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Todo un hombre de Estado: Enero 2011

14 de Enero de 2011

El problema no es el euro, sino el BCE

Mi buen amigo Philipp Bagus ha escrito un muy recomendable libro titulado La tragedia del euro. Realmente una obra imprescindible para el que quiera conocer algo sobre la gestación de la moneda única y su influencia sobre la crisis. En las próximas semanas tengo pensado reseñar con algo más de profusión el libro, pero de momento quiero centrarme en la parte que menos me ha gustado, más que nada porque puede dar lugar a malas interpretaciones. Por ejemplo, mi colega David Howden escribe hoy en el Mises Institute, reseñando el libro de Philipp, que:

The dominance of the German economy, with its powerful Deutschmark, meant that these periphery countries would be forced into a more highly valued currency unit than their previous local currencies forced upon them.

The consequence was an import fueled consumption boom. Real prices of import goods fell dramatically. Large and unsustainable trade balances developed among the southern countries and Ireland. Incidentally, Germany, whose foreign-exchange value was relatively reduced by euro accession, experienced the opposite effect. German exports became relatively inexpensive, leading to an export-based boom.

Es una argumentación peligrosa, pues la pendiente puede llevarnos a defender políticas inflacionistas. Por ejemplo, más adelante David llega a aplaudir los beneficios de las depreciaciones masivas:

The short-term effect seemed disastrous — the stock market collapsed 95 percent, and Iceland's currency (the krona) fell 60 percent against the euro. Two positive effects resulted. First, a decimated exchange rate returned the country to sustainability — a large trade deficit has turned around into a growing surplus.

Deberíamos tener cuidado con todos argumentos friedmanitas que no resisten ni el rigor teórico ni el contraste empírico. Philipp se queja en su libro de que el euro incrementó artificialmente los tipos de cambio de España, Irlanda, Grecia y Portugal con respecto a Alemania y al resto del mundo –rebajando paralelamente el de Alemania con respecto a los PIGS y el resto del mundo–, lo que les permitió importar mucho más de lo que exportaban y acumular un déficit exterior mayor que si hubiesen mantenido sus divisas nacionales.

No me cabe duda de que tal hubiese sido el escenario en ausencia de unión monetaria, pero no por los motivos que indican Philipp y David. Me explico. Si el tipo de cambio fijo de un país aumenta con respecto al de otro, sus importaciones se abaratan y sus exportaciones se encarecen. La lógica aparentemente dicta que en tal caso aparecerá un déficit exterior o se reducirá el superávit (se importará más y se exportará menos), pero en realidad las interrelaciones económicas son mucho más complejas que todo esto. Al cabo, si el país A importa más del país B, B estará en posición de importar también más del país A.

Por ejemplo, supongamos que en el mundo sólo están España y Alemania. Si el tipo de cambio de la peseta contra el marco aumenta, España deja de comprar internamente sus Seat y pasa a comprar más BMW de Alemania; BMW que ya no podrán ser comprados por los alemanes que los habrían comprado. El resultado es que hay un stock invendido de Seats en España; unos empresarios de BMW con unos ingresos en pesetas y un conjunto de alemanes que tienen marcos y querían comprar un automóvil pero que no han podido adquirirlo. Un posible escenario es que los empresarios de BMW les vendan las pesetas a sus conciudadanos alemanes a cambio de marcos y éstos las utilicen para comprar Seats que, como no pueden venderse en España y no son competitivos en Alemania, tendrán que bajar de precio. El mayor tipo de cambio, pues, lleva a una deflación interna de las mercancías menos competitivas hasta que sean reabsorbidas por el país con un superávit corriente. Otra posibilidad es que los Seats caigan lo suficiente de precio como para que algunos españoles dejen de comprar, por ejemplo, vinos de la Rioja para adquirir Seats, siendo esos vinos de la Rioja los que se venderán a los alemanes que finalmente se queden con las pesetas resultantes de la venta de los BMW.

Lo que quiero señalar, pues, es que una revaluación no puede engendrar un déficit exterior crónico e incurable. Cuando este aparece –esto es, cuando un país puede seguir importando sin exportar– es porque el país con un déficit exterior está recibiendo financiación a mansalva del otro país. O dicho en términos más simples: si España comienza a importar BMW sin exportar nada a Alemania, es simple y llanamente porque Alemania le está permitiendo que difiera su pago en forma de bienes y servicios exportables (España se está endeudando con Alemania).

Sin esa financiación, el déficit exterior tendrá que autocorregirse, por mucho que se haya revaluado la moneda y por mucho que los precios internos sean rigidísimos (pues ante el creciente atesoramiento de la peseta por parte de los alemanes exportadores, a los españoles no les quedaría más remedio que ir bajando sus precios). Es el endeudamiento lo que permite a un tiempo consumir sin producir o comprar sin vender.

Claro que ese endeudamiento puede estar financiado de dos maneras: una, por ahorro voluntario de los alemanes (esto es, los alemanes dejan de consumir y las mercancías que no consumen se las venden a fiado a los españoles) y otra por expansión crediticia no respaldada por ahorro (los alemanes siguen consumiendo al mismo ritmo y los españoles les siguen comprando sus bienes aunque no les vendan nada). Si la expansión de crédito la llevan a cabo los bancos españoles, en un sistema de tipos de cambio variables la peseta podría depreciarse, conteniendo así el déficit exterior de España. En un sistema de tipos de cambio fijos, en cambio, deberían ser los propios bancos los que devaluaran la peseta, esto es, los que se negaran a entregar tantos marcos como antes por unidad de peseta (no otra cosa es un sistema de tipos de cambio fijos: los bancos, públicos o privados, estudian cuántos pasivos suyos pueden entregar a cambio de los pasivos de otros bancos).

Ahora bien, no crean que los tipos de cambio flexibles son más automáticos que los fijos. Si decía que en un sistema de tipos de cambio variables la peseta podría depreciarse es porque si los bancos alemanes también hubiesen expandido el crédito a un ritmo similar al de los bancos españoles, la peseta no tendría por qué depreciarse; es decir, si los bancos alemanes se hubiesen sumado a la expansión crediticia estando dispuestos a comprar cantidades crecientes de pesetas artificialmente infladas, el tipo de cambio de la peseta no se hubiese devaluado. ¿Quieren una prueba práctica? Islandia tuvo una de las expansiones crediticias más monstruosas del mundo y, sin embargo, el tipo de cambio de la corona con respecto al euro se apreció hasta 2006. Así pues, en ambos casos –tipos fijos y variables–, la corrección del déficit exterior depende del buen juicio de los bancos: si los bancos deciden inflar el crédito, de nada nos sirven los tipos variables; y si los bancos deciden devaluar la divisa (esto es, no sumarse a la expansión del crédito), de nada servirán las expansiones crediticias extranjeras.

Tras todo este rollo, ¿a dónde quiero llegar? Básicamente a que con tipos de cambio variables entre España, Portugal, Irlanda y Grecia, por un lado, y Alemania por otro, la situación que vivimos con el euro podría haberse reproducido exactamente igual siempre que los bancos alemanes hubiesen expandido el crédito a un ritmo igual o superior al de los PIGS.

Es cierto que uno de los argumentos clave del libro de Philipp –tal vez el argumento clave– es que la disciplina y la ortodoxia de Bundesbank nunca hubiesen permitido una orgía crediticia por parte de los bancos alemanes como la que tuvo lugar con el BCE y, por tanto, o la peseta se hubiese indefectiblemente depreciado (con tipos variables) o España hubiese sufrido una cierta deflación interna (con tipos fijos).

Pero en tal caso el problema no está en el euro, sino en la indisciplina monetaria del BCE. Aun cuando España hubiese entrado con un tipo fijo sobrevalorado en la unión monetaria, si el BCE se hubiese comportado como el Bundesbank, no hubiese sido capaz de acumular déficits comerciales. Por eso no le encuentro demasiado sentido a algunas frases del libro de Philipp como. “Imports remained cheaper for southern Europe tan they probably would have without the monetary union. (…) The result of combining this with artificially low interest rates was the credit-financed consumption boom, especially in the southern states”.

Sin tipos de cambio sobrevalorados y con expansión crediticia habríamos podido tener igualmente un boom de consumo (Estados Unidos, Inglaterra, Islandia, Hungría…); con tipos de cambio sobrevalorados y sin expansión crediticia, no la habríamos tenido, pues sólo hubiésemos podido importar de Alemania sin exportar mientras los alemanes ahorraran voluntariamente (lo que habría terminado pronto). Si los tipos de cambio fijos –el euro– no son ni condición necesaria ni suficiente para la acumulación de nuestra deuda exterior, ¿por qué se les culpa del desaguisado? La responsabilidad es únicamente de la expansión crediticia no respaldada por ahorro, no del esquema de un tipo de cambio fijo. Lo contrario es hacer concesiones innecesarias a keynesianos, monetaristas e inflacionistas en general.

O dicho sintéticamente, la tragedia no fue el euro, sino la filosofía inflacionista del Banco Central Europeo.

10 de Enero de 2011

La ilusión del control absoluto

Mi réplica al artículo de Cebrián de este domingo pasado:

El problema de semejante recetario es que resulta más fácil de enunciar que de ejecutar. Sobre el papel puede sonarles bien a algunos, pero al tocar la melodía deviene sólo un cúmulo de estridencias. A nadie se le escapa que para terminar con el hambre en el mundo no basta con desearlo por Navidad o que para alcanzar la paz mundial de nada sirve prohibir la guerra como se hiciera en el Pacto Briand-Kellogg; y por idéntico motivo, tampoco lograremos erradicar las depresiones económicas creando megaorganismos globales con la misión de censurarlas.

Si la solución a los problemas locales de información no reside en el control galáctico ni en timar a la población diciéndole que no corre ningún riesgo, ¿dónde cabe buscarlo? Pues en descentralizar el control, pero no en unos organismos nacionales o regionales que no sólo fracasaron estrepitosamente durante los últimos años, sino que se sumaron entusiastas al proceso de expansión del crédito.

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4 de Enero de 2011

Dos conceptos de competencia: los taxis contra Microsoft

Ya está online el número 44 de la Ilustración Liberal. En él publiqué un artículo donde comparo el concepto hayekiano-rothbardiano de competencia con el concepto neoclásico e ilustro las diferencias con la muy distinta consideración que recibirían para cada uno los taxis y Microsoft:

En cierto sentido, podríamos considerar la concepción estática de la competencia como una fotografía y la dinámica, como una película. Al cabo, la primera sólo se preocupa de que el consumidor pueda elegir entre una gran cantidad de ofertas predeterminadas y exactamente iguales: la competencia consistiría aquí en la posibilidad de seleccionar la identidad del proveedor; en cambio, la segunda se centra en que todos los agentes tengan la posibilidad de proponer de manera continua ofertas de valor alternativas para los consumidores: aquí, la competencia quiere decir libertad de entrada en el mercado.

El punto esencial, empero, es que la visión estática de la competencia quiebra porque se desentiende del proceso de descubrimiento de las necesidades de los consumidores. Si hay suficientes empresas precio-aceptantes, tenemos competencia; para lo cual poco importa que haya genuina competencia (libertad de entrada en el mercado) o no la haya (licencias o regulaciones públicas de precios y cantidades). En este sentido, sí tenían razón Lange y todos los otros socialistas que se veían capaces de elevar la competencia capitalista a su máxima potencia bajo una economía planificada de manera centralizada: si todo consiste en la existencia de muchas empresas pequeñas que no intentan lucrarse a costa de los consumidores, el socialismo podría lograrlo de inmediato y por decreto-ley. No había mucho de qué preocuparse.

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3 de Enero de 2011

El libre mercado no causó la crisis

El viernes pasado publiqué en La Gaceta este artículo a propósito de la crisis:

Por muy imprudentes que pudiéramos ser los españoles, nuestra irreflexión por sí sola no permite explicar cómo pudimos acumular tantas deudas; cómo nuestros prestamistas fueron tan miopes de seguir extendiéndonos crédito sin límite para sufragar nuestros dispendios. No en vano, tenga en cuenta el lector que si nadie incrementa su ahorro para aumentar su oferta de crédito y, al mismo tiempo, todo el mundo comienza a demandar ese escaso crédito de manera compulsiva, su precio, el tipo de interés, debería dispararse y limitar el endeudamiento.

Sobre esa burbuja de crédito se construyó la burbuja inmobiliaria y sobre ésta la burbuja del empleo, la del crecimiento económico y la del superávit público. Pinchada la primera una vez los agentes no podían permitirse un apalancamiento mayor, todas las demás fueron viniéndose abajo una tras otra: los precios de la vivienda dejaron de inflarse, los trabajadores dependientes directa o indirectamente de la construcción perdieron sus empleos y la recaudación tributaria derivada de la insana hinchazón de la actividad se esfumó. No se crea, pues, a todos aquellos propagandistas que, embebidos del ideario socialista, repiten que la crisis es una consecuencia del libre mercado: los causantes últimos de esta gravísima crisis son los bancos centrales, monopolios públicos que nada tienen que ver con el libre mercado.

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