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Todo un hombre de Estado: Enero 2006

31 de Enero de 2006

Tribunales de Defensa de la Incompetencia

Este semana en Libertad Digital comento la inutilidad del Tribunal de Defensa de la Competencia, organismo burrocrático que sólo sirve, en realidad, para defender a los empresarios más incompetentes e ineficientes. En primer lugar analizo el concepto de monopolio, totalmente invalidado por el comportamiento dinámico de consumidores y empresarios.

El concepto, no obstante, no puede ser más erróneo. Lo que caracteriza, en realidad, al monopolio no es la contingencia de que, en un momento determinado, sólo exista una empresa que venda un determinado producto, sino que ésta impida coactivamente al resto de individuos que puedan ofrecer lo mismo.

Luego, critico en más profundidad la idea de un Tribunal socialista que pretenda planificar e imponer las estructuras de mercado.

La legislación antimonopolio sólo tiene como objetivo explotar a los consumidores para favorecer a los grupos de empresas incompetentes; los tribunales estatales que instituye nunca han pretendido salvaguardar o defender la competencia, sino la incompetencia y la ineptitud.

Pero es que, además, desde su orígenes no ha hecho otra cosa.

Pero si además nos adentramos en los datos concretos comprobamos las innumerables tropelías que, en nombre de la falsificada competencia, llegó a cometer el Estado. El historiador Thomas DiLorenzo acudió a los archivos del Congreso para analizar los datos en función de los cuales la Sherman Act trituró y desmembró decenas de empresas, acusadas de monopolio.

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25 de Enero de 2006

El mundo que quieren los socialistas

Después de la reseña del Informe Lugano se hacía necesario comentar su secuela: Otro mundo es posible si.... En su primer libro, Susan George pretendía horrorizar a la sociedad a través de un informe presuntamente redactado por las élites neoliberales del planeta. En esta segunda parte, sin embargo, expresa sin interpuestos su opinión sobre el capitalismo.

En muchas ocasiones, George simplemente malinterpreta qué es el capitalismo:

La autora se declara una feroz enemiga del neoliberalismo, y en concreto de su materialización política, el Consenso de Washington. Según George, “la doctrina neoliberal, reforzada por el gobierno estadounidense, se viene imponiendo de forma implacable en todo el mundo”. Sus instrumentos son múltiples, y en el libro merecen el calificativo de adversarios: los terribles gemelos (el FMI y el Banco Mundial), la OMC, el G-8 y los agentes privados (multinacionales y mercados de capital).

No tengo ningún interés en defender las burocracias mundiales que George torpemente confunde con el liberalismo. La filosofía que subyace al FMI o la OMC es la del intervencionismo: la moneda, el crédito y el comercio dirigidos desde arriba por los políticos. Y hace bien la autora en recordar que se trata de organismos “concebidos por el economista británico John Maynard Keynes y su colega estadounidense Harry Dexter White”. Keynes estaba convencido de que sus políticas intervencionistas eran más fácilmente aplicables por un régimen totalitario que por un Estado reducido, y Harry Dexter White era un comunista infiltrado en los organismos de EEUU. Por tanto, comprenderán los socialistas que los liberales tengamos poco aprecio por esas criaturas burocráticas.


En otras, muestra la incomprensión de su funcionamiento, como cuando recrimina a las multinacionales que despidan a personas cuando sus beneficios aumentan:

George se queja de que las multinacionales “reducen constantemente su mano de obra por mucho que hayan aumentado sus ventas y sus beneficios”. Los ajustes de plantilla no tienen nada que ver con la buena o mala marcha de una empresa, sino con los costes de la misma. Si un empresario pierde dinero porque tiene contratadas a “demasiadas” personas, lo lógico es que otro empresario las contrate para comenzar nuevos procesos productivos. El empresario, guiado por la señal de los beneficios (no olvidemos que unos altos beneficios significan que el empresario está sirviendo de la mejor manera a los consumidores, despilfarrando el menor número de recursos), contrata a la cantidad adecuada de gente.

Ante esta problemática, la autora bosqueja una serie de soluciones que necesariamente desembocan en el gobierno mundial y el expolio universal:

la solución de George consiste en robar más y más al contribuyente para poder manejar sus vidas y sus propiedades. Poco importa que ello dé lugar a un masivo despilfarro de recursos y a una disminución de la riqueza que los empresarios hubieran podido crear.

En definitiva, el remedio siempre pasa por incrementar la violencia estatal valiéndose la cortina de humo del pacifismo y la falsa tolerancia:

George ni siquiera está segura de poder conseguir el poder sin derramamiento de sangre. ¿Qué clase de no violencia es ésta? Todo lo contrario; lo único que interesa a George, ATTAC y el Foro Social Mundial es tomar el poder de ese incipiente Gobierno mundial.

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24 de Enero de 2006

El mal gobierno que promueve el Estado

En mi artículo de este martes hablo de la importancia social del empresario y de cómo el Código del Buen Gobierno que ha presentado la CNMV sólo pretende cargárselo.

El empresario es el agente esencial de la sociedad: a través de su actividad exitosa, soluciona los problemas de descoordinación e incrementa el bienestar de las personas. Una de las características preeminentes del socialismo ha sido su arrogante pretensión de eliminar a los empresarios y arrogarse su posición. La gente debe dejar de decidir, de pensar, de investigar y, en definitiva, de actuar.
(...)
Con poco más de un tercio de todos los recursos, los empresarios son capaces de sostener económicamente todo el ineficiente y mastodóntico sector público (no olvidemos que el Estado no tiene recursos propios y que toda su financiación procede de la sociedad) y, además, producir todo aquello por lo que juzgamos que vale la pena vivir. Piense que todo lo que tiene a su alrededor, desde los elementos más insignificantes hasta los bienes más importantes, ha sido producido por empresarios inteligentes que anticiparon sus necesidades.
(...)
El Código del Buen Gobierno que la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) ha preparado para las empresas españoles que cotizan en Bolsa parece dirigirse decididamente hacia semejante objetivo. Ya de entrada sorprende que el Estado, paradigma del caos y la ineficiencia, tenga que imponer a las empresas conductas que aseguren su buen gobierno: un paralítico llevando en brazos a un atleta, un ciego ejerciendo de oftalmólogo.
(...)
Así, por ejemplo, una de las recomendaciones más conocidas es la de incrementar el número de mujeres en los Consejos de Administración de las empresas (Cuando sea escaso o nulo el número de consejeras, el Consejo deberá explicar los motivos y las iniciativas adoptadas para corregir tal situación). Claramente, la CNMV pretende endosar el sambenito de la misoginia a toda compañía cuyo Consejo sea mayoritariamente masculino.
(...)
En una ocasión, Murray Rothbard le preguntó al gran economista liberal Ludwig von Mises a partir de qué momento podríamos afirmar que un país ha abandonado el capitalismo y ha adoptado un sistema socialista de planificación centralizada. Mises, sin dudarlo, le contestó que una economía podía considerarse socialista cuando la Bolsa hubiera sido nacionalizada por el Gobierno.

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19 de Enero de 2006

Moralismo anticonsumista

Pijus economicus ha continuado con su serie de post sobre el consumo. Voy a responder a su tercer post.

Según Pijus, El sistema de producción tal y como lo conocemos no ha existido nunca con anterioridad a nuestra época, sino que en las sociedades antiguas la noción de producción-consumo adquiría un significado muy diferente.

Es evidente que el sistema de producción de hoy no tiene nada que ver con el de hace 100, 500 o 1000 años, de la misma manera que no tendrá nada que ver con el que habrá dentro de 100, 500 o 1000. Ni las sociedades son las mismas, ni la riqueza es similar, ni los sistemas políticos son equiparables.

Estas evidencias, sin embargo, tienden a amplificarse para quien considera que estamos en el fin de la historia o que las características del presente son mucho más excepcionales en la historia que todas las pasadas. Pero, en todo caso, sí podemos establecer algunas relaciones apodícticas y constantes a lo largo de toda la historia: a) Sin una acción productiva -por breve que sea- es imposible consumir, b) Para emprender procesos productivos indirectos (esto es, aquellos en que la propia acción no genera como resultado el producto) es necesario haber producido previamente de manera directa y ahorrar parte de esa producción para sostener (o financiar) el proceso de producción indirecto, c) No toda apariencia de producción tiene que tener como objetivo el consumo (pensemos en la caza por diversión).

Estas tres relaciones subyacen a cualquier sistema productivo de cualquier época.

Sigue Pijus: tampoco el mercado tenía igual significado ni extensión en comparación con el actual. Ambas ideas han sido justificadas atendiendo a la supuesta maldad de la naturaleza humana y el presunto egoísmo inherente al ser humano, y se les ha concedido un carácter universal e histórico

Aquí nos confundimos de todas todas. La extensión del mercado actual sólo es un reflejo de las relaciones sociales actuales. El mercado no es necesario porque el ser humano sea egoísta, sino porque el ser humano no tiene información sobre todos los acontecimientos, todas las circunstancias y todas las necesidades del resto de seres humanos. Cada individuo actúa en una esfera muy reducida de la realidad y, sin embargo, a través del mercado, sus decisiones tienen trascedencia positiva sobre individuos a los que ni siquiera conoce.

Gracias al mercado, Pedro puede comprar un automóvil que ha sido producido por Juan. Juan podrá cobrará un salario a cambio de haber producido un automóvil que quería Pedro y, con ese salario, podrá adquirir una Playstation que ha producido Javier. En este caso, ni Pedro conoce a Juan, ni Juan sabía que Pedro quería un automóvil, ni mucho menos Juan sabía que Pedro quería una Playstation a cambio de la cual hubiera podido intercambiar el coche. Actuando descentralizadamente, en ámbitos diminutos, conseguimos una magnífica coordinación social, una monumental división del trabajo, que se dirige a satisfacer nuestras necesidades, sean éstas las que sean y dependan o no del consumo.

Pero todo esto no tiene nada que ver con el egoísmo, ni los clásicos pretendieron que así fuera. Como explica Hayek: nadie puede llegar a conocer más que una minúscula porción de la sociedad y por lo tanto todo lo que puede ser incluido en sus motivaciones son los efectos inmediatos de sus actos en el ámbito que le es conocido (…) las necesidades humanas por las que él "puede" efectivamente preocuparse son una cantidad insignificante de las necesidades de todos los miembros de la sociedad. El ser humano debe buscar su propio interés porque su ámbito de información es reducido. No debe pretender "hacer el bien" a través de la fuerza o de sus intervenciones en la vida de los demás. El propio interés, de todas formas, no significa el interés personal exclusivo, sino el de su círculo social. Volvamos a Hayek: El "ego" por el que supuestamente las personas debían preocuparse claramente incluía a la familia y a los amigos. Ninguna diferencia significaba respecto del argumento habría si se hubiera hecho extensivo a todo aquello por lo cual la gente de hecho se preocupa.

Pijus continúa citando a Karl Polanyi: la ganancia y el beneficio obtenidos en el intercambio no desempeñaron jamás una parte tan importante en la economía humana. De ahí extrae conclusiones: el actual objetivo racional es servir al crecimiento económico que nos conduce por la senda del progreso infinito, de modo que es necesario reproducir de forma ilimitada el proceso productivo siempre en un nivel por encima del anterior. Requisito fundamental para ello es obtener un excedente económico en el intercambio. Muchos puntos, muchos errores.

Primero, el objetivo racional NO es servir al crecimiento económico. Como indicó Mises, la racionalidad se refiere a los medios; los medios serán racionales en tanto contribuyan a lograr el fin. El fin de los individuos, que yo sepa, no se refiere a maximizar el PIB o cualesquiera otras macromagnitudes. Cada ser humano tiene objetivos concretos, aspiraciones particulares, para las que requiere de unos medios que sólo puede lograr a través de la producción.

Segundo, el sistema productivo no se reproduce, sino que cambia continuamente. La producción de hace 10 años no tiene nada que ver con la actual. El sistema económico se va depreciando y las cuotas de amortización se reinvirten en otros sectores para adaptarse a las nuevas necesidades del ser humano. No se reproduce nada; la acción selecciona los medios más adecuados para sus fines y de ahí surge la rentabilidad empresarial.

Tercero, todo intercambio implica un excedente económico para ambas partes si este intercambio es voluntario. Para lograr excedentes no es necesario minimizar los costes contables a través de profusas inversiones en tecnología que incrementen la productividad (aunque puede ser una manera), basta con ofrecer a otra persona algo que no tiene y que valora a cambio de algo que tiene pero que valora menos que lo que tú le ofreces. Los intercambios no se producen entre igualdades, sino entre desigualdades de valor. Cada parte valora menos aquello de lo que se desprende que aquello que recibe a cambio. De ahí que este intercambio sea mutuamente beneficioso.

Cuarto, un empresario que busca el beneficio es un empresario que busca servir de la mejor manera a los consumidores. Preocuparse y obsesionarse por el beneficio significa preocuparse y obsesionarse por el consumidor. No hay ningún modo -salvo el robo del Estado- de obtener ingresos salvo ofreciendo aquello que el consumidor quiere.

Todo ello, sin embargo, no es tenido en cuenta por Pijus: Sin embargo, en las sociedades antiguas el ser humano se caracterizaba por la “ausencia de la motivación de ganancia”.

No es cierto que la acción humana se haya guiado en alguna ocasión por la falta de motivación de ganancia. Esto es una contradicción en los términos. Toda acción se realiza para mejorar una situación inicial; el hombre no actúa si espera estar peor al final que al inicio de su acción. Toda acción busca una ganancia; pero ganancia no significa beneficio monetario. Éste es el punto donde Pijus se confunde, no se puede erradicar la ganancia de la acción, porque entonces el hombre no actuaría. De hecho, ayudar al prójimo no es más que buscar la ganancia propia en la ganancia ajena; pero hay ganancia.

El beneficio monetario es, simplemente, una de las formas más adecuadas para no despilfarrar los recursos en satisfacer necesidades muy poco valoradas. Una empresa que no se guía por la ganancia es una empresa a la que no le importan: a) los ingresos, b) los costes. Si no le importan los ingresos significa que se la trae fresca si los consumidores le compran o no, esto es, si presta algún servicio a los demás o simplemente llena los stocks de los almacenes con productos inútiles. Si no le importan los costes (y ofrecer un producto que la gente quiere de manera gratuita es un coste), significa que no le importan los usos alternativos a los que podrían dedicarse esos recursos, esto es, que está dispuesta a impedir que ciertos individuos satisfagan sus necesidades más urgentes a través de esos recursos.

Sigamos: Por regla general el sistema económico se integraba dentro del sistema social al que debía servir, a la vez que la sociedad se administraba por motivaciones no económicas. Ejemplo representativo de esta idea es que durante el medievo, cuando se introducía una nueva tecnología, ésta era bienvenida como una herramienta para trabajar menos y ampliar así el tiempo libre.

Como ya hemos visto, administrar la sociedad por consideraciones no económicas significa desatender las necesidades de las personas. Pero además, si se "administra" la sociedad como un todo, esto es, petrificando y controlando las relaciones sociales, estamos obligando a que cada persona se convierte en un medio para los "intereses objetivos" fijados por los poderosos. Los individuos dejan de buscar y averiguar empresarialmente cuáles son las necesidades de los demás para darles respuesta y se dedican a ajustarse a los planes ciegos de los administradores. Son éstos los que dedicen qué puede producirse, a quién le corresponde cada producto y, por tanto, qué fines puede satisfacer cada individuo.

Por otro lado, Pijus parece equiparar bienestar no económico con trabajar menos, esto es, con tener más tiempo libre. El problema del tiempo libre es que a no todo el mundo le gusta contemplar el paisaje o caminar por el monte. La gente necesita actividades para sentirse motivado: leer, ir a un pub, beber cerveza, viajar al extranjero, jugar a fútbol, conectarse a Internet... Para todas esas actividades la gente quiere tiempo libre; pero todas esas actividades necesitan de libros, locales de fiesta, música, jarras, barriles de cerveza, aviones, comida, pelotas, campos de fútbol, porterias, ordenadores, redes... Y todo ello tiene que producirse, no nos viene caído del cielo. Por tanto, mucha gente puede preferir trabajar para producir y adquirir todos esos bienes en lugar de disfrutar de más tiempo libre tumbado a la bartola.

Pijus parece incapaz de comprender esto: los beneficios de toda herramienta que incremente la productividad deben ir destinados a trabajar menos. ¿Por qué? ¿Simplemente por qué tú así lo has decidido? ¿Y qué pasa con las personas que quieren aprovechar esa mayor productividad para producir todavía más y pasarlo mejor durante el mismo tiempo libre que antes? Aquí tenemos uno de los clásicos errores de los planificadores, su incapacidad para conciliar los diversos planes de los variopintos individuos.

Por cierto, Pijus olvida que una reducción del tiempo de trabajo, esto es, un incremento del tiempo libre supone un beneficio, una ganancia empresarial. Lo digo por las supuestas negaciones del beneficio en la Edad Media.

El siguiente paso es referirse al mínimo de subsistencia: Algunos estudios (2) van más allá y describen cómo en las sociedades antiguas el hombre tenía la capacidad técnica para crear un excedente, pero que no lo entendían necesario por ya sobrepasar el mínimo de subsistencia

Es curioso cómo los socialistas afirman simultáneamente que ir más allá del mínimo de subsistencia es inadecuado pero al mismo tiempo critican que, por ejemplo, haya gente que no pueda acceder a viviendas. Pero vamos a ver, ¿quién necesita un piso para subsistir? Se puede subsistir con los padres, o durmiendo en la calle o en cuevas, como hacían en la Edad de Piedra. De hecho, todo aquel que no está muerto dispone del "mínimo de subsistencia". Por tanto, ¿cuál es el problema del capitalismo? No sólo deja libertad para que la gente se contente con el mínimo de subsistencia, sino que además permite que, quien quiera ir más allá, pueda hacerlo. Una cosa no quita la otra. ¿Cuál es el motivo de reprimir a los que trabajan y producen más para luego consumir más? Sólo recuerdo que si consumieran menos, también trabajarían y producirían menos, de manera que el supuesto excedente del que habla Pijus no existiría. Ni siquiera para redistribuirlo.

Este es el problema esencial del argumento de Pijus. Se erige como un moralizar que quiere impedir a los individuos que trabajen más, que produzcan más y que, por tanto, empleen esa mayor acumulación de medios que puedan, si así lo creen conveniente, consumir. El capitalismo no obliga a nadie a ser egoísta, a no ayudar a los demás, a tener ansias en trabajar más y más. La gente no se busca tres trabajos para estar empleada 24 horas al día; y si lo hiciera sólo lo haría con el deseo de superar el mínimo de subsistencia al que parece abocarnos la sabia "administración" propuesta por Pijus. El hombre debe adaptarse a los patrones que los planificadores han cortado para él; sus fines son irrelevantes porque no puede aspirar a mayores medios que los que necesita para sobrevivir. Esa es la vida que nos proponen los socialistas: hacer como que vivimos y fingir que somos felices con los planes que ellos nos imponen. El nuevo hombre soviético.
El auténtico rostro de la izquierda

Dani publica mi reseña sobre el Informe Lugano de Susan George, uno de esos best-sellers de la izquierda antiglobalización que, paradójicamente, utilizan el mercado, el marketing y sus canales de distribución para vender cuantas más copias mejor.

Que este librito se haya convertido en referencia para el socialismo no deja de sintomático del nivel de las críticos con el capitalismo. Refutar todas y cada una de las mentiras y torpezas que contiene ocuparía otro libro mayor al Informe Lugano; en esta reseña me limito a apuntar sus principales errores y manipulaciones. En esencia: el Informe Lugano pretende montar una conspiración en torno al capitalismo cuando, en realidad, todas las premisas y conclusiones son típicas de la izquierda. Más que revelar las intenciones ocultas de los liberales, lo que hace inconscientemente es destapar la bajeza del intervencionismo.

La estrategia de Susan George, pues, es conseguir que la gente asocie capitalismo con genocidio; el poder financiero planifica exterminar a millones de personas para perpetuarse. De hecho, reconoce que no le sorprendería “lo más mínimo saber que un Grupo de Trabajo real ha elaborado un documento similar”. El liberalismo, en definitiva, sería más asesino que el comunismo. Es más, ¿acaso las hambrunas en África no serán parte de la conspiración mundial para conservar la riqueza de los poderosos? ¿Es que la difusión de la malaria no será un instrumento en manos de la dominación capitalista? Todas estas ideas son las que propone el libro.
(...)
Este libro de referencia para la izquierda es tan poco riguroso y contradictorio en todas sus partes. Concebido como el informe secreto de un grupo de expertos liberales para salvar el liberalismo a través del genocidio y la masacre de poblaciones enteras, termina convirtiéndose en un documento que exorciza las auténticas ideas de la izquierda. Los expertos en ningún momento se preocupan por la libertad, sólo por conservar el medio ambiente y los recursos naturales. Sólo así se entiende su filiación maltusiana y sus lamentables conclusiones económicas.

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18 de Enero de 2006

Una sociedad de precaristas

En mi artículo para el Instituto Juan de Mariana sostengo que no es cierto que el derecho de propiedad haya sido limitado en Occidente, sino que ha sido limitado para sus legítimos titulares. Las facultades dominicales absolutas de la propiedad siguen siendo ejercidas por el Estado, quien en un ejercicio de despotismo tiránico, las ha nazionalizado:

Por necesidad fáctica, siempre existirá un poder de decisión última sobre los recursos. De hecho, los socialistas atribuyen esa facultad al Estado y sus órganos administrativos. No se trata, pues, de que el derecho de propiedad esté limitado, sino de que el Estado ha nacionalizado las facultades del propietario.

Dado que el Estado es, en realidad, quien se comporta como el propietario de todos los recursos -y de todos los individuos- nuestra condición jurídica queda calificada mucho mejor como "precaristas", esto es, una persona que disfruta de un bien por mera tolerancia ajena:

Jurídicamente, al individuo que posee por tolerancia o inadvertencia del propietario se le conoce como precarista. El adjetivo procede, obviamente, de que carece de derechos para poseer y, por tanto, su situación es precaria. En cualquier momento el propietario puede revocar su tolerancia anterior y despojar al precarista de su posesión.

Por tanto, si queremos realmente librarnos del yugo de la coacción, debemos efectuar una transición hacia la "sociedad de propietarios", donde el poder de decisión último sobre cada recurso recaiga en su primer ocupante o pacífico adquiriente, en lugar de en un Leviatán superior. Este punto es importante pues marca una diferencia con respecto al liberalismo minarquista; para los liberales clásicos, la libertad se garantiza limitando las facultades dominicales del Estado; pero no se llega al punto de cuestionar su fraudulenta naturaleza. El Estado, para los minarquistas, debe seguir actuando como propietario, pero con numerosas cortapisas y compromisos:

Los liberales decimonónicos consideraron que la mejor forma de garantizar la libertad del individuo consistía en dificultar el ejercicio de los poderes dominicales por parte del Estado. Había que colocar cortapisas a su actuación (separación de poderes) y lograr que firmara una declaración de buenas intenciones para con los individuos (Carta de Derechos Fundamentales).

El fracaso, claro está, no se hizo esperar. Si el Estado sigue siendo propietario las cortapisas a su actuación, al final, dependerán de su propia voluntad soberana, encontrará numerosos medios para saltárselas y ejercer plenamente su poder de decisión último:

El Estado no ha dejado de expandirse en virtud de sus nacionalizadas potestades dominicales. El motivo del fiasco es evidente: el Estado continúa reteniendo las facultades del propietario, por mucho que se trabe su funcionamiento; mientras que los individuos siguen siendo precaristas, por mucho que se alargue y proteja su situación.

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17 de Enero de 2006

Bye Bye, Europa

En el artículo para este martes en Libertad Digital critico algunos de los argumentos más recurrentes en contra de la mal llamada "deslocalización" (a saber, que empobrece a los trabajadores del Primer Mundo y explota a los pobres del Tercero). La izquierda no se da cuenta de que la "deslocalización" mejora la división internacional del trabajo y permite el progresivo enriquecimiento del Tercer Mundo:

Occidente, por tanto, se beneficia a través de dos vías de la “deslocalización”: por un lado, los accionistas occidentales de esas empresas ven incrementadas su riqueza y su propiedad; por otro, los consumidores europeos experimentan un aumento de sus rentas reales y, en definitiva, de su ahorro. La mayor renta de unos y otros permite incrementar la acumulación de capital y, en definitiva, nuestra riqueza. Así mismo, los trabajadores del Tercer Mundo perciben mayores salarios que antes, lo que, a su vez, les permite ahorrar, acumular capital y enriquecerse.

Sin embargo, en la segunda parte del artículo, sostengo que buena parte de esos movimientos de capital no tienen como causa, hoy en día, un mejor aprovechamiento de las oportunidades empresariales, sino que son forzadas por el intervencionismo expoliatorio estatal:

La razón de este goteo de desinversiones la tenemos en las sangrantes legislaciones fiscales, laborales y medioambientales, que no dejan de incrementarse, en Europa. Cada vez es más complicado conseguir la más mínima rentabilidad, cuando gran parte de los costes son impuestos arbitrariamente por el Estado. A los empresarios sólo les queda ubicarse en otras regiones del globo con ordenamientos jurídicos más laxos.

Los gobiernos europeos y su Estado de bienestar están destruyendo las bases del bienestar capitalista.

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13 de Enero de 2006

Información y predicción

En esta anotación realizo una serie de consideraciones sobre la información, la capacidad predictiva y la función de la economía en respuesta a Egócrata. Primero, analizo brevemente los problemas de la información, luego demuestro la imposibilidad de determinar la elección y, por último, afirmo que la economía no puede pretender predecir el futuro, sino describir la realidad de la acción humana.


A raíz del anterior post sobre la teoría de juegos y la acción colectiva se ha abierto otro debate, también muy interesante, que querría concluir antes de iniciar ninguno nuevo: las implicaciones que la ausencia de información completa tienen sobre el desarrollo de la ciencia económica. Las dos posturas que han surgido hasta la fecha son dos: la de Egócrata y la mía.

Para Egócrata la carencia de información por parte de los agentes es un aspecto que puede modelizarse para predecir cómo afectará en su elección. La función de la economía (en realidad una de las funciones de la economía, ya que, al final, lo que pretende justificarse con esta idea de las sociales es la intervención y el control predecible) consecuentemente, es predecir cuál será el estado futuro de la sociedad en un momento dado.

Mi postura, tal y como la he expuesto hasta el momento, puede resumirse en lo siguiente. No puede modelizarse la ausencia de información pues el analista ignora -no tiene información- cuánta información desconoce y, sobre todo, la importancia de esa información para el agente susceptible de descubrirla. Por ello, el objetivo de la ciencia económica no es predecir que ocurrirá en la sociedad, sino describir las implicaciones lógicas y necesarias de la acción humana. Voy a ampliar un poco mi postura.

Información

La información sólo existe en la sociedad en tanto algún individuo la haya creado, voluntaria (experimentación) o involuntariamente (serendipia). Para crear información uno tiene que valorar una realidad externa que, como luego veremos, puede ser visible o no. La valoración supone una acción consciente; sin esa deliberada acción, no aprehendemos ninguna información.

Por supuesto, esto no significa, como me recrimina Egócrata, que los hechos a partir de los cuales se obtiene esa información no preexistan a la acción, sino que la información es un resultado de la acción. Por ejemplo, hasta que alguien no descubrió que la Tierra era redonda esa información no existía, a pesar de que la Tierra fuera redonda. Ahora bien, Egócrata habla de hechos que engendran información, yo hablo de realidad, lo cual es un concepto más amplio.

Tampoco significa mi primera afirmación que la realidad a partir de los cuales nazca la información preexistan en todos los casos o que esa realidad también deba ser fruto de la acción humana. Las instituciones sociales son realidades que no ha creado ningún hombre y de las que, sin embargo, somos capaces de extraer un volumen extraordinario de información. Tampoco he dicho que la acción por la que surge esa información deba tener como propósito extraerla; la serendipia implica que de una acción deliberada podemos alcanzar conclusiones no pretendidas pero que juzgamos útiles para el futuro.

De todas formas, hasta el momento no hemos dicho gran cosa. Recordemos que estos párrafos sólo sirven para indicar cuándo existe una determinada información en la sociedad. Para cada individuo, pues, la información que otros poseen resulta irrelevante (para su acción) hasta que no la descubra. Nuevamente, aquí digo lo que digo, y no otras cosas. No digo que un pobre desarrollo de la ciencia sea inútil para el individuo hasta que no la comprenda, ya que el desarrollo científico puede plasmarse en medios que el individuo, una vez los conoce sí puede incorporar a su acción; digo que la información científica directamente no determinará su acción. Por analogía, tampoco he afirmado que la información ajena no vaya a influir en su acción a través de la coordinación con las acciones informadas otros individuos, sino que, de nuevo, su acción no quedará directamente determinada por esa información que no tiene. Por último, tampoco estoy diciendo que para el individuo carezca de importancia que los demás tengan más o menos información; cuanto más sepan las otras personas, más sencillo me será obtener e incorporar su información por simple mimetismo; lo que he dicho es que, mientras el individuo no obtenga esa información (con mayor o menor dificultad), será irrelevante para su acción.

Dado que el individuo no puede saber lo que no sabe ni cuánto no sabe, su acción no queda condicionada por lo que ignora, sino por lo que conoce. Y de nuevo, esto no significa que si conoce la circunstancia de que ignora algo, su acción no vaya a verse modificada, porque en este caso sí tiene información (que le falta por conocer algún dato).

En conclusión, la información que tiene un individuo es una realidad (o un hecho) para otro individuo que no la posee, apto para ser descubierto e incorporado a su acción. De la misma manera cuando la tierra era redonda y nadie lo sabía, no existía esa información, cuando un individuo desconoce lo que otro sabe, para ese primer individuo no existe tal información. Ahora bien, una situación se diferencian de la otra en que los individuos pueden comunicar esa información de la que disponen a otros individuos, y la tierra no. Esta comunicación puede tener lugar de dos formas: 1º De modo deliberado y 2º de modo inconsciente.

El modo deliberado requiere a) tener información sobre la existencia de otro individuo, b) poder formalizarla y c) querer hacerlo. Como vemos, en todos los casos se requiere acción. Si no concurre a), una parte no sabrá a quién trasladar la información. Si no concurre b), no podremos trasladarla (¿cómo explicarle a un ciego cómo es el color rojo?). Si no concurre c), por definición no lo haremos.

El problema es que gran parte de la información es dificilmente articulable, ya que es una información basada en la experiencia (know how). Sabemos hacerlo pero no sabemos explicar cómo hacerlo; lo cual son dos cosas distintas. Lo primero es un conocimiento de tipo práctico, lo segundo de tipo científico. Podemos saber montar en bici, pero no explicar los fundamentos físicos por los que alcanzamos el equilibrio. Podemos saber cómo actuar empresarialmente, pero no tener ni idea de cuáles son los fundamentos económicos que subyacen a esa actuación. Este punto es relevante para nuestra crítica de la economía neoclásica como luego veremos.

El modo inconsciente de transmitir la información no requiere de una acción por parte de quien la posee, sino de quien la adquiere. Un individuo observa una situación de la cual extrae unas conclusiones que interioriza. Por ejemplo, escondo un teroso es el monte y otro me espía. Yo no he transmitido ninguna información de manera deliberada, pero otro sí que la ha adquirido.

Por tanto, sin acción no existe información. Como ya apuntara Hayek, el gran problema de los analistas neoclásicos es que creen disponer de todos los datos de la sociedad, cuando esos datos no están dados para todos sus miembros, ni siquiera para ellos mismos.

Predicción

El cometido de la ciencia económica no puede ser el de determinar la elección de cada ser humano. Como sabemos, toda acción implica una elección de medios y fines. Esa elección dependerá de la utilidad y el valor que, respectivamente, asignemos a unos y a otros.

El valor es una información de carácter individual, privativa y no articulable. Las personas no podemos conocer el valor que una persona atribuye a un fin a menos que nos lo diga, con el riesgo de que nos engañe. Pero aún así, el valor es una realidad (no observable) difícilmente articulable. ¿Cuánto valor atribuyes a este coche? Mucho, poco. Las respuestas son escasas y difusas.

Para hacer una predicción sobre la elección deberíamos, pues, en primer lugar, conocer cuál es el valor que todos los miembros de la sociedad atribuyen a todas y cada una de las realidades de las que tienen información y, además, suponer que esa valoración permanece constante. En otras palabras, tenemos que suponer que: a) podemos formalizar el valor que cada sujeto atribuye a cada realidad, b) que ese valor no se ve influido por la situación (por ejemplo, si no tengo hambre no valoraré mucho un chuletón, pero si estoy cuatro días sin comer le atribuiré un gran valor), c) que ese valor, aun siendo independiente de las circunstancias espaciales, no varía a lo largo del tiempo, d) que el agente nos ha comunicado sus valores reales y e) que no se producirán por parte del actor nuevos descubrimientos de información.

En mi opinión, los puntos cruciales son c) y e). No podemos suponer que las valoraciones del actor no cambiarán (y, por tanto, no podemos suponer la constancia de los datos con los que cuenta el analista) ni tampoco podemos anticipar que no vaya a descubrir o crear nueva información que modificará su acción y sus valoraciones.

Determinar científicamente la elección es simplemente imposible y, por tanto, ninguna ciencia debe pretender hacerlo. Otra cuestión es que la estrategia empresarial tenga en cuenta las expectativas de acción de otros individuos, pero eso no es ciencia, pues no te determina leyes apodícticas.

Los neoclásicos, por supuesto, pretenden determinar la elección a través de funciones de utilidad que, como ya hemos visto, no tienen valor científico alguno. Una función de utilidad es una función matemática que nos dice que la utilidad de un sujeto depende de este bien y de este otro. Si sometemos la función de utilidad al test de la no variabilidad temporal, vemos cómo se derrumba.

Pero el objeto de la discusión con Egócrata lo hemos centrado en el punto e). En su opinión, sí es posible solventar el problema de la ausencia de información, incluyéndola en las restricciones. Sin embargo, como hemos visto, a) la ausencia absoluta de información no influye en la acción humana (la curiosidad supone una información primaria y poco detallada; si yo no sé que existe Urano no tengo curiosidad sobre él), b) el analista económico también carece de la suficiente información como para incluirla en su modelo, c) no conocemos el valor que ese sujeto atribuirá a la nueva información en caso de descubrirla.

Egócrata pone un ejemplo de información asimétrica para demostrar que sí es posible hacer predicciones sobre la elección. Resumiéndolo (mejor que lo lean entero), un mercado de coches de segunda mano tiene el problema de que los precios no transmiten realmente la información: un precio alto debería indicar que el coche es bueno y uno bajo que es malo. Sin embargo, los vendedores pueden tratar de engañar, subiendo los coches en un estado pésimo pero con buena apariencia. Este problema de información asimétrica puede solventarse con garantías de diverso tipo.

Este ejemplo, no obstante, no siirve para predecir la elección de cada individuo. Primero, porque como el mismo Egócrata reconoce: los potenciales compradores, si piensan un poco, empezaran a darse cuenta que la mayoría de vendedores tratan de dar gato por liebre, y empezarán a sospechar. Como vemos, para obtener información hay que actuar y esa información es lo que, a su vez, determinará el rumbo de la acción. En este caso, los consumidores han llegado a la conclusión de que los precios pueden no ser indicativos de la calidad y, por ello, exigen otro tipo de garantías. Pero, como ya hemos dicho, en este caso, el consumidor sí sabe lo que desconoce, es decir, sí tiene información.

Por tanto, ya de entrada, los consumidores que no hayan llegado a esa conclusión y que tradicionalmente se hayan guiado por los precios como reflejo de la calidad, no exigirán garantías. Segundo, aun teniendo esa información, el consumidor puede desecharla y considerar que el coche tiene "buen aspecto". Tercero, el consumidor puede descubrir nueva información (por ejemplo, si el vendedor le deja probar el coche o si se ha fijado por casualidad en un detalle en mal estado del automóvil) de la que no disponía al principio pero que condicionará su acción.

En los tres casos, la elección contraria es posible a la que describe Egócrata (las garantías). De hecho, no todos los automóviles de segunda mano se venden con garantías o, en otros casos, se elimina la garantía a cambio de una reducción del precio o un incremento en los complemetos.

El analista no conoce ni el valor que atribuye el individuo al coche, ni la información que éste puede llegar a descubrir (bien porque ni siquiera se haya creado o porque no pueden determinar si la aprehenderán). Por tanto, todas sus predicciones sobre la elección serán hipotéticas, pero no apodícticas. Y esto no es una ciencia.

La función de la economía

Como ya hemos comentado, existen realidades visibles y no visibles. El elemento principal de la ciencia económica es el valor, pero el valor ex ante, anterior a la acción. Por tanto, el valor no es observable, sólo podemos contemplar la acción guiada por los valores del agente, pero desconocemos cuáles son esos valores o si ya han cambiado.

En ese sentido, la labor de la economía consiste en relacionar realidades no observables (el valor) con otras observables (la acción). Dado que el fundamento no puede observarse, no caben hacer predicciones sobre la acción concreta; sólo podemos aproximarnos a las restricciones objetivas en las que tiene lugar la acción. Por ejemplo y de manera paradigmática, la utilidad marginal decreciente: la unidad marginal de un stock de bienes considerados idénticos por parte del actor, tendrá un valor inferior a las anteriores.

Con todo, esta ley económica depende, en el caso concreto, de una realidad no observable y es "la idéntica consideración por parte del actor". Cuanto podemos afirmar es que si esa circunstancia concurre, entonces la consecuencia, necesariamente, será la descrita.

La economía no predice el estado futuro de las cosas, sino las implicaciones lógicas de la acción. Sabemos que un incremento de la demanda de un bien incrementa su precio, pero ¿realmente se incrementará en la realidad? ¿Es esto una ley? Desde luego, si la cantidad de ese bien se dobla, es probable que no se incremente el precio, incluso que disminuya. Sin embargo, lo cierto es que un aumento de la demada sí incrementa el precio por encima del que hubiera alcanzado; o en el caso descrito, el precio es menos bajo de lo que hubiera sido.

La economía, por tanto, establece relaciones entre hechos y contrahechos. Entre lo que ha ocurrido y lo que hubiera ocurrido. En este sentido, sí son posibles ciertas pattern predictions o predicciones cualitativas, que decía Hayek, pero se trata de predicciones no necesariamente observables. Podemos predecir que, en caso de que la demanda haya aumentado (y ésta es otra información de difícil observación) el precio será más alto de lo que hubiera sido en otro caso.

Las leyes son leyes aun cuando no sepamos si todos sus presupuestos concurren en un momento dado. Si X, dado Y, entonces Z. El analista económico, que pretende utilizar la economía como herramienta predictiva tiene dos grandes problemas: tiene que verificar cuando se da X (por ejemplo, aumentos de demanda) y, sobre todo, tiene que controlar Y.

El problema es que Y NO está dado, varía y se modifica. Y son los valores, las informaciones y los distintos cursos de acción posibles. El analista, como ya hemos visto, no dispone de Y, y aun cuando dispusiera de ella, tendría que asumir que permanece constante, lo cual en el mundo de la acción es demasiado suponer. Es más, el propio analista es un actor que carece de toda la información; el analista no sólo debe ser consciente de que los datos de los que dispone no están disponibles para los individuos analizados, sino que la información que puede crearse no está disponible ni siquiera para él. ¿Cómo puede tenerla en cuenta y, por tanto, introducirla en el modelo? ¿Cómo puede conocer el valor que asignará el agente a esa información que nadie conoce, si ese valor todavía no existe?

Los problemas son evidentes e irresolubles. La economía neoclásica y sus métodos económetricos están viciados por este error de origen. Eso no es ciencia, son incapaces de predecir con seguridad (esto no significa que las conclusiones no deban revisarse, sino que la única conclusión a la que su método puede llegar es que no hay conclusión segura). Los resultados econométricos pueden ser útiles para los empresarios o los historiadores, pero no para la economía.

Y es que la ciencia económica debe reconocer su humildad, no puede pretender explicarlo todo y eliminar el componente irreductible de libertad que queda en la elección humana. No puede ser una ciencia totalitaria que lo explique todo. Su cometido es mucho más reducido, salvo para aquellos que pretenden utilizarla como instrumento de ingeniería social.

12 de Enero de 2006

El PIB y los liberales

Como ya hiciera ayer, contesto al segundo post del bloggero Pijus, donde pretende argumentar que el PIB es una macromagnitud inventada por los liberales, para luego confundir su maximización con la crítica liberal al Estado de Bienestar.

Segundo post de Pijus Economicus sobre el consumo. Hago mías las palabras de Nometheta en mi anterior post: La labor más ardua de un liberal, y la que más tiempo le "consume", es desmentir las falacias que le llueven ininterrumpidamente sobre lo que él es, pretende, representa.

El liberalismo no es esto, el liberalismo no es lo otro...

Los errores de este posts son, nuevamente, dos:

a) Primero, Pijus acusa a los liberales de utilizar el concepto de Producto Interior Bruto como medición del bienestar de una sociedad. Esto ya suena a mofa sagrante. Vamos a ver, ¿quién se inventó el concepto de Demanda Agregada que más tarde condujo al de PIB? ¡John Maynard Keynes! ¿Qué pintamos los liberales en esto? ¿Por qué se nos acusa de los errores metodológicos de la izquierda que, además, hemos criticado con ahínco?

Para muestra un botón. Veamos que dice uno de los liberales más serios e importantes de la historia, Ludwig von Mises, sobre el Producto Interior Bruto: "El concepto macroeconómico de renta nacional es un eslogan meramente político que carece de cualquier valor cognitivo".

Insisto, que cada palo aguante su vela. Ahora resultará que no sólo tendremos que defendernos de las mentiras económicas de la izquierda sino de la falsa imputación de las mismas.

b) Vamos con mentiras económicas. La conclusión de pijus es que los liberales criticamos el intervencionismo estatal porque restringe el crecimiento del PIB: En este sentido, la servidumbre para con el crecimiento económico queda moderada por la existencia de herramientas de redistribución como el estado del bienestar, cuyo objetivo es impedir que la brecha entre ricos y pobres siga aumentando y facilitar el acceso a las necesidades básicas a toda la población.

En coherencia con su pensamiento los neoliberales buscan “liberar” al sistema de estas herramientas que obstaculizan la sumisión absoluta a su Dios y su doctrina.

Pero hombre de Dios, ¿cómo vamos a utilizar ese argumento cuando una de las partidas que sirven para incrementar el PIB es, precisamente, el gasto público? La crítica al Estado de bienestar desde un punto de vista económico se basa, fundamentalmente, en su represión sistemática a la función empresarial. Los fondos que incauta el Estado y que utiliza de modo socialista -pues carece de información y de mecanismos para conocer la corrección o incorrección de su dispendio- no se dirigen de manera voluntaria hacia los empresarios más eficientes que descubren y crean nuevos métodos para satisfacer -sean cuales sean- las necesidades de los individuos.

Aparte, tú error de fondo -error harto habitual- es partir de un concepto de eficiencia paretiana, donde un sujeto sólo puede mejorar su situación a costa del otro. No, nada es rico por haber empobrecido a otro (salvo cuando ese rico actúa como el Estado, esto es, atracando a los demás), y ningún desfavorecido tiene que empobrecer a nadie para mejorar su situación. Por eso criticamos al Estado de bienestar, por redistribuir en lugar de favorecer el desarrollo de la función empresarial; por seguir obstaculizando que ciertas personas obtengan de manera pacífica los medios que necesitan para satisfacer sus fines; por abocar a miles de personas a unos esquemas redistributivos a la par que deficientes; por sólo servir para crear siervos y pedigüeños del Estado tiránico.

Y bueno, en todo esto, ¿dónde he nombrado el PIB?
Consumo y producción, o cómo confundirlo todo

En este post critico a un bloggero progresista por imputar a los liberales una acerrima defensa del consumo como medio para lograr el crecimiento económico. La afirmación es doblemente falsa: los liberales nunca han defendido semejante punto porque, además, es incorrecto. Más bien cabe decir que el consumismo como motor de la economía ha sido una tradicional bandera del intervencionismo izquierdista
.


Me quedan casi todos los posts en respuesta a los problemas de acción colectiva de Egócrata. Durante unas semanas dispondré de menor tiempo del que quisiera, pero aun así iremos actualizando. Mientras, me he encontrado con un post que contiene uno de los típicos errores económicos que no suelo dejar pasar; máxime cuando el autor ya ha anunciado su intención de dedicarle nada menos que siete posts al asunto. Me refiero a este post de la bitácora de Pijus Economicus, donde nada menos que se nos acusa a los liberales de defender el consumismo. ¡Toma castaña!

Empieza el Pijus con una frase sorprendente: según los economistas liberales la maximización de la satisfacción se corresponde únicamente con la maximización del consumo. Pero vamos a ver, ¿puedes citarme alguna frase de Böhm Bawerk, Mises, Hayek o Rothbard donde sostengan este punto? ¿O acaso ellos no son liberales? La maximización del consumo maximizará la utilidad de aquellos individuos cuyos fines se alcancen únicamente a través del consumo de ciertos bienes, pero no de todos los restantes cuyos fines pasen por la austeridad. ¿O acaso la austeridad no es un fin de la acción humana a la que quepa atribuirle un valor? ¿Acaso los economistas liberales -paradigmáticamente la Escuela Austriaca- no fundamentan el valor en la intensidad satisfactoria que supone la realización de los fines de los seres humanos? ¿Qué liberal puede sostener que sólo cabe el fin del consumo? Ya te lo digo yo: ninguno, salvo los que aparecen en las películas de porno duro que se monta la izquierda.

La siguiente frase es buena: Esto sucedió porque el consumo es una variable cuantificable, mientras que no ocurre lo mismo con el afecto, la salud o las emociones en general, que serían otras variables significativas que influirían también en la felicidad del individuo.

He de decir que el Pijus tiene toda la razón del mundo, salvo por un detalle, los culpables de ese error no son los liberales, sino los antiliberales. ¿Pruebas? Vayamos al discurso que dio Hayek (creo que es liberal, ¿no?) al recibir el premio Nobel, La Pretensión del conocimiento: Esto me lleva a la cuestión fundamental. Al revés de lo que ocurre en las ciencias físicas, en la economía y otras disciplinas que se ocupan esencialmente de fenómenos complejos, los aspectos de los hechos que deben explicarse, acerca de los cuales podemos obtener datos cuantitativos son necesariamente limitados y pueden no incluir los más importantes. Mientras en las ciencias físicas se supone generalmente, quizá con razón, que todo factor importante que determina los hechos observados podrá ser directamente observable y medible, en el estudio de fenómenos tan complejos como el mercado, que depende de las acciones de muchos individuos, es muy improbable que puedan conocerse o medirse por completo todas las circunstancias que determinarán el resultado de un proceso, por razones que explicaré más tarde. y mientras que en las ciencias físicas el investigador podrá medir lo que considera importante de acuerdo con una teoría previa, en las ciencias sociales se trata a menudo como importante lo que resulte ser accesible a la medición. Esto se lleva en ocasiones hasta el punto de que se exija que nuestras teorías se formulen en términos tales que se refieran sólo a magnitudes medibles.

No puede negarse que tal exigencia limita en forma por demás arbitraria los hechos que habrán de admitirse como causas posibles de los hechos que ocurren en el mundo real. Esta concepción, que a menudo se acepta muy ingenuamente como algo requerido por el procedimiento científico, tiene algunas consecuencias paradójicas. Por supuesto, sabemos de muchos hechos referentes al mercado y estructuras sociales similares que no pueden medirse y a cerca de los cuales tenemos en efecto apenas alguna información muy imprecisa y general. Y dado que los efectos de estos hechos en cualquier caso particular no pueden ser confirmados por pruebas cuantitativas, simplemente son descartados por quienes se han comprometido a admitir sólo lo que consideran como pruebas científicas; luego proceden alegremente con la ficción de que los factores que pueden medir son los únicos importantes.

Por ejemplo total sólo puede ser aproximada, pero en virtud de que es la única acerca de la cual podemos contar con datos cuantitativos, se acepta como la única relación causal que importa. Según este criterio, pueden existir sin duda mejores pruebas "científicas" a favor de una teoría falsa, que se aceptará porque es más "científica", que a favor de una explicación válida, rechazada porque no se apoya en suficientes pruebas cuantitativas
.

Vaya, vaya. ¡Qué cosas! ¿Pero no eran los liberales los que promovían incluir en el análisis sólo aquello que pudiera medirse? Mira pijus, creo que te confundes con los neoclásicos y los keynesianos. Esto es, con la izquierda intervencionista y acientífica. Te has dado cuenta de un error esencial de la ciencia económica neoclásica, pero te has equivocado de responsables.

Las siguientes afirmaciones de Pijus, con todo, sacan a relucir un profundo desconocimiento del funcionamiento del sistema económico: Esta fe en el crecimiento económico infinito se refleja en el afán acumulador del empresario capitalista, que dedicará esta riqueza pecuniaria (procedente del beneficio por la venta: consumo) en reinvertirlo en un nivel mayor, y así de forma interminable.

Mira, la producción no proviene del consumo, sino más bien al revés: la producción es lo que posibilita el consumo. El empresario no invierte los beneficios del consumo, sino que, a través del consumo, recupera la inversión previa. Para invertir e incrementar la estructura de capital hay que ahorrar, no consumir. Cuanto más consuma una sociedad menos es el fondo de salarios (o de subsistencia) que permite a los empresarios invertir en capital.

Más consumo no significa más inversión, sino menos. El consumo sólo sirve para recuperar el ahorro que se ha inmovilizado en forma de estructuras productivas. Por supuesto, los beneficios pueden reinventirse (especialmente para amortizar las inversiones), pero en ese momento el empresario está ahorrando, esto es, está restringiendo su consumo presente utilizando los beneficios para financiar la producción. Si el empresario siguiera consumiendo para dar "vitalidad" al capitalismo, terminaríamos agotando los fondos de subsistencia y ninguna ulterior inversión sería posible.

Por ello, su última conclusión es del todo risible: La producción es por todo el motor de una economía contemporánea, pero no sería capaz de reproducirse de no existir su analogía en el consumo. Dicho de otra forma: el consumo es necesario para mantener una producción incesante.

No, la producción no necesita al consumo para reproducirse, sino al ahorro. Máximo consumo significa mínima producción, hasta el punto de que las estructuras de capital se abandonan para redirigir los factores productivos. Como ya expresó Stuart Mill en su cuarta proposición sobre el capital: Lo que sostiene y emplea el trabajo productivo es el capital que se gasta para ponerlo en actividad y no la demanda de los compradores del producto acabado del trabajo. Demanda de mercancías no equivale a demanda de brazos. Aquélla determina en qué rama particular de la producción se emplearán el trabajo y el capital, determina la dirección del trabajo, pero no el más o el menos del trabajo en sí, o del mantenimiento y pago del trabajo. Estos dependen de la cantidad de capital u otros fondos directamente dedicados a sostener y remunerar el trabajo.

Pijus olvida que los pagos a los trabajadores y a los propietarios de materias primas proceden del no-consumo, esto es, del ahorro. Por tanto, el ahorro en forma de capital circulante es requisito indispensable para producir de manera indirecta (esto es, no recolectar bayas) y, por tanto, para consumir. No en vano, Hayek (sí, otra vez este dichoso liberal) consideraba que el mejor test para discriminar entre un buen y un mal economista consistía en haber entendido la afirmación de Stuart Mill que acabamos de copiar.

Hagamos un poco de memoria. ¿Quiénes promueven en todo momento las políticas de demanda expansivas a través del gasto público y la política monetaria? ¿Acaso son los liberales quienes sostienen que sin un incremento del consumo nos ubicamos en un equilibrio con desempleo? ¿Acaso son los liberales los que han elaborado torpes y desafortunadas teorías sobre multiplicadores del gasto? No: todo eso es obra del izquierdista John Maynard Keynes y de sus seguidores. Que cada palo aguante su vela. Los liberales siempre hemos defendido el ahorro, como paso previo a la acumulación de capital. Precisamente, eso es el CAPITALismo, ahorro, inversión y mayor capital.

En su ofensiva intelectual contra el consumo, Pijus cae en la trampa consumista, asumiendo como ciertas todas las falsedades que los keynesianos han vertido sobre la teoría económica. Lo malo no es tanto que caiga en ese error primario, sino que nos lo impute a los liberales cuando hemos sido sus más firmes críticos. Las teorías de la sobreproducción y del infraconsumo no son nuestras, recuerda. Antes de criticar, escoge mejor tu objetivo. Este no puede estar más errado.

10 de Enero de 2006

Confesiones liberticidas de un diputat

Resumo la discusión que mantuve en esta misma bitácora con el diputat José Antonio Donaire sobre el CAC y la libertad de expresión.

No es que quepa esperar mucho de los políticos, salvo acaso alguna puñalada trapera por la espalda. Su modus vivendi es la coacción y la represión; a diferencia de los empresarios, no se mueven en un contexto de cooperación social y voluntariedad. Su mundo es la utilización de los mecanismos policiales del Estado para dar rienda suelta a sus fantasías totalizadoras.
(...)
Los derechos de los consumidores de información son una patraña por la que nunca se han preocupado. El consumidor tiene derecho a escuchar lo que le plazca y a formarse una opinión a partir de la variopinta información que recibe. Lo cierto es que los políticos pretenden mascarle la información, mascársela hasta tal punto que su juicio quede anulado por los Consejos Audiovisuales.
(...)
La táctica consiste en convencer a la ciudadanía de que el Consejo Audiovisual es necesario porque el resto de países ya lo tienen. Si todos lo tienen, nos dicen, por algo será. El problema es que los defensores de la censura no suelen explicar en qué consiste ese "algo", o lo hacen en términos muy vagos, como ya hemos visto.
(...)
Cuanto peor sea el estado de nuestra libertad, mejor se encontrarán los políticos. Cuanto menor sea nuestra autonomía, mayor será el poder del Gobierno para dirigir nuestras vidas. Los Consejos Audiovisuales, con su declarado objetivo de controlar las palabras de todos los individuos, son un decidido paso hacia delante en la totalización del Estado.


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7 de Enero de 2006

Acción colectiva: La falsa racionalidad de la teoría de juegos (I)

Ha tocado Egócrata un tema interesante: el de los bienes públicos y la acción colectiva. Para la izquierda, el argumento de los bienes públicos es la piedra de toque del liberalismo: el Estado se justifica en primer lugar para proveer esos bienes públicos que el mercado es incapaz de producir.

Básicamente, un bien público es aquel cuyo consumo es no rival, esto es, el coste marginal de agregar un nuevo usuario es cero. Aparte, otro problema habitual que suelen tener los bienes públicos es la imposibilidad de excluir a sus consumidores, de manera que surge el problema del free-rider, esto es, el gorrón.

De este modo, se plantea, como dice Egócrata, un problema de "acción colectiva"; todos los individuos salen beneficiados si no revelan sus preferencias o si defraudan, de manera que la provisión del bien público o no se realiza o se realiza de manera insuficiente. Imaginemos que todos en un edificio tenemos que ponernos de acuerdo para decidir pintar la fachada. Asumamos, por otro lado, que todos los vecinos quieren que la fachada se pinte, pero que, claro está, nadie está dispuesto a pagar. Según la teoría de juegos, como todos esperarán a que otros lo provean, se alcanzará un equilibrio no cooperativo que será subóptimo desde el punto de vista paretiano: todos saldrían beneficiados pintando la fachada pero sin un órgano superior que imponga pintarla, la fachada no se pintará.

Otros ejemplos son los que cita Egócrata: Hablo de cosas como la seguridad ciudadana, cloacas, alumbrado público o calles asfaltadas. Uno puede vivir en un barrio en que la calle en la que conduce para ir al trabajo no está asfaltada, y estar muy interesado en convertir ese barrizal en una avenida. No es demasiado racional, sin embargo, pagar el asfaltado del propio bolsillo, ya que uno estará chupándose un coste enorme del que otros se aprovecharan, y que no puedo restringir su entrada.

Aquí cabe hacer varias críticas por lo que, si me lo permiten, le dedicaré algunos posts. En este esbozaré una crítica general a la teoría de juegos y en el siguiente a la idea de bienes públicos. Más adelante desarrollaré las críticas más relevantes en sucesivos posts.

La primera crítica que puedo dirigirle a la teoría de juegos es que, simplemente, no es ciencia económica, sino ciencia económica ficción. La economía se dirige a explicar la realidad, mientras que la teoría de juegos explica como debería ser la realidad. Los resultados de la teoría de juegos son consistentes dentro de sus presupuestos, pero no tienen por qué conseguir explicar nada. ¿Puede la teoría de juegos explicar un comportamiento que no maximice los resultados? ¿Puede explicar el error? ¿La persuasión? ¿El engaño? Por ejemplo, la teoría de juegos concluye que la fachada no terminará por pintarse o que las cloacas en ausencia de Estado no terminarán por construirse. ¿Podría explicar el resultado contrario?

Segundo, otra de las grandes carencias de la teoría de juegos es que las recompensas sólo pueden alcanzarse como consecuencia de la acción de los jugadores. Las estrategias en sí mismas nunca integran la recompensa. Para la teoría de juegos no es posible que un acción se realice por sí misma, por el placer de llevarla a cabo. El honor, el altruismo, el comportamiento moral o la amistad nunca forman parte de los reducidos esquemas de la teoría de juegos salvo como cuantificación de una mayor utilidad en el resultado (cuando eso es otra cuestión distinta: no es lo mismo alegrarte por comportarte bien que alegrarte cuando ves que, además, has hecho felices a tus amigos).

Tercero, otra gran limitación de la teoría de juegos es su incapacidad para aceptar que el resultado se sigue de un punto de partida poco realista e, incluso, prefabricado para obtener el resultado. En realidad, que la cooperación no es posible no constituye un resultado, sino el punto de partida. Los participantes simplemente no pueden llegar a acuerdos entre ellos. Cada uno tiene que tomar sus decisiones de manera independiente, sin poder presionar o forzar por otros medios (por ejemplo contractuales) las decisiones ajenas.

Esto es una tremenda carencia, pues cierra el paso a las instituciones como modo de solucionar los problemas cooperativos de la sociedad. Lógicamente, sin instituciones los individuos no pueden cooperar ni coordinarse; y, de hecho, una de las instituciones más importantes la encontramos en el derecho.

Cuarto, la solución planteada por la teoría de juegos tampoco resulta convincente. Dado que los jugadores alcanzan un equilibrio no cooperativo e ineficiente, una mano superior (el Estado) tiene que forzarlos a llegar a la situación óptima. Al margen de los problemas reverso del punto dos (esto es, los liberales sufrirían una forzosa desutilidad por ser tratados como esclavos) y de que la mano superior tiene fuertes carencias de información para saber cuál es el estado eficiente y cómo se llega a él, existe un inconveniente más serio.

Decimos que los usuarios no pueden alcanzar una situación óptima porque son incapaces de llegar y, sobre todo, ejecutar acuerdos (punto tres). Por ello, convenimos que una autoridad superior los ejecute unilateralmente. Esto vendría a constituir el llamado "contrato social": firmamos un contrato para que el Estado para que nos solucione los problemas de equilibrios no cooperativos. Pero, en este caso, ¿quién nos garantiza que el Estado no tenga serios incentivos para defraudar? ¿quién nos garantiza que el Estado ejecutará el contrato en los términos convenidos? El problema es tan grande como el que pretendíamos solucionar con el Estado: sigue siendo necesaria una instancia superior que ejecute los contratos que no tiene capacidad para autoejecutarse. La solución de la teoría de juegos ante un supuesto problema detectado no es científica: se basa en la fe de que el Estado terminará por portarse bien. Pero como digo, no sólo existen incentivos para que no lo haga, sino que, sobre todo, no puede hacerlo.

Quinto, el concepto de eficiencia de la situación final resultante está basado en la eficiencia paretiana que tiene el gran defecto de ser estática y que, por tanto, no nos sirve para una sociedad que experimenta cambios continuos. Dentro de esta apartado conviene enmarcar la crítica frecuente que se realiza a ciertos "juegos" que parten de la ausencia de repetición, en cuyo caso los comportamientos de los agentes cambian para no ser excluidos de los beneficios de los juegos siguientes.

Por todo ello, los supuestos de racionalidad de la teoría de juegos son tremendamente sesgados e incompletos. Fijémonos en el caso paradigmático del dilema del prisionero. Dos prisioneros han sido arrestados cometiendo un crimen, pero la policía sólo tiene pruebas para inculparlos por delitos menores. Ante esta realidad, los dos prisioneros se encuentran separados y aislados y se les pide que confesen sus delitos. Si uno de ellos confiensa y el otro no, el primero es liberado y el segundo condenado a muerte. Si ninguno de los dos confiesa, los dos son condenados a delitos menores. Si los dos confiesan ambos son condenados a muchos años de prisión.

La teoría de juegos concluye que como la estategia dominante consiste en defraudar, el equilibrio terminará siendo ineficiente. Digo que la estrategia dominante es defraudar porque, ante cualquier acción del otro jugador, nos conviene defraudar. Si el otro confiesa y yo no, soy condenado a muerte; si el otro no confiesa y yo sí lo hago, quedo liberado en lugar de ser condenado por delitos menores. Así, llegamos al equilibrio de que los dos confesamos y somos condenados a una pena intermedia, en lugar del equilibrio eficiente que hubiera sido el de no confesar y quedar condenados a delitos menores. Como ustedes comprobarán el dilema del prisionero está lleno de agujeros.

Antes de desmenuzarlos, déjenme contarles otra historia bastante graciosa y paradójica similar a la del dilema del prisionero, propuesta por Michael Scriven hace más de 50 años. En pleno sábado, un juez condena a un prisionero a ser ejecutado durante la semana siguiente. El juez sólo le dice al prisionero que la ejecución será al mediodía y que no sabrá el día de la ejecución hasta la mañana del mismo día en que será ejecutado. El juez es, además, una persona que siempre cumple con su palabra.

El prisionero es trasladado a su celda cuando el vigilante le comenta: ¡Qué suerte tienes! No serás ejecutado. El prisionero extrañado le pregunta el motivo y el celador le responde: "La razón es sencilla. El juez no puede ejecutarte el próximo sábado, porque es el último día de la semana, por tanto tú sabrías el viernes por la tarde que serías ejecutado el sábado al mediodía, cuando el juez ha dicho que no sabrías el día hasta la mañana del mismo día. Eso deja al sábado fuera. Obviamente, tampoco podrás ser ejecutado el viernes, porque el jueves por la tarde sabrías que el día de tu ejecución es el jueves. Eso deja al viernes fuera. De la misma, tampoco podrás ser ejecutado el jueves, porque el miércoles por la tarde ya sabrías que el día de tu ejecución sería el jueves. De esta manera, si aplicamos esto a los restantes días, queda claro que el juez no te podrá ejecutar en ningún día".

En teoría de juegos esto se conoce como inducción hacia atrás. Lo relevante, con todo, no es tanto el método concreto que invalida, sino el razonamiento típicamente viciado de la teoría de juegos. Y es que si el juez ejecuta al preso el jueves al mediodía, el preso no habrá sabido el momento de su ejecución hasta el mismo día, tal y como prometió el juez. Como digo, la teoría de juegos es incapaz de explicar este fenómeno porque no es un método dedicado a explicar la realidad, sino lo que debería ser la realidad.

Del mismo modo, y volviendo al dilema del prisionero, la teoría de juegos sería incapaz de explicar el supuesto en el que los dos prisioneros se negaran a confesar. Por ejemplo, por la gran confianza que uno tiene en el otro o porque son gente incapaz de delatar a su compañero (esto vendría a coincidir con nuestra segunda crítica). A este respecto conviene recordar que la primera manifestación del derecho es la confianza entre las partes para llevar a cabo acciones concertadas.

Esto es, como ya he dicho, estamos ante un supuesto de laboratorio donde se expulsa a las instituciones de la ciencia económica (crítica 3). Si los sujetos pudieran comunicare (jnstitución del lenguaje) y firmar un contrato (institución del derecho) donde se establecieran sanciones pecuniarias (institución del dinero) muy elevadas para quien defraudara, es evidente que los prisioneros tendrían todos los incentivos para cooperar entre ellos.

Y aun cuando los prisioneros instituyeran un Estado para que los forzara a cooperar, ¿cómo podemos garantizar que ese Estado no se inhibirá y los forzará incluso a no cooperar cuando tenga incentivos para ello? (crítica 4) Y creánme, desde el punto de vista de la teoría de juegos, no es difícil construir un supuesto en el que el agente tenga incentivos para defraudar a sus clientes. Por tanto, ¿de qué nos sirve el Estado si seguimos teniendo los mismos problemas que sin Estado (según la teoría de juegos)? Y acaso habrá algún problema más pues, como veremos, la actuación del Estado corrompe las instituciones y la coordinación entre los individuos.

Por no hablar, claro está, de que el problema se solucionaría, incluso para la teoría de juegos, si el juego se repitiera en infinitas ocasiones y los jugadores aprendieran a comportarse para maximizar sus beneficios.

Por ello, como dice Jan Narveson, el concepto de racionalidad de la teoría de juegos está viciado: Es curioso que la racionalidad consiste en "maximizar", esto es, hacer lo mejor que se pueda para uno mismo y, sin embargo, [en el supuesto del dilema del prisionero] personas racionales no pueden cooperar a pesar de que eso sería mejor para los dos [...] ¿En qué sentido estamos "maximizando" si aceptamos anticipadamente una estrategia que sabemos que producirá resultados peores que la otra? [...] La visión común [del dilema del prisionero] parece estar empecinada en mantener la tesis que la mejor estrategia consiste en aceptar aquella que se sabe que es peor respecto de una alternativa conocida. Una paradoja en verdad.

La paradoja es que la teoría de juegos se postula como ciencia cuando no deja de ser pura superchería que olvida gran parte de los descubrimientos de la ciencia económica. Pero esto lo trataremos en otros posts.

6 de Enero de 2006

Hipogresía

Ya sabemos que la izquierda es una mentira. Pero he de decir que siempre son capaces de sorprenderme. Muchos de vosotros ya conocéis mi afición de bucear por las cloacas de la Red. En este caso llegué a este post de Jaume d´Urgell, miembro de Red Progresista, en Indymedia (no me pregunten qué hacía en esa página). El post ya de por sí es significativo pues el propio autor comienza diciendo que Me tacharán de demagogo. Arrebatos de Pepito Grillo.

Pero no quiero detenerme en el post sino en un comentario del mismo autor que se encuentra un poco más abajo: Vamos a ver... naturalmente, lo que quiero decir no es que lo poco que tengamos sea un delito, pobres de nosotros, los pobres. Todo es opinable, pero es cuestión de querer comprender. OBVIAMENTE, lo delictivo es que algún hijo de la gran puta pretenda "poseer" más de lo que se puede reunir en toda una vida honrada de trabajo, habiendo como hay, personas tan necesitadas.

Esta gente no tiene ni idea de economía. Siguen con el chip puesto de que los recursos están "dados". Quien tiene más es porque ha producido más; el que tiene mucho lo ha producido en su vida de trabajo y, por tanto, puede tener todo lo que ha producido, por mucho que alguien opine que es demasiado. Si la gente produjera menos, el Tercer Mundo seguiría teniendo tan poco como ahora, o incluso menos, pues no es un problema de excluir al Tercer Mundo de nuestros recursos, sino de producirlos. Ya traté este tema en un artículo para el Juan de Mariana.

Al margen de los pésimos razonamientos económicos del párrafo (¿cuándo entenderán la Ley de Say?), del mismo se pueden extraer dos conclusiones: a) el autor dice ser pobre, b) el autor opina que quien posee demasiado es un hijo de la gran puta (y ese "demasiado" se fija en función de una especie de "tiempo socialmente necesario de reproducción del trabajo")

No sé si éste será un razonamiento muy asentado de Jaume d´Urgell o un exabrupto fuera de lugar. Por ello, he buscado en su web algún artículo donde desarrolle esta fantástica tesis, pero no lo he encontrado. Eso sí, me he topado con algo mucho mejor: esta foto suya. ¿Me entienden cuando digo que la izquierda es una mentira?

5 de Enero de 2006

Nos falta humor, por Enrique Benavent

El añorado Peter Sellers, inolvidable Inspector Clouseau y genial cómico en tantas y tantas películas, inició su carrera humorística con una llamada telefónica a Roy Speer, productor del programa de la BBC, Show Time, a quien convenció, imitando la voz de un alto cargo de la cadena, para que contratara a un prometedor joven llamado Peter Sellers. Sense of humour, cosa de ingleses. Aquí, por el contrario, andamos muy escasos de eso, como prueba la desmedida reacción gubernamental ante la broma, quizá de mal gusto, pero broma al fin y al cabo, que el Grupo Risa le gastó a Evo Morales haciéndose pasar por el Presidente del Gobierno Español que llamaba para felicitarle.

Los del tripartito llevados de su afán inquisitorial y confundiendo deliberada y malévolamente un programa humorístico dentro de un magazine matinal con los servicios informativos de una cadena de radio, trataron de utilizar este asunto para justificar su política de cercenar la libertad de expresión de los medios que se atrevan a criticar al poder. Pero además, la humorada radiofónica ha puesto de manifiesto que el talante zapateril en materia de humor no va más allá del rictus avinagrado de Mademoiselle de la Vogue con su aire de severa institutriz que no ha conocido varón.

Es una pena que el Gobierno renuncie a su vis cómica. Deberían explotar más momentos tan jocosos como el discurso de Zetapé en francés macarrónico ante la Asamblea Nacional. Las "soluciones habitacionales" de la ministra Trujillo habría que presentarlas como una recreación del camarote de los Hermanos Marx., por no hablar de lo gracioso que resultaría ver la cara del señor Bono cuando se descubrió la intervención de la fragata Álvaro de Bazán en misiones de guerra en Irak, después de tanto pacifismo y tanto "no a la guerra". En fin, decía el premio Nobel, Konrad Lorenz, que el humor y la sabiduría son las grandes esperanzas de nuestra cultura. Puesto que sabiduría no se le puede exigir a quienes exhiben talante, a falta de talento, y está claro que carecen de humor, resulta coherente que la cosa de la cultura se la encomienden a Carmen Calvo; tal es nuestra esperanza. Nos falta humor.
La izquierda contra los inmigrantes

Leo en Elconfidencial.com que Más de 100.000 inmigrantes han vuelto a la economía sumergida desde la regularización. Sorpresa, sorpresa. ¡Pero si ahora ya pueden denunciar a sus explotadores! ¿Síndrome de Estocolmo? No, simple y mera ciencia económica.

Salario mínimo más cuotas a la seguridad social supone la imposibilidad de contratar a muchos trabajadores. El límite máximo que puede percibir un trabajador -cualquier trabajador- es su productividad marginal. Si de esta productividad marginal el empresario tiene que pagar las cuotas a la seguridad social, el salario máximo vendrá dado por: productividad marginal - cuotas a la SS.

Si ese salario máximo es inferior al salario mínimo, al empresario le saldrá más rentable no contratar al trabajador. Conclusión: o mercado negro o desempleo. Ya lo expliqué hace meses en un artículo:

Bajo el pretexto del progreso social, los políticos aprueban unas leyes de salario mínimo consistentes en ilegalizar todas aquellas ocupaciones cuya retribución sea inferior a la determinada por la ley.

hay dos grupos sociales que, por sus características, son especialmente fustigados por esta prohibición: los jóvenes y los inmigrantes.(...) Los inmigrantes, por su parte, en muchas ocasiones poseen una bajísima cualificación, lo que les obliga a buscar empleo en sectores como la construcción o la agricultura, donde, salvo excepciones, el valor de los productos es escaso.

El salario mínimo supone, en estos casos, un coste superior al ingreso que los empresarios pueden obtener por contratar a un inmigrante. La consecuencia ineludible es el paro.

Al impedírsele trabajar, el inmigrante tendrá tres opciones ante sí: el mercado negro, la mendicidad o, en última instancia, la delincuencia.


Si la izquierda atendiera menos a sus consignas y más a la ciencia económica, haría tiempo que hubiera disuelto sus infames partidos.

3 de Enero de 2006

Caridad privada y cicatería estatal

En este artículo de Libertad Digital ilustro con el caso del tsunamí la escasa consistencia de las peticiones socialistas para incrementar el Estado después de una catástrofe:

Cada vez que tiene lugar una catástrofe natural, la voces que reclaman una mayor intervención del Estado resuenan con especial intensidad; el caos resultante debe ser corregido a través de un incremento en la coacción gubernamental.

Un ejemplo gráfico de esta sucesión de eventos lo encontramos en la tragedia del tsunami asiático, cuando todos los gobiernos del mundo coordinaron sus políticas para tratar de minimizar el daño sufrido por las víctimas. Un año después, conviene hacer un balance de las mentiras intervensionistas, que agravaron la situación desesperada de los afectados y que estos días se están poniendo de manifiesto
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La necesidad del Gran Hermano, respuesta a José Antonio Donaire

Contesto a las críticas de José Antonio Donaire a mi anterior post donde analizaba la inconsistencia de su defensa del CAC.

José Antonio Donaire ha respondido en los comentarios al anterior post donde elaboraba una crítica a su defensa del CAC. Valga esta anotación como réplica.

Primero querría aclararle a Donaire un asunto que, habituado al debate cuasi-futbolístico de la política, parece pasarle desapercibido. Que seamos liberales no significa que seamos afines al PP. El liberalismo no queda definido según las posiciones del partido popular, sino que las posiciones del partido popular podrán ser calificadas como liberales en la medida en que defiendan la libertad (y, por lo general, estas posiciones son bastante pocas, casi tanto como las de su partido).

Por tanto, en lo sucesivo, evite arrojarme las contradicciones del PP en este asunto, porque me importan bien poco. Yo no he hablado de partidos concretos, sino de partidos políticos liberticidas, y eso incluye tanto al PP como al PSOE.

Hecha esta aclaración, pasaremos a responder punto por punto a Donaire:

1- Es curioso como Donaire se sorprende de que el socialismo pretenda someter a todos los individuos al Estado: Efectivamente, soy socialdemócrata; y no soy liberal. Yo no creo que un liberal sea un ácrata. Y por eso me extraña la tendencia de los liberales a confundir socialdemocracia con estatalismo. No voy a explicar ahora las diferencias entre Stalin y Olof Palme, porque no es el tema del debate

Efectivamente, aquí estamos discutiendo sobre si el Estado tiene que limitar la libertad de expresión de sus ciudadanos. La defensa o la justicia privada (por cuyo motivo podría considerarme un ácrata para usted) son otro debate.

Ahora bien, no metamos a todos los individuos en una misma canasta. Los liberales que siguen creyendo en el Estado consideran a éste como un mal necesario para preservar la libertad humana. No consideran que el Estado es el origen de la sociedad, sino que la sociedad debe soportar al Estado por ser el menos malo de los remedios.

Yo no mezclo a Stalin con Olof Palme, en todo caso se mezclaron ellos al recurrir al Estado para manejar la vida de las personas. Stalin no es lo mismo que Olof Palme cierto; de la misma manera que un asesino en serie no es lo mismo que un carterista, siendo ambos criminales. No he llamado stalinistas a los políticos, sino opresores y represores de la libertad de expresión; lo cual puede tener bastantes semejanzas con el stalinismo pero no una completa coincidencia.

Pero usted, los socialdemócratas, sí son estatalistas: creen en el Estado como mecanismo superior para organizar y dirigir la vida de los individuos. Creen en la necesaria expansión del Estado para incluir cada vez mayores ámbitos. Desconfían de las personas, de su libertad y de su elección: no les gusta que los planes privados no coincidan con sus planes universales. Creen que el individuo ha adquirido su propiedad de manera ilegítima, que es necesario una redistribución para alcanzar una situación justa (cuando los resultados de acciones justas nunca pueden ser injustos).

Creen en la legitimidad del Estado para hacer y deshacer a su gusto, sin importarles lo más mínimo todo cuanto se lleve por delante. Su sociedad ideal debe construir mediante la fuerza, la sangre y la coacción. No son capaces de respetar el dejar hacer, porque sólo ustedes se sienten legitimados para hacer. No son capaces de respetar el dejar decir, porque sólo ustedes pueden establecer qué es la verdad. La libertad es, en definitiva, un estorbo que debe ser apartada mediante les pertinentes regulaciones estatales.

No les llamo stalinistas. No es necesario. Les llamo socialista, ya tienen suficiente.

Acto seguido, Donaire recurre a la típica excusa contractualista para reprimir la libertad. Dicho en Román paladino "alguien que no conocemos firmó en un momento muy lejano un contrato que no se sabe por qué razón le sigue vinculando hasta el punto de que yo, político, tengo derecho a hacer con usted lo que me plazca": Tú propones un modelo de Estado ultraliberal que choca con el modelo de Estado que pactamos en la Constitución. Si no te gusta este Estado (insisto, es totalmente legítimo), propones un cambio y lo ganas en las urnas. Pero mientras eso no ocurre, no puedes pretender que la acción de los gobiernos transgreda totalmente el modelo que se ha pactado previamente.

¿Mande? ¿Qué he pactado yo? Pobre de mí. Ah, que otros lo pactaron por mí. Sí, todo muy bonito pero, ¿por qué debo subordinarme yo a las decisiones de otros sobre mi persona? Especialmente cuando yo no pretendo imponerlas nada salvo que se dejen de meter en mi vida. Si los socialistas quieren asociarse en una comuna llamada "Estado español" o "Estado catalán", yo no tengo problema alguno, ahora que no me obliguen a pertenecer a ese club en contra de mi voluntad.

Todo el fundamento de su autoridad se basa en la falsedad de que unos individuos deben gobernar a otros por la fuerza; en la ilusión de que sin una férrea dictadura vigilada por los leones de la mayoría, la sociedad se desmoronaría en el más tremebundo de los caos.

Se trata de una autoridad basada en una mentira que, no obstante, les sirve incluso para desbordar sus propósitos iniciales. Aun aceptando a efectos dialécticos que el Estado sea imprescindible para mantener el orden, ¿por qué se apoderan ustedes de la capacidad y el poder de regular el espacio radioeléctrico o la veracidad de las palabras de un periodista? ¿Qué tiene esto que ver con mantener el orden social o con defender a los individuos? Más bien está relacionado con mantener su orden social de explotación fiscal a través de la mordaza indiscriminada. ¿A qué individuos defienden? ¿A los que se sienten ofendidos por unas palabras?

Seamos serios. Yo me ofendo por la existencia de los políticos y represores varios, pero no por ello pido que se les torture y se les envíe a una celda oscura. Las leyes que ustedes han aprobado sólo tienen como cometido expandir el margen de discrecionalidad del poder estatal. Esto no tiene nada que ver con el reducto de funciones básicas estatales, sino con la hojarasca autoritaria y despótica que día a día se va extendiendo en la Unión Europea y en EEUU.

2- En el siguiente punto, Donaire me pide acatar la Constitución socialista de España para defender la actuación del CAC: Supongamos que efectivamente estás de acuerdo con mantener (ni que sea provisionalmente) las reglas del juego. Veamos. Artículo 20.d. de la Constitución: "Derecho y deber a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión". ¿Esto es un invento de "los políticos" (quiénes, cuáles) o es una norma básica?. O la cambiamos o la acatamos. Pero no podemos aceptar pulpo.

Por supuesto, toda la Constitución socialista es un invento de los ponentes y de los diferentes grupos políticos; invento dotado de legitimidad por el voto de los españoles de hace 27 años y que se ha erigido en norma básica, incluso para quienes no la votamos. Pero ésta no es la cuestión o al menos no toda la cuestión.

Mire, en un Estado represor puedes defender y acatar la legalidad, puedes criticar y acatar la legalidad o puedes no acatarla. Yo no he hecho aquí un llamamiento a la desobediencia civil, sino que he sostenido que el ordenamiento actual que regula la libertad de expresión es tremendamente censor y tremendamente útil para los políticos.

En cambio usted ha defendido la actuación del CAC respaldándola en una norma constitucional que, según usted, permite callar a los periodistas. ¿Acaso no deberíamos esperar, precisamente por eso, que criticara al CAC y a su fundamento constitucional?

Los socialistas no dudan un segundo en criticar a los EEUU cada vez que se aplica la pena capital a uno de sus presos, a pesar de en los pertinentes Estados, la pena de muerte venga regulada por ley y tenga encaje constitucional. ¿Por qué los critican? ¿Acaso aquí también debemos tragarnos la historia de que debemos aceptar las reglas del juego? ¿De qué juego? ¿Del de los políticos con nuestra libertad?

Lo que me sorprende del caso es que no se ruborice ante los poderes que la Constitución del 78 les atribuye a los políticos. Me sorprende que el punto de partida sea la Constitución y no los valores que deberían inspirar la Constitución. Realmente me sorprende su relativismo positivista.

¿Qué el CAC puede encontrar su encaje en la Constitución? Es posible, en textos tan abiertos todo puede cuadrar, de ahí que sea una Constitución socialista que poco sirva para proteger los derechos individuales. Pero su remisión a los fundamentos censores de la constitución ¿significa que usted se opone a modificarlos?

Éste es el debate, no si el Estado puede encontrar fundamentos en sus propias normas para aplastar a los ciudadanos, pues es obvio que los tiene (de ahí que todas las teorías limitadoras del Estado estén abocadas, en definitiva, a la imposibilidad manifiesta).

3 - Este párrafo es uno de los más sorprendentes de toda su intervención. Donaire vuelve a mostrar su desprecio por la libertad de los individuos: De hecho, nuestra constitución (sí, ya sé que replicarás que el PSC no cree en la constitución y bla, bla, bla) limita un montón de libertades en el capítulo de derechos y libertades: 21.2, 22.2., 22.4, 22.5, 28.2, 30.2, 33.3, 37.2... ¿Tenemos que cambiarlos todos?..

¿Acaso usted está cómodo viviendo en un ordenamiento jurídico que, según usted mismo, reprime tantas y tantas libertades? ¡Claro que hemos de cambiarlos todos! Por lo visto, cuando el número de represiones a la libertad aumenta, no es necesario modificar ninguno. En el límite, el Estado totalitario no admite reforma alguna, porque la limitación de TODAS las libertades aconseja no modificar las reglas del juego.

Seamos sensatos. Precisamente porque las reglas del juego en las que nos movemos son especialmente liberticidas, hay que cambiarlas. Sinceramente, sigue sin entender cómo no se escandaliza al decir que nuestra constitución limita "un montón de libertades". ¿Qué pasa? ¿Qué nos hemos acomodado a las dictaduras de facto?

4 - Este punto ya lo he respondido parcialmente. Me recrimina de manera velada mis ataques al CAC cuando lo creó el PP: Supongo que no te sorprenderá saber que el CAC fue creado el año 2000. Gobierno CiU con el apoyo del PP. Tampoco te sorprenderá saber que ha realizado 166 informes (casi todos negativos) y que hasta la fecha había arremetido contra medios estalinistas (utilizo tu argot para entedernos): COM, SER, BTV...

Me extraña tan poco que el PP y CiU crearan el CAC como que ustedes ahora lo utilicen para sus fines cortijeros. Primero unos, luego otros. Pero la burocracia y el Estado no se mueven.

Por otro lado, ¿utilizas mi argot tildando a la SER de stalinista? Muéstrame dónde porque no lo encuentro. La SER me podrá parecer mamporrera del Estado y del ataque a la libertad, pero no stalinista.

Y en todo caso, el ataque contra la COPE no queda legitimado por los atropellos previos a otras emisoras. De la misma manera que el atropello a esas emisoras no quedó legitimado en su momento por suponer un ataque a la libertad de expresión.

Afortunadamente, en las líneas siguientes reconoce que todo esto no es un argumento: Curiosamente, no había oido ningún comentario en contra. Al contrario, recuerdo un interesante artículo de El Mundo en el que se recogía la denuncia del CAC por el tratamiento partidista que dieron los medios durante el período 11-M al 13-M. No es argumento, lo sé, pero creo que siempre es bueno conocer un poco los antecedentes de la película.

Pues no, no lo es. ¿Desde cuándo soy redactor de El Mundo? De todas formas, el problema no es tanto que un organismo realice informes sobre los medios de comunicación. El problema es, primero, que ese organismo sea público y segundo que esos informes puedan servir como base para que el gobierno o ese mismo organismo apliquen sanciones. No confundamos los términos.

Yo no entro a valorar si el CAC ha puesto de manifiesto las mentiras de la SER o de la COPE, sino que esas supuestas mentiras no pueden utilizarse para aplicar la fuerza contra un medio de comunicación. Los observadores de medios son legítimos e incluso recomendables; lo que ya no es ni legítimo ni recomendable es que esos observadores se conviertan en espías y chivatos estatales para reprimir a la disidencia.

5 - Donaire sigue perseverando en el error de creer que el cumplimiento y la defensa de la legalidad vigente disminuye un ápice el carácter liberticida de sus opiniones y actuaciones: 5. Bien. El artículo 1.2. de la Ley del CAC (esa que fue aprobada por el PP y por CiU) dice que el CAC tiene como misión cumplir los requisitos de la legalidad vigente en la Unión Europea, en la Constitución, en el Estatut (el antiguo, el que vosotros llamáis "el bueno") y en la legislación sobre medios audiovisuales. En otras palabras. El CAC es un órgano que cumple las disposiciones legales generales.

No me dé más razones para oponerme a todos los engendros constructivistas, tanto de los burócratas de Bruselas, cuanto los de Madrid o Barcelona (¿cuándo he tildado yo el Estatuto vigente de "bueno"). Estoy suficientemente convencido de su maldad y antiliberalismo como para que tenga que aportar más datos.

De nuevo la cuestión es cuál es su actitud. ¿Practicar la apología de unas normas que permiten cercenar la libertad de expresión? ¿Esa es su misión? ¿La de vocinglero del régimen? El CAC puede cumplir las disposiciones legales vigentes lo que demuestra el carácter profundamente represor de esas disposiciones. Estamos en un régimen socialista con la fachada de democracia que expele licencias de libertad para los amigos.

El propio Donaire lo confirma: Por ejemplo, la Ley 10/88, la Ley 11/91, la Ley 37/95... Para tu conocimiento, no tiene unas "normas represoras" específicas, sino que (intenta) cumplir las leyes españolas y europeas existentes. Insisto. O las cambiamos o las cumplimos. Pero la culpa de estas leyes no es del CAC

¿Pero qué clase de argumento es ese? ¿Acaso las leyes fundamentales del régimen franquista legitimaban la censura? Ah no claro, que el problema no era que atacaran la libertad de los individuos, sino que no fueran votadas en unas elecciones libres y que los capitostes políticos actuales no imprimieron su sello. ¡Tremendas diferencias! En otras palabras, lo que ustedes pretenden es reestablecer buena parte del régimen franquista a través de las urnas.

O eso o no entiendo su cerrada remisión a la legislación vigente sin que le haya oído una tímida crítica a la misma. ¿Está dispuesto a denunciar unas normas que permiten acabar con la libertad de expresión o seguirá acomodándose a los mandatos represores del Estado? ¿Cuál es su postura? ¿Se opone a esas normas, las defiende o le dan igual con tal de seguir cobrando del resto de los españoles?

Esa es la cuestión, yo no digo que el oasis catalán sea en realidad una ciénaga al lado del Edén estatal español; sostengo que el gobierno catalán va a la vanguardia del ataque a las libertades que luego seguirán el gobierno central y el resto de gobiernos autonómicos (sí, también los del PP).

6 - En este punto Donaire me acusa de pasar de puntillas por uno de sus posts donde sostiene que el modelo catalán es una copia del resto de los Estados europeos: Has pasado de puntillas (de hecho ni siquiera has comentado) por un tema que comentó en mi último post. ¿Por qué casi todos los países europeos tienen un C.A.?. ¿Qué nos diferencia de USA, Canadá, Italia, Francia, Alemania, Portugal, Gran Bretaña, Holanda, Dinamarca...?. ¿Cuál es tu país de referencia?.

¿Por qué todos los Estados europeos tiene un C.A? ¡Porque son Estados! Hay cosas que huelga repetirlas. Los Estados no buscan el bienestar general, de la misma manera que no lo buscó el nazismo y el comunismo. Los Estados buscan perpetuar e incrementar su poder para beneficiar a los intereses de ciertas clases explotadoras, básicamente los políticos, los empresarios afines al régimen, los banqueros y demás funcionarios.

Para seguir manteniendo este régimen plutocrático es necesario un Consejo Audiovisual que silencie las voces disidentes, que acalle a todas aquellas personas que emitan opiniones peligrosas para la ilusión estatalista. ¿Qué cual es mi país de referencia? En el caso de la libertad de expresión ninguno. ¿Por qué tengo que elegir entre distintas leyes mordaza? ¿Acaso está sugiriendo que una sociedad no puede funcionar sin que el gobierno regule las opiniones de las personas? ¿Realmente se cree este despropósito?

Yo no estoy diciendo que el Estado catalán sea una excepción liberticida en Europa, pero eso no le exonera lo más mínimo. El asesinato no queda justificado por el hecho de que otros hayan matado o vayan a matar en el futuro. Es un crimen per se, con independencia de las acciones de otras personas.

Los Consejos Audiovisuales y las potestades sancionadoras de los Estados atacan la libertad de expresión, con independencia del número de gobiernos liberticidas. No intente tapar su culpa con las culpas ajenas. En el caso de los Estados todos están cortados por un mismo patrón: la represión de la libertad.

Las cuestiones garantistas en la elección del CAC que comenta me parecen del todo secundarias. ¿Qué lo elige el Parlamento? Genial, como si el parlamento dejara de ser Estado o tuviera una aureola mística para censurar al opositor.

Sus otros comentarios de este punto también me parecen desafortunados: Y por último, ¿cómo es que el PP (no sé si es un partido afín, pero creo que sí) incorpora en su programa electoral la creación de un consejo audiovisual?. O también ¿cómo es que el PP votó a favor del CAC en la comisión y una hora antes de la votación en el Parlamento (llamadita de Génova) cambia el sentido del voto?.

Eso pregúnteselo a los militantes o simpatizantes del PP. A mí sólo viene a demostrarme que no existen diferencia sustanciales entre ustedes y que la represión de la libertad no es monopolio de un partido político, sino que es una característica ligada íntimamente al sistema estatal en el que vivimos.

7 - En este punto si entramos en auténtica materia. Donaire intenta argumentar que la libertad de expresión tiene límites al margen de la propiedad privada: ¿Y cómo podemos argumentar la ausencia de límites?. Pues con dos piruetas argumentales dignas del gran Tamariz. Primero, la opinión es una propiedad. Caramba. Yo tengo un coche, un piso hipotecado, una Play Station y quince expresiones. Las guardo en el garaje, las lavo cada quince días y he montado una alarma por si me la roban.

Me parece que no ha entendido nada. Yo no he dicho que la expresión sea una propiedad, sino que el derecho a expresarse es una manifestación de las potestades dominicales. Ya le he dicho que el hecho de que yo no pueda ponerme encima de la mesa de su comedor a gritar consignas anti-CAC no limita mi libertad de expresión. Tampoco que la UGT no pueda montar una manifestación en mi casa significa que esté reprimiendo su derecho a manifestarse.

No, la característica común es que el propietario puede decir cuanto quiera en su propiedad, pero no puede violentar la propiedad ajena amparándose en un supuesto derecho independiente a la "libertad de expresión". Losantos puede decir lo que quiera en la COPE mientras sus propietarios se lo permitan; pero la SER no está censurando a Losantos por no dejarle hacer sus programas en sus emisoras.

Por tanto, o admite que la libertad de expresión es una manifestación más del derecho de propiedad privada o demuestra que la SER está censurando a Losantos o a mí mismo por no dejarnos expresar desde sus micrófonos.

Segundo argumento devastador: Segundo, el único límite a la libertad de expresión es lo que Cruyff lamaría "el contexto". Si me llamas pederasta mientras conduces a 190 Km/h, no puedes hacerlo porque has sobrepasado el límite de velocidad. Pero si lo publicas en el Marca, entonces, no pasa nada.

¿Y qué es el contexto más que una propiedad? En un contexto donde la carretera fuera privada, si el Estado limitara la velocidad en esa carretera, estaría violando los derechos del dueño y también los del conductor, por impedirle hacer uso de su propiedad (el coche) por la propiedad de otro señor (la carretera) con cuyo consentimiento contaba.

En cambio, si el dueño de la carretera me impide conducir a 190 km/h no está restringiendo ni mi libertad de conducción ni mi libertad de expresión, porque la carretera no es de mi propiedad.

Por tanto, no mezcle ideas. El CAC viola la libertad de expresión porque sanciona a Losantos por expresarse libremente en la COPE con el consentimiento de sus propietarios.

Sigamos con los límites: Mientras que en la mayoría de los debates, se sostiene el principio de que "es cierto que hay límites, pero me quejo de que los fije el CAC y no un Tribunal", tu argumento es más osado: "No, no, nada de límites". Sin más límites que el contexto. Si la Radio Yihad da instrucciones precisas para montar bombas, cambiemos el dial. Si la TV Pureza Blanca nos dice que hay que rociar con ácidos a todos los que no son arios, hagamos zápping. Y si un canal emite una película de coprofagia a las 4 de la tarde, pues saltamos a la Cuatro. Sin límites.

Primero, usted está dando un salto cualitativo muy considerable. En dos de los tres ejemplos está haciendo referencia de emisiones que, o bien exhortan al ejercer la coacción contra otros individuos, o bien explican cómo hacerlo. Que yo sepa el CAC se excede en mucho de esta diminuta atribución, hasta el punto de controlar y sancionar, no lo que incita al ataque, sino la veracidad de la información. Por tanto, estos ejemplos no sirven.

Segundo, aun así se lo explicaré. Montar bombas, aisladamente, puede tener como objetivo la legítima defensa. Ahora bien, desde el momento en que su finalidad sea la de agredir (y llamarse "Radio Yihad", al momento que explica cómo montar una bomba, es una clara invitación a ello) los individuos pueden anticiparse y defenderse de la agresión. Legítima defensa se llama. Lo mismo sucede con la TV Pureza Blanca.

Ahora bien, esto no tiene nada que ver con el tercer ejemplo; por supuesto que resulta legítimo emitir cropofagia a las cuatro de la tarde, tan legítimo la posibilidades de desintonizar la cadena o evitar que los niños accedan a una televisión. La responsabilidad para con los niños es de los padres, no del Estado paternalista y moralizante. Amen de que esa responsabilidad para con los niños no genera un derecho de estos para censurar las emisiones.

De todas formas, la recurrencia a los llamados ejemplos "del bote salvavidas" están ya muy manidos. La libertad de expresión no se utiliza en su mayoría ni para instar al asesinato ni para emitir cropofagia. Y mucho menos aquí se está hablando de censurar esos casos.

No mezclemos la oposición al poder político -objeto de la auténtica censura- con ejemplos extremos y disparatados; por mucho que a los políticos les interese practicar un reduccionismo regulador, de manera que lo menos justifica lo más. "Creamos el CAC para controlar a los medios de comunicación que incitan al terrorismo pero terminamos censurando a los periodistas que no nos gustan". Esa es la lógica del poder político, su lógica.

Para terminar con este punto: Tu puedes ser misógino y racista, de acuerdo. Pero, ¿puede serlo un medio de comunicación?. ¿Estás seguro?. ¿Y proetarra?. ¿Y neonazi?. Tú me dirás, ¿quién fija las reglas o los límites?. Y yo te respondo: Pues las leyes propuestas por Parlamentos escogidos por todos, que pueden ser cambiadas, derogadas y modificadas

Yo también soy un medio de comunicación. Qué manía de encasillar la sociedad en estrechos moldes. Vamos a ver, ¿mis palabras comunican? ¿Mis escritos comunican? Sí, por tanto mi derecho a la libertad de expresión es idéntico a la de los medios de comunicación de masas.

La diferencia entre Losantos y yo, aparte de muchas opiniones, es que a Losantos lo escuchan millones de personas y a mí me leen unos cientos. Esa es la diferencia; que el poder político tiene miedo. A ustedes les importa muy poco los derechos individuales; sólo se preocupan por la repercusión de su uso en su dominación social. Los peligrosos deben ser censurados; los personajillos irrelevantes pueden decir todas las groserías que quieran, porque no tienen ninguna difusión.

Una vez más queda demostrado que ustedes nos han concedido unas licencias ficticias, unos derechos ilusorios, para hacernos creer que somos libres. Pero en el momento en que cualquier persona, haciendo uso de esos derechos ilusorios, desestabilice los intereses creados y la maquinaria estatal, entonces se ponen a temblar y a reprimir derechos.

De acciones justas no pueden surgir resultados injustos. Si la gente tiene derecho a expresarse en libertad, el contexto en que lo haga es indistinto. Al menos siempre que sean derechos, y no licencias o concesiones del Estado.

8 - Aquí Donaire afirma que me he confundido con los términos: Perdona, pero te has hecho un lío con expresión, opinión, información, verdad, veracidad... La Ley (no el CAC, la Ley) dice dos cosas muy claras: (a) que hay que diferenciar entre opinión e información; y (b) que hay que respetar el principio de veracidad.
La diferencia entre opinión e información no es fácil; estoy de acuerdo y lo he dicho. Pero no me digas que es imposible diferenciarlos. No podemos "vender" opiniones como si fueran informaciones. las informaciones deben ser veraces y las opiniones, por su propia definición, no. Y, por cierto, veraz no es lo mismo que verdad y tú los utilizas como sinónimos.
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Mi argumento no ha sido que sea imposible diferenciarlos, sino que no veo el cometido de hacerlo. Si alguien no está informando está opinando, y si no está opinando está informando. Ambos son manifestaciones de la libertad de expresión. Si obligamos a diferenciar entre ambas estamos imponiendo una determinada conducta que se opone a esa libertad de expresión, por cuanto hacer expresar un juicio que el particular no deseaba expresar.

El comunicador, haciendo uso de su libertad de expresión, puede decir lo que le plazca. Los consumidores no tienen un derecho a que se distinga entre información y opinión y, muchos menos, a que sean los políticos o sus subalternos los que separen entre el grano y la paja.

El consumidor tiene derecho a escuchar o no escuchar una determinada cadena de radio y las restantes cadenas de radio tienen derecho a clamar al cielo con que la otra miente. Los derechos a reprimir los derechos ajenos no son más que agresiones.

La veracidad de las informaciones es una parodia arbitraria que sólo sirve, nuevamente, como excusa sancionadora. El carácter diligente o no en la búsqueda de una información debe ser valorado por la instancia superior, de manera que siempre puede apreciar la falta de verdad y la ausencia de diligencia en contrastarlo. Un juicio que justifica la censura y la amonestación.

Es absurdo pretender que sólo podemos hablar si hemos sido diligentes; entre otras cosas, porque el modelo de diligencia es el filtro adoctrinador por el que pretenden que pasemos los políticos.

Para terminar: De hecho, aquí realizas otra pirueta mortal. Niegas el principio de la falsación popperiana y te conviertes en la esencia del postmodernismo. Todo es relativo. Todo puede ser. Y puede no ser. Pues no mire. Hay cosas que no son.

Primero, la falsación no permite establecer qué es cierto, en todo caso permitirá establecer qué no lo es (y sólo en determinados ámbitos y con determinados supuestos que, por desgracia para este método, nunca son falsados). Por eso mismo, es difícil alcanzar la verdad y, a través de la falsación, poco menos que imposible.

Segundo, lo que he dicho es que la mentira contrastada no justifica la censura. La libertad de expresión no es un derecho a decir la verdad, sino a expresarse, con mentiras o con verdades. Es cada individuo quien tiene que juzgar y que contrastar, no los políticos.

A ustedes sólo les interesa alzarse con un monopolio de las buenas maneras, de los buenos procedimientos, de la verdad. Para eso instituyen un control de la información, para apoderarse de ella, para regresar al monopolio público de las noticias y de la opinión. Sólo así pueden perpetuar su posición dominante y explotadora. Sólo así pueden justificar nuevos atropellos, nuevas restricciones a la libertad.

Su poder es la ratio última de toda esta actuación. Lo que les preocupa es la repercusión social, la opinión que se extiende en la sociedad. Quieren moldearnos y manejarnos; se quieren convertir en un Gran Hermano con la corona de luchadores del bien común.

2 de Enero de 2006

El éxtasis censor

En este post critico la justificación del CAC propuesta por José Antonio Donaire, diputado del PSC. Analizo la superficialidad del derecho ciudadano a "una información veraz", así como las ansias censoras y represoras de los políticos.

José Antonio Donaire es diputado del PSC, tiene una bitácora y defiende el control estatal de los medios de comunicación. En realidad, no es sorprendente. El socialismo pretende conseguir la completa sumisión de los individuos al Estado; la libertad debe desaparecer en manos de los órganos de planificación centralizada. Que un militante orgulloso de esta ideología perversa y liberticida defienda al CAC no es sorprendente, acaso coherente.

Donaire ha escrito tres posts (I, II y III) en su bitácora defendiendo al CAC y, además, ha dejado un comentario en la bitácora de David Millán donde se queja de la moda anti-CAC. Me centraré en su primer post. Su segunda anotación sólo sirve para recordarnos que la censura en Cataluña no es una novedad; la tercera para constatar el grado de degeneración antiliberal en el que ha caido occidente y el comentario es un refrito de la argumentación de su bitácora.

El primer error en el que cae Donaire es empezar a segregar las libertades: La esencia de la argumentación de la COPE es el derecho a la libertad de opinión. Es sabido que éste es un principio básico del sistema democrático, el famoso artículo 20 de la libertad de expresión y de información.

Una cosa es hablar de libertad de expresión para referirse al ámbito en el cual ejercemos nuestra libertad y otra creer que constituye un derecho autónomo y enfrentado con la propiedad privada. De esta manera, acotamos el significado y clarificamos el debate. En realidad, la libertad de expresión procede del derecho a la propiedad privada; no existe un irrestricto derecho a decir cuanto se quiera. Yo, por ejemplo, no puedo subirme en la mesa del salón de José Antonio Donaire y lanzar una soflama anti-CAC. Esto no supone un ejercicio de censura contra mí, ni mucho menos una agresión; más bien al contrario, sería yo quien estaría agrediendo a Donaire si realizara tal actividad.

El primer problema con el que nos topamos es que la clase política ha nacionalizado el espacio radioeléctrico, de manera que no cabe un derecho de propiedad privada sobre el mismo, sino tan sólo una licencia. Conviene tener presente la diferencia entre derecho y licencia: aquel reconoce una jurisdicción del titular sobre ciertos recursos, ésta supone una tolerancia de ciertas acciones por parte del titular del derecho; tolerancia cuya característica esencial es la revocabilidad.

Por ejemplo, el propietario de una manzana puede consentir que otra persona se coma su manzana, pues el poder dominical incluye la capacidad de permitir que otra persona consuma tu propiedad. Sin embargo, el individuo que se come la manzana no tiene derecho a comérsela (a no ser que el propietario le haya traspasado su derecho de propiedad a través de, por ejemplo, la venta), simplemente está siendo beneficiado por un "visto bueno", una "concesión", una licencia. En cualquier momento, el propietario de la manzana puede impedir que se la coma.

El Estado se ha erigido en propietario de todo el espacio radioeléctrico y ha empezado a otorgar licencias para poder hablar. Nuestra libertad de expresión está corrupta desde el momento en que una agencia totalitaria amenaza con usar la violencia contra nosotros en tanto no nos sometamos a sus dictados: sólo el Estado puede establecer quién emite y quién deja de emitir en el espacio radioeléctrico. Así lo reconoce orgullosamente Donaire: Como es sabido, en un espacio limitado de licencias (como la radio o la televisión), la administración establece unos criterios que sirven para justificar la adjudicación de licencias.

Mire, el argumento es demasiado obvio y está demasiado manido como para volver a exponerlo cien veces: toda la realidad es limitada y no por ello el Estado debe racionar el uso que hacemos de ella. ¿Por qué no asigna licencias sobre la venta de manzanas (ya sabe que son limitadas), o sobre la distribución de los ordenadores personales? Mejor aun, ¿por qué no distribuyen los libros entre los individuos más adecuados según sus criterios? No estamos hablando de la comunicación audiovisual, sino ¡de la cultura! ¿No sería obvio que el gobierno fijara los criterios por los que la población puede acceder a los libros? Los libros son escasos, no hay para todos, no hay tantos como queremos. ¿Por qué no?

Este ataque frontal a la libertad no se subsana por el hecho de que el propio Estado asuma el compromiso de autorrestringirse reconociendo a los ciudadanos el derecho a la libertad de expresión. La licencia y el control políticos siguen intactos: en este país sólo hablan por la radio o por la tele quienes los políticos han decidido que hablen. En caso contrario: silencio. ¿Cuánta censura encubierta habrá tenido lugar en este país por obra del Estado?

En cualquier caso, y regresando a la desagregación de los derechos que practica Donaire, la libertad de expresión no es más que una manifestación del derecho a la propiedad privada. Pero como digo, Donaire subdivide este "derecho a la libertad de expresión" de una manera llamativa. Por lo visto, la libertad de expresión incluye la libertad de opinar; de manera que nuestro derecho no es ya un derecho a expresarnos, sino a opinar, a informar, a dudar o a gritar. De un mismo tronco, sacamos veinte ramas; lo coherente sería seguir adelante y hablar de un "derecho a opinar de deporte", de un "derecho a opinar de fútbol", de "un derecho a opinar del Real Madrid", de un "derecho a opinar sobre Florentino Pérez" o incluso de un "derecho a opinar sobre el color de la corbata de Florentino Pérez".

Esta desagregación de derechos es tan absurda como poco práctica pero, en principio, no resulta problemática siempre que seamos conscientes de cuál es el tronco común, esto es, siempre que no confundamos especificación con restricción.

Y es que a los políticos les encanta reglamentar exhaustivamente nuestros derechos para los perdamos en caso de que nuestros comportamientos no encajen completamente en su definición. Aun asi, siempre que mantengamos el tronco común intacto (esto es, el derecho de propiedad), la ausencia de concordancia con un derecho reglamentado supondrá su encaje en otro derecho. Hablar del color de las corbatas de Joan Laporta no encaja en "el derecho a opinar sobre el color de las corbatas de Florentino Pérez" pero ello no significa que no podamos a hablar de las corbatas de Laporta, ya que en tanto nuestro derecho sea a la "libertad de expresión", la falta de amparo en un particular derecho especificado significa el amparo en otro derecho especificado, en este caso "el derecho a opinar sobre el color de las corbatas de Joan Laporta". O dicho de otro modo, si yo tengo un "derecho a comprar fruta", cuando compro manzanas no estoy abusando del "derecho a comprar peras", sino que estoy empleando mi "derecho a comprar manzanas".

El problema, como ya he dicho, es que a los políticos les encanta confundir los términos, prohibiendo hablar de las corbatas de Laporta o la adquisición de manzanas, por el simple hecho de no encajar en sus torpes especificaciones de nuestros derechos.

Donaire incurre en el mismo atropello: Las sentencias del Tribunal Constitucional sostienen no sólo que expresión e información son dos actividades que (a pesar de las dificultades que ello entrañan) han de ser separadas, sino que además la información debe ser veraz. Este principio es capital.

En otras palabras, informar no es lo mismo que expresar (u opinar). Y el derecho a la libertad de información sólo se ejerce cuando se informa de manera veraz. De acuerdo. ¿Significa que una información no veraz atenta contra el derecho a la libertad de información? No, porque el derecho a emitir información no veraz queda amparado por la libertad de expresión.

Ante este "problemilla" los políticos tienen que hacer un doble salto mortal e inventarse que la libertad de información es un derecho también de los consumidores: La libertad de información es un derecho atribuible a los informadores, pero sobre todo a los "consumidores" de la información. A veces, algunos periodistas pecan de corporativos y sostienen este derecho en un solo sentido: desde el informador al informado. Pero el informado (y existe una sentencia del TC que así lo reconoce) también tienen derechoa la información y a que la información sea veraz. En un sistema basado en la capacidad de decisión de todos los ciudadanos, el acceso libre a una información veraz es imprescindible. Sin ciudadanos informados no hay ciudadanos responsables.

Vayamos por partes, que este párrafo tiene tela. Primero, si los consumidores de información tienen derecho a una información "veraz" ya estamos mandando a galeras a todos los políticos y sicofantes del Estado. Los impuestos no son una contribución a las arcas públicas, sino un robo que no sirve para lograr un difuso bienestar general; las regulaciones públicas atentan contra la función empresarial, reprimen a los individuos y son totalizadoras; los políticos no son imprescindibles, son el cáncer de la convivencia y de la prosperidad, una casta de privilegiados que viven a costa de todos los demás. Siglos de mentiras para enterarnos ahora de que tenemos el derecho a que no nos mientan. Si tuvieran un poco de decoro renunciarían a todas sus prebendas.

Segundo, un derecho a recibir información veraz implica el derecho a establecer e imponer la verdad. Frecuentemente los progres citan el caso de Galileo para bramar contra la Iglesia. ¡Vaya por Dios! Ahora resulta que nunca les molestó la condena a Galileo, sino el motivo de la condena; esto es, que Galileo tenía razón. Por lo tanto, es de suponer que si la Iglesia hubiera tenido razón, la persecución inquisitorial de Galileo hubiera resultado legítima. Vaya con los rojos, no pierden las buenas costumbres.

Tercero, la fijación, imposición y cristalización de la verdad supone la dictadura del statu quo, el conservadurismo militarizado y coactivo más atroz que quepa imaginar. Toda desviación del credo veraz establecido, no supone una opinión que debe ser rebatida probando la fortaleza de las convicciones establecidas, sino una opinión que debe ser perseguida, destruida y aniquilada.

Cuarto, la información veraz no es imprescindible para ningún sistema, en caso contrario la humanidad hubiera desaparecido hace milenios. De hecho, el punto de partida de la investigación científica es la duda, no la verdad establecida. Recibir una información que hoy se considera veraz y recibir SÓLO esa información, implica no sólo un proceso de adoctrinamiento colosal por parte de aquellos que tengan la potestad de fijar esa verdad, sino también la parálisis de la duda, de la investigación y de la búsqueda de la verdad.

Quinto, los ciudadanos ejercitan su derecho a recibir información veraz dejándoles libertad para juzgar qué es y qué no es veraz. No necesitan de un paternalismo totalitario que les imponga su fe; les basta con cambiar el dial.

Sexto, la acción, efectivamente, depende de la información; por tanto, la responsabilidad también depende de la información. Sin embargo, es sumamente obtuso pensar que la única información que impele a un individuo a actuar es la información. La información que cada día recibe un individuo es tan vasta que no sólo tiene capacidad para seleccionar parcialmente la información que recibe, sino que, sobre todo, debe seleccionar la información útil (esto es, la información que considera veraz) para actuar. Los políticos pretenden seleccionarnos su información veraz para que actuemos conforme a sus criterios. ¿Acaso creen que los ciudadanos son estúpidos? ¿Acaso consideran legítimo estirparles la posibilidad de juzgar y de distinguir entre el bien y el mal, entre la verdad y la mentira?

Séptimo, que un político defienda la necesidad de una información veraz cuando ha castrado la pluralidad informativa al nacionalizar el espacio radioeléctrico y ha asignado las licencias de explotación conforme a su particular criterio, resulta tan abyecto que no merece un mayor comentario.

Y octavo; como conclusión, sólo cabe decir que el CAC atenta contra su propio fundamento: al defender la información veraz consolida un conocimiento científico y tecnológico primitivo. No garantiza la información veraz, sino la superchería contemporánea. La primera acción que debería emprender el CAC es, por tanto, su propia clausura.

Una vez comprobado cuál es el corazón de la argumentación censora, es evidente que el medio para acallar a cualquier medio de comunicación pasará por argüir que miente y que ello vulnera los derechos de los ciudadanos. Ni Orwell. Apaleados, aislados y ahora usados como trapos.

De esta manera, Donaire sostiene que cuando en la COPE se afirma que Montilla quiere crear otro GAL para matar terroristas (...) se falta a la verdad. Objetivamente. La COPE ofrece una mentira como si fuera información. Y eso, hay que decirlo, también vulnera el principio constitucional a una información veraz.

Como ya he explicado, si no quiere llamar a los gatos perros, llámelos gatos, pero ello no les niega su categoría de vertebrados. Si la mentira no es información, es expresión, y ello no transgrede ningún derecho; salvo los derechos que ustedes se han inventado para reprimir los derechos individuales. ¿Se imaginan que el derecho a la salud supisiera la potestad estatal de recluir a todos los enfermos en una isla desierta? Donaire nos propone este esquema para garantizar nuestro bienestar. Las limitaciones del poder político son cada vez menores; proceso paralelo a la mengua de nuestra libertad.

Ante el flagrante atentado contra la libertad que supone valerse de inconsistentes derechos políticos para eliminar las opiniones disidentes, Donaire recurre a una generalización demagógica que, no por ello, deja de ser incorrecta: Es el mismo que encontraríamos frente a un medio xenófobo, vejatorio contra las mujeres o nacionalsocialista. Si un medio sostuviera de forma reiterada que las mujeres son seres inferiores o que debemos contemplar la limpieza étnica o que este país va a la deriva por la infección mora, ¿debemos limitarnos a cambiar el dial, en virtud del derecho constitucional a la libertad de expresión o de información?.

¿Deberíamos limitarnos a cambiar de dial siempre que un socialista afirme que la redistribución, el uso estatal de la coacción, la militarización de la sociedad o la hiperregulación contribuyen al bien público? Sí. Las opiniones no delinquen, sólo lo hace el ejercicio de la fuerza. Yo puedo opinar que las mujeres o los moros son inferiores, lo cual me convertirá en un misógino y en un racista, pero no en un delincuente. Otra cosa es que esclavizara a la mujer, a los extranjeros o a los árabes; en ese caso sería un represor. El único que utiliza la fuerza en toda esta operación es el Estado, lo cual le convierte en algo peor que los misóginos o los racistas; al menos ellos, por muy necios y malvados que puedan ser, no utilizan la coacción; a diferencia del Estado, por muy pulcras que considere sus opiniones.

Dicho de otro modo, ¿quién es peor persona? ¿El que odia con todo su corazón a su vecino o el que le quema la casa para hacer feliz a la comunidad ante el espectáculo de una falla? El primero es malvado, pero no usa la fuerza; el segundo es, en principio, bienintencionado, pero desconoce que el fin no justifica los medios. ¿Acaso Donaire nos está diciendo que debemos ser crueles con el primero y clementes con el segundo? ¿Qué daño físico comete el primero? ¿Qué grandilocuentes finalidades absuelven la violación de la propiedad practicada por el segundo? Estas son las preguntas pertinentes y no el repertorio de sandeces destinadas a camelarse al auditorio para justificar la represión contra las opiniones que no nos agradan.

Lo más gracioso de todo esto no es ya que Donaire quiera convencernos de que la censura es legítima por ser un derecho de los consumidores; es que además quiere vendernos la moto de que las sanciones por emitir opiniones contrarias al poder no son censura: Como reconoce el informe del CAC no estamos ante un acto de censura, ya que ésta por definición es a priori. En este caso, no se regulan los contenidos antes de que sean emitidos sino que se evalúan los que ya se ha realizado.

No mire, si yo le digo: "En caso de que hables de la corbata de Florentino Pérez te mando directamente al hospital", y tú, apercibido de mi amenaza, dejas de hablar, asistimos a un ejercicio de censura. Si tú hablas de la corbata de Florentino Pérez y te digo: "como vuelvas a hablar de la corbata de Florentino Pérez, te mando directamente al hospital", y tú, apercibido de mi amenaza, no vuelves a hablar de la corbata cuando querías hacerlo, asistimos de nuevo a un ejercicio de censura. El CAC opera así, como un vulgar matón ofensivo al servicio de los intereses estatales. "Vete y no peques más o de lo contrario irás al infierno". La diferencia entre la religión y el Estado, con todo, es demasiado obvia: puedo tener fe o no tenerla, pero la coacción estatal nadie me la quita, tenga fe en el Estado o no.

Después de todo esto, no cabe dudar de que José Antonio Donaire, diputado en el Parlamento catalán del PSC, odia la libertad. De hecho, él mismo lo reconoce: un laisez faire condescendiente, me lleva plantearme los límites de la opinión y la información. La libertad le da miedo y busca limitarla. Cuando el sillón peligra hay que reprimir y moralizar. Esto es un político: la coacción al servicio del poder.
Cambios en la bitácora

Con el nuevo año me gustaría introducir dos pequeños cambios en mis costumbres posteadores. Mediante esta anotación, aparte de informaros, me gustaría saber vuestra opinión.

El primero es que voy a enlazar mis artículos en Libertad Digital y en el Instituto Juan de Mariana. De esta manera, dejaré constancia de los mismos y podréis dejar vuestra opinión en los comentarios. Lo cierto es que me copio este sistema del blog del Mises Intitute. Aquí podéis ver un ejemplo.

El segundo es que intentaré encabezar mis posts con un resumen en negrita. Soy consciente de que en muchas ocasiones hasta la mitad de la anotación no sale a relucir el auténtico asunto. Con este párrafo o par de párrafos en negrita pretendo ofrecer un resumen, de manera que podrán saber anticipadamente si el tema interesa o no.

Y, por cierto, en Libertad Cercenada también estamos con cambios. Hace poco se unió como blogger Fernando Barrera y hoy Manuel Lora.

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