad privada).

Las mafias impiden a los propietarios hacer uso de su propiedad. El anarcocapitalismo es tan contrario a las mafias como a los Estados; es más, la diferencia entre aquéllas y éste es una de estabilidad: el Estado es una mafia que ha devenido preponderante y estable.

Y por ello el argumento de Manel se enreda en una batalla contra unos fantasmas inexistentes: Probablemente, más iniciativa privada estimularía más mafias. Volvamos a la dictadura, podió, y no democraticemos nada, que los padres nos han recordado mil veces que en sus tiempos se podía salir tranquilamente a cualquier hora de la noche sin que pasara nada.

Las mafias suelen prosperar al calor de las restricciones estatales (repito, el poder de las mafias viene en buena parte de la política del mercado negro, esto es, de la regulación estatal), como ya he dicho. No obstante, es evidente que pueden existir mafias sin restricciones estatales. Ahora bien, que Manel suponga que sólo prosperarán mafias es equivalente a señalar que los empresarios que no actúen de manera mafiosa (esto es, expoliando y robando a los individuos) serán incapaces de defender a sus clientes. Parte de la suposición de que las mafias serán más efectivas que las agencias privadas no mafiosas.

Y nuevamente caemos en el error de suponer que a mayor coacción mayor ventaja relativa. Hemos dicho que las mafias están más orientadas al mercado que el Estado, pero indudablemente lo están menos que las empresas privadas. Las mafias integran demasiadas funciones (empresario de defensa y empresario de contrabando) y basan parte de su financiación en expoliar a quienes dicen defender (a través de contribuciones coactivas). Esto significa que: a) en buena medida su crecimiento, vía competencia, se estanca, b) las mafias no aprovechan la división del trabajo y la riqueza de la población.

Una empresa de seguridad privada no mafiosa obtiene su financiación de sus clientes quienes, a su vez, la obtienen sirviendo al mercado, enriqueciendo a otra gente. La empresa se especializa en la seguridad (mientras que la mafia no puede especializarse específicamente en ella, pues tiene que dedicarse también al contrabando) y, además, toda la sociedad sale mutuamente beneficiada. Cuanto más eficientes sean los clientes en sus labores como empresarios (granjeros, industriales, ingenieros...) mayores fondos podrán aportar a la seguridad a través de agencias. Y esta creación de riqueza no se ve bloqueada por la actividad de financiación coactiva típica de las mafias.

En todo caso, la conclusión que deriva Manel no se sigue de nuestras premisas. ¿Volvamos a la dictadura? ¿Al Estado ineficiente? ¿Al Estado destructor de la riqueza? ¿Al Estado que bloquea la innovación en defensa? Es curioso, pero sin duda el punto de llegada en nuestro caso no puede ser la dictadura, sino mayor libertad (incluso para la provisión seguridad).

Para terminar con este bloque, Manel asegura que: En fins, si toda la falla se limita a decidir quién puede ser más cabrón, si un funcionario o un gánster, solo cabe admitir, con José María, que el cabrón siempre es el ser humano, cualquiera sea su uniforme de trabajo, pero cabe apostar a que la codicia promete personalmente más tesoros, ergo más predisposición a la cabronada, que el boletín oficial.

La misma codicia es la que estimularía a ser eficiente a un empresario de seguridad. Si una mafia se vuelve preponderante, los beneficios de defender a la población de ella serán muy considerables.

Pero, aparte, el argumento de Manel tampoco es correcto. El ser humano al frente del Estado también es codicioso, ni más ni menos que el empresario. En cambio, al empresario codicioso tienen que ofrecerle una cuantía que supere los beneficios que puede obtener libremente. Por ejemplo, una persona homo economicus sólo estará dispuesta a robar a otra cuando pueda obtener más dinero de esta manera que comerciando (y por tanto, asumiendo el coste de no dedicarse a comerciar o de perder la reputación en su negocio).

Un funcionario puede corromperse y utilizar los medios estatales para lucrarse sin coste alguno. Ya de entrada, expoliar al individuo como hacen las mafias es su función legítima. Pero además, un funcionario puede construir una carretera por una zona para que otro individuo le pague una prima. Un empresario privado nunca haría eso; construir una carretera puede costar, pongamos, 100 millones de euros. Para asumir ese coste, al empresario le tendrían que dar, al menos, 100 millones de euros. Al funcionario le basta con una cantidad mucho inferior, pues no soporta el coste.

Esto podemos verlo reflejado en las restricciones gubernamentales a determinadas empresas (que benefician a otras) o industrias enteras. Se ataca a unos empresarios y se beneficia a otros a través de la fuerza. Comportamiento mafioso, pero sin los costes de la mafia. No hace falta declarar una guerra, basta con creerse en posesión de la soberanía.

Aún diría más. El peligroso anarcocapitalista, Friedrich von Hayek, nos explicó en Camino de Servidumbre por qué siempre los peores llegan al poder. Es una cuestión simple: aquel que se cree capaz de dirigir los destinos de millones de persona o es un inconsciente o un sádico (o frecuentemente las dos cosas). El empresario sólo quiere enriquecerse a sí mismo, no tiene afán paternalista o despótico y, en todo caso, su poder es sustancialmente menor al de una maquinaria que aglutina casi el 50% de los recursos de la sociedad (y ya sabemos qué dijo Lord Acton acerca del poder y del poder absoluto).

Posteriormente, Manel pasa a dar algunos ejemplos para ilustrar su argumento: En esa misma anotación eginense, precisamente José María suscita los casos de Somalia, Afganistán y Sudán. Bien está. Cabría añadir Colombia, Guatemala, Pakistán, el País Vasco o el barrio tal de cual ciudad, entre otros susceptibles de ser llamados a declarar. ¿Qué tienen en común estos ejemplos? El Estado -democrático, pseudodemocrático, dictatorial o tribal- es incapaz de controlar todo su territorio y, en consecuencia, en esas zonas negras, la vida humana vale cuatro chavos, la propiedad pende del hilo del capricho privado y la seguridad jurídica tiene viruela.

Hemos llegado a un punto interesante. Manel viene a admitir que la forma del Estado es cuanto menos irrelevante para la provisión de seguridad. Si líneas más arriba sostenía que el Estado podría alcanzar una eficacia del 100% en caso de que los ciudadanos renunciaran completamente a su libertad de acción, ahora nos ilustra con casos de democracias y dictaduras, casi todas intrusivas, incapaces de garantizar esa seguridad. Qué tienen en común estos ejemplos? El Estado(...)es incapaz de controlar todo su territorio.

En realidad, habría que decir que el Estado (sí, el Estado) es ineficiente y no puede garantizar la seguridad. No ya en casos como el País Vasco donde el Estado (o parte de él) se alía con los terroristas, sino en otros como Colombia, donde el Estado es incapaz de defender a sus ciudadanos o incluso en nuestra civilizada Unión Europea, cuando un delincuente roba un bolso o un reloj. Lo importante no es si el Estado controla o no todo su territorio (¿por qué no es capaz de controlarlo?), sino si el Estado es un buen garante de la seguridad. Obviamente no; estos casos lo ilustran.

Digámoslo de otra manera; supongamos que Somalia se creara un gobierno para todo el país. ¿Conseguiría eliminar el crimen actual? Por supuesto que no; y en primer lugar porque es dudoso que la formación de un Estado sea posible en toda Somalia. Y segundo, por supuesto, uno debería responder a la pregunta de qué ocurriría si uno de esos criminales alcanzara (democráticamente o no) el Estado.

En otras palabras, ¿estarían mejor los amenazados del País Vasco con o sin administración vasca? En mi opinión es indudable que sin ella: la administración sólo ha servido para financiar o respaldar a los terroristas en sus acciones. Si los ciudadanos no nacionalistas del País Vasco hubieran podido acogerse a otra agencia de seguridad, distinta a la tomada por sus enemigos, otra muy distinta seguridad hubiera sido ofrecida.

Por tanto, los casos referidos no son ejemplos de fracasos de una sociedad libre, sino los fracasos del Estado para proporcionar una seguridad adecuada.

Dado que Manel parece no ser capaz de distinguir una mafia de una agencia privada de seguridad, llega a conclusiones poco sólidas: Visto desde la otra parte, en cambio, hay lo que podríamos definir como un florecer del sector privado ramo intimidación. La iniciativa privada de bandas terroristas como las FARC colombianas se enseñorea sobre provincias enteras del país, en las cuales no existe el aparato estatal. La iniciativa privada de las mafias guatemaltecas ha secuestrado ciudades enteras, en las que no hay presencia policial o efectivos militares y donde perder la vida cuesta así como 10 dólares. La iniciativa privada de las tribus domina extensiones de Pakistán tan grandes como España, a las que el Estado paquistaní debe acercarse como quien entra en territorio apache: con la caballería por delante disparando a todo lo que se mueve(...)La iniciativa privada de los terroristas de ETA es bien conocida, y no merece más exposición.

Como ya hemos dicho, definiendo iniciativa privada de una manera tan estrecha, llegamos a la conclusión inevitable que también las actuaciones del Estado suponen una iniciativa privada, de manera que por unas o por otras, siempre triunfa. Esto es absurdo. Lo que califica a la iniciativa privada es el respeto de la propiedad privada. Las situaciones que describe Manel, lejos de ser ejemplos de iniciativas privadas, lo son de un Estado sustituido por otro. Las FARC que se enseñorea(n) sobre provincias enteras del país o las mafias guatemaltecas que ha(n) secuestrado ciudades enteras se han convertido en Estados. Ah, pero estos Estados no son del agrado de Manel y demás liberales no anarcocapitalistas. De acuerdo, pero su proliferación ha sido consecuencia directa de un Estado incapaz de proteger a sus clientes/ciudadanos. Lo que explicita, nuevamente, la existencia de mafias en el mundo actual es el fracaso rotundo del estatalismo. Un tipo de Estado desaparece y otro nuevo surge; pero ese nuevo sigue siendo suficientemente débil como para que sea derrocado. Si, como luego veremos, Manel está tan preocupado por el hecho de que una sociedad libre sería incapaz de defenderse de agresiones externas de otros Estados, ¿por qué no constata Manel el fracaso del estatalismo para eso mismo? Y no estoy hablando necesariamente de un estatalismo débil -a no ser que creamos que la dictadura pakistaní es respetuosa con los derechos naturales-, sino de un estatalismo torpe, esto es, de estatalismo.

La táctica que utiliza Manel es totalmente reduccionista. Equiparar el crimen con la iniciativa privada -y el Estado con la supremacía del Derecho- no sólo es peligroso, sino falaz. La primacía del derecho no está relacionada con que un grupo mafioso estatalizado haga valer sus normas. Precisamente, ese hecho supone una negación de la supremacía del Derecho. Mucho menos la iniciativa privada es igual a delincuencia. Cuando dos personas perfeccionan un contrato de compraventa y cumplen la regla contractual, estamos ante una primacía del Derecho a través de la iniciativa privada que, en ningún caso, necesita del Estado.

La afirmación de que Eaco propone apagar el fuego con fuego -avalando por ejemplo este simplón y falaz texto de Valín-, pero no precisa si la iniciativa privada contraterrorista tendría que cumplir las leyes o podría, como los cazapiratas malayos a quienes también se confía, atronar sus cañones al menor mosqueo es el lógico corolario de todo ello.

Eaco propone que las agencias puedan defender a sus clientes, más fuego. Se me antoja que hay una diferencia sustancial entre el ataque y la defensa; entre el asesino en serie y el guardaespaldas. Para Manel todo es "iniciativa privada", más fuego. Pero entonces, el panadero y el ladrón que lo atraca serían exactamente lo mismo: iniciativa privada. En otras palabras, sería una locura pretender que el panadero se defendiera porque sólo añadiría fuego al asunto.

Supongo -espero- que el motivo de preocupación de Manel es hasta qué punto la defensa es legítima en ausencia de leyes. Sin embargo, el error de Manel consiste en pensar que todo el Derecho -o incluso la ley en su sentido no positivista- proviene del Estado. Y de nuevo no hace falta recurrir a pensadores anarquistas para encontrar defensas del Derecho aestatal. De hecho, el primer constitucionalismo -esto es, la primera base del Estado liberal- creía que el Derecho restringía al Estado, es decir, que era algo externo a él.

De la misma manera, las actuaciones de unos y otros deben ser juzgadas por un árbitro externo, de la misma manera que las controversias entre Estados actualmente se someten a Cortes Internacionales sin necesidad de un Estado mundial.

Aparte, si discutimos estrictamente de agencias de seguridad privadas -cosa que, salvo en este párrafo, no es mi intención- no hay motivo para suponer la eliminación del Estado. Éste podría seguir conservando el poder militar y judicial, aun cuando se privatizara la seguridad interna. Ésta es una posibilidad que Manel no ha contemplado, quizá porque nadie la haya defendido, y no voy a ser yo el primero.

Y al fin llegamos a la tesis que subyace todo el post: La lección, de nuevo: más y mejor Estado es bueno. Llamativo, digo yo. Liberal, no mucho. Anarcoloquesea, nada.

La idea, sin duda no es liberal, lo cual no sería problema si fuera cierta, pero no lo es. Primero, hay una contradicción insuperable entre más y mejor Estado. Segundo, los enemigos de las sociedades sin Estado suelen acusar a los anarcocapitalistas de dibujar una sociedad idílica, alejada de la realidad. Pero este alejamiento es infinitamente mayor en el caso de los minarquistas. ¿Basta decir que es necesario un mejor Estado para que éste lo sea? ¿Basta decir que el socialismo funciona para que lo haga? Me temo que no. Precisamente éste es el principal problema del intervencionismo. Apelar a un mejor Estado es fácil, demostrar que ese mejor Estado sea posible, no tanto.

Cierto que uno puede referirse a Estados más efectivos que el de Pakistán. Pero nuevamente la cuestión sigue siendo si el Estado en Occidente es menos torpe debido a su organización interna o a la sociedad que intenta dirigir. Es decir, ¿alguien cree que trasladando toda la administración española, Moratinos incluido, a Colombia el problema de las FARC desaparecería en tanto no existe en España? Obviamente no.

Uno estaría tentado a decir que no es casualidad que Manel llegue a conclusiones equivocadas y antiliberales a la vez, pero éste sería otro debate.

Para sustentar la idea de que más y mejor Estado es bueno (ciertamente más Estado no es bueno; y "mejor" es menos malo), Manel recurre a unas cifras de Esplugas en las que básicamente se describe que desde 1960 a 1980 las agencias de seguridad privadas en EEUU aumentaron en un 285%, mientras que en 1980 menos del 20% de los delitos denunciados terminaron con detención y un 60% de los hurtos sin contacto personal con el ladrón ni siquiera se denuncian, así como el 50% de las agresiones, el 60% de los robos con allanamiento y el 30% de los robos en domicilios . Manel, en consecuencia, se pregunta: ¿y qué diantres de repercusión -de buena repercusión, quiero decir- tuvo entonces en Estados Unidos el espectacular aumento de la seguridad provista por el mercado entre 1964 y 1981, aparte de no aumentar en idéntico modo el número de detenciones ni las denuncias y de costar a los contratadores (Gobierno federal incluso) one egg and the yoke of the other?.

Me sorprende que Manel yerre tanto en este punto. Primero porque Esplugas en ningún momento ha hablado de un aumento del crimen entre 1964 y 1980. Segundo y principal, porque se trata de cifras que corresponden a la seguridad pública y no de la privada. Y tercero, porque, aun obviando los dos primeros puntos, cabe la posibilidad de que la delincuencia hubiera aumentado mucho más o se hubiera recrudecido en mayor medida en caso de que las agencias privadas no crecieran en un 285%.

Para terminar, Manel acusa a los anarcos de obviar el problema de la defensa exterior: Los anarcos siempre se callan -la A en el circulito sabrá por qué- que una sociedad sin ejército estatal y únicamente con policía privada solo es posible universalmente hablando y en idílicas condiciones de convivencia. Me temo que no. Puede que uno de los libros anarquistas más importantes en relación con la seguridad privada sea "The Myth of National Defense" donde se puede encontrar un artículo de Joseph Stromberg "Mercenaries, Guerrillas, Militias, and the Defense of Minimal States and Free Societies". Me temo que ningún autor anarcocapitalista ha pasado por encima o ha intentado eludir la discusión sobre la defensa privada.

Es más, el que se reputa como primer pensador anarcocapitalista, Gustave de Molinari, basó toda su obra en reflexionar sobre el sistema de defensa privada. ¿Qué impide que una sociedad libre se organice vía milicias, guerrillas o financie un ejército privado? El argumento típico es el de los bienes públicos, del que da cuenta Walter Block en el capítulo 9 del libro.

En todo caso, una sociedad rica siempre estará mejor capacitada que una pobre para ganar una guerra. Como ya dije, el ataque a un territorio libre tiene el problema de declarar la guerra, a su vez, a múltiples agencias de seguridad; no sólo eso, ¿cuáles son los límites del ataque? Es concebible que un agresor se conforme con conquistar el Estado español, pero ¿lo es realmente que acepte conquistar sólo el territorio de un valle? En realidad, el coste de dominar una pequeña zona adicional es diminuto, por tanto los incentivos son a conquistar todo el territorio libre. En el caso de un mundo troceado en Estados no es así; una vez controlada España, para conquistar una parcelita del territorio francés hay que declararle toda la guerra al Estado francés. De ahí que los Estados otorguen cierta credibilidad a las afirmaciones sobre la limitación del ataque.

Pero, como ya he dicho, en una guerra contra un territorio libre no es así. Los incentivos de la agencia atacante siempre serán a expandirse poco a poco, y eso es de sobras conocido por el resto de habitantes. En otras palabras, las zonas libres tenderán a defenderse conjuntamente cuanto se produzca el primer ataque y no esperarán a la ofensiva directa.

Creo que ya me he extendido suficiente y además, si he intuido correctamente, Manel quiere seguir con su crítica al anarcocapitalismo en sucesivos posts. Así que continuaremos con los futuros argumentos.

8 de Agosto de 2005

Hiroshima y Nagasaki, por Ralph Raico

El episodio más espectacular de la presidencia de Truman nunca se olvidará, es más, quedará unido eternamente con su nombre: la bomba de Hiroshima el 6 de agosto de 1945 y la de Nagasaki tres días después. Probablemente, alrededor de doscientas mil personas fueron asesinadas en los ataques y a través de la intoxicación radioactiva; la gran mayoría eran civiles, incluyendo varios miles de trabajadores coreanos. Doce aviadores de la Marina, apresados en la cárcel de Hiroshima, se encontraban también entre los muertos. (87)

Una gran controversia ha rodeado el bombardeo. Truman insistió desde el comienzo en una cosa: La decisión de usar las bombas, y la responsabilidad que acarreaban, era suya. A lo largo de los años, explicó la decisión de maneras diferentes y contradictorias. En ocasiones argumentó que simplemente había actuado por venganza. A un sacerdote que lo criticó, Truman le respondió lo siguiente:

Nadie está más perturbado por el uso de bombas atómicas que yo, pero también estuve muy perturbado por el injustificado ataque de los japoneses en Pearl Harbor y su asesinato de los prisioneros de guerra. El único lenguaje que parecían entender es el que hemos utilizado al bombardearlos.(88)

Semejante razonamiento no convencerá a nadie que no entienda cómo la brutalidad del ejército Japonés puede justificar la venganza máxima contra hombres, mujeres y niños inocentes. Truman, sin duda, era consciente de esto, de manera que fue inventándose otras excusas. En agosto de 1945, afirmó: El mundo se dará cuenta de que la primera bomba atómica se lanzó sobre Hiroshima, una base militar. Esto se debió a que pretendíamos, en la medida de lo posible, evitar el asesinato de civiles.(89)

Esto, con todo, es absurdo. Pearl Harbor era una base militar. Hiroshima era una ciudad habitada por trescientas mil personas, que contenía alguna infraestructura militar. En cualquier caso, dado que el puerto estaba lleno de minas y la Marina y el Ejército Aéreo estadounidense controlaban los mares que rodeaban Japón, cualquier tipo de tropas que se encontraran en Hiroshima habrían sido totalmente neutralizadas.

En otras ocasiones, Truman afirmaba que Hiroshima había sido bombardeada porque se trataba de un centro industrial. Pero, como advirtió la Investigación Estratégica de Bombardeos de EEUU, "todas las grandes fábricas de Hiroshima se encontraban en la periferia de la ciudad -y no sufrieron ningún daño relevante"(90). El objetivo era el centro de la ciudad. Y que Truman se había dado cuenta del tipo de víctimas que las bombas iban a causar, se encuentra evidenciado en el comentario a su gabinete del 10 de agosto, explicando su desgana a lanzar una tercera bomba: "La idea de aniquilar a otras 100000 personas era demasiado horrible", dijo; no le gustaba la idea de matar a "todos esos niños"(91). Aniquilar a cien mil personas más... todos esos niños.

Es más, la idea de que Hiroshima era un gran centro militar o industrial es improbable a primera vista. La ciudad había quedado intacta durante los años de devastadores ataques aéreos contra las islas japoneses, y no figuraba entre los 33 principales objetivos de la lista del Bomber Command.

Así pues, la razón para el bombardeo atómico ha descansado en una sola invención colosal, que ha adquirido una sorprendente popularidad: que eran necesarias para salvar medio millón, o más, de vidas americanas. Estas son, supuestamente, las vidas que se habrían perdido en la invasión planeada de Kyushu en diciembre y luego en la invasión a "todo o nada" de Honshu el año siguiente si fuera necesaria. Pero el peor escenario para una invasión total de Japón eran 46 mil americanos muertos (93). La ridícula cifra inflada de medio millón de potenciales víctimas mortales -casi el doble del total de muertos estadounidenses en todas las escenificaciones de la II Guerra Mundia- es ahora frecuentemente repetida en los libros de Instituto y Escuelas y esgrimida por opinólogos ignorantes. Sin demasiadas sorpresas, el premio de la cifra más disparatada va a parar al Presidente George H. W. Bus quien afirmó en 1991 que las bombas habían "salvado millones de vidas americanas (94)"

Aún ahora, los engaños y autoengaños de Truman son comprensibles, considerando el horror que desató. Es igualmente comprensible que los altos cargos de la ocupación estadounidenses censuraran los informes sobre las ciudades afectadas y no permitieran que las películas y fotografías los miles de cadáveres y supervivientes terriblemente mutilados llegaran al público (95). De haber sido así, los ciudadanos americanos -y el resto del mundo- podrían realizar comparaciones "inadecuadas" con las imágenes de los campos de concentración Nazi que pronto iban a ver la luz.

Los bombardeos fueron condenados por innecesarios y bárbaros por altos oficiales del ejército, entre ellos Eisenhowe y MacArthur (96). La visión del almirante William D. Leahy, el propio Estado Mayor de Truman, era frecuente:

el uso de esta arma salvaje contra Hiroshima y Nagasaki no proporcionó ningún tipo de ayuda material en nuestra guerra contra Japón. Mi impresión personal es que, al ser los primeros en usarla, hemos adoptado el patrón moral de las bestias de las Edades Oscuras. Yo no fui instruido para hacer la guerra de esa manera, y las guerras no pueden ganarse destruyendo a mujeres y niños.

La elite política implicada en el bombardeo atómico temía una reacción violenta que pudiera ayudar e incitar al renacimiento del terrible "aislacionismo" prebélico. Se imprimieron apologías precipitadamente, por miedo a que el descontento público hacia el asqueroso crimen de guerra diera lugar a una erosión del entusiasmo hacia su "proyecto global"(98). Nada de que preocuparse. Un cambio descomunal ha tenido lugar en las opiniones del pueblo americano. Entonces y a partir de ese momento, todos los sondeos han mostrado que la gran mayoría de la gente apoyó a Truman, creyendo que las bombas eran imprescindibles para terminar la guerra y salva cientos de miles de vidas americanas, o con más seguridad, por no preocuparse ni de lo uno ni de lo otro.

Aquellos que todavía puedan tener problemas con ese espeluznante análisis coste-beneficio -sopesar la vida de japoneses inocentes con la de los soldados aliados- podrían reflexionar sobre las opiniones del filósofo católico, G.E.M. Anscombe, quien insistía en la supremacía de las leyes morales (99). Cuando en junio de 1956 Truman fue premiado como Doctor Honoris Causa en su Universidad, Oxford, Anscombe protestó(100). Truman era un criminal de guerra, sostuvo, pues ¿cuál era la diferencia entre el gobierno de EEUU masacrando a civiles desde el aire, en Hiroshima y Nagasaki, y los nazis exterminando a los habitantes de un pueblo checo o polaco?

El argumento de Anscombe nos será valioso ahora. Supongamos que cuando invadimos Alemania a principios de 1995, nuestros líderes hubieran defendido que debíamos exterminar a todos los habitantes de Aachen, o Trier o alguna otra ciudad del Rhin, para así quebrar la confianza de los alemanes y presionar a que se rindieran. En este sentido, la guerra podría haber terminado antes, salvando las vidas de muchos soldados aliados. ¿Habría entonces quedado justificado el fusilamiento de decenas de miles de civiles alemanes, incluyendo mujeres y niños? ¿En qué se diferencia esto del bombardeo atómico?

A principios del verano de 1945, los japoneses eran conscientes de que habían sido derrotados. ¿Por qué, entonces seguían luchando? Como Anscombe escribió: La raíz de todos los problemas se encontraba en la insistencia en una rendición incondicional(101).

La absurda formula había sido acuñada por Roosevelt en la Conferencia de Casablanca, y con la concurrencia entusiasta de Churchill, se convirtió en el lema aliado. Después de prolongar la guerra en Europa, funcionó en el Pacífico. En la Conferencia de Postdam, en julio de 1945, Truman emitió una proclamación a los japoneses, amenazándoles con la "devastación total" de su país a menos que se rindieran incondicionalmente. Entre las condiciones aliadas, frente a las que no quedaba "ninguna alternativa", se encontraba "la eliminación para siempre de toda autoridad e influencia por parte de aquellos que han engañado y confundido al pueblo japonés a embarcarse en su conquista mundial"(sic). "Un severo ajusticiamiento", advertía la proclamación, "sería administrado a todos los criminales de guerra"(102)

Para los japoneses esto significa que el emperador -considerado una divinidad, descendiente directo de la diosa del Sol- sería desde luego derrocado y probablemente enjuiciado como criminal de guerra y colgado, quizá en frente de su palacio (103). No estaba, de hecho, entre las intenciones de EEUU derrocar o castigar al emperador. Pero está implícita modificación de la rendición incondicional nunca fue comunicada a los japoneses. Al final, después de Nagasaki, Washington aceptó el deseo japonés de conservar la dinastía e incluso de que Hirohito continuara siendo emperador.

Los meses antes, Truman había sido presionado por muchos altos oficiales de dentro de la Administración, y de fuera de ella, para que clarificara la posición de EEUU. En mayo de 1945, a petición del presidente, Herbert Hoover preparó un memorando donde se incidía en la urgente necesidad de terminar la guerra lo antes posible. Los japoneses debían ser informados de que nosotros no cambiaríamos el emperador o interferiríamos en la forma de gobierno elegida. Incluso barajó la posibilidad de que, como parte de las condiciones, a Japón se le podría permitir conservar Formosa (Taiwán) y Corea. Después de encontrarse con Truman, Hoover cenó con Taft y otros líderes republicanos y les describió sus propuestas (104).

A los escritores del establishment sobre la Segunda Guerra Mundial les suelen gustar las especulaciones escabrosas. Por ejemplo: "si los EEUU no hubieran participado en la guerra, Hilter hubiera conquistado el mundo (una errónea infravaloración del Ejército Rojo, parece ser; aparte, ¿no era Japón quien quería "conquistar el mundo"?) y asesinado a incalculables millones de personas. Ahora, aplicando historia conjetural en este caso: asumamos que la guerra del Pacífico hubiera terminado del modo en que frecuentemente lo hacen las guerras -a través de negociación en los términos de la rendición. Y asumamos lo peor - que los japoneses insistieran en preservar para de su Imperio, como Corea y Formosa, o incluso Machuria. En este caso, es muy posible que Japón hubiera podido prevenir el ascenso al poder de los comunistas en China. Y esto hubiera significado que los 30 o 40 millones de muertes que ahora se le atribuyen al régimen maoísta nunca hubieran tenido lugar.

Pero incluso quedándonos dentro de los límites de la diplomacia de lo posible en 1945, está claro que Truman no agotó las posibilidades de terminar la guerra sin el recurso a la bomba atómica. Los japoneses no fueron informados de que iban a ser las víctimas de la arma más letal jamás inventada (un arma "más de 2000 veces más potente que la británica 'Gran Slam' que era la mayor bomba usada en la historia militar" tal y como Truman se jactó en su anuncio del ataque de Hiroshima). Ni siquiera les dijeron que la Unión Soviética estaba preparada para declarar la guerra a Japón, un acontecimiento que hubiera conmocionado en Tokio más que las bombas (105). Las peticiones de algunos de los científicos que participaron en el proyecto para mostrar el poder de la bomba en área deshabitadas o evacuadas fueron desairadas. Todo cuanto importaba era conservar formalmente la fórmula de la "rendición incondicional" y salvar las vidas de los militares que podrían haberse perdido en el camino. Sin embargo, como el Comandante J.F.C Fuller, uno de los mayores historiadores militares del siglo XX, escribió acerca de las bombas atómicas:

Aunque salvar vidas era loable, no justifica en ningún caso el uso de medios que atacan cualquier principio de humanidad y de costumbres bélicas. Si lo hiciera, entonces, bajo el pretexto de acortar una guerra y salvar vidas, cualquier atrocidad imaginable estaría justificada.(106)

¿No es esto obviamente cierto? ¿Y no es esta la razón por la que los hombres racionales y humanos, durante todas las generaciones, han desarrollado las leyes para tiempo de guerra?

Mientras que los medios de comunicación se limitan a repetir como loros la línea gubernamental en alabar las masacres atómicas, importantes conservadores las han denunciado como incalificables crímenes de guerra. Felux Morley, estudiante de la constitución y uno de los fundadores de Human Events, señaló el horro de Hiroshima, incluyendo los "miles de niños atrapados en las 33 escuelas que fueron destruidas". Hizo un llamamiento a sus compatriotas para que se avergonzaran de lo que habían hecho en su nombre, y propuso enviar grupos de americanos a Hiroshima, de la misma manera que los alemanes fueron enviados para presenciar lo que se había hecho en los campos nazis. El sacerdote paulista, el Padre James Gillis, editor de The Catholic World y otros incondicionales seguidores de la Old Right, fustigaron los bombardeos como "el mayor ataque jamás perpetrado contra la civilización cristiana y la ley moral". David Lawrence, propietario conservador de la US. News and World Report, continuo con la denuncia a lo largo de los años(107). El distinguido filósofo conservador Richard Weaver sintió repugnancia por

El espectáculo de chicos jóvenes recién salidos de Kansas y Tejas convirtiendo un Dresden desmilitarizado en un holocausto...pulverizando templos antiquísimos como Monte Casino y Nuremberg, y trayendo la destrucción atómica a Hiroshima y Nagasaki.

Weaver consideró tales atrocidades como profundamente "hostiles a los fundamentos sobre los que se erige la civilización"(108)

Hoy, los conservadores "de nuevo cuño" tildan de anti-americano a cualquier que, al menos, tenga algún reparo por la masacre que Truman cometió contra decenas de miles de japoneses inocentes desde el aire. Esto ilustra, como pocas cosas, la diferencia entre los actuales "conservadores" y aquellos que en su día merecieron tal calificativo.

Leo Szilard era uno de los físicos mundiales más renombrados que escribió la carta original a Roosevelt que firmó Einstein, provocando una revuelta en el Proyecto Maniatan. En 1960, poco antes de su muerte, Szilard escribió otra verdad evidente:

Si los alemanes hubieran lanzado las bombas atómicas en contra de nosotros, hubiéramos calificado la explosión de bombas atómicas contra las ciudades como crimen de guerra, y a los alemanes culpables de este crimen los hubiéramos condenado a muerte y colgado en Nuremberg(109)

La destrucción de Hiroshima y Nagasaki fue un crimen mucho peor que cualquier otro ejecutado por los generales japoneses en Tokio o Manila. Si Harry Truman no fue un criminal de guerra, entonces nadie lo ha sido jamás.

Notas

87. Sobre los bombardeos atómicos ver Gar Alperovitz, The Decision to Use the Atomic Bomb and the Architecture of an American Myth (New York: Knopf, 1995); y también, "Was Harry Truman a Revisionist on Hiroshima?" Society for Historians of American Foreign Relations Newsletter 29, no. 2 (June 1998); also Martin J. Sherwin, A World Destroyed: The Atomic Bomb and the Grand Alliance (New York: Vintage, 1977); and Dennis D. Wainstock, The Decision to Drop the Atomic Bomb (Westport, Conn.: Praeger, 1996).
88. Alperovitz, Decision, p. 563. Truman añadió: "Cuando estás negociando con una bestia tienes que tratarla como a una bestia. Es lamentable, pero sin embargo cierto". Para afirmaciones similares de Truman ver, allí mismo, la página 564 del trabajo monumental de Alperovitz, el producto final de cuatro décadas de estudio del bombardeo atómico, indispensable para comprender la a menudo difícil argumentación del tema.
89. Ibid., p. 521.
90. Ibid., p. 523.
91. Barton J. Bernstein, "Understanding the Atomic Bomb and the Japanese Surrender: Missed Opportunities, Little-Known Near Disasters, and Modern Memory," Diplomatic History 19, no. 2 (Spring 1995): 257. El General Carl Spaatz, dirigió la estrategia de bombardeos de EEUU en el Pacífico, y sufrió tal conmoción por el bombardeo de Hiroshima que telefoneó a sus superiores en Washington, proponiendo que la siguiente bomba fuera lanzada en una zona menos poblada, de manera que "no fuera tan destructiva para la ciudad y la gente". Su sugerencia fue rechazada. Ronald Schaffer, Wings of Judgment: American Bombing in World War II (New York: Oxford University Press, 1985), pp. 147-48.
92. This is true also of Nagasaki.
93. Ver Barton J. Bernstein, "A Post-War Myth: 500,000 U.S. Lives Saved," Bulletin of the Atomic Scientists 42, no. 6 (June-July 1986): 38-40; y también, "Wrong Numbers," The Independent Monthly (July 1995): 41-44.
94. J. Samuel Walker, "History, Collective Memory, and the Decision to Use the Bomb," Diplomatic History 19, no. 2 (Spring 1995): 320, 323-25. Walker detalla las desesperadas evasivas del biógrafo de Truman, David McCullough, cuando se le planteó un record tan incontestable.
95. Paul Boyer, "Exotic Resonances: Hiroshima in American Memory," Diplomatic History 19, no. 2 (Spring 1995): 299. Sobre el destino de las víctimas de los bombardeos y el restrigido conocimiento que tenía el público sobre ellos, ver John W. Dower, "The Bombed: Hiroshimas and Nagasakis in Japanese Memory," in ibid., pp. 275-95.
96. Alperovitz, Decision, pp. 320-65. Sobre MacArthur y Eisenhower, ver ibid., pp. 352 and 355-56.
97. William D. Leahy, I Was There (New York: McGraw-Hill, 1950), p. 441. Leahy comparó el uso de la bomba atómica con el trato que los civiles recibieron a manos de Genghis Khan, y lo calificó de "impropio de un cristiano". Ibid., p. 442. Curiosamente, el propio Truman escribió la introducción al libro de Leahy. En una carta privada escrita poco antes de dejar la Casa Blanca, Truman se refirió al uso de la bomba atómica como "asesinata", afirmando que la bomba "era mucho peor que la guerra biológica porque afectaba a la población civil y los mataba en masa" Barton J. Bernstein, "Origins of the U.S. Biological Warfare Program," Preventing a Biological Arms Race, Susan Wright, ed. (Cambridge, Mass.: MIT Press, 1990), p. 9.
98. Barton J. Bernstein, "Seizing the Contested Terrain of Early Nuclear History: Stimson, Conant, and Their Allies Explain the Decision to Use the Bomb," Diplomatic History 17, no. 1 (Winter 1993): 35-72.
99. Un escritor en absoluto preocupado por el sacrificio de japoneses para salvar a los soldados aliados -de hecho, sólo para salvarlos- es Paul Fussell; ver su Thank God for the Atom Bomb and Other Essays (New York: Summit, 1988). El motivo del pequeño Te Deum de Fussell es, como el mismo dice, que el estaba entre los reclutados para tomar parte en la invasión de Japón y podría muy bien haber sido asesinado. Es un misterio por qué Fussell centra tan fácilmente su comprensible ira, sin ninguna gallardía, en las mujeres y niños japoneses en lugar de en los oficiales de Washington que lo reclutaron para combatir en el Pacífico.
100. E.M. Anscombe, "Mr. Truman's Degree," in idem, Collected Philosophical Papers, vol. 3, Ethics, Religion and Politics (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1981), pp. 62-71.
101. Anscombe, "Mr. Truman's Degree," p. 62.
102. Hans Adolf Jacobsen and Arthur S. Smith, Jr., eds., World War II: Policy and Strategy. Selected Documents with Commentary (Santa Barbara, Calif.: ABC-Clio, 1979), pp. 345-46.
103. Para algunos líderes japoneses, otra razón para mantener el emperador era un baluarte frente a la ascensión de un régimen comunista. Ver también Sherwin, A World Destroyed, p. 236: "la declaración [de Postdam] ofreció a la línea dura del gobierno japonés más munición para continuar la guerra the [Potsdam] que a la oposición para terminarla"
104. Alperovitz, Decision, pp. 44-45.
105. Cf. Bernstein, "Understanding the Atomic Bomb," p. 254: "parece muy probable, pero no cierto ni definitivo, que una combinación sinérgica de garantizar el emperador, esperar la entrada soviética, y continuar la estrategia de asedio hubiera terminado la guerra antes de la invasión de noviembre". Bernstein, un excelente y escrupuloso historiador, no obstante, está en desacuerdo con Alperovitz y la escuela revisionista en muchos puntos clave.
106. J.F.C. Fuller, The Second World War, 1939-45: A Strategical and Tactical History (London: Eyre and Spottiswoode, 1948), p. 392. Fuller, quien fue igualmente mordaz con el bombardeo terrorista de las ciudades alemanas, describió los ataques de Hiroshima y Nagasaki como "un tipo de guerra que hubiera deshonrado a Tamerlane" Cf. Barton J. Bernstein, quien lo concluye en "Understanding the Atomic Bomb," p. 235:

En 1945, los líderes americanos no estaban intentando evitar el uso de las bombas atómicas. Su uso no implicaba problemas éticos y politicos para ellos. Por tanto, fácilmente rechazaron o nunca sondieraron la mayoría de las alternativas al bombardeo.In 1945, American leaders were not seeking to avoid the use of the A-bomb.

107. Felix Morley, "The Return to Nothingness," Human Events (August 29, 1945) reprinted in Hiroshima's Shadow, Kai Bird and Lawrence Lifschultz, eds. (Stony Creek, Conn.: Pamphleteer's Press, 1998), pp. 272-74; James Martin Gillis, "Nothing But Nihilism," The Catholic World, September 1945, reprinted in ibid., pp. 278-80; Alperovitz, Decision, pp. 438-40.
108. Richard M. Weaver, "A Dialectic on Total War," y también, Visions of Order: The Cultural Crisis of Our Time (Baton Rouge: Louisiana State University Press, 1964), pp. 98-99.
109. Wainstock, Decision, p. 122.

7 de Agosto de 2005

Salarios e inflación

Mucha gente todavía mantiene el razonamiento primario de que un aumento de los salarios da lugar a un incremento de los costes empresariales, que repercutirá sobre los precios y, por tanto, en inflación. La conclusión final es que el salario real se mantiene estable, ya que la subida del nominal se ha visto compensada con la inflación.

En realidad, la inflación se refiere al envilecimiento de la moneda -a una pérdida de valor del dinero- cuando, por otra parte, el incremento de los precios supone una variación en la relación entre el valor de la moneda y el valor del bien contra el que se intercambia. Difícilmente, pues, un incremento de los costes en la producción de los bienes y servicios repercutirá en una menor valoración de la moneda. La inflación sólo da lugar a incrementos de precios porque la moneda vale menos, no porque los bienes tienen un mayor valor.

Aun así, cabe preguntarse si existe alguna relación entre un aumento de los salarios por decreto y el subsiguiente incremento de precios.

La intuición inicial puede llevarnos a considerar que los costes determinan los precios y, por tanto, mayores costes implican mayores precios. El problema de esta argumentación es que unos mayores costes en principio implican, simple y llanamente, la quiebra de las empresas. Los consumidores intentarán sustituir los bienes trabajo-intensivos por los capital-intensivos (que no se han visto afectados por el incremento de salarios). Y en todo caso pueden considerar que el valor que atribuyen a su dinero supera el precio reclamado. Por tanto, es difícil que, por esta vía, un mayor salario se traslade en un mayor precio.

Sin embargo, sí existe un camino a través del que los aumentos salariales por decreto provocan un incremento de los precios. Primero, dado que la productividad marginal de algunos trabajadores serán inferior a la determinada por los nuevos salarios, muchos trabajadores no podrán ser contratados. Segundo, unos mayores salarios dan lugar a un agotamiento más rápido del fondo de salarios o del fondo de subsistencia. ¿Qué significa esto?

Recordemos, previamente, que los procesos indirectos de producción (aquellos que no producen directamente el bien, esto es, que no actúan a modo de recolector de frutas) son más productivos que los directos. Cuanto más indirectos, mayor será la producción final. No obstante, para incurrir en esos métodos de producción indirectos es necesario un fondo de salarios que adelante el dinero a los trabajadores hasta que la producción no sea vendida. Cuanto menor sea el salario -mayor será en términos relativos el fondo- más indirecto podrá ser el proceso y mayor número de productos finales se obtendrán.

Ahora bien, si se fija un salario muy elevado, los métodos de producción indirectos tendrás que hacerse más directos, ya que no se podrá, con un mismo fondo de subsistencia, pagar durante el mismo tiempo que antes todos los salarios. Por tanto, un incremento de los salarios da lugar a estructuras de capital menos intensivas y alargadas, esto es, menos productivas.

En conclusión, unos salarios más elevados provocan un menor empleo del factor trabajo y una menor productividad del capital. El resultado neto es una menor producción. Obviamente, si la producción se reduce, la utilidad marginal de los productos se incrementa, con lo cual, los consumidores estarán dispuesto a ofrecer una mayor cantidad de dinero por los productos. En otras palabras, los precios aumentarán.

Pero este incremento de precios se producirá de manera dispersa y variada a lo largo de la economía. El resultado del incremento de salarios no será una suma 0, sino un desastre redistributivo que nos empobrecerá a todos. Más paro y menor riqueza.

4 de Agosto de 2005

¿Pero no tomarían el control los Señores de la Guerra? Por Robert Murphy

Por dos veces no consecutivas en las últimas semanas, la gente me ha preguntado por una preocupación familiar: "Un sistema anarcocapitalista o de libre mercado, ¿no degeneraría la sociedad en continuas batallas entre Señores de la Guerra privados? Por desgracia, no fui capaz de brindarles con la respuesta adecuada en esas ocasiones, pero espero que este artículo demuestre el adagio de que más vale tarde que nunca.

Manzanas y Naranjas

Cuando estamos tratando sobre la objeción de los señores de la guerra, tenemos que ser justos en nuestras comparaciones. No sirve comparar la sociedad A, repleta de demonios, salvajes ignorantes que viven en anarquía, con la sociedad B, poblada de ilustrados y gente respetuosa con la ley bajo un gobierno limitado. Los anarquistas no niegan que la vida pudiera ser mejor en la sociedad B. Aquello que los anarquistas dicen es que, para cualquier población dada, la imposición de un gobierno coactivo empeora las cosas. La ausencia de Estado es una condición necesaria, pero no suficiente, para conseguir una sociedad libre.

Para decirlo de otra manera: no es suficiente con demostrar que una sociedad anárquica basa en la propiedad privada puede degenerar en una guerra sin fin, donde ningún grupo es suficientemente fuerte para sojuzgar a sus adversarios y, por tanto, no puede establecer ningún tipo de "orden". Después de todo, las comunidades que viven bajo un Estado también degeneran continuamente en guerras civiles. Tenemos que recordar que los casos frecuentemente citados de Colombia o Irak no son demostraciones de casos de anarquía-que-degenera-en-caos, sino más bien casos de gobierno-que-degenera-en-caos.

Para que la objeción del señor de la guerra tenga alguna consistencia, los estatistas necesitarían argumentar que una misma comunidad permanecería respetuosa con la ley bajo un gobierno y que esa misma comunidad devendría en un continuo estado de guerra en caso de que los servicios legales y militares fueran privatizados. El conocido caso de Somalia, por tanto, no ayuda a ningún lado(1). Es cierto que los rothbardianos deberían estar de alguna manera perturbados por el hecho de que el respeto al principio de no agresión es demasiado infrecuente en Somalia como para acoger la emergencia espontánea de una comunidad de libre mercado. Pero por ese mismo argumento, el respeto a "la ley" era demasiado débil para permitir mantener el orden al original gobierno somalí.

Ahora que ya hemos descrito el centro de la polémica, creo que hay poderosas razones para suponer que la guerra civil sería un fenómeno mucho más extraño en una región dominada por agencias de defensa privadas y agencias judiciales que por el monopolio estatal. Las agencias privadas son propietarias de los activos a su disposición, mientras que los políticos (especialmente en democracia) solamente tienen un control temporal sobre el equipamiento militar del Estado. Bill Clinton estuvo totalmente dispuesto a lanzar docenas de misiles cuando el escándalo Lewinsky estaba en su cenit. Y dejando aparte la opinión de cada uno sobre las auténticas motivaciones de Clinton, es evidente que el Slick Willie [Bill Clinton] hubiera sido bastante más reticente en lanzar un ataque en caso de haber sido el presidente de una agencia privada que hubiera podido vender los misiles por 569000 dólares por unidad en el libre mercado (2).

Podemos corroborar este principio en el caso de los EEUU. En la década de 1860, ¿las enormes batallas de la Guerra Civil hubieran tenido una magnitud lejanamente similar si, en lugar de dos facciones al mando de miles de reclutas, todos los comandantes hubieran tenido que contratar a mercenarios voluntarios y pagarles un salario acorde al libre mercado por sus servicios?

La teoría contractual del gobierno

Puedo imaginarme a algún lector aceptando la mayor parte del análisis anterior pero todavía con resistencias a asentir en la conclusión. El o ella podría decir algo así: "En un estado de naturaleza, la gente tiene distintas visiones de la justicia. En anarquía, los diferentes consumidores serían clientes de docenas de agencias de defensa, cada una de las cuales usaría sus fuerzas para implementar códigos de leyes incompatibles entre sí. En ese caso, aunque es cierto que las agencias intentarían minimizar prudentemente la aparición de conflictos, el equilibrio sería aun así precario." "Para evitar tal resultado", continuaría el crítico, "los ciudadanos olvidan sus insignificantes diferencias y aceptan apoyar una única y monopolística agencia, que entonces tenga el poder para aplastar a sus oponentes en el uso de su autoridad. Esto, es cierto, plantea el nuevo problema de controlar al Leviatán, pero al menos resuelve los problemas de guerras interiores sin fin".

Hay una gran cantidad de problemas con esta posible aproximación. Primero, asume que el peligro de los señores de la guerra privados es peor que el peligro que representa un gobierno central y tiránico. Segundo, existe el problemilla de que la formación voluntaria de un Estado jamás ha ocurrido. Incluso a los ciudadanos que, digamos, apoyaron la ratificación de la Constitución de EEUU, jamás se les dio la oportunidad de vivir en anarquía; en su lugar, tuvieron que elegir entre el gobierno bajo los Artículos de la Confederación o el gobierno bajo la Constitución.

Pero para nuestro propósito, el problema más interesante para la objeción inicial es que, en caso de representar una precisa descripción, sería innecesario para toda esa gente vivir bajo un gobierno. Si, hipotéticamente, la gran mayoría de la gente -aunque tenga diferencias en su concepción de justicia- pueden aceptar que es incorrecto usar la violencia para dirimir disputas honestas, las fuerzas de mercado traerían la paz entre las agencias policiales privadas.

Si, es totalmente cierto que la gente tiene opiniones muy diferentes acerca de cuestiones legales particulares. Algunas personas favorecen la pena de muerte, otras consideran que el aborto es un asesinato, y no habría consenso en cuanta gente culpable debería liberarse para evitar que un inocente sea castigado. Sin embargo, si la teoría contractual del gobierno es correcta, la gran mayoría de los individuos pueden aceptar que dirimiran están cuestiones no a través de la fuerza, sino a través de otro procedimiento ordenado (como el que hoy representan las elecciones periódicas).

Y si además esto describe a un tipo de población, ¿por qué deberíamos esperar que esa gente virtuosa, como consumidores, fueran clientes de agencias de defensa que de manera habitual usaran la fuerza contra los oponentes débiles? ¿Por qué esta masa de clientes razonables no contrarían agencias de defensa que ya dispusieran de acuerdos de arbitraje entre agencias, de manera que remitieran sus disputas legítimas a árbitros reputados y desinteresados? ¿Por qué no funcionaría este marco legal y voluntario como un mecanismo ordenado para resolver cuestiones de "política pública"?

De nuevo, la descripción anterior no sería útil para cualquier sociedad a lo largo de la historia. Pero por ello mismo, esas gente guerrillera y salvaje también fracasarían en mantener el imperio de la ley en un Estado limitado.

Free Riders?

Un apologista sofísticado de Estado -especialmente uno especializado en economía neoclásica- podría ofrecer otro tipo de justificación: "La razón por la que un gobierno limitado es necesario es que no podemos confiar en que el mercado cree de manera adecuada fuerzas policiales legítimas. Puede ser cierto que un 95% de la población tendría una visión similar sobre la justicia de manera que obtuviéramos la paz si todos pagaran suficientemente a agencias de seguridad dedicadas a defender sus puntos de vista."

"Sin embargo", continuaría el apologista, "si estas agencias policiales no tienen ningún derecho a extraer las cuotas de todo el mundo que se beneficia de sus acciones, ellas sólo serán capaces de reclutar un ejército mucho más pequeño. El mercado fracasa específicamente a causa del problema del free rider: Cuando una empresa legítima actúa con severidad contra una agencia malvada, toda la gente respetuosa con la ley se beneficiaría, pero en el libre mercado no estarían obligados a financiar este bien público. Consecuentemente, las agencias malvadas, fundadas por perversos fugitivos, tendrán un rango de acción mucho mayor bajo la anarquía"

De nuevo, existen muchas respuestas posibles a este argumento. Primero, hay que señalar que un gran ejército permanente, dispuesto a aplastar a las minorías disidentes, no es en cualquier caso un resultado deseable del gobierno.

Segundo, el recurrente argumento de los free rider no sería ni de cerca tan desastroso como muchos economistas creen. Por ejemplo, las compañías de seguros "internalizarían las externalidades" en buena medida. Es cierto que sería arrestado un "ineficiente" número de asesinos en serie si los detectives y las agencias policiales tuvieran que pedir colaboración a cada hogar. (Desde luego, todo el mundo obtiene un cierto beneficio del hecho de que un asesino en serie ha sido arrestado, pero del hecho de que una persona colabore o deje de colaborar no seguirá una gran diferencia para capturarlo o no). Sin embargo, las agencias de seguros que poseen pólizas de miles de personas en una gran ciudad, estarían dispuestas a aportar sumas considerables para eliminar la amenaza de un asesino en serio. (Después de todo, si mata de nuevo, una de estas compañías tendrá que pagar cientos de miles de dólares a los herederos de la víctima). El mismo razonamiento demuestra que el libre mercado puede desarrollar programas adecuados para "frenar" a las agencias malvadas.

Tercero, la gente necesita representarse realmente el tenebroso escenario para ver cuán absurdo es. Imaginad una ciudad bulliciosa, como Nueva York, que es inicialmente un paraíso del libre mercado. ¿Es posible que a lo largo del tiempo algunas agencias rivales crecieran constantemente y aterrorizaran al público?(3)

Recuerda, estas agencias serían autorreconocidas organizaciones terroristas; a diferencias del Ayuntamiento de Nueva York, no habrá apoyo ideológico para esta gente.

Debemos tener presente que en semejante entorno, la mayoría de la gente que respeta la ley tendrían todos los mecanismos a su disposición, más allá de la confrontación física. Una vez los jueces privados han condenado a una agencia malvada, los bancos privados podrían congelar sus activos (hasta la cuantía determinada por los árbitros). Además, los suministradores privados podrían cortarles la electricidad y el agua de los cuartes generales, de acuerdo con la provisión pactada en sus contratos.

Por supuesto, es teóricamente posible que una agencia malvada pudiera sobreponerse a todos estos obstáculos, ya sea a través de la intimidación o reparto de botines, de manera que controlara los bancos, las compañías eléctricas, los supermercados... hasta el punto de que solo un ataque militar a gran escala pudiera vencerla. Pero nuestro argumento es que estos potenciales gobernantes, en un mercado sin Estado, deberían empezar desde cero. En contraste, incluso bajo un gobierno limitado, la maquinaría de subyugación masiva está preparada para ser aprovechada.

Conclusión

La objeción común de que la anarquía provocaría batallas continuas entre Señores de la Guerra no tiene base. En todas las comunidades en que tal realidad sea verosímil, la superposición de un Estado no sería de ayuda. Es más, precisamente lo contrario es cierto: Los acuerdos voluntarios de una sociedad basada en la propiedad privada serían mucho más propicios para la paz y el imperio de la ley que el montaje coactivo de un gobierno monopolístico y parasitario.

Notas

1- Una vez hecha está concesión, hay que señalar que los anarcocapitalistas pueden ver sus teorías materializarse en cierta medida.
2- Es cierto que esta cifra sería inferior para una empresa de defensa privada, dado que controlaría los costes bastante mejor que el Pentágono. No obstante, es cierto que una empresa privada "reservaría" su stock de armas mejor que los burócratas del Estado.
3- Tengamos presente que, hoy en día, los grupos mafiosos a) no roban tanto dinero, ni matan a tanta gente, como el gobierno en cualquier día de trabajo rutinario y b) que parte de su poder procede de las prohibiciones gubernamentales (juego, drogas, prostitución, usura...) y, por tanto, no son representativas de una sociedad anarquista.

(Original aquí)

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