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Todo un hombre de Estado: Julio 2009

30 de Julio de 2009

La velocidad del dinero, un concepto a abandonar
Hoy publico en el Instituto Juan de Mariana un artículo en contra del concepto (y sobre todo del mal uso) de la "velocidad del dinero". Mi propuesta (en realidad no es mía, sino de muchos otros economistas) es sustituirlo simplemente por el concepto de demanda de dinero:
El valor del dinero, como el de cualquier otra mercancía, depende de su utilidad marginal, esto es, de la intensidad de la demanda sobre la oferta existente. En la ciencia económica actual, incluso entre muchos austriacos, se habla con soltura de "oferta monetaria" pero rara vez se menciona el término de "demanda monetaria". Lo sustancial parece ser cuántas "vueltas" da una cierta cantidad de dinero en la economía y no durante cuánto tiempo el agente económico está obteniendo utilidad de una determinada cantidad de dinero.

Un incremento de la demanda de dinero no contrarrestada por un aumento de su oferta supondrá un incremento del valor del dinero (y por tanto una caída de los precios del resto de bienes) y viceversa. Si, por ejemplo, los consumidores aumentan sus saldos de caja para consumir en el futuro (no es necesario que sea ni para especular ni como motivo de precaución), el precio de los bienes presentes tenderá a caer y el valor de las unidades de dinero que no se retengan en los saldos de tesorería aumentará. En absoluto necesitamos, pues, la idea de velocidad del dinero.

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29 de Julio de 2009

Las renovables no crean riqueza, por mucho que os empeñéis
Hoy publico en la sección de Suplementos en Libertad Digital una reflexión sobre los recientes ataques que desde la izquierda ha recibido el informe de la URJC sobre las energías renovables... tanto por malicia como por incompensión:
El informe de la Universidad Rey Juan Carlos en torno a los efectos sobre el empleo de las subvenciones a las energías renovables (popularmente conocido como Informe Calzada) no dice que toda actividad estatal destruya empleo (algo que, obviamente, queda muy fuera de nuestro –soy uno de los autores– concreto campo de estudio), ni siquiera que no deba invertirse en energías renovables. Nuestro estudio lo que señala es que las subvenciones públicas a las renovables no sólo no crean puestos de trabajo en el conjunto de la economía –como repiten hasta la saciedad los impulsores y beneficiarios de esas subvenciones–, sino que destruye empleo. Obviamente, si el único argumento a favor de las renovables fuera el del empleo, nuestro estudio zanjaría para siempre el debate (siempre y cuando no estuviera equivocado, claro). Pero probablemente no sea ése el caso, y se podrá pensar en alguna razón más para defenderlas (cuestión distinta es si esos nuevos argumentos tienen a su vez fundamento o no).

Sí hay una forma bastante clara de empobrecernos. Imagine que tenemos dos máquinas distintas para hacer el mismo tipo de pan: la primera necesita un litro de combustible para hornear 10 barras, mientras que la segunda necesita 100 litros para producir la misma cantidad. ¿Qué le diríamos a la persona que eligiese producir con la segunda máquina? Obviamente, que está despilfarrando recursos y destruyendo riqueza.
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27 de Julio de 2009

De Madoff a Hernández Moltó
Una vez ya repuesto de la magnífica Universidad de Verano del Instituto Juan de Mariana, vuelvo a publicar de manera más o menos regular hasta que me vaya de vacaciones. Hoy sale un artículo mío en Libertad Digital reflexionando sobre el caso Caja Castilla-La Mancha y las implicaciones que debería tener sobre la monserga hiperregulacionista:
Con el caso Caja Castilla-La Mancha no sólo debería derrumbarse este mito. Hay una asimetría si cabe más perversa que sugiere que el sector privado es esencialmente corrupto y el público fundamentalmente pulcro. El mercado nos arrastra hacia la competencia feroz y la ley de la selva mientras que el Estado nos empuja hacia la cooperación y las mieles de la civilización. Implícitamente se sugiere que el Estado debería sustituir al mercado y que si en vez de la avaricia privada hubiésemos gozado de la solidaridad pública, ninguno de estos desaguisados se habría producido.

Sin embargo, tan sólo es necesario observar de qué manera se han comportado las cajas de ahorro durante las recientes fluctuaciones económicas para comprender cómo sería un mundo donde la banca estuviera controlada y dirigida por políticos. El paraíso con el que sueñan Zapatero y Obama, el de la banca pública, está aquí en España: amiguismo, corrupción, inversiones suicidas y créditos alocados. "Infracciones muy graves" que demuestran que el hombre y no el mercado es el codicioso y potencialmente mancillable. La diferencia está, o debería estar, entre otros asuntos básicos en que en un mercado libre los errores se pagan con la quiebra y los fraudes con la restitución de las víctimas; en un sistema público, con rescates, opacidad y más poder regulatorio para los políticos.

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20 de Julio de 2009

Revisionismo monetario
Como os prometí aquí va la lista que elabora Bruno Moll en su libro La moneda (1938) sobre errores comunes en la teoría monetaria y que siguen en su práctica totalidad muy vigentes. El capítulo en el que se contienen lleva el significativo título de "Las tesis de los reformistas de la moneda y la ciencia", por aquello de mainstream y demás:
  1. La moneda metálica ha caducado. La más perfecta es una moneda de papel manipulada.
  2. El valor del oro es tan dudoso e inseguro que valdría más deshacer los sistemas monetarios radicalmente de ese metal.
  3. Las tenencias de oro existentes en los diversos países son un barómetro defectuoso de la necesidad y demanda de la moneda. Son siempre ocasionales, o demasiado pequeñas o demasiado grandes; o bien obran en dirección deflacionista, deprimiendo los precios y haciendo daño a la economía, como en las depresiones y crisis, o bien amenazan obrar en la dirección inflacionista.
  4. Las verdaderas y buenas medidas de la cantidad de circulante que reflejan una demanda sana y normal de la economía son otras: las cifras de los índices; el grado de empleo; el estao de la producción; la cantidad de letras entregadas a descuento; la política de descuento; la cantidad de los bonos del tesoro; y otras más.
  5. Los precios bajos y los precios descendentes constituyen siempre un mal; los precios altos y los ascedentes siempre un bien para la economía.
  6. La llamada buena coyuntura, marcada por el alza de precios, es el único estado saludable sostenible de la economía. Toda producción que se efectúa en estas condiciones es saludable y justificada.
  7. Un descuento tan bajo como sea posible es una meta ideal en la economía.
  8. Un aumento arbitrario y artificial de los medios de pago y créditos es muy saludable para la economía.
  9. Una moneda que se deprecia, dentro de ciertos límites, es favorable para los exportadores del país.
  10. El estado ideal de la economía lo obtendríamos si no existieran oscilaciones de los precios ni ciclos económicos (contradice las tesis 5, 6, 8 y 9).
  11. Casi todas las oscilaciones de precios y toda la zozobra de la economía se producen por tener una moneda imperfecta.
  12. Es posible dominar todo el desarrollo económico desde el lado monetario.
  13. Si aumenta la circulación monetaria, por ejemplo en un 20%, los precios siempre experimentan un alza en la misma proporción, esto es, del 20%; si se restringe la circulación retirando un 20% de la moneda circulante, los precios descienden un 20%.
  14. Es posible gestionar un sistema de papel moneda simplemente manipulando los números índice y estabilizando los precios.
  15. Es fácil tener éxito en las convenciones internacionales sobre la moneda.
  16. No existe el problema de la liquidación (de la última etapa) de la moneda.
  17. Los objetivos últimos de la ciencia económica son "el pleno empleo" y el "desarrollo amplio del país". Es necesario realizar estos postulados en cualquier circunstancia, incluso en los países pobres e incluso sacrificando la estabilidad presupuestaria y monetaria.
  18. Un exceso de gasto público es inofensivo siempre que se trate de "inversiones". El peligro de la inflación sólo subsiste si se trata de gastos corrientes.
  19. La inflación no trae peligros sociales, culturales ni políticos.

16 de Julio de 2009

Cuando la Escuela Austriaca era el mainstream
Me acaba de llegar el libro de La Moneda (1938) de Bruno Moll. Tras un primer vistazo hay algunas cosas que me parecen dignas de anotación (por ejemplo, una lista muy interesante de falacias monetarias populares que sigue muy vigente), pero de momento me interesa sólo copiar una nota al pie de página:
Según mi convicción no se puede poner a Keynes a la misma altura que los mejores representantes del profesorado alemán como lo fueron, por ejemplo, Böhm-Bawerk, Karl Buecher, Adolf Wagner, Lexis, G. F. Knapp, Max Weber y, como lo es, Ludwig von Mises. Quien hace tales comparaciones y emite juicios tan exagerados, acerca de Keynes, no conoce profundamente las obras científicamente solidísimas y en parte geniales de los citados economistas.
Ya he comentado muchas veces que la Escuela Austriaca y la alemana eran en realidad la línea de investigación predominante en asuntos económicos como la moneda (Walras ni la contempla y Marshall sólo se enroca en los errores ricardianos) o el capital. Fue un accidente histórico que la charlatanería keynesiana la sustituyera; un accidente que todavía estamos pagando hoy.
España no es la respuesta
Hoy escribo en Libertad Digital sobre por qué el modelo de regulación bancaria español no es la solución al ciclo económico. Más un placebo que la panacea:

Obviamente, una mayor dotación de fondos propios paliará en algo la tendencia hacia la insolvencia y ulterior quiebra de los bancos y, sobre todo, limitará su capacidad de expansión crediticia. Es algo que Hayek ya explicó en la década de los 30 pero de lo que muchos siguen sin enterarse. Ahora bien, suavizar algo el ciclo no significa ni mucho menos eliminarlo, por lo que cometeríamos una grave equivocación si creyéramos que con tímidas reformas de este género podemos dar por olvidadas las causas que nos han llevado a la debacle actual. La banca y los políticos no deberían irse de rositas aprobando una regulación del todo insuficiente que dentro de diez años nos vuelva a abocar a otra crisis económica.

Pese a que en España sólo ha quebrado formalmente Caja Castilla-La Mancha, no deberíamos olvidar dos hechos importantes: primero, nuestra muy regulada banca ha generado, gracias a su laxitud crediticia, la mayor burbuja inmobiliaria del mundo; segundo, España ha destinado tanto dinero a recapitalizar su banca como Estados Unidos (alrededor del 5% del PIB) y a la luz del FROB parece que todavía necesitará mucho más (casi el 10% del PIB).

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12 de Julio de 2009

Barra libre contra el contribuyente
Hoy escribo en Libertad Digital sobre el nuevo sistema de financiación autonómica:
Lo normal debería ser que cada comunidad autónoma sufragara sus gastos con los ingresos fiscales que obtiene, así actúan en última instancia los Estados y, de manera mucho más digna, las empresas privadas. Sin embargo, en la España de las autonomías esto no sucede. Sólo dos comunidades autónomas, según el sistema de financiación establecido en 2001, cubren sus necesidades de gasto con las figuras tributarias que se les han cedido: Madrid y Baleares. El resto de comunidades autónomas financian ese "déficit" con dinero que aporta la Administración central (esto es, todos los españoles con sus impuestos) a través del llamado "fondo de suficiencia".

Ante este grotesco esquema, las opciones parecen ser dos: o terminamos de una vez con la descentralización competencial y presupuestaria, de manera que sea el Estado central quien planifique la prestación de servicios (con o sin colaboración autonómica) y pague y cobre por ellos; o establecemos una auténtica descentralización competencial y presupuestaria, esto es, que las necesidades de gastos no sean estimadas ni objetivizadas y que sean sufragadas íntegramente por los impuestos de cada comunidad autónoma (de modo que los déficits se eliminen como siempre se eliminan los déficits: o aumentando impuestos o reduciendo el gasto, pero no pidiendo que sean el resto de regiones quienes abonen el importe)
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11 de Julio de 2009

Hacia la inflación mundial
Ayer escribí en Libertad Digital los perjuicios que implicaría establecer una divisa mundial de curso forzoso. Sigo siendo bastante escéptico sobre esta posibilidad, aunque desde luego los incentivos políticos son cada vez mayores:
La gran mayoría de economistas de la época defendían el patrón oro por un motivo esencial: constituía una divisa mundial. Su gran preocupación era que la implantación de diversas divisas estatales modificara los flujos comerciales no por cambios en la economía real, sino por cambios en los sistemas monetarios internos. Y en efecto, desde su abandono el mundo se ha sumido en un sistema de divisas fiduciarias que fluctúan de valor unas con respecto a las otras (más bien unas se hunden más rápido que otras), que dejan la prosperidad de los ciudadanos al arbitrio de la cordura del mandatario de turno.

En principio, por tanto, una divisa mundial podría parecer una gran solución –incluso liberal– que impulsara el comercio internacional. Pero no conviene confundirse: las dificultades para unificar divisas fiduciarias son innumerables (sólo hace falta observar las tensiones actuales en la zona del euro) y, de hecho, sólo resultan mínimamente sostenibles en países que cuenten con gobiernos austeros y sistemas financieros análogos. Obviamente, ni Occidente es homogéneo ni, sobre todo, Occidente se parece en nada al resto de satrapías internacionales.
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9 de Julio de 2009

¿Quién fue más keynesiano: Hoover o Roosevelt?

Los comentarios de Egócrata me han llevado a analizar algo de lo que él, pese a ser keynesiano, no parece haberse dado cuenta. Como sabéis, Keynes prescribe que la mejor manera para salir de la crisis es llevar a cabo una política fiscal expansiva. Esto puede ser tanto bajar impuesto y mantener el gasto público como subir el gasto público y mantener impuestos. Para Keynes lo importante no es tanto incrementar el tamaño del Estado, sino que el Estado sustituya vía endeudamiento el gasto privado que deja de realizarse. Pero dado que las bajadas de impuestos tienen un destino incierto (atesoramiento) existe obviamente un sesgo favorable a que las políticas de demanda se lleven a cabo por el gasto público.

Sentado esto, dice Egócrata que los déficits de Hoover no tuvieron mérito porque la economía se hundió y por tanto el déficit se produjo vía caída de ingresos y no vía expansión del gasto. Lo cual es fundamentalmente cierto, el incremento del gasto público de Hoover fue relativamente modesto: “sólo” pasó de 2.600 millones en 1929 a 3.400 en 1933. Si lo miramos en relación al PIB, sin embargo, la cosa cambia: el gasto público aumenta del 2,5% al 6%, es decir, aumenta más del doble. Por su parte, Roosevelt incrementa el gasto de 3.400 en 1933 a 12.700 millones en 1940, un incremento mucho más espectacular. Los problemas, sin embargo, vuelven cuando lo miramos en términos de PIB: del 6% al 10%, menos de la mitad.

Egócrata desprecia las políticas de demanda de Hoover porque, como digo, no incrementó sustancialmente el gasto. Ahora bien, las políticas de demanda no consisten en incrementar el gasto per se, sino en incrementarlo con gasto al déficit. Si el gasto público aumenta porque subimos los impuestos, el consumo público elimina el privado, sólo redistribuimos la renta.

La cuestión, por tanto, es qué político tiró más del déficit, si Hoover o FDR. Aquí podemos utilizar dos indicadores. El primero sería el déficit sobre el PIB. En este caso los datos son poco concluyentes.

De hecho, aunque a Roosevelt se le fuera durante tres años un poco más la mano (por cierto, esos tres años se asocian con el primer New Deal, que incluso los keynesianos reconocen que no funcionó), como media gana Hoover: el déficit medio anual entre 1929 y 1933 fue del 1,58% del PIB (el agregado del 1,44%) y el déficit medio entre 1933 y 1940 del 1,46% (el agregado del 1,17%). No incluyo los otros años  del mandato de Roosevelt por corresponder a la II Guerra Mundial en EEUU.

Otra medida posible del esfuerzo de gasto que hizo cada uno es medir qué porción del gasto total correspondía a déficit.  En este caso los datos son menos ambiguos:

Como media, Hoover financió cada año el 28% de su gasto vía déficit (el 31% en términos agregados), mientras que FDR sólo lo hizo en un 17,3% (el 13,6% en términos agregados).

En otras palabras, Hoover recurrió mucho más al déficit público de lo que lo hizo Roosevelt, esto es, frente a la contracción de la economía siguió una política más keynesiana que Roosevelt. Basta fijarse que entre 1928 y 1933 el PIB de EEUU cayó a la mitad y sin embargo el gasto público aumentó un 30%; en cambio con Roosevelt el PIB aumentó un 125% entre 1933 y 1940 y el gasto lo hizo en un 130%.  En realidad, Roosevelt tendió a adaptar el peso del Estado que Hoover le había dejado al crecimiento económico que experimentó la economía.

PD: Egócrata también acusa a Hoover de conservar el patrón oro y no abandonarlo como hicieron otros países que, gracias a ello, se recuperaron más rápidamente. En general se olvida una cosa sobre el patrón oro: que es un sistema monetario internacional. Abandonos progresivos del patrón oro equivalen a fracturación de la moneda internacional y no veo cómo puede sostenerse que esto es positivo. ¿Acaso las devaluaciones competitivas y el proteccionismo campante en la década de los 30 fue una política beneficiosa para la economía mundial? Lo dudo y, sin embargo, es el subproducto de salir del oro y permitir que las monedas nacionales fluctuaran unas con otras: ruptura de la división internacional del trabajo y tentación a devaluar la moneda con el posterior blindaje vía aranceles.

Precisamente por eso, la tesis de Eichengreen no es convincente, cae en la falacia de la composición: que los países que individualmente abandonaran el oro les resultara beneficioso (aunque sobre esto también habría bastante que hablar) no significa que globalmente lo fuera ni que a largo plazo facilitara la recuperación. De hecho, existe una explicación sencilla a por qué quienes abandonaron el patrón oro se recuperaron antes: los deudores que impagan su deuda pueden reconstruir más rápidamente su posición financiera. Todos los países del tercer mundo, y Argentina, lo saben. Cada vez que impagan deuda pública les trasladan el coste a sus acreedores impagados. ¿Es esto positivo para la economía? Bueno, entonces no veo por qué a Egócrata le parecerá mal la quiebra de Lehman Brothers.

¿Quiénes son los seguidores de Hoover en España?
Egócrata, sin demasiado rigor histórico, nos tacha a algunos con cierto humor de "neohooveristas hispanos". Humor tanto por su finalidad al hacerlo como por el resultado que consigue. Ya saben, el mito de que Hoover fue un convencido seguidor del laissez faire que pretendió dejar que el mercado liquidara las malas inversiones sin tratar de estabilizar la demanda (mérito que correspondería a Roosevelt). Una mentira muy conveniente, ya que a todas luces los resultado de su administración fueron horrorosos. Por tanto, liquidacionismo=catástrofe económica.

Como señala Lawrence White, quienes practican este ejercicio de manipulación se escudan en una cita de Hoover en sus memorias:

Dentro de nuestra Administración se debatían dos escuelas de pensamiento. La primera era: “dejen hacer a los liquidacionistas”, encabezados por el secretario del Tesoro Mellon, quien creía que el gobierno debía mantener sus manos fuera y dejar que todo se liquidara. El sr. Mellon sólo tenía una fórmula: “Liquidad a los trabajadores, liquidad las acciones, liquidad a los granjeros, liquidad los inmuebles”. Mellon insistía en que cuando la gente sufría un impulso inflacionista, la única forma de pararlo era dejar que todo colapsara. Sostenía que incluso el pánico no era una mala cosa, decía: “Purgará el sistema. El alto coste de la vida y el alto nivel de vida se reducirán. La gente trabajará más pero vivirá una vida más moral. Los valores se ajustaran y los empresarios surgirán de entre las ruinas de los menos competentes”.

Es una pena que se olviden del significativo párrafo que va después:

Sin embargo, otros miembros de mi Administración con responsabilidades –el subsecretario del Tesoro Mills, el gobernador de la Reserva Federal Young, el secretario de Comercio Lamont y el secretario de Agricultura Hyde– creían conmigo que teníamos que utilizar los poderes del gobierno para enmendar la situación. La historia mostrará que actuamos a los diez días y que planificamos cada semana y cada mes para prevenir los cambios en la marea, generalmente a peor. En este primer momento, estuvimos determinados a utilizar todos los poderes del Gobierno.

Y por si cabía dudas, miremos cómo vendía Hoover su propia política en 1930:

Determiné que era mi tarea, incluso sin disponer de ningún precedente, el hacer un llamamiento a la industria el país para llevar acabo una acción coordinada y constructiva con la que resistir las fuerzas desintegradoras. La comunidad empresarial, los banqueros, los trabajadores y el Gobierno han cooperado con medidas más amplias que nunca antes. Nuestros banqueros y la Reserva Federal han atravesado la tormenta crediticia sin impedimentos. Nuestras mayores empresas han mantenido los salarios, redistribuido el empleo y acelerado la grandes obras. El Gobierno ha expandido la obra publica, proporcionado crédito a la agricultura y restringido la inmigración. Estas medidas han permitido mantener un alto nivel de consumo del que habríamos tenido sin ellas. Han evitado un gran incremento del desempleo; han creado muchos nuevos puestos de trabajo.

Esto más que a liquidacionismo suena a zapaterismo, obamismo, keynesianismo e incluso egocratismo. No sé quiénes serán los neohooveristas hispanos, pues.

Vamos, que la supuesta parálisis de Hoover no se ve por ningún lado, tampoco en el déficit público, que no se distingue en nada al de Roosevelt:




Liquidacionismo en estado puro.


8 de Julio de 2009

La teoría austriaca se abre camino poco a poco
¿Cuáles son los males de las agencias de calificación? ¿Por qué han fallado tanto? Desde hace tiempo lo vengo repitiendo en los boletines de coyuntura económica (por cierto, para el quinto ya no falta casi nada):
    • Las agencias de calificación consideraron que el entorno económico imperante a la hora de efectuar el rating seguiría vigente de manera indefinida. El exceso de liquidez y los reducidos spreads de financiación aparecían a sus ojos como características de una nueva organización financiera que daba paso a una nueva era económica. No entendieron que el exceso de liquidez era la antesala de las restricciones futuras en la misma, esto es, que la manipulación a la baja de los tipos de interés en los mercados monetarios terminaría por revertir en malas inversiones y tipos de interés mayores en el futuro. Como ilustrativo ejemplo tenemos el caso de Fitch, quien en julio reconoció que sus ratings sobre los bonos hipotecarios se basaban en la hipótesis de que los precios de la vivienda nunca dejarían de subir. Por este motivo, la diversificación de activos financieros que practicaban los fondos no daba lugar a una reducción efectiva del riesgo, ya que todos los productos se hallaban sujetos a un riesgo común que su propia existencia estaba contribuyendo a crear: la contracción crediticia.
    • Asimismo, tampoco se valoraron correctamente los riesgos de liquidez, esto es, las pérdidas que podían emerger en caso de que tuvieran que liquidarse con urgencia buena parte de los activos de los fondos. Las agencias supusieron que el valor registrado de los activos era adecuado (pese a que muchos de ellos ni siquiera cotizaban en un mercado) y que podían transformarse en dinero a un descuento despreciable. Sin embargo, ambas hipótesis eran falsas: ni las valoraciones eran correctas ni, sobre todo, es posible liquidar grandes cantidades de un activo sin ir expandiendo al mismo tiempo el margen entre precio pedido y precio ofrecido.
    • Por último, la falta de competencia en el negocio de las agencias de calificación ha promovido que se convirtieran en una pata más de un sistema financiero con pies de barro. Pese a que Moody’s y Standard and Poor’s tienen alrededor de un siglo de existencia, no fue hasta 1975 cuando la SEC obtuvo el monopolio para conceder licencias para poder ejercer como agencia de calificación mediante el título de "Nationally Recognized Statistical Rating Organization". La ausencia de libertad de entrada ha favorecido una cierta corrupción de las agencias de rating, cuyas calificaciones, pese a estar desprestigiadas, siguen siendo imprescindibles para el funcionamiento de los mercados de capitales.
Es decir, a) desconocer la teoría austriaca del ciclo económico, b) obviar en consecuencia el riesgo de liquidez y de liquidación, c) cartel semipúblico. Atención a este artículo de Expansión de Axesor y el Instituto de Estudios Bursátiles que incorpora, entre otras más discutibles, estras tres días:
  • Es verdad que en la mayoría de los casos, simplemente no se ha prestado atención a que los modelos y las tomas de decisión incorporaran una teoría del ciclo, especialmente respecto de aquellos ciclos que se producen como consecuencia de una expansión del crédito no respaldada por ahorro real, y cuando la incorporaban, ésta era equivocada.
  • Otro de los aspectos claves que han influido en el posible fallo de dichas agencias de calificación durante esta crisis es la condición de oligopolio que mantienen las tres grandes (Moody’s, S&P y Fitch) por motivos regulatorios, en la medida en que en los acuerdos de Basilea (y, por tanto, en los requisitos exigidos por los bancos centrales) se exige que las calificaciones externas sean concedidas por agencias de reconocido prestigio (que lógicamente son las tres más usadas), creando una barrera de entrada legal difícilmente superable para nuevas agencias, al tiempo que se pierden los incentivos en las tres grandes por ser más eficientes, por lo que una posible medida debería ir encaminada a que el mercado pueda elegir aquellas agencias que de verdad sean más capaces de anticipar los riesgos.
  • Otros dos grandes retos quedan pendientes: el primero, pasa por incorporar de alguna manera el riesgo de liquidez en los modelos de riesgo de crédito. Esto es, desde el punto de vista de las entidades de crédito, mejorar en el matcheo de plazos del activo con el pasivo, lo que supone renunciar a mayores beneficios pero consiguiendo un balance más seguro, pero también desde el punto de vista de las empresas, ponderar más y mejor la capacidad de generar caja sin necesidad de financiación ajena o, lo que es lo mismo, tener en cuenta en los modelos que un problema sostenido de liquidez en la empresa acaba afectando a su solvencia.
Ya es el segundo brote de sensatez en nuestro país después del del Banco de España.
Japón, campo de pruebas comunista
Artículo en LD sobre la posibilidad de eliminar el dinero en metálico para salir de la crisis:
De vez en cuando surgían ciertos lunáticos, como Proudhon o Gesell, que insistían en que nuestras sociedades eran pobres porque el crédito no era gratuito (acusación que también con cierta frecuencia se vertía sobre los avaros judíos: pensemos, por ejemplo, en el jerarca nazi Gottfried Feder, admirador de las obras de Gesell que saltó a la fama defendiendo la necesidad de romper con la esclavitud del interés: el Brechung der Zinsknechtschaft), pero nadie les hacía caso. Nadie, claro, hasta que Keynes pervirtió los términos de la economía y confirió un rango pseudocientífico a esos lunáticos. Así, a partir de Keynes, las sociedades pasaron a ser pobres (o a entrar en crisis) no por su insuficiente o inadecuada producción, sino por su insuficiente demanda.

Es el sueño de los inflacionistas: que el dinero deje de serlo. Que la gente no pueda atesorarlo y protestar contra los empresarios ineficientes que no le ofrecen los productos que desea o contra los prestatarios torpes que no son capaces de pagarle tipos de interés más elevados por su capital. Por el mismo motivo se cargaron el patrón oro, y ahora quieren cargarse el dinero en efectivo.
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6 de Julio de 2009

¿Saben los economistas de economía?
Es a la pregunta a la que intenta responder Citoyen. Estaba tentado a contestar que no, pero tras pensarlo contestaré que rotundamente no. Sin ánimo de ser exhaustivo, aquí va una lista de cosas que los economistas ignoran y que son fundamentales para nuestra ciencia como bien de manifiesto pone el fiasco de la crisis actual. Sólo me centro en la macroeconomía y en proposiciones que casi ningún economista conoce, si además nos centráramos en el pensamiento dominante...
  • Los economistas no saben qué es la liquidez.
  • Los economistas no saben que cada bien tiene dos precios y no uno.
  • Los economistas no distinguen entre capital y bien de capital.
  • Los economistas no tienen una teoría del capital (¿es capital la vivienda familiar?).
  • Los economistas no saben que los bienes de capital son heterogéneos y no homogéneos y, por tanto, específicos, complementarios, indivisibles e inconvertibles.
  • Los economistas no saben que los bienes de capital y los bienes en general se ordenan por distintos órdenes y conforman una estructura productiva.
  • Los economistas no distinguen entre dinero y promesa a entregar dinero.
  • Los economistas no saben cómo se determina el valor del dinero.
  • Los economistas no saben que la cantidad de promesas de pago no determina el valor del dinero.
  • Los economistas han olvidado las implicaciones de la función de depósito de valor del dinero.
  • Los economistas no saben que el tipo de interés se determina por factores reales.
  • Los economistas no saben cómo las posiciones de liquidez de los agentes afectan a los tipos de interés de mercado.
  • Los economistas no saben cómo las alteraciones de los tipos de interés de mercado no basadas en alteraciones de los tipos reales provocan la iliquidez de los agentes y una estructura productiva inconsistente.

¿Alguna sugerencia más?

5 de Julio de 2009

El problema de Garoña no son los trabajadores
El viernes publiqué un artículo en Libertad Digital para criticar brevemente uno de los tópicos keynesianos (lo importante es el empleo y la demanda que genera, no la producción) aprovechando el cierre de Garoña:

La oposición a la absurda decisión socialista ha insistido en las familias que se quedarán sin un salario, pero eso es un error. Ahí está un "generoso" Zapatero (siempre con el dinero ajeno, el de los contribuyentes, claro) presto a recolocar en un Parador Nacional o en cualquier otra descabellada ocurrencia los empleos que ha destruido. ¿Entonces? Entonces la diferencia estriba en que Zapatero se ha cargado empleos que eran capaces de pagarse sus propios salarios y pasará a crear otros puestos de trabajo que, precisamente por estar ubicados en actividades insostenibles sin la subvención pública, tienen que obtener sus remuneraciones de la riqueza que otros han generado.

Es la perversa lógica del Plan E: creemos empleos donde sea porque lo relevante no es a qué se dedique ese empleo, sino mantener a la gente ocupada en "algo", gastando o malgastando su tiempo y sus energías.

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3 de Julio de 2009

¿Nos expolian el oro?
Este martes escribí en Libertad Digital un artículo defendiendo la libre explotación de los recursos naturales con el ejemplo de la empresa Kinbauri Gold Corporation, que piensa convertir a España en uno de los principales productores de oro de Europa:
Kinbauri fue la primera empresa que detectó la existencia de amplios yacimientos de oro en España, o que consideró que era posible explotarlos de manera rentable. ¿Acaso no es importante que las empresas se dediquen a aquello que necesitan los consumidores lo antes y de la manera más eficiente posible? Eso es lo que ha hecho Kinbauri: preocuparse por extraer oro de unas minas abandonadas durante casi 2.000 años.

Kinbauri Gold Corporation
cotiza en bolsa. Ahora mismo, cada acción de la empresa cuesta alrededor 60 céntimos de dólar, y Vern Rampton estima que para 2010, gracias a los beneficios de la extracción de oro, rozará los 5 dólares (su valor se multiplicará más o menos por ocho). Tal vez esté loco y sus expectativas no se cumplan, pero de ahí que la rentabilidad futura no sea un ejercicio de habas contadas. Y precisamente por esa incertidumbre, ni los españoles tenemos que invertir forzosamente en extraer oro ni, si alguien se lanza a extraerlo, nos está expropiendo algo: todos aquellos (españoles o no) que creamos en la viabilidad del negocio somos libres para invertir nuestro dinero en él, basta con que compremos acciones de Kinbauri. Así es como el capitalismo distribuye recursos y aúna esfuerzos: no en función de las filiaciones colectivas, sino de las decisiones individuales.
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1 de Julio de 2009

Las crisis no son épocas para lujos
Hoy he publicado en Libertad Digital un artículo corto sobre el sinsentido que supone invertir en energías renovables para crear riqueza:

Este razonamiento primario que casi cualquiera entiende y cuya verificación no requiere más que una mirada fugaz a la realidad trastoca sus términos cuando se incorpora a las teorías de esa plaga económica que son los keynesianos. En sus modelos, los despilfarros lujosos no son un lastre para la recuperación de las crisis, sino uno de sus principales motores.

Sólo así puede entenderse que Obama proponga invertir en las carísimas energías renovables para crear riqueza. Sí, leen bien: el presunto gran beneficio que nos proporcionarán las lluvias de millones que caerán en forma de generosas subvenciones sobre los molinillos y las placas de silicio es que nos ayudarán a salir de la crisis creando puestos de trabajo.
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Supercherías keynesianas
Egócrata describe en esta anotación el argumentario típico de los keynesianos. Básicamente:

- El Estado tiene que gastar mucho para compensar la caída de la demanda privada.
- Si el Estado se endeuda al 1% y la economía crece, el Estado gana dinero.
- Un 60-70% de deuda sobre el PIB no debe preocuparnos y no lastra la economía.
- A medio plazo los enormes déficits de España son imprescinibles para intentar controlar la espiral deflacionista.
- Los inversores no tienen oportunidades mejores de inversión que la deuda pública.
- Al final, toda la gentil actuación del Estado puede fracasar si la contracción crediticia sigue su curso.

Krugman se quejaba en un reciente post de que los economistas tendían a simplificar por no considerar la existencia de tres mercados: dinero, bonos y bienes. Serán los economistas que él conoce, claro. Lo grave, sin embargo, es que esa brutal simplificación que denuncia es la misma que aplica a su modelo: sólo existe algo que sea dinero (no considera la posibilidad de monetizaciones y desmonetizaciones parciales); sólo existe un mercado para los bienes de capital (como si todos fueran homogéneos, perfectamente reconvertibles y divisibles y carecieran de jerarquía y complementariedades) y sólo existe un mercado de bienes y servicios (cuya composicion se antoja poco relevante... por algo estamos en macro). Ya expliqué en su momento que este tipo de análisis no sirven de nada porque no tienen nada que ver con la realidad.

Y mucho me temo que las prescripciones políticas que de ahí se deriven tampoco servirán de nada. Se queja Egócrata de que tras el pinchazo de la burbuja la demanda agregada ha caído. Hombre, es una cuestión muy simple. Los promotores podían antes comprar MUCHO porque sus 800.000 pisos tenían salida (precisamente por ser una burbuja con esquema Ponzi); hoy como su producción no tiene salida tampoco pueden demandar. Tres cuartos de lo mismo sucede con los bancos, si tu capacidad para demandar (esto es, para conceder crédito y que otros demanden) dependía de la generación de riqueza en unos sectores muy concretos de la economía (construcción) y ahora se comprueba que esos sectores son ruinosos, su demanda (crédito) forzosamente cae.

¿Qué hay que hacer? Los keynesianos no se dan cuenta (muchos ni siquiera quieren darse cuenta porque tendrían que abandonar sus esquemas cuadriculados) de que con una estructura productiva dirigida a producir pisos, sólo queda asumir que nos hemos equivocado, que toca asumir pérdidas (no teníamos ninguna gallina de los huevos de oro) y que hay que readaptarse (consumir menos, porque somos menos ricos y porque tenemos que ahorrar para poder invertir en nuevas empresas). Su idea es otra: aquí no es necesario que se adapte nada, porque como el capital (K) tiene una misma naturaleza, sólo tiene que reasignarse y reorientarse de unos sitios a otros. Lo único relevante es mantener el valor del capital generando unas expectativas esperanzadoras que no fuercen a la gente a desinvertir, dejar de consumir y atesorar el dinero bajo el colchón.

¿Cómo? Pues si los ciudadanos tienen miedo y están saliendo de su estado de burbuja, ¡qué el Estado nos mantenga en la fiesta! Gastemos y gastemos para que nadie se dé cuenta de que es más pobre (eso sí, con cargos a deuda pública, esto es, unos supuestos ingresos futuros que ya veremos si alguna vez se producen), estabilicemos demandas (pobres promotores, pobres bancos, pobres períodicos de papel, pobres automovilísticas... si su mercancía sigue siendo igual de buena que hace tres años, ¿por qué nadie la compra compulsivamente?) y, sobre todo, evitemos que caigan los precios de los activos y de los bienes de consumo, ya que ello generaría espirales deflacionistas que son lo peor que puede haber. Con un poco de suerte, pasaremos de una burbuja a otra, esto es, de producir unos bienes completamente inútiles a producir otros también completamente inútiles y todo en nombre de la prosperidad y el bienestar humano. ¿Qué haríamos sin burbujas? ¿Cómo saldríamos de este funesto equilibrio con desempleo al que tiende la desdichada organización humana capitalista?

Dos simples comentarios sobre las políticas anteriores, uno de contabilidad y otro de finanzas. Primero, si el valor de tu activo cae, eres más pobre. Puedes llevar la pérdida a libros o no; la diferencia es a quién engañas, pero no cambias la naturaleza de tu ruinoso negocio (que se lo digan a Enron). Frente a esto, incrementar tus deudas no parece la opción más inteligente, sobre todo si las destinas a gastos corrientes. Un incremento de los pasivos también equivale a un empobrecimiento de mi situación patrimonial. ¿En serio creemos que resulta positivo recibir dos mazazos, uno por el lado del activo y otro por el del pasivo? Segundo, a precios que ya se sabe inflados nadie invierte (salvo los especuladores a quienes les vaya mucho la marcha). Simplemente porque se sabe que el crédito y el gasto forzado no pueden sostener precios artificiales de manera permanente. No hay excepción. Los precios han de caer precisamente para que se genere lo que Benjamin Graham denomina "margen de seguridad", esto es, precios lo suficientemente bajos como para eliminar un ulterior riesgo bajista a largo plazo. La bolsa no ha subido casi un 50% desde marzo porque el Estado se haya puesto a comprar acciones, sino porque en marzo se alcanzaron precios ridículamente bajos como para no entrar en el mercado.

Y si los precios no caen, ¿cómo vamos a generar nuevas oportunidades de inversión? ¿Quién compra un inmueble a PER 25 cuando sabe que le queda una caída de alrededor del 30%? Es que resulta simplemente suicida: es bastante probable que si cualquier empresa se come esa pérdida, acabe descapitalizada.

Lo único seguro es la deuda pública, se dice, y aparentemente eso no nos debe preocupar porque el Estado se financia "gratis" y porque es lo que toca hacer ahora mismo. Entiendo que a los aficionados a las burbujas como base del crecimiento, les parezca fantástico que se generen burbujas en la deuda pública. Si nos fijamos, lo único que realmente se ha abaratado es la financiación a corto plazo del Estado:



Dicho de otra manera, el Estado tiene muy poderosos incentivos a ir concentrándose en los vencimientos más cortos de la deuda (como, por cierto, predecía aquí muy correctamente Antal Fekete) y cuanto más bajos estén los tipos de interés, más cortos tenderán a ser esos vencimientos (invertir a 20 años al 1% es desastroso, ya que un mínimo repunte de los tipos te erosiona casi todo el capital). Así pues, se endeuda a corto e invierte a largo. ¿No hay de qué preocuparse? Algunos confunden financiarse gratis con gastar gratis; una cosa es que no nos cobren casi intereses por el crédito y otra que no haya que devolver ese crédito. Es cierto que niveles del 60% o 70% de deuda son sostenibles, siempre y cuando la economía vuelva a crecer. Lástima que el gasto público financiado con deuda nos empobrezca (simple contabilidad) e impida el reajuste para volver a crecer. Y si no volvemos a crecer, lo normal es que te pase como en Japón:



E incluso un Japón en el mundo es sostenible si el resto de países tienen las finanzas saneadas. Pero, ¿qué sucede cuando todos están empantanados? ¿Es sostenible que todo el mundo tenga deudas públicas del 100% sobre el PIB? Pues no, y entonces es cuando viene la quiebra de algún país o sistema financiero que "frustra" todo el abnegado esfuerzo de los economistas keynesianos y cuando estos nos dicen: "Estuvimos a punto de lograrlo, lástima que tuviéramos mala suerte y quebrara tal país". Lo dicho, en lugar de ciencia, tiran las cartas.

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