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Todo un hombre de Estado: Septiembre 2009

30 de Septiembre de 2009

Posner, otra víctima de Keynes
No es que tuviera demasiado respeto intelectual por Richard Posner, pero tras su artículo convirtiéndose al keynesianismo he acabado de perderlo:
El truco que emplea Keynes es tan primario, que los que no se preocupan por buscar explicaciones causales y realistas dentro de la economía suelen ser presa fácil del mismo. Básicamente, Keynes se fija en que la Renta Agregada (o el PIB) es igual a consumo + inversión. Así, supongamos que el PIB es 10, el consumo 9 y la inversión 1 (10 = 9+1); parece claro que entonces la inversión es una décima parte del PIB, o lo que es lo mismo, el PIB es diez veces la inversión. Esto le sirve a Keynes para dar un salto al vacío y suponer que si la inversión se incrementa de 1 a 2, el PIB también lo hará de 10 a 20, cuando en puridad pasaría de 10 a 11 (11 = 9+2). El economista de Cambridge confunde las relaciones causales (cada punto de inversión multiplica por 10 la renta) con las funcionales (en estos momentos, la renta es 10 veces mayor que la inversión).

El atesoramiento de dinero cumple funciones muy importantes en la vida empresarial; funciones que resultan insustituibles para su correcto funcionamiento. Primero, es la única manera en que los consumidores pueden protestar contra los empresarios que les ofrecen lo que no demandan: en este caso, el atesoramiento es una manera de forzar la reconversión de la estructura productiva a una más acorde con los deseos de aquéllos. Como decía Jacques Rueff: "Demandar liquidez no es no demandar nada, como creía Keynes; es demandar riqueza que pueda ser monetizada dentro de nuestro sistema monetario. Y, por tanto, como cualquier otra demanda, pone en funcionamiento las fuerzas del mercado". Y, segundo, el atesoramiento equivale a un fondo del que los agentes económicos pueden echar mano para adaptarse rápidamente a los cambios imprevistos. Sin dinero atesorado, las empresas y las familias apenas tienen capacidad para modificar su conducta de manera rápida y para corregir sus errores.
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Rueff sobre las quiebras bancarias
Cuando los bancos son privados, soportan la responsabilidad de su gestión. Si adquieren riesgos excesivos, su capital será reducido hasta el total pago de sus deudas. Si desaparece, la quiebra pondrá fin a su actividad, y el daño a terceros será tan pequeño como sea posible si la quiebra se produce rápidamente.

El Estado puede, pues, dejar a los bancos privados libres de los peligros que asumen, por lo menos en tanto que sus tribunales cumplan su misión con vigor y rapidez. La actividad bancaria no tiene por qué ser reglamentada más que, tal vez, en lo que se refiere a su descripción contable.

Jacques Rueff, El Orden Social (1964)
Apenas ha llovido desde entonces. Cuánta saber práctico y teórico desperdiciado. Pero sí, vivimos en tiempos de una masiva desregulación financiera.

24 de Septiembre de 2009

Gabriel Calzada en el Congreso de EEUU
Me informa Gabriel de que en unos momentos va a testificar en el Congreso de EEUU y que se puede seguir su declaración desde aquí. Es un mail muy breve, así que no os puedo decir más.

Aquí tenéis la transcripción de su declaración.
Los complementos monetarios
Acabo de publicar en el Instituto Juan de Mariana un artículo que me imagino que no gustará mucho a los partidarios de la reserva 100%. Pero bueno, abierto a críticas me hallo:
Los mal llamados medios de pago fiduciarios (no respaldados 100% por dinero, aunque sí por otro tipo de bienes con mayor o menor liquidez) no vienen a cumplir necesariamente las funciones que habría cumplido éste y, por ello, resulta confuso y equivocado denominarlos sustitutos monetarios. Más adecuado sería llamarlos "complementos monetarios", ya que sin ellos numerosas transacciones no llegarían a producirse.

La riqueza se crea coordinando más o mejor los planes de los agentes económicos, y no obsesionándose con aumentar la cantidad de objetos físicos. Los clásicos creían que el dinero era un velo monetario porque al final todas las mercancías se intercambian por mercancías. Hoy sabemos que una sociedad basada en el trueque no realizaría ni mucho menos las mismas transacciones que una sociedad que cuente con la institución social del dinero. Y ello con independencia de que la cantidad de objetos físicos que puedan ser consumidos o invertidos no se incrementara automáticamente con la aparición del dinero.
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22 de Septiembre de 2009

Vuelve Aguirre
Este jueves pasado reseñé en Libertad Digital el último libro de José Antonio de Aguirre, El capitalismo y la riqueza de las naciones. Aguirre es una de las personas de España que más sabe sobre la Escuela Austriaca y sólo por ello ya merece la pena leer el libro, donde se hace un recorrido por toda la historia del pensamiento económico analizando las diversas teorias sobre el crecimiento y el ciclo económico. Pero además, Aguirre también se ha empapado de toda la teoría neoclásica al respecto y, de hecho, pretende integrar a la teoría austriaca dentro de la neoclásica sin modificarla en lo sustancial.

A mí me ha gustado mucho. Y apuesto por que a Kantor, si se lo llega a leer, también lo hará:
Aguirre es uno de los mayores expertos en la Escuela Austriaca de España y, posiblemente, del mundo. Los seguidores más entusiastas del pensamiento austriaco probablemente lo conozcan por la editorial Aosta, de la que es fundador, dedicada a publicar en español a autores de la talla de Wicksell, Fisher, Hayek o Böhm Bawerk, a cuyos textos suele añadir magníficos e iluminadores prefacios.

Se agradece, y al mismo tiempo sorprende, la claridad expositiva con que desmenuza las diversas teorías sobre conceptos tan complicados como capital o tipo de interés; e intenta sacar algo en claro de las distintas posiciones. Precisamente por ello, por su detenido análisis de los modelos neoclásicos desde una perspectiva austriaca, todo economista ortodoxo debería leer estas páginas con atención. Con un poco de suerte, al cerrar el libro más de uno se avergonzará de haberse perdido durante lustros en modelos irreales sobre el capital y el interés, en lugar de haber leído y estudiado las riquísimas teorías austriacas.
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21 de Septiembre de 2009

1.000 millones de hambrientos
El jueves pasado publiqué este artículo en Libertad Digital a petición de los oyentes de Es la Mañana de Federico:
Lo que oculta el gráfico es que, durante ese mismo período, el número de individuos en el mundo se ha incrementado en más de 600 millones. Dicho de otra manera, unos mercados relativamente libres, a pesar de sufrir la mayor crisis de la historia reciente, han sido capaces durante la última década de crear riqueza y alimentos para 450 millones de nuevas personas. De hecho, entre 2001 y 2006 pese a que la cifra absoluta de hambrientos se incrementó ininterrumpidamente, su porcentaje sobre el total de la población en el Tercer Mundo disminuyó desde el 16% al 15%. Sólo con la crisis ha vuelto a repuntar este año hasta el 16,6%.

Aunque, como digo, no conviene perder la perspectiva. En 1970 este porcentaje alcanzaba el 37%, en 1980 el 29%, en 1990 el 20% y en 1996 el 18%. Pero tampoco se trata de que, como parece, hayamos perdido con la crisis más de una década, es que en esa década han aparecido en el mundo mil millones de bocas más que alimentar.
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15 de Septiembre de 2009

Quinto boletín de coyuntura
Por fin, tras muchos retrasos, publicamos el quinto boletín de coyuntura económica en el Instituto Juan de Mariana. Con diferencia, es al que más tiempo he dedicado, lo que se nota en su extensión y, espero, en su calidad. Lo podéis leer completo aquí; básicamente analizo las causas que llevaron a la quiebra de Lehman Brothers y, sobre todo, sus consecuencias en forma de intervenciones estatales y monetarias.

Muchas de sus conclusiones ya las he ido desgranando en los artículos de opinión que he ido publicando en los últimos meses. Otras no. Sobre alguna de las más polémicas, una alternativa privada al rescate público de la banca, hemos sacado una nota de prensa y, además, he publicado un artículo en Libertad Digital:

Habría bastado con que los acreedores del sistema financiero hubiesen convertido, en el peor de los casos, el 8,5% de sus créditos en acciones para que toda –repito, toda– la banca estadounidense hubiese evitado la quiebra sin necesidad de meter un solo dólar del contribuyente. Situación bastante parecida a la española, con la salvedad de que este proceso habría implicado que los políticos renunciaran a sus chiringuitos, privatizando las cajas de ahorro.

La estrategia de convertir deuda en acciones es muy habitual en los procedimientos concursales. Aquellos acreedores que confían en la viabilidad del negocio, en lugar de liquidarlo aceptan pasar a ser sus propietarios. Lo mismo podría haberse hecho con el sistema financiero internacional: si yo hubiese prestado 100 euros por ejemplo a Citigroup, éste me debería haber devuelto 91,5 euros y los 8,5 euros restantes me los habría pagado en forma de acciones del banco; una vez evitada la quiebra, el banco habría podido volver a generar beneficios, con lo que el precio de sus acciones habría aumentado, y yo sólo tendría que haberla vendido para recuperar el monto total de mi préstamo.

Pero vamos, el boletín es mucho más que eso, así que si tenéis tiempo y ganas, os recomiendo su lectura. Y como siempre, muchas gracias a Álvaro y a Ángel, sin cuya ayuda el boletín todavía estaría en un documento de word lleno de gazapos.

14 de Septiembre de 2009

Una nota sobre la productividad marginal y el salario mínimo

Desde hace unos meses se está produciendo un debate en la red a varias bandas sobre economía laboral. Kantor, Citoyen, Albert Esplugas o Egócrata han defendido o criticado en diversos posts si, en general, los trabajadores tienden a percibir en el mercado su productividad marginal descontada o el empresario posee algún tipo de ventaja comparativa que le permita apoderarse de una parte de la renta del trabajador.

No voy a meterme de lleno en el debate, principalmente porque ni es mi especialidad ni, además, tengo tiempo en estos momentos para iniciar una discusión muy larga. Sin embargo, si quiero apuntar un error que más o menos todos comparten y que hacen a mi juicio estas discusiones un tanto bizantinas y alejadas de la realidad (si bien, en el fondo, Esplugas tiene razón en sus argumentos y Kantor en muchos de ellos).

El error, que lastra a la ciencia económica desde lo tiempos de Adam Smith, está en considerar que los factores productivos producen “renta” o, mejor dicho, que producen una renta propia y distintiva. Adam Smith y David Ricardo, obsesionados –sobre todo el segundo– con el problema de la distribución del pastel de la renta, clasificaron los factores productivos en tres –tierra, trabajo y capital– y le asignaron a cada uno de ellos un tipo de renta –renta de la tierra, salario y beneficio. La justicia imponía que cada uno de estos factores obtuviera la renta que le correspondiera ya que, en caso contrario, unos estaban robando a otros.

El caso más conocido en este sentido es el de Marx, donde los capitalistas se apropiaban de la plusvalía de los trabajadores, esto es, las horas de trabajo trabajadas pero no remuneradas.

A la crítica marxista se respondió con relativa sencillez: cada factor productivo percibe la renta de acuerdo con su productividad marginal descontada. Marx pretendía que lo trabajadores cobraran su productividad marginal, olvidándose de que el valor no es uniforme a lo largo del tiempo. O, como decía Böhm Bawerk, una cosa es que los trabajadores perciban el valor íntegro presente de su producción futura y otra que perciban ahora el valor íntegro futuro de su producción futura.

Pero este apaño no ataca de lleno la esencia del problema. En una economía todas las rentas son iguales: rentas monetarias y el nombre que reciben depende de cómo queramos denominar al factor productivo que supuestamente las genera. ¿La renta de un autónomo es beneficio o es salario? ¿Y la renta de una explotación agrícola, es renta de la tierra o beneficio?

Más interesante es el caso de, por ejemplo, un diamante tallado. ¿Qué parte de la renta que obtenemos al venderlo puede considerarse renta de la tierra y qué parte beneficio? La respuesta habitual es que el beneficio será la parte del precio “extraordinaria” que obtenemos por haberlo tallado sobre la que habríamos obtenido de no haberlo hecho. En otras palabra, se hace necesario estandarizar algo así como “el precio de mercado de un diamante en bruto”. Lo cual, por sí mismo, tampoco nos dice mucho, ya que los diamantes en bruto hay que extraerlos y, por tanto, una parte de su precio correspondería al beneficio o al salario derivado del bien de capital o el trabajo que hemos empleado. Con cual ya hemos de referirnos al “precio de mercado de un diamante en bruto encontrado sobre la tierra” para conocer qué porción de su precio corresponde a la tierra y cuál al salario/beneficio; lo que, de nuevo, no deja de ser problemático porque aun cuando no tengamos que realizar un esfuerzo físico para extraer el diamante, sí llevamos a cabo un proceso de descubrimiento empresarial para localizarlo y para enajenarlo.

Más aún, no puede hablar propiamente de un “precio de mercado” objetivo de ningún activo. Hablar de precios desatendiendo la condiciones subjetivas del vendedor y del comprador da la impresión de que las transacciones se ejecutan en el vacío y sin fricciones de ningún tipo. Así, el precio que obtendrá por un diamante un vendedor con un gran endeudamiento a corto plazo será bastante inferior al que obtendrá un vendedor sin deudas; simplemente el primero tendrá que “malvender” el diamante y el otro podrá negociar.

Por consiguiente, la renta de los factores no es algo derivado del factor en sí mismo, sino del factor y del agente que los posee. Por tanto, ¿en qué sentido puede imputarse una renta monetaria entre distintos factores de manera objetiva o científica? Y la pregunta es particularmente sangrante en el caso de las rentas derivadas por la compra o alquiler de factores que realiza el empresario para acometer su plan empresarial.

En este caso, cada factor debería recibir la productividad marginal descontada de su contribución al lucro del plan empresarial. Pero su productividad marginal no es algo medible, aislable y propio de cada factor productivo, sino que es algo que se encuentra en la cabeza de un señor, que se presenta de manera agregada y que deriva de su plan empresarial. O dicho de otra manera, las rentas de los factores productivos no provienen de lo que ya han producido, sino de lo que se espera que produzcan. No está repartiendo una tarta dada, sino una que se espera se va a dar.

Pero entonces la productividad marginal de los factores no depende de su aportación objetiva a un proceso productivo, sino de la apreciación empresarial de la misma. El mayor o menor optimismo del empresario dará lugar a productividades marginales mayores o menores sin que el trabajador o el terrateniente varíen en nada su conducta. Por tanto, de nuevo, la productividad marginal no es propia del factor productivo, sino del factor productivo dentro del plan empresarial.

Por este motivo, se hace necesario reenforcar al asunto de la productividad marginal de los factores, no como un estado de equilibrio en el que no hay margen posible para ulteriores ganancias, sino como un proceso de ajuste (y reajuste) o descubrimiento de cuáles son los mejores procesos productivos y cuál su composición menos gravosa.

Lo esencial no es tanto si el trabajador cobra o no su productividad marginal, sino si el empresario está recibiendo rendimientos extraordinarios por su capital. En este caso, habrá una tendencia a desinvertir en aquellos procesos productivos menos rentables y a invertir en estos procesos con grandes beneficios, deprimiendo la producción y el empleo de factores en los primeros y expandiéndolos en los segundos. Dicho de otra manera, los grandes beneficios son un potente reclamo para el capital que tenderá o bien a expulsar del mercado a las empresas que paguen salarios más bajos (ya que ningún trabajador querría trabajar para ellas o ningún proveedor querría “regalarles” la mercancía”) o a expandir la producción lo suficiente como para que la tasa de beneficios de esa empresa que paga bajos salarios esté a la par que en el resto de industrias de características análogas. En ambos casos, los salarios tenderán a igualarse a su “productividad marginal”, esto es, los beneficios extraordinarios desaparecen bien por aumento de la remuneración de los factores bien por reducción de los ingresos del empresario.

Y de la misma manera que el capital se desplaza allí donde obtiene un mayor beneficio, los trabajadores o los proveedores también se desplazan allí donde les prometen una mayor renta. Esto es, se produce un arbitraje impulsado por los propios factores entre las diversas ramas de la producción: los trabajos tienden a desplazarse desde niveles bajos de salario sostenibles con la tasa de beneficio de la empresa a niveles altos de salario sostenibles con la tasa de beneficio de la empresa. Es este doble arbitraje el que garantiza la igualación de las tasas de ganancia y de los salarios y el que termina confeccionando la estructura productiva. Claro que la cuestión es qué niveles de salarios y qué tasas de beneficio son sostenibles y esto sólo puede averiguarse en un entorno competitivo: mediante la prueba y el error, la inversión y la desinversión, la contratación y el despido. Ex ante, como digo, no existen productividades marginales objetivas, así que sólo queda que la competencia entre los distintos agentes tienda a elevar los precios de los factores hasta eliminar todo beneficio extraordinario que no se corresponda con la preferencia temporal, esto es, con el tipo de interés.

¿Dónde entra en todo esto el salario mínimo y, en general, todos los procesos que tiendan a elevar forzosamente el nivel de salarios? Pues provocando un doble efecto. Primero, al elevar el precio de lo trabajadores reduce la rentabilidad extraordinaria de ciertas industrias , con lo que el capital no se trasladará a ellas o lo hará en menor medida; es decir, se reducirá el grado de reinversión en la industria. Y, segundo, aquellas industrias o secciones de industrias que dejen de ser rentables debido al incremento de costes, desaparecerán, generando desempleo legal (algunas puede que se capitalicen más para incrementar la “productividad marginal” de los trabajadores, como afirman los defensores del salario mínimo, pero en tanto el capital es escaso sólo lo lograrán a costa de descapitalizar otras industrias que serán la que generen paro).

En general, se considera que la segunda consecuencia es peor que la primera, probablemente porque la primera perjudica especialmente a los capitalistas y la segunda a los trabajadores. Sin embargo ambas son nocivas para los consumidores quienes ven disminuir la cantidad o calidad de los productos que llegan al mercado. La primera frena o ralentiza el desarrollo de una industria y la segunda expulsa industrias enteras del mercado por ser marginales (esto es, por ser las que producen los bienes y servicios menos valorados por los consumidores y que por tanto no pueden repercutir sobre sus precios los mayores salarios que han de sufragar).

Difícilmente puede decirse a priori que los salarios son más altos o más bajos de lo que deberían ser, ya que esta consideración depende de las expectativas del negocio y de la competencia. Al final, pues, las rentas extraordinarias sostenidas en el tiempo son consecuencia de poseer un factor productivo exclusivo que es el que irá concentrando el grueso de la remuneración (ya sea la marca comercial, el departamento de investigación, el excelente y visionario equipo directivo, la provisión exclusiva de diamantes…). Las restantes diferencias tenderán a eliminarse y arbitrarse y la idea de que pueden corregirse ex ante –es decir, sin dejar actuar al proceso competitivo que descubre las remuneraciones sostenibles– no pasa de ser astrología.

Tres breves comentarios adicionales para cerrar con esto:

  1. Todo lo anterior, puede conectarse con bastante facilidad con el concepto de eficiencia dinámica de Huerta de Soto, aunque no lo voy a poner negro sobre blanco ahora.
  2. Toda restricción –también la de jornada laboral o las cuotas migratorias– distorsiona la división del trabajo a través de menor cantidad de productos y salarios más elevados por la destrucción de líneas marginales de negocio y reducción de la reinversión en la economía.
  3. Pese a que no podamos saber a priori cuál es la productividad marginal de un factor, sí sabemos que existen lo que suele denominarse rentas de monopolio o de privilegio: precisamente las rentas que obtienen aquellos factores por ver restringida artificialmente su competencia; esto es, las rentas de aquellos que no tienen incentivos a participar en el proceso de mercado porque obtienen, fuerza mediante, su remuneración. El monopolio, pues, es fruto de la compartimentalización de la división del trabajo, que generalmente será resultado de la acción del Estado u otros organismos que ejerzan la violencia (mafias, grupos terroristas…).

11 de Septiembre de 2009

El libro que me convirtió en economista
Aunque hace años que leí la Acción Humana nunca me había atrevido a reseñarla. Es un libro demasiado inmenso (en todos los sentidos) como para que una reseña mía pudiera hacerle justicia. Desde que lo terminé me decidí a reseñarlo sólo cuando creyera saber suficiente economía como para que fuera una recensión provechosa y que pudiera aportar algo, como muy bien hace Huerta de Soto en su estudio preeliminar.

Desde luego todavía no he superado ese temor prudencial, pero he cambiado ligeramente de opinión. El 60 aniversario de la obra merecía algún tipo de homenaje por mi parte y, considerándome todavía incapaz de escribir una reseña científica que le haga honor al libro, he optado por algo un poco más personal. Algo así como describir mis impresiones acerca del libro y sus repercusiones en mi vida académica. Lo podéis leer aquí. Espero que os guste y, si lo habéis leído, que comentéis qué reacción tuvisteis vosotros al terminarlo.
Sobre la subida de IVA del Gobierno
Sintéticamente:
  1. No hay que subir impuestos, sino bajar el gasto. Tenemos un déficit de 120.000 millones y se pretenden recaudar 16.000. ¿En serio creemos que el problema se soluciona atacando más las haciendas privadas?
  2. Puestos a subir impuestos, que parece que es con lo que disfruta este (cualquier) Gobierno, la subida de los impuestos indirectos es la menos mala que puede llevarse a cabo.
  3. Es un cuento que esto vaya a perjudicar el consumo. Obviamente lo hará, pero los problemas de la economía española no pasan por que consumamos demasiado poco, sino porque consumimos demasiado.
  4. Lo que nos hace falta es ahorro y con un incremento de los indirectos el ahorro es la magnitud que se ve menos afectada. Por ponerlo de manera sencilla, del IRPF no me puedo escapar (o me puedo escapar dejando de tener ingresos); del IVA me puedo escapar no consumiendo, que es justamente lo que necesitamos.
  5. ¿Qué efectos económicos tendría esta medida? Llevará a la quiebra de todas las empresas cercanas al consumo marginalmente menos rentables, los antiguos consumidores tendrán más renta disponible para amortizar deuda y los factores productivos que estaban empleados en esas industrias de consumo pasarán a recolocarse a industrias exportadoras si y sólo si aceptan de una puñetera vez que han de bajar algo sus precios para ser competitivos.
  6. Así que matamos varios pájaros de un tiro: reducción del consumo interno, reducción de deuda, reducció del déficit exterior y ajuste de precios. Todo lo cual, claro, debería haberse realizado mucho antes si el Gobierno no mantuviera sus políticas de mantenimiento de rentas, ya sea vía subsidios, vía gasto público, vía rescate indiscriminado de los bancos, vía modificación de la legislación concursal para retrasar las quiebras... vía todo aquello que quiera conservar una estructura productiva caduca tal y como está.
  7. En resumen: el gasto público desbocado ha traído dos consecuencias nefastas, más deuda y menos reajustes con sus dos corolarios, más impuestos y más estancamiento. Para que visualicemos lo que está haciendo Zapatero: imaginad que tenemos carestía de combustible y estamos utilizando el escaso combustible para poner en funcionamiento una máquina que se dedica a destruir los pozos de petróleo. Dentro de lo que cabe, sin embargo –y siempre que no se toquen las rentas del capital– el aumento de los impuestos indirectos será la menos mala de las decisiones que podía tomar, a excepción de la muy imprescindible reducción del gasto.

10 de Septiembre de 2009

Los sábados, en esRadio
Aunque ya destapó la liebre Luis del Pino en su blog, para los que no os enterasteis, a partir de ahora voy a participar cada sábado en las tertulias políticas de es Fin de semana. Será de 8.15 a 9.45 de la mañana (malas horas, pero algunos haremos un esfuerzo y nos adaptaremos... o eso espero). No es que me entusiasme la idea de opinar de casi todo, pero bueno, intentaré aportar una perspectiva más económica que es de lo que sé.

Espero que os guste el programa.

9 de Septiembre de 2009

El colapso de la macroeconomía... y de Keynes
Hoy publico en la sección de Suplementos de Libertad Digital una respuesta al artículo de Krugman que os enlacé el otro día:
Los defensores de la hipótesis de los mercados perfectos son economistas encerrados en sus despachos de universidad que nunca se han puesto a invertir en él –y cuando lo han hecho se han arruinado, como ilustra la quiebra de Long Term Capital Management– y que por tanto lo desconocen casi todo de la realidad. Larry Summers los calificó con sorna como los ketchup economists, aquellos que creen haber descubierto El Dorado cuando comprueban que dos botellas de ketchup de 250 gramos valen lo mismo que una de 500.

No hay que regresar a los errores teóricos seculares que Keynes resucitó en los años 30. Los friedmanitas se equivocan en casi todo, pero los keynesianos lo hacen en todo... salvo en apuntar que los friedmanitas se equivocan en casi todo. Aciertan, pero por razones erróneas; las razones correctas se las podría proporcionar una riquísima literatura austriaca –con la que, no lo olvidemos, se formaron economistas que ellos mismos glorifican, como Schumpeter, Hicks o Morgerstern– si no se negaran a aprender economía.
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6 de Septiembre de 2009

La viga de Krugman
Krugman (vía Citoyen):
Meanwhile, saltwater economists, who had comforted themselves with the belief that the great divide in macroeconomics was narrowing, were shocked to realize that freshwater economists hadn’t been listening at all. Freshwater economists who inveighed against the stimulus didn’t sound like scholars who had weighed Keynesian arguments and found them wanting. Rather, they sounded like people who had no idea what Keynesian economics was about, who were resurrecting pre-1930 fallacies in the belief that they were saying something new and profound.
Eso lo dice un seguidor de Keynes, economista cuyo mayor logro fue dar un nuevo barniz a las teorías inflacionistas de toda la vida y que por supuesto no había entendido en qué consistían las teorías pre-1930. Esta cita deuna carta de Keynes a Hayek servirá:
El Dr. Hayek se lamenta de que no proponga ninguna teoría satisfactoria del capital y el interés y de que no me apoye en ninguna delas teorías existentes en ests materias. Entiendo que se refiere a la teoría de la acumulación de capital en relación a la tasa de consumo y a los factores que determinan la tasa natural de interés. Esto es verdad y estoy de acuerdo con el Dr. hayek en que el progreso de esta teoría sería de una gran importancia para el tratamiento que hago de las cuestiones monetarias, arrojando, probablemente, mucha luz sobre los puntos oscuros. Es muy posible que volviendo sobre estos temas y una vez que estas teorías puedan ser completadas de una forma satisfactoria, las ideas que inspiraron la obra de Böhm-Bawerk estarán en la raíz del problema y, en efecto, su falta de consideración por parte de los economistas ingleses anteriores a la Gran Guerra fue un error, como también lo fue el olvido de la obra de Wicksell. pero qué le vamos a hacer, no tneemos semejante teoría y Hayek supongo que estaría de acuerdo conmigo en que disponer de ella nos llevaría muy lejos en la teoría monetaria. Con todo, en lo esencial, creo que estoy de acuerdo con él en que una explicación claro de los factores que determinan el tipo de interés natural debería haber ocupado su lugar en mi Treatise on Money, carence que, desde luego, sólo a mí es debida. Sólo puedo diculparme diciendo que, en realidad, tenía bastantes cosas que decir que no requería una teoría de esta naturaleza.
¿En serio? ¿Teoría monetaria sin una teoría del interés? ¿El redescubridor inglés de Wicksell y no tiene una teoría del capital? ¿En qué sentido Keynes comprendió las teorías reales del interés de Böhm-Bawerk, Fetter, Wicksell y Fisher? En ninguno. Y los keynesianos siguen arrastrando esa carencia desde entonces... y especialmente Krugman (por ejemplo, aquí y aquí).

Una sólo puede suspirar cuando lee cosas como estas de la pluma del Premio Nobel de 2008:
¿Qué hay de todas las malas inversiones realizadas durante el auge? Bien, se despilfarró demasiado capital. Pero no existe ninguna razón evidente para que las malas inversiones llevadas a cabo en el pasado exijan una depresión real en el producto anual. La capacidad puede no haber aumentado tanto como se preveía, pero de hecho no ha disminuido: ¿por qué no imprimir el dinero suficiente para mantener el gasto, de manera que la economía utilice plenamente su capacidad?
Quizá Krugman debería volver (comenzar, más bien) a leer esas erroneas teorías anteriores a los años 30 que supuestamente Keynes refutó y que se hallan en la base de su profunda incomprensión de los procesos económicos.

5 de Septiembre de 2009

El mantra de estimular el consumo
Juan Carlos Escudier hoy en El Confidencial:
En medio de una crisis como la actual, disminuir la carga tributaria como propone el PP sería poco menos que un suicidio porque, como se ha demostrado con deducciones como la de los famosos 400 euros, estas medidas alimentan el ahorro pero no el consumo, que es lo que el país necesita. Este mismo argumento serviría para desaconsejar un aumento del IVA.
No voy a preguntar dónde ha aprendido esta gente economía porque probablemente la respuesta sea en ninguna parte. Me basta con saber si esta gente vive en la realidad. Vamos a ver, en un país como España cuyos bancos están al borde de la quiebra por falta de capital para soportar la depreciación de sus activos, y que debe debe al exterior alrededor del 170% de su PIB, ¿estamos proponiendo que se incremente el consumo? Es decir, tenemos unas necesidades brutales de capital, esto es, de ahorro, y los lumbreras de siempre presionando para que consumamos todavía más. Bien, pues explíquenme, si aumentamos el consumo, ¿cómo vamos a hacer frente al pago de la deuda externa y a la quiebra de los bancos?

Pues de ninguna manera. Corrámonos una juerga de última hora y declarémonos en quiebra. No me extraña que los socialistas se dediquen a decirles qué tienen que hacer a las empresas. Si dirigieran una habría quebrado casi antes de nacer.

1 de Septiembre de 2009

La deuda pública siempre destruye la inversión privada
Repite Egócrata el mantra –entre otros como que lo que necesitamos es consumo, no ahorro– de que cuando la economía está estancada y nadie quiere invertir, el déficit público no tiene consecuencias negativas sobre la economía.

Bueno, aparte de que Japón parece entre otras cosas desmentir tal punto, conviene revisar de donde surge una opinión tan aventurada. Como ya expliqué, es cierto que la demanda de crédito (de nuevo crédito) se desmorona en medio de una crisis. Y esto es así dos motivos: a) malas expectativas (menos gente se atrave a invertir o encuentra oportunidades de inversión), b) exceso de endeudamiento (la gente ya está muy apalancada y no quiere estarlo más).

De los dos puntos el esecial es el segundo, ya que el primero queda subsumido en él, pese a que Keynes (y con él todos los que le han seguido) no fuera capaz de entenderlo. Las malas expectativas en una economía, salvando los pánicos que se momentos que pasan rápido y que no pueden combatirse con programas de obras públicas, procecen de la falta de rentabilidad de la mayoría de las industria. Y esa falta de rentabilidad se debe a en el fondo al endeudamiento:
  • Poco tirón de la demanda: La demanda a crédito se ha desmoronado porque los consumidores y los inversores ya están muy endeudados. La solución obviamente pasa por incrementar el ahorro para amortizar parte de su deuda y,  a partir de entonces, reestablecer una demanda a crédito de bienes de consumo y de capital más razonable que en el boom pero no nulo como en la depresión.
  • Excesivo endeudamiento a corto plazo: Los apalancamientos no sólo son insostenibles por su proporción sobre el capital, sino por la incapacidad para realizar suficiente activo a corto para atender las deudas a corto (fondo de maniobra negativo). Muchas empresas no tienen un problema de excesivo endeudamiento y, sin embargo, se encuentran al borde de la suspensión de pagos porque la mayoría de su endeudamiento es a corto plazo. La manera en que las empresas que estén muy endeudas a corto y sean provechosas para la economía sobrevivan es permitiéndoles acceder al mercado de crédito para refinanciarse a largo plazo. Si los inversores confían en su modelo de negocio y se les ofrecen condiciones suficientemente buenas, la empresa se quitará de delante el agobio de la suspensión de pagos y podrá seguir operando con normalidad.
  • Malas inversiones generalizadas: Enlazado con lo anterior, la economía se haya enfocada en sectores que sólo eran rentables cuando existía una predisposición generalizada al endeudamiento y unas condiciones que así lo facilitaran. En ausencia del crédito artificialmente barato y de nuevas burbujas, hay sectores enteros que sobran o que tienen que adelgazar enormemente. Esto se soluciona básicamente gracias a la presión de la deuda: estos sectores tienen que atender unos pagos para los que no obtienen ingresos, con lo cual tendrán que liquidar su activo. Al liquidar el activo se desmembrarán y sobre todo facilitarán una caída de los precios relativos de los bienes de capital que venían utilizando y que podrán reorientarse de manera rentable en otras partes de la economía (conversión de viviendas en almacenes, oficinas, laboratorios, tiendas...).
  • Altos costes debido a los cuellos de botella: La contrapartida de que existan malas inversiones, esto es, sectores excesivamente desarrollados, es que hay otros infradesarrollados, lo que genera cuellos de botella. La rentabilidad de muchas empresas está limitada porque parte de sus costes dependen de bienes o servicios cuyo precio rápidamente aumenta al reactivarse la demanda y que necesitan de más flujos de inversión para incrementar su oferta. Sería el caso en esta crisis de las materias primas, por ejemplo. Aquí la solución pasa por que el capital siga fluyendo y desarrollando a este tipo de industrias, como de hecho lo está haciendo en la actualidad.

¿Afecta el endeudamiento público a alguno de estos puntos? Sí, claro. A los tres:
  • Más deuda pública significa, en definitiva, más deuda de las familias y las empresas. Los impuestos, presentes y futuros, son pasivos que tendrán que amortizar a partir de su renta o de su riqueza. Por consiguiente, el Estado está apalancando a familias y empresas cuando necesitaban desapalancarse. Ahora nos lamentamos de que las subidas de impuestos dañarán el consumo o la inversión, cuando esto es una lógica consecuencia del endeudamiento previo que, por ello, prolonga la crisis. Pero es que aun sin subir impuestos ahora mismo, lo cierto es que los pasivos de la sociedad española han aumentado en los últimos dos años en lugar de reducirse y ello sólo conduce a que rechacen demandar nuevo crédito para consumir o invertir.
  • Dificultad para refinanciar la deuda a mayor plazo: Si el Gobierno capta el ahorro privado, las empresas ilíquidas lo tendrán más complicado para refinanciar su deuda a corto, con lo que las que se encuentren en el margen caerán en suspensiones de pagos. Se habrá destruido riqueza que se habría mantenido de no haber creado el Estado condiciones deslealmente ventajosas para sus obligaciones.
  • La deuda pública también reduce el ahorro del que disponen los inversores (que para algo lo han utilizado al comprar la deuda pública) para acudir a las liquidaciones de bienes de capital que acometen las empresas con la finalidad de desapalancarse. Por consiguiente, se está forzando una deflación innecesariament exagerada de precios que dificulta a las empresas sobrevivir con la venta de bienes de capital que no ocasionen daños crecientes a la rentabilidad del negocio. Se fuerza una sobreliquidación de lo malo, pero también de lo bueno.
  • La deuda pública también reduce los capitales disponibles para invertir en los sectores en los que existen cuellos de botella y cuyos costes es necesario reducir para volver a incrementar el margen de explotación de las empresas. El típico efecto crowding out pero aplicado a sectores concretos, que no aparecen en los agregados, pero que son claves para que se reanime una estructura productiva (que tiene su forma, sus relaciones o sus combinaciones y que no se subsume en consumos e inversiones agregadas).
  • Por último, también hay un efecto crowding out menos perceptible que se produce entre los demandantes de crédito a muy corto plazo –básicamente descuento de papel comercial. Por su naturaleza, estos activos tremendamente seguros (el papel comercial se repaga en 30 días y en muchas ocasiones se gira contra mercancías que se venden solas) deberían ser los receptores de la mayor parte de los capitales que buscan seguridad (muchos son más fiables que los propios bancos), pero la existencia de deuda pública desvía los capitales hacia ella, expulsando a los marginalmente menos solventes. La consecuencia es que se deja de emitir papel comercial en grandes cantidades y se deja sin financiación a los inventarios y a las rutas comerciales de numerosas empresas: se estrangula el libre comercio y una fuente esencial de creación de riqueza.
Todo ello por no hablar, claro, de cómo se pueda emplear ese dinero público, ya sea en evitar que empresas que tienen que reestructurarse lo hagan (tipo Japón) o incrementando la dotación de capital fijo en sectores que demandan por ejemplo materias primas y, por tanto, agravan el cuello de botella. En este punto no entro ya que es cuestión distinta a si la simple emisión de deuda pública genera o no crowding out en plena crisis.

Así que sí, la deuda pública siempre genera crowding out. En unos casos más visible, en otros menos visible. Pero como ya decía Hazlitt tomando como referencia a Bastiat, lo que diferencia a un buen de un mal economista es analizar también lo que no se ve.

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