liberalismo.org

Todo un hombre de Estado: Junio 2006

27 de Junio de 2006

Informe Semanal y la mentira

Esta semana crítico en Libertad Digital un documental que emitieron en Informe Semanal sobre las maldades del capitalismo. El documental podéis verlo desde esta dirección: en la esquina inferior derecha podéis encontrar "Las causas del hambre".

Si de algo carece África es de la presencia de capital financiero internacional que permita a los individuos crear sus propias empresas, generar puestos de trabajo y producir masivamente bienes de consumo, como los alimentos; carencia que, de nuevo, se explica por la falta de seguridad en torno al derecho de propiedad. Si el Gobierno puede nacionalizar los patrimonios o dirigir las compañías, nadie en su sano juicio invertirá en el territorio que maneja.

La concepción de que los alimentos no son una mercancía sino un derecho humano nos lleva a creer que los alimentos no tienen por qué ser producidos, pues caerán automáticamente del cielo, como si de maná se tratara. Aun cuando Ziegler lo niegue, la producción de alimentos se rige exactamente por las mismas leyes que la de coches u ordenadores: si queremos darle un trato diferencial, promoviendo iniciativas intervencionistas que controlen la producción y la distribución, lo que conseguiremos será una población hambrienta, anestesiada, sumisa al Estado y controlada por los políticos. Es decir, justo la situación vigente en África.

Leer más

26 de Junio de 2006

Más caridad

Los gobiernos están para redistribuir la riqueza y proteger a los más desfavorecidos. La caridad privada no podría recaudar el dinero suficiente para estos menesteres. La gente sólo se desprendería de una pequeña porción de su riqueza para ayudar a los desfavorecidos. Claro.
La imposibilidad de un tipo de interés cero

Alberto García ha contestado a mi post sobre el interés y el capitalista. En este caso no voy a recurrir al fisking ya que su comentario es una amalgama inconexa de ideas que tratan de probar, con mucha fe mutualista, la posibilidad de un tipo de interés igual a cero.

Va a ser esta tesis, precisamente, la que me voy a dedicar a atacar. Por una razón muy sencilla: si el tipo de interés no es igual a cero, alguien tendrá que ser el propietario del capital, pudiendo exigir a cambio de su pérdida temporal, un interés remuneratorio. En otras palabras, si el tipo de interés no es cero, la figura del capitalista es esencial.

Para entender por qué el interés nunca podrá desaparecer de una organización económica, analicemos cada una de las posibilidades.

Supuesto de partida: Tenemos un banco mutualista que presta capital a un tipo de interés cero. Esto implica que a) el capital es finito o b) el capital es infinito. Apostar por b) demostraría no tener ni la más remota idea sobre qué es el capital, pero intentemos ver las implicaciones de ambas.

Si el capital es finito (a), es decir, si el banco mutualista no puede disponer de todo el capital que quiera, entonces tenemos dos posibilidades: a1) o asumir que la demanda de capital siempre será inferior a su oferta, es decir, que el capital es un bien libre como el aire, o a2) que el banco mutualista raciona su capital escaso y selecciona a quién prestárselo.

Si asumimos  a1), estaríamos en una situación que pronto se colapsaría. Cualquier empresario podría demandar capital para rentabilizarlo en cualquier período de tiempo. Por ejemplo, quiero construir un puente que atraviese todo el Atlántico; para ello, necesito contratar a todos los ciudadanos españoles durante 30 años. Yo espero que una vez construido, a través del peaje, pueda devolver el capital prestado en 20 años.

Así, puedo pagar con cargo al capital prestado los salarios de los 40 millones de españoles durante 30 años. Esto da lugar a dos fenómenos: 1º los trabajadores españoles dejan de producir bienes de consumo durante 30 años, 2º los trabajadores españoles, gracias a los salarios pagados, adquieren bienes de consumo durante esos 30 años.

Repito: si los 40 millones de españoles se dedican a construir un puente durante 30 años, estos trabajadores cobrarán mensualmente sus salarios, que les permitirán seguir consumiendo, y en cambio no habrán producido NADA que ofrecer al mercado durante 30 años.

Si cualquier persona puede acudir al banco mutualista y emprender un proyecto de estas dimensiones (porque recordemos que el proyecto es rentable a 50 años vista, de modo que no supone ningún despropósito empresarial), ¿podemos seguir creyendo que la demanda del tipo de interés será inferior a la oferta? Si la demanda es gratis, necesitaremos incrementar continuamente la oferta de capital para que siempre esté por encima de la oferta. Por tanto, la respuesta a esta pregunta dependerá de lo que entendamos por oferta de capital, si papel moneda o ahorros. Las implicaciones de esto conviene tratarlas en el supuesto b) de capital infinito.

Supongamos ahora que el banco mutualista tiene capital finito y que lo raciona de alguna forma, seleccionando a los empresarios a quienes puede prestarles el capital a un tipo cero (a2). Aquí puede haber dos criterios: a21) Plazo de recuperación, a22) Expectativas de beneficios sociales del proyecto.

Si el banco concede los préstamos en función del plazo de recuperación (es decir, quien antes pueda devolverme el principal será mi prestatario), se produciría una carrera entre los empresarios por ejecutar negocios de muy corta duración. Esto significaría, en la práctica, que todos los proyectos que impliquen inmovilizar capital (por ejemplo, comprar máquinas, construir una nave industrial, acumular stocks de mercancías) dejarían de emprenderse; la competencia no sería por ver quién puede pagar tipos de interés más altos (es decir, quien sirve mejor a los consumidores) sino quien rentabiliza ANTES sus proyectos. En todo caso, tendríamos una economía muy primitiva, con préstamos a corto plazo para agilizar las transacciones de cobros y pagos.

Por ejemplo, el distribuidor A le compra al agricultor B su cosecha. Como no tiene dinero, pide un préstamo que recuperará cuando venda la cosecha mañana a los consumidores por un precio ligeramente superior (fijémonos que incluso aquí sigue habiendo tipo de interés, ya que ese precio superior, es el descuento que ha aplicado el distribuidor al agricultor).

Si el banco concede los préstamos según una cierta "expectativa de beneficios sociales" (a22), el juicio sobre estos beneficios será totalmente arbitrario. Será el banco quien decida qué empresas deben prosperar y cuáles deben no iniciarse; pero este cálculo será del todo aleatorio, ya que no exigirá que los proyectos que se inicien sean los más rentables. En definitiva, tendríamos un órgano de planificación central socialista que decidiría cuáles son los empresarios que pueden actuar en el mercado.

De hecho, la continuidad de los negocios empresariales dependerá, no del empresario que se sienta capacitado para devolver el préstamo y los intereses, sino del gestor del banco mutualista. De modo que si, por ejemplo, quiero renovar la maquinaria que se me acaba de depreciar y el gestor del banco cree que mi negocio ya no tiene utilidad social, me iré a la calle.

En otras palabras, los empresarios sí deberían proporcionar un interés a cambio de los préstamos, si bien no se trataría de un interés monetario, sino en especie. Deberían devolver el capital más una cierta exigencia de beneficios sociales no mensurables. Desde el momento en que cualquier no puede obtener capital ilimitado, el tipo de interés YA no es cero. Sería como decir que el precio de las patatas es cero, pero todo aquel que quiera comprarlas debe darle la mayor cantidad posible de masajes al agricultor. Ciertamente, el precio monetario de las patatas sería cero, pero tendríamos un precio cifrado en número de masajes (trueque).

Pero además, el problema de concepción de este banco es anterior. Si este banco dispone de capital es porque ciertas personas lo han depositado voluntariamente en él (en caso contrario, tendríamos una agencia coactiva que robaría el capital a la gente). Es posible que las personas altruistamente renuncien a capitalizar sus rentas, esto es, renuncien a tener una pensión en el futuro o a incrementar su riqueza. Sin embargo, también es posible que las personas quieran jubilarse y no ser pobres, de modo que no quieran depositar sus ahorros en un banco que les ofrece una rentabilidad cero por su capital. De hecho, es dudoso de que quieran depositar sus ahorros en un banco que tiene capacidad para inmovilizarlos durante años, sin contraprestación alguna.

Imaginen que tengo unos ahorros de 20000 euros. Los deposito en el banco y éste los presta a un empresario que los utiliza para comprar una nave industrial. Voy mañana al banco y le digo: "necesito 1000 euros de mis ahorros para comprarme una lavadora". Y el banco mutualista me responde: "Mire, lo sentimos mucho, sus 1000 euros están por ahora invertidos en una pared de una nave industrial que, si todo va bien, ganará dinero dentro de cinco años cuando la empresa esté en pleno rendimiento". Obviamente, hasta que el empresario no devuelva el capital prestado, yo no podré recuperarlo. ¿Tiene sentido esperar que la gente esté dispuesta a perder la disponibilidad sobre su dinero a cambio de nada? Puede tenerlo, es praxeológicamente posible (ya que significaría que el uso prioritario de su dinero es prestarlo a los empresarios) pero no es probable.

Sólo en el caso en que los individuos estén dispuestos a renunciar temporalmente a CUALQUIER consumo, el tipo de interés monetario cero sería posible. Pero aun en este caso, el tipo de interés y el racionamiento del capital seguiría existiendo.

Abordemos ahora la última posibilidad: el capital es infinito (b). Primero deberemos definir qué es capital: si dinero o ahorros. Enlazamos aquí con las implicaciones pendientes de a1.

Si decimos que el capital es papel moneda, entonces el capital si puede ser infinito y, por tanto, el tipo de interés cero (sólo tenemos que imprimir tanto dinero como sea necesario). Si afirmamos que el capital son ahorros, entonces no puede ser infinito, porque unos ahorros infinitos significarían una producción infinita, esto es, una ausencia de escasez y, por tanto, de economía.

La definición del capital como dinero resulta problemática, ya que tiene implicaciones absurdas. Volvamos al ejemplo de un empresario que pide dinero para construir una carretera en 30 años y rentabilizarla durante los 20 siguientes y que con ese dinero contrata toda la fuerza laboral española. Supongamos ahora que 300 empresarios más acuden al banco mutualista en busca de créditos a tipo de interés cero y que contratan a toda la mano de obra mundial para realizar proyectos que terminarán en 30 años (por ejemplo, estaciones espaciales, túneles, canales...).

En este caso, los trabajadores cobrarían sus salarios pero no producirían ningún bien de consumo. Irían al mercado pero no habría nada que comprar. Los trabajadores sólo tendrían papel, pero no tendrían nada que llevarse a la boca.

Esta situación, claro está, sólo puede continuar si los trabajadores aceptan trabajar durante 30 años sin consumir, es decir, si forzamos a los trabajadores a que sean ellos quienes ahorren y presten al empresario. Por supuesto, éste podrá entregarles papel durante 30 años (basta con que el banco mutualista le dé a la impresora), pero ese papel no podrá comprar ningún bien de consumo, pues todos los trabajadores estarán empleados en producir puentes, estaciones espaciales y demás.

Sólo cuando los proyectos megalómanos hayan terminado al cabo de 30 años y los trabajadores se reintegren a puestos de trabajo destinados a producir bienes de consumo, podrán volver a consumir (por supuesto, el sistema monetario, mientras tanto, habría desaparecido por la inutilidad y falta de respaldo del papel).

Por tanto, vemos que el capital no es infinito, ya que en todo caso implica un ahorro forzoso por parte de los trabajadores, que deberían renunciar a consumir y trabajar gratis et amore.

De nuevo, el tipo de interés no sería cero, pues los trabajadores sólo seguirían empleados de gratis si obtuvieran algún tipo de remuneración psicológica extraordinaria (placer por el trabajo de construir puentes, por ejemplo), que el empresario debería proporcionarles. Es decir, los ahorradores-capitalistas serían los trabajadores y el interés sería en especie: la posibilidad de trabajar en la construcción de un puente.

Pero aun en este caso, los supuestos del tipo de interés cero no se mantendrían, ya que si una vez finalizado el puente otro empresario quisiera contratarlos por 50 años más (para fabricar una valle turístico de piramides), los trabajadores sólo estarían dispuestos si la actividad propuesta les agradara. En caso contrario, el empresario NO obtendría el capital que necesita para iniciar el proyecto (ergo, el tipo de interés no es cero).

Extinguidas las posibilidades, vemos que el tipo de interés monetario puede ser cero en supuestos muy extraordinarios (básicamente que la gente renuncie a la disponibilidad de su dinero y que no quiera consumir por plazo indefinido), pero que en ningún caso el tipo de interés económico será cero; en otras palabras, la imagen de un banco mutualista que proporcione capital a todo aquel que lo necesite es simplemente irreal e imposible.

Espero tu respuesta, Alberto.

23 de Junio de 2006

World Freedom Summit 2006

Deseadme suerte.
Beneficios y salarios

Hoy publico en el Juan de Mariana un artículo donde intento explicar la interrelación e íntima conexión de intereses entre los salarios y los beneficios. El artículo es un poco largo y, tal vez, denso. Pero creo sinceramente que su lectura merece la pena.

Y si el anterior se lo dediqué a Alberto García, este se lo dedico a Pijus Economicus, para que vea que nadie roba a nada al trabajador.

La pugna entre salarios y beneficios es mucho más absurda de lo que la izquierda suele plantear. Un incremento de los salarios a costa del capital de la empresa supone una reducción de su rentabilidad, lo que dificulta la reinversión y, en ciertos casos, incluso la amortización. Una capitalización total de los beneficios simplemente imposibilitaría la contratación de mano de obra o la adquisición de materias primas, ya que elevaría la rentabilidad de trabajar fuera de tal empresa.

Dado que es la disposición al pago de los consumidores la que determina la cuantía de esos flujos de caja, entenderemos perfectamente cómo bajo el libre mercado la retribución tanto de trabajadores y capitalistas se realiza en función de su servicio al consumidor y no del expolio interclasista.

Leer más

22 de Junio de 2006

La Cataluña abierta y plural

Por las mañanas emiten en TV3 un programa presentado por Josep Cuní denominado "Els matins a TV3". Pues bien, cada día plantean una pregunta a la audiencia para conocer sus opiniones sobre determinados temas de actualidad.

Hoy la pregunta era: ¿Verían bien que el presidente de la Generalitat hubiera nacido fuera de Cataluña? Antes de dar el resultado el presentador ya ha advertido de que hoy ha habido una masiva afluencia de llamadas. Pues bien, los muy progres y tolerantes espectadores de TV3 opinan en un 75% que NO verían bien un presidente nacido allende Cataluña. Entrañable, ¿no? Por fin, somos Uropeos, de entreguerras, claro.

21 de Junio de 2006

Google, otro éxito del capitalismo

Hoy escribo en webinversor sobre el caso Google, una perfecta ilustración de la troika del capitalismo a la que me referí en artículos pasados. Va dedicado a Alberto, un partidario del libre mercado anticapitalista, aun cuando no haya comprendido en absoluto la función de los capitalistas.

El 29 de agosto de 2004, las acciones de Google salieron a la venta por 85$ la acción, hoy rondan los 400. Si en 1998 contrataron a su primer trabajador, hoy cuentan con más de 2500. Sus creadores, Larry Page y Sergey Brin, se encuentran entre los hombres más ricos del mundo con apenas una treintena de años.

Larry y Sergey eran dos inventores que se mantenían con sus propias rentas y que, una vez efectuaron el descubrimiento adecuado –Backrup y su evolución Google-, comenzaron a actuar como empresarios buscando capitalistas que quisieran “comprar su idea” para así poder materializarla en inversiones productivas.


Leer más

20 de Junio de 2006

Gestas keynesianas

Este martes critico en Libertad Digital el proyecto puramente socialista y keynesiano del PP valenciano sobre las investigaciones a la I+D, conocido como programa Gesta.

El Gobierno valenciano se siente legitimado para quitar a la sociedad parte de sus riqueza y gastarla, como si de un Comité Central Soviético se tratara, allí donde él juzgue más conveniente –en este caso, la I+D.
Por desgracia, la investigación tecnológica se presta a este infame pasteleo intervencionista, pues en torno a ella existe una cierta mistificación que los políticos aprovechan para incrementar su poder y control.

Las subvenciones a la I+D, por tanto, corrompen la investigación científica, ya que los empresarios, en lugar de satisfacer las necesidades de los consumidores, sirven las de los políticos. Su objetivo no es ser recompensados en el mercado, sino en las Administraciones Públicas.

Leer más

19 de Junio de 2006

El capitalista, patrón de los pobres

Alberto García critica a algunos partidarios del capitalismo, que para justificar la figura del capitalista, dicen que el beneficio es anterior al trabajo porque los salarios no son más que un descuento al valor que el capitalista ha generado con su acción que entrega a los trabajadores contratados que le ayudan a poder a llevar a cabo su acción empresarial.

No sé si se refiere a mí, pero dado que he sostenido en diversas ocasiones tal tesis, recojo el guante.

Alberto intenta distinguir entre empresario y capitalista. EL primero se caracterizaría por detectar las necesidades de mercado y destinar los recursos al negocio, mientras que el capitalista sólo pone el capital: El capitalista no hace nada más. Si hace algo más no podemos hablar de "un capitalista", en exclusiva.

Dado que Alberto parte de una errónea concepción del valor-trabajo, tiene que asentar toda generación de valor en el trabajo. Esto le permite justificar que el empresario se apropie de los beneficios derivados del capital ya que Como mínimo para detectar esas necesidades en el mercado el emprendedor tendrá que poner a trabajar sus neuronas, pero, sin embargo, niega que el capitalista puro, ese que no realiza ningún trabajo, se quede con los beneficios: Tomemos ahora un capitalista en su sentido puro, de tal manera que estemos ante una persona que pone un capital para que se pueda llevar a cabo un negocio esperando recuperar ese capital y obtener luego algo más de capital. ¿Qué ha hecho ese capitalista? Siendo buenos podríamos decir que ahorrar o abstenerse de gastar.

Detengámonos aquí por ahora. Alberto parece despreciar que supuestamente la única labor del capitalista haya consistido en abstenerse de gastar. Esto olvida dos detalles fundamentales: para poder gastar se ha de producir (o robar al que ha producido, pero nos centraremos en la persona que posee capital legítimamente) y por tanto, para ahorrar y acumular lo que no se gasta, se ha tenido que producir. Esto implica ya de por sí una actividad empresarial previa, consistente en localizar las oportunidades de beneficio que permitan generar capital. Cualquier persona que hoy disponga de ahorros –en sus distintas formas: dinero, inmuebles, acciones…- que no sean fruto de la violencia, ha tenido que ejercer necesariamente la función empresarial exitosa en el pasado, ya sea como empresario (sirviendo a los consumidores) o como trabajador (escogiendo aquellos puestos de trabajo que mejor satisfacen al consumidor).

Pero aun olvidando este punto, la función ahorradora del capitalista es esencial, por mucho que Alberto la vilipendie. Si los capitalistas tomaran la decisión opuesta, consumir toda su riqueza hoy, la economía volvería a su etapa primitiva de recolectores de frutas. Asistiríamos a la mayor de las hambrunas de la historia, simplemente porque sería imposible mantener las estructuras productivas actuales.

El capitalista no ahorra porque no quiera consumir hoy, ahorra porque prefiere capitalizar sus rentas presentes hacia el futuro y consumir más en ese momento. La labor de ahorrar no está ausente de costes: el capitalista debe renunciar a todas las posibilidades de consumo presentes para que otros, los empresarios, puedan pedir prestados esos recursos y utilizarlos en la actividad productiva.

Sin ahorro los bienes de capital no pueden amortizarse, los trabajadores no pueden cobrar por adelantado sus salarios (¿qué sucedería con el minero que extrae carbón para calentar las calderas en una fábrica de maquinaria pesada? ¿Cuántos años tendría que esperar hasta que su producción sirve efectivamente al consumidor?) y, en definitiva, ninguna producción indirecta sería posible.

El mensaje, por tanto, es absurdo y acientífico. Si la función de ahorrar no aporta nada, podemos animar a que los trabajadores gasten hoy la integridad de sus salarios, a que los empresarios se abstengan de pagar y cobrar a crédito, a que dejen de acumularse amortizaciones para reinvertirlas en los bienes de capital o a que los capitalistas dilapiden todos sus ahorros, a que se suspenda de inmediato todo el gasto en I+D. Al fin y al cabo, ¿qué importancia tiene el ahorro? Lo que no entiendo es, si tan poco útil resulta, ¿por qué los empresarios desprovistos de capital (aquellos que no han ahorrado suficiente tiempo como para iniciar por ellos mismos su actividad) acuden a las personas que sí han ahorrado (entre los que también se incluyen pequeños ahorradores que compran bonos o acciones) para que les presten su capital?

Pero sigamos con la peculiar caracterización del capitalista que hace Alberto: Al haber ahorrado o haberse abstenido de gastar ha conseguido acumular capital, de tal manera que ahora lo puede poner a disposición de por ejemplo un emprendor que detecte unas necesidades en el mercado y use ese capital para montar un negocio. Eso es lo único que hace el capitalista y por eso él se lleva la plusvalía. No ha hecho otra cosa más que tener el capital que había acumulado de su ahorro o de su abstinencia en el gasto. ¿Ha creado valor? Pues no. Lo que ha hecho es poner un precio a su capital al emprendedor, que recordemos era un trabajador. Ese precio que el emprendedor paga es la plusvalía que el capitalista se lleva.

A pesar de los disparates anteriores, este párrafo contiene la clave del error de Alberto quien, aun sin saberlo, asume que las oportunidades de beneficio son como las piedras, uno se las encuentra por la calle y son completamente ciertas.

El emprendedor que carece de capital (y repito, carece de capital porque no ha ahorrado durante suficiente tiempo a diferencia del capitalista) necesita acudir a un capitalista para que le preste dinero y poder rentabilizarlo. El empresario cree haber descubierto una oportunidad de ganancia en el mercado y por ello quiere aprovecharla. El capitalista, de la misma manera, tiene que valorar y juzgar (o, como diría Alberto, hacer trabajar sus neuronas) si el proyecto que le presenta un empresario realmente va a tener éxito o, en cambio, supondrá una ruina para su capital.

No sólo eso, es posible que cada capitalista tenga ante sí una pluralidad de proyectos de inversión dispares (como ocurre hoy cuando uno se va a la Bolsa) que prometen rentabilidades diversas. El capitalista debe elegir y seleccionar cuáles son los mejores proyectos, esto es, los que sirven necesidades más acuciantes del consumidor. Al elegir, discriminar e invertir, el capitalista está ejerciendo la función empresarial, aun cuando la gestión inmediata del negocio la ejecute otra persona.

De hecho, si el capitalista prestara automáticamente el dinero a toda persona que se lo solicitara y le prometiera una rentabilidad mínima, a buen seguro que habría dilapidado todo su capital en proyectos ruinosos.

Si la inversión del capitalista fuera tan sencilla y reactiva como la presenta Alberto, entonces todos los que tuviéramos unos mínimos ahorros, estaríamos obteniendo rentabilidades altísimas en los mercados de capitales. Pero ello no es así en la mayoría de los casos.

La cosa, me temo, no cambia por el hecho de que estemos hablando de pequeños o grandes capitalistas. De hecho, la mayor cuantía del capital sólo dificulta la inversión. Por ejemplo, imaginemos que yo dispongo de 10000 euros y descubro una pequeña empresa llamada Intel que creo (juzgo, valoro, estimo, preveo) que en unos años se expandirá muchísimo. Su valor en Bolsa actual son 50000 euros, por tanto, yo puedo comprar un 20% de la empresa. Al cabo de 10 años, si el valor de la empresa se ha multiplicado por 1000, yo habré obtenido rentabilidades altísimas del orden del 1000000%. Habré rentabilizado muchísimo todo mi capital.

Ahora pongamos que soy Warren Buffet y tengo unos 45000 millones de euros de capital que invertir. Tengo la suerte de descubrir esa misma pequeña empresa llamada Intel pero, oh sorpresa, de los varios miles de millones de euros de los que dispongo, sólo puedo invertir en ella 50000 (su valor bursátil). Es cierto que en unos años obtendré unas rentabilidades del 1000000% sobre esos 50000 euros de inversión, pero sigo teniendo que elegir dónde colocar mis restantes 44999950000 euros. ¿Crees que resulta sencilla encontrar oportunidades de negocio que te permitan ampliar de manera continua ese ingente capital? ¿Crees que resulta irrelevante la labor que realiza Buffet de invertir allí donde se esperen rentabilidades futuras mayores? ¿Acaso no está seleccionando qué empresarios deben realizar qué proyectos y cuáles no deben dilapidar los recursos? ¿Acaso si ejerce mal su función empresarial no dilapidará su propio capital?

El gran capitalista no puede ligar todo su capital a empresas nacientes que vayan a experimentar grandes rentabilidades y, en muchos casos, tendrá que esperar años y años hasta encontrar oportunidades de ganancia que le permitan rentabilizar realmente su capital. O como expresó claramente el propio Warren Buffet, hay que sentarse encima de una montaña de dinero y esperar.

Luego Alberto continúa olvidando la labor esencial que juega el tipo de interés en la determinación de las inversiones: Lo ideal para el emprendedor sería que la plusvalía fuese cero. En esas circustancias, el emprendedor se llevaría todo el producto de su trabajo y el capitalista recuperaría lo aportado, pero no sacaría nada más.

Es decir, que al capitalista se le pide que no gaste hoy, que inmovilice su capital durante varios años y que al finalizar todo ese tiempo, recupere la misma cantidad inicial. ¿Entonces para que prestarlo a alguien? ¿No resulta igualmente rentable (rentabilidad=0) pero bastante más líquido atesorarlo?

No sólo eso, si el capitalista no exige a los empresarios que le proporcionen rentabilidades crecientes, ¿cómo selecciona el capitalista a qué empresarios prestar su dinero? Imagina que un capitalista tiene una cohorte de 1000 empresarios que necesitan su capital para comenzar un negocio. ¿A quién prestarlo? Desde el punto de vista de Alberto, basta con que el empresario sea capaz de recuperar al cabo del período la inversión inicial, pero eso significa que el capitalista no tiene que invertir allí donde sea más rentable, esto es, allí donde los consumidores valoren más la producción. Si un empresario es capaz de conseguir una rentabilidad del 100% y otro sólo el 0%, el capitalista bien puede prestar su capital al que ofrece un 0%, ya que sólo reclama la devolución de su capital inicial.

Sin interés sustituyes la rentabilidad de los proyectos por una mera pugna por la liquidez. Los empresarios se pelearían por ver quién es capaz de devolver antes el capital prestado, lo cual implica reducir el período productivo y, por tanto, la productividad de la economía.

En este sentido, todos los proyectos capaces de recuperar el desembolso inicial serían rentables, aun cuando hubiera otros que fueran mucho más rentables y que no pueden emprenderse porque el capital escaso ha sido concentrado en las manos de los empresarios más ineficientes. El coste de oportunidad del capital parece no existir en la concepción ingenua de Alberto.

Sigamos con algunos errores de bulto: El beneficio no puede ser anterior al trabajo sencillamente porque la acción de evaluación de las necesidades de los consumidores propia del empresario puede ser perfectamente vista como una forma de trabajo. Y es lo que nos asegura la lógica: para crear valor hay que poner a trabajar aunque sea el cerebro.

Alberto carece de una teoría del trabajo y del ocio y de ahí surgen numerosos errores. Primero, la creación de valor no sólo pasa por la movilización del trabajo; el científico que disfruta investigando o reflexionando puede crear valor y no trabaja, del mismo modo que tampoco trabaja el futbolista que disfruta jugando un partido y al mismo tiempo genera valor para los espectadores. Segundo, aun cuando el trabajo fuera necesario para crear valor, eso no significa que el trabajo cree ese valor; podría ser sólo una de las causas para crear ese valor. Tercero, aun cuando fuera la única fuerza que permite crear valor, ello no significa que realmente lo esté creando: una cosa es que todos los medios útiles procedan de un trabajo anterior y otra cosa muy distinta es que los medios sean útiles en función de su trabajo. Desde siempre el ser humano ha tratado de maximizar el valor minimizando el trabajo, en tanto esta operación aparentemente opuesta es posible, no podemos afirmar que el trabajo condicione el valor. Y cuarto, aun cuando el trabajo determinara el valor, como ya hemos visto, el capitalista también moviliza el cerebro: decide qué cantidad ahorrar y dónde invertir esos fondos de entre las múltiples posibilidades existentes.

Vayamos con un nuevo disparate: Y la evidencia empírica nos lo podría demostrar: consiga que todos los capitalistas del mundo no hagan nada y el mundo seguirá su curso pues las demás personas siempre podrán tomar las propiedades de esos capitalistas (no vamos a entrar si eso es moral o inmoral, es un simple ejemplo).

Si mañana los capitalistas dejaran de invertir en las bolsas, ten por seguro que la economía se viene abajo. Me parece que muchos mutualistas aun no habéis llegado a comprender el teorema de la imposibilidad del socialismo, que no tiene que ver con los bienes de consumo, sino con la determinación de los precios de los factores productivos y, esencialmente, el capital.

Si los capitalistas dejaran de invertir, de retirarles fondos a unas empresas y  proporcionárselos a otras de una manera diaria, lo que tendrías es: a) una insuficiencia total de capital en la economía (te recuerdo que el capital no son sólo máquinas, sino también los ahorros de millones de personas que permiten financiar los proyectos empresariales, si esos ahorros desaparecen, ni los trabajadores pueden cobrar ni la gente sin ahorros invertir) que dispararía el tipo de interés y volvería no rentable la mayoría de los negocios actuales, b) una inmovilización permanente del capital en unos sectores dados de la economía (si los empresarios se quedan con los bienes de capital y no permites que puedan venderlos, acumular beneficios y luego reinvertir en otros negocios ajenos al suyo, estás vinculando el capital a unos sectores concretos de donde nunca saldría) y c) una absoluta incapacidad empresarial para descubrir las oportunidades de ganancia (ya hemos visto que la rentabilidad de un negocio es una rentabilidad relativa, ya que si existen otros negocios más productivos que el mío, mi negocio no será rentable; pero sí impido prestar capital y participar como capitalista en actividades distintas a donde ejerzo mi propio y directo trabajo, entonces no existen rentabilidades alternativas con las que comparar la propia rentabilidad del capital que tengo invertido).

Como consecuencia de ello, los mercados de capitales simplemente desaparecerían y volveríamos a una economía primitiva.

Vayamos con el disparate final: En una economía de genunino libre mercado los capitalistas se verían en la misma situación que los trabajadores ahora: tendrían competencia. Finalmente, y si de verdad nos creemos la teoría de la mano invisible, el mercado se autorregularía evitando a los capitalistas que sacasen mayores plusvalías y tendería a situarse en un escenario donde las plusvalías fuesen cero, por pura lógica de mercado.

Primero, una plusvalía (tipo de interés) igual a cero significa, como hemos visto, que la rentabilidad del negocio es irrelevante. Como en la parábola bíblica, el empresario puede pedir prestado capital, guardarlo debajo de una piedra, y devolvérselo al capitalista dentro de 10 años sin haberlo aprovechado para nada. Y en cambio, aquellos capaces de proporcionar mayores rentabilidades, como no tienen ninguna forma de hacer que el capitalista les preste a ellos el capital, se quedarían durmiendo a la sombra de los árboles. ¡Así nos enriquecemos todos!

Claro que existe una segunda alternativa, y es que un órgano de planificación central obligue al capitalista a que preste el dinero a aquellos empresarios que ofrezcan una mayor rentabilidad. ¿Pero cómo sabe ese órgano central qué empresarios tienen razón –esto es, qué proyectos serán finalmente exitosos- y quiénes se están equivocando? El capitalista tiene que juzgarlo y valorarlo y si yerra se arruina. ¿Qué ocurre con el órgano central?

El tipo de interés nunca será cero porque exigiendo esa nula rentabilidad los proyectos competitivos para acaparar ese capital se incrementarían y, por tanto, el capitalista prestará dinero a aquellos que ofrezcan una mayor eficiencia al uso de su capital.


De hecho, partiendo del modelo que tú propones, el tipo de interés no es que no vaya a caer, sino que se irá por las nubes. Cargándote el ahorro, la figura del capitalista y las bolsas, lo que consigues es una escasez total de capital y su sustitución por otras formas mercantiles bastante más ineficientes (como los intereses por mora, las enfiteusis o los censos, que no son más que formas encubiertas de inmovilizar el capital a cambio de una renta periódica sobre ese capital escaso).

Segundo, los capitalistas YA tienen competencia hoy en día. ¿Acaso un empresario, al acudir al mercado de capitales, sólo puede pedir prestado a una persona? ¿Acaso las OPV o las emisiones de bonos son monopolizadas por un capitalista? No, y precisamente por eso los empresarios sin capital pueden prosperar.

Pocos lo han expresado tan bien como Antal Fekete: El capitalismo debe ser visto como el liberador del talento inventivo, el creador de riqueza y de la prosperidad que beneficia a todos. Su fórmula creativa es la troika del capitalista, el empresario y el inventor. Uno no puede comprender los méritos del capitalismo sin asombrarse por la enorme y duradera reducción del tipo de interés que ha logrado. De hecho, la única forma válida de reducir el tipo de interés es concediendo un poder de negociación a la pareja formada por el empresario y el inventor frente al pensionista y al atesorador, esto es, fomentando la actividad que realiza el capitalista. Si este último es violentado en su actividad, la pareja del pensionista y el atesorador obtendrán un poder monopolístico y, a resultas, el tipo de interés será elevado. El capitalista es el único actor que puede ofrecer competencia frente a este monopolio. El resultado de esta competencia ha sido reducir el tipo de interés desde niveles extremadamente altos, como los que prevalecían en las sociedades precapitalistas, a un nivel reducido que permite conceder empleo a una gran cantidad de inventores y empresarios de buena fe. Pero incluso más notable que todo esto, es que el capitalismo ha conseguido reducir el tipo de interés sin dañar al pensionista y al atesorador. Cada miembro de la sociedad, con independencia de su contribución al éxito del capitalismo, se ha beneficio del tipo de interés reducido promovido por capitalismo, gracias al mayor número de bienes de consumo disponibles a bajos precios o los mayores salarios derivados del incremento de la productividad marginal del trabajo y del capital, derivadas de incontables descubrimientos científicos. Sólo haciendo referencia a la acumulación de capital podemos explicar la prácticamente lista sin fin de comodidades prodigiosas, previamente desconocidas e inconcebibles, que benefician al hombre común. Todo ello se debe solamente a la reducción del tipo de interés que ha permitido la actividad del capitalista.

16 de Junio de 2006

Ni con las parodias aciertan

Uno ya se ha aficionado a entrar en Socialdemocracia.org para echarse unas risas a costa del desparpajo intelectualoide ajeno. El último artículo que me ha llamado la atención es La Gran Creación, de un tal Francisco Agenjo, escribidor de otros textos humorísticos como Soy accionista de una empresa.

Agenjo pretende parodiar la supuesta "perfección" que los liberales atribuimos al mercado, equiparándolo con la creación divina: Y dios dijo, hágase el libre mercado. Y el libre mercado se hizo. Perfecto. El segundo día dios creó el Dinero, que iluminó la creación. Y dios continuó su obra, creando las acciones, las bolsas y los edge funds. El sexto día, dios creo la empresa, a su imagen y semejanza, perfecta e intachable en su gloria. Y el séptimo día, dios descansó, y se fue a un paraíso fiscal en las Barbados

Lo primero que se desprende de este artículo es un cliché absolutamente constructivista; el mercado y el dinero han sido creados y planificados de manera consciente por un ser superior. En caso contrario, su perfección resulta inexplicable.

Por supuesto, si caracterizamos el mercado por su orden planificado, simplemente estamos dejando de hablar acerca del mercado. Y si nos chotamos de que ese mercado planificado pueda llegar a ser perfecto, en realidad estamos ridiculizando que la planificación -esto es, el socialismo- puedan alcanzar buenos resultados. Un detalle del que alguna lumbrera izquierdista parece no haberse dado cuenta.

Pero además, la descripción de la creación del mercado que pretende pergeñar no puede ser más estrambótica. Dejemos al margen que un Dios omnisciente cometa faltas de ortografía y cree edge funds y no hedge funds; lo realmente curioso es la sucesión de los hechos.

Primero, el dinero no se crea, surge espontáneamente como el activo más líquido de una sociedad. Los únicos obsesionados con crear e imponer el dinero han sido los Estados, tanto en su forma keynesiana (¿te suenan el fénix o el bankor como intentos keynesianos de establecer divisas únicas mundiales?) como socialista (la abolición del dinero y si sustitución por vales de racionamiento); en el mercado los agentes demandan y acumulan aquellos bienes que consideran más líquidos y, de esta forma, surge y evoluciona el dinero de manera espontánea. Precisamente explico hoy en el Juan de Mariana por qué la imposición creadora del dinero es simplemente imposible; échale una ojeada.

Segundo, se me antoja un poco complicado que hasta el día quinto Dios creara las acciones y las bolsas sin que existieran empresas. Más que nada porque una acción es una parte alícuota del capital de una empresa; y la bolsa no es más que el mercado donde se compran y se venden esas partes alícuotas. Pero si no existen empresas, tampoco acciones ni Bolsas. Qué perfecta creación más imperfecta.

Tercero, si Dios crea empresas perfectas y que no yerran, simplemente no está creando empresas. Empresa proviene del verbo latino im-prehendo que viene a significar descubrir, darse cuenta de, o atrapar; si una empresa no puede equivocarse, ello significa que todas las oportunidades de beneficio son ciertas y conocidas por la empresa, de modo que no descubre nada, ya lo conoce. La empresa no actúa, sino que reacciona ante la información perfecta dada. Tampoco te vendría mal leer este otro artículo mío.

Cuarto, si Dios crea un libre mercado, ¿qué sentido tiene la existencia de paraísos fiscales? ¿En qué momento ha creado el Estado para escapar de él? Por cierto, tax havens no es "paraíso fiscal", sino "refugio fiscal".

Y si esta creación divina roza lo rídiculo por ilógica, el párrafo siguiente confirma tal presunción: Pero he aquí que el diablo, servidor de dios caído en desgracia por no creer en el libre mercado y en su creación, creo al hombre. Sabedor de la perfección del libre mercado hizo al hombre y a la mujer imperfectos. Llenos de necesidades, como comer, dormir, soñar. Y les liberó en la creación de dios, para que corrompiesen el libre mercado.

Ahora mi pregunta es, ¿cómo podía haber creado Dios el libre mercado, las empresas y las bolsas sin hombres? ¿Quién actuaba en ese mercado libre, comprando y vendiendo acciones, dirigiendo las empresas o aprovechando oportunidades de beneficio? De hecho, sin necesidades humanas, ¿en qué podían consistir esas oportunidades de beneficio?

Sintomático que se conciban las necesidades como una forma de corromper la perfección del mercado. ¿Acaso la empresa no es una unidad productiva que se dirige a satisfacer los fines, esto es, las necesidades del individuo?

Sigamos con esta magnífica creación: Las empresas, a imagen de su creador, acogieron a los hombres, y les dieron sus acciones, y repartieron su trabajo, y les entregfaron la riqueza que ellas habían creado, y el hombre fue feliz.

Curioso. Las empresas actúan como entidades propias y se autoentregan a los hombres en forma de acciones. De hecho, les llegan a entregar la riqueza que "habían creado" (¿quién?), aun cuando esa riqueza no pretendiera satisfacer las necesidades humanas. ¿Y de qué riqueza se trataba entonces? Y eso sí, la riqueza no necesita regenerarse y producirse de manera continuada; con crearla una vez y repartirla, los hombres ya son felices.

Pero continuemos un poco más: Pero un terrible germen anidaba en el oscuro corazón del hombre. Un pecado mayor que los siete capitales. El comunismo y la igualdad

No hombre, tovarish, el comunismo y su montaña millonaria de cadáveres es la virtud proverbial del ser humano. Aun así, siguiendo la descripción que has realizado del libre mercado, yo no diría que el comunismo surge de la corrupción del libre mercado, sino que lo que tú entiendes por libre mercado es el comunismo.

Recapitulemos: tenemos empresas que sólo reaccionan ante oportunidades de beneficio dadas que, para más inri, no se corresponden con la satisfacción de las necesidades del individuo. El dinero aparece como una creación e imposición superior, y no como un acto de disposición del consumidor por el cual selecciona los bienes que le interesan. Las empresas se entregan en partes iguales a los individuos, con independencia de quién las ha creado, de quién las ha financiado o de quién las está dirigiendo, y la riqueza inútil se reparte entre los hombres. Las bolsas, claro está, no son más que una ficción exterior, ya que en ellas no se negocia la titularidad de las empresas, pues ésta ya está dada a cada individuo. Y, por si esto fuera poco, ¡el mismísimo creador de todo este invento se fuga a un territorio extranjero para descansar! ¿Acaso no había creado el paraíso en la tierra que necesita irse a un libre mercado auténtico?

Más características de este particular "libre mercado": unos pocos se liberaron del estigma del diablo rojo, y se hicieron libres y liberales. Y vieron la hermosa luz de la creación, y comprendieron que las empresas eran quienes creaban la riqueza, y que el hombre quería atarlas a sus necesidades. Y como el hombre no podría con la empresa, creada a imagen de dios, esos fieles comprendieron que el hombre crearía estados, para atar más al libre mercado. Y le declararon la guerra. Y renegaron de la solidaridad compartida, y de las necesidades del hombre, y comprendieron que lo verdaderamente importante son los beneficios individuales..

Las empresas crean riqueza pero esa riqueza no sirve para satisfacer a los consumidores. ¿Qué clase de riqueza es ésta? De hecho, ¿cómo puede prosperar una empresa sin que sus clientes adquieran voluntariamente sus productos? Ah ya, a través de la subvención estatal, esto es, de la transferencia coactiva de renta en contra de los deseos de los consumidores. Es curiosa la confusión de los términos: las empresas se enriquecen porque intercambian voluntariamente; el Estado satisface las necesidades de los individuos aun cuando les obligue a consumir algo que no quieren.

Ya digo que ese libre mercado es muy comunista: las empresas producen algo que los consumidores no quieren, aun así se enriquecen y el Estado termina distribuyendo la riqueza, creyendo que, de este modo, satisface las necesidades de los individuos. Por si fuera poco, los disidentes que se levantan contra la coacción estatal, son anatematizados como enemigos de la "solidaridad compartida" o del "genero humano". Vamos, Stalin estaría dando palmas.

Mira Agenjo, tu modelo de libre mercado ya se inventó hace bastante tiempo: se llama "socialismo competitivo" y su Dios-creador es Oskar Lange. Así que si esto es un libre mercado, que baje Dios -no tu Dios rojo- y lo vea.
Economics for Real People en español

Acaban de traducir y publicar en español "Economics for Real People" de Callahan, bajo el nombre "Economía para la gente". Personalmente me gusta mucho más el libro de Hazlitt, aun cuando sean dos introducciones a la economía distintas.

"La economía en una lección" parte de los problemas económicos más frecuentes en una sociedad y los analiza y critica desde el punto de vista teórico. El libro de Callahan, en cambio, es un mini-tratado de economía teórica explicado de forma sencilla y con ejemplos. En sus páginas encontraréis metodología, teoría monetaria, el ciclo económico, la estructura del capital o la imposibilidad del cálculo económico socialista.

Si no tenéis ganas de leer el Man, Economy and State de Rothbard con sus casi 1500 páginas, Economics for Real People es una buena alternativa. Podéis comprarlo aquí. Y si alguien aun tiene dudas, podéis hojearlo en inglés aquí.
El dinero tiene valor porque circula

Hoy he publicado en el Instituto Juan de Mariana un artículo en contra del llamado mito de los "dodo bonds". De acuerdo con esta teoría, el dinero carece de valor por sí mismo, de modo que poco importa cuál sea el bien que en cada momento se utilice como tal. Si el gobierno establece que en lugar de euros debemos intercambiar patatas, las patatas serán dinero. Si juzga que es más conveniente que la unidad monetaria sea una bolsita de arena, tal será el dinero.

El error de esta teoría es creer que la única fuente de valor del dinero procede del hecho de que "circula". Si yo sé que tú vas a aceptar bolsitas de arena a cambio de tus bienes, yo aceptaré bolsitas de arena a cambio de los míos. El patrón oro, por tanto, carece de sentido, ya que puede sustituirse la costosa extracción de este metal por simples pedazos de papel. Sin embargo, ya explico en el artículo por qué es imposible lógicamente que el dinero carezca (o no esté respaldado) de valor.

La tragedia de los economistas neoclásicos es que explican la liquidez al revés: el dinero es líquido porque es un medio de pago. ¿Y por qué es un medio de pago? La razón suelen encontrarla en las ineficiencias del trueque: “era necesario superar esa etapa, por eso nació el dinero”. ¿Pero por qué unas mercancías y no otras? Acaso si los individuos hubieran empezado a intercambiar con piedras por simple inercia, ¿las piedras hoy en día serían más líquidas que el oro?

El valor no puede proceder de la circulación, sino que en todo caso deberá anteceder a esta. El dinero emerge porque los individuos lo valoran previamente como mercancía no dineraria (esto es el famoso teorema regresivo de Mises) y, por tanto, el dinero sólo podrá emerger espontáneamente de la sociedad, nunca ser impuesto desde arriba. En caso contrario, el envilecimiento de la moneda oficial devendrá inevitable.


Leer más

14 de Junio de 2006

Inversiones morales

Hoy escribo en Iglesia sobre los nuevos fondos de inversión que respetan la moral católica. La noticia me sirve para criticar el paradigma neoclásico del homo economicus y para reivindicar la penetración del capitalismo en la estructura caritativa.

En puridad, el homo economicus es una superchería insostenible que embrutece el buen nombre de la ciencia económica. La Escuela Austriaca, a diferencia de la disciplina aberrante que controla nuestras universidades, ha sabido rechazar desde un comienzo este supuesto irreal e inconsistente reconociendo en todo momento la diversidad de los fines del individuo.

El católico no puede despreocuparse de la riqueza: tiene que promoverla y multiplicarla para que la comida, la ropa o las medicinas sean cada vez más abundantes. Si el católico ha de dar al prójimo, primero deberá poseer; y antes de poseer deberá producir. Sólo se puede dar aquello que se tiene, y sólo se puede tener aquello que existe.

Leer más.
Carrillo llama a la Guerra Civil

Nunca he dudado de la necesidad del movimiento de Octubre de 1934. No se puede reescribir la historia con un si... condicional. Pero estoy convencido de que sin aquella lucha España hubiera desembocado en un régimen fascista, de tipo mussoliniano, rápidamente

Santiago Carrillo, Memorias, citado por Gustavo Bueno.

El ex secretario general del Partido Comunista de España (PCE) Santiago Carrillo expresó hoy en Barcelona su apoyo al nuevo Estatut, que contribuirá a "luchar contra una subcultura de siglos profundamente anticatalana" y denunció la "agresividad" que ha introducido en la vida política el PP, "parecido como una gota de agua a la derecha clerical de 1936".

Santiago Carrillo, hoy.

¿Nos vamos entiendiendo?
La troika del capitalismo, en Webinvesor

Acaban de publicar en Webinversor un artículo mío que escribí para el Instituto Juan de Mariana. Aprovecho para recomendar esta excelente página web donde partiendo de los fundamentos económicos, se pretende que el lector se vaya familiarizando y entendiendo las bases de una nversión financiera sólida.

13 de Junio de 2006

Audios de las Conferencias de Praga

El pasado mes de abril se celebraron en Praga una serie de conferencias liberales con fuerte impronta austriaca. A través del Mises Institute me entero de que han colgado los audios en la web. También hay disponibles dos videos, uno de ellos del profesor Huerta de Soto hablando sobre la Escuela de Salamanca y la eficiencia dinámica.

Todo en inglés, claro.

9 de Junio de 2006

Ética para matar la globalización

Acaban de publicar el número 27 de la Ilustración Liberal. En éste publiqué una reseña relativamente larga sobre un librito llamado "Ética y Globalización", de varios autores como Adela Cortina o Fernando Vallespín. En el artículo me limito a comentar las que a mi juicio contienen el mensaje, y el error, principal del libro, las de Jesús de Garay y Adela Cortina. Cito algunas de las ideas que critico:

La globalización y el mercado, por tanto, son esencialmente conflictivos e injustos. La gente debe combatir por unos recursos cada vez más escasos y que sólo unos pocos acaparan. El monopolio único anticipado por Karl Marx constituye el horizonte último de la globalización: "El mercado es comunidad, pero también es un espacio de conflicto, donde cada poder aspira a su expansión, frecuentemente a costa de otros poderes. El capital –otro nombre para el poder– siempre busca crecer. La globalización, por eso, es la ampliación y universalización del conflicto".

Cortina, siguiendo a Kart-Otto Apel, considera la ética de la globalización totalmente necesaria para que siga respirando "esa parte de la humanidad expoliada por la ambición del mundo rico, por ese mundo que [acapara] los beneficios del incremento científico y técnico en exclusiva".


Leer más

8 de Junio de 2006

El diálogo de Gallardón

Gallardón anda obsesionado por que la gente le vea y le escuche. Quiere hablar, sonreír y bromear. La cámara tiene que sacarle en la pose correcta, el micrófono debe besar los tímpanos del oyente. Es necesario crear una mitomanía de proximidad, de hombre medio y cercano tan del gusto de los populistas.

Si hace tiempo ya nos ofreció su marañoniana definición de liberalismo tal que “liberal era quien sabía escuchar” hoy nos brinda su zapaterial concepción de democracia: “democracia es hablar”, en concreto poder hablar en un programa de radio donde perdió los estribos por escuchar cómo unos oyentes le dedicaban algo distinto a los halagos y peloteos diarios propios de sus cortesanos.

La combinación de estas dos vaguedades provoca una cierta esquizofrenia circular que nos ofrece una definición perfecta del gallardonismo: hablarse a sí mismo para poderse escuchar con mayor placer. Todo ello, claro, a fuer de demócrata y liberal.

Olvida el alcalde de Madrid –o quizá lo tenga demasiado presente- que la reiteración del diálogo puede ser la permanencia de la injusticia si el que habla no tiene nada que decir y el que escucha nada nuevo que oír. Si el diálogo se convierte en requisito de la libertad, entonces la elección humana queda predeterminada y caemos en la esclavitud de las palabras, o más bien en la dictadura de la palabrería hueca.

El diálogo no es ni condición ni garantía de la libertad. No es condición porque el ser humano sólo entra en contacto con unos pocos cientos de personas a lo largo de su vida y ello no significa que coaccione a los miles de millones restantes; no es garantía porque el diálogo sólo es un medio de resolver discrepancias que puede fracasar y hacer perder el tiempo a los interlocutores.

A pesar de esto, los políticos, que por su propia naturaleza son contrarios al diálogo, suelen blandirlo como arma absolutista contra cualquier decisión de los individuos. Todo debe ser dialogado y consensuado; todo debe contar con su plácet y aquiescencia -aun cuando no tuvieran derecho a meter las narices en el asunto.

Su oficio, de hecho, consiste en manejar el BOE y las leyes para obligar a los individuos a dirigirse en la dirección pretendida. Su modus operandi no es el acuerdo con sus súbditos, sino la coacción directa. El diálogo está del todo ausente en el ejercicio de su cargo; los políticos sólo hablan entre ellos para repartirse el botín y esquilmar a sus presas cautivas, su diálogo es equivalente a la planificación del iter criminis. Es la farsa del estafador charlatán, el espejismo del soliloquio conversador.

Los Zapateros y Gallardones utilizan la excusa del diálogo para arrogarse los poderes de la sociedad civil. Con su lenguaje vacuo y enredador pretenden adormilar a las víctimas de su arrolladora planificación socialista; son culebras travestidas de encantadores de serpientes. Mientras se escucha no se reflexiona; mientras se oye al otro, no se puede protestar; mientras te hablan, es posible quedarse dormido. Este sueño eterno, esta anestesia permanente, es el objetivo último pretendido por el populismo lenguaraz del antiliberalismo nacional.

6 de Junio de 2006

¿Cuántos transexuales necesita Madrid?

Este martes escribo en Libertad Digital sobre la propuesta del gobierno de Madrid de pagar las operaciones de cambio de sexo a los transexuales.

Hemos pasado de un estatismo formalmente timorato a un estatismo abiertamente desinhibido; un estatismo que ha sustituido (o complementado) su subsidiariedad retórica por su preeminencia práctica. Es el Estado quien define cómo y en qué hemos de emplear nuestro dinero, nuestro esfuerzo y nuestra libertad. Ya no se trata de que el Estado haga lo que nosotros queramos que haga, sino de que hagamos lo que el Estado quiere que hagamos.

Por desgracia, en todo este asunto está muy presente el politiqueo, las burocracias y el clientelismo partidista, pero muy poco la libertad. Los transexuales tienen vía expedita para cambiarse de sexo del mismo modo que el resto de los mortales satisface sus fines cuando no parasitan al Estado: trabajando, ahorrando y pagando. El mercado sí puede proporcionar las operaciones que la gente necesita y está dispuesta a pagar: no existe ningún "fallo de mercado" que deba remedir el Estado. Lo que sobra son políticos, y lo que falta es esfuerzo personal.

Leer más

5 de Junio de 2006

La deslocalización y la represión reguladora de la socialdemocracia

Respuesta a la respuesta a Miguel A. Escobar en torno a mi post sobre las deslocalizaciones.

Estimado Miguel A. Escobar,

Celebro haber adquirido de manera súbita una profunda amistad contigo a pesar de no conocerte de nada. He leído con atención tu artículo y me alegra que se vayan aclarando las cuentas sobre la ruinosa deslocalización que Braun pretendía emprender. Aquí, el editor del sitio donde escribes, nos informó de que toda la lógica de la deslocalización se basaba en el pelotazo de vender los terrenos, ya que la nueva inversión de la empresa no podía ser amortizada a través de los bajos salarios chinos: los números son bastante bonitos, y la inversión de capital para invertir donde tienen previsto no es amortizable en el plazo que afirman.

Veo, en cambio, que unos números bonitamente ruinosos se han transformado, merced a tu buena pluma, en un negocio bastante rentable: Se marcha a China donde la inversión mínima que hará la recuperará con creces en el corto plazo gracias a la competitividad de sus salarios. Y, en cambio, vemos cómo la venta del solar pretende utilizarla, no para un pelotazo urbanístico, sino para indemnizar a unos trabajadores "perjudicados" por la deslocalización: resuelve las indemnizaciones para los trabajadores de la planta de Esplugues con la venta de sus terrenos en el municipio.

Aclarado este entuerto que tu machacón webmaster fue incapaz de perfilar en más de 100 comentarios, querría lamentar el histrionismo, el sarcasmo, y la descalificación gratuita, más que nada porque nunca pensé que alguien pudiera confundirlos con una falta de argumentos; será que la distinción entre el contenido y el continente sigue sin estar del todo asentada. Pero en todo caso, no me gustaría que cual gallo de Morón utilizaras mi estilo como ardiente clavo al que agarrarte, así que pasemos a la sustancia del asunto.

Tras finiquitar el tema de Esplugues que, efectivamente, era accesorio en mi post contra tu argumento de fondo, afirmas que no te preocupa en exceso compartir contigo la legitimidad de una empresa a la hora de decidir la orientación de sus inversiones. Quizá te preocupe en defecto, o en un exceso pequeñito; ya se sabe que las posturas ideológicas están al vaivén de la compañía. ¿Dónde se ha visto que un rojo de pura cepa coincida con un fachón-neoliberal-comeniños? Entiendo tu ligera preocupación, créeme; no será agradable que tus compañeros aun-más-socialistas-si-cabe te acusen de compartir postulados con el fascio ultracapitalista.

Y si esto te preocupa un excesín, otra parte de mi argumentación te preocupa en excesón: Me preocupa mucho más que no compartas conmigo que las compañías deberían desarrollar en Esplugues, en Estados Unidos o en China principios de responsabilidad social. Es evidente que cualquier sociedad privada debe dirigir sus esfuerzos a generar beneficios. Pero, y la ética? amigo Rallo.

Ya sabes que a los neoliberales la ética nos la trae floja, de ahí que siempre nos estén acusando de omitir el tema ético (¿o era al revés?). Nosotros no miramos por la responsabilidad social de la empresa, sea esto lo que sea. Nuestro único objetivo de preocupación son los beneficios crematísticos. Pero, ay, te diría que tienes razón si no te equivocaras.

A mí que Braun o cualquier otra compañía se sigan forrando me importa bastante poco. Más que nada, porque si los beneficios de Braun fuera mi único tema de interés, propondría que los respectivos gobiernos les transfirieran periódicamente subvenciones y que restringieran la competencia. Mas fíjate, si algo me importa es que las empresas tengan la libertad para ganar dinero o para perderlo, sin contemplación alguna.

Más que nada porque, así a bote pronto, se me ocurren tropecientas ganancias para los grupos de interés del hecho de que una empresa consiga beneficios en el mercado. A saber, se ofrece a los consumidores productos más baratos o de mejor calidad; los accionistas ven incrementado el valor de su empresa; los trabajadores obtienen una retribución con cargo a esos beneficios; los proveedores siguen percibiendo ingresos procedentes de la venta de sus bienes intermedios; y la sociedad se beneficia de una serie de comportamientos pautados que le enseñan como comportarse (por ejemplo, la contabilidad, el desarrollo del lenguaje o la internacionalización del dinero).

Supongo que no considerarás todo esto como parte de la "responsabilidad social" de la empresa con sus stakeholders. Ya se sabe que para la izquierda la responsabilidad es sinónimo a "derecho a trincar el dinero ajeno", para mí responsabilidad sigue siendo el deber de responder por el daño causado y aquí daño no se ha causado ninguno... ah sí, perdón, se ha dañado a unos trabajadores que se quedan sin oficio ni beneficio.

Pero entonces, ¿debo entender que si Braun permanece en Esplugas para no causar daño a los trabajadores, éstos deberán indemnizar a los accionistas y consumidores en concepto de lucro cesante? No sólo eso, ¿qué pasa con los trabajadores chinos que, gracias a que Braun permanece en Esplugues, dejarán de percibir un salario menor al que habrían percibido? ¿Y que pasa con los trabajadores yankees que perdieron sus puestos porque Braun acudió a Esplugues? Mucha pupa hay por ahí; quizá sea mejor limitar el concepto de daño al derivado por la violación de un derecho.

Sí, ya sé que me dirás desde una perspectiva positivista, que a los trabajadores de Braun se les ha violado su contrato de trabajo y su derecho al trabajo. No voy a entrar en esto, porque aquí estamos discutiendo sobre la pertinencia de esa legislación y no sobre su existencia. Y en este punto me temo que la imposición de un derecho laboral que ahogue la autonomía de la voluntad y teledirija a la empresa ni es lo más conveniente para la sociedad (ya que hablamos de responsabilidad social) ni siquiera para los propios trabajadores.

¿Razón? Ya las expuse en el otro post: por un lado tienes unos costes marcianos sin sentido alguno que bloquean el acceso al trabajo, ralentizan la acumulación de capital y te alejan del servicio al consumidor; por otro, estás creando un caldo de cultivo poco propicio para conseguir que te vengan más empresas de fuera y para que las que ya están dentro decidan quedarse una vez sus activos se hayan depreciado.

Pero además, si quieres hablamos de moral (supongo que te referirás a esto con ética); no me parece moral que unos blanquitos, por ser blanquitos, tengan mayor y mejor derecho a trabajar que unos chinos, por estar muy lejos y no ver su desgracia. No me parece demasiado moral, pero sí bastante cínico.

Por eso recurriré a la cursilería de decirte que agradezco que me preguntes Qué espacio le dejas a la obligación moral y también económica -desde el punto de vista de la mejora de la productividad de los trabajadores y trabajadoras y de la perdurabilidad de los recursos naturales- que debería tener cualquier proyecto empresarial de compatibilizar la cuenta de resultados con el respeto al medio ambiente y la observación escrupulosa de los derechos humanos.

¿De qué derechos humanos me estás hablando? ¿De que los chinos salgan lentamente de la miseria porque los europeos somos tan chulos y tan guays que no queremos que nuestras empresas se vayan? ¿O me estás hablando de que los accionistas de Braun tienen que renunciar a parte de sus beneficios para dárselos a los trabajadores? ¿En función de qué? Te recuerdo que quien ha puesto el dinero necesario para comenzar el negocio han sido los capitalistas; te recuerdo que quien ha organizado la empresa y ha localizado las oportunidades de ganancia a través de cuya explotación han ganado dinero los trabajadores han sido los directivos; te recuerdo que el mérito del obrero en toda la empresa resulta tan irrelevante como que la empresa se irá a China y seguirá, según sus cuentas, ganando dinero.

¿No te parece indicativo de algo? ¿No será que la función del trabajador es a la postre bastante irrelevante y sustituible mientras que la del capitalista y el empresario constituyen la fuente auténtica de todas las ganancias? ¿De qué derechos humanos me hablas? ¿De quedarte con parte de un dinero que ni has creado ni te pertenece? ¿Esa es tu idea de derecho humano?

Pues mira, yo en cambio sí te voy a hablar de algunos derechos humanos de esos trabajadores que van a pasar a ser vulnerados a partir de ahora y de los que, oh cielos Leoncio, no os preocupáis lo más mínimo. Como te he dicho antes, el derecho laboral que vosotros defendéis es un chollo para los trabajadores empleados, ya que dificulta la salida elevando coactivamente los costes al despido. Pero, qué pena, es un fardo tremendo para los trabajadores sin empleo, ya que si cerráis la puerta para salir, también la estáis cerrando para entrar.

Los trabajadores de Braun despedidos verán vulnerado un derecho humano esencial, su libertad para pactar y contratar sin injerencias externas. Una libertad vulnerada que les dificulta encontrar un puesto de trabajo que les pudiera resultar satisfactorio, ya que no pueden siquiera rebajar ligeramente las clásulas y los beneficios mínimos que los defensores de esa legislación les imponéis. Derechos humanos, sí. A permanecer en el paro por los derechos inhumanos de los que otros gozan.

Aunque claro, este cercenamiento de los derechos humanos más fundamentales -qué puedo pactar y qué no puedo pactar en mi vida- no te impide darme lecciones sobre cuál debe ser mi postura ante las deslocalizaciones y la pobreza en el Tercer Mundo: El Tercer Mundo, Rallo, necesita más que el 0’7%, desde luego. Necesita inversiones leales. Empresarios que busquen la obtención de beneficios estableciendo relaciones win win que reviertan en la riqueza del país y en el progreso personal y económico de sus ciudadanos y ciudadanas. Es más, necesitan que los neoliberales como tu además de vociferar las bondades de las deslocalizaciones también defiendan la verdadera apertura de los mercados internacionales a los productos agrícolas de los países empobrecidos.

El Tercer Mundo no necesita más que el 0'7%, lo que no necesita es el modelo clientelista y neocolonizador del 0'7%. El Tercer Mundo necesita empresarios, propios o extranjeros; no necesita siquiera que las empresas multinacionales reinviertan allí sus ganancias (aunque en buena parte lo harán para aprovechar sus salarios de miseria, claro), necesitan la posibilidad de ahorrar y de ser ellos mismos quienes inviertan. Lo que necesitan es perder esa mentalidad que muchos todavía queréis insuflarles: la mentalidad del niño desvalido, la mentalidad del malcriado que necesita de la tutela de su hermano mayor. No, el Tercer Mundo puede caminar solo si les dejáis, si permitís que las empresas occidentales vayan allí aprovechando sus bajos salarios y no les trabáis el camino. Ah, y por favor, lecciones sobre solicitar la apertura de los mercados occidentales pocas.

Aunque de todas formas, si las comparamos con las clases que pretendes ofrecernos sobre economía y empresarialidad casi salen ganando: ¿Realmente crees que Braun se va de Esplugues porque no le es rentable mantener su planta de producción? Se van porque sus beneficios se multiplicaran sustancialmente con trabajadores y trabajadoras de China que cobran muchísimo menos y tienen pocos márgenes de libertad personal y sindical para reivindicar los que es justo.

Si no recuerdo mal ya te lo expliqué en el anterior post que, supuestamente te has leído y sobre el que has basado tu meritoria respuesta. Los beneficios contables son irrelevantes para computar la rentabilidad de una empresa; para ello tienes que comparar el beneficio obtenido con el coste de oportunidad del mismo. Y en este caso, los costes de oportunidad (los beneficios que no obtienen en China) superan con mucho, tal y como reconoces, el beneficio obtenido en Esplugues.

¿Y por qué esto es así? Por la simple razón de que los beneficios que importan no son los del año pasado, sino los beneficios futuros, las expectativas de beneficio. Y si me estás diciendo que alguien puede irse a China, producir lo mismo que Braun a menos de la mitad del coste, y venderlo en Occidente, o Braun aprovecha esa oportunidad o en el futuro lo va a tener crudo para seguir vendiendo lo mismo que ahora. Una empresa no es rentable si no maximiza el valor de mercado de la empresa para sus propietarios y me temo que impidiéndoles aprovechar las oportunidades de beneficio enormes en China con tu connivencia no lo está haciendo.

Este valor de mercado, claro, no tiene por qué estar relacionado con utilizar sueldos bajos, ni en el post lo defendí ni creo haberlo defendido nunca, a pesar de que parece que me leas al revés: Cómo me inquieta que estés convencido de que el valor añadido que debería proyectar España para captar y consolidar inversiones extranjeras sea el de los sueldos bajos.

No, por sueldos bajos no, pasa por permitir ejercer la función empresarial sin trabas, regulación laborales y costes arbitrarios. Pasa por permitir que los empresarios descubran las oportunidades existenten en España, puedan inviertir para aprovecharlas y desinvertir cuando consideren que hay oportunidades exteriores mejores. Pasa por no convertir al Estado en garante de la organización empresarial existente.

Yo no sé cuál es el modelo que cada uno de nosotros tiene que adoptar para lograr un trabajo remunerado. Cada cual conocerá sus circunstancias vitales; algunos obtarán por rebajar sus pretensiones salariales, otros por especializarse en servicios escasos en el mercado; otros por una combinación de ambas. Lo que no creo es que deba creer en un modelo de desarrollo para todo el país, ya que cada individuo tiene su propio desarrollo. Lo siento pero no tengo una mentalidad constructivista; no creo que necesitemos Planes Quinquenales sobre cómo lograr trabajo. El mejor plan estatal es no tener plan o, en todo caso, permitir que cada individuo, asociación y empresa tengan sus propios planes.

Por eso me parece muy bien que los empresarios desarrollen proyectos sobre cómo enriquecerse en España a través de la mejora de nuestra productividad sobre la base de la mejor formación de los trabajadores y las trabajadoras, de la tecnificación de las empresas, así como de la inversión de investigación y desarrollo. Otra cosa muy distinta es que esos principales empresarios se crean los principales planificadores y tengan la idea de que, necesariamente, el desarrollo de nuestras sociedades debe pasar por ahí. Hasta el punto de que, vaya por dónde, el Estado pueda obligar a los empresarios a formar a sus trabajadores, a tecnificar sus empresas o a investigar en I+D.

Precisamente, como te comentaba al principio, defiendo que los empresarios puedan arruinarse, y si uno no invierte en I+D, siendo lo que debería haber hecho, cerrará. En cambio, si ha invertido y ha invertido bien, medrará. Para esto, lástima, no necesitas ningún Estado que fuerce el desarrollo, más que nada porque de tanto forzar las empresas se están yendo a Asia. Si es cierto que esa es la clave de la creación de riqueza -lo cual tiene bastante sentido- deja que sean los empresarios quienes lo aprovechen y lo adapten a sus circunstancias concretas. Invertir en I+D es una abstracción hasta que se plasma en inversiones exitosas y necesarias para los consumidores; incrementar el gasto agregado en I+D sin ton ni son es tan relevante como producir un millón de arados romanos y calificarlo como "gasto en tecnología punta".

Así que, de nuevo, deja de imputarme juicios de intenciones: Queréis patronos que compitan como se hacía en los mercados nacionales de antaño, en régimen de oligopolio (poco liberal) y con el Estado siempre atento por si se necesita alguna inyección económica para -oh! bondad suprema- salvar algunos puestos de trabajo o ayudar al reajuste de plantillas con prejubilaciones que pagamos todos y todas.

No sé qué historia económica habrás estudiado tú para calificar los mercados de antaño (¿s.XIX?) como oligopolísticos, esto lo dejo por ahora. Ahora bien, si algo no quiero es dirigir la función empresarial ni, por el mismo motivo, que el Estado inyecte nada para compensar a los empresarios fracasados. Tampoco en forma de prejubilaciones.

Para concluir, me preguntas algo que demuestra la falta de rigor de tus ideas: Dime dónde está escrito que un empresario está legitimado para invertir en el lugar que le sea más rentable y un trabajador/consumidor tenga limitar su capacidad de elección a la hora de optar por un producto o por otro y no sólo por el precio.

Ni el empresario, ni el consumidor, ni el trabajador tienen una capacidad irrestricta para actuar. Es falso que el empresario pueda invertir donde le resulte más rentable, para ello necesitaría la aquiescencia de trabajadores a quienes contratar y de consumidores que adquierieran sus productos. Pero si los tiene, la empresa será rentable y ello significará que tanto trabajadores como consumidores habrán mejorado su situación precedente. Tampoco es cierto que el trabajador y el consumidor tengan que limitar su capacidad de elección a productos o salarios dados; primero porque ningún trabajador ni ningún consumidor disponen de toda la información del mercado como para conocer todos los productos y todos los salarios que podrían haber comprado y a los que podrían haber sido contratados. Y segundo y principal, porque consumidor y trabajador, si no están satisfechos con la situación del mercado y creen que es susceptible de mejora, pueden perfectamente ejerer la función empresarial acudiendo al mercado de capitales.

Claro que resulta mucho más cómodo no endeudarse, no buscar financiación ajena, no ahorrar y no arriesgarse. Quedarse en casa y que me lo den todo hecho: "tienes que producir esto, a través de este plan y durante este horario"; "estos son los productos que ofertamos a este precio", "estas son las novedades de este año". Toda esa información que el trabajador y el consumidor adquieren con escaso esfuerzo son obra de dificilísimas tareas e ingentes esfuerzos. Cada empresario debe organizar la producción y dirigirla hacia allí donde sea rentable; si es tan sencillo, ¿por qué no lo hacen todos? Y espero que no me digas: "porque no tienen dinero". Muy pocos empresarios son accionistas mayoritarios de sus empresas y, en buena parte de los casos, las acciones con las que cuentan son una forma de retribución por sus servicios.

En todo caso, acepto tu propuesta final: Haz lo que quieras, pero por favor no me llames fascista, no se aguanta. Un consejo. No expongas aún más tu incultura. No podremos contener la vergüenza ajena. Di que sientes vergüenza ajena para que nosotros podamos sentirla de ti; y no, no te llamaré fascista. Como le dije a tu webmaster, con llamarte socialista ya tenéis más que suficiente.

Archivo

En formato RSS

Usuario Contraseña  
Web alojada en Ferca

Mapa del sitio Mapa del sitio
Texto normal Texto grande