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Todo un hombre de Estado: Junio 2005

29 de Junio de 2005

Manel sobre Red Liberal

Dos meses después de que Hispalibertas pidiera la baja en Red Liberal, Manel nos ofrece en un post algunas de las razones que motivaron semejante decisión. Pero probablemente más interesantes que sus razones sea el análisis externo sobre RedLiberal en el que finalmente se convierte el post. Análisis que harían muy bien todos los bloggers sindicados en leer y, sobre todo, reflexionar; y todo ello lo digo aun discrepando en la gran mayoría de puntos.

La primera crítica que lanza Manel se refiere al formato de Red Liberal: se trata de un estanque amontonador de bitácoras, en el peor sentido de la expresión. Estanque por estancado, amontonador por inabarcable. No es la primera vez que me quejo públicamente de que "muchas" bitácoras no implica "buenas" bitácoras o "buen conjunto de bitácoras", sino solo una indeterminada cantidad superior a la manejable. Ciertamente, muchas no significa buenas, pero tampoco tiene por qué significar malas. No sólo eso, Redliberal ofrece un amplio número de bitácoras con distintos perfiles; a unos nos gusta más la teoría económica, a otros la situación española, a otros la política internacional y a otros la reflexión genérica desde lo que muy acertadamente llaman "liberalismo instintivo" (es decir, el sentido común).

Por ello, más que bitácoras buenas y malas en general, hablaría de bitácoras buenas o malas para cada tipo de usuario en concreto, esto es, bitácoras que interesan más o menos dependiendo de las inquietudes de cada lector. En este sentido, Manel sí que tiene razón en que Red Liberal puede convertirse en un "amontonador por inabarcable"; pero el camino no pasa, en mi opinión, por que el webmaster de Red Liberal limite el perfil del lector, a través de la eliminación de bitácoras, sino de que se posibilite que sea el mismo lector quien discrimine las bitácoras que realmente desea leer. Opción que, de momento, Red Liberal tiene muy poco desarrollada (lo cual supone, imagino, bastantes molestias para muchos lectores), pero que no dudo de que, en un futuro próximo, pueda solucionarse.

Como resumen de su primera crítica, pues, Manel sostiene que Excepto un par de blogs que se mueven con frecuencia y proponen cambios y enriquecimientos, los demás parecen fosilizados en su mismidad, tallados en eterno granito, ajenos al mundanal ruido, lo cual insisto que es irreprochable si atendemos las circunstancias individuales, pero desolador si se contempla el conjunto.

Tal y como asegura, irreprochable para los individuos, criticable para el conjunto. Me recuerda lejanamente a las habituales críticas al orden espontáneo: si cada uno busca su propio bienestar, el orden resultante es de inferior calidad al que hubiera engendrado una planificación u organización consciente. El problema es que, de la misma manera que la sociedad aprende de sus errores y de sus aciertos conformando instituciones adaptativas y útiles para los individuos, Red Liberal deberá arbitrar empresarialmente cambios para, viendo sus errores y sus aciertos, seguir sirviendo a los lectores.

La planificación, muchas veces útil, no tiene que venir de Red Liberal, sino de las bitácoras que contiene. Bitácoras colectivas de extraordinaria calidad que se organizan en unidades abarcables -como Ajopringe, Desde el Exilio o Batiburrillo- donde sí existe una mínima coordinación, pero por dos motivos que ni existen ni conviene que existan en Red Liberal: una idea conjunta de bitácora y un superior jerárquico que, mucho o poco, acota el camino de cada blogger.

La solución, a mi juicio, no pasa por dar directrices coordinadoras a los distintos bloggers -entre otras cosas, porque como dice Manel, sería una labor inabarcable- sino por perfeccionar herramientas individuales de discriminación; herramientas que ofrezca la propia Red Liberal para permitir que cada cual adapte la página a sus necesidades. Dotar a la página de flexibilidad sin eliminar la individualidad que subyace tras ella; porque no olvidemos que el 90% de los bloggers no escriben para Red Liberal, ni siquiera muchos de ellos escriben conscientemente en Red Liberal. En otras palabras, pretender establecer una planificación de contenidos, a través de las pertinentes directrices coordinadoras, no supondría un cambio en el formato, sino la extinción de Red Liberal.

La siguiente crítica que efectúa Manel es la excesiva dependencia que muchas bitácoras de Red Liberal tienen hacia Libertad Digital: el 78% de las anotaciones hacían pie en páginas de Libertad Digital, directamente o vía otros blogs. Se dice pronto, oiga: el 78%. Tres de cada cuatro. Eso no es normal. Eso no es liberal. Eso no es bueno. Ni sería ninguna de las tres cosas aun en caso de que LD fuera el mejor periódico online del mundo, escrito de perlas, fundamentado de narices y consistente de cojones.

Estoy de acuerdo en que no es bueno, pero no en que no sea ni normal ni liberal. Libertad Digital es el único periódico liberal de masas en español. Es normal que los liberales españoles, y también los bloggers liberales españoels, acudan a informarse a Libertad Digital y, luego, comenten noticias allí aparecidas -especialmente cuando, en muchas ocasiones, Libertad Digital trae noticias que no aparecen en los otros medios. Me parece, por tanto, enteramente normal y esperable que ello suceda. Otra cosa es que sea deseable y, como es obvio, si es muy conveniente que se busquen noticias y opiniones en otros medios; personalmente recomendaría algunas webs libertarias, en muchos casos con grandes discrepancias con LD, como el Mises Institute, Lewrockwell.com, Anti-State.com, Antiwar, Strike The Root, Molinari Institut, Samizdata o Liberté Chérie. Si bien, claro está, el espectro de páginas a consultar es mucho más amplio.

Lo que no puedo entender es por qué razón citar sólo un medio, o incluso visitar sólo un medio, no es liberal.

El problema es que la crítica fundada de Manel -y su consecuente consejo: ampliar miras- se convierte en una especie de sospecha: Es cierto que una decena de bloggers sindicados en RL, incluído el padre de la criatura, trabaja también en LD, pero, incluso así, ¿no sigue siendo una desproporción literalmente inasumible? ¿No estaremos acaso ante un raro ejemplo de "seguidismo" ideológico-tribal? La pequeña encuesta, lejos de acallar intuiciones prodigó inquietudes (que se agravaron con la ridícula histeria de aquellos dies alienses de la salida de HL de RL). Con ayuda de las cifras, Red Liberal no me pareció más que un eco artificial de LD, su caja de resonancia civil, un enjambre incondicionalmente a sus pies, el célebre voluntariado que constituye la segunda pata de un lobby. ¿Quién va a querer cambiar nada? La tercera pata para que dicho lobby se mantenga enhiesto se ha estrenado hace poco, adoptando la forma del Instituto Juan de Mariana, donde de nuevo encontramos a autores de LD y a bloggers de RL que trabajan en LD. Todo muy rico y con perejil, pero poco atractivo a la vista.

No digo que la aparición de las intuiciones fuera aburda, ni siquiera la de las inquietudes, pero quizá por conocer un poco más desde dentro Red Liberal y el Instituto Juan de Mariana, no les encuentro después de todo un sólido fundamento. Más allá de una estrecha colaboración entre LD y el IJM, que existe y en cierta medida es saludable, la influencia que estos dos puedan tener sobre los bloggers de Red Liberal no pasa de la lectura y la influencia doctrinal. Precisamente la diversidad inabarcable de Red Liberal es lo que impide otro tipo de relación que, dicho sea de paso, nadie ha pretendido jamás. Desde luego Manel no quiere que Hispalibertas forme parte de un club sinérgico, pero precisamente lo que a nadie se le pide en Red Liberal es que forme parte de ese supuesto club. Si hemos apuntado que la individualidad y carecencia de organización era una de las características (para mí saludable) de Red Liberal, ello sigue siendo válido cuando pretendemos enjuiciar una especie de línea unívoca en Red Liberal.

En todo caso, si esa línea existiera sería fruto de la esponteneidad e individualidad de cada blogger y no de una necesidad imperativa. Red Liberal no tiene como objetivo convertirse en apéndice o eco artificial de LD, otra cosa es que Manel juzgue que por separado muchos bloggers hayan llegado allí. Y no en vano, cuando tales situaciones se dan, las bitácoras que sobresalen serán aquellas que ofrezcan un producto diferente o divergente con la línea mayoritaria, de manera que, en todo caso, las fuerzas en Red Liberal impulsarían hacia una especialización y separación.

Por etodo ello, no creo que LD, RL y el IJM formen ninguna especie de lobby; ninguna de las tres depende de la otra y, en cierto modo, las tres suponen un modo distinto de ver el liberalismo y la estrategia liberal. Es más, no se me ocurre quién podría ser el cabecilla de ese lobby, porque bien sabido es que LD depende de Jiménez Losantos, RL de Dani, y el IJM de Gabriel, tres personas que, casualmente, vienen a representar las tres corrientes del liberalismo: el gobierno limitado, el minarquismo y el anarcocapitalismo. ¿Cuál sería, pues, la estrategia común? Ni aún queriéndolo, lograríamos acuerdo que no fueran puntuales, como ahora está sucediendo. No sólo eso, RL, aún cuando esté diseñada por Dani, no tiene, como ya hemos dicho, líneas comunes ni filosofía común más allá del liberalismo (en ella pueden encontrarse ejemplos de las tres corrientes) Por tanto, la presión deliberada no sería sólo complicada, sino más bien imposible.

Otra cosa es que las tres páginas webs, en su ámbito, en su estrategia y en su estilo, estén ejerciendo una cierta presión sobre Internet. Así lo espero; pero, tal y como ya he dicho antes, se trata más bien de una presión espontánea, fruto de la diversificación y expansión del movimiento liberal, que de la estrategia programada por lobby alguno.

Finalmente, Manel realiza algunas consideraciones acerca del término y la estrategia liberal: El término liberal no tiene dueño, no puede ni debe tenerlo, ningún sigiloso lobby lo secuestrará y malbaratará, ni en España ha de momificarse a la defensiva en beneficio de la escuela dominante, especialmente cuando luce agujeros más grandes que el colador de sopa del Capitán Garfio. Uno, en su inopia, está cansado de leer disparates —supuestamente liberales pero seriamente antidemocráticos y podridos de raíz— que perfilan un mundo que no existe, un país que no es el mío, una libertad que no conoce nadie y un ser humano que solo es sombra chinesca a contraluz de la nada; uno está fatigado de tantos busterkeatonianos equilibrios en el alambre de la teoría, de faltas de ortografía en los libros sibilinos, de campanudas construcciones intelectuales que no aguantan media torta en la tierra de la realidad, y jadea y suda por saberse asociado con todo ello.

Desde luego el término liberal no tiene dueño, pero tampoco puede estar somete a una indefinición tan grande que permita a los antiliberales apropiarse de él (véase el caso de EEUU) En realidad, como dice Freelance, la gran mayoría de los liberales hemos partido de un liberalismo instintivo que luego cada cual ha ido sistematizando y puliendo de distinta forma. Pero ello no significa que las derivaciones posteriores sigan en la línea liberal; lo importante es que todo aquel que diga sentir amor por la libertad tiene que tener una cierta "presunción de liberal". Pero esta presunción puede esfumarse rápidamente a través de un cierto debate: los socialistas también aseguran querer proporcionar una "libertad real" y no por ello puede calificárseles como liberales. Convendrá discutir si determinadas propuestas son conformes o no con una mayor libertad del ser humano y, a partir de ahí, seguir profundizando. Por ejemplo, la Escuela de Chicago propone el monopolio monetario sometido a una regla fija de emisión; en mi opinión puede demostrarse sin demasiada dificultad que tal propuesta es menos liberal que cerrar el Banco Central. De ahí que, en ese caso concreto, sea más liberal defender lo último; pero todo ello no implica que la Escuela de Chicago -aparte, que habría que acotar qué entendemos por Escuela de Chicago- sea antiliberal. Rothbard, por ejemplo, en su Ética de la Libertad critica duramente la propuesta ética de Mises, calificándola en muchos casos de antiliberal, y sin embargo Mises siguió siendo su referente intelectual y liberal. Esto significa, pues, que ni debemos dejar el término liberal en el aire, ni tampoco debemos acotarlo en exceso pecando de arrogantes y racionalistas.

La otra crítica del párrafo citado es ya una habitual en Manel, el excesivo recurso a la teoría de muchos bloggers (crítica que ya se plasmó en su "liberalismo sin rostro humano" que motivó la respuesta de José Carlos) No voy a añadir mucho más, porque ello nos llevaría a otro debate. Pero sí es evidente que el mundo por el que luchamos es un mundo que no existe (que no es lo mismo que un mundo que no pueda existir), en caso contrario nos relajaríamos a disfrutar de él. De ahí que haya que criticar lo que existe, haciendo referencia a lo que no existe (pues aunque pongamos ejemplos reales, las analogías especiales y temporales tienen una parte de igualdad pero otra, claro está, de desigualdad)

Y en este sentido, dado que tenemos que recurrir, siempre, a la teoría para criticar la realidad, el campo teórico debe ser significativamente trabajado. De manera especial en la economía, ciencia donde parte de los elementos referidos no son ni siquiera observables (pensemos en elementos tan fundamentales como el valor, la utilidad o la elección o en otros más detallados como el "consumo de capital") Por ello, la teoría que relacione lo observable con lo no observable (los facts and conterfactual de Hülsmann) es imprescindible. Y ello no la hace menos humana, puesto que el éxito de una teoría realista es adaptarse a lo humano, a la acción humana, sólo así, en tanto tenga rostro humano, será una buena teoría.

En todo caso, después de haber reflexionado en alto, reitero mi recomendación de leer el post. Esperamos la segunda parte.

28 de Junio de 2005

Secesión

Frecuentemente nos han acusado a los bloggers de Redliberal de ser un todo homogéneo respaldado por una línea editorial que viene no se sabe muy bien de dónde. Desgraciadamente, tenemos más que sobrados ejemplos de que la monolítica línea editoral no existe. ¿El último? Dos posts casi sucesivos de Smith y Fernando sobre la secesión, el primero contrario y el segundo favorable.

Dada la importancia del tema, supongo que a ninguno de los dos autores les importará que comenté brevemente sus posts y ofrezca mi opinión. Para no confundirnos, los comentarios de Smith irán en azul y los de Fernando en verde.

Empecemos con el de Smith: La actual conjunción de las fuerzas políticas izquierdistas e hipernacionalistas en las comunidades que la Constitución absurdamente clasifica como “nacionalidades”, dibuja un panorama muy poco halagüeño para quienes estén situados en el espectro ideológico del patriotismo constitucional.

Me resulta curioso semejante apego a una Constitución abiertamente socialista y en la que, además, abundan los absurdos lingüísticos que el propio Smith remarca. Es la Constitución a la que teóricamente tenemos que sentir apego la que contiene el término "nacionalidad". ¿Por qué entonces hemos de basar nuestro patriotismo en una norma positiva repleta de entuernos y majaderías? No dudo de que para quienes reduzcan España a la configuración estatal posterior de la Constitución, el secesionismo represente un horizonte espectral, pues la secesión implicaría la muerte de la presente Constitución, pero para quienes creemos que España abarca mucho más que las fronteras mal trazadas de cuatro Estados visionarios-nacionalistas, el secesionismo no supone ningún problema. Ni Hispanoamerica desparece por la profunda división estatal de la zona, ni Europa se circunscribe a la Unión Europea ni, no vamos a ser excepción, España depende de la continuidad del Estado español.

Continúa Smith diciendo que: Los gobiernos coaligados de Cataluña (PSC-ERC-IU), País Vasco (PNV-EA-EB con apoyo tácito de PCTV-EHAK) y Galicia (PSG-BNG) van a dirigir sus políticas en dos direcciones clarísimas: intervencionismo y secesionismo; es decir, menos Libertad y menos España.

Aquí voy a darle parcialmente la razón. Es evidente que el nacionalismo, en tanto izquierdista e identitario, tenderá al masivo intervencionismo, a estrangular la libertad de los individuos, a socavar las instituciones libres, a uniformizar la sociedad, a acabar con la diversidad. Pero, nuevamente, no puedo estar de acuerdo en que más nacionalismo signifique menos España, porque la trascendencia histórica, cultural y sobre todo sentimental de ésta supera en mucho las posibilidades dirigistas de unos iluminados. Lo que peligra -incluso más de lo habitual cuando estamos hablando de políticos- es la libertad, pero no España, porque España no es el Estado español.

En dos de las tres comunidades ya viene siendo algo habitual desde hace tres décadas, pero ahora el proceso secesionista se nos torna irreversible. Cada día va a existir menos presencia de España en toda Galeuzka. Los castellanohablantes, cada día lo van a tener más difícil.

Estoy de acuerdo, de nuevo, en que los castellanohablantes lo van a tener más complicado y en que la libertad se va a restringir. Pero esto no tiene que ver con más o menos España, sino, claro está, con más o menos libertad. España es perfectamente capaz de aglutinar territorios con distintas lenguas, no por ello queda debilitada, sino más bien enriquecida; porque las sociedades y los individuos son diversos, tienden a distinguirse, a emprender distintos proyectos. Se avanza hacia la diversidad. Otra cosa, y en eso sí estamos de acuerdo, es que esos procesos libres sean políticamente inducidos por la coacción de las distintas administraciones. En este caso estamos ante una represión de la libertad, ante un ataque a la sociedad. Pero no se ataca a la libertad porque, en teoría, se esté atacando a España, sino porque con la excusa de desmontar España están cercenando la libertad.

Sigamos: Llegará un día en el que alguien, con razón, se pregunte qué funciones le quedan al Estado español en esas comunidades y después de meditar un rato, no encuentre más presencia nacional que la de alguna base militar y la espontánea visita de alguna autoridad de la Casa Real o del Gobierno, por aquello de que no se olvide que, formalmente siguen perteneciendo a España.

En este tipo de afirmaciones, bastante realistas, encontramos precisamente el germen del error de identificar la sociedad con el Estado. Si reducimos España al Estado español, el problema es que cuando el Estado español entra en crisis estamos, así mismo, abocando a España a la crisis. Cuando esto no debía ocurrir necesariamente así. La crisis del Estado español -la crisis inevitable a la que tiende toda estructura política por su pérfida esencia- no debe arrastrar en su crisis a la sociedad que dice encarnar. Por ejemplo, cuando la Unión Europea ha entrado en crisis, rápidamente se ha apuntado a una crisis de "Europa". En este caso, estamos permitiendo que a través de la confusión entre Estado español y España, los buitres nacionalistas maten a un pájaro y hieran al otro.

En conclusión, el artículo de Smith apunta acertadamente parte de los graves obstáculos que los nacionalistas suponen para la libertad, pero, en mi opinión, peca de reduccionista al equiparar Estado español con España y patriotismo constitucional con patriotismo español. El secesionismo, en principio, ni es enemigo de España ni enemigo de la libertad. El nacionalismo es enemigo del Estado español y de la libertad, pero no de España (a menos que caigamos en su trampa de identificar España con Estado español)

Yo soy partidario del secesionismo irrestricto, si bien esto convendría analizarlo con más detalle a través del artículo de Fernando, quien también se declara favorable a la secesión. He de decir, antes que nada, que aunque en principio parezca que las opiniones de Fernando y la mía son bastante coincidentes, en realidad, no tienen nada que ver. Es más, de entre ambos artículos, estoy bastante más de acuerdo con el de Smith, a pesar de todo lo apuntado hasta ahora.

Hay decisiones para las que la mayoría (51%) de los votos no es suficiente. Por ejemplo: la reforma de la constitución. La secesión me parece otro tipo de reforma 'legal' para la que la simple mayoría no es insuficiente.

La secesión es un derecho del individuo. Si no lo entendemos así, simplemente carece por completo de sentido. Vidal-Quadras cita convenientemente a Ivor Jennings para apuntar que El pueblo no puede decidir hasta que alguien no decida quién es el pueblo. No existe entidades abstractas objetivas a las que quepa imputarles un derecho a la secesión. Por tanto, apelar a la democracia como algo más que un mecanismo ordenado para engendrar las sucesivas secesiones, me resulta erróneo.

Este error queda nuevamente reflejado aquí: No estoy en contra de la secesión del País Vasco o cualquier otro territorio. De hecho, creo que Andalucía sería la región que más se beneficiaría de una hipotética independencia, por razones que no voy a exponer ahora.

Los territorios no se secesionan, lo hacen los individuos. Es cada persona quien debería tener el derecho de no someterse a una determinada estructura política que le viene ancestralmente impuesta. Es cada individuo quien debiera tener la posibilidad o bien de crear por él mismo una estructura política o unirse voluntariamente a otras que ya existen. Quizá a alguno le parezca ridiculo pero sólo quiero apuntar dos detalles: por un lado sabemos que la secesión es un proceso viable (de hecho, en toda la historia de la humanidad desde los grandes imperios, las sociedades no han hechos más que secesionarse del sometimiento a determinadas estructuras políticas) y segundo, si la secesión generalizada es posible, tanto más lo será la secesión que pretenda ir más allá, hasta la del individuo que se asocia voluntariamente con la estructura política que más le convenga. Es decir, un régimen de competencia empresarial entre estados que, en tanto pierdan la soberanía sobre el territorio y sobre la población (ya que en una misma unidad geográfica cabría el sometimiento de distintos grupos a distintas jurisdicciones), dejarían de ser Estados (monopolios coactivos) para pasar a ser empresas.

Cabe matizar, antes de proseguir, dos detalles. Primero, esta situación, al igual que cualquier otra, NO es estable. No es un punto definitivo de llegada; el anarcocapitalismo no consiste en construir una sociedad sin Estado, sino en evitar continuamente que surja la coacción. Segundo, evidentemente podrían producirse enfrentamientos y conflictos bélicos entre las distintas empresas, pero ¿es que nos hemos olvidado acaso del s.XX?

Sigamos con Fernando: Dicho esto, me gustaría ver una reforma de la constitución que permita la independencia de cualquier región o provincia de España. Eso sí, los trámites legales deben ser respetados: dos tercios de los votos en el parlamento, referéndum, convocatoria de elecciones, ratificación por el nuevo parlamento... etc.

No puedo estar más en desacuerdo. La secesión aparte de ser individual sólo podría ser beneficiosa en tanto no se la regule y restrinja desde el poder político. En otras palabras, si establecemos una unidad política mínima, sobre la que no quepan ulteriores secesiones, estamos consintiendo con absoluta impunidad la creación de satrapías y regímenes totalitarios a través del refrendo democrático. Imaginemos que fijamos constitucionalmente que la provincia es el nivel máximo de secesión. En ese caso, una provincia mayoritariamente nacionalista tendría total impunidad para, respecto a sus propias reglas, explotar al resto de habitantes de la provincia. ¿Cuál sería la garantía de que no evolucionaríamos hacia dictaduras nacional-socialistas? No olvidemos que para los socios del PNV, Cuba es un modelo referencial. ¿Qué sentido tiene que el Estado español entregue un territorio y una población a una banda de asesinos, criminales y malhechores, cuando ese territorio y esa población estaban teóricamente bajo su tutela? Absolutamente ninguno.

Fernando parece percibirse de este detalle y lo matiza: De hecho, la secesión debería seguir un procedimiento parejo, en lugar de un referéndum donde el 51% de los votos bastase. De otra forma, las minorías pueden ser oprimidas por una mayoría totalitaria.

Pero ¿desde cuándo una mayoría, a excepción de la unanimidad, ha sido garantía de que los grupos dominantes no explotarán a las minorías? ¿Debemos exigir un 66%? ¿Y qué pasaría entonces con el 33% disidente? No sólo eso, imaginemos la siguiente situación: en la provincia de Guipúzcoa el PSE y el PNV pactan secesionarse de España y que ningún grupo social será perseguido. Una vez independizada Guipúzcoa, el PNV gana las elecciones por el 51% y rompe el pacto. En ese momento, los castellanohablantes son duramente perseguidos. ¿Qué ha pasado con el 66%? Agua de borrajas; precisamente, porque constituido el nuevo Estado, la máxima autoridad, el gobierno, decide no someterse al mismo.

Por eso, su conclusión me parece desacertada: Resumen: secesión sí, pero respetando un proceso verdaderamente democrático, y no la simple mayoría.

Repito, la secesión no tiene que ver con las mayorías, sino con los individuos. Es simplemente inaceptable que un grupo se erija mayoritariamente legitimado para gobernar a otro, cada individuo debe ser libre para secesionarse. Sólo así se podría garantizar la auténtica libertad; si un gobierno nazionalista asume el poder, puedo secesionarme y acogerme, desde el mismo territorio, al amparo de otro gobierno.

Desde luego, el procedimiento podría ser a través del referéndum, por una cuestión de orden. Sin embargo, el Estado español no debería permitir la secesión de ningún colectivo que, a su vez, no garantizara la secesión de otros colectivos que queden insertos en él. Quien no respeta los derechos ajenos, no puede pedir que se le respeten. En el caso del PNV o ERC resulta palmario. No sólo quieren secesionarse, sino que pretenden negarle cualquier derecho de secesión a los navarros y a los valencianos, lo cual es del todo incompatible.

Tal como está el panorama español, por tanto, me temo que ningún grupo puede apelar a la secesión. Todas las propuestas hasta ahora planteadas pasan por una secesión que ponga punto final, cuando sólo puede ser un punto y seguido. Lo cual, ciertamente, no es de extrañar: el secesionismo está capitaneado por un nacionalismo de corte izquierdista e identitario que, muy probablemente, evolucionaría hacia una dictadura nacional-socialista. Por eso he dicho antes que, tal como están las cosas, me sitúo más bien al lado de Smith: al PNV o a ERC ni con el 90% de votos a favor se les ha de permitir que se secesionen, en tanto en cuanto no admitan como un derecho irrenunciable la ulterior secesión del 10%. La secesión planteada como un derecho colectivo, fruto del democratismo, no es ni garantía ni aliada de la libertad, sino más bien una de sus más perversas enemigas: el pretexto para que los criminales asociados sometan y repriman por ley a sus víctimas, el cauce perfecto para realizar el ideal igualitarista de la izquierda.

27 de Junio de 2005

Las ¿contradicciones? de un liberal

Dice nachfrost en mi último post sobre las manifestaciones pro-familia que: Mientras los liberales de este país no empiecen a olvidarse del añorado nacionalcatolicismo apañados estamos. Y desde luego, consciente de ello eres, puesto que pasas de puntilla por estos argumentos, que no te dignas ni a discutir. Para ello me remite a una réplica de, a su vez, mi crítica a un artículo de Akin donde proponía ilegalizar la Iglesia.

Antes de desmenuzar el post, con todo, analicemos el comentario. Primero, ignoro qué tendrá que ver el liberalismo con el nacionalcatolicismo. Segundo, los liberales no tienen que olvidarse de nada porque, en tanto que liberales, nunca han defendido la injerencia de la Iglesia en el poder del Estado, so pena de convertirse en Estado y por tanto enfrentarse a los liberales. Tercero, no sólo los liberales se han olvidado (o más bien, nunca han tenido presente) de la fusión de la Iglesia y el Estado, sino que una parte significativa de la Iglesia también ha tenido presente la necesaria separación; empezando por las monedas del César, continuando por el dualismo gelasiano y llegando al actual Papa: No es propio de la Iglesia ser Estado o una parte del Estado, sino una comunidad de convicciones.

Y ahora sí, examinemos el post sobre las "contradicciones" de un liberal. Primero, se me acusa de simplista por Tildar a la izquierda de totalitarista o defensora del pensamiento único es una generalización que se suele aplicar también a la derecha, y que en cualquiera de los dos casos es simplista. No hay un sólo argumento para generalizar de esa manera. Ejemplos históricos los hay para las dos afirmaciones, pero siempre hablando de deformidades tanto socialistas como de derecha reaccionaria, curiosamente, integradas las últimas en lo más granado de la sociedad eclesiástica.

Como es lógico, todo dependerá de las definiciones que adoptemos de izquierda y derecha. Particularmente me adscribo a la propuesta de Kuehnelt-Leddihn, de ahí que sostenga que la izquierda tiende hacia la igualdad más absoluta, hacia el odio a la diversidad, hacia el pensamiento uniforme y, por tanto, hacia la represión para conseguir violentar la naturaleza humana, tal como haría el sádico Procrusto. Por ello mismo no puedo aceptar que el totalitarismo sea una deformación de la izquierda, sino su expresión más depurada. Por ello mismo no puedo aceptar que el reduccionismo moralizante del anquilosado conservadurismo estatal sea una deformación de la derecha, sino otra forma de izquierda. La derecha se mueve a través de las tradiciones que evolucionan libremente para adaptarse a la sociedad humana; que no vienen impuestas desde arriba sino que se convierten en los mejores mecanismos para los fines humanos. No se trata de instituciones opresivas, mantenidas a través de la represión militar, sino de la persuasión y de la conveniencia. No se trata, como decía el propio Kuehnelt-Leddihn, de conservarlo todo, sino de conservar lo bueno.

Mientras que la primera tendencia (el "progresismo") parece reconocer como justo lo que es nuevo, la otra (el "conservadurisrno" o "integrismo") al contrario, no tiene por justo sino lo que es "antiguo", considerándolo como sinónimo de la Tradición. Sin embargo, ni lo "antiguo" como tal, ni lo "nuevo" en sí, son los que corresponden al concepto exacto de la Tradición en la vida de la Iglesia.

En este contexto hay que señalar el extraño hecho de que desde hace un siglo, aproximadamente, la reflexión de la teología católica sobre el concepto de tradición tiende calladamente a identificar tradición y progreso, es decir, a interpretar la idea de tradición por la de progreso, ya que no concibe la tradición como el depósito fijo de los comienzos, sino como el dinamismo de la inteligencia de la fe que impulsa hacia adelante.

Vaya, ¿quién es el hayekiano teólogo detrás de estos textos? ¿Quién anticipa de una manera tan magistral la teoría de la eficiencia dinámica de las instituciones del muy liberal Jesús Huerta de Soto? ¿Algún marginado estudioso sin importancia? Pues se trata del mismísimo Benedicto XVI, cuando todavía era cardenal.

La sociedad eclesiástica a la que alude el autor es una comunidad de creyentes, entre los que se encuentra gente de todos los tipos y de todas las ideologias (otra cosa es que algunos creyamos que los valores fundacionales de la Iglesia, en especial la dignidad humana, la acerquen al liberalismo, basado en esa misma dignidad), pero en ningún momento puede afirmarse que la Iglesia, en tanto que Iglesia, haya dado pie al totalitarismo. Cuando la Iglesia se acercó demasiado al Estado se corrompió y dejó de ser "una comunidad de convicciones", dejó de ser Iglesia, para imponer una determinada fe. Sin salirnos de Ratzinger: Con esto no se pretende negar que este equilibrio haya sido perturbado con frecuencia y que en el Medievo y en los inicios de la Edad Moderna no se llegara a veces a una fusión de hecho entre el Estado y la Iglesia, fusión que deformó la exigencia de la fe acerca de la verdad, debido a la coerción y a la caricatura de un auténtico esfuerzo por conseguirla. O, sobre todo, cuando afirma enérgicamente que: Es muy importante no suprimir esta distinción: la Iglesia no debe erigirse en Estado ni querer influir en él como un órgano de poder. Cuando lo hace, se convierte en Estado y forma un Estado absoluto que es, precisamente, lo que hay que eliminar. Confundiéndose con el Estado, destruye la naturaleza del Estado y la suya propia.

Sigue el autor del post diciendo que: El ideal de la izquierda no es el pensamiento único. Es la igualdad. El problema es que en la izquierda radical tal ideal de igualdad se impone sobre los de libertad y fraternidad. Un liberalismo abierto y dialogante (por favor no confundir dialogante con el pseudodiálogo ZP), lucha para lograr un equilibrio tenso pero eficaz entre esos tres valores.

El pensamiento único, ciertamente, se me antoja como un pensamiento igual, en el que todos piensan lo mismo. Por su parte, el liberalismo no busca equilibrar nada; no es misión del liberalismo conseguir que los hombres sean iguales o que se consideren hermanos. Esta tarea, en todo caso, podría encomendarse a la Iglesia y a las distintas religiones y siempre desde las convicciones libres. El liberalismo no puede pretender construir una sociedad balanceada, donde el kilo de libertad pese lo mismo que el kilo de igualdad o de fraternidad; el liberalismo se basa en el respeto de las decisiones libres del ser humano, no se postula sobre si el individuo debe aislarse o detestar al género humano, sólo prescribe la iniciación de la fuerza. Y la fuerza no puede conseguirse ni para conseguir la igualdad ni la fraternidad.

Curiosamente, el autor del post plantea algo así como una moralización masiva de la sociedad a través del poder estatal. Todos deben ser hermanos y tenerse por iguales en un mundo libre; el Estado liberal debería imponer semejantes valores. Lo curioso es que este extremo, realmente conservador y anquilosado, es rechazado como germen del totalitarismo por una persona tan supuestamente conservadora como Ratzinger. Él mismo nos recuerda que "Cristo no vence al que no se quiere dejar vencer. Él vence sólo por convicción. Él es la PALABRA de Dios" (las mayúsculas son de Ratzinger). Se trata, pues, de un convencidísimo rechazo de la iniciación de la fuerza para imponer las convicciones morales que, en cambio, el autor del texto sí está dispuesto a inculcar a través de una "deformación", ahora sí, del liberalismo.

El artículo continúa diciendo: No se consigue desmontar el argumento de que una ética basada en lo divino es incapaz de regir una sociedad abierta. La historia nos ha dado muestras continuas de que la religión, en particular para occidente la iglesia católica, ha sido el bastión esgrimido para azotar a los débiles, a los hambrientos y a todos aquellos que osaran poner en cuestión el poder establecido.

Esta párrafo carece por completo de sentido. Los liberales iusnaturalistas no basamos la ética en Dios. Como nos recuerda Rothbard, Hugo Grocio fue taxativo: Cuanto hemos señalado sería válido aunque admitiéramos lo que no podemos admitir sin la máxima maldad, esto es, que Dios no existe. O incluso: De la misma manera que Dios no puede hacer que dos por dos no sean cuatro, no puede que lo que es intrínsecamente malvado no sea intrínsecamente malvado.

Y, por otro lado, se me antoja absolutamente ridiculo asegurar que la Iglesia ha sido un azote de los pobres, cuando como el propio Juan Pablo II se ha cansado en recordar, la Iglesia es principalmente una Iglesia de los pobres. El principio central de la Iglesia católica es la caridad, no sólo material, sino también espiritual; "El amaros los unos a los otros como yo os he amado". La Iglesia instituyó las colectas de los ricos hacia los pobres, el cuidado de viudas y huérfanos o las misiones "humanitarias" para salvar a enfermos y epidémicos.

Luego, el autor vuelve a confundir los términos: Pero decir que la única alternativa a la ética cristiana es un relativismo ético es entrar en el simplismo del nuevo papa, que puso a muchos los pelos de punta con sus no-razonamientos de la homilia prepapal.

Obviamente nadie ha sostenido que la alternativa a la ética cristiana sea el relativismo ético. Ni yo ni por supuesto Benedicto XVI. Otra cosa es que "la fe cristiana se ha revelado como la cultura religiosa más universal y racional. La fe cristiana sigue ofreciendo hoy día a la razón el sistema fundamental del conocimiento moral que desemboca en una cieta evidencia o constituye el fundamento de una fe moral razonable y sin el que ninguna sociedad puede subsisitir". No creo que haya que entender revelar como una revelación divina, sino como una evidencia histórica; evidencia que no prueba, sino que ilustra algo perfectamente discernible mediante la razón. Si el hombre es sistemáticamente atacado y vilipendiado, si no se respeta la dignidad humana y todo cuanto puede conseguir con ella (su propiedad), la estructura política se colapsará. Sin unos ciertos criterios éticos que delimiten la importancia de la vida y libertad humanas, así como del subproducto de la misma, su propiedad, no es posible ningún tipo de cooperación social. La demostración de estas intuiciones éticas fue plasmada hace 85 años por Ludwig von Mises en su teorema de la imposibilidad del socialismo.

No son los liberales los que tienen fe en una serie de valores "caídos del cielo", sino que, en todo caso, son los socialistas los que se aferran al irracionalismo revelado de Marx. Y el liberalismo no se asienta sobre semejantes valores porque sean los valores de que transmite la Iglesia, sino porque son los valores que necesariamente brotan de la naturaleza humana.

Sigamos: Basta con leer un poco para encontrar modelos muy serios, propuestas éticas flexibles pero no dejadas al calor de la mayoría y que sin embargo también disuelven el peligro totalitario de una moral revelada, eterna y que no busca sino imponerse a toda costa. La declaración universal de los derechos humanos puede tener unas raices históricas que se hunden en el reconocimiento de unos derechos no escritos, naturales, que quizás hundan sus raíces en la moral cristiana, pero que son enunciados precisamente en un contexto que busca acabar con los abusos de un poder habitualmente generado por el uso indiscriminado de la fuerza y sancionado por los poderes eclesiástico.

La contradicción de este párrafo es soberbia. Primero asegura que quizá los derechos humanos hunden sus raíces en el cristianismo, cuando a todas luces así es (al menos en el caso de los derechos humanos que se corresponderían con los derechos naturales y no con las atribuciones positivas); luego sostiene que la finalidad de esos derechos humanos, de impronta cristiana, es limitar el poder y la coacción del Estado, poder y coacción respaldados por la Iglesia. ¿Pero no habíamos dicho que los valores cristianos, de los que la Iglesia católica es en gran medida depositaria, tenían como intención limitar y evitar la coacción estatal?

El problema va más allá. La Declaración Universal de Derechos Humanos es un documento que sólo contiene derecho positivo, es una Declaración de los Estados que deciden autolimitarse. Son los asesinos los que aseguran que no volverán a matar; los ladrones los que prometen no volver a robar; los delincuentes los que intentan expiar sus culpas mediante grandilocuentes declaraciones. Pero si aceptamos que el Estado deba limitarse porque existe una Declaración, ¿no estamos implícitamente aceptando que el Estado no tendrá por que limitarse cuando tal declaración no exista o tenga un contenido distinto? La necesidad limitativa del Estado no proviene de un documento que el propio Estado suscribe, sino de imperativos anteriores.

Por eso la Iglesia, como uno de los depositarios de esos valores universales racionalmente deducibles, no puede desentenderse completamente de la labor del Estado. De la misma manera que los liberales protestamos cuando el Estado aumenta los impuestos o restringe la libertad, la Iglesia debe impedir las violaciones de la libertad, debe tratar de inspirar al Estado en el respeto a sus valores inmanentes. Ratzinger repite por enésima vez que donde la Iglesia se convierte en Estado desaparece la libertad, pero, también, donde la Iglesia queda suprimida como instancia pública o públicamente relevante, la libertad decae, porque allí el Estado reclama para sí, de nuevo, la función de la ética. En el mundo profano, poscristiano, el Estado presenta esa instancia no bajo la forma de autoridad sagrada, sino como autoridad ideológica; el Estado se convierte en partido y, puesto que no se le puede oponer ninguna otra instancia como cometido propio, el Estado termina haciéndose totalitario. El Estado ideológico es totalitario; pero se hace ideológico cuando no existe frente a él ninguna autoridad libre y públicamente reconocida.

Esta idea de Estado moralizante no es distinta a la idea hayekiana de Estado teleocrático que, según el propio autor, derivaba en totalitarismo. Proponía, por ello, un Estado nomocrático, que no impusiera ningún fin al individuo, ni conviertiera al ser humano en un medio del Estado. Pero la sociedad nomocrática no implica una sociedad carente de valores, sino una sociedad donde éstos no se imponen. Y dado que el ser humano necesita valores, y dado que los liberales creemos que esos valores deben descansar en convicciones libres, será prioritario que, entre otras instancias, la Iglesia se convierta en un referente de esos valores de los que históricamente ha sido depositaria. Si la Iglesia abnegara por completo de la custodia de esos valores, el Estado monopolizaría ese papel, no a través de la voluntariedad, sino de la fuerza. Por ello, La Iglesia tiene que expresar sus exigencia respecto al derecho público y no puede replegarse al mero ámbito del derecho privado. Por consiguente, debe estar atenta a que el Estado y la Iglesia permanezcan separados y que la pertenencia a la Iglesia mantenga claramente su carácter voluntario.

No se trata de que la Iglesia legisle en un sentido positivo, sino de evitar que el Estado cometa, mediante la ley, atropellos a la ética, a los derechos naturales. Si los liberales hemos asumido tal tarea, ¿por qué no debería hacerlo la Iglesia? ¿Por qué se ha de solicitar a la Iglesia, autoridad moral principal de más de 1000 millones de personas, que se repliegue sobre ella misma y no intente limitar el poder estatal para garantizar la dignidad humana y las convicciones libres de los individuos?

Así, el autor asegura que: Es cierto que un modelo ético no necesita ser refrendado por todos de manera universal para funcionar. Entre otras cosas porque eso es del todo imposible. Pero precisamente por ello, la Iglesia y sus poderes terrenales han impuesto durante siglos tales modelos morales por la fuerza, el castigo y el miedo. Leyendo cualquier artículo vinculado a la Iglesia estos días se aprecia la nostalgia, la indignación, al no poder interferir en las disposiciones del gobierno.

La tarea de la Iglesia, en palabras del propio Papa, no es imponer unos modelos morales, sino fundamentarlos en la libertad. Precisamente por ello, no me ha parecido en absoluto contradictorio criticar, como católico y como liberal, la desacertada estrategia de la jerarquía en relación con la reforma del Código Civil; se trata de una caso donde parte de la Iglesia se equivoca al creer que las instituciones deben ser salvaguardadas por el poder político y, por tanto, la Iglesia debe influir en la configuración que el Estado hace de esa institución. En realidad no hay nostalgia, sino el asumido deber de influir al poder político, no desde el Parlamento, sino desde la sociedad. Recordemos cómo antes Ratzinger recordaba que la Iglesia no debe "querer influir en el Estado como un órgano de poder"

El problema, repito, es que se lo intenta influir en un sentido erróneo. Pero aún así, ¿qué sentido tendría criticar a la Iglesia por pretender que el Estado regule el matrimonio en un determinado sentido (es decir, no por el sentido concreto, sino por la pretensión de intentarlo) y, en cambio, dar palmas cuando los homosexuales presionan (y no estoy hablando del más que dudoso lobby gay) al gobierno para que configure la institución matrimonial en otro? ¿Es qué los algunos homosexuales no han interferido en la configuración de la voluntad política?

Eso es precisamente lo que criticamos los liberales, que toda relación social deba someterse a los dictados y entresijos del poder político. Y de ahí que cuando la Iglesia no ha abandonado ese perverso juego esté, en mi opinión, equivocándose profundamente.

Con todo, el autor no parece estar de acuerdo con mi critica a sus ideas: la Iglesia es libre de salir a la calle y tratar de dar a conocer su repulsa ante determinadas acciones del gobierno. No seré yo quien critique eso, y si que puede verse cierta inclinación al pensamiento único en el que trata de impedirlo. Sin embargo, el problema es otro: no se trata aquí de entablar una discusión ante los poderes reales. Cuando todo está reglado de una forma única, revelada, la manifestación pública de la protesta es simplemente un "apaño" ante la imposibilidad de imponer la Verdad.

La manifestación pública de la protesta es el camino asumido por la Iglesia para influir en el poder político. Sería absurdo pretender que la Iglesia tomara el Parlamento para ello; el catolicismo, repito por enésima vez, descansa en convicciones libres, pero ello no significa que pueda abnegar de los derechos naturales de los que su tradición es depositaria. Si lo hiciera caería en la trampa del relativismo, en el absurdo de no tener la firmeza necesaria para defender al hombre del poder político; en sustituir a Dios por la omnipotencia estatal, en cuanto los criterios de éste sustituirían la dignididad humana que, para los católicos -aún cuando resulta racionalmente deducible y, por tanto, independiente de la cuestión divina- en última instancia, todo, incluida la dignidad humana y sus derechos, procede del Padre. Los derechos humanos no están sujetos al mandamiento del pluralismo y la tolerencia, sino que son el contenido de la tolerancia y la libertad. Privar a los demás de sus derechos no puede ser un contenido de la justicia ni de la libertad.

No se trata, en definitiva, de imponer la verdad, sino de defender la dignidad humana con uñas y dientes y de dar a conocer la palabra de Dios que, por la propia naturaleza voluntaria de la fe, no puede ser impuesta. Y es que los derechos humanos no se imponen, sino que son inherentes a él. La Iglesia sólo influye al poder político, por tanto, para evitar que esos derechos se violen; al margen de ello, la adscripción a la fe es libre.

Esto, extrañamente, es lo que reposa en el fondo de la propuesta del autor del blog que critica mis contradicciones: Un modelo liberal ha de proponer una ética mínima de convivencia, donde se respeten unos derechos mínimos que aparezcan positivados en las leyes. Pero ha dejar abierto el camino para que cada uno se atenga a un determinado despliegue normativo, que sólo tendrá como límite las propias leyes. La Iglesia diferencia, como ya he expuesto, claramente esos dos ámbitos. Otra cosa es que, en ocasiones, las materias que integran cada uno de esos ámbitos no queden claras. A mi juicio que el Estado deba monopolizar el matrimonio no está, en absoluto, en la naturaleza humana; y en tanto que no lo está carece de sentido toda discusión ulterior sobre cómo debe este Estado configur el matrimonio. Pero evidentemente la vida, la libertad y la propiedad privada sí lo están y, por tanto, la Iglesia debe intentan interferir en el Estado para que no los viole. En otras palabras, mientras el matrimonio es una institución social que evoluciona, la libertad es un derecho del ser humano que no admite configuración arbitraria por un tercero, sino que debe ser racionalmente aprehendida y comprendida.

Prosigue el autor señalando que: Desde la izquierda no hay un sólo modo de conocer la verdad. Esa es la izquierda dogmática, muy similar en contenido, alcance y consecuencias catastróficas a la derecha más radical. Derecha en la que se encuadra la Iglesia política y gran parte de sus fieles. Evidentemente la Iglesia no pretende, como tú afirmas, orientar la acción del gobierno; trata de implementar al máximo sus beneficios y su influencia en la sociedad

Y aquí entramos en una cuestión que, nuevamente, Benedicto XVI trata con exquisitez. Es incompatible afirmar que el ser humano tiene unos derechos previos al Estado y, al mismo tiempo, sostener que no existe la Verdad: Hoy día preferimos hablar de valores que de verdad para no entrar en conflicto con la idea de tolerancia y el relativismo democrático. Pero la pregunta planteada más arriba no se puede eludir con esa dislocación terminológica, pues los valores derivan su inviolabilidad del hecho de ser vedaderos y corresponder a exigencias y preguntas verdaderas de la naturaleza humana.

Los derechos naturales son creíbles en tanto que vedaderos, en tanto que verdaderas consecuencias de la dignidad del ser humano, en tanto que vedaderos fundamentos de una sociedad libre y próspera. Y la Iglesia en este sentido no está imponiendo un dogma -y, por supuesto, no estaría imponiendo un dogma distinto al de los liberales-, sino que está haciendo valer los derechos de los seres humanos. Otra cosa es que, desde luego, la Iglesia intente expandir su influencia en la sociedad, pero no a través de resortes políticos, ya que siempre que lo intente será criticable desde el mismísimo punto de vista de la Iglesia.

Pero, claro está, si lo que le pedimos a la Iglesia es que se repliegue en ella misma y aguarde su extinción, es que no tenemos ni idea acerca de la Iglesia católica y de cualquier religión en general. La Iglesia tiene la misión de expandirse, de anunciar la palabra de Dios. Pero ni el anuncio ni la palabra son sinónimos ni de imposición ni de fuerza. La libertad de las convicciones es la que les dota de valor moral y de importancia a los ojos de Dios, también desde la propia perspectiva católica; no sólo eso, no se trata solamente de que la fe haya sido difundida de una manera libre, sino de que sea una fe consciente, una fe orgullosa de sí misma, una fe que vaya a los fundamentos mismos de su existencia. No se trata de aborregar al pueblo, sino de convencerlo, de cultivarlo, de hermanarlo. Así, por ejemplo, Ratzinger afirma que: Cuando nosotros, como creyentes de nuestro tiempo, oímos decir, quizás no sin envidia, que todos nuestros antepasaos de la Edad Media eran, sin excepción, creyentes, haríamos muy bien en echar una ojeada detrás de los bastidores, guiados por la moderna investigación histórica (...) [que] nos enseña que para muchos la fe cristiana era solamente un esquema preconcebido de vida que por lo menos les ocultaba tanto como les mostraba la, a su juicio, ardua y auténtica aventura del "credo".

La expansión de la influencia de la Iglesia, por tanto, para la propia Iglesia, no tiene que efectuarse con la apariencia de un modo de vida cristiano, sino con la exploración individual y profunda del concepto de fe.

Afortunadamente, el autor no pretende acallar a los católicos, sino más bien, parece equivocarse acerca de la auténtica misión de la Iglesia: Sin embargo, desde el momento en que no puede convertir esa influencia en obligación, no entiendo porque se ha de evitar que los católicos se manifiesten o critiquen todo lo que quieran. Otra cosa es quitarles todos los vergonzosos privilegios de los que gozan actualmente, un bochorno para cualquier democracia liberal que se precie.

Nadie, empezando por el Papa, pretende imponer la fe. Otra cosa es que, efectivamente, la Iglesia debería terminar de separarse del Estado, también en la financiación, pero no olvidemos que ello debe ir, por coherencia argumental, asociado a una radical eliminación de cualquier otra subvención a ONGs, sindicatos, partidos políticos y asociaciones diversas. Lo que no tiene sentido es que se esté dispuesto a financiar cualquier asociación cultural marginal y, en cambio, se impida a la Iglesia acceder a la financiación pública. No estoy diciendo, para evitar suspicacias, que la financiación de la Iglesia deba ir aparejada a la de otras entidades (es decir, que el cese universal de la financiación pública sea condición sine qua non para dejar de financiar la Iglesia) sino que cualquier que defienda, como yo lo hago, el fin de la transferencia del expolio ciudadano a la Iglesia debe, necesariamente, por coherencia, defender el mismo criterio para cualquier otro tipo de asociación.

En el siguiente párrafo el autor pierde completamente el norte, pues intenta mostrar la desprotección que genera la no regulación estatal del matrimonio: Finliza la argumentación mostrando que el matrimonio ha de ser una institución fuera del estado, esto es, de caracter moral. Eso implicaria, por poner un ejemplo habitual, que un empleado no pudiese dejar su trabajo y acudir a cuidar de su cónyuge, enfermo en el hospital, sin miedo a ser despedido. Por no hablar de cuestiones como embarazos, que dejarían totalmente desprotegidos a los empleados frente a los empresarios. El matrimonio como entidad civil y de derecho es uno de los pilares fundamentales de un Estado de derecho.

Estamos, desgraciadamente, ante un ejemplo de clásica demagogia intervencionista. De la misma manera que no es necesario que el Estado imponga las vacaciones por ley para, en los casos en que así se deseara, los empresarios, como hacen ahora, las ofrecieran descontadas del sueldo (que nadie se crea la parodia de las "vacaciones pagadas"), tampoco habría problemas para que esos casos se encauzaran a través de un contrato. Es más, lo que permite ejercer presión para que así sea, es la certeza de que abandonado un trabajo, se podrá encontrar rápidamente otro. Si se impone por ley una serie de beneficios, el empresario que no esté dispuesto a asumirlos buscará, sin duda, la menor oportunidad para que quienes hagan uso de ellos acaban despedidos. Con la salvedad de que las enormes barreras al despido (y, por tanto, a la contratación) que existen actualmente, impiden una eficaz recontratación.

Y si en el anterior párrafo el autor había perdido el norte, en el siguiente desbarra totalmente: Y aquí, donde asoma el liberal radical es donde más absurda parece la defensa de la Iglesia como entidad política. ¿Cómo es posible defender la enseñanza de la religión es las escuelas públicas? ¿Cómo es posible que parte del dinero recogido por Hacienda vaya a parar a una entidad de carácter privado? ¿Cómo es posible aceptar que el Estado haga préstamos a una entidad privada a fondo perdido? ¿Cómo es posible que un liberal radical acepte todo esto y pase de puntillas ante tales contradicciones? Así es la derecha española: patética. Resulta dificil, por no decir imposible, aunar una política económica de corte liberal extremo con una ideología nacionalcatólica que busca la máxima injerencia en el estado.

Creía que hablábamos sobre liberalismo y no nacionalcatolicismo. Más que nada, porque el nacionalcatolicismo, como hemos visto, ni es liberal ni, para desgracia del autor del post, católico. El nacionalcatolicismo ataca tanto los fundamentos ácratas del liberalismo, como las convicciones libres sobre las que descansa el catolicismo. Y si una parte de la jerarquía defiende la educación pública deberemos criticarla como liberales y, en su caso, como católicos. Es, por tanto, simplemente ridículo que se planteen semejantes contradicciones. Por ignorancia del liberalismo y del catolicismo. Porque liberalismo+catolicismo no es igual a nacionalcatolicismo, sino a una especie de socialismo que dice hacer suyos los valores católicos, pervirtiendo su fundamento libre y voluntario.

¿En cuántas contradicciones hemos incurrido? Yo diría que en ninguna, porque una de las primeras lecciones que debería aprender un liberal es a distinguir entre los derechos y la moral. Defender la libertad no significa sancionar todo aquellos que, en el uso legítimo de esa libertad, pueda hacerse. Lección que, dicho sea de paso, sí ha sido interiorizada, si bien no muchas veces con el adecuado ejercicio, por la propia Iglesia. Pero señalar que ser católico y liberal implica una suerte de contradicción, es similar a señalar que ser liberal y madridista, liberal y vegetariano o liberal y ecologista, resultan incompatibles. Es decir, estaríamos totalizando y absolutizando la adscripción a la libertad; estaríamos negando, en el fondo, la misma esencia de la libertad que es la elección.

La única contradicción que, en todo caso, veo, no es la mía, ni la de los liberales católicos, sino la de todos aquellos que tildan a la Iglesia de conservadora cuando en el aprendizaje de esta lección fundamental, les lleva clarísimamente la ventaja.

24 de Junio de 2005

Bienvenido a la blogosfera liberal

Aquí.

Actualización: Primer post del susodicho. Y muy bueno por cierto.

21 de Junio de 2005

Consideraciones complementarias a la manifestación "pro-familia"

Dado que mi crítica a la manifestación del pasado sábado ha suscitado cierta discrepancia entre algunos liberales, dedico este post a efectuar algunas precisiones.

Rechacé la manifestación no por su método, sino por su mensaje y filosofía subyacente. No han sido pocos los que me han tildado de excesivamente teórico, maximalista o poco práctico. Qué alternativa quedaba a la manifestación, han preguntado muchos. Pues bien, la alternativa era clara: una manifestación con un mensaje liberal. Y por liberal entiendo solicitar al Estado que abandone toda regulación sobre el matrimonio; lo cual no tiene nada que ver con presionar a los políticos de turno para que continúen imponiendo su particular visión y definición del matrimonio. Esto incluye, para despejar dudas, la eliminación de la figura del matrimonio civil (¿o es que algún liberal saltó de alegría con la memez del bautismo civil?) De hecho, los primeros interasados en despretigiar el matrimonio civil deberían ser los propios católicos, y en cambio muchos de ellos no han dudado en reclamar poder regular ese falso "matrimonio" ante el Estado. ¿Qué sentido tiene ello? ¿Por qué si el matrimonio civil carece de valor e importancia algunos católicos pretenden establecer su regla? Lo siento, pero es absurdo y contradictorio. Quien quiere mantener y regular "algo" es porque reconoce la existencia, validez e importancia de ese "algo". Por eso dije que tácticamente resultaba errónea; una vez reconocida la existencia, validez e importancia del matrimonio estatal, ¿con qué credibilidad se atacará el matrimonio estatal homosexual en tanto que matrimonio estatal definido de manera legítima? Por tanto, como primera matización, yo no he hablado de quedarnos quietos, sino de movernos en la dirección adecuada; en el fondo y en la táctica.

Repito, para que no queden dudas, yo no critico la manifestación en tanto que manifestación (como un deseo de mantener el debate en el plano intelectual y no pasar a "la acción"), sino su mensaje. Tengamos presente que se exigía a los políticos que reconocieran la importancia de la familia. ¿Reconocerla cómo? Imagino que a través de la pertinente legislación de protección económica y social. Aun en el caso de que se solicitara la protección de la familia a través de la inacción política (entendiendo que la acción política de la regulación estatal del matrimonio homosexual supone un ataque a la familia), la reivindicación sería incorrecta (pues, nuevamente, se estaría legitimando esa figura tarada llamada matrimonio civil)

¿Resulta ésta una petición extremista o maximalista? Me parece una posición liberal, sin más. Aquí no estamos hablando de eliminar la justicia o la defensa pública, sino de suprimir la nacionalización de una institución ancestral. En este punto, quiero recordar que las instituciones, por muy ancestrales que sean, se caracterizan por su continua evolución espontánea. Evolución que resulta de imposible predicción y que, en ningún caso, puede ser diseñada y planificada como hace el Estado. Con esto quiero decir que el argumento de que la manifestación sólo propugnaba la defensa de una institución de más de 2000 años es incorrecta. La manifestación no se dirigía contra el fundamento y el principio del ataque; principio que no es el matrimonio homosexual, sino el matrimonio civil; su configuración y diseño por parte del Estado. Las instituciones no se "protegen" cristalizándolas y prohibiendo su evolución, sino evitando toda configuración suprema coactiva (conste que no estoy identificando en ningún caso, evolución con matrimonio homosexual). El problema, pues, no surge cuando el Estado ha hecho uso de su potestad para configurar el matrimonio, sino cuando se atribuyó esa potestad.

Los manifestantes se extrañan hoy de que el Estado haga uso irrestricto de su potestad; acaso callaron cuando la potestad estatal cristalizaba su particular definición de matrimonio. Pero si callaron y permitieron que el Estado definiera qué era matrimonio, ¿por qué se escandalizan ahora cuando ese Estado al que concedieron semejante poder lo utiliza en un sentido no apetecido? Y, nuevamente, si la manifestación, partiendo del presupuesto de la conservación de ese poder, se dirige a presionar al legítimo definidor para que configure y petrifique el matrimonio en la definición sugerida por los manifestantes, ¿no estamos dando pie a futuribles violaciones de la institución a través del imperium que ellos mismos legítimamente reconocieron al Estado?

Cierto que la regulación socialista del matrimonio homosexual expande el matrimonio civil y, por tanto, nos aleja de su eliminación. ¿Pero es ello motivo para manifestarse solamente en contra de esa reforma? Nuevamente, no estamos ante maximalismos, sino ante una reclamación principial. El caso no es equivalente a pedir una rebaja fiscal en lugar de su eliminación completa. Quiero recordar que la manifestación se dirigía a exigir la protección estatal de la familia, y para que el Estado pueda proteger algo, primero tendrá que definir ese algo. Por tanto, en ningún momento la manifestación socavaba, ni de lejos, el fundamento del problema. Más bien sería equivalente a una manifestación de keynesianos que solicitara la reducción de impuestos para estimular la demanda agregada (lo cual significa que se legitima el aumento de impuestos para calmar las tensiones inflacionistas) El error de los keynesianos que haría incompatible que su objetivo se incluyera como una reivindicación liberal sería el considerar la propiedad privada como un instrumento de política pública; el error de los manifestantes estaba en seguir considerando el matrimonio como una institución necesitada de protección, entendiendo protección como regulación estatal.

Y si bien es cierto que la regulación estatal del matrimonio homosexual nos aleja del objetivo de evitar que el Estado controle la institución matrimonial, no menos nos aleja una manifestación que entroniza el matrimonio estatal heterosexual como principal dique de contención frente a la corrupción de la institución matrimonial.

Por eso considero la manifestación equivocada; no porque la gente se manifestara contra ZP, sino porque la razón de la manifestación erraba el objetivo, aun cuando la reforma del matrimonio perpetrada por el gobierno socialista NO sea liberal. Expulsemos al Estado del matrimonio, devolvamos su naturaleza de orden espontáneo a la institución. Al fin y al cabo, toda la atmósfera que rodea al matrimonio civil es la de una sumisión ante el poder del Estado; la bendición necesaria para permitir que una pareja no viva en pecado público y que, por supuesto, pueda recibir todos aquellos privilegios que la clase política considere pertinentes.
Raventós responde a Gabriel Calzada

Hace unos días, Gabriel Calzada publicó una muy buena crítica a la Renta Básica. Al menos, algunos de los socialistas que la defienden, como Daniel Raventós, parecen haberse leído el artículo, y le responden. No es que sea una respuesta muy elaborada y, como en seguida vamos a ver, se encuentra repleta de trampas, pero peor sería que se refugiaran en su silencio ideológico para luego utilizar la apisonadora parlamentaria.

Así, Raventós señala que al menos la valentía de descubrirse como un extremista político empeñado en destruir lo que queda del Estado bienestar europeo. Esta frase merece un doble comentario: por un lado, quiero resaltar el adjetivo "extremista" (en un momento veremos por qué) y, por otro, hacer mención al engaño que supone la expresión "lo que queda del Estado de bienestar europeo". ¿Lo que queda? ¿Cuándo ha empezado el desmantelamiento? El señor Raventós vende el humo de un Estado cada vez más debilitado cuando, por desgracia, no es en absoluto el caso.

Un poco más tarde, Raventós recurre a su segundo engaño: El recurso al insulto —no siempre castizo—, la apelación a los miedos, a las medias verdades, a las suposiciones que se convierten en “evidencias”; la atribución, en fin, al oponente de intenciones ocultas, todo eso son viejos y no muy inteligentes ardides que pueden dar sus frutos si lo que se pretende es ocultar las razones del que discrepa de las propias. Fijémonos; Raventós tilda primero a Gabriel de "extremista" y luego le agradece que destape sus "intenciones ocultas" de querer desmantelar el Estado de Bienestar (lo cual implica que otros críticos de la Renta Básica no las destapan y, por tanto, las mantienen ocultas) Por tanto, Raventós acusa a Gabriel de utilizar las mismas tretas que él está empleando.

El siguiente paso de Raventós consiste en un intento de refutar el argumento según el cual la gente no trabajaría con una Renta Básica. Así, Raventós señala En nuestras sociedades, sabemos que se realizan muchas horas extraordinarias que, por definición, son añadidas a la jornada laboral(...)Es decir, hay horas extraordinarias realizadas por personas que ya tienen un salario, y hay personas que realizan algún trabajo inmediatamente después de prejubilarse (en todos los casos, con unas cantidades muy superiores a las distintas propuestas que se han realizado de RB). Y resulta que con una RB “nadie trabajaría”. Curiosa forma de entender las cosas. ¿No suena más a prejuicio que a razonamiento?

Se trata de un argumento lamentable. Ningún crítico de la Renta Básica ha sostenido que todo el mundo fuera a dejar de trabajar en caso de implantarse; las horas extra o los trabajos complementarios muestran los deseos de la gente por alcanzar un nivel de renta superior al que le proporciona un sólo salario y una sola jornada laboral. De esta manera, sus deseos por una mayor renta redundan, así mismo, en un mayor bienestar para la sociedad (dado que aumenta la cantidad de bienes y servicios). Pero del hecho de que haya gente que trabaja aun cuando tiene una renta mínima más o menos asegurada, no se deduce que TODO el mundo fuera a seguir ese patrón. De la misma manera que podemos nombrar casos en que la gente ambiciosa quiere aumentar su renta, también conocemos otros que prefieren un mayor tiempo de ocio a pesar de su baja renta.

En otras palabras, que TODO el mundo no fuera a dejar de trabajar no significa que una sustancial cantidad de personas sí lo hiciera. No sólo eso, los casos que menciona Raventós (horas extras y trabajos complementarios) podrían desaparecer de implantarse la Renta Básica y ello significaría, a su vez, una reducción de nuestra riqueza.

El siguiente dato que aporta Raventós no cambia esta realidad: algunos estudios presentados en el último congreso de la BIEN sobre seguimientos a lo largo de más de un año que se han realizado en algunos países de la UE de personas que habían recibido un premio-salario de por vida (de una cantidad mucho más generosa que una RB de las que se proponen en los estudios que cito más abajo) han mostrado que pocas cambiaban de trabajo y que las que lo habían hecho era para encontrar otro de mayor adecuación a sus gustos o capacidades.

Para quien carece de una teoría del trabajo y del ocio, tales extremos se le hacen difíciles de entender. Primero, el trabajo es una categoría de la acción humana que el tiempo durante el cual perseguimos los medios para nuestros fines. Es inerradicable, de la misma manera en que lo es el medio. Otra cosa es el tipo ideal de trabajo en nuestras sociedades que se corresponde con el trabajo dependiente y asalariado. Segundo, cuando un individuo cambia de trabajo a uno con una adecucación mayor a sus gustos o capacidades debemos preguntarnos la siguiente cuestión: ¿se ha visto influido en tal decisión por el salario-premio? Si ello es así, simplemente estamos subvencionando a que la gente acuda a ocupaciones con una menor remuneración y, por tanto, menos necesarias y valoradas por los consumidores.

Pongamos un ejemplo; imaginen lo inimaginable, Dani empieza a pagarnos a los bitacoreros de liberalismo.org. Sin embargo, es una cantidad tan exigua (y esto sí es imaginable) que debemos limitarnos a escribir por puro ocio. Así, durante todo el día estamos trabajando en otra ocupación que la sociedad sí considera prioritaria. Pero, al cabo de un mes, se implanta la Renta Básica, de manera que con el montante de la Renta Básica y la cantidad exigua que nos paga Dani, tengo suficiente para pasar el mes y, además, trabajo en lo que me gusta, escribir posts en la bitácora. Obviamente puede señalarse que me he reubicado en ocupaciones que se adecuan más a mis gustos o mis capacidades (esto ya lo dejo en duda), pero será una reubicación fomentada por una redistribución estrafalaria de renta.

Tercera falacia que emplea Raventós: después de apuntar que recientemente se han presentado más estudios sobre la Renta Básica, señala que resulta exigible que una propuesta como la RB no se liquide con cuatro argumentos de tercera división, ni menos que se editorialice con ellos. Recordémosle al Señor Raventós que los artículos de Gabriel y Linde eran periodísticos. A menos que se pretenda encerrar el debate en las aulas académicas para que, más tarde, una comisión de tecnócratas imponga la decisión a todos los individuos, resulta necesario que las discusiones económicas se presenten en artículos cortos y argumentos sencillos a la ciudadanía. Artículos cortos y argumentos sencillos como los del propio Raventós cuando responde a Gabriel y a Linde. Nada malo hay en ello a menos que la intención de Raventós sea ocultar la discusión a la ciudadanía (o poner cientos de documentos ininteligibles para el gran público con el objetivo de aparentar transparencia y extender oscuridad)

No me extiendo más sobre la renta básica por ahora. Espero hacerlo en lo sucesivo; al contrario de lo que parece creer Raventós, nos gusta leer e informarnos acerca de las propuestas y de los argumentos contrarios. Una vez lo haya hecho con meridiana profundidad, discutiré más largo y tendido. De momento, sólo mencionar algo que no he visto excesivamente tratado y que me parece uno de los ejes de la discusión. Uno de los motivos principales por los que la gente ahorra es la incertidumbre futura; la posibilidad de que, en un momento determinado, sus flujos de renta se paralicen de manera transitoria por lo que debe acudir a su riqueza acumulada (ahorro). La Renta Básica, entre otros pecados capitales, genera una falsa apariencia de seguridad (siempre tendremos una renta mínima para continuar nuestras actividades), lo cual puede derivar en una masiva reducción del ahorro y, por tanto, de la inversión y de la acumulación de capital. La gente, en otras palabras, puede gastar la mayor parte de su renta presente porque tiene asegurada una renta futura que no procede de su riqueza acumulada, sino del expolio público. Y si la función capital de la riqueza (del ahorro) desaparece, ¿cuáles serán los incentivos que moverán a la gente a ahorrar? Se abandonará el ahorro como mecanismo para luchar la incertidumbre y se pasará a una mera acumulación de fondos (quiero en coche para el que necesito el sueldo de 10 meses, ergo, acumulo el sueldo de 10 meses), y ello en el mejor de los casos (faltaría ver cómo evoluciona la política crediticia de los bancos ante un flujo de renta futura garantizado y una reducción de los fondos prestables; todo parece conducir a una masiva expansión crediticia que contrarreste en parte el menor ahorro y que degenerará en una mala inversión generalizada)

En todo caso, como ya digo, prefiero leer algunas de las contrarréplicas de los defensores de la Renta Básica antes de articular una crítica más sistematizada. Por ahora, me parece una pantomima descabellada que atenta contra las instituciones más básicas de la sociedad. Eso sí, sr. Raventós, es evidente que ni el artículo de Gabriel ni el de Linde eran papers académicos (ni mucho menos pretendían serlo); tampoco el suyo lo era ni de lejos (dudo que alguien le pidiera un desarrollo académico para la prensa diaria) Por tanto, antes de acusar de supuestos ataques ad hominem y de zanjar la discusión en cuatro líneas, revise sus escritos periodísticos. Es evidente que la argumentación académica sobre la Renta Básica no se puede despachar en cuatro líneas, pero tampoco se puede camuflar una crítica periodística a la renta básica con una académica para de esta manera, ahora sí, despacharla en cuatro líneas.
Rebelion.org apuesta por el patrón oro

Interesantísimo artículo publicado en Rebelion.org sobre las perspectivas de un regreso al patrón oro. Primero nos enteramos de que la plutocracia del eje La City-Wall Street intenta impedir el despegue sideral del oro. Lo cierto es que a la frase no le falta razón. No fueron pocos los economistas que tras la ruptura de Bretton-Woods aspiraron a desmonetizar el oro, creyendo vanamente que al desligarse del oro, su valor se hundiría. El sueño de todo político ha sido desde siempre conseguir que ante sus continuas expansiones monetarias, el valor del auténtico dinero no se apreciara frente al suyo.

Los ejemplos históricos son abundantes; en la Edad Media se retiraba una porción de oro de algunas monedas, de manera que su valor caía con respecto a las no envilecidas. Este fenómeno inflacionario era temido y, en buena medida, reprimido por los soberanos al imponer un tipo de cambio fijo entre las monedas "buenas" y las "malas". La consecuencia lógica era, como prescribe la Ley de Gresham, que las monedas buenas desaparecieron de la economía.

En los tiempos más recientes, la expansión monetaria, y la inflación consecuente, se ha intentado impedir de diversos modos, por ejemplo el control de precios. Así mismo, el precio del oro se ha sometido a todo tipo de restricciones. Inglaterra, después de la Primera Guerra Mundial, no quiso devaluar la libra, fijiendo, por tanto, que el valor del oro respecto a "su" dinero, era inferior al real. Por ello, no me parece que la frase, en absoluto, sea errónea. Los intereses corporativos-estatales intentan reflotar el valor de sus monedas respecto al oro, a pesar de que el envilecimiento es continuo.

La siguiente frase también demuestra una realidad que los teóricos de la liqudez entienden perfectamente: El mundo se encuentra en una zona de fuertes turbulencias financieras y económicas, que obligan a refugiarse en las materias sólidas y menos volátiles, lo que explica en gran medida el precio de casi 59 dólares el barril de crudo. La expansión monetaria provoca un recurso al atesoramiento de activos líquidos, sustitutos del dinero estatalizado. Ese progresivo atesoramiento comporta, lógicamente, un incremento del precio de esos bienes líquidos como es el caso del petróleo o del oro. Este atesoramiento es sólo la consecuencia necesaria de una necesidad de tener dinero líquido bajo control ante unos bajos tipos de interés. Durante el patrón oro, este metal frenaba las reducciones inducidas del tipo de interés a través de un incremento del atesoramiento de oro y una consecuente reducción de las reservas bancarias que, a su vez, limitaba la expansión crediticia (y por tanto incrementaba el tipo de interés)

Hoy ese fenómeno se realiza sólo incompletamente a través del petróleo u otros bienes líquidos. Lo cierto, es que en tanto los bancos no se ven obligados a mantener un porcentaje de oro en sus depósitos, la expansión crediticia puede continuar sin demasiada limitación. El recurso al petróleo o al oro simplemente busca activos realmente líquidos cuya transacción sea veloz sin perder valor.

Aunque un poco exagerada, la siguiente afirmación del artículo no deja de contener un poso de razón: LA FASE TERMINAL del sistema financiero internacional, en particular la miseria de las tres principales divisas mundiales, que hacen agua (el dólar, el euro y el yen), se refleja en el incremento de las materias primas. Hayek, por ejemplo, propuso respaldar las divisas en materias primas pues su valor resulta de mayor estabilidad. El movimiento hacia ciertas materias primas -junto al oro- sólo reflejaría la tendencia del individuo a reutilizar el "dinero" -institución social donde las haya- escapando de las garras estatalistas que pretenden planificar de manera constructivista semejante institución.

Luego, nos enteramos de ciertas opiniones favorables hacia un futurible retorno al patrón oro. Por un lado, Jamie McGeever, de la agencia británica Reuters ("El oro emerge como una divisa a escoger mientras se pandea el euro", 16 de junio), demuestra que "en el lapso en que el euro disminuyó cerca de 4 por ciento, en las tres semanas después del rechazo francés y holandés en sus referenda respectivos, el dólar medido frente a una canasta de divisas se incrementó cerca de 3.5 por ciento, mientras el oro se disparó casi 5 por ciento, para alcanzar 434.40 dólares la onza el jueves"; por otro, el experto suizo Ferdinand Lips, autor de Las guerras del oro, asentó que "en medio de una devaluación global de las divisas, si el petróleo es el rey de las materias primas, el oro es el rey de las monedas", e hizo notar que el "petróleo se encuentra subvalorado y que los productores de petróleo no reciben su real valor al encontrarse atados al dólar" o el economista Marshall Auerback ("¿Juego final de las divisas fiduciarias?", Prudent Bear, 14 de junio) vuelve a la carga para acreditar el retorno de la "respetabilidad" del oro, luego de desmenuzar una a una en forma implacable a las principales divisas del planeta (desde luego que no cita al "superpeso mexicano"), incluida la ilusa libra esterlina, para concluir que fuera del anterior marco alemán, ninguna vale la pena, debido a sus enormes carencias y, sobre todo, a su insostenible sobrendeudamiento, propiciado por la ficticia "economía de activos.

Pero, sobre todo, el futuro del oro como moneda internacional, según el artículo, vendrá del creciente uso que parte de la población mundial, incluidos otros gobiernos, están haciendo de él. Los asiáticos (las poblaciones milenarias asiáticas son ahorradoras consuetudinarias del oro), el Banco Central ruso (que acumula mayores reservas en oro, que alcanzarán 175 mil millones de dólares a finales de año), las monarquías árabes (las seis petromonarquías árabes del Consejo de Cooperación del Golfo coquetean con la idea de vincular sus divisas al oro en lugar del dólar y el euro). De hecho, el autor del artículo llega a despreciar al Banco Central Mexicano cuyos alrededor de 350 seudoeconomistas, parásitos del modelo monetarista, se olvidaron de que el país es el principal productor mundial de plata.

En el éxtasis del artículo, se cita al asistente del Banco Central chino, Ma Delun, por acusar al dolar de tener la habilidad de realizar un déficit crónico comercial con un costo casi insignificante de emitir la moneda. ¿Y en qué economista se basa para realizar tal aseveración? En Jacques Rueff, economista francés seguidor de Ludwig Von Mises: El "abuso sistemático de los hacedores de la política monetaria de Estados Unidos" había sido criticado hace 37 años por el gran economista gaullista Jacques Rueff, quien describió los arreglos de Bretton Woods en beneficio de Estados Unidos como "el maravilloso secreto de tener déficit sin lágrimas". De hecho, Rueff llegó a calificar este hecho como "el pecado monetario de occidente". Así, Rueff sintetizó su crítica diciendo que "dado que estos dólares y estas libras volvían sistemáticamente a sus países de origen después de ser recibidos por las naciones europeas, el funcionamiento de este sistema monetario internacional se convirtió en una especie de juego infantil en el que los niños hubieran convenido que después de cada partida se devolviera la apuesta a los que hubieran perdido" Hasta el punto de que "el sistema de patrón de cambio-oro ha permitido, pues, a los países con moneda internacionalmente prestigiada gozar del maravilloso privilegio de comprar sin pagar, dar sin tomar, prestar sin pedir prestado y acumular déficit sin sufrir sus consecuencias"

Además hay que felicitar al autor por su fino análisis que, en buena medida, se acerca al análisis austriaco del ciclo económico. Así, por ejemplo, destaca el asombroso hallazgo de Richard Duncan (Finance Asia, febrero de 2005) de que en 2003 y en el primer trimestre de 2004, el banco central de Japón creó papel artificial por 35 billones de yens, que equivale a uno por ciento del PIB mundial, y cuya sobreliquidez sirvió, no para la economía nipona, sino para apoyar la burbuja crediticia de Estados Unidos.

Por todo ello, asegura que dadas las turbulencias financieras, el oro regresó como alternativa de reserva bancaria frente a las deterioradas divisas globales, además de que, a juicio de Auerback, "ayuda a que las tasas de interés nominal sean insignificantes en todos lados, aunque suban". Lo óptimo es que en un "mundo de excesiva duda ubicua, el oro sea el activo que no es pasivo de nadie". Efectivamente, el patrón oro, como ya hemos explicado, a través del atesoramiento y la reducción de los depósitos bancarios evita grandes variaciones del tipo de interés provocadas por la expansión crediticia de los bancos y, obviamente, se tiende a establecer un tipo de interés mundial a través del arbitraje financiero.

La conclusión no deja de ser tenebrosa pero verosímil: ALGO ANDA MUY PODRIDO en el circuito financiero anglosajón. Pese a todas las garantías del montaje hollywoodense bushiano de la "seguridad del hogar" contra el terrorismo global, ahora nos salen con que 40 millones de cuentas de la tarjeta de crédito Master Card (otra burbuja de Greenspan) están en riesgo debido a un extraño fraude computacional (The New York Times, 18 de junio). Al unísono, Goldman Sachs, principal banco de inversiones del mundo, con ingresos el año pasado de casi 30 mil millones de dólares, reportó una abrupta caída de 27 por ciento en sus ganancias al segundo trimestre (The Financial Times, 16 de junio), mientras el canciller alemán Gerhard Schroeder amenazó con poner en la palestra durante la cumbre del G-8 el mes entrante, en suelo escocés, la "regulación uniforme global" de los ominosos hedge funds -"fondos de cobertura de riesgos"- (The New York Times, 17 de junio), es decir, el talón de Aquiles de la piratería financiera anglosajona..

La expansión crediticia no respaldada por reservar provoca una crisis de liquidez entre sus depositantes. Los peligros que el artículo describe no dejan de ser la tenebrosa consecuencia del contubernio entre el sector monetario público y las grandes entidades privadas; un capitalismo estatal que todos debemos repeler. Sobre los Hedge Funds me limito a citar al profesor Huerta de Soto: Los diferentes sistemas y organismos de «aseguramiento» de los depósitos que se han creado en muchos países occidentales tienden a producir un efecto que es justo el contrario del que se pretendía con su establecimiento. Estos «fondos de garantía de los depósitos» hacen que la política de los bancos privados sea más imprudente y menos responsable, pues dan a la ciudadanía la falsa seguridad de que sus depósitos se encuentran «garantizados» y de que no es preciso, por tanto, esforzarse en estudiar y revisar la confianza puesta en cada institución, dándose además la íntima seguridad a los banqueros de que su comportamiento, en última instancia, no habrá de perjudicar muy gravemente a sus clientes directos.

Es más, el depósito bancario es un fenómeno no asegurable. La razón es que, como indica Gabriel Calzada: "El asegurador no puede verse afectado por el acontecimiento de una manera sistemática distinta de la prevista en sus obligaciones contractuales" La probabilidad de la ocurrencia del ciclo económico no puede aprehenderse pues depende de un acontecimiento tan imprevisible como es la propia acción humana para expandir el crédito bancario (por no hablar, como señala Huerta, del moral hazard implicado en esos contratos de seguro que, paradójicamente, son la garantía de la imposibilidad de un reparto del riesgo actuarial al provocar un fenómeno que genera la generalizada falta de liquidez en todos los que han contratado el seguro)

Un sabroso artículo por el que felicito a Rebelion.org. Con artículos como este, quizá, comiencen a aprender economía y abandonen las falacias marxistas. En todo caso, aún desde sus errores conceptuales, no puedo dejar de alegrarme de que una parte de la izquierda apoye el regreso del patrón oro (y lo que es mejor, apoye que vuelve de una manera libre y espontánea)

Durante la Guerra de Vietnam, Murray Rothbard no dudó en alcanzar un curioso pacto con los trotskistas americanos. Aparte de la mutua oposición al conflicto bélico, en un venidero referendum, los libertarios rothbardianos votarían a favor del control de alquileres y los trotskistas votarían a favor del patrón oro. Personalmente no me hubiera plegado a votar a favor de una restricción de la libertad, pero como estrategia política (y no olvidemos que la política es el arte de la represión) no deja de ser pintoresca. Ojalá la izquierda se reposicione a favor del patrón oro sin que nosotros tengamos que efectuar lamentables conceciones.

PD: No es la primera vez que Rebelion.org publica un artículo liberal. Puede verse, además, aquí y aquí.

18 de Junio de 2005

Una manifestación profundamente equivocada

A pesar del respeto que me merecen algunos de los participantes en la manifestación de hoy (y no me refiero en absoluto a la estirpe carroñera de los políticos) su celebración me parece un monumental error: el objetivo es del todo errado e incluso, desde el punto de vista táctico, me resulta inverosímil.

En realidad, esta manifestación no es más que el enésimo conflicto entre estatalistas de distintas raleas que pretenden dominar mediante el Estado las definiciones, los conceptos y, sobre todo, las instituciones. El problema original es que el Estado se ha erigido en una especie de sancionador moral; sólo puede existir el concepto de matrimonio que el Estado establezca, todo cuanto quede fuera no es matrimonio y todo cuanto quede dentro es necesariamente matrimonio.

Y es en este punto cuando entramos en un malévolo juego, la legitimación del Estado. Da pavor pensar que quienes se han proclamado defensores de la familia intenten articular esa defensa y protección a través de los mecanismos legales. Y da pavor por sus consecuencias a corto y a largo plazo.

A corto están legitimando la capacidad del Estado para definir qué es matrimonio y familia (pues sus reclamaciones se basan en orientar el poder público hacia una determinada dirección y no en sacar al poder público de semejantes ámbitos), con lo cual, por paradójico que parezca, su manifestación se convertirá en la carta de naturaleza moral del matrimonio estatal homosexual. Los impulsores de la manifestación pro-familia tienen perdida la batalla parlamentaria y, aún así, insisten en otorgar validez a las decisiones políticas. Es un suicidio; esta manifestación va a otorgar definitivamente la capacidad de modular la institución matrimonial al poder político, cuando ese poder político tiene la determinación clara de ignorarles por completo.

A largo, además, favorecen un incremento del intervencionismo sobre los ámbitos morales del ciudadano. Los manifestantes quien impedir que se llame matrimonio a la unión de dos homosexuales y pretenden conseguir a través de la coacción del Estado. ¿Y quiénes son ellos para pretender utilizar la represión en ese sentido? De la misma manera que es absurdo que un homosexual intente conseguir su integración en la sociedad a través de ruinosas medidas de discriminación positiva o que pretendan obliganos a que todos llamemos matrimonio a la unión de dos personas del mismo sexo, no es menos absurdo que otra casta de iluminados impida a cualquier persona que denomine matrimonio o familia a la unión homosexual. El problema es que al señalar que resulta legitimo que el Estado impida a las personas llamar matrimonio a la pareja homosexual, también estamos implícitamente reconociendo la capacidad del Estado para imponer a los individuos que llamen matrimonio a la pareja homosexual. No sólo eso, estamos aceptando la actuación del Estado sobre el núcleo familiar y sobre la moral de los individuos.

En lugar de reforzar la única validez moral y trascendente del matrimonio canónico, los manifestantes se han echado a los brazos paternales del Estado y del matrimonio estatal. Y como católico lo lamento enormemente, porque el error de parte de la jerarquía ha sido mayúsculo. Están queriendo influir en algo que, a su ojos, debiera resultar inexistente. Y, de nuevo, le conceden carta de naturaleza. La Iglesia debería ser la primera en indicar que el matrimonio "civil" es una simple ficción estatal sin validez trascendente alguna. De ahí que su definición resulte anecdótica y futil. Pero si la jerarquía quiere influir en el matrimonio civil, ¿qué impedirá que el Estado pretenda, más adelante, influir en el matrimonio canónico?

Tales errores, y otros nuevos, los podemos ver reflejados en el manifiesto de los convocantes. Primero, el Gobierno español promueve iniciativas que atentan contra los fundamentos de la familia como espacio ecológico de la vida y fuente de la solidaridad más eficaz. Falso; a menos que reconozcan la capacidad del Estado para definir qué es una familia. En el s.XIX decían que el Parlamento todo lo podía, salvo convertir al hombre en mujer. Si los manifestantes consideran que la unión homosexual no es una familia, seguirá sin serlo a pesar de todas las iniciativas que impulse el poder político (y, por tanto, los fundamentos de esa familia serán tan sólidos que ni el Estado podrá afectarlos aún cuando lo pretendiera).

Sin embargo, esta no parece ser la conclusión: Entendemos que esta equiparación y la adopción por parte de parejas del mismo sexo supone un atentado contra la institución matrimonial y contra el derecho del menor a una madre y un padre. Lo que atenta contra la institución matrimonial no es la concreta definición que hoy dé el Estado, sino el hecho de que el Estado esté legitimado para dar definiciones. O asumimos que el matrimonio debe estar fuera del alcance del Estado, o deberemos aceptar el resultado de sus decisiones. Las convocantes han tomado este segundo camino; aceptan que el Estado defina qué es matrimonio, pero que lo defina conforme a sus parámatros.

Así, encontramos como segunda reclamación de la manifestación: b) una política integral de protección a la familia, fundada en el mutuo compromiso e igualdad del hombre y la mujer que crean el ambiente idóneo para las nuevas vidas, generando, la solidaridad social más consistente que conocemos. El Estado no debe proteger a la familia y, mucho menos, debe definir qué es una familia. Ésta es una reminiscencia que muchos liberales todavía arrastran de la propaganda socialista. Precisamente porque el matrimonio y la familia son importantes el Estado NO debe legislar sobre ellas. Cita un párrafo especialmente lúcido del artículo de Albert Esplugas sobre el tema: La definición clásica de matrimonio (unión entre un hombre y una mujer) debe ser protegida, dicen algunos, y qué mejor custodio que la Administración. En primer lugar resulta cuando menos paradójico que tantos devotos cristianos confíen el resguardo del sagrado matrimonio a la institución que quizás más ha fustigado a la familia tradicional. Asimismo, asignar al ente público la protección del matrimonio heterosexual es tanto como concederle el poder para definirlo a su antojo. Si la Iglesia no desea que el Estado imponga aquellas concepciones morales que desaprueba, ¿por qué no aspira a despojarle de la potestad sancionadora que se ha arrogado desde un principio? Al fin y al cabo, para muchos cristianos la idea del matrimonio emana de la voluntad de Dios, ¿por qué entregar entonces al César algo que no le pertenece? En segundo lugar, es absurdo recurrir al Estado para proteger la definición del matrimonio clásico. ¿Desde cuándo las "definiciones" necesitan ser protegidas? ¿Acaso la definición de cristianismo, por ejemplo, requiere el amparo de la administración pública? Si alguien se empeña en llamar cristiano a un individuo que los demás tienen por hereje, ¿hay que acudir al parlamento para que promulgue nuevas leyes? ¿Concierne al gobierno el que los ciudadanos atribuyan significados distintos a las mismas palabras? La Iglesia puede sancionar los matrimonios heterosexuales y no reconocer el resto de uniones. Una fracción de la sociedad puede considerar que el matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer sin que nada ni nadie le haga cambiar de parecer.

No sólo eso; la "política integral" que los manifestantes reclaman parece ir más allá del simple mantenimiento de la definición histórica de matrimonio en el Código Civil, por lo visto sus reivindicaciones pasan por incrementar las ayudas a las familias numerosas e intentar que la mujer pueda conciliar la vida laboral y familiar. Aparte de que tales reivindicaciones sólo consolida una de las bases políticas y morales de la izquierda -el parasitismo- la oposición a cualquier insinuación en ese sentido debe ser categórica. Primero porque los "beneficios sociales" de las familias numerosas, aún siendo ciertos, no justifican su promoción a través del dinero ajeno. Precisamente, cuando se establecen tales incentivos políticos y económicos, el saldo de las familias numerosas pasa a ser negativo. Las familias numerosas son positivas en tanto no esperen recibir una contrapartida por su existencia. Pero cuando traspasan esa línea, el intervencionismo engendrado elimina sus contribuciones. También la existencia de empresarios es positiva para una sociedad y a nadie se le ocurre pedir que se les subvencione.

El manifiesto, entre otros errores, también pide e) una valoración positiva del hecho religioso en libertad, dado su carácter humanizador, social, ético y como motor del compromiso personal con la solidaridad, la justicia y la igualdad. ¿Una valoración positiva por parte de quién? El Estado no tiene que valorar ni desvalorar el "hecho religioso", tiene que estar completamente separado de él. "Está de conformidad con la esencia de la Iglesia mantenerla separada del Estado y evitar que éste imponga la fe, que debe descansar en convicciones libres" "Donde la Iglesia se convierte en Estado, se pierde la libertad. Pero, también, donde la Iglesia queda suprimida como instancia pública o públicamente relevante, la libertad decae, porque allí el Estado reclama para sí, de nuevo, la función de la ética"

No lo digo yo, lo dice el propio Ratzinger. Cuando la Iglesia, en su definición más amplia, legitima el Estado entramos en terreno pantanoso; ni la Iglesia requiere protección del Estado, ni el Estado debe ser respaldado por la Iglesia. El hecho religioso descansa en convicciones libres y el poder político descansa en la fuerza; mientras que la fe católica libera al hombre, el Estado lo esclaviza. Poco sentido tiene combinar ambos poderes, el de la vida y el de la muerte. Y, por desgracia, esta manifestación lo que pretende es que la Iglesia delegue su ascendencia en el Estado para luego influir en el Estado. Hará lo primero pero no conseguirá lo segundo. Tremendo error.

Y así, la petición final no puede ser más desalentadora: Pedimos a los poderes públicos, a los grupos sociales y a cada ciudadano el respeto responsable y activo hacia el contenido de este manifiesto. ¿Piden a los poderes públicos un comportamiento activo? No se me puede ocurrir nada más peligroso; criticamos al Estado no porque se mueva, sino porque no se mueve en la dirección deseada. Así no podemos librar una batalla intelectual; nos rendimos al relativismo y al democratismo más exacerbado, nos rendimos a la izquierda.

Conmigo que no cuenten; no voy a batallar para que nuestros políticos-represores definan de esta o de aquella manera algo que, por su misma esencia, queda sustraído de su disposición. El único envite que espero suscribir es el que exija a esa clase parasitaria que, dado que no están legitimados para legislar sobre la familia y el matrimonio, no lo hagan EN NINGÚN SENTIDO. Mientras tanto nos moveremos dentro de sus esquemas donde, aunque algunos no lo hayan percibido, tienen todas las de ganar.

14 de Junio de 2005

Competencia y especulación en la gasolina

Estaba discutiendo en otra bitácora acerca del precio de las gasolinas y, como creo que alguna observación puede ser interesante, las reproduzco aquí.

Primera objeción estatalista: Entre las gasolinas no hay competencia porque los precios son iguales

Entre gasolinera y gasolinera podemos encontrar diferencias de precios de entre 1 y 5 céntimos. Si eliminamos los impuestos a las gasolinas, nos quedamos con que el precio/litro antes de impuestos es de unos 40 céntimos. En otras palabras, la competencia hace variar el precio de mercado entre un 2% y un 12%. En muy pocos productos encontraremos diferencias tales de precios.

Segunda objeción estatalista:Cuando el precio del crudo sube, todas las compañías lo trasladan al mismo tiempo.

El precio del crudo sube, obviamente, porque se vuelve más relativamente escaso (por ejemplo cuando se restringe la oferta o se incrementa la demanda). Esto significa que las compañías pueden comprar una menor cantidad de crudo. De ahí que si la oferta es menor (no necesariamente para el público, sino para otros usos alternativos), por la simple ley de la utilidad marginal decreciente, el precio de la gasolina suba. Es un fenómeno que afecta por igual a todas las compañías y, por tanto, todas lo trasladan al mismo tiempo (si bien esas diferencias de precios a las que antes hemos aludido se mantienen)

Ahora bien, todos hemos oído alguna vez aquello de que el crudo que consumimos hoy es el que se compró hace tres meses, ¿por qué entonces la subida del crudo se suele trasladar de manera más o menos inmediata a los de las gasolinas? La respuesta es la especulación (en el mejor sentido de la palabra) La gente en general (no necesariamente los consumidores más inmediatos) ante la expectativa de que dentro de tres meses suba el precio, empieza a acumular AHORA gasolina, y eso impulsa el precio actual al alza (repito, no debemos pensar en el típico consumidor que va a llenar su depósito cada tres días)

Este proceso especulativo no es dañino. De hecho, suaviza las bajadas y subidas del precio. Dado que parte de los consumidores han atesorado gasolina ahora, cuando dentro de tres meses se produzca la escasez por la reducción de la oferta del crudo de hoy, los precios prácticamente ni se moverán -o aumentarán mucho menos de lo que deberían haberlo hecho.

12 de Junio de 2005

La educación no es imprescindible

Siento decir que estos días he visto con sonrojante abundancia la proliferación de comentarios que abogan por reducir la pobreza en el Tercer Mundo a través de un incremento de la alfabetización. Aunque ya traté el tema por encima en el post que le dediqué al subdesarrollo del Tercer Mundo, quiero recalcar que tales proclamas sólo provienen de la ignorancia más supine sobre las ciencias sociales.

Recordémoslo una vez más -nunca será suficiente- que sin acumulación de capital las sociedades no prosperan. Pongamos un ejemplo sencillo; imaginemos que 100 de los mayores sabios que han existido nunca son enviados atrás en el tiempo, cuando el hombre todavía era un recolector de frutas. ¿Alguien cree que conseguirían durante sus vidas erigir una sociedad de características semejantes a la actual? Obviamente no, durante varios años su dedicación exclusiva consistiría en en conseguir una provisión más o menos estable de alimentos. Que nadie crea que esta es una operación sencilla: las frutas de los árboles se agotan, los animales se esconden, el agua potable no es fácil de encontrar. Durante varios años (aún conociendo qué pasos tuvo que seguir el hombre primitivo para desarrollarse) estarían condenados a vagar desde zonas abundantes en alimentos a otras que no lo son.

No serían sedentarios, por la simple razón de que no podrían esperar a las semillas que plantaran maduraran. Pónganse en situación: llego a un campo donde mi único alimento son las frutas de los árboles y los animales que puedo cazar, ¿podría -incluso suponiendo que ya dispusiera de las semillas- esperarme a que las semillas se convirtieran en tomates o patatas? Evidentemente no, el tiempo de recolecta de las patatas o de los tomates excede el tiempo que cualquier persona puede estar sin comer. Sólo en caso de que durante ese período de maduración hubiera acumulado alimento suficiente para vivir sin trabajar, podría esperar la maduración del primer cultivo; en otras palabras, sólo si se hubiera AHORRADO para sobrevivir durante el período de cultivo, podría esperarse todo ese trecho temporal.

Pero sin ningún tipo de herramientas es harto complicado conseguir un excedente que permita dedicar el trabajo de los sabios a construir máquinas muy productivas. Pueden saber cómo hacerlo, pero no tienen los medios para ello. La cultura y el conocimiento no les permite alimentarse mientras no tengan tiempo y recursos para poner en práctica ese conocimiento.

Imaginemos que en esa situación, 100 sabios sin ningún tipo de capital viviendo de la recolecta de frutas, algún tipo de ente superior (Estado) obliga a 20 de ellos a acumular todavía más conocimientos yendo a una academia. Si ello es así, los 80 sabios restantes tendrás que producir no sólo para ellos mismos, sino para alimentar a los otros 20 (ya que los otros están ocupados estudiando en la academia). Y, en este sentido, cualquier tipo de excedente que pudieran acumular para pasar a métodos de producción más eficientes (como la agricultura sedentaria) desaparecerá. Terminados esos estudios superiores en la academia, ¿de qué servirán? Realmente de nada; la ausencia de capital y de ahorro les impedirá implementarlos.

En el Tercer Mundo ocurre lo mismo. La educación sólo provoca la fuga de cerebros. Hoy por hoy, el Tercer Mundo no necesita de grandes ingenieros nucleares, filósofos o científicos varios. Formar a ese tipo de gente sólo contribuirá a que las masas financien la educación de unas personas que terminarán yéndose a trabajar al Primer Mundo. El Tercer Mundo necesita fontaneros, albañiles, gestores y, sobre todo, empresarios (el conocimiento práctico de observar necesidades insatisfechas y darles respuesta). Pero cuidado, no necesita, a corto plazo, de escuelas superiores donde semejantes oficios se enseñen. Conforme las necesidades de la sociedad se vayan apartando de la simple subsistencia, surgirán nuevas necesidades (agua corriente, casas más sólidas...) que otras personas estarán prestas a satisfacer. La educación se la proporcionará la experiencia (el famoso learning by doing). En realidad, no deja de parecerme sarcástico que muchos piensen que el Tercer Mundo necesita de fontaneros tan precisos y bien formados como los de Occidente. Ni los necesitan hoy por hoy ni, sobre todo, sus sociedades pueden soportar costes tan grandes como tener a un individuo educándose todo un año (o varios años), sobreviviendo a partir de los escasos recursos que otros han producido. Ninguna sociedad necesitó previamente de la educación para empezar a enriquecerse, sino que ésta fue surgiendo conforme la producción y la interacción de la sociedad tomaba cuerpo.

El Tercer Mundo sólo puede prosperar a partir del capital occidental que permita a sus nativos acumular excedentes para emprender sus propios proyectos. Estos excedentes necesariamente han de venir de fuera, porque dentro no tienen nada. Y han de venir en forma de capitales productivos, no de rentas consuntivas. Pagar HOY la educación a 500 personas del Tercer Mundo, repito, sólo servirá para que esas 500 personas se vayan donde pueden aprovechas sus conocimientos y su productividad es mayor. Lo que hace falta es crear un tejido productivo que vaya mejorándose, diversificándose y ampliándose, de manera que los salarios en el Tercer Mundo se incrementen. Esto no se consigue con una mayor educación, sino con una mayor inversión y un masivo ahorro colectivo a través del trabajo. Así saldrá el Tercer Mundo de la pobreza y no apelando ingenuamente a la necesidad de educación.

11 de Junio de 2005

Humor escolar

Ignacio Escolar ha publicado un post en el que enlaza con lo que él considera "citas humorísticas" de Toni y Valín. Aunque no estaría de más que explicara por qué tilda de ese modo a ambas afirmaciones, la idea no me ha parecido mala, así que he decidido recoger el guante.

I: El ultracapitalismo californiano o cómo llamar libre mercado al socialismo

Si se deja al libre mercado un sector tan estratégico como el eléctrico lo que se consigue son precios más altos para los consumidores por un peor servicio. A las compañías eléctricas no les sale a cuenta estar preparadas para el máximo pico de consumo porque no renta invertir en una infraestructura que sólo se utilizará al cien por cien un par de días. El artículo está en inglés en la web del New York Times y en español en la edición de hoy de El Mundo (también en su web de pago).

En California saben también qué pasa cuando se deja un sector tan delicado al egoísmo empresarial. La factura eléctrica se multiplicó por tres tras la liberalización y tampoco se libraron de apagones.

(Se puede comprobar aquí, aquí y aquí)

II: La bolsa es un casino o cómo ridiculizar lo que no entendemos

Si la bolsa es un casino que no cumple con su función original y que además provoca enormes desajustes económicos y sociales ¿cuál es la diferencia entre comprar acciones de Jazztel o cualquier otro valor del "chicharribex" y apostar a que Elvis sigue vivo?
Mi respuesta: que a nadie se le ocurre hablar de ludopatía popular


(Se puede comprobar aquí, aquí y aquí)

III: La insufrible pobreza de EEUU o cómo cocinar las estadísticas

en un mundo donde las 358 familias más ricas ganan más que los 2.500 millones de humanos más pobres, lo mismo el problema de la pobreza se arreglaba con un mejor reparto.

(Se puede comprobar aquí, aquí y aquí)

IV: El dinero tiende al monopolio o cómo convertirse en Rappel de la economía

Para entonces, si no hacemos nada para evitarlo, toda la economía del planeta pagará un impuesto privado a Visa, Mastercard, American Express y demás compañías del ramo casi con cada compra.

Por definición, el dinero es una infraestructura, un servicio, que de forma natural tiende al monopolio o al oligopolio. Y yo soy de los que cree que sólo hay algo peor a un monopolio público: un monopolio privado.

(Se puede comprobar aquí)

V: El salario, caridad empresarial, o cómo seguir bebiendo del brebaje marxista

¿De verdad alguien se cree que, si se paga más de 500 euros al mes por recoger la naranja, los empresarios agricultores del levante se verán obligados a cerrar el chiringuito?

¿Desde cuándo los empresarios deciden los sueldos en función de los ingresos que genere el trabajador? ¿Cómo cuadras eso con el hecho de que los beneficios empresariales crezcan y no así lo sueldos?

(Se puede comprobar aquí, aquí, aquí, aquí, aquí y aquí)

Otra cosa (y espero que no te ofendas por la broma) te salen a veces unas frases que ya quisiera El Roto para sus chistes. Me encanta especialmente esa que has dicho más arriba de "La cuestión es que ese trabajador esta consumiendo capital". ;-)

(Se puede comprobar aquí y aquí)

VI: Estado somos todos o cómo rehabilitar el colectivismo

Yo todos los años pago impuestos -y defiendo que existan los impuestos- que es la manera en la que me bajo el sueldo para que los más desfavorecidos tengan de qué vivir. No es que estemos dispuestos: es que ya lo hacemos

Lo que te estoy diciendo es que de la justicia social se tiene que ocupar el estado, no sólo la caridad. Y que el estado no es un ente extraño y marciano, sino un organismo de todos que pagamos con nuestros impuestos. Y que a mí, frente al populismo liberal habitual, me parece muy bien que se paguen impuestos. Y que los más ricos paguen más que los más pobres. Aunque también los impuestos "generen paro".


(Se puede comprobar aquí, aquí, aquí, aquí y aquí)

los sueldos ultra bajos generan atraso tecnológico ya que se desincentiva toda necesidad de inversión en nuevos equipos que aprovechen mejor la fuerza del trabajo

(Se puede comprobar aquí y aquí)

VII: La libertad como utopía o por qué debemos rendirnos al estatalismo

Pero de lo que aquí se habla es de los grises entre el comunismo y el capitalismo salvaje. La única diferencia entre esas dos utopías es que, mientras los que buscamos la mayor igualdad de oportunidades posible (que no la igualdad material perfecta) hemos renunciado a nuestra utopía, otros siguen anclados en la suya, la ley de la selva y el libre mercado sin control alguno, el del siglo XIX.

(Se puede comprobar aquí, aquí, aquí y aquí)
Sobre la riqueza en el Tercer Mundo, respuesta al colectivo "Pobreza Cero"

Estoy convencido de que una parte de la izquierda tiene buenas intenciones; de no ser así, si toda la izquierda fuera consciente de las nefastas consecuencias de sus políticas, a los liberales sólo nos quedaría hacernos el harakiri; viviríamos en una sociedad de sádicos, ladrones y criminales.

Afortunadamente, gran parte de la izquierda sustituye el talento por el talante o, en este caso, la reflexión por la intención. Sin embargo, las buenas intenciones no bastan para conseguir los objetivos y, en ocasiones, esa sustitución intelectual se convierte en un alegato acrítico en favor de la expansión del poder político.

El caso de la ayuda externa es paradigmático. Se asume que la ayuda externa es intrínsecamente positiva, sin pasar a analizar si ello es así. El pensamiento se sustituye por palabras. Quien critique la ayuda política externa no se preocupa por el desarrollo en el Tercer Mundo. O en el caso de la educación; todo aquel que quiera privatizar, necesariamente ha de estar en contra de su universalidad y calidad. ¡Cuándo precisamente los liberales queremos privatizarla para que sea realmente universal y de calidad!

Pero volviendo al asunto de la ayuda externa, hoy he encontrado la página web de "Pobreza Cero". Lo cierto es que, tras ojearla, no he encontrado ninguna argumentación económica de fondo que explique detalladamente como erradicar la pobreza y, sobre todo, por qué las sugerencias que esbozan tienen que funcionar.

Esto no es nuevo entre la izquierda y, especialmente, entre los altermundistas. Hace ya 35 años P. T. Bauer, gran teórico del desarrollo, se quejaba de esta actitud: "Antes de volver a la argumentación central me gustaría señalar una anomalía significativa en las presentes discusiones sobre ayuda exterior. En estas discusiones la carga de la prueba se ha impuesto a los críticos de la ayuda en vez de a sus partidarios. Sin embargo, lo apropiado es que recaiga en aquellos que abogan por una transferencia obligatoria del dinero de los contribuyentes a gobiernos extranjeros, más que en los críticos de tal política. (…) En las discusiones académicas y populares no se exponen con detalle ni la razón general ni las específicas a favor de la ayuda. El procedimiento corriente es el dar por sentada la defensa de la ayuda o bien razonarla sólo en los términos más generales"

Tales líneas parecen una respuesta anticipada al entramado activista de Pobreza Cero. Sus propuestas no pasan de ingenuas sugerencias sin fundamento alguno. Y esto es precisamente lo peor; ni lo tienen ni se han preocupado en buscarlo. Otras páginas de izquierdas aunque intentan fundamentar sus prescripciones en alocadas teorías, al menos acometen el trabajo. Pobreza Cero no. Se sustituye la reflexión por la acción; la primera, ante una situación tan acuciante como la extrema pobreza de millones de personas, carece de importancia.

Pero a los liberales sí nos preocupa la misérrima situación del Tercer Mundo, de ahí que proceda, antes que nada, reflexionar acerca de qué medidas son auténticamente salutíferas para acabar con la pobreza.

Empecemos analizando el documento por el que Pobreza Cero justifica su campaña. Su estrategia consiste en hacer un llamamiento a la sociedad para que se movilice, actúe y presione a los líderes políticos y exija, como primer paso en la erradicación de la pobreza, el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

Como vemos, la estrategia pasa por la movilización per se. Pobreza Cero adopta una visión omnipotente del poder político: si hay pobres, es porque los políticos de los estados capitalistas así lo consienten. Una mejor redistribución de los recursos "dados" nos movería a una sociedad más justa. Estamos ante el error que tan finamente apunta Kuehnelt-Leddihn: Subsiste, en primer lugar, el curioso sentimiento de que cualquier cosa que tenga una persona ha sido de alguna manera sustraída de otra persona: "Soy pobre por el es rico". Estos sentimientos profundos y, a menudo, secretos descansan sobre la premisa de que todas las cosas buenas de este mundo son finitas.

Los altermundistas no han caído en la cuenta de que la pobreza es el estado natural de las personas y que, lo que requiere explicación y justificación no es la pobreza, sino la riqueza.

No sólo eso, en un rocambolesco ejercicio exigen a los políticos el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Uno podría imaginarse que, entre esos objetivos, encontraremos la piedra filosofal que explique a los políticos como terminar con la pobreza. Al fin y al cabo, Pobreza Cero exhorta a una movilización ciudadana que exija a los políticos la erradicación de la pobreza a través de los Objetivos del Desarrollo del Milenio.

Sin embargo, acudiendo a los famosos objetivos, no encontramos más que una declaración de buenas intenciones donde los gobiernos se comprometen a erradicar la pobreza. En otras palabras, Pobreza Cero exhorta a una movilización ciudadana que exija a los políticos la erradicación de la pobreza a través ¡de la erradicación de la pobreza!

Como vemos, la queja de Bauer estaba más que justificada. No abandonamos el terreno de las difusas generalidades que, en el fondo, sólo contribuyen a dotar de más poder a los políticos.

Pero analicemos ahora, con un poco más de detalle, sus propuestas concretas para terminar con la pobreza (Por desgracia no podremos examinar la justificación de cómo cada propuesta contribuiría a enriquecer a las sociedades ya que es, simplemente, inexistente)

a) MÁS AYUDA oficial al desarrollo, priorizando a los sectores sociales básicos, hasta alcanzar el compromiso del 0,7%.

Existe la mala costumbre de creer que todo aquello que resulta virtuoso para el individuo lo será, a su vez, para el Estado y los políticos. Pocos dudan del valor moral de la caridad, acto noble donde los haya (si bien no convendría olvidar que mucho más caritativa es la consecución de beneficios empresariales, pues ello demuestra una correcta gestión de los recursos hacia la satisfacción de las necesidades de los consumidores)

No obstante, cuando trasladamos la caridad al ámbito público, y la convertimos en obligación legal, no sólo pierde todo su valor el acto solidario sino que, además, las consecuencias pueden ser perniciosas.

Decía Bauer con mucho acierto que las transferencias externas (el famoso 0'7%) no son necesarias para desarrollar un país allí donde se den las condiciones para el desarrollo. Y, por otro lado, si esas condiciones no se dan, las transferencias no son suficientes.

Esta lección me parece de fundamental trascendencia. El prerrequisito que toda sociedad necesita para desarrollarse es sólo uno: el respeto a la propiedad privada. Con él, cualquier ayuda será intrascendente; sin él, serán inútiles.

Y con respeto a la propiedad privada me refiero tanto a la limitación del gobierno cuanto, sobre todo, al libre movimiento de personas, capitales y mercancías.

La única manera en que una sociedad puede desarrollarse es a través de la acumulación de capital. En ausencia de capital, el ser humano tendría que sobrevivir solamente con aquello que puedan producir sus manos. Estaríamos ante una sociedad netamente recolectora (pues la caza implica algún de arma y, por tanto, de capital); el ser humano debería esperar a que la naturaleza produjera; sería un sujeto pasivo, cuya subsistencia estaría sometida a los azares naturales.

Pero la acumulación de capital no es un proceso automático, sino que tiene dos presupuestos: el ahorro y la empresarialidad.

Para acumular capital hay que invertir y, para invertir, hay que ahorrar. Sin ahorro no hay inversión, y por tanto capital, posible. Ahora bien, la cuestión es qué cantidad de ahorro es posible encontrar en países con extrema pobreza. Parece claro que la gran mayoría de sus escasas rentas irán destinadas al consumo y, en ese sentido, poco desarrollo "intrínseco" hemos de esperar de semejantes países.

La única vía expedita es que otros ahorren por ellos; en otras palabras, que el mundo occidental, mucho más ricos, ahorre e invierta en sus países. ¿Y cuál será el único incentivo que los empresarios occidentales tendrán para invertir en el Tercer Mundo? Parece claro que sus menores costes de producción, esto es, sus bajos salarios.

Pero no pensemos, como hacían vanamente los comunistas, que la simple acumulación de máquinas y de industria pesada sirve para desarrollar y enriquecer un país. La acumulación de capital no es buena por acumulación, sino por capital. Y no todo instrumento debe ser considerado capital. El capital forma parte de un entramado productivo destinado a satisfacer las necesidades de los consumidores. Requiere insertarse coordinadamente en la sociedad a través del mecanismo de precios y, en especial, del precio intertemporal, el tipo de interés. Sin empresarialidad no hay capital, sólo un conjunto de máquinas cuyo rendimiento y costes resulta imposible evaluar.

En otras palabras, sólo respetando la propiedad privada se podrá desarrollar el Tercer Mundo, tanto en cuanto a la entrada de capitales, como a su retención y gestión. Las ayudas, en este sentido, son superfluas. Vamos a analizar los cuatro casos posibles de transferencias: transferencia a un gobierno que no respeta la propiedad, transferencia a los ciudadanos de un gobierno que no respeta la propiedad, transferencia a un gobierno que respeta la propiedad y transferencia a los ciudadanos de un gobierno que respeta la propiedad.

Si las transferencias se efectúan a un gobierno que no respeta la propiedad, las dilapidará o, en todo caso, no contribuirán al desarrollo. Imaginemos que las gasta en educación y que, a partir de ese momento, cada año salen 100 ingenieros. ¿Serán capaces esos 100 ingenieros de montar su empresa y empezar a producir? Obviamente no. Por dos motivos esenciales: deberán recurrir al capital externo y, sobre todo, carecerán de incentivos ante un gobierno que puede nazionalizar tu propiedad en cualquier momento. Piénsenlo, ¿depositarían todos sus ahorros en un banco con acreditada fama de hurtar impunemente el dinero depositado? Lo más probable es que los ingenieros, si están bien formados (punto bastante discutible, ya que es más que dudoso que las inversiones públicas en educación sean eficaces) se irán a un país occidental. Mientras tanto, los millones de personas que no hayan tenido acceso a la educación seguirán muriéndose de hambre.

Es más, dado el carácter totalitario del régimen, a buen seguro utilizará los fondos para incrementar su poder y el tamaño de su intervencionismo económico, lo cual empobrecerá incluso más a la sociedad. Esta situación se vuelve especialmente grave cuando los gobiernos entienden que necesitan de una sociedad pobre para continuar recibiendo ayudas de Occidente (tengamos presente que, además, una sociedad extremadamente pobre puede controlarse y dominarse de manera más sencilla que una rica)

Si las transferencias se efectúan a los ciudadanos sometidos a un gobierno que no respeta la propiedad, como ya hemos señalado, de poco servirá. Ninguno de los individuos estará tentado a invertir y, en la medida de lo posible, consumirán rápidamente los fondos (antes de que sean expropiados por el Estado)

Si las transferencias se efectuaran a un gobierno limitado respetuoso con la propiedad privada podrían tener un mínimo efecto positivo. En concreto, si esa transferencia desplazara una parte de la recaudación de impuestos nacionales; es decir, si el gobierno cada año gasta 1000 euros (y por tanto, recauda en impuestos 1000 euros), una transferencia de, digamos, 400 euros sería beneficiosa para el país receptor, si el gobierno continuara gastando 1000 pero sólo recaudara 600. Hay que decir, no obstante, que esto no será lo habitual. Por lo general, los gobiernos, aún los respetuosos con la propiedad, tenderán a gastar el antiguo presupuesto más la transferencia.

El caso sería todavía más grave si los 400 euros estimularan al gobierno a emprender proyectos megalómanos superiores a esos 400 euros complementándolos con nuevos impuestos (por ejemplo, quiero construir una universidad de 500 euros, por lo que subo los impuestos hasta 1100 euros) Y, desgraciadamente, esto será lo más habitual.

Por último, si las transferencias se efectuaran a individuos sometidos a un gobierno respetuoso con la propiedad, la acción podría resultar exitosa. Sin embargo, hay que tener en cuenta varias puntos: a) sólo resultaría beneficiosa para el país receptor; empero, esa transferencia ha reducido el consumo o la inversión de alguna otra parte del mundo, que se verá claramente perjudicada (quizá incluso una zona pobre del mundo), b) la transferencia sin contrapartidas tiene el peligroso riesgo moral de incentivar proyectos muy arriesgados y ruinosos, ajenos a la responsabilidad de obtener, retener y ampliar la propiedad y c) sobre todo, como ya he señalado, tales ayudas resultarán innecesarias, pues cuando el gobierno respete la propiedad, el desarrollo será un proceso rápido (y por tanto, sería insensato favorecer con estas ayudas una redistribución mundial de los recursos)

Pero además, y en cualquier caso, sí querría poner de manifiesto otro efecto corruptor de las transferencias externas. Ya he señalado que para conseguir el desarrollo en el Tercer Mundo, el único camino es la inversión occidental. El requisito de esta inversión, como también he apuntado, es el respeto a la propiedad privada por parte de los gobiernos tercermundistas. Pero hay otro requisito que no concierte al Tercer Mundo, sino al primero.

Los incentivos occidentales para invertir en el tercer mundo son sus bajos costes FRENTE a los altos precios que se pueden obtener en Occidente por sus productos. Estamos ante un fenómeno puramente arbitral, generador de beneficios extraordinarios a medio plazo (hasta que los países se desarrollen) Sin embargo, si los empresarios son incapaces de vender sus productos a bajo coste en Occidente (debido por ejemplo a aranceles o cuotas), los incentivos para invertir en el Tercer Mundo seguirán siendo nulos. En este sentido, las transferencias pueden servir para difuminar el auténtico problema, esto es, el proteccionismo occidental.

La Unión Europea, por ejemplo, tiene la costumbre de incluir entre sus declaraciones pomposas frases apoyando el desarrollo del Tercer Mundo a través de la ayuda exterior. Pero, al mismo tiempo, impide que los productos del Tercer Mundo se vendan en Europa. La grandilocuente demagogia esconde sus actuaciones criminales.

Y finalmente, el respeto a la propiedad constituye una institución social que sólo surge evolutivamente, a través de pruebas y errores continuos. De esta manera, me parecen muy positivas y esenciales las tan a menudo criticadas corrupciones empresariales de los gobiernos del Tercer Mundo (o incluso las presiones de gobierno occidentales para que respeten a sus empresas). En tanto estas corrupciones y las presiones tengan por objeto solamente el respeto de SU propiedad (y no la promoción del ataque a la competencia), no sólo resulta legítimo, sino incluso conveniente desde el punto de vista del aprendizaje social. Ésta puede ser una vía para que las sociedades tercermundistas interioricen el necesario respeto a la propiedad ajena.

b) MEJOR AYUDA, desligada de intereses comerciales, orientada a los países más pobres y coherente con los Objetivos del Milenio.

Esto no tiene ningún sentido. Se insta, simple y llanamente, a las malas y alocadas inversiones. La mejor ayuda no es aquella que, una vez invertida, dejará de ser útil, sino aquella que seguirá siendo rentable. ¿Qué clase de inversión es aquella cuya producción resulta inservible? ¿Así queremos contribuir al desarrollo del Tercer Mundo?

Imaginemos que las ayudas se dirigen a invertir en la producción de pescado cuando, por los precios internacionales, parece claro que el pescado que obtendremos tras la inversión no podrá ser vendido (esto es, desligamos la inversión de intereses comerciales) Si ello es así, ¿de qué servirá a los individuos un pescado que no puedan vender? Y cuando señalo que no lo podrán vender, ello incluye también a sus compatriotas, quienes podrían adquirir el pescado a un precio mucho más reducido en el mercado internacional.

En otras palabras, este principio incita a la mala inversión consciente. A dilapidar nuestro dinero.

c) MÁS COHERENCIA en las diferentes políticas de nuestros gobiernos para que todas ellas contribuyan a la erradicación de la pobreza.

Este es un principio vacío. No explica, nuevamente, en qué consiste esa coherencia ni como debería llevar a erradicar la pobreza. Como declaración de intenciones puede ser llamativa, pero su plasmación práctica es nula.

Por otro lado, sí quiero apuntar lo que he señalado al principio; por ahora todo este entramado está sirviendo para ampliar el poder discrecional de los gobiernos y para desviar la atención de los auténticos problemas.

d) CANCELAR LA DEUDA IMPAGABLE: los países ricos, el Banco Mundial y el FMI deben cancelar el 100% de la deuda de los países más pobres.

Este es un punto ciertamente interesante. Debemos tener presente que las deudas se han contraído entre Estados. Los Estados occidentales han prestado el dinero de sus ciudadanos a gobiernos tercermundistas que han endeudado el dinero de sus ciudadanos. En principio no hay nada que objetar al hecho de que los ciudadanos del Tercer Mundo se nieguen a devolver una deuda que no han contraído voluntariamente. Pero ello no debe llevar a, como ya están sugiriendo ciertos políticos, recapitalizar el FMI y el BM a través de los impuestos de los contribuyentes occidentales. Si de algo nos ha de servir semejante experiencia es que los préstamos entre gobiernos deben terminar de una vez por todas. Ni unos ni otros tienen capacidad para endeudar a sus respectivos ciudadanos.

El hecho es que los créditos estatales, al igual que las transferencias, suelen incentivar aquellos comportamientos destinados a conseguir nuevos créditos y, claro está, tales comportamientos tienen bien poco que ver con el desarrollo y la prosperidad. Condenar la deuda puede ser útil y justo, siempre y cuando se adopten las contramedidas que imposibiliten la incursión en nuevas deudas. En caso contrario, sólo proporcionaríamos recursos y capacidad expoliadora a ciertos regímenes políticos a costa de los contribuyentes occidentales.

Por otro lado, el saldo de los acreedores puede y debe acometerse a través de la total liquidación de los activos del FMI y del BM; tales instituciones deben desaparecer y no volver a crearse bajo ninguna circunstancia.

e) DEUDA POR DESARROLLO: invertir los recursos liberados por la cancelación de la deuda de los países empobrecidos para alcanzar los Objetivos del Milenio.

Como apuntaba, eliminar la deuda para incrementar el poder intervencionista del Estado es uno de los mayores errores que podríamos adoptar. Los recursos liberados por la deuda deben constituir recursos liberados para la sociedad; no tiene sentido que todo ello continúe engordando las arcas del Estado para incrementar su nivel de intervencionismo.

Si ello fuera así, la condonación de la deuda podría ser, incluso, perjudicial. El hecho de que se efectúe, hoy por hoy, una transferencia continua en concepto de intereses de los países pobres a los ricos permite a muchos gobiernos occidentales no incrementar los impuestos. Esto impuestos dejados de percibir se destinan, en alguna porción, a la inversión en el Tercer Mundo. Si la contrapartida de la eliminación de la deuda es recapitalizar el FMI e incrementar los impuestos para cubrir la partida de ingresos por intereses dejada de percibir, las sociedades, y los empresarios, occidentales dispondrán de menores recursos que poder invertir en el Tercer Mundo. El resultado de la eliminación de la deuda, paradójicamente, sería un incremento del tamaño de ambos gobiernos, el del Tercer Mundo y el de Occidente, lastrando enormemente el crecimiento en ambas zonas.

f) CAMBIAR LAS NORMAS DEL COMERCIO internacional que privilegian a los países ricos y a sus negocios e impiden a los gobiernos de los países empobrecidos decidir cómo luchar contra la pobreza y proteger el medio ambiente.

De nuevo estamos ante una propuesta vacía de contenido. No se especifica el modo en que las normas deben modificarse. Es obvio que hoy por hoy el comercio es injusto; los aranceles occidentales lo distorsionan enormemente e impiden la acumulación de capital en el Tercer Mundo. Desde esta perspectiva, sí deben modificarse las normas del comercio internacional.

Ahora bien, dudo mucho que esa sea la dirección propuesta por el colectivo Pobreza Cero, ya que en este caso, nada tiene que ver la capacidad gubernamental para expandir su intervencionismo y su regulación medioambiental.

Así, debemos tener claro que los gobiernos no pueden enriquecer al ser humano. Al incrementar su intervencionismo violentará la propiedad privada, desalentará la inversión occidental y malgastará su recaudación. Lo mismo podemos señalar en cuanto a la regulación medioambiental, que sólo supone un incremento de los costes para el empresario y, por tanto, resta atractivo a invertir en el Tercer Mundo.

Es más, no olvidemos que aún cuando consideráramos al gobierno tercermundista un sabio planificador que nunca yerra, debería, en todo caso, recurrir a créditos externos. Ya hemos dicho que la capacidad ahorradora de los países pobres es demasiado escasa como para promover una acumulación de capital suficiente para alcanzar estándares que actualmente consideramos "dignos". En ese sentido, aún cuando el gobierno expropiara a sus ciudadanos toda su riqueza (a excepción de un mínimo vital), semejante montante sería incapaz de proporcionar la acumulación de capital necesaria que empobrecería aún más el país (además, tal medida frenaría en seco las inversiones occidentales y provocaría una fuga de capitales, pues, ¿qué empresario occidental querría invertir en un país donde se expropia el 90% de la renta a sus individuos)

Y no creo que la experiencia reciente avale el endeudamiento de los gobiernos tercermundistas con los occidentales para desarrollar a sus sociedades. Carece completamente de sentido pedir la condonación de la deuda para reclamar que los gobiernos tercermundistas vuelvan a desarrollar las prácticas que les han conducido a la deplorable situación actual.

La condonación es positiva en tanto permite reducir la presión fiscal sobre los ciudadanos y los inversores extranjeros, pero no si se emprende para ampliar los poderes del Estado.

g) ELIMINAR LAS SUBVENCIONES que permiten exportar los productos de los países ricos por debajo del precio de coste de producción, dañando el sustento de las comunidades rurales en los países empobrecidos.

Este punto parte de una premisa errónea; lo que impide vender al Tercer Mundo sus productos no son las subvenciones, sino los aranceles. Las subvenciones no tienen por qué ser necesariamente malas para el Tercer Mundo (en todo caso sí para Occidente) ya que una reducción del precio de los alimentos en el mercado internacional enriquece al Tercer Mundo (si aquello que compro -alimentos- se vuelve más barato, soy más rico) En realidad, las subvenciones no serían más que una de las transferencias que Pobreza Cero tanto reclama (una transferencia, no obstante, a través del menor precio de los alimentos)

Las inversiones occidentales, aún con subvenciones, seguirían llegando y lo harían hacia producciones muy variadas (no necesariamente alimentarias) Las subvenciones tenderán a producir una especialización del Tercer Mundo en aquellos bienes no subvencionados (y es que no pueden subvencionarse todos los bienes: si una economía sólo tiene peras y manzanas, la subvención a las peras brotará de retirar recursos de las manzanas; para subvencionar a peras y manzanas los recursos brotarían de ambos grupos con lo que, al mismo tiempo que se daría dinero en forma de subvención, se quitaría en forma de impuesto)

El problema es que la Unión Europea no permite la entrada sin aranceles de esos bienes no subvencionados en los que podría especializarse el Tercer Mundo y, en ese sentido, reduce la inversión. No sólo eso, las subvenciones de la UE no se dirigen realmente a reducir el precio de los productos agrarios, ya que arbitra otros mecanismos (como eliminación de excedentes o su adquisición especulativa) para evitar que eso suceda.

En todo caso, a los altermundistas no debería preocuparles demasiado la subvención desde el punto de vista del desarrollo del Tercer Mundo a no ser que deseen que el Tercer Mundo se desarrolle a partir de productos agrarios, esto es, que en sus modelos de desarrollo esté implícita la exclusión del capital occidental. Si ello fuera así -como parece ser- esta petición para eliminar las subvenciones escondería intenciones ocultas de mucho peor pelaje.

Como ya hemos dicho, sin capital occidental (que se dirija a la producción textil, de balones, de automóviles…) los países tercermundistas no podrán conseguir un nivel de ahorro e inversión suficiente como para desarrollarse. Pretender que sólo vendiendo productos agrícolas el Tercer Mundo se va a desarrollar es una vana ilusión que podría convertirse en criminal en caso de que los gobiernos la impusieran como único camino para el crecimiento económico.

h) PROTEGER LOS SERVICIOS PÚBLICOS de liberalizaciones y privatizaciones con el fin de asegurar los derechos a la alimentación, y de acceso al agua potable y a medicamentos esenciales.

Es bastante absurdo creer que la privatización de un "servicio público" suponga una reducción de la calidad y abastecimiento de alimentos y agua potable. Más bien lo contrario parece ser cierto. Los gobiernos tercermundistas no tienen fondos ni capacidad suficiente para asegurar una gestión adecuada de semejantes servicios. De nuevo, debe ser el capital extranjero quien adquiera la propiedad de semejantes servicios y los gestione de manera conveniente para conseguir que llegue a todo el mundo y al menor coste. No deja de ser gracioso que este movimiento reivindique la propiedad pública del agua como garantía de su acceso y potabilidad cuando sólo hace falta observar las condiciones y accesibilidad del agua en los países pobres. El gobierno ni puede ni debe gestionar servicios esenciales; precisamente el hecho de que lo sean debería impulsarnos a todos a evitar que metiera el pie.

i) FAVORECER EL ACCESO A LA TECNOLOGÍA por parte de los países menos desarrollados, de acuerdo a sus necesidades, para que puedan disfrutar de sus beneficios.

De nuevo, el profundo desconocimiento de la teoría económica lleva a reclamaciones de este calibre. Socialistas e intervencionistas siempre han exaltado y magnificado a la diosa tecnología. Ésta es, en definitiva, la que nos ha sacado de la miseria más absoluta; el papel del empresario ha sido del todo pasivo, pues la importancia de su gestión se ve desplazada por el cambio tecnológico.

En este sentido cabe tener presente que sólo la actividad empresarial es capaz de generar avances ÚTILES para la sociedad. La tecnología y el avance científico puede ser importante desde un punto de vista abstracto, pero si su rentabilidad es escasa, resultará del todo insatisfactorio. Imaginemos que un científico descubre una máquina capaz de proporcionar alimentos de la nada; tal avance científico podría parecer del todo fundamental. Sin embargo, si para la construcción de semejante máquina la sociedad mundial debe renunciar (en concepto de costes de oportunidad) a todo tipo de bienes (salvo el alimento y el vestido) por un período de 10 años, evidentemente no será rentable por muy magnos que parezcan sus resultados.

La tecnología en abstracto no sirve para señalarnos que proyectos empresariales deben emprenderse y, por ello, el acceso a la tecnología sin una libre gestión empresarial no significa lo más mínimo.

Pero además, nuevamente, el factor esencial que los altermundistas de Pobreza Cero están olvidando es que la tecnología se implementa en forma de capital. Y, así, volvemos a lo de siempre. Si no dejamos al capital occidental entrar libremente en el Tercer Mundo, se podrá tener un increíble acceso a la tecnología, pero no podrá plasmarse en máquinas y bienes concretos. La tecnología es una información acerca de una determinada organización empresarial más eficiente que permite reducir costes, pero esa información tiene que poder implementarse y sin ahorro occidental ello es del todo inviable.

Conclusión

Como hemos visto, las recetas que los altermundistas de Pobreza Cero proponen son del todo ineficaces. Se basan en una simple declaración de intenciones más que en una reflexión económica sobre las implicaciones de sus medidas.

Aún así, no todas sus propuestas son negativas. Es necesario un comercio más justo sin aranceles, es decir, un comercio libre (de hecho, al final del documento denuncian que las barreras arancelarias cuestan a los países en desarrollo 100.000 millones de dólares anuales, el doble de lo que reciben en concepto de ayuda), la condonación de una deuda ilegítima, acompañada del cierre de las instituciones internacionales que la promocionaron y eliminar las subvenciones que distorsionan la estructura productiva internacional.

Pero, por desgracia, Pobreza Cero olvida otros principios tan o más fundamentales que los anteriores: la limitación del poder de los gobiernos tercermundistas, la libre entrada de capitales y, en definitiva, el respeto a la propiedad privada.

Podemos eliminar aranceles, condonar deudas y suprimir subvenciones, pero sin el necesario respeto por la propiedad privada, el Tercer Mundo nunca se desarrollará. De hecho, si lo pensamos un momento, ésta parece haber sido la característica distintiva entre los países asiáticos y los africanos. En Asia la institución de la propiedad privada se ha ido consolidando y, con ella, la posibilidad de invertir y de recuperar el fruto de la inversión.

Cuanto más tardemos en reconocer este principio más tardará el Tercer Mundo en emprender la senda de la prosperidad, lo cual significa una innecesaria pérdida de tiempo y un injustificable sacrificio de vidas humanas.

La pelota está en el tejado de los altermundistas; si realmente están preocupados por el Tercer Mundo deben abrazar de una vez por toda la libertad de mercado. En caso contrario, que reconozcan que la simpleza de sus ideas sólo tiene como finalidad explotar la deplorable imagen de la pobreza y de la muerte para incrementar los poderes del Estado; que reconozcan que la vida humana les importa tan poco como la libertad que continuamente vilipendian.

9 de Junio de 2005

Identidad y diversidad, por Erik von Kuehnelt-Leddihn

Procedo a publicar el primer capítulo del primer libro de Leftism Revisited. Por su especial interés, el otro día publiqué el cuarto; nuevamente posee un enorme interés. No será muy sencillo localizar algunos paralelismos con la situación actual de España, sobre todo en cuanto al "talante pluralista y multilateral" que sólo esconde unos profundos deseos uniformizadores, así como en el tema de los nacionalismos identitarios. Recordemos que para Kuehnelt-Leddihn el nacionalismo es de izquierdas, pues tiene un fuerte componente igualitarista, racial y étnico. El patriotismo, en cambio, es de derechas, pues el individuo está orgulloso de pertenecer a una comunidad (que no necesariamente estructura política) donde conviven diversas y variadas culturas que, no obstante, se interrelacionan (por ejemplo a través del mercado).

También quiero reseñar, ahora que he releído el texto para traducirlo, las semejanzas de un párrafo de Kuehnelt-Leddihn (Estos sentimientos profundos y, a menudo, secretos descansan sobre la premisa de que todas las cosas buenas de este mundo son finitas.) con la teoría de la eficiencia dinámica del prof. Huerta de Soto, quien critica el paradigma paretiano por considerar que: La concepción estática hasta ahora dominante llevó casi de forma inexorable a concluir que, en cierto sentido, los recursos están dados y son conocidos, por lo que el problema económico de su distribución se consideró distinto e independiente del que plantea la producción de los mismos. En efecto, si los recursos están dados, posee excepcional relevancia el analizar de cómo deberán distribuirse entre los diferentes seres humanos, tanto los medios de producción disponibles como el resultado final de los diferentes procesos productivos. Por ello, precisamente si medios, fines y recursos no están "dados" (no son "finitos") sino que continuamente están creándose de la nada por parte de la acción empresarial de los seres humanos, es evidente que el problema ético fundamental deja de consistir en cómo distribuir equitativamente «lo existente», pasando a concebirse como la manera más conforme a la naturaleza humana de fomentar la coordinación y la creación empresarial.

En cualquier caso, otro capítulo muy interesante que, sin necesidad de estar completamente de acuerdo, es sin lugar a dudas tremendamente estimulante.


Identidad y diversidad


El Señor nuestro Dios
se deleita en la variedad


Herman Borchardt


Viéndolo desde un cierto ángulo, todos estamos expuestos a dos impulsos básicos: identidad y diversidad. Nunca en la vida de las personas ni en la historia de las naciones estos impulsos se dan con la misma intensidad ni con la misma proporción.

¿Cómo se manifiestan? Todos nosotros experimentamos la sensación durante la que deseamos estar en compañía de gente de nuestra edad, nuestra clase social, nuestro sexo, nuestras convicciones, nuestra religión o nuestros gustos. Con bastante probabilidad, compartimos este impulso hacia la conformidad con el mundo animal, dado que un fuerte impulso hacia la identidad es similar al instinto gregario, un fuerte sentimiento general hacia la comunidad que nos lleva a observar a los otros grupos con hostilidad. En las luchas raciales y las manifestaciones étnicas, este sentimiento colectivo se despliega con gran fuerza. El instinto conformista de la manada era, por ejemplo, el motor que había detrás de las organizaciones gimnásticas nacionalistas de alemanes y eslavos, que acapararon un gran potencial durante la primera mitad del siglo. Cuando uno observa a cinco o diez mil hombres y mujeres vestidos de manera totalmente idéntica y realizando los mismos movimientos, uno se ve azotado por una abrumadora impresión de homogenidad, sincronización, simetría y uniformidad.

La identidad y sus impulsos tienden a borrar a uno mismo, tienden hacia un "nostrismo" (usness) en el que el ego queda sumerguido. Por supuesto, el nostrismo (término creado por el nacional-socialista austriaco Walther Pembaur) puede y normalmente es una inteligente multiplicación de egoísmos. Quien quiera que adore a una unidad colectiva en la que él mismo participa (una nación, una raza, una clase, un partido) tambiém se está adorando a él mismo. Y, por lo tanto, todo impulso hacia la conformidad se postula favorable no sólo hacia la similitud como opuesto a la diferencia, sino hacia el egoísmo. La homosexualidad tiene un aspecto de similitud en tanto rechaza establecer el, en ocasiones, díficil puente -intelectual, espiritual y psicológico- hacia el sexo contrario. En este sentido, la homosexualidad es una forma de narcisismo, de inmaduridad, que da cuenta de las limitaciones de los simplones.

Afortunadamente, el hombre en su madurez y en la cumbre de sus capacidades, tiene no sólo impulsos hacia la identidad, sino también hacia la diversidad, no sólo hacia el instinto gregario sino hacia el sentimiento romántico. Con frecuencia anhelamos departir con gente de otro sexo, de otro grupo de edad, de otra mentalidad, de otra clase social e, incluso, de otra fe o convicción política. Todas las variedades de curiosidad hacia lo nuevo -la impaciencia por viajar, probar otra comida, oir música diferente, contactar con otras culturas y civilizaciones- se deriva de una tendencia hacia la diversidad. Un perro no tiene ninguna ansia por viajar, ni siquiera se queja por comer siempre lo mismo. Los habitáculos de la hormiga y la termita pueden permanecer inalterados a lo largo de los siglos. Pero el deseo del hombre por el cambio ha generado la historia tal y como la conocemos. Hay algo en nosotros que no puede soportar la repetición. Este hambre por lo nuevo puede ser fatídica, claro está, si no se combina con un elemento de permanencia -y prudencia. En otras palabras, compartimos con las bestias los instintos para buscar la identidad con los otros; y nos convertimos en plenamento humanos en nuestro impulso y entusiasmo por la diversidad.

A pesar del peligro, todas las religiones teístas descansan directamente sobre este anheldo, este amor por lo ajeno. Aunque no suscribiría la máxima de Karl Barth Gott als der ganz andere (Dios como el que es absolutamente distinto), ningún teísta negaría la diferencia de dios. Hemos sido creados a Su imagen, pero ello no nos convierte en facscímiles de Dios. Esta es una de las razones por las que la Encarnación conmueve al hombre de una forma tan profunda; de ahí que el primer Concilio Ecuménico discutió con amargura acerca de la exacta naturaleza de Dios, de donde surgieron trágicas herejías y cismas.

Observando estos dos impulsos, identidad y diversidad (ambos tienen fundamentaciones psicológicas, pero sólo el último tiene un corte intelectual), debemos concluir que los tiempos modernos son más favorables al instinto gregario que a la diversidad. Esto podría no ser inmediatamente evidente, ya que de alguna manera parece más bien lo contrario: las ansias de viajar se satisfacen de manera más sencilla y en existe una mayor variedad de gustos y Escuelas en el arte. Pero en otros dominios de mayor importancia, la identidad ha sido adoptada en todos los sentidos, en parte por las pasiones (en su mayoría pasiones animales) y en parte por la tecnología moderna y los procedimientos para crear una nueva civilización. Aunque está de moda hablar hoy en día del pluralismo, de hecho, todas las grandes tendencias en la actualidad apuntan hacia el espectro de una terrorífica, enorme y lamentable conformidad.

En este sentido, identidad es una prima-hermana de la igualdad. Todo aquello que es idéntico es automáticamente igual. Dos monedas de cincuenta centavos procedentes de la misma emisión, no solamente son idénticas, sino también iguales. Dos monedas de veinticincos centavos son iguales a una de cincuenta, pero no son idénticas. La identidad es igualdad: es igualdad a un nivel superficial, una igualdad que no necesita una larguísima reflexión o una dolorosa y concienzuda investigación. Por lo tanto, todos los regímenes políticos o sociales que están inspirados en la idea de iguadad apuntarán casi inevitablemente hacia el concepto de identidad para dar satisfacción a su institno gregario; con la consecuente sospecha, si no odio, hacia todos los que se postulan como distintos o que se creen superiores.

Hoy prevalece un tipo de aburrida y animalística inculcación hacia la conformidad social (identidad) así como un impulso programado y fanático hacia esa misma dirección. Nietzsche se dio cuenta de ello, también Jacob Burckhardt. Su motor es el miedo, formado por un complejo de inferioridad y generador de odio, con la envidia como su hermano de sangre. Este miedo procede del hecho de sentirse inferior a otra persona (o a su situación); el odio es posible sólo a través de un sentimiento de desamparo ante una persona más poderosa. Un esclavo débil y cobarde puede temer y odiar a su maestre; el maestro, por el contrario, no sentirá odio sino más bien desprecio hacia su esclavo. Las personas que odian han cometido horribles y crueles actos (la venganza de los seres inferiores) a lo largo de la historia, mientras que el desprecio -siempre aparejado a un sentimiento de superioridad- rara vez ha dado lugar a la crueldad.

La demanda de igualdad e identidad surge, precisamente, para evitar este miedo, ese sentimiento de inferioridad. Nada es mejor, nadie es superior, nadie se siente desafiado, todo el mundo está seguro. Además, si la identidad, si la similitud ha sido conseguida, entonces, las acciones y reacciones de otras personas pueden ser anticipadas. De manera sorprendente, pero no desagradable, emerge un cálido sentimiento gregario de hermandand. Estos sentimientos -el rechazo a la calidad (que necesariamente diverge entre las personas)- explica muchas cosas en relación con el espíritu de los movimientos de masas de los últimos dos siglos. Simone Weil nos dijo que el "Yo" viene de la carne, pero el "nosotros" del diablo.

El otro factor de la identidad es la envidia. La envidia tiene unas raíces psicológicas muy complejas. Subsiste, en primer lugar, el curioso sentimiento de que cualquier cosa que tenga una persona ha sido de alguna manera sustraída de otra persona: "Soy pobre por el es rico". Estos sentimientos profundos y, a menudo, secretos descansan sobre la premisa de que todas las cosas buenas de este mundo son finitas. En el caso del dinero, o incluso de la tierra en propiedad, esto podría tener alguna verosimilitud (Así se explica la enorme envidia de los campesinos por los activos de otro). Esto, sin embargo, es a menudo inconscientemente extendido a otros valores que no son finitos. Isabel es bella, Eloísa fea. No obstante, la belleza de Isabel no es resultado de fealdad de Eloisa, ni la inteligencia de Bob consecuencia de la estupidez de Tim. La envidia a menudo utiliza un argumento estadístico: No todas nuestras hermanas pueden ser bellas; no todos nuestros hermanos pueden ser inteligentes. ¡El destino me ha discriminado!

El segundo aspecto de la envidia se basa en la superioridad de otra persona en otras materias. Una irascible envidia aparece por la mera soschea de que otra persona se siente superior en su aspecto, cerebro, fuerza, dinero o cualquier cosa. La única manera de compensarlo es encontrar en el objeto de envidia cualidades inferiores: "Es rico, pero malvado". "Es un triunfador, pero su familia vive miserablemente" Las carencias de la persona envidiada sirven como consuelo: y en ocasiones sirven como excusa para atacar, especialmente si se trata de carencias morales.

En los últimos dos siglos, la explotación de la envidia -y su efervescencia entre las masas- emparejado con el desprecio a los individuos, pero, incluso con más frecuencia, a las clases, razas, naciones o comunidades religiosas, ha sido la clave para el éxito político. La historia de Occidente desde finales del siglo XVIII no puede entenderse sin esta constante en nuestra cabeza. Todos los ismos izquierdistas han insistido en estos tópicos: el privilegio de algunos grupos, objetos de envidia, y, al mismo tiempo, su inferioridad intelectual o moral. No tienen derecho a su preeminente posición, aseguran los hipócritas. Ellos deberían adaptarse, ser idénticos al "pueblo", renunciar a sys privilegios, conformarse. Si utilizan otro lenguaje, deberían abandonarlo en favor de la lengua común. Si son ricos, sus riquezas deberían ser gravadas con impuestos o confiscadas. Si siguen una ideología impopular, deberían renunciar a ella. Todo aquello especial, esotérico, que no pueda entenderse con facilidad por la mayoría, deviene sospechoso y maligno (como, por ejemplo, el cada vez más abundante arte moderno y "antidemocrático"). Una clase de minoría impopular, que no puede adaptarse y, por lo tanto, está siempre en peligro de ser exiliada, surpimida o masacrada, es la minoría racial.

Dado que -como siempre- la hipocresía es el cumplido del vicio hacia la virtud, la poco estética exhortación hacia la envidia nunca se efectuará públicamente. Las personas o grupos inconformistas, opositores del sagrado principio de la identidad, serán, en cambio, tratados como traidores, y si no es un traidor, desde luego, la mayoría envidiosa le impulsará a serlo (En 1934 algunos judíos alemanes intentaron formar un grupo nazi por su cuenta; ingenuamente consideraron el antisemitismo como una fase preclusiva. Pero ¿puede alguien imaginarse un judío alemán en 1943 que no implorara la victoria aliada? Fueron forzados en esa dirección)

Por lo tanto, ser indiferencia significa ser tratado como, o convertirse, en un traidor. Incluso si la formula, no-conformista/traidor, es expuesta abiertamente, con frecuencia merodea en el fondo de la mente del hombre moderno, abrece o no de manera pública el totalitarismo. ¿Cuánta gente que sinceramente rechaza todos los credos totaliarios suscribiría la famosa frase de San Esteban, Rey de Hungría, quien escribió en su testamento a su heredero San Emerico: "Un reino con solo una lengua y una costumbre es un cosa frágil y estúpida"? Unidad y uniformidad se han fusionado en nuestras mentes.

El encanto moderno por la similitud ha sido estimulado no sólo por la tecnología que produce objetos idénticos (un tipo de coche poseído por medio millón de personas "corrientes"), sino también por la subconsciente comprensión de que similitud está relacionado con simplicidad, y ello lo hace más inteligible para la mayoría, especialmente para las mentes más estrechas. Leyes idénticas, medidas idénticas, lenguaje idéntico, moneda idéntica, educación idéntica, niveles intelectuales idénticos, poder político idéntico (una persona, un voto), idéntico o cuasi-idéntico ropaje (los vaqueros azules maoístas) -todo ello parece altamente deseable. Simplifica las cuestiones. Es más económico. Para algunas mentes resulta incluso "más justo".

Pero todas estas tendencias identitarias se enfrentan con dos obstáculos: la naturaleza y el hombre (quien es parte de la naturaleza) De los dos, la naturaleza puede de manera más sencilla adaptarse a los patrones identitarios mediante el esfuerzo humano, tal como atestiguan algunos tipos de jardinería o montes que han sido nivelados. Pero hacer encajar al hombre en un molde idéntitario es una tarea más complicada, aunque no del todo desesperante para aquellos que alegremente declaran que "todos los hombre son iguales" y "todos los hombres tienen más similitudes que diferencias". Todo ello recuerda a Procrusto, el legendario ladrón y sásico griego, quien colocaba a sus víctima en una cama: los que eran demsiado cortos eran estirados y torturados hasta que encajaban, los que eran demasiado largos eran recortados para que cupieran. Procrusto es el precursos de la tiranía moderna.

Sin embargo, inevitablemente, al nivelador se le opone el misterio de la personalidad. Los seres humanos son distintos. Tienen distintas edades, distintos sexos; distinta fuerza física, inteligencia, educación, ambición. Tienen distintos caracteres, distintas diposiciones, distintas clases de memoria; reaccionan de manera diferente a un mismo trato (todo ello se enfrenta con el nivelador) Mientras que el zapatero asume la diversidad como algo natural, se convierte en un dolor de cabeza para el productor en masa de zapatos. Natural para las institutrices o los padres, se puede convertir en un problema insoluble para el profesor en una gran clase. En efecto, los grupos grandes tienden a abandonar parte de su personalidad. El hombre masa tiende a pensar, actuar y reaccionar en sincronía con la multitud (un fenómeno que podría tener una explicación científica)

Precisamente, en este momento, porque la identidad humana es difícil de conseguir, un pobre sustituto ha sido generalmente utilizado. El sustituto es la igualdad -y es igualmente ineficiente.

8 de Junio de 2005

Por un mercado de órganos

Dice Telecinco, en su superprogresista campaña "12 meses, 12 causas" que aunque España es un país que encabeza el ránking de donaciones de órganos, todavía hay más de 5.000 personas en lista de espera para recibir una donación. Razón no le falta. La carestía de órganos es un gravísimo problema generado por los políticos y sus absurdas leyes prohibicionistas.

La "cadena amiga", sin embargo, no saca las pertinentes conclusiones cuando ante la carestía "quiere concienciar al espectador acerca de la importancia de tomar la decisión de "regalar vida". ¿Por qué regalar? ¿Acaso los agricultores tienen que regalar "vida", esto es, su fruta, sus cereles, sus hortalizas (nuestro alimento y sustento)? ¿O más bien "venden" vida? ¿Por qué los propietarios de órganos, esto es, todos nosotros, no podemos así mismo "vender" vida? ¿Por qué se nos impide cobrar un precio por NUESTRA sangre o NUESTROS órganos? Otra de tantas prohibiciones moralizadoras del Estado carentes de sentido. Donar es bueno, pero vender malo; será que lo que se valora es la liberalidad y NO salvar la vida del paciente. Lo explico en Libertad Digital.

7 de Junio de 2005

Respuesta tardía a Nipho

Ya sé que hace bastante tiempo desde que ocurrió esta polémica, pero esperando a que contestara el verdadero interesado, me olvidé de los escuderos. Aún así, me he topado con unos comentarios de José María en los que aguardaba una respuesta mía y, ante su ausencia, sacó unas conclusiones un tanto equivocadas: La verdad es que esperaba alguna respuesta de Rallo matizando o explicando su post, quien parecía decir que no había querido decir lo que tú le imputas, aunque se podía interpretar que sí quería decir lo que parece decir, en fin espero entiendas lo que pretendo señalar. Su silencio es sospechoso de que metió la pata, en cuyo caso tengo que reconocer que debería excusarse o aclarar que se expresó mal, todo por permitir un ataque tan fuerte de tu parte.

Me explico; si "permití" un ataque "tan fuerte" fue por dos motivos: a) porque, en realidad, como el propio José María indica, en mi segundo artículo se hallan las respuestas a todas las acusaciones que Nipho lanza y b) porque no quería que una respuesta a Nipho librara al verdaderamente implicado de responder.

Pero como veo que ni una cosa ni la otra sirvieron para nada y, dado que soy consciente de que José María lee con cierta regularidad esta bitácora, varios meses después, retomo este agotado debate para efectuar unas matizaciones que considero pertinentes.

La discusión entre Enrique Gómez y un servidor transcurrió de la siguiente forma: 6 de febrero, el primer artículo de Enrique Gómez; 9 de febrero, mi primera respuesta; 28 de marzo, réplica genérica de Enrique Gómez; 29 de marzo, dúplica mía.

Pues bien, Nipho escribe su post el 1 de abril. En tal post se tacha alguna afirmación mía de falaz, engañosa y manipulador y, en los comentarios del mismo post, se dice que miento descaradamente y además de una manera, precisamente, tan tosca y se me acusa de utilizar una técnica totalitaria de engordar la propia mentira con la desproporción de lo abruptamente y exageradamente falso. ¿Razón de todo ello? Mi primera afirmación del 9 de febrero: Cuando un liberal defiende de manera insistente la nazionalización de un servicio deberían encenderse todas las luces de alarma. La reiterada petición de que el Estado nazionalice las redes de Internet, que algunos liberales se placen en capitanear, sólo puede ser calificada de mayúscula barbaridad. Obviamente, tal aseveración iba dirigida a Enrique Gómez y esto pareció molestar a Nipho.

El problema de todo ello es que Nipho apuntó en mala dirección y me cuesta creer que inconscientemente. Y es que, Enrique Gómez en su réplica genérica ya utilizó el argumento que luego recogería Nipho: El argumento utilizado consiste en afirmar que yo escribí en ese post algo así como que el Estado debe proveer obligatoriamente de redes de calidad a todos los ciudadanos y evitar así la libre competencia. Y eso es absolutamente falso, ya que en ese artículo lo único que proponía era que el Estado se abstuviera de cerrar las redes que se están creando. Y, por supuesto, en mi dúplica a Enrique Gómez YA me vi obligado a explicarme.

Desde luego, cuando vinculé a Enrique Gómez con la propuesta de nazionalizar las redes fue un error basado en confundir unas partes con otras, dentro del mismo todo (o de la misma matriz). En realidad, Enrique Gómez, en su primer post, no propuso una nazionalización de las redes, sino una masiva provisión pública de las mismas. Si bien, tampoco era necesario rasgarse las vestiduras, ya que un par de párrafos más abajo indicaba:Y aquí nos topamos con un problema típicamente político. Los lobbies empresariales asociados con el Estado restringen el mercado, incrementan los precios y reduciendo la cantidad producida. Enrique Gómez, como liberal, critica, obviamente, esta obstrucción política. De acuerdo, entonces, ¿cuál es la razón por la que debamos nacionalizar las redes? o, mejor dicho, ¿cuál es la razón por la que parte de las redes deban ser públicas? o también, parece que Enrique Gómez esté sugiriendo que todo el mundo quiere Internet y que los empresarios son incapaces de ofrecer esta infraestructura. Es decir, parece que, implícitamente, Enrique Gómez defienda la nazionalización, o provisión pública de parte de las redes, por el siempre recurrente sofisma de los bienes públicos.

Y, por supuesto, la segunda queja (que hubiera llamado a Enrique Gómez totalitario) caía por su propia base. De hecho, el párrafo conflicto comenzaba señalando Cuando un liberal defiende de manera insistente la nazionalización o también Enrique Gómez, como liberal, critica, obviamente, esta obstrucción política. A no ser que considere a los liberales totalitarios -y todavía no he desarrollado ese profundo autoodio- parece difícil que llamara totalitario, en el primer post.

La cuestión es que todo esto lo aclaraba en el segundo post, publicado el 29 de marzo. ¿Por qué Nipho omitió ese segundo post en su crítica del 1 de abril? Lo ignoro, aunque intuyo que no sería por desconocerla. ¿Razón? El post de Nipho empieza con un enlace a otro de José Carlos donde, precisamente, enlazaba mi segundo post. Así, pues, ¿por qué no atacó y enlazó Nipho mis argumentos previos que ya servían como respuesta a los suyos? Imagino que no sería por la misma mala fe y manipulación que me atribuía a mí.

Sin embargo, como también sostenía en ese segundo post, finalmente no terminé tan seguro de las intenciones de Enrique acerca de nazionalizar o no las redes de telecomunicaciones. Y es que cuando se afirman cosas como: Desde la óptica de un ciberpunk no hay muchas diferencias entre un socialista y un liberal, ya que ambos confían ciegamente en las instituciones, o, sobre todo, ahora podemos crear unas instituciones nuevas que nos ofrezcan más libertad, transformar las que ya existen o institucionalizarnos a nosotros mismos, las dudas son cuanto menos razonables. Recuerdo mi conclusión del segundo post: En realidad, cuando Enrique habla de "institucionalizarnos a nosotros mismos" se está refiriendo a sustraerse de instituciones vigentes, pues no cabe la posibilidad de que un individuo cree otras nuevas (...) Y éste es precisamente el punto más peligroso del artículo-respuesta de Enrique. Entre los sujetos capaces y legitimados para crear esas nuevas instituciones que barrerían a todas las anteriores se encuentran los Ayuntamientos y, por tanto, el Estado. Así, las instituciones "viejas" serían reemplazadas por las nuevas: el mercado -autosuficiencia cibernética- las empresas -comunas vecinales o locales- la propiedad -universalidad o propiedad pública de las redes dado su coste cero en uso- el derecho -es necesario crear normas específicas para las relaciones en Internet- el lenguaje -la jerga ciberpunk y el lenguaje informático- y el dinero -en caso de que existiera en esas comunas autosuficientes de vecinos o municipios sería una especie de dinero electrónico. No sé a ustedes, pero a mí me recuerda al maoísmo.

Y sí, aquí sí digo totalitarismo con todas las letras. Lo cual no equivale, para evitar posibles malentendidos, a señalar que Enrique Gómez defienda tal proyecto de creación y emancipación institucional de manera consecuente, sino que, tal como está expresado, sólo puedo extraer semejante conclusión.

Claro que, casi con total seguridad, Nipho no tenga en cuenta las conclusiones de un neocon salvaje como yo. Mis afirmaciones acerca de las instituciones suenan exageradas y preparadas ad hoc para meterle el dedo en el ojo a Enrique Gómez; incluso para defenderme malamente de una afirmación falsa que nunca debería haber realizado. Pues bien, no expondré mis propias conclusiones, sino las del maestro Hayek, un autor al que Nipho parece respetar y, para algunas cosas, seguir. Hasta el punto de afirmar, con bastante buen humor, que la inequívoca fuente de doctrina liberal (Hayek/Smith) de la que beben aquellos que defienden que la administración pública debe garantizar “el derecho público de acceso". Veámoslo.

Como también indiqué en mi segundo post, Hayek acusaba al individualismo creador de las instituciones de atomista. Esto señalaba Hayek en su famoso ensayo Individualismo, el verdadero y el faso: Esta segunda corriente de pensamientos, absolutamente diferente, también conocida como individualismo, está representada principalmente por pensadores franceses y europeos, un hecho que se debe -a mi entender- al papel predominante que tiene el racionalismo cartesiano en su composición. Los representantes más sobresalientes de esta tradición son los enciclopedistas, Rousseau y los fisiócratas; y, por razones que debemos considerar de inmediato, este individualismo racionalista tiende siempre a un desarrollo opuesto al señalado, específicamente hacia el socialismo o colectivismo. Debido a que sólo el primer tipo de individualismo es coherente, exijo que se le dé el nombre de tal; en cuanto al segundo tipo, probablemente debe ser considerado como una fuente del socialismo moderno, tan importante como las teorías colectivistas propiamente tales.

¿Qué propone esta segunda corriente de pensamientos? Sería interesante investigar más adelante el desarrollo de este individualismo del contrato social o las teorías "estructurales" de las instituciones sociales, desde Descartes pasando por Rousseau y la Revolución Francesa hasta lo que todavía es la actitud característica de los ingenieros sociales. Dicho esquema demostraría cómo el racionalismo cartesiano constantemente ha probado ser un serio obstáculo para la comprensión de los fenómenos históricos y que es el principal responsable de la creencia en las leyes ineludibles del desarrollo histórico y del fatalismo moderno derivado de esta creencia(...) Mientras las teorías estructurales conducen necesariamente hacia la conclusión de que los productos sociales pueden ser hechos para servir a los propósitos humanos solamente si están sujetos al control de la razón humana individual, conduciendo de esta forma directamente al socialismo, el verdadero individualismo sostiene que, si se les deja libres, los hombres lograrán con mayor frecuencia más de lo que la razón humana individual pudiera idear o prever.

Siguiendo este camino, en la Contrarrevolución de la Ciencia afirma: Desde la creencia de que nada que no haya sido diseñado conscientemente puede ser útil, y mucho menos esencial, para los propósitos del hombre, es fácil la transición hacia la creencia de que, puestos que todas las instituciones han sido creadas por el hombre, está en nuestra mano poder rediseñarlas como deseemos. En este momento, introduce una nota al pie donde señala: Menger, en relación con esto, habla acertadamente de "un pragmatismo que, en contra de los deseos de sus representantes, conduce inevitablemente al socialismo". Hoy este enfoque es frecuente en obras de los institucionalisas americanos.

Por ahora parece evidente que Hayek no estaría muy de acuerdo con la propuesta de Enrique de crear unas instituciones nuevas que nos ofrezcan más libertad, transformar las que ya existen o institucionalizarnos a nosotros mismos. Es más, siguiendo a Menger la tacharía de socialista. Pero continuemos con el maestro austriaco: Fenómenos como el lenguaje, el mercado, el dinero o la moral no son realmente artificios o productos de una creación deliberada. No sólo no han sido diseñados por ninguna mente, sino que su persistencia y funcionamiento dependen de las acciones de gentes que no están impulsadas por el deseo de preservarlos. Y, puesto que no son fruto de ningún plan o diseño sino de acciones individuales de las que no poseemos hoy el control, al menos no deberíamos dar por hecho que podemos igualar, incluso mejorar, su funcionamiento por medio de organizaciones que dependan de un control deliberado de los movimientos de sus partes.

Y todo esto lleva, según Hayek, a la paradoja de los colectivistas (pero que también es reversible para los individualistas radicales que se creen capaces de crear las instituciones): Aún más significativa que la inherente debilidad de las teorías colectivistas es la extraordinaria paradoja de que, a partir de la afirmación de que la sociedad es en cierto sentido algo más que la suma de todos los individuos, sus defesores, mediante una especie de pirueta intelectual, llegan a la tesis de que, con el objeto de salvaguardar su coherencia interna, esta entidad más extensa debe someterse a un control consciente, es decir, al control de lo que en última instancia debe ser una mente individual. De este modo, resulta que en la práctica es el teórico colectivista quien ensalza la razón individual y exige que todas las fuerzas de la sociedad se sometan a la dirección de una sola mente genial.

El problema, precisamente, es el que denuncié en mi segundo post: Este es el proyecto visionario de unos pocos que creen posible emplear la coacción del sector público para imponer su estándar óptimo de sociedad; para crear, en definitiva, unas nuevas instituciones. Y este punto genera más que evidentes conflictos con el ideario liberal. Quizá, por ello, los ciberpunks hayan empezado a renegar de tal calificativo. Si el liberalismo es igual al socialismo y los ciberpunks se caracterizan como un movimiento pionero en la emancipación y creación institucional, ¿no estamos regresando al rancio racionalismo cartesiano que el propio Hayek nunca se cansó en criticar? No olvidemos que la famosa distinción hayekiana entre liberalismo anglosajón y francés, el primero sano y el segundo de corte socialista, residía, precisamente, en el papel de la razón y en el grado de respeto a las instituciones. E insisto, tanto más preocupante será este proceso de emancipación institucional cuando uno de los principales encargados de realizarlo, para garantizar ¡la igualdad de oportunidades!, es el Estado y la administración.

Por tanto, no creo que ni del primer post pudiera deducirse que hubiera acusado a Enrique Gómez ni de querer nazionalizar las redes (si bien es cierto que el primer párrafo era desacertadamente ambiguo) -y sí de defender la provisión pública de la misma- ni, mucho menos, de totalitario -baste resaltar que el verbo nazionalizar lo pongo siempre con z por motivos obvios, vaya emparejado con Enrique o no. Además, los no muy agradables ni amigables calificativos que me dedica Nipho podrían haberse completado, en su momento, con una respuesta a mi segundo post que, repito, desconozco el motivo de por qué no fue enlazado cuando era anterior y daba prácticamente respuesta al suyo. De la misma, el segundo artículo de Enrique Gómez es manifiestamente peor que el primero e introduce, ahora sí, expresiones e intenciones totalitarias que, para no realizar un injusto juicio de intenciones, prefiero limitar a una mala expresión de ese texto (y no a las intenciones de fondo de Enrique)

Y, por último, reitero que si en su momento no ofrecí respuesta fue por los motivos ya expuestos: a) confiaba en que Nipho leyera el segundo post y b) prefería mantener un debate más de fondo con Enrique y no uno accesorio y prescindible sobre las formas con Nipho. Pero dado que ni a) ni, lamentablemente, b) han tenido lugar -y ante el error de José María al que torpemente contribuí con mi pasividad- lanzó, más de dos meses después, la pertinente respuesta.

6 de Junio de 2005

Derecha e Izquierda, por Erik von Kuehnelt-Leddihn

Dice Bob Wallace que si me forzaran a elegir un libro que tuviera que leer una y otra vez, éste sería sin duda. Se refiere, no a la Acción Humana, al Man Economy and State o al Capitalism de Reisman, monumentales Tratados de la Escuela Austriaca, sino a Leftism Revisited de Erik von Kuehnelt-Leddihn, un enciclopédico tratado sobre la filosofía y la historia de la izquierda. Desgraciadamente, el libro es bastante difícil de encontrar; actualmente quedan cuatro de segunda mano en Amazon. Kuehnelt-Leddihn ha sido, en muchos sentidos, el inspirador intelectual de las teorías de Hans-Hermann Hoppe; si bien debo señalar que las de Hoppe se apartan con algún error de las de Kuehnelt-Leddihn.

Dada esta dificultad de encontrar el libro y su enorme contenido intelectual, traduzco el capítulo 4 del libro I -La mente izquierdista- que se titula Derecha e Izquierda. Aunque en ciertos aspectos no coincida con el autor, sí me parece de una trascendencia e importancia notable para el desarrollo del pensamiento liberal y de la lucha política diaria. No en vano, una de las cuestiones más controvertidas es la definición de izquierda y derecha y, no en vano, ante la imposibilidad de definirlas los liberales muchas veces hemos modificado la nomenclatura (liberticidas y liberales, intervencionistas y capitalistas, estatalistas y antiestatalistas...) La propuesta de Kuehnelt-Leddihn recoge la sabiduría popular del lenguaje, institución evolutiva y espontánea que, como decía Cicerón, acumula el conocimiento de miles de personas de distintas épocas, y desarrolla coherentemente su definición actual. Además en el texto habla sobre asuntos tan polémicos como el franquismo y los nacionalismos periféricos españoles.



Derecha e Izquierda


El sabio tiene el corazón a la derecha,
el necio tiene el corazón a la izquierda.

Eclesiastes, 10, 2


Gran parte de la confusión semántica en el vocabulario empleado en el mundo occidental (si bien no siempre en los EEUU) ha sido ya aclarado en las páginas precedentes. Ahora vamos a lidiar con una necesaria definición que no tiene una acepción universal, la definición de los términos derecha e izquierda.

Si existiera una definición que funcionara, o si pudiéramos omitirlas, no habría ningún problema. Por otro lado, sin embargo, pueden ser muy útiles, ya que, como etiquetas a mano, a menudo pueden simplificar realmente las cuestiones.

Derecha e izquierda se han usado en Occidente desde tiempos inmemoriables con unos significados concretos; derecha tiene una connotación positiva e izquierda una connotación negativa. En todas las lenguas europeas (incluyendo el húngaro y el eslavo) derecha se ha relacionado con "derecho" (ius), con corrección (rightly), legitimidad (rightful) -en alemán gerecht (justo), en ruso pravo (ley) y pravda (verdad). La izquierda, por otro lado, es gauche en francés, que también signfiica torpe, lerdo (en búlgaro, levitsharstvo). La palabra italiana sinistro pueden significar izquierda, desafortunado o calamitoso. La palabra inglesa sinister puede significar izquierda o amenazante. La húngara derecha es jobb, que también significa mejor, mientras izquierda (bal) se usa en los nombres compuestos con un sentido negativo: balsors es infortunio. El mismo sentido prevalece en el sánscrito (daksina, vamah) y en el japonés (hidarimae, que significa "en frente de la izquierda" o adversidad)

En las lenguas bíblicas, los justos en el Día del Juicio Final estarán a la derecha, y los condenados a la izquierda. Cristo se sienta ad dexteram Patris, tal como sentencia el Credo niceno. En Inglaterra, prevalece la costumbre de situar los sillones en apoyo del gobierno al lado derecho del Parlamento y la oposición en el izquierdo. Y cuando se vota en la Sala de los Comunes, los votos afirmativos pasan por el pasillo derecho detrás del orador mientras que los votos negativos por el pasillo izquierdo (Y son recontados por cuatro miembros que informan al orador del resultado) Por tanto, en la madre de los parlamentos, derecha e izquierda implican afirmación y negación respectivamente.

En el Continente, donde la mayoría de los Parlamentos, empezando por el francés, tienen forma de herradura (en lugar de mirarse los unos a los otros), los partidos conservadores se sientan a la derecha, normalmente al lado de los liberales, luego vienen los partidos del centro (que normalmente poseen la llave en la formación de los gobiernos) seguidos por los "radicales", y finalmente los socialistas, socialistas independientes y comunistas.

En Alemania, después de la Primera Guerra Mundial, los Nacional Socialistas, por desgracia, se sentaron en la extrema derecha como consecuencia de la simpleza mental de la gente de asociar nacionalismo con derechismo, e incluso con el conservadurismo -una idea grotesca si uno recuerda el antinacionalismo (anti etnicismo) de los Metternich, de las familias monárquicas y de los ultraconservadores europeos. El etnicismo (nacionalismo), además, fue un subproducto de la Revolución Francesa (como lo fue el militarismo) El nacionalismo (tal como el término se entiende en Europa, si bien no en América) es, antes que nada, identitario, una manera de conformidad, mientras que el patriotismo no lo es. En Centroeuropa el nacionalismo tiene una connotación puramente étnica e implica un exagerado entusiasmo por la cultura, el lengua, el folclore y los modos de vida. El patriotismo, por otro lado, da importancia al país. Un patriota estaría feliz si numerosas nacionalidades convivieran en su Tierra natal, cuya característica principal debería ser la variedad, no la uniformidad. Los nacionalistas son hostiles a todo aquello que no sea éticamente aceptable. Por tanto, el nacionalismo, tal como se entiende en el continente, es un hermano consanguíneo del racismo.

Esta mala colocación de los nacional-socialistas en el Reichstag ha dado lugar a una confusión semántica y lógica que empezó un tiempo antes. Los comunistas, socialistas y anarquistas se identificaban con la izquierda, los fascistas y nacional-socialistas con la derecha. Al mismo tiempo, era evidente que había un gran número de similitudes entre los nacional-socialistas, por un lado, y los comunistas por el otro. Esto dio lugar a la famosa e idiota fórmula: Nos oponemos a todo extremismo, venga de la izquierda o de la derecha. Es más, rojos y pardos son prácticamente idénticos: los extremos siempre se tocan.

Esta manera de pensar es increíblemente confusa: los extremos nunca se tocan. El frío extremo y el calor extremo, la lejanía extrema y la cercanía extrema, la extremada fuerza y la extremada debilidad, la velocidad extrema y la lentitud extrema, nunca se tocan. Nunca devienen iguales ni siquiera similares. Si se les preguntara a los pontificadores de los extremos qué entienden por derecha e izquierda, no serían capaces de analizar los términos de manera coherente. Sin convicción alguna, vendría a señalar que los reaccionarios -los fascistas, por ejemplo- son extremos. Si se le preguntara si la Repùbblica Sociale Italiana de Mussolini era un negocio reaccionario o izquierdista, refunfuñaría nuevamente acerca de los paradójicos extremos, añadiendo con certeza que la izquierda es colectivista y progresitas, y los comunistas "progresistas extremos". Si persistiera en este sin sentido, estaría bien informarle de que ciertas sociedades africanas primitivas, caracterizadas por un fuerte colectivismo tribal, no son demasiado "progresistas extremos". En este momento, la conversación, sin duda, terminaría.

El primer fallo con este débil razonamiento es la idea de que "los extremos se tocan"; el segundo es la falta de una clara definición de izquierda y derecha. En otras palabras, tanto lógica como semánticamente son claramente confusas. La lógica va más allá de nuestras malas interpretaciones, si bien claras definiciones pueden alcanzarse.

La derecha, en este sentido, es aquello auténticamente bueno (right) para el hombre, especialmente la libertad. Dado que el hombre tiene una personalidad, por ser un acertijo, una pieza de un puzzle que nunca encaja completamente en un dibujo del preestablecido orden social y política, necesita espacio. Necesita un cierto Lebensraum en el que puede desarrollarse, expandirse, en el que tenga un pequeño reino personal. L'enfer, c'est les autres. El infierno son los demás, decía Sartre, un existencialista pagano, al terminar su obra Huis Clos. La gran amenaza nos rodea. Con un Estado reforzado, un gobierno imprescindible, y -lo peor de todo- un colectivismo impuesto socialmente, nuestra libertad, nuestra personalidad occidental, nuestro crecimiento espiritual, nuestra auténtica felicidad está en juego.

Todos los grandes ismos revolucionarios de los últimos dos siglos han sido movimientos de masas contrarios a la libertad -aún cuando lo hicieran en nombre de la libertad-, de la independencia del ser humano. Esto se realizó en nombre de toda clase de altisonantes e incluso rastreros ideales: nacionalidad, raza, mejores estándares de vida, justicia social, seguridad, convicciones ideológicas, restauración de los derechos ancestrales o un mundo feliz para todos. Pero, en realidad, el motor de todos estos movimientos fue siempre la loca ambición de los intelectuales -aquellos dotados de una gran oratoria o expresión literaria- y la exitosa movilización de las masas a través de la envidia y la sed de venganza.

La derecha tiene que ser identificada con la libertad individual, no con una visión utópica cuya realización, cuando tal cosa es posible, requiere de un tremendo esfuerzo colectivo. Reclama formas de vida libres que emerjan orgánicamente. Y esto a su vez implica un respeto por la tradición. La derecha es verdaderamente progresista, a diferencia del utopismo izquierdista con su carencia de un avance efectivo, su casi inevitable demanda -como sucede en La Internacional- por barrer el pasado, du passé faisons table rase, o dylayem gladyuku doku iz proshlago. Si volvemos al punto cero, tendríamos que empezar de nuevo.

Bernardo de Chartres dijo que las generaciones eran como enanos sentados sobre hombros de gigantes, y por tanto capaces de ver más cosas que las que sus predecesores y a una mayor distancia. Casi todas las utopías, aunque futuristas en su temperamento, han implorado por regresar a la supuesta Edad de Oro, adornada con los falsos colores de un sueño romántico. Los auténticos derechistas no son hombres que quieren regresar a todo esto ni que luchan por el retorno; lo que quiere es encontrar lo que es eternamente cierto, eternamente válido, y luego restaurarlo o reinstaurarlo, sin considerar si parece obsoleto, antiguo, contemporáneo, novísimo o ultramoderno. Las antiguas verdades pueden ser redescubiertas, y otras completamente nuevas se pueden encontrar. El hombre de derechas no tiene una mente constreñida por el tiempo, sino una mente soberana. En caso de que fuera cristiano, aplicaría las palabras del Apostol Pedro, el administrador de la Basileion Hieráteuma, un sacerdocio real.

La derecha pide libertad, una forma de pensar libre y sin prejuicios; dispuesta a conservar los valores tradicionales (en tanto sean auténticos valores); con una visión equilibrada de la naturaleza humana, asumiendo que ni es un demonio ni un ángel, insistiendo en la particularidad de los todos los seres humanos que no puede moldearse ni ser tratada como un simple número o cifra. La izquierda es la abogada de los principios opuestos; la enemiga de la diversidad y una fanática propulsora de la identidad. La uniformidad se recalca como la utopía izquierdista, el paraíso en el que todo el mundo es igual, la envidia ha desaparecido, y el enemigo ha muerto, vive fuera del reino, o ha sido totalmente humillado. La izquierda aborrece las diferencias, las desviaciones, las estratificaciones. La única jerarquía que puede aceptar es funcional. La palabra "uno" es su símbolo: un lenguaje, una raza, una clase, una ideología, un mismo ritual, un único tipo de escuela, una ley para todo el mundo, una bandera, un escudo, un centralizado estado mundial. La izquierda es horizontal y colectivista, la derecha vertical y personalista. La palabra persona viene del etrusco phersú, máscara. La máscara representa el intransferible papel del actor. La persona es única e irremplazable. Izquierda y derecha son tendencias que pueden ser observadas no sólo en el espectro político, sino en muchas otras áreas del comportamiento humano. En lo relativo a la estructura del Estado, la izquierda cree en una fuerte centralización. La derecha, por otro lado, es federalista -en el sentido europeo-, defensora de los derechos estatales. Cree en los derechos locales y en los privilegios y defiende el principio de subsidiariedad. Las decisiones, en otras palabras, deberían tomarse en el nivel más bajo posible -por la persona, la familia, la aldea, el pueblo, la ciudad, el condado, el Estado federal y sólo finalmente en la cumbre, por el gobierno en la capital de la nación. La disolución de las gloriosas provincias francesas, con sus Parlamentos locales y su sustitución por pequeños departamentos, nombrados por sus características geográficas y totalmente dependiente del gobierno parisino, fue una medida típicamente izquierdista.

En lo relativo a la educación, la izquierda ha sido siempre estatista. Canaliza toda clase de agravios y animadversión hacia la iniciativa personal y la empresa privada. Posee la idea de que el Estado lo tiene que hacer todo, hasta que el final sustituye toda existencia privada, el Gran Sueño Izquierdista. Así, la izquierda tiende a tener escuelas local o estatales -o un ministro de Educación- y a controlar todos los aspectos de la educación. Así, por ejemplo, tenemos la famosa historia del Ministro francés de Educación que después de mirar su reloj y al momento el rostro de su visitante, exclama: En este momento, en 5431 escuelas públicas de educación elemental, están escribiendo un ensayo acerca de las maravillas del invierno. Las escuelas religiosas, las parroquiales, las privadas o los tutores personal, no están de acuerdo en mantener los sentimientos izquierdistas. Las razones son muy variadas. La izquierda no sólo se deslumbra por el estatismo, sino por la idea de uniformidad e igualdad -la idea de que todas las diferencias sociales en educación deberían ser eliminadas de manera que todos los alumnos tuvieran las mismas oportunidades de adquirir un mismo conocimiento, un mismo tipo de información, una misma tendencia, y en un grado idéntico. Así, todos podrían pensar de una manera idéntica o similar. Obviamente, esto es especialmente cierto en los países donde se promueve el democratismo -la democracia como ismo-, donde se dedican ingentes esfuerzos para ignorar las diferencias en IQ y en esfuerzo personal, donde las notas intentan ser eliminadas y donde la promoción para el curso siguiente se convierte en automática.

A la izquierda no le gusta la religión por una gran variedad de razones. Su ideología, su omnipotencia; todo Estado con vocación de impregnarlo todo necesita una sumisión completa. Y la religión, por supuesto, requiere sumisión a Dios y, en algunas ocasiones, a la Iglesia. La izquierda se relaciona con la religión de dos maneras divergentes. Una es a través de la separación Iglesia-Estado, que elimina la religión de la plaza pública e intenta atrofiarla al no permitirle existir en ningún lugar más allá de los recintos sagrados. La otra es transformando la religión en una jerarquía absolutamente controlada por el Estado, asfixiándola -más que matándola de hambre- hasta la muerte. Los nacional-socialistas y los soviéticos usaron el primer método, Checoslovaquia el segundo.

Pero el sesgo antirreligioso de la izquierda descansa no sólo en su anticlericalismo, anti-Iglesia, y su oposición a la existencia de otro cuerpo, otra organización dentro de las fronteras estatales; su odio procede no sólo de los celos, sino sobre todo del rechazo a un ser sobrenatural, a un orden espiritual. La izquierda es básicamente materialista.

El Estado providencia, el Estado servil de Hilaire Belloc, es obviamente una creación de la mente izquierdista. No debería ser llamado Estado de Bienestar, ya que, después de todo, cualquier Estado existe para el Bienestar de sus ciudadanos. Alexis de Tocqueville, en su Democracia en América, anticipó con gran precisión la posibilidad, mejor, probabilidad de que el Estado democrático evolucionara de un modo totalitario hacia el Estado providencia. En este Estado, dos deseos izquierdistas encuentran satisfacción -la extensión del gobierno y la dependencia del individuo del Estado, que controla su destino desde la cuna a la sepultura. Todos los aspectos del ciudadano -su nacimiento y su muerte, su matrimonio y su renta, su enfermedad y su educación, su entrenamiento militar y su mudanza, su estado real y sus viajes -todo es conocido por parte del Estado.

En la práctica, claro está, hay excepciones a esta regla, porque el izquierdismo es una enfermedad, una ideología, que no necesariamente se propaga de una manera coherente y sistemática. Aquí y allá hay manifestaciones aisladas que pueden aparecer en campo contrario. La España baja la dictadura franquista, por ejemplo, tenía parcialmente un carácter izquierdista, como era sus tendencias centralizadoras, sus restriccioens a otras lenguas más allá del castellano, el monopolio de los sindicatos estatales y la censura.

En relación con los dos primeros errores -las tendencias izquierdistas son errores- conviene recordar los efectos de la historia española reciente. Los nacionalismos catalán, vasco y gallego tenían unos componentes radicalmente izquierdistas -dado que el nacionalimo, en el sentido europeo, es izquierdismo- cuando se opusieron a la centralización castellana. De esta manera, en Madrid, casi todos los movimientos defensores de los derechos locales y de los privilegios, ya fueran políticos o étnicos, eran sospechosos de izquierdismo, enemigos del régimen y hostiles a la unidad de España (España es ¡Una, Grande y Libre!). Extrañamente -aunque comprensible para cualquier con un buen conocimiento de la historia española- la extrema derecha en España, representada por los carlistas y no, como popularmente se cree, por los falangistas, era federalista (localista y anticentralista) en el sentido europeo. Los carlistas se opusieron, igualmente, a las tendencias centralizadoras de Madrid. Cuando en 1964 el gobierno central intentó cancelar los privilegios (los fueros) navarros, los carlistas amenazaron con rebelarse, provocando la rápida marcha atrás del gobierno quien declaró que todo había sido un malentendido.

Todos los movimientos conservadores en Europa son federalistas y se oponen a la centralización. Por ello, irónicamente, encontramos en Cataluña un deseo por la autonomía y el cultivo del catalán tanto entre la extrema derecha como entre los izquierdistas. Los famosos anarquistas catalanes siempre defendieron la autonomía, pero formalmente el anarquismo ha sido un curioso mixtum compositum. Mientras que los objetivos últimos del anarquismo son izquierdistas, socialistas en esencia, su temperamento es de derechas. Gran parte del comunismo actual en Italia y España es sólo una forma popularmente malinterpretada de anarquismo. Por otro lado, es significativo que en 1937 se abriera una guerra sin cuartel en Barcelona entre comunistas y anarquistas. Fueron, además, los anarquistas quienes resistieron en Rusia frente a los comunisas durante más tiempo que cualquier otro grupo, hasta 1924 donde fueron literalmente exterminados en las prisiones y los campos de concentración soviéticos. Toda esperanza en domesticarlos había desaparecido.

O tomemos el régimen Metternich en Centroeuropa. Básicamente tenía un carácter de derechas, pero aunque nació con una conciente oposición a la Revolución francesa, había aprendido -como trágicamente suele suceder- demasiado de tu enemigo. Es cierto, nunca devino totalitario, pero asumió características autoritarias y aspectos que no eran otra cosa que izquierdistas, como un sistema policial basado en el espionaje, los chivatos, la censura y el control en cualquier dirección. Incluso cuando Sir William Wilde, padre de Oscar Wilde, estudió en Austria en 1840, consideró que era un país superior a Inglaterra en muchos sentidos, especialmente el educativo.

Algo similar sirve para el maurraismo, que es una curiosa mezcla de ideas izquierdista y derechistas, caracterizado por unas profundas contradicciones internas. Charles Maurras era, al mismo tiempo, monárquico y nacionalista. Ello a pesar de que la monarquía es básicamente una institución supranacional. Normalmente, la esposa del monarca, su madre, y las mujeres de sus hijos son extranjeras. Con dos excepciones -Serbia y Montenegro- todas las casas reales europeas que subsistían en la Europa de 1910 eran extranjeras en su origen. En fuerte contraste, el nacionalismo es populista, y la Constitución republicana arquetípica impone que el presidente sea un nativo del país. Maurras indudablemente tenía ideas brillantes, y más de un europeo se las ha tomado prestadas. Pero no fue de ninguna manera accidental que colaborara con el nacional-socialismo alemán cuando ocupó su país. Tampoco fue cristiano durante la mayor parte de su vida, si bien retornó a la fe un poco antes de su muerte.

Identificar, grosso modo, derecha con libertad, individualidad, variedad, e izquierda con esclavitud, colectivismo y uniformidad es simplemente utilizar la semántica. Se refuta así, de una vez, la estúpida afirmación de que comunismo y nacional-socialismo son iguales porque "los extremos siempre se tocan". En el mismo campo en el que se sitúan socialismo y fascismo podemos encontrar el vago concepto izquierdista que en EEUU es conocido de manera pervertida con liberalismo. El liberalismo europeo es muy diferente en su naturaleza. En Italia, bastante significativamente, el Partido Liberal Italiano se sienta a la derecha de los democristianos, junto a los monárquicos.

Derecha e izquierda serán empleadas en las páginas siguientes como hemos desarrollado aquí; la correcta distinción semántica es vital al discutir en la escena política de nuestra era. Las palabras son importantes. Confucio nos advirtió de que si las palabras pierden su significado, la gente pierde su libertad.

5 de Junio de 2005

Alégrense señores socialistas

Es curioso cómo ante el nacimiento de un nuevo vástago de la familia real, la izquierda se vuelve transitoriamente liberal. Comienzan los bramidos por tener que alimentar con nuestro dinero a un nuevo parásito. Y lo cierto es que me cuesta seguir su coherencia interna. ¿Qué debería hacer para NO ser parásito? ¿Presentarse a unas elecciones, ganarlas y ocupar un puesto de ordeno y mando al frente del Estado? ¿Convertirse en político?

Sinceramente, no veo cómo ello reduciría el nivel de parasitismo; es más, si puedo imaginar de qué manera lo ampliaría. Esmucho más ruinoso para nuestros esquilmados bolsillos la creación, por ejemplo, de un nuevo Ministerio como Cultura o Vivienda (con todas sus secretarías y personal asociado); es infinitamente más escandalosa la existencia de 732 tipos en el Parlamento europeo con multitud de derechos financiados por nuestro trabajo; y, sobre todo, resulta mucho más terrible tener que padecer el ejercicio de las "competencias" de esos políticos a los que mantenemos. Una cosa es permitirles vivir a nuestra costa y otra que se pongan a arbitrar políticas que restrinjan, todavía más, nuestra libertad.

Sin embargo, no observo a la izquierda protestar por la ampliación del poder y de las burocracias políticas. Parece que sólo se preocupan por el destino del atraco fiscal cuando éste se dirige a finalidades distintas a las que ellos hubieran deseado. Si la sociedad está legitimada para disponer de toda la riqueza nacional, como establece nuestra liberticida Constitución, lo cierto es que la sociedad española aceptó dotarse de una monarquía a la que mantener.

Cierto, ya sé que la izquierda democratista objetará que tal decisión soberana debería ser revisada pues es muy posible que el pueblo español ya no aceptara la monarquía. Tan cierto como carente de sentido; ¿cuál es el plazo que la izquierda establece para revisar las decisiones del pueblo? ¿Hay algún criterio para ello? Si en el momento t tomamos una decisión, ¿por qué no revisarla en t+1? ¿Por qué no estar continuamente votando para constatar de manera estable la voluntad soberana? Si así procedieramos, sin duda, toda implementación de las decisión tomadas quedaría ipso facto paralizada.

Por tanto, respecto a sus propios principios, la izquierda, mientras no se realice otra votación, no puede más que alegrarse del destino democrático y popularmente monárquico de los fondos públicos. Si toda decisión mayoritaria obtiene sanción moral automática, me gustaría ver a la izquierda celebrando el nacimiento de un nuevo miembro de la Familia Real.

Pero, visto lo visto, no lo hacen. Y, en este caso, a diferencia de lo que podría suceder con la desilegalización de las drogas, no pienso celebrar la postura "aparentemente" liberal de la izquierda. Como ya he indicado, tal postura no es tal. Sustituir a vagos por maleantes no me parece un acertado cambio. Criticar la burocracia monárquica para sustituirla por una burocracia republicana me parece, cuanto menos, innecesario. La cuestión no es cambiar los collares, o los dueños, de los perros, sino cargarse al can y lanzarlo al abismo más profundo.

En este sentido, abandonando la siempre simplista retórica izquierdista, no puedo dejar de sorprenderme de cómo la ciudadanía consiente que una "familia", por gracia democráticamente divina, pueda obligarnos, gracias al poderío militar y policial del Estado, a sustentar sus diversísimos gastos.

Y así, desde esta perspectiva, podemos deducir un segundo motivo por el que la izquierda debería alegrarse de este nacimiento. La monarquía permite ilustrar adecuadamente el fundamento último de la redistribución fiscal; unos trabajan para que otros puedan vivir a su costa. Y esto no se reduce al caso de la monarquía, sino al de todo tipo de subvenciones, transferencias o servicios públicos.

Paradójicamente para la izquierda, su programa máximo de gobierno sería extender el modo de vida monárquico a una parte de la sociedad, esto es, convertir a un sector considerable de la sociedad en parásitos del resto de la sociedad. En realidad, la izquierda debería considerar a la familia Real como unos individuos especialmente favorecidos por el Estado de Bienestar. El Rey es un pobre señor perjudicado por el capitalismo que, en consencuencia, tiene todos los gastos pagados; el príncipe ha adquirido una gran vivienda de protección oficial; la infante Cristiana ahora recibe ayudas a la maternidad, fomentando así la decaída natalidad española. ¿Por qué entonces la izquierda critica el parasitismo si toda su ideología consiste en multiplicar las redes parasitarias?

En coherencia, la izquierda debería adoptar a la familia Real como modelo referencial de su visión de la sociedad. Un Estado que explota a las clases trabajadoras para beneficiar a los elementos parasitarios de la sociedad. ¡Alégrense señores socialistas! ¡El Estado de Bienestar a pleno funcionamiento!

4 de Junio de 2005

Lafontaine, mentiras que matan

Oskar Lafontaine ha escrito un ridículo artículo acerca de la globalización pero que, por contiener las típicas falacias izquierdistas, conviene analizarlo de cerca.

Comienza Lafontaine con una aseveración que, difícilmente, puede ser más errónea: La globalización cuida el interes de los mercados financieros, pero olvida al resto de la humanidad. Ya de entrada, me sorprende que un señor que suelta semejantes barbaridades ocupara el puesto de Ministro de Finanzas.

Lo que Lafontaine parece sugerir con esta frasecita es que existen dos tipos de mercados: los de bienes útiles para la humanidad (escuelas, hospitales, teatros, alimentación...) y los mercados financieros, que no es más que un antro de especulación donde los únicos beneficiarios son los capitalistas explotadores. Podemos resumir la visión de Lafontaine en dos tipos de bienes: una escuela pública y un casino. En el primero tiene entrada todo el mundo y proporciona un servicio que la izquierda considera "objetivamente" bueno, y en el segundo sólo se permite la entrada a aquellos que ya tienen dinero y su única función es ampliar la sed de oro.

Lo cierto es que tal contraposición presta un escaso servicio incluso a quienes aspiran a superpoblar la tierra con escuelas. Los mercados financieros simplemente sirven para canalizar el ahorro de prestamistas a prestatarios; los prestatarios suelen ser empresarios carentes de la riqueza suficiente como para emprender la producción de bienes de capital de duración (es decir, el tiempo que pasa desde la inversión de la primera unidad de trabajo hasta la obtención del producto) o etapa más elevada (en otras palabras, ese bien de capital está muy alejado del consumo, pensemos, por ejemplo, en máquinas que recogen arena en una playa para fabricar silício con el que finalmente se obtendrán los chips de los ordenadores) Una vez los procesos productivos se hayan alargado e intensificado en capital, la productividad de nuestra estructura productiva será mayor y, por tanto, dispondremos de una mayor cantidad de bienes y servicios a un menor precio.

Esto no es distinto para el caso de todos los socialistas que, cargados de humanidad y buenos deseos (de los que obviamente carecemos los fachas neoliberales), quieren contruir escuelas y hospitales por todo el mundo. ¿Es que quieren construirlas a mano? Supongo que el trabajo será mucho menor si utilizan grúas, ¿es que quieren construir esas grúas a mano? Supongo que el trabajo será menor si utilizan otras máquinas, ¿es que quieren construir esas otras máquinas a mano? No sólo eso, ¿es que las escuelas no necesitan materiales de construcción? ¿y esos materiales se obtendrán y modificarán más fácilmente a mano o con ayuda de otros bienes de capital? Es más, los bienes con los que rellenaremos la escuela (pupitres, pizarras, proyectores, ordenadores...), ¿acaso deberán ser construidos también a mano?

En realidad, para la producción de cada uno de esos bienes necesitaremos de bienes de capital y, para la producción de esos bienes de capital, a su vez, de otros bienes de capital. Obviamente nos iremos alejando del consumo hasta que nos detengamos en un punto donde no haya más bienes de capital y sólo dispongamos de trabajo y de tierra (materias primas), pero cuanto más tarde alcancemos ese momento, más productivos y, por tanto, más escuelas y hospitales podremos construir. Ante la carecencia de toda esta estructura de capital, ¿cuánto tiempo tardarían los socialistas en construir escuelas firmes, sólidas y duraderas por todo el mundo? Imaginen que sólo disponen de sus manos y de la tierra; antes se extinguiría la humanidad (porque, aparte, otra característica de los bienes de capital es que se deprecian, con lo cual, para mantener las existencias de escuelas y hospitales no basta con construirlos una vez, sino que deben ser continuamente repuestos o reparados)

Pues bien, los mercados financieros canalizan toda esta formación de la estructura de capital para atender las necesidades de los consumidores. Ninguna estructura de capital, obtenida a través de los mercados financieros, puede sostenerse a medio plazo sin tener en cuenta los intereses de la humanidad. El valor de los bienes de capital procede del valor presente (descontando el interés) del conjunto de servicios que se espera que presten; si esos servicios que se espera que presten son nulos o no son valorados en absoluto, el valor del bien de capital se desvanece por completo.

Pero hay más. Lo que Lafontaine deliberadamente parece olvidar -y todos sus aduladores con él- es que, como ya hemos dicho, los mercados financieros conectan a prestamistas con prestatarios. Ya hemos dicho que los prestatarios suelen ser en su amplísima mayoría empresarios que necesitan fondos para financiar sus proyectos de capital, ¿pero quiénes son los prestamistas? Pues, o bien otros empresarios capitalistas, o bien -y esta es una función social fundamental- ciudadanos de clase media que recurren a los mercados financieros para derivar una rentabilidad de sus activos. En otras palabras, cuando los empresarios prestamistas pagan los intereses del préstamo, se está beneficiando a las clases más bajas que han despositado allí sus capitales. Gente, en buena medida incapaz o sin ganas de emprender un negocio rentable, presta el dinero a gente con ideas para formar una alianza estratégica: el prestamista adquiere el interés y el empresario-prestatario el beneficio (al que habrá que descontar el interés pagado al prestamista)

¿Qué hay de malo en todo esto? Recordemos: los mercados financieros amplían la estructura de capital (y esto amplia el número de bienes y servicios reduciendo su precio) y sirven como mecanismos de ahorro generador de rentas para las clases medias. De esta manera, que el tamaño del mercado se amplíe (globalización) es siempre positivo, ya que la división internacional del trabajo y del capital será tanto más eficiente y los efectos anteriormente descritos cobrarán una mayor intensidad.

Pero bueno, parece ser que el ex Ministro de Finanzas desconocía todo esto. Con todo, ello no le impide afirmar que las crisis financieras provocaron.un considerable aumento de la desocupación y el empobrecimiento social y que dado que Wall Street financia las campañas electorales de los candidatos a la Casa Blanca, los presidentes estadounidenses se sienten en el deber de defender sus intereses.

Uno debería ya darse cuenta de que las crisis financieras no se producen "porque sí". Las fugas de capitales suelen ir acompañadas de actuaciones gubernamentales asociadas con la "eutanasia del rentista", esto es, con el ataque indiscriminado a los ahorros y el dinero en el que se expresan. El dinero caliente no lo genera el capitalismo, sino más bien el intervencionismo monetario de los gobiernos. ¿Qué harían ustedes si el gobierno amenazara con nazionalizar sus cuentas de ahorros o los activos financieros en los que tienen ahorrada la mayor parte de su riqueza? Obviamente sacar de inmediato toda esa riqueza del alcance territorial de ese gobierno (y depositarla, por ejemplo, en países estables como Suiza)

Por otro lado, el mito de que Wall Street domina la Casa Blanca es excesivamente recurrente. Uno tiene la impresión de que Lafontaine ignora qué es Wall Street; me resulta bastante verosímil que algunas empresas que cotizan en Wall Street tengan una poderorísima influencia sobre la clase política (tanto useña como europea), pero Wall Street, en sí mismo, sólo es un ámbito donde prestamistas se relacionan con prestatarios. Este control empresarial de la política es peligroso y denostable; la política en sí misma lo es. La iniciación de la fuerza no queda legitimada nunca, ni para satisfacer a Bill Gates ni para satisfacer a la "mayoría consciente".

El segundo problema de la globalización es, para Lafontaine, su antiecologismo: Los intereses ecológicos chocan con el espíritu neoliberal. En la carrera tras el oro, en la búsqueda de utilidades y ganancias cada vez mayores, las normas ecológicas constituyen un obstáculo. Esto no tiene ningún sentido; como dice Toni Mascaró: La contaminación es un subproducto indeseado de la producción; está compuesta por materiales que uno ha comprado pero no ha sido capaz de transformar en el producto final deseado, lo que significa que son un gasto. El objetivo de cualquier productor es reducir gastos y aumentar ingresos para tener un gran beneficio. ¿Alguien cree que existe a quien le guste pagar materias primas para que se esfumen por las chimeneas?.

Los recursos son temporalmente escasos; la globalización potencia esa escasez relativa pues aumenta la presión competitiva sobre su disponibilidad. En otras palabras, si sólo un individuo tiene acceso a todos los recursos naturales de Sudán es evidente que no tendrá incentivo alguno en conservarlos, pues sus reservas superan en mucho el uso que pueda hacer de ellos. Sólo cuando los recursos se vuelven escasos existe un incentivo para su conservación y reproducción. La globalización supone una mayor intercomunicación y, por tanto, una mayor presión sobre todos los recursos. Ahora sobre los recursos naturales de Sudán pueden pujar miles de millones de personas; miles de millones de personas tienen proyectos alternativos sobre cómo usarlos. En ese sentido, convendrá enormemente conservarlos.

No es casualidad que la mayor degradación y los mayores desastres ecológicos se den en zonas comunales, donde la propiedad privada no existe. Los propietarios tienen incentivos a conservar su propiedad ya que, en caso contrario, pierde valor. Cierto que el propietario estará estimulado a conservarla únicamente cuando el coste de sustitución sea superior al coste de conservación; en otras palabras, si me sale más rentable comprar otro bosque para talarlo que replantar el que acabo de esquilmar, no lo conservaré. Pero, precisamente, este caso es idéntico al que hemos comentado con el individuo que posee todo Sudán. La globalización incrementa los costes de sustitución porque los recursos se vuelven más escasos; se proyectan como medios de una mayor cantidad de fines y, por tanto, la sustitución se encarece. En este sentido, resulta mucho más económico, conforme avanza la globalización, conservar aquello que ya tengo.

Piensen simplemente en una ciudad abandonada; si llega un individuo y se pone a vivir en una casa, cuando ésta se desgaste por el uso, tiene dos opciones repararla o irse a vivir a otra casa. Si la ciudad está abandonada (o si se prohibe entrar en esa ciudad) el individuo simplemente se irá a otra casa y no restaurará la primera. Pero si empieza a llegar gente al pueblo, cuando la casa de ese individuo se desgaste, tendrá que comprarle la casa a otro individuo, lo cual evidentemente encarecerá los costes y hará mucho más viable la restauración. La extensión de la propiedad privada supone una extensión de la conservación del medio. Parece que uno de los que recientemente aprendió esta lección fue el socialista Lula.

Por último, el último gran pecado de la globalización es, según Lafontaine, la pérdida de la identidad cultural. Por todas partes encontramos McDonald's, Coca-Cola y jeans. Como ya se comentó en la bitácora de Dani: Una cultura local para la que McDonalds es "una amenaza" es una cultura local que no merece sobrevivir. ¿Qué grandeza cultural podemos aducir de aquellas culturas que desaparecen inmediatamente ante las hamburguesas y los refrescos? ¿Seguro que suponía un hecho a conservar si todos los individuos han cambiado su modo de vivir? Por eso, resulta gracioso que Lafontaine diga que La lucha de los pueblos de todo el mundo en defensa de su identidad cultural seguirá adelante. ¡Si los pueblos son los primeros que renuncian a su insuperable cultura cuando se les da la oportunidad! ¿Es qué McDonald's obliga a los individuos a consumir sus hamburguesas? Conmigo nunca lo ha hecho, de ahí que no los frecuente.

Pero, sobre todo, Lafontaine se convierte en cínico cuando cita a Bové: La globalización aniquila el Tercer Mundo y amenaza la civilización europea. Es hoy más mortífera que todas las guerras. Es responsable de que en el mundo haya ochocientos millones de hambrientos. Hay que desenmascarar las mentiras del neoliberalismo.

Si estuviera en la calle utilizaría otro vocabulario menos decoroso para calificar a Bové. Lo que aniquila al Tercer Mundo es la Política Agraria Común que el sr. Bové tan interesadamente apoya. Afortunadamente, de esto, se han dado cuenta incluso asociaciones izquierdistas como Intermon Oxfam. El sr. Bové impide a los agricultores del Tercer Mundo que puedan vender sus productos en Europa y que, por tanto, puedan obtener una salario de ello. El sr. Bové impide que, de esta manera, las empresas occidentales inviertan en el Tercer Mundo, incrementando sus salarios y su nivel de vida (como está ocurriendo con China o como ocurrió con los tigres asiáticos). ¿Y por qué hace todo ello el sr. Bové? Para seguir recibiendo subvenciones y vender su ineficiente producción a precios absolutamente desmesurados, es decir, para lucrarse a costa de las víctimas del Tercer Mundo. Lo menos que se le puede decir es que además no le endose los muertos que él causa a otros. Y lo menos que podría pedírsele a Lafontaine es que no utilice tan asquerosa demagogia para respaldar sus paupérrimos argumentos.

Y es que, además, Bové invierte el curso causal. Hoy en día no hay 800 millones de personas famélicas por culpa de la globalización; el estado natural del individuo no es la abundancia, sino la pobreza. Desde 1970 la gente que pasa hambre en el mundo se ha reducido desde 1200 millones a 800. En términos absolutos puede parecer una reducción poco sustancial, pero hemos de tener en cuenta que desde entonces, la población mundial también se ha duplicado. De hecho, en términos porcentuales, ha pasado del 37% al 13%. ¿La globalización está incrementando el número de personas hambrientas o lo está reduciendo espectacularmente?

Por eso, Bové no sólo es un matarife, sino un mentiroso. Y si Lafontaine utiliza y respalda argumentos de Bové, tendré que extenderle los calificativos.

Lo peor de todo es que algunos izquierdistas se tragen mentiras tan palmarias y promuevan, sin saberlo, el hambre y la pobreza en el Tercer Mundo. ¡Cuanto daño que hacen los prejuicios y las ideas preconcebidas!

3 de Junio de 2005

¿El principio del fin del monopolio monetario?

Por supuesto se trata de una propuesto que dudo que prospere, pero su mero planteamiento ya supone un notorio avance. Dice el ministro de Trabajo italiano que: El euro ha demostrado que no es capaz de hacer frente a la ralentización de la economía, a la pérdida de competitividad y a la crisis laboral y, para solucionarlo, propone un retorno a la doble circulación, siguiendo el modelo de Gran Bretaña, donde la economía crece y se desarrolla.

Evidentemente no se trata de la solución óptima, pero sí de una vía de escape al curso legal inflacionista. Como nos recuerda Manual Ayau es obvio que si la gente puede escapar de la moneda que el gobierno destruye, no podrían causar inflación porque la gente simplemente usaría otra moneda más fiable. ¿Por qué esto no sucede? Por las leyes de curso legal.

El curso legal obliga al vendedor a aceptar el pago expresado en moneda nacional. Así, los empresarios tiene que aceptar siempre la moneda nacional. Y aquí entra en funcionamiento la famosa Ley de Gresham. Básicamente, la Ley de Gresham señala que la moneda mala expulsa a la buena. ¿Qué significa esto? Si el gobierno envilece la moneda nacional (inflación), por ejemplo incrementando la oferta monetaria, los comerciantes continúan obligados a aceptar como medio de pago esta moneda nacional. En este sentido, los consumidores preferirán desprenderse de la moneda menos líquida (la nacional) y conservar la más líquida (el oro o cualquier otra moneda cuyos gobiernos no sigan disparatadas políticas monetarias) Así pues, las monedas buenas desaparecerán de la economía y se generalizará el pago con la moneda mala (pues todos están obligados a recibirla como pago) La moneda "buena" aparentemente habrá desaparecido de la economía, si bien se encontrará en los saldos de tesorería o se utilizará para transacciones internacionales.

Y, como dice Ayau, dado que todos están obligados a recibir la mala, el único sistema que tendrán los empresarios para contrarrestar el envilecimiento de la moneda será subir los precios, esto es, pedir una mayor cantidad de dinero. Este proceso se ve reforzado, a su vez, por la implantación de una tendencia en la economía para acumular los bienes más líquidos y no intercambiarlos. Aunque aumente la producción, las mercancías se conservan en stocks o los trabajadores deciden conservar mayor tiempo libre (por ejemplo, al exigir un salario por encima de su productividad). Este proceso de atesoramiento incrementa la escasez relativa de los bienes y, en consecuencia, aumenta todavía más los precios.

En este sentido, siempre es positiva la eliminación del monopolio monetario, aún cuando se sustituya por un duopolio (euro-lira) La competencia monetaria puede favorecer que la moneda que más se envilezca pierda mucho más rápidamente su valor, ya que los empresarios no están obligados a aceptarla como medio de pago. En este sentido, la pérdida de liquidez progresiva haría desaparecer a esa peor moneda. Al ser conscientes de ello, tanto el Banco Central Italiano como el Banco Central Europea refrenarían sus impulsos inflacionistas (si bien, es evidente, que nada impediría los conciertos entre Bancos Centrales para expandir conjuntamente la oferta monetaria; numerosos son los ejemplos de este tipo en la historia reciente)

Con todo, puede que el efecto más beneficioso fuera el de ilustrar que es perfectamente posible, incluso deseable, la convivencia de dos monedas en un mismo país. Esto podría reabrir el debate sobre la conveniencia de las leyes de curso legal y del monopolio monetario de los Bancos Centrales.

Seguramente la propuesta no pasará de un exabrupto ocasional, pero incluso en este punto el NO a la Constitución Europea empieza a tener consecuencias más que favorables para la libertad.

2 de Junio de 2005

Ilegalizar la Iglesia, clamor de la izquierda

El objetivo de la izquierda siempre ha sido reducir al ser humano a un mismo patrón de conducta. Odia la diferencia y proclama la absoluta igualdad. De hecho, la forma simplista en la que la izquierda intenta conseguir esa igualdad es a través de la identidad. No hace falta irse más allá de cualquier régimen totalitario, nazi o comunista, para comprobar que se intenta eliminar cualquier género de diversidad. Idéntica vivienda, idéntico vestido, idéntico comportamiento y, sobre todo, idéntico pensamiento.

Y es que el ideal de la izquierda es el pensamiento único. La igualdad debe traducirse, necesariamente, en la eliminación de todo vestigio de discrepancias. Esto ha sido, también, un punto frecuente en todos los totalitarismo. Los díscolos eran perseguidos y eliminados, se les tachaba de contrarrevolucionarios y de derechistas. Las leyes de la historia habían sido descubiertas y sólo quedaba aplicarlas.

En los últimos días hemos asistido a inciativas para censurar a Jiménez Losantos. El socialismo igualitarista no permite semejante diversidad de opiniones. Losantos crispa e insulta, debe ser de inmediato acallado. Por supuesto, la izquierda no se ha planteado que al señalar que Losantos crispa e insulta están, a su vez, crispando e insultando a todos los oyentes de Losantos. Si la crispación y la subjetiva impresión del insulto sirvieran para acallar al contrario, nos encontraríamos ante el silencio.

¿O es que la izquierda no crispa cuando promueve iniciativas para atracar al contribuyente? ¿O es que la izquierda no crispa cuando defiende la imposición de aranceles para matar de hambre al Tercer Mundo? ¿O es que la izquierda no en sus más diversos foros? ¿O es que la izquierda no insulta cuando tacha de neoliberales (o fachas) a los liberales? ¿O es que la izquierda no insulta cuando nos llama insolidarios, antisociales y estúpidos incapaces de manejar nuestras vidas?

Yo, ciertamente, sí me siento insultado. ¿Debo promover la eliminación física de la izquierda a través del Estado? Ninguna posibilidad se me antoja más aberrante. El enfado o la indignación no justifican el empleo de la fuerza contra el contrario. Esta es una lección que la izquierda de todos los pelajes y condiciones todavía no ha aprendido, ni es posible que aprenda jamás, a menos que renuncie a su condición. Y es que la izquierda lleva implícita la justificación moral del empleo de la fuerza para enderezar la sociedad. Para alcanzar el punto social óptimo no sólo es necesario, sino imprescindible, utilizar la fuerza. La sociedad, forma por egoístas individuos que no buscan el bien común, no puede dar nunca lugar a un orden adecuado.

Sin embargo, la censura de Losantos viene aparejada a otros objetivos de mayor envergadura. En este sentido, ¿qué mejor proyecto que ilegalizar la Iglesia?

Antes de empezar a analizar la futilidad de los argumentos empleados tengamos presente un aspecto. La izquierda construye sus argumentos expresamente para alcanzar las conclusiones deseadas. Desde siempre han tenido claro que la Iglesia católica suponía una fuente distinta de fidelidad, una fidelidad hacia Dios o hacia el Papa que alejaba a los ciudadanos de la fidelidad al Estado. El odio hacia la Iglesia no es nuevo; siempre ha existido. Que ahora se aproveche a los homosexuales como ariete contra la Iglesia sólo demuestra un poco respeto por los primeros y un odio visceral hacia la segunda.

Pero vayamos por partes. En un primer post, Akin sostiene que Desde mi punto de vista, una visión parcial de la ética basada en revelaciones divinas jamás debe ser la norma de una sociedad plural, normas hay muchas, religiones también, y si aceptásemos todos los dogmas y normas de todas las religiones probablemente no podríamos hacer nada. No, la ética social ha de ser una norma de consenso, lo más universal posible, porque es la única que tiene alguna oportunidad de ser acatada y respetada por todos.

Este primer punto acerca de la fundamentación de la ética es interesante. Es imposible adqurir ningún conocimiento acerca del bien y del mal, por tanto la única vía es el relativismo moral. Sin embargo, todo ello no impide que Akin considere como ética social buena la que surja fruto del consenso, pues es la "única que tiene alguna oportunidad de ser acatada y respetada por todos".

Primero, si no existe ninguna idea aproximada de bien y mal, no puede existir una idea de ética social buena. Cualquier ética social será buena o mala, y el hecho de que será la que tenga alguna oportunidad de ser acatada por todos no la convalida. ¿Quién dijo que el prerrequisito para una ética adecuada sea su aceptación voluntaria universal?

Segundo, Akin confunde, como luego veremos, la oportunidad de que sea acatada por todos con la obligación de que así sea. No estamos ante una cuestión utilitaria de la ética social óptima, es decir, Akin no defiende esta ética, como pretende hacernos creer, porque tenga más posibilidades de ser aceptada, sino que usa el criterio mayoritario para legitimar su imposición. Cualquier que se desvíe de esta ética estará actuando de manera incorrecta y deberá ser perseguido. ¿Pero no decíamos que la ética debía ser aceptada por todos?

Y tercero, caemos en una manifiesta contradicción cuando utilizamos la razón para deducir los mecanismos de una ética social óptima y, sin embargo, negamos que el uso de esa razón nos permita alcanzar intuiciones genéricas sobre la ética social. Intuiciones al margen completamente del consenso mayoritario. La ética nazi no quedaba convalidada por ser mayoritaria.

Y así, con estas manifiestas contradicciones, Akin da un paso más: Y ya tenemos una, incompleta, discutible en algunos puntos, pero la única que tenemos ahora mismo, se llama Declaración Universal de los Derechos Humanos, firmada hace más de 50 años y acatada por la inmensa mayoría de los países, y ésa es la única norma que debe valer a la hora de regir las leyes sociales, y de establecer cual es la ética que debemos aceptar como sociedad

Por tanto, Akin impone la Declaración Universal de Derechos Humanos como la norma ética aceptable. Vayamos, nuevamente, por pasos:

Primero, si dijimos que la mejor ética era aquella que tenía aguna oportunidad de ser acatada, ¿por qué establecemos ahora el imperativo de que así lo sea? En otras palabras, ¿por qué en un principio hacemos depender la bondad de un código ético en su aceptación universal y luego recurrimos a la fuerza para que sea efectivamente aceptada? Con la fuerza estatal, cualquier código ético resulta óptimo, pues cualquier será acatado si utilizas la suficiente fuerza y represión para ello.

Segundo, ¿es qué la Declaración Universal de Derechos Humanos marca el inicio de la ética? Si ello es así, si antes de 1945 no existían derechos al no haber un código positivo universal, los nazis y los comunistas habrían actuado éticamente o, al menos, no se habrían opuesto a ningún derecho preexistente. Sus actuaciones serían, por tanto legítimas. Lo cierto es que el derecho positivo no puede ser fuente de los derechos, sino, en todo caso, ilustración, plasmación y reflejo. Negar lo contrario es delegar en la colectividad la definición de los derechos individuales. Pero, teniendo presente que una colectividad es sólo una suma de individuos, ¿cómo pueden unos elementos carentes de derechos dotarse a sí mismos de ellos? En realidad, esto sólo nos trasladaría dogmas y supercherías de entidad superior a las religiosas. Deberíamos considerar que el colectivo, cuando se reúne, adquiere una especial trascendencia y entidad. Un halo místico por el cual crean moralidad y derechos. La colectividad se convierte en Dios y esto sí es una fe completamente arbitraria y nociva, pues se convertiría en vinculante tanto para creyentes cuanto para no creyentes (en tanto que la fe religiosa es un sentimiento y una experiencia individual que acude voluntariamente al colectivo para canalizar de manera más efectiva la relación trascendente, pero nunca una vinculación universal para creyentes y NO creyentes)

Tercero, el hecho de que Akin recurra a la mayoría para formalizar un código ético no le libra de tics autoritarios. Tengamos presente que Akin empieza su argumentación con un "Desde mi punto de vista" y termina estableciendo obligaciones por doquier. Si partimos desde un punto de vista individual ¿con qué legitimidad se dispone a utilizar la fuerza? Y es que tengamos presente que el recurso relativista a la mayoría para que dictamine la ética es sólo uno de los múltiples enfoques. Otros pueden apelar a la razón, a la evolución o incluso a la revelación. ¿O es que acaso las supuestas verdades reveladas tienen un valor inferior a las racionalizaciones de Akin? Si sostenemos que no existe verdad ética alcanzable a través de la razón, no podremos llegar a esta conclusión. La opinión de Akin, desde su propio punto de vista, es tan válida o inválida como cualquier otra y, por tanto, ¿cómo puede coherentemente sugerir coacciones?

Y así, desde conclusiones particulares llegamos a prescripciones generales: Y del mismo modo que todo dogma religioso que vaya contra la ciencia debe ser discutido y rechazado, toda norma religiosa que ataque la D.U.D.H. debe ser discutida y rechazada. Nótese que, además, la ética da un salto cualitativo; parece lógico que toda norma que vaya en contra de el código ético, sea el que sea, deba ser rechazada. Pero es que el código ético de Akin, indirectamente, también incluye la prescripción de que todo "dogma" que vaya en contra de la "ciencia" debe ser rechazado (y teniendo en cuenta que el nivel de rechazo debe ser análogo al de las normas que vayan contra la ética, debemos entender que rechazado significa prohibido)

La ciencia se idolatra como fuente del conocimiento absoluta; cualquier opinión (metafísica o no, pues toda opinión finalmente científica procede de intuiciones metafísicas) contraria a la ciencia deberá ser aniquilada. Se acabó el disentir y el buscar explicaciones alternativas. Reinstauramos la Inquisición pero, en lugar del dogma religoso como centro de la verdad, colocamos el conocimiento científico de un grupo de sabios como patrón de verdad. Descartes debería haber sido encerrado por oponerse al escepticiso, Menger debería haber sido despellejado por oponerse a la economía clásica y Einstein debería haber sido quemado por oponerse a la física newtoniana.

Sólo hay un modo de conocer, poseer e interpretar la verdad. Más allá tenemos dogmas que deben ser rechazados. Tenemos, por fin, el ideal igualitarista de la izquierda. Todo se resume a un patrón ético y científico, ningún conocimiento puede, ni debe, alcanzarse más allá.

Así, Akin empieza a sacar sus pertinentes implicaciones: La iglesia católica, como tantas otras, jamás debería hacer campaña contra los derechos de los homosexuales, o contra las campañas de salud pública que abogan por el uso del preservativo como método de prevención de infecciones que en muchos casos son crónicas y/o mortales. El riesgo de tratar de imponer sus normas a una sociedad es que esa sociedad rechace la legitimidad de esa asociación, como de hecho debería suceder ahora mismo, ya.

La previa confusión entre la moral de Akin y las normas que deben regir la sociedad le arrastra ahora a creer que campaña significa imposición de normas. Cierto es que la Iglesia en muchas ocasiones, en demasiadas, presiona para orientar las normas del Estado hacia sus posturas. Esto es un error y, como tal, criticable. Ahora bien, la crítica no significa censura. Yo estoy criticando a Akin y no propugno censurarle. De la misma manera, me parece que determinadas presiones de la jerarquía eclesial hacia el Estado deben ser condenadas intelectualmente.

Eso sí, sólo las campañas que la Iglesia implementa para orientar el imperium estatal hacia un punto concreto. La Iglesia tiene su perfecto derecho a realizar campañas contra el uso del preservativo o contra la eutanasia. De la misma manera que Akin fundamenta su ética en "Desde mi punto de vista", la Iglesia lo hace en la revelación y la tradición.

Por eso, uno sólo puede sorprenderse y preocuparse de semejantes aseveraciones: Esa intromisión en el derecho de los demás la convierte en una organización denunciable y combatible y en último punto ilegalizable
.

Y aquí ya nos metemos en un problema muy serio. Akin se cuida en matizar que, como ya hemos señalado, no hay problema en que la Iglesia defienda su fe sin imponerla. Él sólo critica que la Iglesia intente influir en las normas sociales. Acto seguido, también niega el carácter religioso, como hemos afirmado, de la Declaración Universal de Derechos Humanos. ¿Razón? Los derechos humanos pueden y deben ser discutidos, y si finalmente hay consenso para cambiarlos pues se cambian que no pasa nada. Pero mientras no se haga todo eso deben tener rango de ley y ser acatados, guste o no, porque es lo único que tenemos. Me parece muy bien que se pretenda discutir si los homosexuales deben tener los beneficios fiscales y sociales de un matrimonio, creemos un debate mundial para discutirlo, pero mientras no haya ese consenso toda campaña concreta que quiera limitar sus derechos debe ser prohibida, toda ley discriminatoria denunciable, y toda organización que vaya contra ellos ilegalizada.

Y aquí entramos, nuevamente, en una profunda contradicción. La Declaración Universal de Derechos Humanos sí tiene un carácter religioso porque parte de la concepción de que la mayoría crea la ética y que sin mayoría no hay ética. Por tanto, la mayoría se convierte en un corpus trascendente distinto a los individuos sin derechos previos. Esto es fe, pura fe. Si los individuos tienes derechos previos, éstos no pueden ser limitados por las mayorías, y si no los tienen, ¿con qué título se reúne los individuos sin derechos para dotarse de ellos? Estaríamos ante un mero acuerdo de voluntades que, en ningún caso, someterían al díscolo. Si lo hiciera, estaríamos otorgando a la mayoría un valor distinto al de sus partes componentes. Y esto es fe.

Pero, además, las contradicciones suman y siguen. Akin primero llega a proponer la ilegalización de toda asociación que intente influir en las normas sociales en un sentido distinto al que tienen. Y luego se niega el carácter religioso de la declaración aduciendo que puede ser modificada a través de la discusión y el consenso, es decir, se puede intentar influir en las normas. ¿Pero no habíamos dicho que toda voluntad de influir en las normas legales debe ser rechazada y condenada? ¿O es que acaso la única asociación que NO puede influir y modificar la Declaración Universal es la Iglesia católica? O mejor dicho, ¿no será que la izquierda ya tiene una idea preconcebida de estos derechos y sólo concede la discusión y su posibilidad de cambio como una ilusión ficticia que adormezca a los disidentes? Nuevamente, pregunto, ¿cómo va la Iglesia católica a influir en la Declaración Universal si se la pretende ilegalizar en caso de que lo haga?

Pongamos un ejemplo. Supongamos, para no salir del reduccionismo de Akin, que la Iglesia quiere prohibir la producción de preservativos. Akin sostiene que La iglesia católica, como tantas otras, jamás debería hacer campaña contra los derechos de los homosexuales, o contra las campañas de salud pública que abogan por el uso del preservativo como método de prevención de infecciones, pero que los Derechos Humanos no son fe porque los derechos humanos pueden y deben ser discutidos, y si finalmente hay consenso para cambiarlos pues se cambian que no pasa nada. ¿Cómo podría promover la Iglesia Católica la inclusión en los Derechos Humanos de la prohibición del preservativo si se le impide hacer campaña?

La implicación de todo esto es obvia: Cuando se salgan de lo privado a lo público, cuando comiencen los intentos de expansión/imposición de sus ideas… ahí habrá pelea y yo estaré siempre en el otro bando. Es decir, cuando se intente utilizar la persuasión para cambiar las normas, la Iglesia deberá ser reprimida. ¿Pero no decíamos que los Derechos Humanos podían cambiar por consenso? ¿Por consenso de quién?, cabría preguntar.

Y el ejemplo más claro de represión lo tenemos ante esta nueva campaña: Ilegalización de la Iglesia Católica.

Ya el primer párrafo es significativo de la fatal arrogancia de la izquierda: Si hace un par de días exponía aquí mi opinión sobre los límites éticos de la religión, y hace un momento he puesto un comunicado de la Conferencia Episcopal donde de un modo absolutamente claro se supera uno de los límites que yo establecía, mi coherencia me indica que debo solicitar la ilegalización de la Iglesia Católica. Su opinión le lleva a solicitar el uso de la fuerza contra la Iglesia. Es decir, Akin justifica el uso de la violencia apelando a él mismo. Lo legítimo es aquello que su opinión establece que así lo es. Si esto no es fe, que baje Dios y lo vea.

Tras recordar algunos derechos positivos incluidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos, concluye: Así pues. Reitero la petición: La Iglesia Católica debe ser ilegalizada por realizar campañas contra los derechos humanos.

Nuevamente, se pone de manifiesto que la Declaración Universal de Derechos Humanos son un credo religioso inmutable o, al menos, inmutable si la mutación la promueve la Iglesia. Y es que, siendo coherentes, semejante declaración quedará petrificada, como las Tablas de la Ley, para la eternidad. Cualquier campaña en contra de los derechos humanos supondrá de inmediato la ilegalización. Y, por tanto, en coherencia, espero que Akin también solicite la ilegalización de los partidos políticos (como el PSOE o IU que quieren promover una Ley que limita la libertad de expresión) que atenten contra los derechos humanos. Pero, aún así, no olvidemos el punto de partida: la opinión de Akin de que ello debe ser así.

Recordemos, simplemente, antes de finalizar, uno de los enfoques liberales mayoritarios. Los seres humanos se dirigen todos hacia el fin evidente de conseguir sus fines. Todos, de algún modo, intentan hacerlo. Incluso el suicida, cuando pretende matarse, utiliza medios para alcanzar su fin. También los políticos, cuando intentan instrumentar la sociedad, persiguen sus fines de poder. Sin embargo, esta búsqueda universal de fines tiene una lógica limitación: ningún individuo puede impedir a otro perseguir sus fines. En ese sentido, los seres humanos hemos sido dotados del mecanismo de la razón para ser capaces de intuir y aprehender cuáles son las limitaciones concretas que brotan de esa limitación fundamental: la vida, la libertad y la propiedad. Sin derecho a la vida nadie puede perseguir sus fines, ni siquiera el suicidio. Sin libertad no podemos elegir qué fines deseamos. Y sin propiedad no tenemos al alcance los medios que precisamos para nuestros fines. Así mismo, esa vida, libertad y propiedad deben ser defendidos sin limitar el derecho de ningún otro. Yo no puedo ser libre de extorsionar a otra persona ni puedo utilizar la propiedad (medios) ajena, pues ambos han sido libres y han tenido propiedades originariamente sin perjudicar los fines ajenos.

Y todo ello incluye, obviamente, para tranquilidad de Akin, que los homosexuales puedan casarse o que las personas libremente puedan decidir emplear preservativos. Ahora bien, el matrimonio, del tipo que sea, debe producirse fuera del Estado, sin la sanción oficial, y sin los beneficios legales y económicos, de éste. Siendo todo ello así, se debe criticar a la Iglesia cuando pretenda imponer su fe, pero nunca cuando condene moralmente algunas acciones.

Sin embargo, y volviendo al principio, fijémonos que la Tabla de la Ley de los Derechos Humanos pretende que todo el mundo tenga los mismos valores y las mismas opiniones. La discrepancia de ellas supone su eliminación. Retornamos a la identidad izquierdista. La diversidad molesta. El liberalismo, en cambio, sólo establece el límite de la no imposición ya que, los fines que pretendan obtenerse mediante la imposición, son igualmente alcanzables con el acuerdo voluntario (salvo, obviamente, cuando el fin sea la vulneración de los derechos per se). Sin embargo, semejante código ético no somete a quien lo desprecie, sólo a quien lo incumpla. No pretende dominar al alma, sino sólo las acciones que lo vulneren. Es más, cabe su aparente vulneración a través del acuerdo inter partes.

El liberalismo desemboca en diversidad, en acuerdos voluntarios, en libertad. Personas distintas, fines distintos, proyectos vitales distintos. La izquierda sólo busca la identidad más absoluta; la verdad ha sido revelada y sólo cabe someterse a ella a través del uso deliberado de la fuerza. Quien no lo haga debe ser, en consencuencia, eliminado... o ilegalizado.

Actualización: Akin ha contestado en su bitácora y, así mismo, le he dado respuesta en los comentarios de su blog. Por cierto, quizá sea cosa mía, pero empiezo a notar un cierto parecido.

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