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Todo un hombre de Estado: Abril 2007

13 de Abril de 2007

Debate en Periodista Digital sobre Endesa
Hoy he participado en los debates de Periodista Digital para discutir sobre el caso de Endesa. En la tertulia, moderada por Carmelo Jordá, también han participado Carlos Salas y Emilio J. González. Podéis escucharlo aquí.

11 de Abril de 2007

Endesa y el capitalismo de Estado
Hoy escribo en Libertad Digital sobre toda la operación política para controlar Endesa. Existe el peligro evidente de considerar que la resolución del caso -Eon se retira, Enel y Acciona compran- es perfectamente acorde con un mercado libre.  Pero no, todo el caso constituye un ejemplo de la continua injerencia del Estado en la vida de las empresas.
Los engranajes del Estado se pusieron en marcha para tratar de obstaculizar la operación. Al día siguiente Zapatero se dirigía en tono mafioso a Bernotat para advertirle de que el Gobierno no aprobaba la OPA de E.On. En un sector tan altamente regulado como el eléctrico, Zapatero recordó a aquél que el marco regulatorio y la rentabilidad prevista para Endesa no eran "reales".

Quien quiera ver en todo este despropósito un ápice de libre mercado, simplemente se equivoca. Una operación con futuro empresarial ha sido sustituida por otra cuyo principal reclamo son las recompensas por el buen servicio que pueda dejar caer el Gobierno español.
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10 de Abril de 2007

La protección del inversor
Ayer escribí en el Instituto Juan de Mariana sobre la disposición de la Ley del Mercado de Valores que regula las OPAs y de cómo una supuesta protección del inversor se convierte en un asalto del Estado al mercado de capitales.
¿Por qué motivo un accionista ha de tener el derecho a quedarse con parte de los beneficios que todavía no se han realizado y que no ha sido capaz de anticipar o, lo que es peor, con los beneficios que generará el nuevo empresario? El derecho de propiedad sobre una acción da derecho a elegir si vender o no hacerlo, pero no a elegirlo con un determinado nivel de información. De hecho, los propietarios que se desprendan más rápidamente de sus acciones serán los que anticipen menores beneficios futuros, los que los juzguen más inseguros o los que sean más impacientes por realizarlos. ¿Por qué debe privilegiárseles frente a unos adquirientes que confían en el futuro y la solidez de la empresa?

La concesión de privilegios a algunos inversores equivale a la atrofia de los mercados financieros y de la sociedad de propietarios. Los movimientos empresariales quedan controlados, supervisados y fiscalizados por el Estado, quien les marca el paso y restringe su creatividad, y los consumidores son peor servidos de cómo podrían serlo.
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9 de Abril de 2007

Mises sobre la guerra y los Imperios

El último artículo de Albert Esplugas sobre la incompatibilidad del liberalismo con el militarismo ha intentado ser neutralizado desde algunas posiciones reconduciéndolo al cajón de sastre del anarcocapitalismo. Cualquier posición contraria a lo que algunos querrían entender como liberalismo es, ipso facto, una propuesta anarquista; obviando cualquier raigambre que haya podido tener en el pensamiento liberal más clásico.

Desde luego, existe una agenda afín al neoconservadurismo que pretende inocular la guerra –y en concreto la guerra ofensiva- dentro del corazón ideológico del liberalismo y para ello no dudan en arrimar el ascua de ciertos autores liberales a su sardina belicista. Desde luego, no tienen el más mínimo reparo en sacar citas de contexto aun cuando ello signifique situar a esos autores en las antípodas de su pensamiento.

Es la misma táctica torticera que ya emplearon con Hoppe y que ahora parece que quieren repetir con Mises. En concreto, se quiere convertir a Mises en un defensor de la guerra preventiva y del imperialismo civilizador merced a dos frases. La primera, en la Acción Humana, reza que: El pacifismo absoluto e incondicionado, en nuestro actual mundo, lleno de agresores y tiranos sin escrúpulos, implica entregarse en brazos de los más despiadados opresores. La segunda, extraída de “Gobierno Omnipotente, afirma que: Sin los ingleses no existiría hoy en día la India, sólo un conglomerado de principados insignificantes gobernados de manera tiránica que combatirían entre ellos por cualquier excusa; habría anarquía, hambrunas y epidemias.

Ciertamente, no son demasiadas referencias para querer fundar la visión miseana de la relación de guerra ofensiva y del imperalismo con el liberalismo. Sobre la primera frase, baste señalar que Mises está hablando de defenderse frente a “agresores”, no de iniciar la agresión con el pretexto de la defensa. A lo que se opone Mises, más bien, sería a la Satyagraha de Gandhi, a la inacción estratégica en supuesto de ataque, no a una posición aislacionista en política exterior.

La segunda sí tiene más enjundia, pues si la aislamos del resto de la obra de Mises parece loar la labor imperialista de los ingleses y, por extensión, la del resto de “imperios liberales”. De ahí que prefiera interpretarla después de haber repasado la auténtica postura de Mises en torno a la guerra y el imperialismo.

En primer lugar, para Mises la guerra es un instrumento diabólico debido a su potencial destructor: [La guerra es] destructora y aniquiladora; dicho brevemente, un mal que perjudica a todos, al vencedor y al derrotado. La crudeza con que la describe da prueba de ello: La guerra moderna es terriblemente cruel; no perdona al tierno infante ni a la mujer gestante; mata y destruye sin mirar a quién. Desconoce los derechos de los neutrales. Se cuentan por millones los muertos, los sometidos a esclavitud, los expulsados de los países donde nacieron y vivieron sus antepasados durante siglos.

En ningún caso puede considerárselo como un amante de la guerra, incluso el vencedor pierde. Se trata más bien de una ratio última, que debería tratarse de evitar a toda costa. Tal es así que para Mises el militarismo, la exaltación de la guerra, no es más que otra forma de socialismo: Los adalides del militarismo son coherentes cuando abogan por el establecimiento del socialismo. La nación debería organizarse como una comunidad de guerreros, en la cual los civiles no tendrían más ocupación que atender cumplidamente las necesidades de los combatientes.

Su preocupación por lograr una paz duradera y perpetua es constante a lo largo de su obra. En la Acción Humana podemos leer que: No basta para preserver la paz para derrotar a los agresores. Es inexcusable además destruir las ideologías que fatalmente llevan a las conflagraciones bélicas. Es decir, la ideología que sustenta la necesidad de la guerra como un instrumento adecuado para resolver los problemas humanos debe desecharse si queremos aspirar a esa paz duradera. Y en “Nation, State, and Economy” encontramos: El pacifismo es una necesidad lógica del que depende todo el sistema de vida social. Quien, desde un punto de vista utilitario, rechace la dominación de algunos sobre el resto y pide un total derecho de autodeterminación para los individuos y los pueblos debe por consiguiente rechazar la guerra. Quien tenga una visión del mundo donde prevalezca la armonía correctamente entendida entre los intereses de todos los estratos, dentro de una nación y entre las naciones, no puede encontrar ninguna base racional para el belicismo.

Es más, para Mises el liberalismo es incompatible con el inicio de la agresión militar: El liberalismo rechaza la guerra ofensiva no por motivos filantrópicos, sino desde el punto de vista utilitarista. La rechaza porque considera la victoria como dañina, y no desea conquistas porque no las ve como el medio adecuado para alcanzar sus objetivos últimos. No mediante la guerra y la victoria, sino sólo mediante el trabajo duro puede una nación crear las condiciones para el bienestar de sus miembros. Todo Estado liberal debe carecer de planes de agresión: Los gobiernos liberales, nunca agresivos, no ven razón alguna que abogue, en circunstancias normales, por incrementar el poderío de las fuerzas armadas. Lo que zanja claramente la cuestión hermenéutica de su crítica al pacifismo.

Obviamente, con estos mimbres no puede extrañarnos que Mises sea un firme opositor del imperialismo y del colonialismo, considerándolo del todo punto opuesto al liberalismo: La actuación colonial europea, en general, desde la época de los grandes descubrimientos hasta nuestros días, ha sido invariablemente contradictoria con los principios liberales.

La contundencia de esta crítica va de la mano con su descripción del episodio colonial: La idea básica del colonialismo fue aprovechar la superioridad militar de la raza blanca. Lanzáronse los europeos, equipados con todos los medios bélicos que su civilización les proporcionaba, a subyugar pueblos más débiles, a robarles sus propiedades y a esclavizarlos. (…)No hay capítulo alguno en la historia que rezume más sangre que las guerras coloniales. Se mató sin necesidad y sin sentido. Prósperas tierras se transformaron en desiertos; pueblos enteros fueron destruidos y exterminados. Estos hechos no permiten atenuación ni excusa. (…) Tal situación contradice todos los principios liberales y democráticos, debiendo nosotros hacer cuanto podamos para acabar con ello.

¿Y que decir de quienes pretenden justificar el imperialismo como un ejercicio práctico de civilización de los salvajes? Mises lo tiene claro: Se ha dicho que los colonizadores europeos lo único que pretendían era hacer partícipes de los beneficios de la civilización a los pobres pueblos atrasados. Pero aun cuando fuera cierto que tal era el objetivo que los gobernantes europeos persiguieran al enviar conquistadores a los más remotos rincones de la tierra, ni aun así puede el liberal considerar tal tipo de colonización ni útil ni beneficiosa (…) los occidentales deberían haber demostrado tal superioridad convenciendo a los indígenas de ultramar para que voluntariamente adoptaran el sistema europeo.

Repito para que no quepan dudas. Mises cree que el imperialismo civilizador es incompatible con el liberalismo: el espíritu del imperialismo ha minado gradualmente toda la estructura ideológica del liberalismo hasta que finalmente pudo también reemplazar la base individualista de la que surgió para sustituirla por una colectivista (…) Para el imperialismo completamente desarrollado, el individuo carece de valor.

Y aquí no hay diferencias. Desde los principios liberales, todo imperialismo, por pragmático que algunos puedan verlo, es rechazable: Estas doctrinas imperialistas son hoy en día comunes a todos los pueblos. Ingleses, franceses y americanos que acudieron a luchar contra el imperialismo no son menos imperialistas que los alemanes.

Pero por si quedaran dudas sobre si Mises apoyaría un imperialismo “civilizador” que tratara de abolir aranceles y unificar la ley bajo un mismo gobierno liberal, basta con que él mismo responda: El liberalismo, que reclama plena libertad para la economía, pretende eliminar las dificultades que la diversidad de ordenamientos políticos opone al desarrollo del comercio separando la economía del Estado. Defiende la mayor unificación posible del derecho y en última instancia la unificación mundial. Pero no cree que para alcanzar este objetivo deban crearse grandes imperios ni mucho menos un imperio mundial. It persists in the position that it adopts for the problem of state boundaries. Los propios pueblos deben decidir cuán lejos quieren ir en la armonización de su derecho; cualquier violación de su voluntad debe rechazarse por principio. Un profundo abismo separa el liberalismo de todas aquellas visiones que quieren crear por la fuerza un gran Estado que beneficie a la economía.

¿Cómo conciliar esta visión frontalmente antiimperialista con su alabanza al proceso civilizador en la India? Mises parece indicar que es posible que un imperio cuyas premisas sean las de un Estado liberal consiga, en ciertos momentos y lugares, sentar las bases para que florezca una sociedad más próspera y más respetuosa con los derechos individuales. Pero ello no legitima a ningún Estado para constituirse en imperio. En la Acción Humana, escrita cinco años más tarde que gobierno omnipotente, encontramos la clave: El liberalismo capitalista llegó a Oriente desde Occidente al amparo de fuerzas armadas que imponían regímenes coloniales o enclaves extraterritoriales. Los violentos métodos aplicados por los occidentales no eran, desde luego, los mejores para inducir a los pueblos sometidos a modificar su mentalidad tradicional. Pero esto no debe hacernos olvidar que si centenares de millones de asiáticos estaban condenados al hambre y a la miseria, ello se debía a la general oposición contra cualquiera que pretendiese reunir capitales importantes.

El liberalismo no encaja bien con Estados mesiánicos tanto para quienes tienen que sufragar con su libertad y propiedad esas labores evangelizadoras como para quienes son “civilizados”: el fin no justifica los medios y en particular esos medios son demasiado caros para los agresores. Esto una vez más lo vemos en su afirmación de que “los liberales clásicos tenían razón cuando afirmaban que ningún ciudadano de una nación liberal y democrática obtenía beneficios de una victoria militar”. La iniciación de la violencia contra quienes no les amenazan nunca comporta beneficios a las sociedades liberales; y que un utilitarista diga eso sólo le puede posicionar en contra de las guerras ofensivas y civilizadoras.

Eso sí, lo cortés no quita lo valiente, y justo es reconocer que si se inicia el proceso imperialista, éste puede hacerse mejor o peor: más vale la Reina Victoria que Stalin.

Pero sugerir que Mises podría ser favorable a un “imperio mundial liberal” sólo denota un profundo desconocimiento de su obra. A lo ya señalado habría que añadir, por ejemplo, que en su opinión todo Estado debería asentarse sobre la nación y que los individuos tienen derecho a la secesión, ambos elementos incompatibles con cualquier imperio.

En cualquier caso, la postura antimilitarista y antiimperialista de Mises deja clara otra cosa: el debate no tiene necesariamente que ver con el debate minarquismo/ anarcocapitalismo. Mises era un convencido minarquista que defendía únicamente las guerras defensivas y se oponía a la occidentalización manu militari –como una gran cantidad de liberales clásicos. Bastante alejado de los planteamientos neocón que muchos pretenden fusionar con los principios liberales, y no por ello anarquista.

La desviación del debate es sólo una argucia para evitarlo. Es más fácil efectuar una descalificación genérica que discutir las ideas concretas; aun a pesar de la enorme deslealtad intelectual que ello supone.

7 de Abril de 2007

Sobre el capital y la legitimidad del interés, por Bastiat
Se ha dicho que Bastiat ha sido el mejor divulgador que ha tenido el liberalismo en su historia. Es probable.

A continuación reproduzco un extracto de la decimocuarta carta de su polémica contra Proudhon en torno a la gratuidad del crédito. En pocas líneas Bastiat expone de manera muy didáctica la teoría del capital de Turgot y deduce la necesidad del interés. Un texto que todavía es útil para que los mutualistas entiendan por qué los bancos del pueblo y el crédito social no tiene ningún sentido.
Llamando otra vez la atención del lector sobre la naturaleza del capital, iré recorriendo los argumentos de mi adversario.

Séame lícito remontarme un poco, siquiera no sea más hasta… el Diluvio.

Habiéndose retirado las aguas, Deucalion tiró unas piedras hacia atrás y de ellas nacieron hombres.

Y por cierto que eran bien dignos de lástima, porque no tenían capital. Carecían de armas, redes e instrumentos y no podían procurárselos porque para esto habría sido menester que tuviesen provisiones y la verdad es que apenas podían hacer más que procurarse la caza indispensable para satisfacer el hambre de cada día. Comprendían que se hallaban en un círculo de muy difícil salida y que no podía sacarles de aquel apuro todo el oro de California ni todos los billetes que el Banco del pueblo pudiese imprimir en un año, y se decían uso a otros: “el capital no es tan malo como dicen”.

Sin embargo, uno de aquellos desgraciados, que se llamaba Helén, hombre de más energía que los otros, dijo para sí: yo no he de retroceder ante ningún obstáculo; padeceré hambre y no parare hasta tener provisiones para vivir tres días. Estos tres días los invertiré en hacer un arco y flechas.

Y se salió con la suya. A fuerza de trabajo y ahorros se hizo con una provisión alimentos de caza. Este es el primer capital que hubo en el mundo después del Diluvio: el punto de partida de todos los progresos.

Se le presentaron muchos a pedirle prestado. “Prestadnos vuestras provisiones”, le decían a Helén, “y os las devolveremos con toda religiosidad dentro de un año” y Helén contestaba: “si os presto mis provisiones, tendréis que compartir conmigo los beneficios que os proporcionen; pero tengo un proyecto y he pasado muchos malos ratos hasta ponerme en disposición de llevarlo a cabo para renunciar a ello”.

Y en efecto, vivió tres días de su trabajo acumulado y entretanto hizo un arco y flechas.

Se le volvió a presentar un compañero y le dijo: “Préstame tus armas y te las devolveré dentro de un año”  y Helén le contestó: “Mi capital es precioso. Entre todos somos mil: de mi capital sólo puede disfrutar uno: lo más natural es que éste sea yo, puesto que lo he creado”.

Pero merced a su arco y flechas, Helén pudo acumular otras provisiones y fabricar otra armas, mucho más fácilmente que la primera vez; por cuyo motivo prestaba unas y otras a sus compañeros, conviniendo en que le darían una parte de la caza cuya adquisición les facilitaba.

Y a pesar de tener que pagar esta parte, los que tomaban prestado encontraban mucho más cómodo su trabajo. También acumulaban provisiones y fabricaban flechas, redes y otros instrumentos; de modo que como el capital iba en aumento, cada día se alquilaba bajo condiciones menos onerosas.

Comunicado el primer movimiento a la rueda del progreso, aumenta sin cesar la velocidad de sus vueltas.

Son embargo, a pesar de que continuamente aumentaba la facilidad de tomar prestado, los rezagados comenzaron a murmurar: “¿Cómo es, decían, que los que tienen provisiones, flechas, redes, hacha y sierras, nos exigen el pago de una parte del producto cuando nos las prestan?” “¿Por ventura no tenemos nosotros derecho a vivir y a vivir bien?” “¿No debe la sociedad proporcionarnos todo lo necesario para el desenvolvimiento de nuestras facultades físicas, intelectuales y morales?” “SI se nos prestase gratis, es claro que estaríamos mejor: luego la causa de nuestra miseria es el infame capital”.

Helén los reunió cierto día y les dijo: “Examinad atentamente mi conducta y la de todos los que como yo han conseguido hacerse con recursos y os convenceréis de que no sólo no os perjudica, sino que por el contrario os es útil y os lo sería aunque nosotros fuésemos bastante perversos para desear lo contrario. Cuando cazamos o pescamos matamos a cierta clase de animales contra quienes vosotros sois impotentes; de manera que cuando venís a pedirnos prestados los instrumentos nosotros percibimos una parte del producto de vuestro trabajo; pero esto s justo, porque el nuestro merece su recompensa, y es necesario porque si se acordase que en adelante tuviesen que prestarse de balde las armas y las redes, ¿quién se tomaría la molestia de hacerlas? Por último, y aquí entra lo más interesante: a pesar de la remuneración que me pagáis, el empréstito os es provechoso siempre; si no, no vendríais a pedirme prestado. Puede mejor vuestra situación y no puede empeorarla; pues pensadlo bien y veréis que la parte que yo percibo no es más que una fracción de lo que os hace ganar el uso de mi capital. De modo que lo que os queda después de pagarme este tanto es más de lo que tendríais si no me hubieseis tomado el préstamo, y este excedente os facilita los medios de proporcionaros provisiones e instrumentos: es decir, capital. De donde se sigue que las condiciones el préstamo son cada día más ventajosas para los que toman prestado y que vuestros hijos estarán en este concepto mejor que vosotros”.

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